jueves, 5 de octubre de 2017

El ermitaño de Anjou


Había en Anjou un ermitaño que guardaba un asombroso parecido con Enrique IV. Decían que se trataba del conde de Moret, que había sobrevivido a la batalla de Castelnaudary y, tras curarse de sus heridas, pasó secretamente a Italia, recorrió varios países de incógnito y durante mucho tiempo se refugió en el extranjero hasta que decidió retirarse del mundo. De ese modo habría llegado, bajo el nombre supuesto de Juan Bautista, cerca de Saumur, donde construiría una ermita en los terrenos de la abadía de Asnières con ayuda de otros dos religiosos. El hombre, de acento bearnés, siempre ocultaba sus orígenes, pero admitía haber combatido en Castelnaudary y parecía estar familiarizado con el castillo de Pau, del que le gustaba hablar.

La capilla fue bendecida por el obispo de Angers el 8 de junio de 1680. En aquel lugar vivía Juan Bautista muy humildemente de las provisiones y el pan que le ofrecían los habitantes de la región, pero rechazaba la mendicidad y prefería obtener el alimento a cambio de su propio trabajo. Por ello fabricaba pequeños objetos de lana y cestos de mimbre. No quería que se pagaran las misas dichas ni por los pobres ni por los ricos. Un día rechazó el dinero que le ofrecía una mujer para que rezara por ella. El ermitaño le respondió:

—Rogaré por vos, pero no vendo mis plegarias.

Sin embargo, en torno a esta historia hay algunas imprecisiones. Por ejemplo, se dice que iba con frecuencia a la abadía de Fontevrault, de la que era abadesa Juana de Borbón, hija natural de Enrique IV y Charlotte des Essarts, nacida unos meses después que el conde de Moret. Cuentan que mantenía largas entrevistas con ella, lo cual, para ser posible, significa que Juan Bautista tuvo que llegar al lugar antes de 1670, año de la muerte de la abadesa. Como dato curioso digno de formar parte del enigma, por alguna extraña coincidencia el nombre completo de la hija del rey era Juana Bautista.


Cuentan, también, que en una ocasión Luis XIV ordenó una investigación para averiguar su verdadera identidad. El marqués de Chabannes, secretario de Estado, envió al abad de Asnières, y al preguntarle si era realmente el hijo de Enrique IV, el ermitaño respondió:

—Ni lo niego, ni lo afirmo; todo lo que pido es que me dejéis en paz.

El rey se conformó con la respuesta:

—Es un hombre de bien —dijo—. Si quiere permanecer en el anonimato, hay que dejarlo tranquilo y no oponerse a sus deseos.

Pero un oficial, Granval, había conocido en la corte al conde de Moret y le juró al abad que lo reconocía en aquel hombre. En otra ocasión, al preguntarle un obispo, Juan Bautista replicó lo siguiente:

—Monseñor, si vos me lo ordenáis, os diré quién soy. Obedeceré, pero no volveréis a verme; abandonaré inmediatamente el país.


3 comentarios:

  1. Es difícil asegurar nada. Como suele pasar con estos enigmas históricos, que para eso son enigmas, siempre hay escasez de datos o son imprecisos, cuando no contradictorios, pero algo sí se puede asegurar. De ser el conde aquel ermitaño era ya muy mayor, y en algún otro lugar estaría antes, supongo.
    Sigue el enigma, pues, ¿no?
    Beso su mano.

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  2. Hola Madame:
    Una respuesta al enigma que sería interesante...Se volvió ermitaño, para no llamar la atenciñon o en todo caso, para que se espantaran con él.

    La respuesta del oficial deja que pensar...sería el conde?.

    Besos

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  3. Cómo me ha gustado la respuesta: rogaré por vos pero no vendo mis plegarias.
    La historia que cuenta es una estupenda fuente de inspiración.

    Bisous y buen fin de semana

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