jueves, 14 de septiembre de 2017

El colegio de Clermont


Luis XIII hizo acudir a París al conde de Moret para ingresar en el colegio de los Jesuitas de Clermont —actual liceo Louis-le-Grand—. Se trataba de una prestigiosa institución fundada el 1 de octubre de 1563 y que un siglo más tarde cambiaría de nombre en honor a Luis XIV. El liceo está situado en el corazón del barrio Latino, frente a la Sorbona. 

El éxito del centro educativo, de orientación humanista, pronto rebasó las mejores expectativas, de modo que fue preciso ampliarlo comprando algunas casas de la rue Saint-Jacques. Sin embargo, había entrado en conflicto con la universidad de París. Clermont ofrecía educación gratuita a los alumnos externos, por lo que los colegios de la universidad se vaciaban ante esta dura competencia. Hubo un largo pleito entre ambas instituciones, un tiempo durante el cual los jesuitas recibieron autorización para abrir las aulas de modo provisional. La situación se prolongó durante treinta años, al cabo de los cuales la enorme reputación de su enseñanza se había disparado.

Su suerte cambió el día de 1594 en que Jean Châtel, un joven de 19 años, hijo de un vendedor de paños, logró entrar en el hogar de Gabriela d’Estrées, vestido de negro y confundido entre una treintena de servidores que conformaban el séquito del rey. Enrique se encontraba allí para recibir la petición de perdón de uno de los miembros de la liga. Cuando se inclinó para alzar al caballero que se había arrodillado ante él, Jean aprovechó el momento para intentar acuchillarlo. 


Enrique fue afortunado: el golpe sólo le rompió un diente y le cortó el labio superior, pero Châtel fue arrestado. En su bolsillo llevaba un papel que decía: “Señor, dame fuerzas para ejecutar a Enrique de Borbón”.

Se descubrió que había estudiado filosofía en Clermont. Desde que se supo que el atentado había sido cometido por un antiguo alumno de los jesuitas, la villa tomó las armas. Corría toda clase de rumores, incluso el de que podría tratarse de un jesuita disfrazado. Se oyeron las campanas de Notre-Dame y de todas las iglesias de Paris. La rue Saint-Jacques y las calles vecinas se llenaron de antorchas. Los puños aporreaban las puertas del colegio; los jesuitas, refugiados en el interior, escuchaban aterrados las voces que les exigían abrir en nombre del rey. Obedecieron y fueron conducidos de dos en dos a presencia de Brizard, capitán del barrio y consejero del Parlamento. El edificio quedaba ocupado por centinelas que hacían continuas rondas.

Aunque Châtel negó durante los interrogatorios la implicación de los jesuitas, los miembros del Parlamento decidieron que eran responsables del atentado, y en consecuencia se les prohibió ejercer la docencia. 

Jean Châtel sufrió el suplicio reservado a los regicidas. Se le amputó la mano con la que había cometido el atentado y luego fue desollado con tenazas al rojo vivo antes de ser descuartizado por cuatro caballos. Finalmente quemaron sus despojos y aventaron sus cenizas. El castigo recayó también sobre sus padres, que fueron desterrados de por vida y su hogar arrasado hasta los cimientos.


Trágico fue el destino de uno de los primeros bibliotecarios del colegio, el padre Jean Guignard. A raíz del atentado de Châtel contra Enrique IV se encontraron en su habitación libelos de los tiempos de la Liga contra el rey, que un edicto real había ordenado quemar, y algunas comprometedoras disertaciones sobre el regicida Jacques Clément. Cuentan sus defensores que el padre Guignard amaba las ediciones raras y no fue capaz de entregar los escritos a las llamas. El Parlamento lo condenó por ello a ser conducido a la plaza de Grève, donde sería colgado y estrangulado, y después reducido a cenizas. Pero antes de morir intentaron obligarlo a confesar de rodillas, ante la puerta de Notre Dame, “que había escrito que el difunto rey [Enrique III] había sido justamente asesinado por Jacques Clément, y que si el rey actualmente reinante no moría en la guerra, habría que hacerle morir, de lo cual se arrepentía y pedía perdón a Dios, al rey y a la patria”. A pesar de amenazarlo con quemarlo a fuego lento si no lo hacía, en camisa y con la soga al cuello se negó a pronunciar esas palabras, alegando que iba contra su conciencia.

Los profesores de Clermont fueron condenados al destierro como enemigos del rey, acusados de corromper a la juventud y perturbar la paz del reino, aunque en 1603 Enrique les permitió volver a establecerse en Francia. En 1606 tomaban de nuevo posesión del colegio, pero a condición de no impartir clases allí hasta que poco después obtuvieron autorización para dar un curso de teología a la semana. Finalmente, el 20 de agosto de 1610 se les concede el derecho de ejercer todas las ramas de la enseñanza. La universidad, siempre opuesta a los jesuitas, intentó impedirlo, y hubo que esperar al 15 de febrero de 1618 para que la autorización fuera definitiva.


3 comentarios:

  1. Vaya, hoy –en los tiempos de su artículo, digo- vemos suceder en Francia lo que tanto se critica por el resto de los europeos, incluidos los franceses, y por nosotros mismos, sucedía en España, dando pábulo a toda la leyenda negra. No se privaron tampoco de quemar cuerpos, descoyuntarlos y aventar sus cenizas. Tampoco de expulsar a los jesuitas, bajo cualquier pretexto. En fin, que en toda casa cuecen habas, aunque en la nuestra a calderada, que para eso somos especialistas en dañarnos a nosotros mismos, y cuanto más mejor.
    Beso su mano.

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  2. ¡Dios Mio!!
    Cuanta barbarie en el nombre del rey,perece ser que la educación gratuita fue el centro del conflicto, luego se irían uniendo otros temas, pero no dejan de asombrarme tus textos.

    mariarosa

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  3. Pagó todo el mundo la osadia del caballero. Seguro que no estaba solo en el atentado, pero implicar a todo el colegio (o gran parte de el)...Imagine la situación.

    Besos Madame.

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