domingo, 20 de agosto de 2017

Jacqueline de Bueil

Jacqueline de Bueil, condesa de Moret

Jacqueline de Bueil pertenecía a una familia cuya nobleza se remontaba al siglo XIII. Aunque por sus venas corría la sangre del rey Carlos VII y su favorita Agnès Sorel, su fortuna no igualaba su alcurnia, y contaban con muy escasos recursos para sostener tan alto rango. 

Cuarta de los seis hijos del Señor de Courcillon, compañero de armas del monarca francés durante las guerras contra la Liga Católica y devoto servidor de la corona, Jacqueline era huérfana desde la infancia, lo que no impidió que fuera educada con esmero bajo la supervisión de su pariente, la princesa de Condé. 

Charlotte Catherine de La Trémoille, princesa de Condé, era una dama de oscuro y turbulento pasado. Su esposo había fallecido misteriosamente mientras se recuperaba de las heridas recibidas en la batalla de Coutras en 1587. La autopsia reveló señales de un posible envenenamiento, y la princesa fue acusada del crimen junto con un sirviente que fue torturado y ejecutado. Embarazada de tres meses, dio a luz a su hijo en una torre del castillo de Saint-Jean-d’Angély. 

Ella también había sido condenada a muerte. Aunque apeló al Parlamento de París y logró anular la condena, permaneció prisionera durante seis años, estrechamente vigilada. A pesar de los rumores que sugerían que el padre del niño era uno de sus pajes, en 1592 el rey decidió no solo reconocerlo como hijo del príncipe de Condé, sino designarlo como heredero del trono a falta de descendencia legítima. Por entonces Enrique estaba casado con Margarita de Valois, la célebre reina Margot, con quien no tenía hijos, y Condé era su pariente más próximo.

Charlotte Catherine de La Trémoille, princesa de Condé

Puesto que Jacqueline pertenecía al séquito de la princesa, eran muchas las ocasiones que tenía de señalarse a la atención del monarca, y Enrique no tardó en fijarse en ella. Era, según se nos describe, una rubia de ojos de jade cuyo corpiño "dejaba adivinar un buen modelado de busto y espalda”. Tenía tan solo 16 años cuando Enrique, de 51, comenzó a perseguirla en 1604. Cuentan que vio a Jacqueline por primera vez un día que iba camino del Louvre, asomada a una ventana en la rue Saint-Antoine. El rey la saludó y la joven respondió con presteza, mostrando claramente su buena disposición. Pero cuando él envió al emisario con la delicada propuesta, Jacqueline, consciente de lo volubles que resultaban las pasiones de Enrique, quiso asegurar su porvenir e impuso sus condiciones. Antes de ceder a sus deseos, exigió casarse con un caballero de buena familia que diera una apariencia respetable a su presencia en la corte, y, por supuesto, una dote. Fue Philippe de Harlay de Champvallon, conde de Césy, quien tuvo la dudosa fortuna de resultar elegido para el puesto. El caballero tocaba el laúd, era un buen músico y a sus escasas cualidades añadía únicamente la de resultar inofensivo.

El 5 de octubre de 1604, a las seis de la mañana, se celebraba el matrimonio en Saint-Maur-des-Fossés. L’Étoile cuenta que el esposo “tuvo el honor de acostarse el primero con la desposada, pero alumbrado, según dicen, por la luz de las antorchas todo el tiempo, y vigilado por caballeros enviados por el rey, que al día siguiente se acostó con ella en París en casa de Montauban, donde permaneció en el lecho hasta las dos del mediodía. Decían que el marido estaba acostado en un pequeño cuarto encima de la cámara del rey. Y de ese modo estaba encima de su mujer; pero había un piso de por medio”.

Enrique IV

Con motivo de este peculiar matrimonio, circuló por París una obra satírica de carácter alegórico escrita en latín. En ella el sacerdote, en el templo de Venus, decía a la joven de Bueil:

“Prometéis conservar la virginidad que tenéis en el día de esta fiesta, no pedir a vuestro esposo ninguna clase de beso, renunciar a todo lo que se llame placer conyugal, no pensar en nada más que en recibir la lluvia de oro que un dios derramará sobre vuestra ilustre Casa y no confundir a Júpiter con Anfitrión”.

Jacqueline pasaba así a los brazos del monarca, desplazando temporalmente en sus afectos a la incorregible Henriette d’Entragues, marquesa de Verneuil, que causaba el disgusto del rey con sus conspiraciones.


12 comentarios:

  1. ¡JAJAJAJAJJA me hizo muchas gracia lo del piso de por medio! Para ser tan joven Jacqueline era vivísima, ¡qué bien hizo en asegurase un futuro "honorable"!.

    Me alegra muchísimo tu regreso y reapertura.

    Besos

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    1. No sé si se le habrá ocurrido a ella o si sería idea de la princesa de Condé, con mucho más mundo.

      Muchas gracias, madame!

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Pues no podía ser de otra forma. Abrir de nuevo el blog hablándonos de un envenenamiento es muy propio de un blog que se llama “Cierto sabor a veneno”.
    Parece que nos vamos a divertir de lo lindo con las maldades de estos cortesanos, como siempre ha sido.
    Beso su dulce mano, señora.

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    1. Sí, porque si la corte del Rey Sol se las traía, la de Enrique IV no se quedaba atrás. Tenemos también por aquí a nuestra villana particular, la marquesa de Verneuil.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

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  3. Buena introducción a la historia...
    Sin duda Madame, habría sido muy bien aconsejada la joven Jacqueline más con un hombre como era Enrique IV de Francia y Navarra. Bueno tenia un ascendiente real en su haber... Ello siempre era motivo de orgullo entre los nobles, mientras más cerca del monarca, aunque sea ilegítimamente, era mayor su rango y su estirpe, aun cuando había nobles que odiaban las pretensiones de los bastardos.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

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    1. Sí, así es. Había bofetadas por ser madre de bastardos. Eso sí, siempre y cuando de paso resultara rentable.

      Feliz comienzo de semana

      Bisous

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  4. Hola Madame:
    Me hacía falta venir por aquí y como no, encontrar una historia de venenos...Ya veo que no se perderá el interés...

    Besos Madame

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    1. Sabía yo que el capítulo sería de su interés, Valvert. Ah, usted y los venenos!

      Feliz comienzo de semana

      Bisous

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  5. Un marido cuya cornamenta, aceptada desde el principio, le hacía imposible acceder a ninguna estancia de su casa... A esta unión sí que se la puede llamar matrimonio de conveniencia.
    Un beso

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    1. Sí, de conveniencia del rey, sobre todo. Como siempre en estos casos.

      Feliz lunes, madame

      Bisous

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  6. Increible la damita, una joya, pero no se puede negar su viveza, el marido abrio el camino y el rey no realizó ningún esfuerzo. Jaja....Muy buena historia.

    mariraosa

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    1. Y eso que era jovencita, pero estaba bien aconsejada.

      Feliz tarde

      Bisous

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