miércoles, 23 de marzo de 2016

Los duelos en el siglo XVII


Maurice de Coligny, nieto del célebre almirante Coligny del reinado de Carlos IX, amaba apasionadamente a Madame de Longueville y estaba ansioso por demostrar que, al igual que sus antepasados, no carecía de coraje. Que su adversario fuera un Guisa aumentaba los deseos de medirse con él. La querella entre ambas familias se remontaba a los tiempos de su abuelo, cuando hizo asesinar al duque de Guisa, crimen que el hijo de este vengó años después dando muerte a su vez al almirante. El odio no se había extinguido, y ahora Coligny y Guisa volvían a enfrentarse en lo que sería un duelo a muerte.

Hubo un tiempo en que los duelos eran combates en los que sólo ambos antagonistas arriesgaban su vida, pero desde la segunda mitad del siglo XVI, en aquella época de la Corte del Diablo, comenzó a imponerse la costumbre de que los duelistas acudieran acompañados por uno o más amigos que también se enfrentarían con la misma ferocidad que ellos, incluso aunque nunca antes hubiesen visto a los caballeros con quienes deberían batirse.

Los duelos fueron frecuentes durante los reinados de Carlos IX y Enrique III, pero aún habrían de aumentar en número cuando, al terminar las guerras de religión, los nobles caballeros no hallaban otro modo de demostrar su valor y dar rienda suelta a su gusto por la violencia. De ahí que en tiempos de Enrique IV se estima que unos ocho mil perdieron la vida en las denominadas “cuestiones de honor”. En 1602 fue necesario promulgar un edicto que amenazaba a los duelistas con la pena de muerte, pero todo continuó siendo papel mojado, puesto que la práctica estaba tan arraigada que el rey, al igual que los anteriores, solía mirar hacia otro lado.


Cualquier cosa bastaba para provocar el desafío: un comentario sobre los méritos de un caballo, una palabra mal medida, un gesto despectivo eran motivo suficiente para entablar una riña en la que a veces participaban hasta doce caballeros. Cuando uno se comprometía en un duelo, sufría el asedio de sus amigos solicitando encarecidamente que les concediera el honor de ser sus segundos. El conde de Boutteville declinó en una ocasión la petición de su amigo; este se consideró insultado por ello y declaró que si el conde sobrevivía, debería medirse también con él después.

La costumbre de los duelos pervivía durante el reinado de Luis XIV, y el buen espadachín era considerado por la sociedad, y en especial por las mujeres, como un general victorioso digno de todo favor. Había un tal Balagny, reputado duelista cuya aparición causaba siempre gran revuelo entre las damas de París, como no deja de observar Lord Herbert de Cherbury:

“Cuando entraba, recuerdo que de pronto las damas comenzaban a susurrar: “Es Monsieur Balagny”, y veía que damas y caballeros, uno tras otro, lo invitaban a sentarse junto a ellos, y, lo que es más, cuando uno conseguía su compañía por un rato, otro decía: “Ya habéis disfrutado suficiente de él; ahora tiene que acompañarme a mí”… Yo estaba atónito, y debo añadir que este hombre no podía ser considerado apuesto… Para mi asombro, al informarme algunos de los presentes acerca de quién era, me dijeron que era uno de los hombres más gallardos del mundo, pues había matado a ocho o nueve en combate singular, y que por eso las damas lo apreciaban tanto; y que es costumbre entre las francesas estimar a los hombres valientes, pues piensan que en nadie podrían depositar mejor la seguridad de su honor. Este caballero, aunque su cabello era casi gris, no había alcanzado los treinta años”.


El primer intento serio por acabar con los duelos procedió del cardenal Richelieu, quien, en marzo de 1626, promulgó un nuevo y severo edicto contra dicha práctica, que sería castigada con la confiscación de las propiedades, el exilio y en los casos más graves la muerte. Y esta vez se cumplía casi a rajatabla. Así fue condenado François de Montmorency, conde de Boutteville y padre de la duquesa de Châtillon y del mariscal de Luxemburgo. François, tras sufrir exilio por diversas infracciones del edicto, desafió la ley de Richelieu y se jactó de que libraría su próximo duelo en un lugar tan público y concurrido como la Place Royale. Y lo hizo, pero le costó la vida, porque fue detenido antes de que consiguiera cruzar la frontera, juzgado y condenado a muerte. Fue decapitado en la place de Grève en junio de 1627.

De poco sirvió la severidad, porque continuaban siendo muchos los que se mostraban dispuestos a enfrentarse al hacha del verdugo, y a la muerte del cardenal los duelos continuaban siendo costumbre. Aunque no alcanzaban las proporciones de antaño, era numerosos y muy sanguinarios. Durante los años de la regencia de Ana de Austria, se dice que casi mil caballeros perdieron la vida en ellos.



lunes, 14 de marzo de 2016

El desafío de Coligny

El duque de Enghien

El duque de Enghien, futuro Gran Condé, amaba a Mademoiselle du Vigean, un sentimiento al que su matrimonio con la sobrina de Richelieu no puso fin. Madame de Longueville había sido la confidente de estos amoríos de su hermano. No sentía ninguna simpatía por la esposa, a la que consideraba muy por debajo de las aspiraciones de su familia. Prácticamente se había limitado a ignorarla, pero ahora se negó a seguir tomando parte en esta intriga amorosa poco honorable.

Madame de Longueville dio cuenta de todo a su padre. El príncipe de Condé, decidido a hacer honor a la palabra dada al difunto Richelieu, se erigió en protector de la joven esposa y empleó cuantos medios estaban en su poder para lograr que su hijo volviera con ella. Sin este apoyo, lo más probable es que Claire Clemence hubiera sido repudiada, pues el prestigio del duque de Enghien era ahora tan grande que a Mazarino y la regente les hubiera sido muy difícil negarle nada. El príncipe de Condé se mostró indignado por los amoríos de su hijo, los mandó llamar a él y a su amada y “les dijo mil cosas crueles a ambos”, según el duque de Aumale. Después despachó al galán a ocuparse de sus asuntos militares con la mayor celeridad posible. Como hijo obediente, Enghien se despidió de Mademoiselle du Vigean y acudió a reunirse con el ejército.

Claire-Clemence de Maillé-Brezé, duquesa de Enghien

Pero a su regreso a París ardía en deseos de vengar la ofensa hecha a su hermana por Madame de Montbazon. Lo más apropiado hubiera sido pedirle cuentas a Beaufort, que se había dedicado a propalar la historia de aquellas cartas caídas del bolsillo de un caballero. Pero eso ya no era posible, porque Beaufort estaba ahora en prisión. Era preciso buscar a otro sobre el que volcar su ira, y Enghien se dirigió entonces contra el duque de Guisa, uno de los pocos Importantes que se había librado del castigo impuesto a quienes habían tomado parte en el complot contra Mazarino. Guisa había declinado sumarse a los criminales planes de sus amigos, y ahora continuaba en la corte.

Solo había un problema: Guisa, al contrario que él, no era un príncipe de la sangre, y eso impedía que se batiera con él. Era preciso que otro lo hiciera en su lugar, y había un hombre que era el más indicado desde todos los puntos de vista, pues él mismo tenía más motivos que nadie para exigir una reparación: Maurice de Coligny, precisamente el caballero con el que habían calumniado a su hermana. Coligny se había mantenido al margen hasta ese momento, al principio por no comprometer más a Madame de Longueville, y después por haber estado gravemente enfermo. Ahora, en cambio, estaba en condiciones de retar a los ofensores a sostener sus palabras espada en mano, y anunció su intención de desafiar al duque de Guisa en lo que sería un duelo a muerte…


miércoles, 9 de marzo de 2016

El exilio de Madame de Montbazon

château de rochefort-en-Yvelines

Madame de Chevreuse daba una merienda en el jardín de Renard, y Ana de Austria invitó a acompañarla a su amiga, la princesa de Condé, asegurándole que no había riesgo de encontrarse con Madame de Montbazon. A la reina le habían informado que la duquesa se encontraba indispuesta y guardaba cama. Madame de Condé, ante estas seguridades, accedió a acudir en su compañía, pero al entrar en el jardín les comunicaron que su enemiga se encontraba allí, y que además ayudaba a su hijastra a recibir a los invitados.

Ante esta noticia, la princesa, prudentemente, anunció su intención de retirarse para no perturbar la armonía de la fiesta; pero la reina no quiso permitirlo, pues sentía que le debía una reparación a su amiga por haberla puesto sin querer en una situación tan embarazosa. Ana de Austria envió a una de sus damas a hablar con Madame de Montbazon para explicarle el problema que había surgido y pedirle que fingiera una indisposición y fuera ella quien se retirara. Pero la altiva duquesa se negó a salir huyendo y optó por ignorar el mandato de la reina. Ana, sumamente ofendida por esta falta de respeto, abandonó de inmediato el jardín y regresó al Louvre con la princesa.

Madame de Montbazon había caído en desgracia. Días después era condenada al destierro. Debía dirigirse a su casa de Rochefort y permanecer allí hasta nueva orden.


El asunto tenía más importancia de la que la reina había calculado, porque este alejamiento exasperó a los Importantes y supuso el detonante de una conspiración para acabar con la vida de Mazarino, al que culpaban de haber influido sobre la decisión de la reina. Uno de los cabecillas, Beaufort, guardaba resentimiento al cardenal porque había impedido que persuadiera a Ana de Austria para que le concediera el almirantazgo. El exilio de su amante después de ese agravio le resultó intolerable.

Los demás miembros de la cábala no se mostraron más escrupulosos que él con respecto a los medios de solucionar el problema. Por dos veces se hicieron planes para asesinar a Mazarino mientras atravesaba en su carruaje las calles de París, pero la suerte estuvo del lado del cardenal, que en ambas ocasiones iba acompañado de personajes demasiado distinguidos como para que los conspiradores se atrevieran a atacar. La primera vez iba con el conde de Harcourt, brillante héroe militar, y la segunda por Gastón de Orleáns, el tío del rey. Como no podían arriesgarse a matarlos a ellos también en la refriega, los planes fueron abortados, lo que no significa que renunciaran a culminarlos. 

Cada día vigilaban el paso del cardenal mientras iba desde su casa en la rue de l’Oratoire hasta el Louvre. Se decidió que el crimen tendría lugar la noche del 31 de agosto, pero Mazarino, muy bien servido por sus espías, había sido advertido y no abandonó su hogar hasta el día siguiente. Se presentó entonces en palacio y dio cuenta a la reina de lo averiguado, instándola a elegir entre él o sus enemigos. Ana de Austria no tuvo la menor duda; la caída de los Importantes quedaba decidida.


El 2 de septiembre Beaufort era arrestado en el Louvre y trasladado a Vincennes, donde iba a pasar cinco años. Su padre y su hermano mayor fueron desterrados a Anet. El obispo de Beauvais recibió orden de retirarse a su diócesis, y Madame de Chevreuse sufrió el exilio en Dampierre y después en Anjou. Mazarino había triunfado.

“Ya no tengo ninguna duda, pues la reina, en un exceso de bondad, me ha asegurado que nada podrá arrebatarme lo que graciosamente me ha concedido”.


Esta semana estamos en las islas Canarias, en el festival literario Tenerife Noir.

El editor, Miguel Ángel de Rus, acompañado de Carlos Salem, que no se pierde una.