viernes, 26 de febrero de 2016

GIRA DE PRESENTACIONES


Próximamente comenzarán las presentaciones por todo el territorio español del volumen de Mujeres en la historia dedicado a la Ilustración. Las fechas confirmadas hasta ahora son: 


Bilbao, 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora. 

Gijón, 28 de marzo. 

Madrid, 15 de abril. 


Más adelante confirmaré horarios y lugares. De momento os adelanto las fechas para que podáis ir haciendo un huequecito en vuestras agendas. 

Los más observadores habréis notado, por la imagen con la que ilustro esta notificación, que la antología que con tanto orgullo he dirigido ya va por la SEGUNDA EDICIÓN, apenas un mes después de su salida a la venta. 

Muchas gracias a todos cuantos hacéis esto posible.


viernes, 19 de febrero de 2016

El castigo de Madame de Montbazon


El día fijado, Madame de Montbazon se dirigió a la residencia del príncipe de Condé. Allí la aguardaba la princesa, rodeada de un nutrido grupo de parientes y amigos a los que había invitado a presenciar la humillación de su enemiga. Entre ellos se encontraba Gastón de Orleáns con su hija, Mademoiselle de Montpensier.

Madame de Montbazon entró con aire desdeñoso, se aproximó a la princesa y procedió a leer el papel que llevaba atado a su abanico y que contenía la disculpa acordada como reparación a las acusaciones que la dama había vertido contra su hija:

—Madame, vengo a aseguraros que soy completamente inocente de la maldad de la que se me acusa: ninguna persona bien nacida afirmaría tal calumnia. De haber cometido yo dicha falta, aceptaría de buen grado cualquier castigo que la reina me impusiera. Nunca más me presentaría ante el mundo y os pediría perdón humildemente. Os ruego que creáis que jamás dejaría de mostraros el respeto que os debo, ni la opinión que tengo de la virtud y los méritos de Madame de Longueville.

La princesa pronunció entonces su respuesta aceptando las disculpas, pero la escena no dejó de ser mero teatro, como observa Mademoiselle de Montpensier en sus memorias:

“Cuando tienen que llevarse a cabo ceremonias de este tipo, no es habitual ni fácil hacerlas de buen grado; y los modales de la acusada indicaban claramente que en su corazón no estaba en absoluto arrepentida de la falta que había cometido. Ni fue su discurso mejor recibido por Madame la princesa, que respondió de modo aún más breve, con ánimo poco apaciguado y sin abandonar ese comportamiento altivo que acompañaba cada uno de sus actos. Solo fue una reconciliación aparente.”

La disputa, en efecto, estaba lejos de zanjarse. La princesa de Condé no se daba por satisfecha con esta humillación pública, y rogó a la reina que la excusara de asistir a cualquier función en la que estuviera presente Madame de Montbazon. Ana de Austria, pensando que se trataba de un asunto sin mayor importancia, consintió en ello sin sospechar la tormenta que esto iba a desencadenar...


martes, 9 de febrero de 2016

Asunto de Estado


Una noche, a comienzos de agosto de 1643, Madame de Montbazon recibía a sus amigos como de costumbre en su casa de la rue de Béthisy cuando uno de los presentes recogió del suelo dos cartas. Era obvio que los papeles habían caído del bolsillo de alguno de los presentes, aunque nadie se percató de cuál. Las cartas no llevaban firma, pero estaban escritas con caligrafía femenina y estaban inequívocamente dirigidas a una persona del sexo contrario, hacia la cual la autora de aquellas líneas demostraba albergar tiernos sentimientos.

En el salón se comenzó a especular acerca de la identidad de ambos, y Madame de Montbazon aprovechó la oportunidad para afirmar que esa letra era de Madame de Longueville y que habían caído del bolsillo de su admirador, Maurice de Coligny, que acababa de abandonar la casa. 

El contenido de las cartas ha llegado hasta nosotros gracias a Mademoiselle de Montpensier. Mostramos aquí una de ellas:

"Lamentaría mucho más el cambio en vuestra conducta si creyera merecer menos continuar en vuestro afecto. Os confieso que mientras lo creí fuerte y sincero, el mío os procuró todas las muestras que podríais desear. Ahora no esperéis otra cosa de mí que la estima que debo a vuestra discreción. Tengo demasiado amor propio para seguir compartiendo la pasión que tantas veces me habéis jurado, y no quiero castigar vuestra negligencia en visitarme de otro modo que no sea privándoos por completo de mi compañía. Os ruego que no me visitéis más, puesto que ya no está en mi poder ordenaros venir."


Parece ser que las cartas eran auténticas, pero que habían sido escritas por Madame de Fouqueroles al guapo marqués de Maulevrier, que por no exponer a su dama no se atrevía a reconocer que habían caído de su bolsillo. Lo que hizo, en cambio, fue acudir al príncipe de Marsillac, posteriormente duque de La Rochefoucauld, amigo suyo y de Madame de Montbazon al mismo tiempo. El marqués le pidió que empleara sus buenos oficios para resolver aquel asunto. Marsillac acudió a ver a su amiga y la convenció de que era mejor atajar aquel escándalo entregándole a él las cartas, y luego las mostró a los príncipes de Condé, a Madame de Sablé y Madame de Rambouillet, todos los cuales declararon que la caligrafía no se parecía en absoluto a la de Madame de Longueville. Establecida así la inocencia de la dama, los papeles fueron quemados en presencia de la reina.

Todo habría ido bien si el asunto hubiera terminado ahí, tal como aconsejaba el duque de Longueville, marido de la ofendida y amante de la ofensora. Igualmente ansiosa de ponerle fin estaba Madame de Longueville, encinta por entonces. Para escapar a los ecos de ese escándalo, Anne Geneviève había ido a alojarse con los du Vigean en La Barre. Por desgracia para ambos, su madre, la princesa de Condé, no era de la misma opinión. Ella pretendía una reparación pública por parte de aquella mujer a la que detestaba, y llegó a amenazar con retirarse de la corte con todos sus parientes si la reina y el gobierno no defendían el honor de la familia Condé.


Aquellas cartas se habían convertido en asunto de Estado. Beaufort, Guisa y los Importantes, utilizaban todo su poder para apoyar a Madame de Montbazon, que era de su bando, y persuadir a la reina de que rechazara dar satisfacción a las exigencias de la princesa. Pero Mazarino, cuya estrella ascendía imparable, tomaba el partido contrario para contrarrestar la influencia de un bando que le era hostil y buscaba su caída. Apoyando las pretensiones de la princesa, calculaba que ganaría la gratitud de los Condé, cuyo apoyo necesitaba.

Mazarino expuso a Ana de Austria que, en atención a la gravedad de la provocación y a los grandes servicios militares que había rendido a Francia el hermano de Madame de Longueville, las pretensiones de su madre eran bastante razonables, y que, en cualquier caso, a la Corona le convenía congraciarse con esa familia por la paz de la Regencia...


miércoles, 3 de febrero de 2016

Madame de Longueville y Madame de Montbazon

Madame de Longueville

Al posicionarse del lado de Mazarino, los Condé se habían atraído la enemistad de los Importantes. Esta inquina, sin embargo, no se extendía a Madame de Longueville, que hasta la época de la Fronda no había mostrado apenas interés por la política. Pero las cosas cambiaron cuando la duquesa encontró una rival formidable en Marie d’Avaugour, Madame de Montbazon.

Ambas damas estaban consideradas las más hermosas de la corte. Marie era hija del conde de Vertus, descendiente de un hermanastro de la reina Ana de Bretaña. Cuando tenía 17 años la casaron con Hercule de Rohan, duque de Montbazon, mucho mayor que ella. Para él se trataba del segundo matrimonio, y de su unión anterior tenía una hija cuyas andanzas la habían hecho célebre: la duquesa de Chevreuse, conspiradora nata. Marie era incluso diez años más joven que su hijastra.

Con una unión tan desigual, a nadie podía sorprenderle que el hecho de tener un esposo no significara demasiado para la joven duquesa de Montbazon. Vanidosa y superficial, era taimada y no tenía escrúpulos a la hora de lograr sus objetivos. El cardenal de Retz, que la conoció bien, dijo de ella: “No amaba nada excepto su propio placer, y por encima de su placer, su interés. Nunca he visto una persona que mostrara tan poco respeto por la virtud”.

Madame de Montbazon

Tenía esa clase de belleza opuesta a la de su rival. Analizada rasgo por rasgo, no es que fuera una belleza clásica, pero resultaba muy atractiva. Su figura era impresionante, pues era muy alta y algo opulenta. Sus ojos de mirada penetrante resultaban fascinantes, y su cabello negro azabache contrastaba con la blancura inmaculada de un cutis muy admirado. Los labios eran finos, y la nariz demasiado larga, lo que parecía ser el único defecto en un rostro, por lo demás, armonioso. Incluso sus modales, su osadía y la libertad con la que se expresaba contrastaban con los de Madame de Longueville, mucho más refinada y cortés.

Ambiciosa en grado sumo, Marie utilizaba su belleza para alcanzar influencia. Se tomaba grandes cuidados por realzarla y preservarla, lo que logró con notable éxito incluso durante su madurez. Pero Madame de Longueville le hacía sombra, y no podía ocultar su resentimiento hacia ella. Su vanidad resultaba mortalmente herida cada vez que la veía. Anne Genevieve, más joven, también era hermosa, tenía un gran nombre, era inteligente y encantadora; cautivaba todos los corazones y amenazaba con destronarla. Pero había algo más, algo que no podía perdonarle: el duque de Longueville había sido su amante antes de casarse con ella. Marie incluso había acariciado la idea de desposarlo tan pronto como su anciano esposo falleciera, lo que no podía tardar muchos años en suceder; pero ese inoportuno matrimonio del duque había dado al traste con todos sus planes.

Sin embargo, su afán de venganza tal vez no hubiera sido tan feroz si Madame de Longueville, no contenta con haberle arrebatado al hombre con el que esperaba unirse, también hubiera podido arrebatarle a otro de sus amantes, el duque de Beaufort, que había sido rechazado por Anne Genevieve como candidato a su mano. Y Beaufort también guardaba cierto resentimiento por este rechazo. Madame de Montbazon manipulaba a la Casa de Vendôme a través de él, y a la no menos poderosa Casa de Lorena a través del duque de Guisa, también su amante. Tenía todas las armas a su alcance para atacar a Madame de Longueville; tan solo le faltaba un pretexto, y pronto encontró uno…