martes, 26 de enero de 2016

Las mujeres de la Ilustración


Con motivo del lanzamiento del volumen de Mujeres en la historia dedicado a la Ilustración, M.A.R Editor me ha entrevistado en su página, donde encontrarán también información sobre la obra y un poema de Mary Chudleigh contra el matrimonio.


Se trata de relatos de ficción acerca de personajes reales femeninos que vivieron durante el Siglo de las Luces. Por sus páginas desfilan, entre otras, Olympe de Gouges, Catalina la Grande, la pirata Mary Read, la modista de María Antonieta, la madre de Napoleón, la marquesa de Sade, Madame du Châtelet, Rosalba Carriera, Mary Wollstonecraft y la duquesa de Alba. El lector se familiarizará con historias de mujeres que fueron revolucionarias, intelectuales, guerrilleras, feministas, artistas, aventureras; mujeres que dejaron su impronta y su testimonio en una época crucial para la conquista de la igualdad.

Pero además contamos con textos clásicos, obras de Madame de La Fayette, Mary Montagu, Mary Chudleigh y la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, de Olympe de Gouges.

La antología ya está a la venta. Pueden adquirirla SIN GASTOS DE ENVÍO a través de este link:


También a través de Amazon, Casa del Libro o El Corte Inglés

Muchas gracias a quienes ya lo han hecho. Me llegan noticias de la editorial que dicen que durante la primera jornada, que fue ayer, hemos batido récords en la librería.


sábado, 23 de enero de 2016

Mazarino contra los Importantes

Duquesa de Chevreuse

La cábala de los Importantes contaba con un personaje que esperaba aún más del favor de la regente que el duque de Guisa: el obispo de Beauvais. Ya había sido distinguido con el cargo de ministro y la petición del capelo cardenalicio, y ahora esperaba sustituir a Mazarino como jefe del gabinete. El obispo era un gobernante totalmente incapaz, como no deja de observar el cardenal de Retz cuando escribe: 

“De todos los idiotas que he conocido, él era el mayor”.

Pero también había damas entre los Importantes, igual que en todas las intrigas de la época. Las cabecillas eran dos de las que se habían contado entre las mejores amigas de la reina: la duquesa de Chevreuse y Marie de Hautefort. Ambas habían incurrido en la enemistad de Richelieu, quien las había desterrado de la corte, pero ahora que Ana de Austria era libre para hacer lo que deseara, se apresuró a llamarlas a su lado.

Aunque las dos damas tenían personalidades muy diferentes, estaban unidas en su odio a Mazarino, al que veían como la criatura de su enemigo Richelieu y heredero de su política. Por tanto, estaban dispuestas a mover cielo y tierra con tal de lograr su destitución.

Marie de Hautefort

Otro miembro importante de la cábala era el duque de Vendôme, padre de Beaufort e hijo ilegítimo de Enrique IV y Gabriela d’Estrées. A él se unía el marqués de Châteauneuf y la duquesa de Montbazon, que contaba varios de los líderes del partido entre sus amantes actuales o pasados.

Mazarino dejó constancia en numerosos escritos de estar al tanto de las intrigas de sus enemigos y de la inseguridad de su posición.

“Beauvais trabaja constantemente para hacer amigos y quitarme los míos. Maniobra en mi contra cada vez que tiene ocasión. Recibe a Châteauneuf y se arroja en brazos de Beaufort y de Madame de Montbazon.”

“Los enemigos se alían para perjudicarme; Madame de Chevruse los inspira a todos. Es cierto que continúan reuniéndose en el jardín de las Tullerías.”

Contra esta facción poderosa Mazarino contaba con los partidarios de Richelieu y muy especialmente con los Condé y las familias relacionadas con ellos mediante matrimonio o amistad. Pero sus escritos demuestran lo poco que confiaba en el apoyo del príncipe de Condé.

“Beaufort y Beauvais forman una liga contra mí. Me resulta muy difícil mantenerme, porque soy constantemente perseguido, pudiendo decir, sin vanidad, que Condé primero, y después muchos otros, piensan que estarían en mejores términos con Su Majestad si a ella no la aconsejara una persona tan desinteresada y firme como yo.”

Mazarino

Para asegurar su posición era preciso que Mazarino obtuviera no solo el favor y confianza de la reina, sino también su corazón, forjando así un lazo indestructible. “Cuando uno posee el corazón, lo posee todo”, escribiría años más tarde. Y lo logró, más allá incluso de sus mejores expectativas. Pero mientras tanto, durante muchas semanas su destino osciló en la balanza, unas jornadas en las que plasmaba con su pluma las quejas acerca del disimulo de la reina y de su negativa a otorgarle su plena confianza. “Pensaría que había ganado su corazón si no fuera porque Su Majestad solo me habla de asuntos de Estado”. “Si Su Majestad desea retenerme a su servicio, que se quite la máscara”.


martes, 19 de enero de 2016

Ya está aquí Mujeres en la historia 3


Llega ya el tercer volumen de la antología Mujeres en la historia, dedicado esta vez a la época de la Ilustración. Su lanzamiento está previsto para el lunes 25 de enero

Me complace anunciar que hemos logrado reunir a un importante elenco de autoras contemporáneas muy galardonadas y que se han entusiasmado con este proyecto. Todas ellas colaboran con sus relatos de ficción sobre personajes reales femeninos del Siglo de las Luces, y a sus textos hemos añadido algunos de autoras clásicas, como Madame de La Fayette o la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, de Olympe de Gouges.

El lector se encontrará con personajes injustamente olvidados, pero también con nombres conocidos: Catalina la Grande, la duquesa de Alba, la marquesa de Sade, la madre de Napoleón, la pirata Mary Read o la modista de María Antonieta son algunas de las mujeres que hemos convertido en protagonistas de esta antología.


Agradezco a M.A.R. Editor la confianza que depositó en mí al designarme como editora literaria, y que espero no haber defradudado. Para mí ha sido una experiencia apasionante dirigir la obra y redactar el prólogo al tiempo que participaba con uno de los relatos.



domingo, 10 de enero de 2016

La Fronda de los Importantes

Ana de Austria

Meses después de la muerte de Richelieu, Luis XIII le seguía a la tumba. Dejaba un rey de tan solo cuatro años, la regencia en manos de una reina española asistida por un Consejo dividido y mal constituido y la frontera norte de Francia amenazada por España.

Ana de Austria contaba con el apoyo de Mazarino y del duque de Enghien, futuro Gran Condé. El primero afrontaba los asuntos políticos mientras el segundo se enfrentaba al enemigo en el campo de batalla. Enghien acababa de recibir el mando del ejército en Flandes, prometido por Richelieu en reconocimiento a su fidelidad durante la conspiración de Cinq-Mars. Un correo especial le informó de la muerte del rey cuando los españoles sitiaban Rocroi, una ciudad de gran importancia estratégica, pues su caída dejaría la puerta abierta a la invasión. Contrariamente a los consejos recibidos, decidió presentar combate sin demora y obtuvo una gran victoria que consagró su reputación militar.

Aquellos personajes que habían sido exiliados por Richelieu comenzaban a regresar a la corte, y ahora que había desaparecido el temible enemigo esperaban obtener buenos beneficios. Despreciaban a Mazarino y pensaban encontrar en Ana de Austria otra María de Médicis.

Pronto surgió un grupo que aspiraba a hacerse con el poder. Eran los llamados “Importantes”, tanto por sus pretensiones como por sus aristocráticos orígenes. Se trataba de un partido muy influyente en la corte, en los salones, en el Parlamento y en provincias. Al frente se situaban las siempre belicosas Casas de Vendôme y de Guisa. El duque de Beaufort, segundo hijo de César de Vendôme, había aspirado a la mano de Madame de Longueville. Era un joven muy apuesto a sus 27 años, con largos bucles dorados muy admirados por las damas. Ya era el ídolo del pueblo de París, y parecía que se convertiría también en el de la reina. 

Mazarino

El día de la muerte del rey fue a Beaufort a quien Ana de Austria buscó para que la protegiera frente la multitud de cortesanos que perseguían su favor, una preferencia que había desencadenado una disputa entre el duque y el príncipe de Condé. Durante las primeras semanas de la Regencia pareció apoyarse en Beaufort, pero el joven se mostraba demasiado arrogante, impulsivo e incapaz de procurarle a la regente la asistencia que precisaba en cuestiones políticas. Además, sabiendo que Ana era coqueta y gustaba de halagos, cumplidos y miradas lánguidas, el duque se las había prodigado en exceso.

Aliado de Beaufort era Enrique de Lorena, jefe de la Casa de Guisa, célebre por sus amoríos, su valor temerario y su espíritu aventurero. Nacido en 1614, su familia había decidido destinarlo a la Iglesia, y con quince años el pobre chico se vio convertido en arzobispo de Rheims, un puesto que había llegado a ser algo casi hereditario en su familia, pero que casaba mal con sus aspiraciones y su vocación. De haber continuado siendo un hombre de Iglesia, y en palabras de Noel Williams, “su vida hubiera sido motivo de escándalo incluso en la Italia de los Borgia”. 

Enrique nunca se detuvo ante ninguna consideración a la hora de perseguir a una mujer, sin importarle siquiera que fuera monja. Cuando se enamoró de Ana Gonzaga, futura Princesa Palatina y una de las hijas del duque de Nevers, contrajo un matrimonio secreto con ella. Pero, aunque la dama siempre lo consideró una ceremonia válida, se trató más bien de una promesa de matrimonio hecha ante el altar, algo que en aquel tiempo obligaba a cumplir tan pronto como las circunstancias lo hicieran posible, y que él refrendó en una carta escrita con su sangre. El obstáculo que impedía la celebración de la boda en aquel entonces era que necesitaban una dispensa del Papa, porque él aún no se había librado de sus votos y además ambos eran parientes. Debido a la oposición de su madre a esa relación, la dispensa era difícil de conseguir, y cuando finalmente el camino quedó despejado, Enrique ya estaba enamorado de otra.

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

Fue a la muerte de su hermano en 1639 cuando dejó el arzobispado para ocupar su lugar. Tomó entonces el título de duque de Guisa y se lanzó a conspirar contra Richelieu. Sofocada la rebelión, tuvo que huir a Bruselas. Ana Gonzaga lo siguió, pero no fue una idea feliz por su parte, porque de ese modo descubrió que había contraído otro matrimonio con la hermosa viuda del conde de Bossu. De ella también se cansó al cabo de dos años y pretendió anular su unión, así que regresó a París reclamado como esposo por dos mujeres y sin que él reconociera a ninguna como tal.

Bien, ya estaba de vuelta, y, sin nada mejor que hacer, se unió al partido de los Importantes…


domingo, 3 de enero de 2016

Madame de Longueville y Maurice de Coligny


A pesar de la muerte de Richelieu, el invierno con el que comenzaba 1643 era alegre en París. Había muchos bailes, y la vida de Madame de Longueville transcurría tan placenteramente como antes de su matrimonio. Pasaba mucho tiempo en el Louvre, en el Hôtel de Condé y el de Rambouillet, y su propio salón pronto se convirtió en uno de los más frecuentados. Era la anfitriona ideal, llena de tacto y diplomacia. Su conversación era muy apreciada, al igual que su buen gusto y su sentido crítico a la hora de emitir un juicio literario. No solo sabía llevar el peso de una conversación, sino también escuchar a su interlocutor, algo que la hacía muy popular.

Madame de Longueville no amaba a un esposo que le había sido impuesto. No eran los celos, sino su orgullo herido lo que causaba su disgusto por las preferencias que el duque manifestaba hacia la explosiva Madame de Montbazon, que continuaba siendo su amante. Pero él era un hombre de buen carácter que hacía sencilla la convivencia y favorecía que, aunque no pudiera amarlo, le resultara tolerable. Además, la dulce disposición de Anne Geneviève salvaba las situaciones más complicadas. 

Madame de Longueville pronto tuvo claro que solo había un camino: aceptaría que su marido hiciera su vida, pero ella también sería libre de hacer la suya. No desalentaría a todos aquellos admiradores que se reunían en torno a su persona apenas aparecía en público.

El perspicaz cardenal Mazarino veía más allá, percatándose de la parte de frío cálculo que había en ella a la hora de congregar admiradores a su alrededor:

“Generalmente es muy fría con todo el mundo, y si le gusta la galantería no es en absoluto con ninguna mala intención, sino a fin de ganar partidarios y amigos para su hermano”.

Luis II de Borbón, el Gran Condé

Y no iba mal encaminado, pero hubo uno entre todos ellos que logró alcanzar su corazón. Se trataba de Maurice de Coligny, el mayor de los dos hijos del mariscal de Châtillon, que suspiraba por ella desde antes incluso de que se concertara su matrimonio con el duque de Longueville. El Gran Condé, por entonces duque de Enghien, era el confidente de estos amoríos entre su hermana y su amigo. Un día Enghien mostró a Coligny una apasionada carta que formaba parte de una novela muy de moda durante la época. Como la carta parecía reflejar exactamente lo que él sentía por Madame de Longueville, la copió y le pidió a su amigo que buscara la ocasión de deslizarla en el bolsillo de su hermana durante el baile al que asistiría esa noche. Enghien accedió. La carta fue así entregada y recibida con complacencia.

Sin embargo, cabe alguna duda acerca de si esta relación dejó de ser platónica en algún momento. Madame de Motteville afirma que en 1643 Anne Geneviève “aún gozaba de gran reputación de virtud y prudencia”, y que su único defecto era que no le disgustaba ser admirada y elogiada. Claro que es de remarcar que Madame de Motteville dice “aún”, porque, en efecto, no siempre sería así. Pero por entonces aún se hallaba bajo el influjo de aquellas reuniones en el salón de la marquesa de Rambouillet, donde las relaciones eran inocentes y el amor casto y puro.

Lamentablemente la suya con Coligny, fuera o no de esa índole, iba a tener las consecuencias más trágicas, en especial para él…


viernes, 1 de enero de 2016

El pleito contra la duquesa de Aiguillon

La duquesa de Aiguillon

Apenas terminadas las celebraciones de la boda, Madame de Longueville cayó enferma de viruela, una enfermedad que en aquel tiempo resultaba devastadora. Afortunadamente no solo sobrevivió, sino que la enfermedad apenas dejó rastro en su bello rostro, gracias en buena medida a los cuidados de su amiga, Julie d’Angennes, que la atendió con esmero hasta su recuperación.

El gran acontecimiento de ese invierno fue la muerte de Richelieu. El 4 de diciembre de 1642 el cardenal, aún en la cúspide del poder, sucumbía ante ese único enemigo al que no fue capaz de domeñar. Excepto para su familia y su entorno más próximo, su pérdida fue poco lamentada en realidad, e incluso el rey parecía en el fondo aliviado de librarse de esa sombra alargada.

Las ambiciones de la familia Condé se vieron frustradas al conocerse el testamento de Richelieu. Ellos habían esperado una buena parte de la herencia para Claire Clemence, la esposa de su primogénito, pero el cardenal omitió a esa sobrina en sus últimas voluntades, favoreciendo a la duquesa de Aiguillon y a un sobrino nieto, Armand de Vignerot:

“No hago mención en este testamento de mi sobrina, la duquesa de Enghien, puesto que en su contrato matrimonial renunciaba a reclamar mis propiedades en consideración a la dote que le otorgué, y con la que deseo que se dé por contenta”.

Claire-Clemence de Maillé-Brezé, princesa de Condé

La indignación de los príncipes de Condé fue enorme. Incluso el hermano de Claire Clemence, aunque él recibía una parte, mostró igual descontento y acusó a la otra sobrina del cardenal, la duquesa de Aiguillon, de haber falsificado el documento. De los dichos pasaron a los hechos y comenzó el pleito contra la duquesa y su sobrino. Las acusaciones por ambas partes alcanzaron cotas escandalosas. El abogado de Condé no tuvo empacho en afirmar que el testamento había sido dictado por ella y ejecutado por su tío bajo la influencia de una pasión incestuosa, y que por consiguiente debía ser declarado nulo.

—Su Eminencia el cardenal podría compararse a Sansón —argumentó—, que, aunque era el hombre más fuerte del mundo, perdió su fuerza en brazos de una mujer.

El abogado de la duquesa de Aiguillon no lanzó ataques menos virulentos contra la otra parte. Dijo del príncipe de Condé que se había “arrodillado ante el cardenal Richelieu para pedir la mano de Mademoiselle de Maillé-Brezé”. Herido en lo más vivo, para regocijo de los presentes el príncipe abandonó su asiento y fue a ocupar otro lugar más discreto en la galería mientras su abogado continuaba vertiendo una lluvia de insultos sobre la duquesa, a la que llamó meretriz y monstruo pintarrajeado.

La opinión pública era favorable a las reclamaciones de Condé, y una primera resolución del tribunal condenó a la sobrina del cardenal a devolver 400.000 libras. Pero había tantos puntos a debatir y era un negocio tan provechoso para los abogados que el caso se prolongó durante más de treinta años hasta que ambas partes, cansadas de litigar, alcanzaron un acuerdo. Para entonces el cabeza de familia era ya el Gran Condé, pues su padre había muerto hacía tiempo. En virtud de este acuerdo, a la muerte de la duquesa Condé y su esposa recibirían su residencia parisina, el Petit-Luxembourg,