miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los claveles de Marte


La corte se decidió a dar un gran golpe. La reina se entrevistó con Gondi, Gastón fue atraído a la causa y se procedió a arrestar a Condé, su hermano Conti y su cuñado el duque de Longueville. Mientras tanto, Madame de Longueville y la duquesa de Bouillon emprendían la huida. También huye la princesa de Condé para refugiarse en Burdeos, donde el Parlamento acababa de sublevarse. La princesa maniobra y gana a las gentes con su elocuencia para conseguir que se tomen las armas a fin de liberar a los cautivos. Madame de Longueville, por su parte, desde su refugio de Stenay recluta tropas con Turena, el cual adopta el altisonante título de “teniente general por la libertad de los príncipes”. Pero las tropas del rey los aplastan en todas partes. Turena es derrotado y la princesa de Condé obligada a rendirse en Burdeos.

La causa de los príncipes parecía perdida. Desde Vincennes fueron trasladados a Marcoussis, y durante su cautiverio Condé entretenía su tiempo cultivando claveles en unas macetas, una afición que inspiró estos versos que Mademoiselle de Scudéry escribió sobre el muro durante una visita: 

En voyant ces oeillets, qu’un illustre guerrier
Arrosa de sa main qui gagnoit des batailles,
Souviens-toi qu’Apollon bâtissoit des murailles,
Et ne t’étonne plus que Mars soit jardinier.


Al ver estos claveles, que un ilustre guerrero
Regó con la mano que ganó batallas,
Recuerda que Apolo construyó murallas
Y no te extrañe que Marte sea jardinero.


Condé sentía auténtica pasión por las flores, y entre ellas los claveles eran sus preferidas. Hace un año se organizó en Chantilly una exposición destinada a descubrir esta faceta del príncipe, con ayuda de los archivos y de los libros de cuentas conservados en el palacio. En realidad esa pasión por las flores de colección se había extendido por toda Europa durante el siglo XVII, una moda de la que La Bruyère se burló en sus Caractères. Esta pasión de Condé habría de aumentar en sus últimos años de vida, una época en la que no reparó en gastos a la hora de conseguir las más bellas flores para adornar Chantilly. En esos jardines, hoy desaparecidos, crecían arbustos en flor, claveles, tulipanes, narcisos y anémonas. Tenía a su servicio personal encargado de estos trabajos y responsables de las colecciones de flores, e incluso consejeros en la materia, entre ellos La Quintinie, jardinero de Versalles. Siempre en busca de flores raras, contaba con sus proveedores de plantas de procedencia lejana, por ejemplo del Imperio Otomano.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los petimetres


Condé era ahora todopoderoso y se mostraba dispuesto a abusar de su poder. A su alrededor se agrupaban jóvenes temerarios, aventureros y libertinos que pretendían ser los árbitros de la corte. Se los conocía como los “petits-maîtres” (los señoritos), de donde deriva el término “petimetre”. Estos lechuguinos buscaban continuamente pendencia contra los antiguos frondistas.

Un día, cuando celebraban una de sus fiestas en la Maison de Renard, el duque de Beaufort se presentó en compañía de doscientos frondistas, algunos de los cuales rodearon la mesa a la que se sentaban los petimetres, tiraron bruscamente del mantel y volcaban comida y bebida sobre los comensales. Los ofendidos desenvainaron las espadas, pero, puesto que estaban en minoría, les fue preciso ceder.

Los frondistas hicieron circular un panfleto alusivo al que titularon: El branle de los Mazarinos bailado en la maison de Renard, y compuesto por Monsieur el duque de Beaufort. Fueron aún más allá y acusaron a la corte de haber querido asesinar a muchos de ellos.

Pero para entonces Condé se indisponía con Mazarino, al que acusaba de ingrato. Su hermana, la duquesa de Longueville, hacía cuanto estaba en su mano por apartarlo del partido que apoyaba a la corte.


Luis XIV entraba en la capital entre Mazarino y Condé. La gente lo aclamaba, pero los descontentos no dejaban de trazar sus planes. Apenas entrar en París, Condé se opuso al matrimonio del duque de Mercoeur con una de las sobrinas de Mazarino.

—Las sobrinas del cardenal apenas serían esposas adecuadas para mis valets. Y si Mazarino se enoja, ordenaré al capitán de mi guardia que me lo traiga por la barba hasta mi casa.

Para rematar las cosas, le escribió una carta llena de sarcasmos dirigida “A l’illustrissimo signor Fachino”.

Los frondistas se agrupaban ahora en torno a Condé. Mazarino, para indisponerlo contra ellos, hizo que se disparara sobre la gente del príncipe y acusó a Gondi de una tentativa de asesinato. El caso se llevó ante el Parlamento, y el coadjutor se defendió con extraordinaria elocuencia. Compareció entre un impresionante cortejo y llevaba un puñal asomando bajo la manga, algo que hizo al duque de Beaufort exclamar riendo:

—¡He ahí el breviario del señor coadjutor!

Mazarino, satisfecho con haber dividido a sus enemigos, dejó languidecer el proceso, lo que irritó enormemente a Condé, que iba injuriando al cardenal por todas partes. Incluso faltó al respeto a la reina al imponerle que reclamara a un petimetre al que había alejado de la corte por haberla ofendido.


MUCHAS GRACIAS A CUANTOS ESTUVISTEIS EN LA PRESENTACIÓN DE LA LEYENDA DEL ENMASCARADO EN SEVILLA. Se agotaron todos los ejemplares y aún hubo gente que quedó sin el suyo. Mil gracias a todos.


jueves, 17 de noviembre de 2016

"La leyenda del enmascarado" en Sevilla, sábado 26


Un buen número de autores nos daremos cita próximamente en Sevilla para presentar nuestras obras, invitados por la organización de la Feria del libro de Bormujos. Estaré por allí el sábado 26 de noviembre con el siguiente programa:

12:30 – Presento mi novela “La leyenda del enmascarado”.

13:00 – Firma de ejemplares de la novela

13:30 – Presento las antologías de Mujeres en la historia con Elena Marqués, Carmen Martagón y Eloína Calvete.

14:00 – Firma de las antologías



A los que andáis por el sur, esperamos vuestra visita. Muchas gracias a los que ya me habéis ido confirmando vuestra presencia.


jueves, 10 de noviembre de 2016

La otra toma de la Bastilla


Los frondistas trataban de excitar los ánimos del pueblo por todos los medios posibles. Las duquesas de Longueville y de Bouillon, ambas mujeres de deslumbrante belleza, se presentaron en el porche del ayuntamiento, cada una con uno de sus hijos en brazos, y declararon que deseaban entregarse como rehenes en manos del pueblo. El entusiasmo alcanzó sus más elevadas cotas mientras Gondi hacía arrojar dinero por las ventanas. 

El 11 de enero de 1649 se decidía tomar la Bastilla, donde había 22 guardias. La tarea fue encomendada a Elbeuf, que no podía encontrar gran oposición. Dos días más tarde la fortaleza se rendía mientras el populacho saqueaba las arcas públicas. Broussel designó como gobernador de la Bastilla a su propio hijo.

Condé no disponía de suficientes tropas para rendir París por hambre. En cuanto a la familia real, les faltaba de todo. Al llegar a Saint-Germain ni siquiera encontraron camas y hubieron de dormir sobre la paja. Las escaramuzas que se libraban a diario junto a las murallas de París no se resolvían con un resultado decisivo, y la guerra parecía no tener fin.

Los panfletos inundaban la capital. El poeta Scarron, que se convertiría en el primer esposo de Madame de Maintenon, escribía las Mazarinadas siguiendo instrucciones de Gondi. Este, mientras tanto, publicaba un tratado titulado “Máximas morales y cristianas por el reposo de las conciencias en los actuales asuntos”. Contenía fragmentos de este tipo: “Como los reyes son los lugartenientes de Dios para la conducta temporal de los hombres, es de Dios, y no de los reyes, de quien los hombres deben tomar las leyes y ordenanzas. Como el alma es más preciosa que el cuerpo, […] las máximas de la religión deben ser las reglas de la política; de suerte que no se debe obedecer a los reyes excepto cuando sus órdenes estén totalmente conformes con la religión y las instrucciones de sus ministros”.


Entre los parisinos reinaba un extraño ambiente de alegría en todas las operaciones militares. Parecía que se reían tanto de las derrotas como de las victorias, y la revista que se pasaba en la Place Royale a diario era una especie de fiesta en la que se daba cita lo más granado de la sociedad.

Las provincias también comenzaban a sublevarse. El marqués de Hocquincourt puso Péronne a disposición de la duquesa de Longueville con una nota que decía: “Péronne es de la bella entre las bellas”. Turenne prometía marchar sobre París con las tropas que mandaba, pero su ejército, ganado por los agentes de Mazarino, lo abandonó. Gondi, siempre hombre de recursos, tuvo la idea de introducir en el Parlamento a un falso enviado de España que hiciera toda clase de promesas de dinero y tropas.

Pero ambos bandos estaban arruinados, y el Parlamento acabó por escuchar las propuestas de Mazarino. Se abrieron negociaciones en Ruel. A pesar de la rabia y la decepción del pueblo, que había tomado el gusto a la revuelta, se firmó un tratado de paz que no resultó satisfactorio para nadie.

Así daba comienzo una nueva fase.


sábado, 5 de noviembre de 2016

La Primera a los Corintios


La apertura de negociaciones en Saint-Germain fue el inicio de largas discusiones tras las cuales se acordó la reducción de los impuestos y otras medidas exigidas por el Parlamento. Terminadas las sesiones, el rey entra en París el 31 de mayo de 1648 entre las aclamaciones del pueblo. Tenía nueve años. Poco después, en octubre, llegaba el final de la Guerra de los Treinta Años con la firma del tratado de Westfalia en Munster. Así terminaba el primer periodo de la Fronda.

El príncipe de Condé era la esperanza de todos los partidos. Procuraban atraérselo en busca de satisfacción a sus ambiciones, pero él no contentaba a ninguno. La altivez del Parlamento le resultaba indignante, y en una asamblea hizo un gesto de irritación que algunos tomaron a ultraje. El desorden fue tal que terminó en un tumulto de lo más escandaloso. Condé, furioso, acudió a suplicar a la reina que le permitiera someter los motines por la fuerza.

La reina dispuso el asedio de París y se retiró con su hijo a Saint-Germain. Mientras tanto el pueblo tomaba las armas y se apostaba a las puertas de la villa. 


Gondi, viendo que no podía contar con Condé, decidió atraerse a su hermana, la duquesa de Longueville, consciente de que a través de ella se haría con el otro hermano, el príncipe de Conti. Quería nombrar a Conti generalísimo de la Fronda, pero se encontró con que Condé lo había enviado con su hermana a Saint-Germain.

Mazarino fue declarado enemigo del reino, y si no lo abandonaba antes de que transcurrieran ocho días, se le daría caza sin ningún miramiento. Al tener noticias de esta declaración de guerra, se hizo comenzar el bloqueo de París, y Condé, con ocho mil hombres bajo su mando, se dispuso a rendir la ciudad por hambre.

El Parlamento, por su parte, también reclutó tropas, y el duque de Elbeuf tomó el mando de este ejército indisciplinado. Pero al día siguiente regresaba Conti de Saint-Germain y Gondi, que lo prefería como general, comenzó a ridiculizar a Elbeuf por todas partes mediante una canción satírica. Logró su propósito y el nombramiento fue para Conti, a cuyas órdenes se pusieron Beaufort, el duque de Bouillon y el de Longueville. 

Gondi, por su parte, aportó tropas a las que se dio el nombre de regimiento de Corinto, puesto que él llevaba el título de arzobispo de Corinto. Como su regimiento fue derrotado durante el transcurso de una salida, los realistas llamaron a esta derrota “la primera a los corintios”.



domingo, 30 de octubre de 2016

Por un capelo


Los gritos de los sediciosos comienzan a sonar cada vez más fuertes, y la muchedumbre amenazaba ya el Palais-Royal.

—¡Viva el rey! ¡Libertad para Broussel!

Gondi trata de apaciguarlos con gran riesgo de su vida. Un hombre yacía mortalmente herido por los guardias; Gondi se arrodilla en el barro para recibir la confesión del moribundo. No le reconocen, pero su acción caritativa deja temporalmente en suspenso la furia del pueblo hasta que otra descarga de los soldados la exaspera de nuevo. El coadjutor cae a tierra golpeado por una piedra. Al tratar de incorporarse, se encuentra con un mosquetón apuntándole a la cabeza.

—¡Ah, desgraciado! —exclama Gondi— ¡Si te viera tu padre!

Esas palabras lo salvan, porque entonces lo reconocen y la gente comienza a aclamarlo. Con mucha diplomacia, Gondi aprovecha la circunstancia para dirigirse a les Halles y arrastrar tras de sí al populacho, alejándolos de palacio.


Pero se había preparado un tumulto más violento para el día siguiente. Todos los coroneles de los cuarteles llaman al pueblo a las armas; en París se forman mil doscientas barricadas y el canciller Séguier hubiera sido asesinado si no lo rescatan a tiempo tres compañías de guardias. Ciento sesenta y seis magistrados, con Molé a la cabeza, acuden entre las aclamaciones de la gente a exigir la libertad de Broussel. Nada obtienen y comienzan a emprender el regreso, pero los sediciosos les ponen el puñal al cuello y los obligan a volver al Palais Royal. La reina, por consejo de Gastón y de Mazarino, cede al fin.

Ana de Austria se retira a Ruel con su hijo y el cardenal. Mientras tanto las sesiones del Parlamento siguen siendo tan tormentosas como antes. La reina, en una carta al Parlamento, acusaba abiertamente a Gondi:

“Quiere arruinar al Estado porque se le ha negado el capelo cardenalicio, y se jacta de que prenderá fuego al reino por los cuatro puntos cardinales, y que después él y cien mil de sus fieles romperán la cabeza a quienes se presenten a apagarlo.”


Ya ha salido de imprenta la nueva antología en la que colaboro, un conjunto de relatos que tienen por protagonistas a "mujeres malas".


Más información en:



martes, 25 de octubre de 2016

La Rebelión de los Tirachinas


Se exigían muchas reformas importantes y la reducción de los impuestos. Tras muchas vacilaciones, Ana de Austria cede a las pretensiones del Parlamento, pero para entonces los ánimos ya se habían enconado. Los descontentos trabajaban para desprestigiar a Mazarino ante la opinión pública. La policía intervenía con frecuencia para reprimir el desorden, pero en cuanto se alejaban, la muchedumbre que habían dispersado volvía a reunirse.

Fue entonces cuando comenzó a conocerse a los enemigos del cardenal con el nombre de Frondistas. Los niños se entretenían con hondas (frondes), lanzando piedras a los transeúntes, y ahora se arrojaban proyectiles contra los cristales de los partidarios de Mazarino. Bachaumont comparó la rebelión del Parlamento con la de los pequeños frondistas, es decir, los niños que manejaban las hondas. El símil tuvo un gran calado, y hombres y mujeres hacían figurar en su atuendo el signo de la honda. Tan de moda se puso que el propio Mazarino llegó a llevar en su sombrero la correa de una honda.

Mientras tanto el duque de Enghien se convertía en príncipe de Condé a la muerte de su padre y lograba la gran victoria en Lens. El joven rey, al conocer la noticia, exclamó:

—¡El Parlamento estará muy disgustado con esta victoria!


Se cantó un Te Deum en Notre-Dame y después de la ceremonia la reina, sintiéndose más fuerte, dio orden de arrestar a tres miembros del Parlamento: Blancmémil, Charton y Broussel.

Comminges, teniente de la guardia, se reservó para sí el arresto de Broussel por ser el más difícil, pues se trataba del ídolo del pueblo, que lo llamaba padre. Acudió a su casa, y de inmediato la anciana servidora corrió a la ventana a pedir socorro. El pueblo se movilizó al ver subir a Broussel al carruaje con destino a Saint-Germain, vestido aún con su bata y descalzo. Comminges se vio obligado a hacer el camino espada en mano, y los guardias, a punto de ser masacrados, lograron salvarse gracias a que recibieron refuerzos a tiempo.

Sin embargo, nadie en la corte imaginaba aún que la revuelta fuera seria, y se burlaban de aquellos que comenzaban a tener miedo…


Adelanto que el próximo 26 de noviembre, sábado, estaré en SEVILLA, en la Fiesta del Libro de Bormujos, para presentar mi novela La Leyenda del Enmascarado.



domingo, 16 de octubre de 2016

Presentación en Conocer al Autor

Firmando para la gente de Conocer al Autor

He grabado tres vídeos en los estudios de Conocer al Autor, Madrid. Dos de ellos son para presentar “La leyenda del enmascarado” El que aquí muestro es el vídeo con la lectura de un fragmento de la obra. 

He colgado el otro en mi blog, De reyes, dioses y héroes.






miércoles, 12 de octubre de 2016

El Auto de Cebolla


Luis XIII fallecía el 14 de mayo de 1643. Cuatro días más tarde la reina, en compañía de su hijo de cuatro años, se dirigía al Parlamento. Guardando luto y sumida en una aparente aflicción, se dirigió a los allí congregados.

—Vengo en busca de consuelo a mi dolor. Me complace servirme de los consejos de tan augusta compañía. Os ruego, señores, que no se los escatiméis al rey mi hijo, ni a mí misma, según juzguéis necesario, en vuestra conciencia, para el bien del Estado.

Este discurso obró su efecto. El Parlamento llevaba 20 años condenado a la nulidad más absoluta, y ahora veían con satisfacción que no solo se los autorizaba en cierto modo a intervenir en el gobierno.

Ana de Austria fue declarada regente, con todos los poderes que llevaba aparejados dicho título. Todos esperaban que despediría a Mazarino, pero, para sorpresa general, apenas cuatro horas después de aquella comparecencia, envió al príncipe de Condé a rogar a Mazarino que dirigiera el Consejo.

Hubo murmullos de desaprobación. Madame de Chevreuse regresaba de su exilio en Bruselas y animaba secretamente a Beaufort contra el cardenal. Al mismo tiempo Mazarino sustituía a todos sus enemigos en el Consejo por sus partidarios.

Se había sembrado el descontento y desatado las ambiciones. El conflicto parecía a punto de estallar, y para terminar de complicar las cosas Madame de Montbazon injuriaba a Madame de Longueville. La reina la obliga a una reparación. El duque de Beaufort emprende la defensa de esta dama, desafía abiertamente a Mazarino y reprocha a la reina lo que él considera su ingratitud. A su alrededor se reúne un grupo de ambiciosos lo bastante insensatos para creer que forman un partido temible. A aquellos que lo componen se les da el nombre de “Importantes”, por los aires altivos y orgullosos que se dan, y que tanto contrastan con la humildad que muestra el cardenal. Su insolencia será pronto castigada: Beaufort es encerrado en Vincennes, y todos sus amigos parten al exilio.

El rigor con el que son castigados alarma al principio a toda la corte, pues temen que Mazarino va a seguir los pasos de su maestro, el cardenal Richelieu. Pero cuando constatan la enorme diferencia con la que ambos prefieren solventar los problemas, y lo poco que le gusta a Mazarino el derramamiento de sangre, todos se tranquilizan. Admiran su habilidad, su bondad y su dulzura. Él, por su parte, se muestra generoso y vacía los cofres del Estado para satisfacer las avaricias de todos. Gastón obtuvo el gobierno del Languedoc, Condé el de Borgoña, Enghien el de Champaña.

Todo el mundo se siente liberado de aquel antiguo yugo de Richelieu, y se entregan de lleno a los placeres. Fueron hermosos aquellos días de la regencia, antes de que estallara el conflicto. Pero la situación no podía durar: la prodigalidad de Mazarino causa el desorden en las finanzas; hace falta dinero y no se puede pagar a los ejércitos. Para obtenerlo, es preciso crear nuevos impuestos. El Parlamento se niega a registrar estos edictos y promulga el Arrêt d’Union, orientado a controlar a la monarquía, al menos en los asuntos financieros. La reina, irritada, amenaza, quiere emplear la fuerza, pero el cardenal la disuade y la insta a obrar con más cautela.

—Sois valiente como el soldado que muestra valor porque desconoce el peligro al que se enfenta —le dice.

Se abrieron negociaciones. Mazarino tomó la palabra, pero su acento italiano hizo que su discurso perdiera la gravedad que debería haber tenido. Se equivocó y pronunció Arrêt d’oignon (auto de cebolla) en lugar de Arrêt d’Union, lo que fue objeto de numerosas bromas. Las negociaciones se rompieron sin alcanzar un acuerdo.


miércoles, 5 de octubre de 2016

De cardenal a cardenal

Cardenal de Retz

Jean-François Paul de Gondi, futuro cardenal de Retz, acababa de doctorarse en la Sorbona y aspiraba a convertirse en el coadjutor de su tío, el obispo de París. Pero Gondi carecía de cualquier cualidad que lo hiciera idóneo para la carrera eclesiástica. Su espíritu audaz lo impulsaba a ser un conspirador nato, y además llevaba una vida sumamente mundana, hasta el punto de que eran muchas las veces que se había batido en duelo.

En el Parlamento se encontraban Matthieu Molé, primer presidente, y Omer Talon, abogado general, ambos del lado de la reina pero que manifestaban al mismo tiempo su oposición frente a una administración opresiva y arbitraria desde hacía mucho tiempo.

A todos estos personajes se sumaba una caterva de intrigantes y descontentos, consejeros, burgueses, cortesanos, todos ávidos de cambios.

El gobierno estaba en manos de criaturas del difunto cardenal Richelieu que se detestaban los unos a los otros y no sostenían opiniones uniformes. Sus esfuerzos iban dirigidos a intrigar en todas direcciones con tal de conservar su poder una vez desaparecido el hombre que los había encumbrado. 

Por encima de todos ellos se situaba Julio Mazarino, un italiano que había sido militar antes de obtener el capelo. Llegó a ser cardenal y luego ministro gracias a su sutileza y a algunos servicios importantes que había rendido a Francia cuando, encargado por Richelieu de asuntos extranjeros, había desempeñado las misiones con sumo acierto. Mazarino mostraba tanta humildad y dulzura como Richelieu había mostrado altivez, inflexibilidad y orgullo.

Luis XIII

Luis XIII temía las intrigas que forzosamente terminarían por producir tantos intereses antagónicos. En su lecho de muerte solicitó a los ministros un plan de Regencia en el que la reina y Gaston tuvieran la menor autoridad posible. De acuerdo con este plan, la reina era nombrada regente y Gastón lugarteniente general, pero era el príncipe de Condé el designado como presidente del consejo de ministros.

Ana de Austria no se conformó con la función apenas decorativa que se le pretendía asignar, de modo que escribió una protesta con su propia mano e hizo depositario a un notario. Los partidarios de la reina acudían en su apoyo: el duque de Beaufort vino a ofrecerle el socorro de la Cada de Vendôme y los Condé, que no querían quedar por menos, se declararon también por ella. Mazarino hacía lo propio, halagando a la futura regente y asegurándole su devoción...


miércoles, 28 de septiembre de 2016

La Fronda: dramatis personae

Ana de Austria

"Nunca hubo tanta retórica y tan poco sentido común; nunca tantas intenciones sin obras, tantas empresas sin llevar a cabo; todo imaginación, todo quimera, nada de verdadero, nada esencial excepto la necesidad y la miseria. De ahí que las gentes se quejaran de los grandes que los engañaban, y los grandes de las gentes que los abandonaban. La experiencia desengañaba hasta a los más tontos, que se retiraban; los desdichados, que no veían ningún cambio en su situación, iban a buscar en otra parte algún mal asunto, tan descontentos con los jefes de su partido como con los favoritos.” (Saint-Evremond)

“La Fronda no fue solo una guerra de canciones; fue en sus comienzos una revolución popular que pudo tener graves consecuencias, y que si no se ha tomado en serio es solo porque fracasó. Levantó vivas pasiones, hizo salir de entre la muchedumbre a personajes extraordinarios, y desarrolló ideas que, tras verse obligadas a vestirse con otros ropajes, sin embargo acabaron por triunfar.” (Fortoul – Fastes de Versailles).

Los protagonistas de la Fronda fueron, por una parte, Gastón de Orleáns, hermano de Luis XIII, un ambicioso sin voluntad, indeciso y siempre descontento. Se había dejado arrastrar a todas las cábalas que se formaron contra el cardenal Richelieu, pero en el momento decisivo le faltaba el valor. Se alió alternativamente con Chalais, Montmorency y Cinq-Mars, todos los cuales perecieron en el cadalso por seguir sus órdenes sin que Gastón hiciera gran cosa por salvarlos de su destino.

Gastón de Orleáns

Otro de los grandes personajes fue Ana de Austria. Había padecido durante muchos años un matrimonio desgraciado, un tiempo durante el cual fue víctima de toda clase de persecuciones por parte de Richelieu. Finalmente consiguió ser madre de dos hijos, sin que ello le granjeara el cariño de su esposo. La reina no tuvo otro consuelo que el que hallaba en el convento de Val-de-Grâce, su retiro favorito, donde pasaba largas horas en compañía de Vicente de Paul.

El viejo príncipe de Condé había terminado por sumarse a las conspiraciones de los últimos años del reinado de Luis XIII, lo que le valió pasar cinco años en prisión. Su esposa, la bella Charlotte-Marguerite de Montmorency, había visto morir en el cadalso a un hermano al que amaba tiernamente. Su pena profunda la había aproximado a la reina, convirtiéndose en su amiga íntima.

Los príncipes de Condé tenían tres hijos: el duque de Enghien (futuro Gran Condé), la duquesa de Longueville y el príncipe de Conti. Enghien, con solo 22 años ya gozaba de una extraordinaria reputación militar y de una notable ambición. Su hermana, dos años mayor, era muy bella y admirada por su inteligencia y su gusto refinado. El menor, Conti, débil y contrahecho, había sido destinado por sus padres a la Iglesia, pero los discursos de su hermana, a la que amaba demasiado, lo inclinaban más hacia la carrera de las armas y hacia la intriga.


Después de la familia Condé, los Vendôme eran los más poderosos. El duque de Beaufort, segundo hijo de César de Vendôme, era valeroso como su abuelo Enrique IV, pero tanto su carácter como su inteligencia presentaban flaqueza. Era el personaje idóneo para convertirse en instrumento del primer conspirador que supiera ganar su confianza. 

El duque de Bouillon había sido despojado por Richelieu de su villa de Sedan. Su hermano, el vizconde de Turena, ya mostraba en la guerra el talento que un día lo situarían junto a los grandes generales del reino. Junto a estos personajes, Ana de Gonzaga, aliada con Madame de Longueville, una joven muy hábil para la intriga. Y la duquesa de Montbazon, dominada por la codicia, que ansiaba siempre enriquecerse. La duquesa, de gran belleza, era comparada por sus contemporáneos con aquellas estatuas de la antigüedad. 

No podemos olvidar a uno de los personajes más emblemáticos: la duquesa de Chevreuse, que, desterrada por Richelieu, mantenía una correspondencia secreta con su amiga la reina. Después de pasar por muchos lugares en los que dejó constancia de sus incesantes intrigas, aguardaba en Bruselas la muerte de Luis XIII para poder regresar a Francia.

Al lado de estos altos personajes aparecen otros destinados a desempeñar papeles importantes durante la complicada regencia…


MUCHAS GRACIAS A CUANTOS ACUDISTEIS A LA PRESENTACIÓN EN MADRID. FUE UN PLACER CONOCEROS. ¡PREPARANDO YA LA PRÓXIMA!



domingo, 18 de septiembre de 2016

LA MALDICIÓN


[…] Aún estaría seguramente entre nosotros de no haber sido por aquella desgracia que tiñó de luto a Castilla y se llevó lo mejor de sus Casas en una sola jornada. Con dieciocho años Bernardo, tal era su nombre, partió rumbo a su primera batalla y ya no regresó. Mi abuelo recogió su cuerpo cubierto de polvo y de sangre allá junto a Alarcos. Para el viejo guerrero era su última batalla. La experiencia acumulada en la lucha contra los moros le salvó la vida, pero gustoso la hubiera dado por la del hijo que yacía sobre el maltratado suelo castellano. Llevaba su nombre; era, entre todos, su heredero, su esperanza, su mayor orgullo. Todo había terminado aquel día de julio en el que pudo sentirse el calor del infierno bajo las brillantes armaduras. Al anochecer, sus sueños habían muerto también. El abuelo se vació; no le quedaba nada.

Tenía otros hijos, sí. El siguiente varón, Julián, se convirtió en el primogénito. Tenía apenas tres años más que Constanza, y ninguna de las cualidades que habían adornado a Bernardo. Julián era torpe para aprender, lento, y no parecía tener otras inquietudes que la caza, la cetrería y el buen vino. Tenía un noble fondo, sin embargo, y su temperamento colérico y violento ocultaba un corazón blando, fácil de conmover. Era, además, un buen cristiano; nunca olvidaba cumplir con sus devociones, pero ése era el único consuelo para la decepción que causaba a su padre el hecho de que él fuera ahora su sucesor. Y, sin embargo, así había de ser, pues era la voluntad del cielo.

Pero aún había otro hermano más, el benjamín de todos ellos, aquel al que mi madre más quería desde que lo viera nacer: Alfonso. Como era el menor, el abuelo lo tenía destinado a la Iglesia, decisión que se reafirmó en él al ver que, además, era el más inclinado al estudio y el que mejor provecho sacaba de ello. 

No era ésta, sin embargo, la vocación de Alfonso, que no lograba ocultar todo el resentimiento que le producía verse relegado por un hermano al que despreciaba como inferior. Envidiaba su destino. Julián no era ni la mitad de inteligente que él; no tenía su ingenio ni su destreza con las armas; no brillaba como él ni tenía su apostura. Sin embargo, iba a heredarlo todo, simplemente porque había nacido antes. Ése era su único mérito, y a él no le parecía justo que fuera suficiente. Alfonso quería ser soldado, soñaba con combatir contra los moros, con una vida de batallas y aventuras y no con la austeridad de un claustro. Anhelaba defender alguna de aquellas fortalezas que se erguían en la frontera castellana, impresionantes, dominadoras, controlando los caminos e imponiendo entre los sarracenos la ley de la Cristiandad, desafiantes en un territorio tan hostil como fascinador para el hombre. Sus inquietudes eran tantas que una vida entera no habría bastado para satisfacerlas, y los libros con los que se deleitaba no hacían más que espolear su afán por emular los hechos de tantos notables caballeros.

Mucho menos complacido se sentía aún con la idea del celibato de un fraile. Era muy dado al galanteo; parecía que estaba llamado a saltar eternamente de flor en flor. Sus avances galantes, todo hay que decirlo, siempre eran bien acogidos, e incluso alentados, pues era gallardo mozo y bien parecido. Su inclinación hacia esos efímeros amoríos desesperaba al abuelo, que no conseguía encauzarlo como hubiera querido. Veía con preocupación cómo aquella tendencia casaba poco con los planes que le tenía deparados, pero ello no hacía más que reforzar su convencimiento de que Alfonso se descarriaría gravemente si no se lo apartaba pronto de esos mundanos pasatiempos. El monasterio era, sin duda, lo mejor para él y su única posibilidad de salvación.

[…] Había, entre todas aquellas damiselas a las que dedicaba sus versos, una joven a la que, a su pesar, había rendido su corazón. Era esta dulce y gentil criatura, bella entre las bellas, Yolanda de Castro. Su hermana mayor, Aldonza, hallábase prometida a Julián por la época en la que Alfonso andaba en los diecisiete años. […] Quería el abuelo que la boda se celebrara cuanto antes, pero la frágil salud de Aldonza lo impedía y no hacía más que aplazarla. La demora hacía muy feliz a Alfonso, que la empleaba en disfrutar plenamente de todos los dones que la vida le ofrecía, pero muy especialmente del favor de Yolanda. Ambos se conocían desde niños y se habían profesado un tierno afecto, un sentimiento que con los años se convirtió en algo más profundo e inconveniente, pues no era un asunto llamado a tener buen final. La desdicha quiso que el sentimiento fuera mutuo y, por tanto, más difícil de contener, siendo así que no tardaron en convertirse en amantes.

[…] Aldonza no pudo recuperarse de su fragilidad y acabó sucumbiendo a unas malas fiebres que la encontraron debilitada. Entonces su padre, para evitar que se le escapara tan buen partido como era Julián, al fallecer su hija mayor ofreció a mis abuelos la mano de Yolanda.

La desesperación golpeó con fuerza a Alfonso el día en que sus padres le comunicaron la noticia, rebosantes de un júbilo que esperaban que él compartiera. Se heló por dentro. Los músculos de su rostro permanecían rígidos, paralizados, negándose a obedecer su voluntad cuando trató de sonreír. 

Él nunca hubiera sido tenido en cuenta por tan grandes señores como candidato a la mano de Yolanda. Nunca se hubieran conformado con un segundón como él, seguros como estaban de que la belleza de su hija podía aspirar al heredero de alguna de las grandes Casas. Puesto que la muerte se había llevado a Aldonza antes de ver cumplidas sus ambiciones, aún les quedaba la menor para ocupar el lugar de su hermana. Esto, incluso sabiendo de antemano que él jamás hubiese contado con la menor posibilidad, resultaba para Alfonso demasiado cruel, demasiado amargo. No podían pedirle que se resignara a contemplar cada día a Yolanda al lado de Julián, que nada había hecho por merecer esa gema, nada excepto ser el mayor.

Los dos jóvenes no renunciaron a su amor por ello. Continuaron encontrándose, tan secretamente como al principio, tomando toda clase de precauciones para no ser descubiertos. Comenzaron, en efecto, siendo prudentes, pero pronto la pasión derribó toda contención y los hizo osados. Cuando terminó el periodo de luto y pudo celebrarse la boda, Yolanda, como es natural, pasó a residir en Miravalles de la Adrada junto a su esposo, lo cual no hizo más que aumentar las ocasiones en las que Alfonso y ella podían estar juntos. […] El diablo se lo ponía muy fácil a ambos; demasiado fácil.

Julián no tardó en recelar. Desde el principio sorprendía miradas encendidas, cuchicheos, risas, esa extraña complicidad que a menudo le parecía que iba mucho más allá de lo fraternal y ese afán por buscar cada uno la compañía del otro, siempre esforzándose por encontrar pretextos para no acompañarlo a él. Yolanda resplandecía de otro modo cuando Alfonso estaba presente. Con él, en cambio, se mostraba fría y distante, de un modo tan distinto que verla luego disfrutar así en compañía de su hermano era como un hierro candente quemando dentro de su pecho. Y lo mismo sucedía cuando yacía con ella: Julián no era capaz de derribar la barrera de frialdad que ella alzaba entre ambos. A veces Yolanda ponía excusas para no compartir su lecho. Él sabía que eran pretextos ante un deber que no le agradaba cumplir, y comenzó a preguntarse si tal vez prefería acudir al de Alfonso. Angustiado por estas sospechas que se iban tornando en obsesión, pidió a su sirviente de confianza que estuviera alerta, que vigilara, que espiara sus movimientos cuando él no estaba y le dijera si se encontraban en secreto o cualquier otra cosa que pudiera resultar del interés de un esposo.

Un día en que Julián salió de cacería, el servidor hizo bien su trabajo y, espiando con todo sigilo, los sorprendió a los dos. Cuando el marido llegó, aún ignorante de todo, sudoroso y sediento, se dirigió a sus aposentos para refrescarse y cambiarse de ropa, y allí se hallaba cuando entró presto su hombre para comunicarle sin dilación ni delicadeza lo averiguado. Julián, fuera de sí ante el descarnado relato de su infortunio, al escuchar la confirmación de sus sospechas apenas se detuvo a volver a ceñir la espada de la que acababa de despojarse. Impulsivo como siempre había sido, no concedió ningún lugar a la prudencia y, enloquecido, corrió primero a denunciar ante su padre la deshonra de la que acababa de ser informado. Allí, entre grandes lamentos, anunció su intención de tomarse la justicia por su mano. Hubo gritos, juramentos, el llanto de la abuela tratando inútilmente de sosegar los ánimos, un esposo ultrajado que parte en busca de su hermano apretando la empuñadura de su acero hasta que sus nudillos quedaron blancos. Todo se aliaba para llamar a la muerte, que ya se presentía en el aire.

Alfonso había escuchado el revuelo y sabía para entonces a qué obedecía tanto alboroto como se había adueñado del castillo. Informado por los suyos, lo aguardaba en su alcoba, dispuesto para recibirlo. No albergaba la menor duda de que vendría a por él, y esperaba ansioso el momento. Hacía tiempo que deseaba esa confrontación, pero mucho más la anhelaba desde que Julián se había convertido en el esposo de Yolanda. Cada día que transcurría le resultaba más imposible de aceptar; cada fibra de su ser se rebelaba contra ese yugo que deseaba romper.

Ella, arrodillada en su reclinatorio, desgranaba las cuentas de un rosario con una piedad casi olvidada desde que se apartara del camino recto para seguir solamente el del amor. Alfonso le había mandado aviso para que se pusiera a salvo, pero Yolanda, pálida como la cera de los cirios que ardían a su lado, no podía moverse de allí. El miedo la paralizaba; las rodillas, clavadas en la madera, no la sostendrían si intentaba incorporarse. Sus labios murmuraban una plegaria; rogaba por la vida de su amante, pues, conociendo ese pronto violento de Julián, podía anticipar cuál sería su reacción. Tenía miedo, mucho miedo, mas no por ella. Si a él le ocurría algo, ya no le importaría su propia vida.

El marido, furioso, entró en la alcoba de su hermano y se abalanzó contra él. Le arrojó insultos y maldiciones a voz en grito mientras desenvainaba su espada. Alfonso detuvo el golpe con facilidad. Su hermano nunca había sido rival para él; combatía mucho mejor a pesar de su juventud, y Julián, más lento y perdida toda la serenidad, se comportaba con una torpeza que no permitía la menor oportunidad llegados a ese punto. El entrechocar de aceros no duró mucho tiempo. Alfonso, siempre más ágil, al cabo de unos cuantos movimientos clavó la hoja afilada de su espada en el vientre de Julián, que se desplomó con un último aliento de vida mientras sus manos parecían querer detener el flujo de sangre que brotaba a borbotones. Un chorro salió también de su boca en el instante en que la muerte vino a abrazarlo.

La abuela corría a través del oscuro corredor. Su esposo no había podido contenerla más. La llamaba, iba tras ella. ¡No entréis ahí, Juana! ¡Por amor de Dios, no entréis ahí!. La alcanzó en el momento en que llegaba a la puerta que abría para ella todos los horrores del infierno; la alcanzó en el momento en el que Julián se desplomaba sin vida, en el momento en que de la garganta de la abuela brotaba un alarido inhumano que era lo único capaz de expresar lo que sintió al contemplar tanto espanto.

Entre Bernardo y el propio Alfonso se llevaron el cuerpo de Julián. Era preciso tapar lo sucedido para impedir que la deshonra cayera para siempre sobre la familia. Había que ofrecer otra explicación, decir que Julián había fallecido a consecuencia de un accidente. Nadie debía saber jamás qué era lo que había ocurrido allí. 

Doña Juana, enajenada, tuvo que encargarse de limpiar la sangre hasta borrar toda huella del crimen que había tenido lugar en aquella alcoba. Luego se retiró a la suya. Iba aún manchada con la sangre de su hijo. Estaba por todas partes: en sus manos, en su ropa, salpicando su rostro… Su mente hacía que la viera dondequiera que sus ojos se volvieran: en las paredes, en los muebles, en los tapices, extendiéndose cada vez más. Se acercó al aguamanil, derramó agua en la palangana y comenzó a lavarse las manos. El agua se teñía de rojo, pero le parecía que la sangre no se iba de entre sus dedos. Frotaba y frotaba las manos con vigor. Desesperada, se despojó de aquellas ropas manchadas y las arrojó al fuego. Mas no se libraba de la sangre de su hijo, de la sangre de Julián, derramada por Alfonso. Brotaba de las paredes, arroyaba por el suelo, lo teñía todo de rojo. Gritó. Gritó hasta enronquecer, hasta que dejó de ver cuanto la rodeaba. Varias personas la sujetaban, la llevaban hasta el lecho, la obligaban a mantenerse quieta en él, pero no podían hacerlo, porque la sangre la ahogaba. La ataron. A partir de esa noche la ataban con frecuencia. Eso sucedía cuando la sangre regresaba murmurando palabras que no quería escuchar. Me mató… mató-mató-mató… Mi hermano me mató… mató… mató… derramó… El eco continuaba reproduciendo esos sonidos espantosos, venía a reclamarle, a reprocharle que hubiera tratado de limpiarla, que hubiera tratado de ocultar el crimen de Alfonso. Se tapaba los oídos, pero no dejaba de escucharlos; gritaba para acallarlos, aullaba como una loba herida, eran unos alaridos desgarradores que traspasaban los muros del castillo y aterraban a sus moradores, y entonces regresaban y volvían a atarla. A veces comenzaba como un suave goteo que caía del techo, lentamente, gota a gota, pero cuando comenzaba sabía que ya no se detendría, que pronto comenzaría a susurrarle, y que brotaría de nuevo salpicándola, empapándola, ahogándola…


(Fragmento de “La leyenda del enmascarado”) 


El jueves 22 a las 19:30 presentaré “La leyenda del enmascarado" en Madrid en compañía de los escritores Francisco Legaz y Miguel Ángel de Rus. Librería Burma, calle Ave María, 18, barrio de Lavapiés.



jueves, 15 de septiembre de 2016

LA LEYENDA EN MADRID, JUEVES 22


El próximo jueves, 22 de septiembre a las 19:30 presentaré en Madrid “La leyenda del enmascarado” junto con los escritores Francisco Legaz y Miguel Ángel de Rus. Os esperamos en la librería Burma, calle Ave María, 18, barrio de Lavapiés.

Pido disculpas por mi prolongada ausencia en este espacio, pero las múltiples actividades relacionadas con la publicación de la obra apenas me han dejado tiempo para otra cosa. Nunca hubiera imaginado que la mayor parte del trabajo de escribir un libro podía venir después de publicarlo. En los últimos tres meses se ha hecho preciso compaginar mis obligaciones familiares y de todo tipo con cinco viajes, tres ferias y seis presentaciones; acudir a tres estudios de radio, uno de grabación y responder a dos entrevistas en prensa. Mientras tanto escribía un nuevo relato de próxima publicación, aceptaba la invitación de Fent Història para colaborar con un artículo en el último número de su revista e intentaba centrarme en un nuevo proyecto más ambicioso. Todo ello me priva del tiempo necesario para actualizar mis blogs con la frecuencia de antaño, aunque me resisto a abandonarlos. Aquí comenzó todo, y aquí quiero permanecer mientras pueda.

Mi artículo sobre la legitimidad de Luis XIV en la revista catalana Fent Història

Muchas gracias por vuestra comprensión y hasta pronto. A los de Madrid, espero veros al fin en persona.

Presentando "La leyenda del enmascarado" en la feria del libro de Burela, en compañía de Miguel Ángel de Rus y Salvador Robles Miras.


viernes, 19 de agosto de 2016

"La leyenda del enmascarado" estará en la feria del libro de Burela


El sábado 27 a las 18h presentaré mi novela "La leyenda del enmascarado" en la Feria del Libro de Burela, Lugo, en un evento conducido por Miguel Ángel de Rus y en el que contaré con la grata compañía de Salvador Robles, que también presentará su obra. 


Firmaré ejemplares el sábado 27 y domingo 28. 


¡Galicia, allá vamos y con muchas ganas!


sábado, 13 de agosto de 2016

Termina la guerra, comienza la Fronda


La Rochefoucauld poseía cualidades suficientes para resultar del agrado de Madame de Longueville: era apuesto, inteligente y refinado; sus modales eran exquisitos, y su lealtad a la reina lo revestía con un halo de caballerosidad que por fuerza había de llamar poderosamente la atención de una dama que se había criado en el ambiente que se respiraba en el salón de la marquesa de Rambouillet. Él era, además, un galán experto, con todas las bazas posibles para ganar su corazón. No le costó demasiado. Y, una vez logrado su propósito, la tarea de moldear también su mente resultaría más fácil. En palabras de Victor Cousin, La Rochefoucauld “transformó su natural coquetería en ambición política, o, mejor dicho, le inspiró su propia ambición”.

Madame de Longueville se entregó por entero. Sacrificó su propia reputación, que hasta entonces tanto había estimado, y postergó sus propios intereses y los de su familia, incluso los de su querido hermano. Como observa Madame de Motteville, “en todo lo que ha hecho desde entonces se puede ver claramente que no es solo ambición lo que llena su espíritu, sino que los intereses del príncipe de Marcillac ocupaban mucho espacio. Por él, se volvió ambiciosa; por él, dejó de apreciar la tranquilidad y, absorbida por sus sentimientos, olvidó su buen nombre”.

El 20 de agosto de 1648 llegaba para su hermano Condé la victoria de Lens sobre las tropas españolas, mandadas por el archiduque Leopoldo. En octubre se firmaba la paz de Westfalia, que ponía fin a la Guerra de los Treinta Años. Entre otras concesiones, Francia recibía Alsacia, ampliando así sus fronteras, y se reconocía su absoluta soberanía sobre los tres obispados de Metz, Toul y Verdun, que llevaba ejerciendo de facto por derecho de conquista desde hacía casi un siglo. Además la famosa fortaleza italiana de Pignerol, que tantos capítulos nos ha ocupado, pasaba también a sus manos.

Las consecuencias fortalecían al gobierno de Mazarino en su lucha contra el Parlamento. El futuro sonreía al reino y el cardenal se las prometía muy felices. 

No contaba con la Fronda.


sábado, 30 de julio de 2016

Un príncipe calculador


En 1639 François de La Rochefoucauld, príncipe de Marcillac, obtuvo permiso para reunirse con el ejército en Holanda, donde demostró tal valor que Richelieu le ofreció el rango de mariscal de campo, pero él lo rechazó a petición de la reina, que no deseaba que su campeón aceptara ningún favor de su enemigo,

De regreso en Poitou, fue tanteado por Cinq-Mars para sumarse a la conjura contra el cardenal, pero La Rochefoucauld tuvo la sensatez de rechazar cualquier implicación.

En 1642 moría Richelieu, y meses después el rey le seguía a la tumba. Para La Rochefoucauld habían terminado aquellos años en los que había sido un joven romántico, caballeroso, desinteresado e imprudente, aquel que había osado desafiar al poderoso cardenal y despertado su ira. Ahora se había convertido en un hombre ambicioso e intrigante que perseguía sus propios fines a costa de lo que fuera. Con Ana de Austria como regente, cabía esperar que quienes le habían permanecido leales en la adversidad, como había sido su caso, recibieran su recompensa. Pero le aguardaba la desilusión: Ana fue pródiga en promesas, asegurándole que no había nada en el reino que fuera lo bastante grande para premiar los sacrificios que había hecho por ella; sin embargo, ahí terminó su gratitud.

Luis XIII

La Rochefoucauld, buscando una aliada, alentó a la reina a llamar a su lado a Madame de Chevreuse, a quien Luis XIII, en su lecho de muerte, había desterrado a perpetuidad. Pensaba que de ese modo le sería más fácil alcanzar cualquier favor que demandara. Aunque la duquesa de Chevreuse ya no le era tan útil a Ana de Austria ahora que tenía la regencia. Su vieja amiga pidió para él el gobierno de El Havre, entonces en poder de la duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu; pero Mazarino, siempre firme en la defensa de la familia de su benefactor, protestó contra el expolio, haciendo ver a la reina que se trataba de un acto que ofendería a los Condé, emparentados por matrimonio con el difunto cardenal. Por tanto, la reina decidió denegar la petición.

La Rochefoucauld permaneció aún leal a la persona de la reina, pero no estrictamente al gobierno de Mazarino, lo que le llevó a prestar cierto apoyo al partido de los Importantes. Nada, en todo caso, de una relevancia que pudiera causar su caída en desgracia.

Al cabo de dos años, cansado de una vida de cortesano, solicitó el mando de la caballería ligera que quedaba vacante por la muerte del mariscal de Gassion, pero también esto le fue denegado. Y no faltaban razones, porque, a pesar de su valentía, sobradamente demostrada, no tenía demasiadas capacidades militares. 

Ana de Austria

Desesperado al ver siempre frustradas sus aspiraciones después de su prolongada fidelidad a la reina, decidió pasar a la oposición. Y en ese estado de ánimo se encontraba cuando Madame de Longueville regresaba a París y se convertía, gracias a las victorias de su hermano, en objeto de adulación por parte de toda la corte, más incluso de lo que ya lo había sido al partir hacia Westfalia. La Rochefoucauld calculó pronto lo mucho que tenerla de su parte podría ayudar en la consecución de sus objetivos y ambiciones, porque a través de ella obtendría el apoyo de los Condé. Sin dejarse desanimar por el poco éxito alcanzado por los anteriores pretendientes de la bella, se dedicó a la tarea de vencer sus resistencias con una habilidad y determinación dignas de ser dedicadas a mejor causa. Él mismo nos lo cuenta así:

“La belleza de Madame de Longueville, su inteligencia y todos los encantos de su persona, atraían a todos aquellos que alentaban la esperanza de ser tolerados por ella. Muchos hombres y mujeres de alto rango se esmeraban por complacerla; y, aparte de las atracciones de esta clase en la corte, Madame de Longueville estaba en aquel tiempo tan en buenos términos con toda su Casa, y era tan tiernamente amada por su hermano, el duque de Enghien, que quien recibiera la aprobación de la hermana podía contar con la estima y la amistad de aquel príncipe. Muchas personas intentaron en vano este camino, y mezclaban otros sentimientos con la mera ambición. Miossens, que después se convirtió en mariscal de Francia, fue el que más perseveró... Yo era uno de sus amigos, y él me mantenía informado de sus intenciones. Estas se desvanecieron pronto. Se dio cuenta, y me dijo que estaba dispuesto a renunciar. Pero la vanidad, que era su pasión más fuerte, a menudo le impedía contarme la verdad, y fingía esperanzas que en realidad no tenía, y que yo sabía que no podía tener. De este modo pasó algún tiempo, y por fin tuve razones para creer que yo podría hacer mejor uso que Miossens de la amistad y la confianza de Madame de Longueville… Le expliqué a él mi punto de vista, pero añadí que la consideración hacia él siempre me refrenaría, y que nunca intentaría establecer relaciones íntimas con Madame de Longueville a menos que él me dejara en libertad de hacerlo. Confieso que lo indispuse con ella intencionadamente, a fin de asegurármela para mí, aunque sin decirle nunca nada que no fuera cierto…”



lunes, 18 de julio de 2016

¡Hasta agosto!


Muchas gracias a Pilar, lectora apasionada de “La leyenda del enmascarado”, que se desplazó desde Avilés para asistir a la presentación en la Semana Negra y ha enviado a mi correo unas bonitas imágenes como esta, tuneadas por ella misma con mucho cariño.

Queridos cortesanos, necesito unas vacaciones después de tanto trajín, así que me despido hasta el mes de agosto.

Mil gracias a los que acudisteis a los eventos. Presenté La leyenda del enmascarado y participé con Lourdes Ortiz, Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido en una mesa redonda sobre la mujer en la novela negra y de género. M.A.R. flipaba al ver que llenamos a rebosar la carpa a pesar de que en la vecina estaba el gran Luis Eduardo Aute. Pero es que cuando nosotros convocamos gente, la convocamos, y no hay Aute que valga.


Me voy con un subidón que me va a durar hasta que vuelva.

¡Hasta agosto!

miércoles, 6 de julio de 2016

El caballo de Sejano


El exilio de La Rochefoucauld fue la causa de su relación con la intrigante duquesa de Chevreuse, una de las mujeres que más influyeron en su vida. La duquesa se encontraba en Turena, desterrada por Richelieu, y allí fue donde ambos se conocieron, para desdicha de él, pues la dama resultaba tan peligrosa para sus amantes como para sus enemigos. La Houssaye la compara con el caballo de Sejano, cuyos amos encontraban siempre un mal final.

Madame de Chevreuse mantenía por entonces una correspondencia secreta con Ana de Austria, el duque de Lorena, la reina de Inglaterra y el rey de España, y La Rochefoucauld se vio comprometido al confiarle su dama el envío de varias de estas misivas. Los espías de Richelieu, siempre alertas, no tardaron en poner en conocimiento del cardenal lo que estaba sucediendo. A consecuencia de ello Ana de Austria fue acusada de traicionar a Francia aliándose con sus enemigos. Nunca se había visto la reina en situación más delicada, pues parecía a punto de ser repudiada e incluso encarcelada. Antes de que se cumpliera el fatídico destino, Ana propuso a La Rochefoucauld que las raptara a ella y a Mademoiselle de Hautefort para conducirlas hasta Bruselas, donde estarían a salvo.

“Yo era joven, y a una edad en la que se quiere hacer algo extraordinario y brillante, no se me ocurría nada mejor que librar a la reina de su esposo, y del cardenal Richelieu, que estaba celoso de ella, y al mismo tiempo a Mademoiselle de Hautefort del rey, que estaba enamorado de ella.”

Los planes no se llevaron a cabo, y finalmente la reina se sometió. Pero La Rochefoucauld no iba a tardar en volver a encontrar problemas al ayudar a fugarse a Madame de Chevreuse, quien, disfrazada de hombre, emprendía la huida hacia España. Su enamorado era enviado a la Bastilla, pero gracias a su padre, que en esos momentos se encontraba en muy buenos términos con el cardenal, fue puesto en libertad al cabo de una semana. Sin embargo, sufrió un nuevo destierro, y no podría regresar a la corte hasta la muerte de Richelieu.


VIERNES, 15 DE JULIO, A LAS 20:15h, PRESENTACIÓN DE "LA LEYENDA DEL ENMASCARADO" EN LA SEMANA NEGRA DE GIJÓN, EL MAYOR FESTIVAL LITERARIO INTERNACIONAL AL AIRE LIBRE DE EUROPA. CON LAS AUTORAS TERESA GALEOTE Y MARTA GÓMEZ GARRIDO, Y CONDUCIENDO EL ACTO LOURDES ORTIZ. CARPA 3.


Muchas gracias a dlt por su magnífica reseña en su página "desdelaterraza". No se puede explicar mejor ese choque entre dos mundos ni escribir mejor una crítica que, además, agradezco que sea tan positiva.

http://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com.es/2016/07/la-leyenda-del-enmascarado-entre-la.html


martes, 21 de junio de 2016

Gracias, Valencia, Valladolid y Avilés

Presentando "La leyenda del enmascarado" en Valencia en compañía de la escritora Raquel Campos, con la sala a rebosar. Fue momento de encuentro con viejos amigos blogueros. Allí estaba "Arena", que me regaló una rosa; y también Wendy Tink, fundadora de nuestro club de los pololos; la escritora Isabel Barceló, nuestro querido Dlt, del blog "Desdelaterraza" y muchos de nuestros seguidores valencianos. Estuvo todo aquel que pudo estar, y os doy mil veces gracias.

Con la escritora Isabel Barceló antes de comenzar la presentación


Firmando ejemplares de la novela y también de La Corte del Diablo, que habían traído consigo.

Y en la Feria del Libro de Valladolid, más momentos estupendos. La escritora Fátima Díez vino desde Bilbao con La Corte del Diablo para que se la firmara también.


Firmando ejemplares

Saludando al director de El Diario El Norte de Castilla, Carlos Aganzo.

Y en Avilés, presentando en un hermoso palacio del siglo XIV junto a la concejala de cultura, Yolanda Alonso.  Contra todo pronóstico, fue récord de ventas, superando incluso al de mi ciudad natal.



Tras unos días de vacaciones, retomaremos la historia de nuestra corte.

Muchas gracias y hasta pronto.