lunes, 30 de noviembre de 2015

THE BOOK DEPOSITORY ENVÍA GRATIS A 160 PAÍSES


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No sabemos cuánto tiempo durará esta oferta, pero no creo que nadie allende los mares pueda conseguir otra mejor. Los que estéis pensando haceros con un ejemplar en papel no deberíais dejar pasar la oportunidad. Os dejo el enlace a la página:








domingo, 29 de noviembre de 2015

La marquesa de Rambouillet


Desde que era Luis XIII quien ocupaba el trono, se habían producido muchos cambios en la corte. Aquel antiguo ambiente extremadamente licencioso había sido sustituido por placeres refinados e inclinaciones intelectuales. Este giro había sido propiciado por Richelieu, que no se limitaba a manejar las riendas de la política. El nacimiento y la posición continuaban siendo estimados, pero no constituían ya el único pasaporte para entrar en la sociedad aristocrática, y en los hogares de algunas damas comenzó a ser costumbre reunir a artistas e intelectuales sin distinción de rango social. En sus salones pasaban una o dos horas de agradable conversación con mujeres refinadas de gustos similares.

El más célebre de estos salones, del cual pronto se hizo asidua Mademoiselle de Borbón, se encontraba en el Hôtel de Rambouillet, en la Rue Saint-Thomas-du-Louvre. Allí se cultivaba con tanto esmero el arte de la conversación que su estilo ejerció una gran influencia sobre la literatura del siglo siguiente e incluso de principios del XIX. Presidía estas reuniones Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet. Catherine era hija única del marqués de Pisani, embajador francés en Madrid y en Roma, su ciudad natal. Su madre, Julia Savelli, era una dama italiana, viuda de Lorenzo Orsini. Apenas tenía doce años cuando en 1600 la casaron con Charles d’Angennes, marqués de Rambouillet, un noble muy acaudalado y respetable que desempeñó misiones como embajador en Saboya y en España.

Catherine recogió los elogios unánimes de todos sus contemporáneos. No solo era bella, sino llena de virtudes y dotada de un gusto exquisito. Era una magnífica crítica literaria, amante de la cultura en todas sus manifestaciones. Además su carácter atraía por el tacto del que hacía gala, su bondad y ese ingenio que nunca utilizaba para herir. No era la marquesa mujer que tomara parte en intrigas sórdidas ni en las vulgares galanterías que caracterizaban la corte de Enrique IV. Esto, unido a su delicada salud, fue causa de que siendo aún muy joven decidiera retirarse de aquel ambiente y recibir en su propio hogar. Para ello hizo derribar el antiguo edificio y erigió uno nuevo, más apto para cumplir estas funciones y según planos que trazó ella misma.


La principal sala de recepción de Catherine era la llamada “Cámara azul”. Hasta entonces la moda había sido emplear el rojo o naranja oscuro en los hogares de los cortesanos más acaudalados, pero ella hizo que las paredes de su salón se cubrieran de terciopelo azul, con el borde bordado en oro. La habitación se veía iluminada por enormes ventanales que se extendían desde el techo hasta el suelo y que daban a un jardín grande y hermoso. Cada tarde, durante más de treinta años, su hogar abrió las puertas a los más refinados intelectuales y a los personajes más relevantes de la corte: nobles, magistrados, clérigos y hombres de letras se reunían allí con las mujeres más encantadoras y cultas de Francia, y siempre en términos de igualdad. Todo tema de conversación que pudiera resultar ofensivo estaba terminantemente prohibido, y nunca servían aquellas reuniones para hacerse eco de escándalos. Se cortejaba a las damas, pero con un respeto que nada tenía que ver con la atmósfera del Louvre.

El salón de Madame de Rambouillet se convirtió en representante de lo que sería la vida intelectual de la primera mitad del siglo XVII, es decir, el preciosismo. Otras damas irían abriendo paulatinamente sus salones en París y en provincias, pero a comienzos de la Fronda llegaron a ser lugares peligrosos, más dedicados a las conspiraciones que al arte y la ciencia. Al mismo tiempo, la afectación iba sustituyendo a la naturalidad y sencillez de Madame de Rambouillet, hasta llegar a los extremos parodiados por Molière en Las Preciosas Ridículas.

Cuando en 1635 Mademoiselle de Borbón asistió por primera vez a una de estas reuniones, el salón estaba en la cúspide de su popularidad. Los príncipes de Condé acudían con sus hijos ignorando así la más estricta etiqueta, que prohibía a los príncipes de la sangre visitar a una dama que estuviera por debajo del rango de duquesa. Allí el visitante podía encontrar a Mademoiselle de Scudéry o a la marquesa de Sablé; al mariscal de Gramont o al mismísimo cardenal Richelieu.

La marquesa fue madre de siete hijos. De los dos varones, uno falleció en la infancia y el otro en 1645, durante la batalla de Nördlingen. Tres de sus cinco hijas profesaron como religiosas y fueron abadesas, pero otra de ellas, la mayor, sería la famosa Julie d’Angennes, duquesa de Montausier, inmortalizada por La Guirnalda de Julie, una colección de poemas sobre diferentes flores a la que contribuyeron los principales poetas de su tiempo y que le fue ofrecida como regalo por su prometido.

En su día dedicamos un capítulo a la célebre guirnalda:




viernes, 27 de noviembre de 2015

La debutante


La ejecución de Montmorency produjo una fuerte impresión de su sobrina, Mademoiselle de Borbón. Durante un tiempo este episodio pareció reafirmarla en su decisión de profesar como religiosa, y para ello solicitó la autorización de su padre, el príncipe de Condé, que no estaba en absoluto de acuerdo con su vocación. Enrique de Condé tenía dos varones, pero Anne Geneviève era su única hija, tan bella e inteligente que tenía planes más mundanos para ella.

Los príncipes resolvieron aflojar los lazos que la unían a las monjas carmelitas haciendo que participara cada vez más activamente de la vida social. Ella obedecía, pero se la veía triste y contrariada en tales circunstancias. Su madre tuvo que reprenderla por las pocas molestias que se tomaba en mostrarse agradable con la gente.

—Vos, madame —replicó Anne Geneviève—, poseéis encantos tan irresistibles que, como yo no voy a ninguna parte si no es con vos, y solo aparezco detrás de vos, la gente no puede ver ninguno en mí.

Esta respuesta tan diplomática deshizo el enojo de la princesa, a quien nada gustaba más que los elogios. Pero como el tiempo continuaba pasando y la determinación de su hija se fortalecía, decidió recurrir a medidas más drásticas. Hasta entonces se había limitado a llevarla consigo a visitar a sus amigos, o a tenerla a su lado cuando hacía de anfitriona en el Hôtel de Condé, pero Mademoiselle de Borbón nunca había asistido a una función en la corte. Una mañana, cuando la joven contaba 16 años, su madre le pidió que se preparara para asistir a un baile que Luis XIII iba a dar en el Louvre. 

Esto la sumió en la consternación. Se lo contó a las carmelitas y les pidió consejo acerca de qué era lo que convenía hacer. Ellas se reunieron para debatir el asunto y finalmente le aconsejaron que acudiera vestida con un cilicio bajo las ropas. Y así se presentó Anne, hermosamente ataviada y adornada con joyas. Desde el momento en que entró en el salón, nadie tenía ojos más que para la debutante, que pronto se vio rodeada de admiradores. El baile se prolongó hasta las tres de la mañana, y cuando terminó Mademoiselle de Borbón se agitaba con nuevas emociones insospechadas, algo que al principio la alarmó, pero con lo que pronto se iría familiarizando. 

Había probado las mieles del éxito en una corte fascinante, y le había sabido muy dulce. Aunque continuaba siendo piadosa, cada vez se mostraba mejor dispuesta a aparecer en sociedad. Visitaba a las carmelitas aún, pero más por cortesía y por no romper bruscamente con ellas. Las monjas se daban cuenta de que su influencia se iba desvaneciendo y, aunque el combate entre la vocación religiosa de Anne y sus inclinaciones mundanas fue largo, finalmente se impusieron las segundas. De todos modos, incluso en los momentos en que Mademoiselle de Borbón más se iba a abandonar a sus pasiones y su ambición, continuaría escribiendo a las carmelitas unas cartas en las que asomaba su sólida fe y su ferviente piedad. Los sentimientos religiosos estaban siempre presentes aunque a veces le faltaran las fuerzas para seguir su dictado.



domingo, 22 de noviembre de 2015

La caída de Montmorency


Anne Geneviève, Mademoiselle de Borbón, frecuentaba durante su infancia uno de los conventos carmelitas que comenzaban a proliferar en Francia. Su madre favorecía a las carmelitas de la Rue Saint-Jacques y, al igual que la reina, tenía allí un apartamento al que gustaba de retirarse en ocasiones, unos aposentos tan austeros como los de las propias monjas. Durante esos retiros invariablemente la acompañaba su hija. Deseaba que la niña recibiera una preparación espiritual que la ayudara a afrontar los peligros a los que un día la arrojaría esa legendaria belleza que ya se adivinaba en ella. Anne se mostraba receptiva a las enseñanzas de las monjas, tanto que su piedad excedía cuanto su madre había esperado. Llegó incluso a contemplar la idea de profesar como religiosa.

Tenía 13 años cuando su tío Montmorency se unió a las conspiraciones de Gastón de Orleáns, hermano del rey, siendo condenado a muerte por el crimen de alta traición. Todo el mundo se mostró convencido de que Richelieu no se atrevería a proceder contra un apellido tan importante en el reino, pero se equivocaron. El rey de Inglaterra, el Papa, la República de Venecia y el duque de Saboya trataron de mediar para que se le perdonara la vida; en las iglesias se decían misas para rogar por el almirante, había procesiones de penitentes y muchedumbres exigiendo su liberación en las calles. Pero el cardenal estaba decidido a dar a esos nobles levantiscos y demasiado poderosos una lección que no pudieran olvidar. Iba a demostrar que ni pasados servicios, ni el rango, ni las riquezas salvarían al culpable del hacha del verdugo. En vano solicitó la madre de Charlotte audiencia con el rey para interceder por su hermano. Luis XIII, aconsejado por Richelieu, se negó a recibirla y a responder sus cartas. La ley siguió su curso.

Montmorency compareció ante el Parlamento de Toulouse el 29 de octubre de 1632. En lugar de intentar justificar su conducta, se limitó a exculpar a sus seguidores, atribuyéndose toda la responsabilidad. Al día siguiente se pronunció la sentencia que lo condenaba a muerte, fijándose la hora de la ejecución para las cuatro de esa misma tarde. Se decidió que tendría lugar en la prisión, para ahorrarle la ignominia de un espectáculo público.

Marie Félicie des Ursins, duquesa de Montmorency

El duque iba tranquilo cuando acudió al encuentro con la muerte. Al escuchar la sentencia se había limitado a pedir que adelantaran dos horas su ejecución, para que la hora coincidiera con la de Cristo. Luego escribió una carta a su esposa:

"Te envío mi último adiós, querida mía, con el mismo afecto que siempre ha existido entre nosotros. Te ruego, por el reposo de mi alma, que espero pronto estará en el cielo, que contengas tu pena y que recibas este infortunio de mano de nuestro dulce Salvador. Son tantas las bondades que de Él he recibido que deberías encontrar en ello motivo de consuelo. Adiós, una vez más, querida mía.”

Montmorency legó a Richelieu un cuadro sobre el martirio de San Sebastián, un tema que, dadas las circunstancias, parece constituir todo un mensaje.

La viuda, Marie Félicie des Ursins, permanecía inconsolable a la muerte de su esposo. Acusada de haberlo animado a la rebelión, fue encarcelada, aunque consiguió la libertad al cabo de dos años. Entonces se retiró al convento de la Visitación, en Moulins, el lugar al que hizo trasladar los restos de Montmorency para reposar en un mausoleo en la capilla del convento.

Después de llevar la existencia de una religiosa durante treinta y cuatro años, también ella falleció y fue enterrada junto al esposo al que tanto había amado.


Dando los últimos repasos a la antología que está a punto de publicarse, tarea que me mantiene un tanto alejada. En unos pocos días espero haber terminado. Disculpen estas interrupciones en la narración.



sábado, 7 de noviembre de 2015

Comienza una saga

Château de Chantilly

El 28 de agosto de 1619, entre la medianoche y la una de la madrugada, nacía la hija de los príncipes de Condé en el château de Vincennes, una niña a la que pusieron por nombre Anne Geneviève y que, contrariamente a sus hermanos mayores, iba a vivir. Ella será la protagonista de esta nueva historia.

Con su nacimiento, la fortuna de sus padres pareció enderezar su rumbo. El 17 de octubre se reunía el Consejo en el Louvre y se decidía poner en libertad al príncipe de Condé. El mismo día el rey despachó a sus emisarios a llevar al cautivo la buena nueva, y tres días más tarde acudía una brillante comitiva a entregarle una carta de Luis XIII en la que invitaba a los príncipes de Condé a reunirse con él en el château de Chantilly, que ponía a su disposición. Chantilly ya era por entonces una de las residencias más lujosas, con unos jardines especialmente admirados. A Luis XIII le atraía mucho el lugar, ideal para las jornadas de caza en el bosque vecino, razón por la que lo visitaba frecuentemente.

El príncipe, tras cumplir con sus devociones en la capilla, subió al carruaje del duque de Luynes y emprendió el camino a Chantilly. A las tres de la tarde llegaba al château y era recibido por el gran chambelán, el duque de Mayenne, que lo condujo a presencia del rey. Condé se postró de rodillas y prometió su lealtad y gratitud por la merced que se le hacía, unas palabras que resultarían ser sinceras.


Desde Chantilly, el príncipe y su esposa siguieron a la corte hasta Compiègne para saludar a Ana de Austria. Después, tras un peregrinaje a Notre-Dame de Liesse, regresaron a París, donde el 26 de noviembre el Parlamento registraba solemnemente la declaración de inocencia de Monsieur le Prince, a quien le eran devueltos todos sus cargos y honores. En el preámbulo del documento, el rey hace recaer la culpa del largo cautiverio sobre María de Médicis y su camarilla, aunque la verdadera causa de que se prolongara tanto parece haber sido el temor de Luynes de que Condé pretendiera disputarle el trono a Luis XIII.

Los años de cautiverio habían producido cambios en el carácter de Condé. El príncipe había madurado, se había hecho más prudente y había aprendido de la adversidad. Hasta entonces se había opuesto a la autoridad real con el mismo empeño que su padre y su abuelo pusieron antes que él, pero en adelante ningún rey tendría servidor más leal que el primer príncipe de la sangre. Al fallecer Richelieu y el propio Luis XIII, Condé se convertiría en jefe del Consejo y en el principal sostén de la regente, Ana de Austria, contribuyendo hasta su muerte a salvar a Francia de los peligros que la acecharon durante la menor edad de Luis XIV.

Dos años después de su liberación, en septiembre de 1621, nacía otro hijo al que puso por nombre Luis. El niño recibía el título de duque de Enghien, y un día iba a ser conocido como el Gran Condé. Y en 1629 venía al mundo otro varón: Armando, príncipe de Conti. La saga está servida.


martes, 3 de noviembre de 2015

De la Bastilla a Vincennes

La Bastilla

La relación de Condé con su esposa era prácticamente inexistente desde su reconciliación. Sin embargo, en el momento en que el príncipe es arrestado, ella, que se encontraba en Valery, partió de inmediato hacia París y enviaba constantes mensajes a su esposo manifestándole su adhesión. Charlotte llegó al extremo de pedir a la regente que le permitiera compartir el cautiverio de su esposo, una solicitud que le fue denegada. 

Condé recibió un trato sumamente riguroso en prisión. Permanecía en un aposento sombrío, con las ventanas tan cegadas que apenas permitían el paso de un rayo de luz y, si bien al principio le fue permitido mantener sus servidores, este privilegio pronto le fue retirado.

Tras el asesinato de Concini y la partida hacia Blois de la reina madre, aquellos que habían conspirado con el príncipe regresaron a la corte y recuperaron el favor real, pero Condé permaneció en la Bastilla. El duque de Luynes, favorito de Luis XIII, envió a su tío el conde de Módena a visitarlo para informarse acerca de su salud. El prisionero le rogó que pidiera al rey que aliviara al menos el rigor de su prisión y permitiera a su esposa reunirse con él.

Duque de Luynes
Luis XIII accedió a procurarle un poco más de luz y aire, pero su salud había empeorado hasta el punto de que cada vez que se abría una ventana, se desvanecía. Días más tarde le era concedida también la segunda gracia que solicitó. El 26 de mayo de 1617 Charlotte acudía a saludar al rey y pedía de nuevo compartir el cautiverio de su esposo. Luis accede y le permite llevar consigo a una de sus damas. Como el bufón rogó que no lo separaran de su señora, recibió también permiso para acompañarla.

Aquella tarde la princesa entraba en la Bastilla, donde era recibida por su esposo con grandes demostraciones de afecto. Ambos permanecieron en dicha prisión hasta el 15 de septiembre, fecha en la que fueron trasladados a Vincennes. El motivo parece haber sido la mayor seguridad que ofrecía la fortaleza ante el descubrimiento de un plan para liberar a Condé.

Pasaban los meses y el príncipe, desanimado, comenzaba a pensar que su cautiverio sería eterno. En su desesperación prestó oídos a una propuesta de Luynes, esperando comprar su libertad al conceder la mano de su hermana a Cadenet, el hermano favorito del duque. Lamentablemente la novia fallecía al poco tiempo, y con ella morían también las esperanzas de Condé de obtener la liberación.

Pero el príncipe gozaba de más libertad en Vincennes que en la Bastilla. Se le permitía hacer ejercicio diariamente, y su salud se recuperó en buena medida. A finales de diciembre Charlotte daba a luz un hijo que no lograba vivir. Para desconsuelo de Condé, le fue negado hasta el derecho de celebrar un funeral por el pequeño, que no había podido ser bautizado.

Poco después nacían gemelos, ninguno de los cuales sobrevivía tampoco. Meses más tarde el príncipe enfermaba de tal gravedad que no se esperaba su recuperación. Los médicos que lo atendían atribuían su enfermedad al estado de profunda melancolía en que se encontraba, debido a su prolongado cautiverio y a la pérdida de sus hijos.

Vincennes

Cuando se extendió la noticia, toda la corte mostró simpatía hacia el desdichado príncipe, y comenzaron las presiones para lograr su liberación. El rey prometió considerarlo, y mientras tanto permitió que la madre de Condé y otros parientes lo visitaran. Además tuvo el gesto de devolverle su espada junto con una carta en la que lamentaba su enfermedad y le hacía vagas promesas de procurar su liberación “tan pronto como pusiese en orden sus asuntos”.

Pero los meses pasaban y Condé continuaba en Vincennes.