sábado, 31 de octubre de 2015

Prisionero en el Louvre

Enrique II de Borbón-Condé

El carácter arrogante del príncipe de Condé le impedía escuchar los consejos del cardenal Richelieu cuando le recomendaba emplear la moderación en su trato con la reina. Condé consideraba que Concini era un escollo en el camino de su ambición, de modo que intenta provocar su caída por cualquier medio, y para ello forma una cábala con cuatro duques: Bouillon, Longueville, Mayenne y Vendôme.

El 15 de agosto de 1616 el favorito, presa de gran alarma, huye de París. Como corría el rumor de que había en marcha un plan para sentar a Condé en el trono, la regente, por consejo de Richelieu y Sully, decide arrestar al príncipe junto con sus partidarios, pero temerosa de que los guardias se negaran a poner sus manos sobre un príncipe de la sangre, encontró más prudente prescindir de ellos y confiar la misión al marqués de Thémines. El marqués, un soldado gascón que había combatido valerosamente durante las guerras de religión, sería asistido por un capitán de caballería ligera.

El jueves 1 de septiembre Condé cumplía 28 años, pero no tuvo ocasión de celebrarlo. A mediodía acudió al Louvre para asistir a una sesión del Consejo y se dirigió al gabinete de la regente. Al entrar se encontró con el joven rey, quien le preguntó si iría de caza con él ese día. El príncipe se excusó y Luis XIII se retiró por una puerta mientras Thémine entraba por la otra con sus hombres.

—Monseigneur —se dirigió a él el marqués—, el rey ha sido informado de que prestáis oídos a consejos que son contrarios a su servicio, y que hay personas que intentan comprometeros en designios que causarían la ruina del Estado. Por ello me ha encomendado que me haga cargo de vos, para impedir que caigáis en ese desdichado error.

—¡Cómo! —exclamó Condé, y echó mano a la empuñadura de la espada— ¿Venís a arrestarme? ¿Sois vos, acaso, el capitán de la guardia?

—No —respondió Thémines, y agarró su brazo para impedir que desenvainara su acero—, pero soy un caballero, y estoy obligado a obedecer las órdenes del rey, vuestro amo y el mío.

María de Médicis

Sus hombres rodearon al príncipe y lo condujeron a una habitación contigua donde encontró al capitán con otro grupo de soldados, todos ellos armados con pistolas. Condé creyó llegado su último momento.

—¡Ah, soy hombre muerto! Traedme un sacerdote. Dadme al menos tiempo para dejar en paz mi conciencia.

Sus captores le aseguraron que su vida no corría peligro, y a continuación lo escoltaron hasta otra habitación en el piso superior del palacio. El príncipe parecía tan preocupado por su futuro que ni siquiera se atrevía a probar la comida.

Mientras tanto, en el mismo instante en que era arrestado, habían sido enviados destacamentos de guardias para prender a Bouillon, Mayenne y Vendôme, pero llegaron demasiado tarde: los tres habían emprendido la huida justo a tiempo.

La madre de Condé, enterada del arresto de su hijo, trató de sublevar a la población. Corría incesantemente de un lugar a otro gritando mensajes sin importar que se ajustaran o no a la verdad.

—¡A las armas, buena gente! ¡El mariscal de Ancre ha asesinado a Monsieur le Prince!

La dama logró reunir una pequeña multitud, seguramente más animados sus integrantes por las perspectivas de conseguir un buen botín que por la idea de venganza. Saquearon la casa de Concini en el faubourg Saint-Germain, pero a la mañana siguiente la regente había logrado restablecer el orden.

Charlotte-Catherine de la Trémoille, princesa de Condé

Condé permanecía prisionero en el Louvre, estrechamente vigilado. Nadie de su entorno tenía acceso a él, a excepción de su boticario, “cuyos cuidados eran necesarios tras dos meses de vida un tanto disoluta”.

Durante la noche del 24 al 25 de septiembre se despertó por el ruido de caballos y armas en el patio. Un oficial entró en sus aposentos y le pidió que se vistiera y lo acompañara. Cuando descendió hasta el patio, Condé se encontró con Bassompierre y soldados de caballería que lo aguardaban para conducirlo a la Bastilla.


miércoles, 28 de octubre de 2015

La rebelión de Condé


En teoría la regencia correspondía en Francia al primer príncipe de la sangre, que en este caso era el príncipe de Condé. Pero Catalina de Médicis había sentado un precedente en el pasado al ejercer la regencia en calidad de reina madre. Eso legitimaba ahora la de María de Médicis, que se apresuró a ocuparla apenas morir su esposo, pero todo el mundo aguardaba con aliento contenido el regreso de Condé para ver si le disputaba el gobierno. Si era así, se colocaría al frente de los hugonotes y volverían los enfrentamientos. Por eso el alivio de la reina fue enorme al ver que el joven no tenía intención de oponerse. Deseosa de conseguir que persistiera en su actitud, compró para él el Hôtel de Gondi, en el faubourg Saint-Germain, la mejor residencia de París después del palacio del Louvre; además lo confirmó en todos sus cargos y aumentó considerablemente su pensión.

Pero la conformidad de Condé era solo aparente. No olvidaba que durante años, hasta que el difunto rey había conseguido descendencia, él fue el heredero al trono, y eso había desatado su ambición. De regreso en París no tardó en lanzarse a una conspiración con los Guisa, el duque de Bouillon y el conde de Soissons.

Durante un tiempo, sin embargo, esta cábala inquietó poco, y las protestas del príncipe ante el compromiso del rey con Ana de Austria no fueron escuchadas ni hallaron mucho eco. En marzo de 1612 abandonó la corte con Soissons, pero finalmente fue persuadido para que regresara y diera su aprobación al matrimonio español.

No fue esta la única intriga a la que se arrojó de lleno. Conspiró en varias ocasiones, unos complots que terminaban nuevamente con su huida. En enero de 1614 se dirigió a Mezières y desde allí envió a la reina una larga relación de los agravios recibidos, protestando de nuevo contra el matrimonio con la infanta y solicitando que se convocaran los Estados Generales. La regente prefería negociar a aplastar rebeliones por la fuerza, de modo que accedió a convocarlos y se mostró generosa con Condé. Pero apenas se secó la tinta con la que ambos habían firmado el acuerdo, el príncipe, alentado por su logro y pensando que el enemigo mostraba debilidad, se levantó en armas y comenzó a saquear los alrededores de Poitiers, plaza que no pudo tomar.

La regente tuvo que reunir un ejército y marchó hacia el Loira en compañía de su hijo, el rey. Tomó Amboise y obligó a Condé a retirarse a Berry. En otoño se sometía el príncipe y asistía a las deliberaciones de los Estados Generales, aunque sin desempeñar un papel importante.

Durante algunos meses pareció reconciliado con la corte, pero en realidad permanecía al frente de los descontentos, y a comienzos del año siguiente ocurrió un episodio que lo condujo de nuevo a mostrar una oposición más activa.

Un caballero de nombre Marsillac había abandonado su servicio para pasar al de la reina. Condé, ofendido, ordenó a su chambelán, Rochefort, que llevara consigo algunos lacayos y le diera una buena paliza al desertor, orden que fue ejecutada tan cumplidamente que Marsillac casi pierde la vida a consecuencia de los golpes. 

María de Médicis se tomó el ultraje contra su servidor como un insulto a su propia dignidad y juró que Rochefort lo pagaría con su cabeza. Condé, al enterarse, se dirigió al Louvre para protestar ante la reina, y se produjo así una violenta escena de la que fue testigo el joven rey, que en vano trató de calmar los ánimos.

El príncipe se dedicó a fomentar la oposición durante las siguientes semanas, pero secretamente, hasta que a finales de marzo volvió a abandonar la corte. La regente no iba a darle otra oportunidad de levantarse en armas; actuó con energía haciendo que él y sus partidarios fueran declarados culpables de lesa majestad y se dirigió con Luis XIII a Burdeos, donde el 25 de noviembre se celebraba el matrimonio con Ana de Austria. Con la celebración del matrimonio los descontentos perdían su principal excusa para la rebelión, que era precisamente impedir esa boda, de modo que meses después Condé firma el tratado de Loudon.


miércoles, 21 de octubre de 2015

El regreso de Condé


El príncipe de Condé recibió la noticia de la muerte del rey con sentimientos encontrados. Aunque las relaciones entre ambos habían llegado a ser pésimas, los lazos que lo habían unido a él desde la infancia eran demasiado fuertes para ignorarlos.

Condé tenía ahora un problema: debía encontrar el modo de deshacer los que últimamente había atado con España. Su posición entre los españoles era incómoda y comprometida, en especial desde que Fuentes acudió con su séquito para felicitarlo como legítimo heredero del difunto monarca. No pasaba por alto que Enrique IV dejaba tres hijos de corta edad, pero los ministros españoles pretendían conseguir del Papa que anulara su matrimonio con María de Médicis. En tal caso, los hijos de esa unión no podrían heredar la Corona, y Condé se convertiría en el nuevo rey. Como el plan no recibió la aprobación del Vaticano, se vieron obligados a abandonarlo, aunque aún había una forma en la que el príncipe podría ser útil: mantenían la esperanza de que a su regreso a Francia disputara la regencia a la reina. 

Luis XIII

De ese modo Enrique de Condé pudo abandonar Milán el 9 de junio de 1610. Primero se dirigió a Bruselas y desde allí despachó cartas dirigidas a María de Médicis y a su hijo, convertido ahora en Luis XIII. Con ellas pretendía asegurarse de que sería bien recibido y que aquellas viejas acusaciones de traición quedarían enterradas definitivamente. 

Sus mensajes fueron bien acogidos y recibió toda clase de seguridades de que se le depararía una cordial bienvenida. Al mismo tiempo llegaba otra carta de su madre en la que le informaba de cómo su esposa había mantenido correspondencia con el rey hasta el último momento, avivando su pasión y dirigiéndose a él como “mon tout” y “mon chevalier” (“mi todo” y “mi caballero”). La señora animaba a su hijo a dejar a Charlotte con los archiduques sin siquiera despedirse de ella. Condé, en efecto, se negó a verla, pero consintió que su suegro enviara a buscarla.

María de Médicis
El 8 de julio el príncipe emprendía el viaje a París. Por el camino le salieron al encuentro un buen número de altos personajes de la corte, con instrucciones de escoltarlo hasta allí. A las 4 de la tarde del 16 de julio entraba por la puerta de San Martín, vestido de luto y montado sobre un magnífico caballo que había sido regalo de despedida del archiduque.

El buen recibimiento del rey y la regente sosegaron sus inquietudes. Iba más tranquilo cuando se dirigió al Hôtel de Lyon, donde fue visitado por algunos dignatarios. Esa noche regresó al Louvre para asistir a la ceremonia del coucher del rey, demostrando así públicamente que no albergaba los ambiciosos planes que muchos le suponían.

Durante algún tiempo persistió en su negativa de ver a su esposa. Estaba enojado con Charlotte, pero también con su suegro, el condestable de Montmorency, quien lo había acusado de crueldad hacia ella. Montmorency trató de justificarse diciendo que había actuado así bajo coacción, presionado por el presidente Jeannin por orden del rey.

Condé, animado por su madre, contemplaba la idea de divorciarse de su esposa, en la esperanza de que, una vez libre de ella, la regente le ofreciera a una de sus hijas. En caso de que eso no fuera posible, su segunda opción era la rica viuda del duque de Montpensier. Sin embargo, las dificultades a las que se enfrentaba, dada la influencia de la familia de Charlotte, le hicieron desistir, y a comienzos de agosto se reconciliaba formalmente con su esposa en Chantilly.


martes, 13 de octubre de 2015

La acusación contra la marquesa de Verneuil


Circuló un rumor según el cual Ravaillac habría querido en realidad vengar a su hermana, seducida por Enrique IV, pero esto por sí mismo no justificaría cosas como la conveniencia de la fecha elegida, justo tras la oportuna coronación de la reina. ¿Se habrían unido las dos mujeres rivales, María de Médicis y la marquesa de Verneuil, para matar a quien las había engañado a ambas? ¿Lo harían utilizando como instrumento a un hombre del que sabían por el duque de Epernon que le guardaba rencor y deseaba vengarse? Saint-Simon nos dice:

“Se ha pretendido que María de Médicis, celosa e impulsada por aquel clan doméstico que suspiraba por la regencia, se unió con la cruel amante, una y otra muy españolas y gobernadas por quien se hallaba relacionado con España, siendo Enrique IV la víctima”.

La marquesa de Verneuil sabía que un nuevo amor la había suplantado en el corazón del rey: Charlotte de Montmorency. La pasión del rey por esta jovencita era tal que el esposo tuvo que huir con ella a Bruselas y colocarla bajo la protección de España para que el rey no pudiera alcanzarla. En su locura, Enrique estaba dispuesto a declarar la guerra a España con tal de apoderarse de ella. Se rumoreaba que pensaba incluso encontrar el modo de casarse con Charlotte, lo cual debía de causar gran inquietud en la reina y llenar de resentimiento a la marquesa viendo cómo otra podía conseguir tan fácilmente aquello en lo que ella había fracasado.

María de Médicis

Hay un hecho que resulta también bastante llamativo: después de la muerte del rey, la marquesa preguntó a María de Médicis si podía volver al Louvre. La reina, que era muy celosa y tanto había odiado a la insufrible y arrogante Verneuil, le contestó por medio de un tercero:

—Siempre respetaré a todos aquellos a los que amó el rey, mi marido; puede reaparecer en la corte, donde será bien recibida.

Esto causó viva sorpresa. Por otra parte, resulta bastante extraña la calma de la reina al enterarse del asesinato del rey. Tras haberla visitado, el presidente del Parlamento pronunció esta frase terrible:

—No la he encontrado ni muy sorprendida ni muy afligida.

Pero de todos modos la marquesa no vivió mucho tiempo junto a la reina. Desapareció un día para llevar una oscura existencia en su casa de Verneuil, donde falleció olvidada de todos en 1633.

Para aquellos que quieran conocer el asunto en más profundidad, tiren del hilo del duque de Epernon y vayan desenredando la madeja. Tal vez se encuentren ustedes también cosas “tan grandes y extrañas que jamás hubiesen creído poder verlas y oírlas en su vida”.


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sábado, 10 de octubre de 2015

La acusación contra el duque de Épernon

La Conciergerie, París

Conducida de nuevo a la Conciergerie, Jacqueline d’Escoman comparece ante el Parlamento con su declaración, en la que amplía sus acusaciones y afirma que fue la marquesa de Verneuil quien había hecho asesinar en su celda al preboste de Pithiviers.

El duque d’Epernon y la marquesa fueron citados para ser interrogados en relación a la muerte del rey. El interrogatorio duró cinco horas y, según informa L’Estoile, “al día siguiente la reina regente envió al presidente un gentilhombre rogándole le comunicase su opinión sobre el proceso 

“—le diréis a la reina —respondió aquel— que Dios me ha reservado la gracia de vivir en este siglo para ver y oír cosas maravillosas, tan grandes y extrañas que jamás hubiese creído poder verlas y oírlas en mi vida. 

“Y a uno de estos sus amigos y míos, que le dijo, refiriéndose a esta señorita, que acusando a todo el mundo, como hacía, incluso a los más grandes del reino, hablaba a tontas y a locas, sin pruebas, elevando los ojos al cielo y los brazos en alto exclamó: 

“—Hay demasiadas pruebas, demasiadas… Dios quisiera que no tuviésemos tantas."


El Mercure Français menciona que los interrogatorios de Jacqueline, así como los del duque d’Epernon y la marquesa de Verneuil, fueron secretos. Finalmente el presidente dimitió, siendo convenientemente reemplazado por un amigo de la reina, Monsieur de Verdun, que además pertenecía al entorno del duque de Epernon. Entonces el Parlamento publicó su veredicto: Epernon y la marquesa quedaban absueltos, mientras que la acusadora, mademoiselle d’Escoman, era condenada por calumnia. Épernon presionó cuanto pudo para que fuera sentenciada a muerte, pero finalmente se le impuso la pena de reclusión perpetua, que fue autorizada a cumplir en un convento.

Todos estos hechos son tan peculiares que permiten sospechar que Ravaillac no fue más que un instrumento en manos de la bella marquesa, del duque d’Epernon, que aquel día había solicitado acompañar al rey en su carroza, y tal vez de María de Médicis, ya que ella hizo que cesaran todos los interrogatorios. Epernon, en su condición de coronel general de infantería, tomó el control de la capital tras el asesinato y aseguró la transmisión de la totalidad del poder a la Médicis, a pesar de que Enrique IV había dispuesto que fuera un consejo de regencia quien gobernara si él fallecía. El duque, católico convencido, había intercedido ante el rey para que autorizara el regreso de los Jesuitas. Situando a María de Médicis como única regente abría así el poder al sector católico próximo a España. En años posteriores iba a participar en la persecución y asesinato de hugonotes. Conocía además a Ravaillac y le había confiado muchas misiones en París.


Al mes siguiente del asesinato del rey, Epernon hizo trasladar a la basílica de Saint-Denis los restos del anterior monarca, su amado amigo Enrique III, el último rey Valois, quien también fue asesinado. Su sucesor había “olvidado” hacer que fuera enterrado con los demás reyes de Francia. Tras el asesinato de su amigo, Épernon se había negado a reconocer a Enrique IV como rey, e incluso trató de proclamar un gobierno independiente en Provenza, aunque finalmente se vio obligado a someterse. 

Pero ¿qué motivos tendría la marquesa de Verneuil para unirse al complot?

Eso será lo que examinaremos el próximo día.



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jueves, 8 de octubre de 2015

Detrás de Ravaillac


Tras el asesinato de Enrique IV, una mujer dejaba en palacio un extraño manifiesto. Se llamaba Jacqueline le Voyer d’Escoman, y era dama de compañía de la marquesa de Verneuil, amante del rey. Jacqueline acusaba a la marquesa de haber participado en el crimen:

“Aparte de las frecuentes visitas del rey, observé que recibía a otros personajes, en apariencia franceses, aunque no de corazón. En la Navidad de 1608 la marquesa empezó a seguir los sermones del padre Gontier, y un día, al entrar con su sirviente en la iglesia de Saint-Jean-en-Grève, se dirigió directamente a un banco donde estaba sentado el duque de Epernon; se acomodó a su lado y ambos estuvieron cuchicheando durante toda la ceremonia en voz baja y con palabras encubiertas”.

Arrodillada en la iglesia detrás de ellos, mademoiselle d’Escoman creyó entender que el tema de la conversación era una conjura contra la vida del rey.

“Tras unos cuantos días la marquesa de Verneuil me envió a Ravaillac, procedente de Marcoussis, con esta nota: “Mademoiselle d’Escoman, os envío este hombre por Étienne, ayuda de cámara de mi padre. Os lo recomiendo; cuidadle”. Recibí a Ravaillac fingiendo no saber quién era; le di de cenar y lo envié a acostarse fuera, a casa de un tal Larivière, confidente de mi señora. Un día, durante el desayuno, le pregunté a la marquesa qué interés tenía en él, y respondió que era a causa del cuidado que él tenía en los negocios del duque de Epernon… Sorprendida por estas rarezas, traté de entrar en la confianza de los cómplices para enterarme de más detalles”.


Jacqueline quiso ya entonces revelar cuanto sabía. Solicitó audiencia con la reina, alegando que la vida del rey estaba en peligro, pero María de Médicis respondió que la recibiría al cabo de tres días. Cuando se presentó en la fecha indicada, le dijeron que la reina había abandonado París. La mujer busca entonces al padre Cotton, confesor del rey, y acude a la rue Saint-Antoine, donde los jesuitas tenían su sede. El superior no le presta demasiada atención, y ante su pasividad, Jacqueline amenaza con acudir personalmente a Fontainebleau, donde el padre Cotton se encontraba con la corte.

Convertida en personaje incómodo, al día siguiente la dama de la marquesa era arrestada, acusada de haber abandonado a su hija de corta edad al instalarse en París.

Por aquella misma época el preboste de Pithiviers, buen servidor de la marquesa de Verneuil, fue arrestado por haber hablado de manera extraña sobre el asesinato del rey. 

No llegó a ser interrogado, porque se le halló ahorcado en su celda.


Jacqueline permaneció prisionera en la Conciergerie hasta enero de 1611, meses después del asesinato del rey. Pero no habían logrado reducirla al silencio. Apenas abandonar la prisión, busca a la que había sido la primera esposa de Enrique, la reina Margot, y le dice que está segura de que los culpables han sido el duque de Epernon y la marquesa de Verneuil. Margot le pide que regrese al día siguiente, pero no da crédito a sus palabras y los alerta a ambos. Cuando Jacqueline vuelve a ser recibida, Epernon aguardaba oculto en una estancia contigua, rodeado de guardias. Al terminar el relato, el duque abandona su escondite y la hace arrestar...


domingo, 4 de octubre de 2015

La muerte de Enrique IV

Enrique IV

El embajador español escribía a Felipe III que la pasión del rey de Francia había alcanzado un punto en el que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Su salud se veía afectada, había perdido el sueño y algunos creían que también la razón. Esperaban ver de un momento a otro a Enrique IV marchando sobre Bruselas al frente de un gran ejército.

Inasequible al desaliento a la hora de lograr su objetivo, Enrique hace un nuevo intento por tener a la princesa de Condé de regreso en la corte. El pretexto era su presencia en la coronación de la reina, María de Médicis, tantas veces pospuesta. Pero la reina no se mostró favorable al proyecto, causando con ello la ira de su esposo, que llegó a declarar que suspendería la ceremonia. Ella lloró amargamente, tanto por el desaire como por el extraordinario empeño que ponía el rey en recuperar a una de sus damas, una situación que le resultaba sumamente humillante.

María de Médicis

Mientras tanto la princesa de Condé, aburrida en la corte de Bruselas, se dedicaba a alentar la pasión del rey respondiendo a sus cartas con ternura. Se quejaba del control al que estaba sometida, y aseguraba que acabaría por minar su salud si Su Majestad no procuraba su pronta liberación.

Su esposo continuaba en Milán. Para entretenerse, Condé se dedicaba al estudio de las ruinas y monumentos antiguos y a traducir a Tácito. Enrique temía que el primer príncipe de la sangre cayera definitivamente bajo la influencia de España, de modo que despachaba enviados para persuadirlo de que resultaría más acorde con su dignidad trasladarse a Roma y ponerse bajo la protección del Papa, en lugar de permanecer junto al enemigo de su país. Por un momento Condé pareció dispuesto, pero acabó por descartar la idea.

Inesperadamente, el 14 de mayo iba a resolverse el conflicto. El día anterior había sido el fijado para la coronación de la reina. Cuando María de Médicis salía de la basílica de Saint-Denis, el rey se encontraba de muy buen humor y, asomado a una ventana, le gastó la broma de regarla con un vaso de agua. Nadie imaginaba entonces lo que estaba a punto de ocurrir tan solo un día después, cuando al pasar por la calle de la Ferronnerie, un atasco obligó a la carroza real a detenerse. Un individuo saltó bruscamente por la rueda posterior y hundió tres veces el cuchillo en el pecho de Enrique IV.

—¡Ah, me han herido! —exclamó el monarca.


Monsieur de Montbazon, que sorprendentemente no se había dado cuenta de nada a pesar de que estaba a su lado, inquirió:

—¿Qué os ocurre, Sire?

—Nada, no es nada —se esforzó el rey por contestar.

Entonces brotó de su boca un chorro de sangre y expiró.

Mientras lo trasladaban precipitadamente al Louvre, sus guardias arrastraron al asesino al palacio de Gondi para proceder a un primer interrogatorio. Sin embarto, no lograron hacerle hablar, teniendo que conformarse con su nombre: François Ravaillac. El asesino había cumplido muy bien su misión al aguardar a que la reina fuera coronada.

Al enterarse de la muerte del rey, el pueblo, que había acabado por amarlo, quedó aterrado. Los comerciantes cerraron sus tiendas y muchas personas lloraron. El día de los funerales todo París estaba en la calle. “La muchedumbre era tan densa que la gente se mataba para poder ver el cortejo”.

El 26 de mayo Ravaillac fue ejecutado ante un pueblo muy excitado. A pesar del suplicio jamás reveló ningún nombre, llegando a pensar los jueces que carecía de cómplices.


Os recuerdo que el kindle de La Corte del Diablo tiene estos días un descuento promocional del 67% en Amazon. Gracias a los que habéis aprovechado ya la oferta, que no sé hasta cuánto durará, pero nunca es más allá de unos pocos días.


jueves, 1 de octubre de 2015

LA CORTE DEL DIABLO: HOY KINDLE A 0,99 €


Me complace anunciar que Amazon ha aplicado al kindle de La Corte del Diablo un descuento promocional del 66% en algunos países para el día de hoy. En España el precio es 0,99€, en USA $1.11 y en México $15.

Espero que no dejen escapar la ocasión de visitar la corte de Catalina de Médicis y los últimos Valois, porque tal vez no vuelva a repetirse una oferta como esta.

En la columna de la derecha encontrarán los enlaces para descargar el kindle en diversos países, incluidos los mencionados.

Muchas gracias,

Montserrat Suáñez