miércoles, 30 de septiembre de 2015

Recuerdos de Troya


El marqués de Coeuvres había estado a punto de ser capturado. Cuando se enteró de la traición, ya había entrado en el Hôtel de Nassau, pero pudo abandonarlo antes de que fuera demasiado tarde para él. Con gran presencia de ánimo y sangre fría, a la mañana siguiente acudió al palacio de los archiduques para quejarse del insulto hecho a su rey con las exageradas medidas de seguridad que habían sido tomadas en torno a la princesa de Condé, y por los informes calumniosos que circulaban por toda la ciudad implicándolo en el intento de rapto, punto que negó resueltamente. El archiduque, muy cortés, replicó que él no daba crédito a esos rumores, pero que, como el príncipe de Condé había insistido en ser protegido por la guardia, se había sentido obligado a acceder a su petición.

Coeuvres abandonó el palacio para regresar al Hôtel de Nassau en compañía del embajador francés. Una vez allí, presentó a Condé una acusación formal en la que se le declaraba culpable de alta traición si continuaba negándose a someterse a su rey. 

El príncipe preparó su escrito de respuesta. En él decía que había abandonado Francia para salvar su vida y su honor, aunque estaba dispuesto a regresar si se le ofrecían unas condiciones que le permitieran residir a salvo allí. En tal caso viviría y moriría leal al rey; pero que cuando Su Majestad se apartaba del camino de la justicia y procedía con violencia contra él, consideraba nulos tales actos y no debía acatarlos.

El marqués se negó a recibir el documento.


Después de eso Condé temía no estar a salvo ya en los Países Bajos, y por consejo de Spinola y del embajador español en Bruselas, decidió dirigirse en busca de asilo a Milán, por entonces también posesión española. Partió el 21 de febrero, disfrazado y en compañía de Rochefort y uno de los hombres de Spinola, que iba a actuar como guía e intérprete, pero antes el príncipe arrancó a los archiduques la promesa de que no permitirían que su esposa abandonara el palacio sin su consentimiento.

Para España era importante tener en su poder al primer príncipe de la sangre francés. Hacía el número tres en la lista de herederos de la Corona, de modo que podían utilizarlo para reforzar su posición en las negociaciones con Enrique IV en caso de necesidad. Desde Madrid se recibieron instrucciones para que Condé fuera recibido por el gobernador español con todos los honores. Se mandaba que fuera alojado en el palacio ducal y que se le concediera un gran número de servidores.

Mientras tanto la situación adquiría un cariz preocupante. Puesto que los archiduques se negaban a entregar a la princesa, el rey de Francia recurrió a las amenazas y les anunció que si persistían en su negativa, la consecuencia sería la guerra. Enrique recordó al embajador de los archiduques que Troya había caído porque Príamo no entregó a Helena.


Y, en efecto, Francia comenzó a prepararse para la guerra…



lunes, 28 de septiembre de 2015

El rapto de la princesa de Condé


El plan para raptar a la princesa de Condé fue aprobado sin reparos por el rey, pero este no guardó la debida discreción y el asunto llegó a oídos de la reina. María de Médicis decidió tomar cartas en el asunto e informó de él al nuncio Ubaldini, amigo de su familia. El nuncio, a su vez, lo puso en conocimiento del embajador español, que rápidamente despachó un correo en dirección a Bruselas para prevenir a Spinola.

Spinola aconsejó al príncipe de Condé que rogara a los archiduques que acogieran a su esposa en palacio, lo que le fue concedido. Se fijó la fecha del 14 de febrero para el viaje de la princesa, pero el marqués de Coeuvres, ante la dificultad que entrañaría raptar a Charlotte una vez se encontrara residiendo con los archiduques, decidió llevar a cabo el plan la noche anterior a su partida.

Los aposentos de la princesa de Condé en el Hôtel de Nassau daban al jardín, separado de las murallas tan solo por un camino muy estrecho. Aprovechando el jaleo de los preparativos para el viaje que emprendería a la mañana siguiente, Charlotte bajaría al jardín, lo atravesaría y llegaría a la calle. En las murallas se abriría una brecha, lo bastante amplia para permitir su salida, y al otro lado del foso, vacío por entonces, aguardarían jinetes al mando de Manicamp para escoltarla hasta la frontera, mientras otro grupo de soldados cubrirían la fuga.

No existe unanimidad respecto a si Charlotte conocía el plan y había dado su conformidad, pero los datos de los que disponemos inclinan a pensar que era así: aquella misma tarde una de sus servidoras había llevado a la embajada francesa ropa de su señora.

Spinola

Pero resulta que Spinola tenía espías en el entorno del marqués de Coeuvres. Conoció el plan a través de un aventurero francés al que pagaba por información, y se apresuró a comunicárselo a Condé. Este recurrió a los archiduques en demanda de auxilio y protección y comenzó a armar un buen alboroto. Pronto su residencia se encontró rodeada por soldados y por quinientos ciudadanos armados que acudían dispuestos a defenderlo, enviados por el príncipe de Orange. Jinetes y hombres provistos de antorchas patrullaban los alrededores mientras por la ciudad corrían los más extravagantes rumores. Se decía que el propio rey de Francia se encontraba a las puertas de la ciudad y que venía con la intención de llevarse a la princesa por la fuerza.

Enrique se encontraba en realidad en Saint-Germain-en-Laye. Esa mañana había salido de París de excelente humor para reunirse allí con su amada. Pero, para su desaliento, ella no llegó. En su lugar apareció un correo portador de noticias que daban cuenta del fracaso del plan. La alegría desapareció del ánimo del rey, que regresó a París y escribió una carta al marqués de Coeuvres en la que lo cubría de reproches y lo tachaba de asno e imbécil.



viernes, 25 de septiembre de 2015

Conflicto en Flandes

Isabel Clara Eugenia

El enviado del rey encontró a los fugitivos en Landrecies, la primera fortaleza española tras cruzar la frontera de Flandes. Condé y su esposa habían llegado tras permitirse descansar solo unos minutos en una posada del camino. Las carreteras estaban en tan mal estado que se habían visto obligados a abandonar el carruaje antes de cruzar el Somme y continuar a caballo bajo una lluvia inclemente.

La Chaussée mostró la orden de arresto, pero las autoridades de Landrecies se negaron a ejecutarla hasta haber informado del asunto a los archiduques. Estos eran Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, y su esposo Alberto, hermano del emperador de Alemania. Ambos gobernaban los Países Bajos españoles.

Al mismo tiempo el príncipe de Condé había despachado a Rochefort con la misión de solicitar a los archiduques un salvoconducto para poder atravesar sus dominios con intención de visitar a la princesa de Orange, que se encontraba en Breda. Isabel y Alberto, desconcertados, recibieron prácticamente a la vez al enviado del rey de Francia, que denunciaba a Condé como traidor y les solicitaba que permitieran su arresto, o, al menos, que no le concedieran asilo en Flandes.

Los archiduques se veían en un compromiso. Finalmente optaron por una solución salomónica: permitieron que la princesa continuara el viaje, puesto que la orden no la afectaba a ella; pero a Condé, aunque se negaron a proceder a su arresto, le ordenaron abandonar sus dominios en el plazo de tres días. Con ello satisfacían la petición del rey de Francia de no ofrecerle refugio.

Archiduque Alberto de Austria
El príncipe se dirigió entonces a Colonia mientras Charlotte continuaba hacia Bruselas. Allí se alojó en la residencia de los príncipes de Orange, que, avisados por una carta de Condé, habían abandonado Breda para acudir a su encuentro.

A finales de diciembre los archiduques, a petición del rey de Francia, llamaron a Condé a Bruselas para intentar persuadirlo de que regresara a su país. El príncipe se mostró dispuesto a hacerlo si se garantizaba su seguridad y bajo algunas condiciones, pero el rey se negó a hacer cualquier tipo de concesión e insistió en que su regreso debía ser inmediato e incondicional, ofreciéndole tan solo el perdón.

Bajo la influencia de Spinola, jefe de las tropas españolas e italianas en Flandes, Condé optó por dirigirse al rey de España en busca de auxilio. El Consejo de Estado en Madrid aceptó la petición con gran deleite, y Felipe III encargó a su embajador en la corte de Francia que informara a Enrique IV de que tomaba al príncipe bajo su protección al objeto de actuar como mediador en el asunto, "para el reposo y la felicidad del Cristianísimo". Al mismo tiempo el rey de España despachaba un enviado hacia Bruselas con instrucciones de vigilar los intereses del príncipe, quien se comprometía a no hacer las paces con Francia sin el consentimiento de España.

Mientras tanto el condestable de Montmorency, padre de Charlotte, decidía intervenir el asunto. El condestable había oído los rumores que agentes franceses infiltrados en Bruselas hacían circular, y que pretendían que Condé maltrataba a su esposa. Todo parece haberse tratado de una maniobra interesada, un bulo sin fundamento, pero que resultaba inquietante para un padre que, además, deseaba servir a su rey. La cuestión es que Montmorency despachó a uno de sus parientes con una carta dirigida a los archiduques y en la que se quejaba del supuesto sufrimiento de su hija. El caballero rogaba que Charlotte le fuera devuelta, pero los archiduques rechazaron su pretensión.

La princesa de Condé, por su parte, no amaba a su esposo y no le gustaba la estrecha vigilancia a la que él la sometía. En torno a ella se iban tramando toda clase de intrigas; la esposa del embajador francés la visitaba y le hacía considerar todo lo que se estaba perdiendo en Francia debido a los celos de su esposo, y dos de sus servidoras habían sido sobornadas para ejercer igualmente su capacidad de persuasión sobre ella. El condestable contribuía enviando continuamente a su secretario con un ir y venir de cartas destinadas al mismo propósito.

Aníbal d'Estrées

A finales de enero de 1610 Enrique IV envió a Bruselas a Aníbal d’Estrées, hermano de la infortunada Gabriela. Aníbal, marqués de Coeuvres, pronto se dio cuenta de que no iba a ser posible convencer a los archiduques para que entregaran a Condé, de modo que el 9 de febrero escribía al rey al objeto de obtener su consentimiento a un osado plan para raptar a Charlotte...



miércoles, 23 de septiembre de 2015

La fuga de Condé


Al cabo de unos días Condé recibía una carta del rey escrita en un tono a veces zalamero y otras amenazador. En ella le ordenaba que acudiera a la corte para estar presente como primer príncipe de la sangre durante el próximo alumbramiento de la reina, tal como prescribía la etiqueta. El príncipe no podía dejar de cumplir con su obligación, pero acudió solo, suscitando la ira de Enrique.

El humor del rey era tan insoportable durante aquellas fechas que la propia reina rogó a Condé que mandara a buscar a su esposa, prometiéndole mantener la más estrecha vigilancia sobre ella. La cólera de Enrique era tan grande que prefirió no entrevistarse personalmente con el príncipe, sino que en lugar de ello llamó a su secretario para que le comunicara que si se negaba a cumplir su voluntad o ejercía la menor violencia sobre su esposa, le daría motivos para lamentarlo. Añadió, además, que de haber sido tan solo el rey de Navarra lo retaría a duelo. Al ser también rey de Francia, no podía batirse con uno de sus súbditos.

Al recibir el mensaje, Condé fingió someterse y solicitó permiso para acudir a Muret en busca de Charlotte. El príncipe partía el 25 de noviembre de 1609, la misma fecha en la que nacía la princesa Enriqueta María, quien un día reinaría en Inglaterra como esposa de Carlos I.

Henrietta Maria

Cuatro días más tarde llegaba un mensajero con inquietantes noticias a la corte. El rey jugaba a las cartas cuando le comunicaron que Monsieur le Prince había abandonado Muret en un carruaje en compañía de su esposa y de algunas personas de su séquito. El pretexto del viaje era tomar parte en una cacería, pero el mensajero, un arquero cuyo padre estaba al servicio del príncipe, se había enterado por este de que el carruaje se dirigía a Flandes, territorio del rey de España.

Enrique, consternado, reunió a sus consejeros para consultar qué procedía hacer. Sully le aconsejó que dejara pasar el asunto. Pensaba que Condé, al verse privado de su pensión, no tendría más remedio que acabar por someterse tarde o temprano. Si el rey se mostraba ansioso por hacerle regresar, los enemigos de Francia pondrían aún mayor empeño en ayudarlo y alentar su rebeldía.

Enrique IV debió seguir este consejo, pero no parecía estar en sus cabales. Desoyendo toda llamada a la sensatez, escribió a los gobernadores de Marle y Guisa ordenándoles que movilizaran a sus guarniciones para capturar al príncipe allá donde se encontrara, y despachó a La Chaussée, un oficial de su guardia, con órdenes de perseguirlo… incluso más allá de la frontera, en territorio español.

El conflicto estaba servido…



sábado, 19 de septiembre de 2015

Vert Galant

Amiens

La pasión del rey parecía haber aumentado tras la ausencia de la princesa de Condé. Cuando ambos se reencontraron con ocasión de la boda de César de Vendôme, Enrique intensificó su asedio hasta ponerse en ridículo a ojos de todos. Encargaba al poeta Malherbe sonetos con los que homenajearla y comenzó a cuidar su propio aspecto como nunca antes había hecho. Él, que siempre se había distinguido por su sencillez en el atuendo, ahora, a los 56 años, se ataviaba y perfumaba como cualquier joven petimetre de su corte. En una ocasión apareció en un torneo vistiendo los colores de Charlotte, que le llamaba “su caballero”.

El marido continuaba sin plegarse a la voluntad real, para desesperación del rey. Enrique decidió tomar algunas medidas de presión para reducir su rebeldía, y una de ellas fue ordenar que no se le pagara su pensión, amenazándolo con aplicar decisiones más severas si no enmendaba su comportamiento. Pero, lejos de obtener el resultado deseado, Enrique solo consiguió que las protestas del príncipe se hicieran más virulentas. Las discusiones entre el soberano y aquel jovenzuelo que siempre había parecido tan tímido iban subiendo de tono, hasta que Condé lo llamó tirano. Enrique, perdido el control, respondió que la única vez que había merecido tal reproche fue cuando lo reconoció a él como aquello que no era, aludiendo así a la dudosa legitimidad de su nacimiento.

Finalmente Condé volvió a llevarse a su esposa, esta vez al château de Muret, en Picardía, no lejos de la frontera flamenca. Oficialmente el príncipe deseaba cazar allí. Pensaba que con eso pondría suficiente tierra de por medio y se libraría al fin del rey, pero Enrique había perdido la cabeza por completo. 

Château de Muret

Gracias a un miembro del séquito de los Condé conocemos con detalle el desenlace de los acontecimientos:

A comienzos de noviembre de 1609 el príncipe y su esposa acudían a la abadía de Verteuil con la intención de participar en una cacería. Mientras se encontraban allí, el gobernador de Amiens invitó a la princesa y a su suegra a comer con él en su casa de campo, situada cerca de la abadía. Todo ello formaba parte de un plan urdido por el rey, que se había desplazado hasta aquel lugar dispuesto a salirse con la suya.

Cuando iban de camino, las princesas vieron pasar un carruaje cuyos lacayos llevaban la librea de Enrique. La madre de Condé receló y llamó a aquellas gentes. Uno de ellos se acercó al coche y sosegó sus temores negándole la presencia del rey en los alrededores; pero mientras tanto Charlotte observaba al resto del séquito y se dio cuenta de que uno de los cazadores era Enrique en persona, que se había disfrazado y puesto un parche negro en el ojo izquierdo para dificultar ser reconocido. “La princesa nos dijo que nunca se había sentido tan asombrada en toda su vida, y que no se atrevió a contarle a su suegra lo que había visto por miedo a que informara a su marido. Al mismo tiempo nos confesó que esta galantería no le había disgustado y, continuando con su historia, nos dijo que al llegar a Traigny y entrar en el salón hizo un comentario sobre la belleza del paisaje, a lo que Madame de Traigny respondió que si miraba por la ventana que ella le mostraría, vería algo aún más agradable. Se dirigió hacia allí y vio que el rey se encontraba ante la ventana del pabellón de enfrente… y que se llevaba continuamente la mano a los labios como para enviarle un beso, y la otra al corazón para indicarle que había sido herido.

“La sorpresa del reencuentro no dio tiempo a la princesa de reaccionar, y se retiró bruscamente de la ventana exclamando:

—¡Cielos! ¿Qué es esto? ¡Madame, el rey está aquí!”

Catedral de Amiens

La suegra, al oírlo, dio instrucciones para que prepararan los caballos de inmediato y comenzó a cubrir de reproches a la esposa del gobernador. “Ni siquiera el rey, que había acudido al escuchar la conmoción, se libró de su furia. El enamorado empleó todas las argucias que le dictaba su pasión y todas las promesas posibles para persuadirla de que se quedara, mas todo en vano; las princesas se introdujeron en su carruaje y regresaron directamente a Verteuil, donde esa misma noche la suegra rompió la palabra que el rey le había arrancado y se lo contó todo a su hijo”...


domingo, 13 de septiembre de 2015

Enrique II de Borbón-Condé

Château de Chantilly

Enrique II de Borbón-Condé fue el heredero del trono hasta resultar desplazado por el nacimiento del primer hijo del rey con María de Médicis. Aunque era hijo de uno de los principales líderes hugonotes, Enrique IV lo educó en la fe católica en cumplimiento de la promesa hecha al Papa. 

La estatura del príncipe de Condé era sensiblemente inferior a la media y, a pesar de las dudas acerca de su legitimidad, el cardenal Bentivoglio dice que tenía “las facciones fuertemente marcadas que distinguen por lo general a los Borbones”.

Tenía una cultura aceptable, buen dominio del latín, hablaba italiano con fluidez, comprendía el español y poseía conocimientos de teología y de matemáticas. Pero era muy tímido, se sentía incómodo en presencia de mujeres y mostraba un respeto reverencial hacia el soberano. El nacimiento de los hijos de Enrique lo había dejado en una situación incómoda en la corte y sus ingresos eran ahora insuficientes para mantener su posición como primer príncipe de la sangre, de modo que cuando el rey anunció su intención de prometerlo con una de las más ricas herederas de Francia, aceptó agradecido.

El compromiso tuvo lugar el 2 de marzo de 1609 en la gran galería del Louvre, aunque debido a la dispensa que se requería del Papa por existir cierto grado de parentesco entre ambos contrayentes, la boda hubo de retrasarse hasta el 16 de mayo. Fue entonces cuando se celebró en Chantilly entre grandes celebraciones.

Fontainebleau

Tan pronto como el matrimonio se reunió con la corte en Fontainebleau, el rey comenzó a asediar sin ningún disimulo a la joven esposa. Ella, al parecer, aunque no le correspondía ni tenía intención de llegar más lejos, se sentía halagada por la situación. Lejos de desanimarlo, parecía divertirse espoleándolo. Según Tallemant des Réaux, una noche apareció en el balcón de sus aposentos vestida con su salto de cama y el cabello cayendo sobre los hombros para complacer a Enrique.

—¡Dios mío, qué tonto es! —exclamó Charlotte, y se echó a reír sin rebozo.

Pero al marido no le hacía ninguna gracia un asunto que se había convertido en escándalo público. No es que amara a su esposa, sino que estimaba en mucho su honor, y lo consideraba mancillado con las excesivas atenciones del rey hacia ella. Definitivamente no iba a aceptar el papel que Enrique le deparaba.

De nada sirvieron todas las protestas de inocencia de Su Majestad, que le aseguraba no albergar en realidad ninguna intención deshonesta hasta la joven. Condé veía lo que veía, y hacia mediados de junio se llevó a su esposa al château de Vallery. Esperaba que durante su ausencia la pasión del rey se enfriara y acabara por poner sus ojos en alguna novedad capaz de distraer su atención.


Sin embargo, al mes siguiente un acontecimiento los obligó a regresar a la corte: debían asistir a la boda de César de Vendôme, hijo del rey con su amante Gabriela d’Estrées. Vendôme, con solo quince años, se casaba con la también jovencita Francisca de Lorena, hija y heredera del duque de Mercoeur…


jueves, 10 de septiembre de 2015

La sombra de un crimen


El príncipe Enrique II de Borbón-Condé, al que el rey llamaba sobrino, era en realidad hijo póstumo de su primo, el príncipe de Condé. O tal vez ni eso, porque hubo muchos recelos acerca de la legitimidad de su nacimiento: algunos se mostraban convencidos de que era Belcastel, un paje de la princesa, quien lo había engendrado. 

El protestante Enrique I de Borbón-Condé había muerto repentinamente en Saint-Jean-d’Angely, el lugar al que se había retirado para recuperarse de las heridas recibidas en la batalla de Coutras al caerse del caballo. Seis meses después de la batalla comenzó a sentir unos intensos dolores y falleció de modo súbito. Aunque pudo deberse a una peritonitis por ulceración duodenal mal tratada, los conocimientos médicos de la época no permitían contemplar esta causa. La autopsia reveló que había sido envenenado, y se acusó del crimen a la esposa, Charlotte Catherine de la Trémoille, por entonces embarazada de tres meses. El intendente de la Casa del Príncipe, Brillaut, tras sufrir tortura fue condenado a muerte y descuartizado por cuatro caballos como cómplice del asesinato. Brillaut confesó que Charlotte había hecho envenenar al príncipe con la complicidad de su amante, el paje, por inquina personal y bajo la influencia de agentes de la liga católica.

Enrique I de Borbón, Príncipe de Condé

La joven viuda de Condé, de solo veinte años, daba a luz en una torre del castillo de Saint-Jean-d’Angély. Condenada igualmente a la pena capital, apeló al Parlamento de París y finalmente fue liberada al cabo de seis años. Belcastel, que había conseguido huir, fue condenado en efigie.

El rey resolvió el asunto reconociendo la legitimidad de la criatura. Eso liberaba a la madre de las acusaciones de adulterio que habían recaído sobre ella, y así Charlotte pudo regresar a la corte. Enrique adoptó esta cómoda solución pese a que no debía de estar muy convencido de dicha legitimidad, ya que se rumoreaba que el propio monarca había obtenido también los favores de la dama. Hay quien llegó a afirmar que él era en realidad el padre de ese niño. De hecho, una de las amantes de Enrique, la maliciosa marquesa de Verneuil, en una ocasión en la que se enteró de que el rey había ido a Breteuil para ver secretamente a Mademoiselle de Montmorency, le dijo:

—¿No es perverso querer acostarse con la esposa de vuestro hijo? Porque vos sabéis bien que me habéis dicho que lo era.

Sin embargo, esto es extremadamente improbable. Lo cierto es que Enrique ni siquiera tuvo nunca mucho afecto a su sobrino, y, puesto que se decía que el joven era homosexual, ahora esperaba de él que fuera un marido complaciente y agradecido. Al contrario que Bassompierre, este jovencito no supondría ningún peligro ni competencia…


domingo, 6 de septiembre de 2015

Un candidato mejor

Enrique IV

François de Bassompierre cuenta en sus memorias cómo una noche se encontraba en la cámara del rey y lo entretenía leyendo en voz alta la novela pastoril La Astrea, auténtico bestseller de la época. De pronto Enrique lo interrumpió y le anunció sin preámbulos que tenía intención de casarlo con Mademoiselle d’Aumale y otorgarle el ducado que llevaba dicho nombre. François no salía de su asombro, puesto que ya estaba prometido y a punto de casarse con Mademoiselle de Montmorency.

—¿Deseáis darme dos esposas, Sire? 

—Barón, os hablaré como amigo. Estoy locamente enamorado de Mademoiselle de Montmorency. Si os casáis con ella y ella os ama, yo os odiaré. Si ella me ama a mí, vos me odiaréis. Así que lo mejor sería romper el compromiso para no estropear el buen entendimiento entre nosotros ni destruir el afecto que os profeso. He decidido casarla con mi sobrino, el príncipe de Condé, y situarla junto a mi esposa. Se la entregaré a él, que solo tiene veinte años y prefiere mil veces cazar a frecuentar la compañía de mujeres. Mademoiselle de Montmorency será el solaz y el apoyo del anciano en el que estoy a punto de convertirme. Entendedme, no deseo de ella otra cosa que su cariño, sin pretender ir más lejos.

Bassompierre
François, viendo que la determinación del rey era inamovible, comprendió que solo le quedaba un camino. Si aceptaba, perdería la novia; pero si se negaba, perdería novia y favor real, de modo que se sometió a la voluntad de Enrique, añadiendo que esperaba que este nuevo afecto trajera a Su Majestad tanta felicidad como desdicha le causaba a él.

La pena de Bassompierre fue, en efecto, intensa. Cuando a la mañana siguiente Charlotte, informada ya de los cambios, lo saludó con un encogimiento de hombros y una mirada de frío desdén, François no pudo mantener la compostura y corrió a refugiarse en sus aposentos, donde permaneció durante tres días sin ingerir ningún alimento ni ser capaz de conciliar el sueño. “No había nada bajo el cielo más bello que Mademoiselle de Montmorency”, nos cuenta él mismo, “ni más lleno de gracia, ni más perfecto.”

Mademoiselle de Montmorency, a pesar de su afectada indiferencia, tampoco debió de acoger el cambio de novio con más alegría. François de Bassompierre, a punto de cumplir 30 años, era un hombre sumamente atractivo y seductor, audaz, aventurero, jugador, derrochador, elegante, divertido, siempre rodeado de fasto y magnificencia y más instruido que cualquier otro gran señor de su tiempo. A lo largo de su vida reunió una importante colección de hijos ilegítimos, pero generalmente ni siquiera necesitaba perseguir a las mujeres, porque ellas lo perseguían a él, como recuerda en sus memorias: “No podría explicar el empeño que ponían las damas en comunicarse conmigo, enviarme correos, cartas y presentes. La estrella de Venus ascendía alto sobre mí entonces.”

El príncipe de Condé, en cambio…


viernes, 4 de septiembre de 2015

La madre de la dama

Charlotte Marguerite de Montmorency

Apenas comenzaba el año 1609 cuando el rey Enrique IV, al atravesar uno de los corredores del Louvre, se encontró con un ramillete de damiselas de la corte que practicaban los pasos de un ballet. Eran, en aquel momento, ninfas de Diana, armadas para la cacería. El duque de Bellegarde, que acompañaba al rey, le hizo reparar en una jovencita de unos quince años, especialmente digna de admiración entre todas ellas. Bellegarde informó a Enrique: la joven era Charlotte Marguerite de Montmorency, hija del condestable de Montmorency.

De pronto, ante una concertada señal, las ninfas alzaron sus jabalinas e hicieron ademán de arrojarlas contra ellos. Enrique se hallaba situado justo frente a Charlotte cuando ella ejecutó aquel movimiento, con tal gracia que el rey se declaró realmente herido en el corazón y a punto de desvanecerse.

Aquel ballet se había convertido ya en fuente de disgustos para la reina, María de Médicis. Enrique había sostenido la pretensión de que su amante por entonces, la condesa de Moret, tomara parte en él, mientras su esposa mostraba igual determinación en oponerse. La reina, naturalmente, no tuvo más remedio que rendirse ante la voluntad del soberano, y mostró su disgusto encerrándose en sus apartamentos sin querer asistir a los ensayos. No fue una buena idea, pero no podía adivinar que de aquellos ensayos aún habrían de surgir problemas mayores para ella.

Charlotte era, según testimonios de sus contemporáneos, una mujer de extraordinaria belleza. Madame de Motteville asegura que continuó siendo una de las damas más hermosas de la corte hasta el día de su muerte, y que despertó sincera admiración incluso tras perder la juventud. “Era rubia y blanca, de ojos azules y una belleza perfecta. Su porte era digno y lleno de majestad, y toda su persona, puesto que su trato era encantador, siempre agradaba, excepto cuando ella misma lo impedía mostrando un rudo orgullo lleno de amargura hacia aquellas personas que no le gustaban”. Entonces cambiaba por completo y, con la misma facilidad que inspiraba amor, podía convertirse en odiada.

François de Bassompierre

Poco después de aquel encuentro, Enrique sufrió un ataque de gota. Varias damas de la corte acudían a visitarlo, y entre las más asiduas se encontraba Diana de Francia, duquesa de Angulema, hija natural del difunto Enrique II y casada con el hermano mayor del condestable de Montmorency. Durante estas visitas, la duquesa iba siempre acompañada de su sobrina, Charlotte. El rey contaba ya 55 años, pero continuaba siendo el mismo picaflores que cuando tenía 20, y desde el principio mostró un excesivo interés por la jovencita, un asunto que iba a acabar llegando mucho más lejos de lo que él mismo imaginaba.

Charlotte ya estaba prometida, con la aprobación de Enrique, a François de Bassompierre, un atractivo joven de Lorena que gozaba del favor del rey y era uno de los más notables seductores de la corte. De hecho, el matrimonio ya se habría celebrado unas semanas antes de no haberlo impedido una indisposición del condestable.

Ahora el rey decidió que esa boda no podía llevarse a cabo, porque quería a la dama solo para él. Era preciso romper el compromiso…



jueves, 3 de septiembre de 2015

Nuevo rumbo


Queridos cortesanos. Ante todo les pido disculpas por mi prolongada ausencia de la corte. Como algunos de ustedes ya saben, me encuentro inmersa en el último proyecto de M.A.R. Editor, la nueva antología de Mujeres en la historia, dedicada a la época de la Ilustración y de la que soy editora literaria. La tarea me mantiene ocupada, y a ello se suman algunas cuestiones de otro tipo que han venido a complicar mis días, pero nada de ello significa que vaya a abandonar la corte.

Les anuncio que en cuanto me sea posible, y espero que sea ya esta misma semana, retomaremos la historia, pero tras este paréntesis volveremos atrás para repasar la apasionante vida de algunos cortesanos que se nos han ido quedando en el tintero. Comenzaremos con una dama muy intrigante...

No diré más aún. 

Muchas gracias y hasta pronto.