sábado, 28 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (9)


Charlotte de Beaune, baronesa de Sauve, avanzaba hacia ellos sin dejar de dirigirle una espléndida sonrisa.

—Qué barbaridad —murmuró él sin aliento—. No me digáis que sois todas así. Mis amigos en Polonia no van a creerme cuando les escriba. Son capaces de saltar sobre el caballo y plantarse aquí.

Nicole enarcó una ceja con cierta sorna preguntándose cómo sería su círculo más íntimo. Se dijo que tendría que procurarse un amuleto para evitar la posibilidad que apuntaba Mathieu. Solo faltaba que la corte se llenara de réplicas de aquel hombre.

—¿Sois polaco, pues? —preguntó Charlotte.

—Solo a medias. Mi otra mitad es francesa. Pero pongo ambas partes de mi persona a vuestra entera disposición —declaró, con una briosa y exagerada reverencia en la que el sombrero hizo circular cuanto aire había a su alrededor.

—Oh, ¿no es adorable, Nicole? Y un hombre muy guapo, además. Me parece que sois la persona a quien la reina ha mandado llamar. Es decir, si es que sois vos monsieur du Laun.

—Lo soy, y debo decir que nunca mi apellido me había sonado tan encantador como al salir de vuestros labios.

—Entonces os ruego que me acompañéis y os conduciré ante ella. Desea recibiros ahora, ya que pronto emprenderá viaje a Mezières y en los próximos días le será más difícil atenderos entre tanta tarea como se le acumula. Venid, no conviene que la hagáis esperar, y menos en vuestro primer encuentro, si queréis causarle buena impresión.

Mathieu contuvo el aliento. Esperaba obtener esa noche una respuesta de la reina citándolo para otro día, pero no que le concediera una entrevista esa misma noche. Estaba al tanto de que no era frecuente que admitiera a alguien en sus apartamentos después de cenar. A algunos caballeros el acceso les costaba sus buenos sobornos al ujier, aunque se tratara de los primeros apellidos de Francia, y sin embargo él, que no era nadie, en apariencia recibía un trato deferente. Supuso que, una vez más, Mademoiselle de Sergot tenía mucho que ver con ello, y no podía dejar de preguntarse la razón de que ella pareciese gozar de tan alto ascendiente en la corte.

Comenzó a seguir a la baronesa de buen grado, pero se volvió hacia Nicole apenas había dado unos cuantos pasos.

—Mademoiselle, si ya no estuvierais aquí cuando regrese de mi entrevista con la reina… Bueno, lo que quiero decir es que os estoy muy agradecido por vuestras atenciones.

—No ha sido nada.

—Oh, sí que ha sido —declaró convencido—. ¿Volveré a veros pronto?

—Supongo que será así si la reina decide recibiros con asiduidad. En ese caso más bien sería imposible no vernos.

Nicole terminó sus palabras con una leve sonrisa medio forzada con la que trataba de disimular, con escaso éxito, la poca ilusión que le hacía la idea de volver a encontrarlo en el Louvre.

Él, sin embargo, no pareció percibir nada; su entusiasmo no se enfrió lo más mínimo.

—Muy bien —sonrió ampliamente—. Entonces procuraré que me reciba con asiduidad...


jueves, 26 de febrero de 2015

la Corte del Diablo (8)


Nicole intercambió algunas palabras con el ujier y después encargó a uno de los valets que anunciara al duque de Anjou que ella estaba en el Louvre.

—Creo que ha habido suerte —le dijo al polaco—. La reina ha trabajado hoy hasta tarde y aún no se ha acostado. Son todos esos interminables preparativos para la ceremonia lo que la tiene sin reposo. La corte partirá en breve hacia Mezières, y el tiempo apremia. Si lo deseáis, podéis entregar vuestra carta y esperar aquí a que ella os llame o bien os envíe un mensaje.

Mathieu extrajo el documento que guardaba celosamente entre sus ropas y lo entregó.

—¿Sería abusar de vuestra bondad si os pidiera que me acompañarais durante la espera?

—En absoluto. Yo también deberé aguardar un mensaje de Monsieur, así que puedo hacerlo aquí.

En esos momentos cruzó el salón un joven muy emperifollado, amigo de Anjou. Saludó galantemente a Nicole, aunque con una maliciosa sonrisa tras dirigir una mirada de soslayo al polaco, y luego siguió su camino. Mathieu parecía a punto de reventar en carcajadas.

—¿Habéis olido eso? —cuchicheó divertido—. ¡Ese hombre iba perfumado!

—Bueno, sí, algunos hombres lo hacen —farfulló confusa, al no comprender qué era lo que a él le resultaba tan extraño—. A Monsieur, mismamente, le gusta mucho usar perfumes.

Las carcajadas llegaron al fin, potentes e incontrolables.

—¡Oh, esto es lo último! —aullaba—. ¡Hombres perfumados! ¿Y vos me reprocháis a mí que oliera a cerveza esta noche? Mademoiselle, a mi modo de ver, el aroma a cerveza es mucho más propio de un hombre que lo que acabo de oler. Diablos, eso no era un caballero, ¡era un lirio silvestre! —redoblaba sus carcajadas.

—Monsieur, comportaos —susurraba Nicole, mirando inquieta en todas direcciones por temor a ser observados. Sabía mejor que nadie que las paredes del Louvre tenían mil ojos, por lo que aquella situación comenzaba a parecerle sumamente embarazosa—. Hay ciertos…, no sé cómo explicaros…, ciertos refinamientos que son habituales en la corte, y a nadie le sorprende, así que…

—¡Y lo llama refinamientos! No lastimaré vuestros oídos al deciros cómo llamamos a eso en Polonia. Vaya, creo que voy a divertirme de veras.

De pronto guardó silencio y contempló boquiabierto a la criatura que acababa de entrar en el salón…


martes, 24 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (7)


Aún estaba irritada con el polaco de toscos modales cuando llegaron ante la tenebrosa silueta del Louvre. La litera se detuvo al alcanzar la cour carrée. Mathieu se apeó y contempló con reverente respeto los detalles de la fachada que las tinieblas permitían apreciar. Su mirada recorrió las piedras repasando los pequeños ojos de buey, las ventanas coronadas por frontones y las esculturas que, como siniestros centinelas, se refugiaban en sus nichos. Aun sin poder evitar una cierta inquietud, sus ojos lo absorbían todo con abierta admiración hasta alcanzar el ático, ricamente embellecido con bajorrelieves. Entre las sombras, las dos victorias aladas que sostenían la corona real más parecían criaturas salidas del Averno que enviados celestiales.

El polaco experimentó un instante de extraño desasosiego, como si una ráfaga helada hubiera tocado su corazón. Nicole, al verlo perdido y desconcertado, juntó ánimos para ofrecerle una última muestra de hospitalidad.

—¿Puedo hacer alguna cosa más por vos?

—Pues… si fuerais tan amable, me pregunto si tal vez podríais hacer llegar a la reina una carta de presentación que me entregó mi padre. Pronto se llenará todo esto de austriacos y no podré pretender que ella se moleste en atenderme entre tantas ocupaciones como se le acumularán, así que me gustaría despachar este asunto lo antes posible.

—Si no se ha acostado aún, haré que se la envíen —dijo mientras permitía que la ayudara a descender del vehículo—. De cualquier modo, hubiera causado mejor impresión que os presentarais por la mañana y sin oler a cerveza barata.

—¿Barata? —se indignó—. ¡Tuve que agarrar al tabernero por el cuello y obligarlo a jurar que no me estaba estafando! Aquí, mademoiselle, todo tiene unos precios escandalosos. Y si os dijera lo que me pedía por el vino, os desmayaríais. Yo creo que intentan hacer negocio a mi costa cuando saben que vengo de lejos y no conozco el país.

—¿Cómo es posible que vuestro padre no os haya enviado antes para ser educado aquí, ya que sois su heredero?

—En realidad estuve aquí de niño, en tiempos del difunto rey Enrique. Mi padre me envió a nuestras tierras de Normandía para que las conociera y recibiera instrucción. Pero a la muerte del rey comenzó a haber disturbios, y le pareció más prudente hacerme regresar a Polonia. Mi estancia en Francia se redujo así a poco más de un año, mucho menos de lo previsto, y solo visité la corte durante el verano, cuando los reyes descansaban en el valle del Loira. Mi padre quería que estuviera preparado antes de visitar una gran ciudad como París, pero, ya veis, el momento nunca pudo llegar hasta ahora.

Mathieu caminaba junto a ella hasta alcanzar el interior del ala oeste del edificio. Mientras atravesaba la sala de las cariátides, no dejaba de reparar intrigado en el modo tan libre en que ella se desenvolvía. Al parecer, ir en compañía de Mademoiselle de Sergot era suficiente para que le abrieran paso también a él…



domingo, 22 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (6)


Du Laun.

Así se llamaba el hombre que le había dado muerte, el mismo que disfrutó durante todos esos años de las propiedades que le fueron arrebatadas, y que ni siquiera ahora habían sido devueltas íntegramente a Nicole.

—Vuestro apellido me es familiar —murmuró con voz desfallecida—. ¿Por casualidad tenéis alguna relación con el barón de Croisy?

—Pues sí: os estáis refiriendo a mi tío. Bueno, es el primo de mi padre, pero yo lo llamo tío. Él ha estado cuidando de todo en mi ausencia. El mundo es un pañuelo: la primera mujer que me encuentro en París resulta que conoce a mi tío —comentó Mathieu, que no contaba a las mujeres del burdel que ya había visitado en las doce horas que llevaba en la ciudad.

—En realidad no me ha sido presentado, aunque es imposible no reconocer a tan importante caballero. Dicen que posee una de las mayores fortunas de Francia —remarcó en tono extraño.

—No me sorprende: sospecho que nos ha estado robando durante largos años, a juzgar por los escasos beneficios que llegaba a percibir mi padre. Pero no es para enojarse: supongo que es justo que se quedara con una parte a cambio de sus desvelos.

Al terminar de hablar hizo un movimiento que la tomó completamente desprevenida. Mathieu hubiera querido contenerse, pero sentía demasiada curiosidad por saber qué ocultaba el antifaz, así que, cediendo a uno de sus frecuentes impulsos, simplemente extendió el brazo y lo apartó de su rostro.

—¿Qué hacéis? —se alarmó ella—. ¿Cómo os atrevéis?

El polaco contemplaba boquiabierto aquel lindo rostro menudo, de facciones pequeñas, en el que destacaban unos hermosos ojos azules cuyos destellos ya había podido percibir, pero que ahora, despojados de la máscara que trataba inútilmente de apagarlos, resultaban impresionantes incluso en su furor. Unos cabellos rubios, de un tono dorado y brillante, no demasiado claro, enmarcaban aquella carita que, en opinión de Mathieu, nunca debería haber sido tapada. Maldijo a las sombras de la noche por no permitirle contemplarla en toda su perfección.

—Lo siento. Es que no comprendía por qué ocultabais el rostro mientras me hablabais, y ahora lo comprendo menos. Diablos, imaginé que estaríais horriblemente desfigurada por alguna quemadura, o tal vez por las viruelas. Solo quería deciros que a mí no me importaba, y que no debíais sentir vergüenza. Y ahora resulta que sois una preciosidad. ¿Tal vez tenéis un marido muy celoso que os obliga a cubriros?

—No tengo ningún marido —repuso enojada—. Sabed, monsieur, que es cosa habitual en París que una dama lleve su tourette cuando sale de palacio.

—Anda —murmuró atónito, con asombro auténticamente pueblerino—. Para estas cosas no me preparó mi padre. ¿Habláis en serio?

—Monsieur, hay muchas cosas que deberéis aprender si queréis tener la más mínima posibilidad de triunfar en la corte.

—Estoy totalmente de acuerdo con vos, y os prometo que seré el más aplicado de vuestros discípulos —dijo él, y luego permaneció en silencio por unos instantes mientras calibraba el alcance de aquella revelación sobre el uso de las máscaras. Las conclusiones pusieron una sonrisa maliciosa en sus labios—. De modo que se tapan, ¿eh? Por algo será. Ya lo creo, sí que me gusta París.

Nicole no se mostró dispuesta a ofrecerle conversación durante el corto trecho que les faltaba por recorrer. Se limitaba a replicar con abruptos monosílabos apenas cubiertos por un velo de gélida cortesía, aunque pronto constató que eso no le desalentaba en absoluto. Definitivamente aquel hombre no tenía ningún tacto...


jueves, 19 de febrero de 2015

Sold out!

Luis Folgado y yo a punto de comenzar la presentación

Gracias, gracias, gracias de corazón, a todas las personas que pudieron estar ayer con nosotros y a cuantos nos habéis apoyado desde aquí. Me llena de alegría anunciar que se agotaron todos los ejemplares que se habían encargado para la presentación de La corte del diablo, lo que significa que los cálculos más optimistas se quedaron cortos.


Hubo mucha expectación. Media hora antes de comenzar el evento algunos ya habían acudido para hacerse con su ejemplar, por si se quedaban sin él, y, en resumen, ayer nos lo pasamos en grande y firmé todo lo que había.

A veces salían con tres o cuatro libros cada uno. Llevaban para los presentes y para los ausentes. Observen a la señora de la derecha.

Mil gracias de nuevo a Luis Folgado de Torres, la persona que me ha estado apoyando en Áltera durante todo este tiempo desde que decidió que quería publicar esta novela. Gracias por todos los desvelos que se ha tomado desde un principio, gracias por esta estupenda presentación y gracias por llevar con admirable paciencia que sea tan preguntona, machacona, impaciente y, en una palabra, pesada.



domingo, 15 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (5)


Su mirada captó el instante en que aquel misterioso antifaz de terciopelo volvía a ocultarse en el interior, un segundo demasiado tarde para pasar desapercibido. Deseoso de saber qué alta dama había sido testigo de sus proezas nocturnas, se dirigió sin vacilar hacia allá.

—Madame —saludó con cortés inclinación de cabeza. Para hacerla se quitó el sombrero dejando al descubierto unos espléndidos cabellos castaño oscuro, casi negros, igual que sus ojos—, lamentaría que os hubierais demorado por mi culpa. Temo que mi apuesta ha atraído a demasiada gente, y tal vez os haya causado alguna molestia al obstaculizar vuestro camino.

El polaco dirigió sus palabras a una mano enguantada que sujetaba la cortinilla, por ser lo único que la ocupante del vehículo dejaba ver. Una hilera de pequeños brillantes perfectamente alineados refulgía sobre el borde del guante perfumado como empeñados en imponerse sobre la mortecina luz de la luna. La propietaria de tan exquisita prenda contemplaba al hombre con atención, atisbando por la pequeña rendija que había dejado a tal fin. Con la impunidad que le permitían las tinieblas en las que se refugiaba, se recreó a placer en sus facciones, sumamente atractivas. Se detuvo de modo especial en su boca. No cabía duda de que era muy apuesto.

—No parecéis extranjero —comentó, sin decidirse a mostrarse—. Vuestros rasgos bien podrían ser franceses, y habláis nuestro idioma como cualquiera de nosotros. No he podido detectar ningún acento.

—Soy medio francés, madame —sonrió—. Mi padre fue embajador del Cristianísimo en Polonia hace largos años, y sucedió que encontró allí su destino en la persona de la szlachcianka Ossolinska. Por amor se casó con ella y fijó en Polonia su residencia, puesto que mi madre se resistía a abandonar su patria. Allí nacimos sus numerosos hijos, de los cuales yo soy el mayor. Pero ahora mi padre ha considerado que va siendo hora de que acuda a hacerme cargo de lo que un día será mi herencia francesa, y las bodas del rey de Francia suponen una magnífica ocasión para hacerme viajar hasta aquí. Me alegro de que lo haya hecho: me gusta París, madame. Me gusta mucho.

—¿Os alojáis en el Louvre?

—No, nunca aspiraría a tanto —respondió él, y esta vez su sonrisa a poco desemboca en una carcajada. El polaco agachó la cabeza como si la idea le resultara abrumadora—. Mi familia tiene una casa al otro lado del río. Resulta más acogedora. De todos modos, aún he de acudir esta noche al Louvre.

—En ese caso lleváis mi mismo camino —dijo retirando la cortinilla—. Si deseáis subir, os llevaré con mucho gusto. No es buena idea callejear por París a estas horas de la noche, os lo aseguro. Deberéis tenerlo en cuenta en adelante.

—¿Vivís vos en palacio? —indagó mientras se apresuraba a aceptar su ofrecimiento y lograba acomodarse en el poco holgado asiento frente a Nicole. Esto provocó airadas protestas entre los circunstantes, que le recordaban a gritos que aún faltaba el último tramo para terminar el recorrido pactado. Pero él ya no estaba interesado en aquel reto; en esos momentos sentía la llamada de otra aventura que le resultaba cien veces más emocionante.

—Así es. Me llamo Nicole de Sergot y sirvo a la reina. ¿A quién he tenido el placer de conocer? En un momento he aprendido unas cuantas cosas sobre vos, pero me temo que aún ignoro vuestro nombre.

—¡Oh, perdón! Mis excusas, madame. Me llamo Mathieu. Mathieu du Laun, y soy vuestro servidor desde este instante.

La máscara de Nicole volvió a ser su aliada al impedir que él viera su expresión en esos momentos. Sin ella, hubiera sido incapaz de ocultar que su apellido la había azotado como un fuerte latigazo sobre unas carnes ya abiertas. Por unos instantes la pesadilla regresó, volvió a ver el cuerpo de su padre colgado en el castillo de Amboise…


A los que llegan rezagados, les recuerdo que ya tienen la novela también en versión kindle, un formato que pueden conseguir igualmente los lectores en algunos países de América. Y les recuerdo que ya está colgado el video en youtube.


viernes, 13 de febrero de 2015

Book trailer de La Corte del Diablo, ya también en versión kindle


Aquí tenéis el book trailer de La Corte del Diablo, que además os comunico que podéis encontrar ya en versión kindle además de en papel.

Tenéis la novela en Amazon kindle, pinchando sobre este enlace.


Muchas gracias a todos, pero muy especialmente a dlt, que desde su extraordinario blog desdelaterraza ha escrito una reseña sobre esta novela y puedo decir con orgullo que estoy segura de que nadie ha resultado tan bien tratado por la crítica, ni sido objeto de una reseña tan magnífica. Mil gracias por todo, mi querido monsieur. Es usted insuperable.

martes, 10 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (4)


Nicole alcanzó a escuchar un inquietante murmullo de voces y alguna que otra exclamación. Presa de la alarma, imaginó que tal vez se tratara de bandidos que se proponían asaltarla: la escasa visibilidad que dejaba la neblina aumentaba la oscuridad de la noche y amparaba a los criminales.

—¿Qué ocurre? —preguntó asomando la cabeza— ¿Por qué nos detenemos?

—Hay un grupo de gente ahí delante, mademoiselle —respondió el mozo que guiaba las mulas—. Están obstruyendo el camino.

—Rápido, ¿a qué esperas para dar la vuelta?

—No creo que haya razón para alarmarse: me llega algo de sus voces, y parece que son un grupo de extranjeros de los muchos que comienzan a llegar a París. Sin duda forman parte de la delegación enviada desde algún país para asistir a las bodas del rey. Puede que sean austriacos y que hayan comenzado ya a celebrar la fiesta.

—Entonces a ver si puedes acercarte un poco más —pidió, despertada su curiosidad a medida que se sosegaban sus temores—. Me gustaría saber qué están haciendo.

La litera consiguió ganar un par de metros, en parte porque la multitud también avanzaba extrañamente hacia delante, despacio y un poco a trompicones. Fue entonces cuando Nicole divisó la figura de un hombre que hacía equilibrios al borde del río con una jarra de cerveza en cada mano. Llevaba un extraño sombrero ribeteado de piel y un abrigo de calidad que indicaba que venía de algún lugar frío.

Nicole se ajustó pudorosamente la tourette de nez, la máscara con la que las damas de la corte solían proteger su cutis de la crudeza invernal o de los estragos del sol al tiempo que preservaban su anonimato en las calles. Solo entonces osó asomar la cabeza a fin de averiguar alguna cosa más sobre un espectáculo tan peculiar.

—¿Habla alguien mi idioma?

—Desde luego, madame —respondió un hombre próximo a ella, evidentemente un francés, a juzgar por su acento—. ¿En qué puedo serviros?

—Quisiera saber qué extraño acontecimiento es este. ¿De dónde ha salido ese hombre que parece empeñado en ahogarse en el Sena?

—Ah —rió el francés—, es uno de los polacos que han llegado hoy a París para seguir a la corte y asistir a la boda del rey. Está más loco que una cabra, madame. Desde que llegó no ha dejado de beber a la salud de Su Majestad, y cuando alguien lo acusó de estar como una cuba, lo negó resueltamente y apostó a que era capaz de recorrer la isla de ese modo que veis sin caerse al río. Y está a punto de conseguirlo, lo cual me sorprende, porque cada vez que llega a un puente vuelve a beber para celebrarlo.

—¡Santo cielo! ¿Y se lo habéis permitido?

—Cualquiera no. Es un salvaje, madame. Al hombre que intentó detenerlo le partió la nariz de un puñetazo. Polacos, ya se sabe —dijo sin ocultar su desprecio ignorante hacia todo aquello que procediera del exterior—. Son peores que bestias. Y eso que este parece un caballero; imaginaos cómo serán los otros. ¡Uf!, ojalá regresen pronto a su tierra.

El extranjero había terminado el tramo de su peligroso y extravagante recorrido, y estaba ahora siendo felicitado efusivamente por sus compatriotas y por aquellos franceses que se habían sumado a la juerga apostando por él. Entre abrazos y palmadas, el joven se percató de la presencia de la elegante litera, más lujosa que cuantas había visto por París hasta entonces…


domingo, 8 de febrero de 2015

La Corte del Diablo (3)


A pesar del evidente distanciamiento con respecto al bando hugonote, Nicole no dejaba de levantar suspicacias a su alrededor. La Médicis la miraba con recelo. Se preguntaba si acaso la ruptura no sería más aparente que real, y si Luis no habría buscado en ella el medio de introducir a una de sus espías en un puesto privilegiado en la corte. Nicole de Sergot, apenas una chiquilla inocente, podía resultar perfecta para aquel cometido. ¿A quién se le iba a ocurrir imaginarla involucrada en esos asuntos? A nadie excepto a la mente complicada y aviesa de la reina madre, que hacía muchos años que había dejado de creer en la inocencia, y a quien no le gustaba dejar dos cabos sin atar.

Fue poco después cuando Nicole comenzó su relación con Enrique de Anjou, algo en lo que sus sentimientos tuvieron mucha más parte que el cálculo. De hecho, no había sido ajena a su decisión de romper con Condé la atracción que empezaba a experimentar hacia el brillante y hermosísimo Enrique, por aquellas fechas a punto de iniciar su fulgurante carrera militar al frente de los ejércitos de su hermano el rey.

Nicole no era, por supuesto, la única mujer hacia la que Anjou dirigía sus atenciones. También estaba Renée de Rieux, Mademoiselle de Châteauneuf, perteneciente a una de las familias más encumbradas de Bretaña. Ella lo sabía, y esa era la espina entre las rosas que por fin comenzaban a florecer en su vida. Pero al mismo tiempo se decía que, después de todo, él necesitaba una esposa, y Renée muy bien podría serlo. Mademoiselle de Sergot, en cambio, jamás podría soñar con ocupar tan alto puesto junto al hermano del rey.

Por esas fechas tenía sobrados motivos para estarle agradecida. Hasta ahora le había correspondido seguir purgando las consecuencias de una vieja traición que nadie estaba dispuesto a olvidar, pero gracias a las hábiles maniobras de Anjou se había acabado su penitencia: Nicole fue incluida en el acuerdo con los protestantes respecto a la devolución de bienes confiscados. Al fin podía hacerse cargo de sus tierras, unas propiedades de las que su familia había sido desposeída entonces.

Suspiró y se retrepó en el asiento tratando de adaptar mejor su cuerpo al incómodo bamboleo de la litera. Al fin se sentía satisfecha. No había recibido cuanto le correspondía por derecho, pero sí una buena parte de las propiedades familiares.

El vehículo había avanzado despacio por la ribera del Sena y luego cruzó el puente Saint-Michel para atravesar la isla de la Cité. Casi al llegar a ella, las mulas se detuvieron de improviso sacándola de su ensimismamiento…



Y aquí estamos, entre las recomendaciones de novela histórica en El Corte Inglés de Puerta del Sol, Madrid.


viernes, 6 de febrero de 2015

La Corte del Diablo - Capítulo I (2)


Nicole se sentía inquieta por esas misiones intempestivas que a veces le encomendaba Enrique, pero había decidido no hacer preguntas y demostrarle su gratitud cumpliendo con cuanto se esperaba de ella de un modo lo más discreto posible. Hacía tiempo que la vida le había enseñado el valor de la prudencia.

Las guerras habían dejado en su vida una oscura mancha indeleble, un lastre que arrastraba desde le infancia, cuando su padre, Michel de Sergot, había tomado parte en un levantamiento hugonote. El caballero cometió el error de dejarse involucrar en una de las conspiraciones de su amigo Luis de Condé, líder de los protestantes, y poco después era conducido a una trampa mortal junto con sus compañeros. Había sido delatado por su propia esposa, cuya lealtad era toda para Francisco de Guisa, su amante y uno de los principales sostenes del bando católico.

Días más tarde el cadáver de la mujer era encontrado flotando en el río. Alguien se había ocupado de ajustar cuentas. La niña perdía así padre y madre, y desde ese momento el príncipe de Condé la tomó bajo su protección.

Nicole había permanecido a su lado durante años, hasta que Luis planeó un nuevo complot contra la familia real. Ella no quiso repetir los errores de su progenitor sumándose a otra conspiración que presentía abocada al fracaso. Albergaba un profundo cariño por el hombre al que las circunstancias habían convertido en su segundo padre, pero no estaba dispuesta a seguirlo ciegamente en sus ambiciosos proyectos. Se distanció de él a partir de ese instante. Sabía que aquel no podía ser el bando ganador, y que labraría su propia ruina a menos que se apartase de su tutor antes de que fuese tarde. No podía saldar su deuda a tan elevado precio.

La opción no estaba exenta de riesgos: al negarse a seguir a Condé por la peligrosa senda que había elegido, perdía la protección del bando protestante y quedaba a merced de los católicos. De no haber sido por su amistad con la princesa Margot, y después por Enrique de Anjou, nunca hubiera salido adelante.

La ruptura con el príncipe de Condé se había producido tres años atrás, poco antes de que Catalina de Médicis, la reina madre, fuera informada del complot. El plan era apoderarse de ella y del rey, obligarlos a plegarse a sus condiciones y apartar del poder a los Guisa. La corte emprendió la huida con el enemigo pisándoles los talones durante una frenética persecución en la que Condé estuvo a punto de lograr su objetivo...


miércoles, 4 de febrero de 2015

La Corte del Diablo - Capítulo I



París, noviembre de 1570


El Louvre dormía. Envuelto en la bruma, el edificio se erguía amenazador en la oscuridad, como si quisiera advertir a los transeúntes que en su interior moraba una mujer que decidía sobre la vida y la muerte. Los corredores habitualmente bulliciosos se sumían ahora en el negro silencio de una noche de otoño. Solo algunos pasos sigilosos interrumpían de vez en cuando la profunda quietud, pasos de amantes que acudían a la cita o, más frecuentemente, pasos que buscaban secretos ajenos y aliados en oscuras tramas.

Los tiempos eran violentos; el reino se hallaba asolado por continuas guerras de religión y no se vislumbraba el final de aquella pugna feroz. Ningún esfuerzo en favor de la unidad y la tolerancia se convertía en semilla capaz de granar en suelo de Francia. Las encarnizadas luchas fratricidas habían engendrado demasiados odios para que pudiera esperarse que cada cual olvidara a sus muertos y renunciara a las armas.

Hacía años que París era un avispero, una maraña caótica, un nido de intrigas por donde siempre rondaba la muerte. La desgracia se abatía implacable sobre los más incautos. Si un hombre estaba solo o no sabía elegir el bando adecuado en cada momento, estaba perdido: su único destino era el puñal, el veneno, o una bala que se incrustaba en su espalda al doblar cualquier esquina.

Aquella fría noche de noviembre una litera recorría las calles solitarias bajo el húmedo manto de la neblina que embozaba la ciudad. La mujer que la ocupaba era muy joven, pero el pasado recaía sobre ella con el estigma de una herencia infame.

Regresaba a palacio tras desempeñar un delicado cometido: el duque de Anjou le había pedido que entregara un mensaje en la rue de la Bûcherie, al otro lado del río...


Iré mostrando el primer capítulo de la novela. Y cuando termine volveremos a lo nuestro.