viernes, 25 de diciembre de 2015

Un novio para Mademoiselle de Borbón


Dieciséis meses después de que el Gran Condé contrajera matrimonio con la sobrina de Richelieu, Claire Clemence de Maillé, llegó el momento de celebrar la boda de su hermana, Mademoiselle de Borbón. Se trataba de un tema que había preocupado a sus progenitores desde la más tierna infancia de Anne Geneviève. Solo tenía seis meses cuando la prometieron al príncipe de Joinville, un niño de ocho años que era el primogénito del duque de Guisa. El proyecto nunca se materializaría, porque Guisa, siempre leal a María de Médicis, compartió su suerte hasta el final y se vio obligado a buscar refugio en Italia. Su hijo le siguió y falleció en Florencia en 1639.

A su muerte surgieron diversos nombres como candidatos a la mano de Mademoiselle de Borbón. Entre ellos estaba Armand de Maillé, futuro duque de Brezé y hermano Claire Clemence. El afán del príncipe de Condé por emparentar con el poderoso Richelieu era tal que él mismo propuso este enlace, pero el cardenal respondió que ya había recibido suficientes honores por parte de un príncipe de la sangre al pedir la mano de su sobrina para el primogénito, y que no querría llevar las cosas tan lejos como para que una princesa como Mademoiselle de Borbón se casara con un simple caballero.

Beaufort

El duque de Beaufort aspiraba no solo a la mano de Anne Geneviève, sino también a su corazón. Pero a los Condé no les gustaba esa rama bastarda de los Borbones, que además en ese momento no estaban bien vistos tampoco en la corte. Por otra parte las tácticas de conquista de Beaufort, que tan buen resultado solían darle, no hicieron mella en la joven, que no le dio ninguna esperanza.

A finales de 1641, como los príncipes de Condé no habían conseguido encontrar ningún joven adecuado entre la nobleza, pusieron sus miras en el duque de Longueville, uno de los más altos personajes de Francia, pero que era ya un viudo de 46 años frente a los 22 que tenía la novia.

Los Longueville eran otra rama de la Casa Real de Francia, descendientes de aquel célebre conde de Dunois, el llamado Bastardo de Orleáns, brazo derecho de Juana de Arco. Su sobrino, el rey Carlos VII, le otorgó en 1463 el condado de Longueville, que en tiempos del nieto de Dunois fue elevado a ducado. En 1571 los Longueville recibieron de Carlos IX, para sí y sus descendientes, el título de príncipes de la sangre, un decreto que iba a ser confirmado posteriormente por Luis XIV.

Longueville tenía una hija adolescente de su primer matrimonio: María de Orleáns, que posteriormente se casaría con el duque de Nemours. El duque era el prototipo de gran señor de aquella época: generoso, valiente y caballeroso, aunque tenía el defecto de que podía ser persuadido con facilidad para embarcarse en empresas aventureras con escasas probabilidades de éxito. Debido a ello, durante la regencia de María de Médicis pasó continuamente de la oposición a la alianza con el gobierno, e incluso tomó parte en la conspiración de 1626 contra Richelieu. Era evidente que no podría resistirse tampoco a meterse de lleno en la Fronda, lo que le valió ser encarcelado. Sin embargo, Longueville era un hombre capaz que rindió importantes servicios a su país, tanto en la guerra como en la diplomacia. No podía ser considerado un libertino, si bien su moral no se atenía a rígidos principios. De los tiempos de su juventud tenía una hija, Cathérine Angélique, cuya madre terminó sus días como religiosa, un camino que seguiría también Cathérine. 

Longueville

El duque tenía un nuevo amor por estas fechas de su compromiso: era uno de los amantes de la duquesa de Montbazon, una razón más para que Mademoiselle de Borbón no saltara de alegría ante las perspectivas de desposar a un hombre que le doblaba la edad; pero sus padres no iban a permitir que ninguna consideración estropeara tan buena boda, de modo que permanecieron sordos a sus protestas.

El enlace se celebró el 2 de junio de 1642. La joven princesa nunca había aparecido tan hermosa, y se la vio alegre y feliz durante las celebraciones, superados sus reparos iniciales. En adelante Mademoiselle de Borbón sería Madame de Longueville.



martes, 8 de diciembre de 2015

Los días de Chantilly


Mademoiselle de Borbón pasaba los inviernos en París, en la residencia familiar del Hôtel de Condé. Acudía casi a diario a las tertulias en el salón de la marquesa de Rambouillet y no dejaba de asistir a las celebraciones en el Louvre y a las espléndidas recepciones que daba Richelieu en el Palais-Cardinal. Los veranos los pasaba con su madre en el campo. Desde allí seguía a la corte cuando se desplazaba a Fontainebleau y visitaba a aquellos amigos que se encontraban cerca, entre ellos los marqueses du Vigean y la duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu.

Su madre odiaba al cardenal, al que no perdonaba la muerte de su hermano, Enrique de Montmorency. Su padre, por el contrario, nunca permitía que los sentimientos interfirieran con sus intereses, por lo que la princesa se esmeraba en ocultar su resentimiento y lo visitaba con sus hijos también durante el verano, cuando Richelieu y su sobrina se encontraban en Rueil. Allí combinaba el cardenal el trabajo con el placer. Se dedicaba por la mañana a las tareas de gobierno con sus secretarios, y por las tardes ofrecía magníficas fiestas y ballets a sus invitados. En su mansión de Rueil, al igual que en el Palais-Cardinal, había construido un teatro.

Los Condé pasaban la mayor parte del verano en Chantilly, con un pequeño séquito de amigos íntimos, de artistas e intelectuales entre los que solían encontrarse Voiture y Sarrasin. El príncipe de Condé, como no le gustaba el campo, permanecía en París. En su ausencia, su esposa relajaba la etiqueta y el ambiente resultaba más libre y divertido. Los días transcurrían entre excursiones, lances galantes aunque inocentes, lectura de novelas y obras de teatro y envío de cartas a los amigos. Escribir cartas en verso era uno de los pasatiempos favoritos de Mademoiselle de Borbón y sus jóvenes amigas.


Lenet nos ha dejado en sus memorias un relato de aquellos días de Chantilly, en la primavera de 1650, cuando Anne Geneviève ya había cumplido 30 años:

“Las excursiones eran las más agradables que se pueda imaginar. Las noches no eran menos divertidas. Después de leer en la capilla las oraciones habituales, a las que todos asistían, las damas se retiraban a los apartamentos de la princesa, donde practicaban varios juegos y cantaban. Con frecuencia había buenas voces y conversaciones muy agradables, historias de intrigas cortesanas y galantería, lo que hacía que la vida transcurriera tan plácidamente. Era un gran placer ver a todas las jóvenes que componían la corte melancólicas o alegres, dependiendo de la frecuencia de las visitas que recibían y de la naturaleza de las cartas que les enviaban. Solíamos ver cómo llegaban de continuo mensajeros y visitantes, lo que despertaba los celos de aquellas que no los recibían.; y todo esto era motivo de versos, sonetos y elegías que divertían al indiferente no menos que a los interesados. Se componían rimas y acertijos que llenaban las horas de ocio. Se veía a algunas caminando por el borde de los estanques, y otras por las sendas del parque o los jardines, o en la terraza, o sobre el césped, solas o en las fiestas, según su estado de ánimo, mientras otras cantaban o recitaban versos, o leían novelas en un balcón, o mientras caminaban o reposaban sobre la hierba. Nunca se ha visto tan hermoso lugar en tan hermosa estación.”



miércoles, 2 de diciembre de 2015

Mademoiselle de Borbón y las Preciosas


Poco después de aquel baile en el palacio del Louvre, Mademoiselle de Borbón comenzó a frecuentar el salón de la marquesa de Rambouillet. No acudía sin preparación, puesto que su madre, la princesa de Condé, era una mujer culta y refinada que también gustaba de congregar en su residencia a poetas, artistas, filósofos e intelectuales. En su mansión se daban cita personajes casi a la altura de los que daban lustre al salón de la marquesa, y además se rodeaba de las damas más encantadoras de la corte.

En ese ambiente se formó Anne Geneviève, tan hermosa que su enamorado La Rochefoucauld dijo una vez que parecía que la Naturaleza se hubiera complacido en crear una obra de arte. Aunque sus facciones no eran perfectas, tenía un atractivo especial que la hacía preferible a otras damas seguramente más bellas, y continuó siendo unánimemente elogiada a pesar de algún estrago ocasionado por la viruela que padeció poco después de contraer matrimonio. Sus ojos azules no eran grandes, pero tenían una mirada muy dulce y un llamativo tono turquesa. Su piel era muy blanca y el cabello intensamente dorado, todo ello al gusto de la época. Unía a sus perfecciones una estupenda figura y una languidez e indolencia que le conferían un aspecto frágil y daban encanto a sus modales. La propia Madame de Maintenon, que no la conoció hasta que Anne Geneviève hubo pasado la juventud, dijo de ella que era “hermosa como un ángel”.

Pero por muchos elogios que recibiera su belleza, eso no hubiera sido suficiente para ser bien recibida entre las précieuses en el salón de la marquesa de Rambouillet si Mademoiselle de Borbón no hubiera aportado en igual medida inteligencia y cultura, todo lo cual hizo que pronto fuera considerada una gran promesa. “La mente de Mademoiselle de Borbón”, escribe Voiture a uno de sus amigos, “es capaz por sí misma de hacer dudar que su belleza sea lo más perfecto del mundo”. Tampoco a Madame de Maintenon se le pasó por alto su capacidad intelectual, puesto que afirmó que Anne Geneviève era la mujer más inteligente de su época.

Madame de Sablé

Fue en el salón de la marquesa donde conoció a la que sería su gran amiga, Madeleine de Souvré, marquesa de Sablé. Madeleine era una apasionada admiradora del arte español de la galantería. Según explica Madame de Motteville, veía en dicho estilo cómo “los hombres podían, sin maldad, albergar tiernos sentimientos hacia las mujeres, y que el deseo de complacerlas los impulsaba a emprender grandes y nobles hazañas… y les inspiraba generosidad y toda clase de virtudes; pero, por otra parte, las mujeres… hechas para ser servidas y adoradas, no deberían permitir otra cosa que no fuera un respetuoso homenaje”.

Fue también allí donde Anne conoció a la escritora Mademoiselle de Scudéry, una dama estimada por todos aquellos que la conocían, hasta el punto de que Boileau, que había escrito una sátira en la que ridiculizaba sus obras, no tuvo corazón para publicarla. Ella y su hermano Georges pronto trabaron amistad con Mademoiselle de Borbón, un lazo que se mantuvo inconmovible tanto en los buenos como en los malos momentos. En el caso de Georges la lealtad fue sumamente meritoria, puesto que al ser un protegido del cardenal Mazarino, continuar siendo amigo de Anne durante la Fronda era un asunto muy arriesgado.

Mademoiselle de Borbón admiraba a Corneille, pero sobre todo a Voiture. También le gustaba Benserade, prolífico autor de ballets y mascaradas. Otro de sus protegidos era Chapelain; sin embargo, era objetiva incluso con sus favoritos, y un día en que Chapelain leía en el salón de la marquesa de Rambouillet un fragmento de una de sus obras, cuando los presentes le pidieron opinión, ella respondió:

—Sí, está bien, pero es muy pesado.


lunes, 30 de noviembre de 2015

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domingo, 29 de noviembre de 2015

La marquesa de Rambouillet


Desde que era Luis XIII quien ocupaba el trono, se habían producido muchos cambios en la corte. Aquel antiguo ambiente extremadamente licencioso había sido sustituido por placeres refinados e inclinaciones intelectuales. Este giro había sido propiciado por Richelieu, que no se limitaba a manejar las riendas de la política. El nacimiento y la posición continuaban siendo estimados, pero no constituían ya el único pasaporte para entrar en la sociedad aristocrática, y en los hogares de algunas damas comenzó a ser costumbre reunir a artistas e intelectuales sin distinción de rango social. En sus salones pasaban una o dos horas de agradable conversación con mujeres refinadas de gustos similares.

El más célebre de estos salones, del cual pronto se hizo asidua Mademoiselle de Borbón, se encontraba en el Hôtel de Rambouillet, en la Rue Saint-Thomas-du-Louvre. Allí se cultivaba con tanto esmero el arte de la conversación que su estilo ejerció una gran influencia sobre la literatura del siglo siguiente e incluso de principios del XIX. Presidía estas reuniones Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet. Catherine era hija única del marqués de Pisani, embajador francés en Madrid y en Roma, su ciudad natal. Su madre, Julia Savelli, era una dama italiana, viuda de Lorenzo Orsini. Apenas tenía doce años cuando en 1600 la casaron con Charles d’Angennes, marqués de Rambouillet, un noble muy acaudalado y respetable que desempeñó misiones como embajador en Saboya y en España.

Catherine recogió los elogios unánimes de todos sus contemporáneos. No solo era bella, sino llena de virtudes y dotada de un gusto exquisito. Era una magnífica crítica literaria, amante de la cultura en todas sus manifestaciones. Además su carácter atraía por el tacto del que hacía gala, su bondad y ese ingenio que nunca utilizaba para herir. No era la marquesa mujer que tomara parte en intrigas sórdidas ni en las vulgares galanterías que caracterizaban la corte de Enrique IV. Esto, unido a su delicada salud, fue causa de que siendo aún muy joven decidiera retirarse de aquel ambiente y recibir en su propio hogar. Para ello hizo derribar el antiguo edificio y erigió uno nuevo, más apto para cumplir estas funciones y según planos que trazó ella misma.


La principal sala de recepción de Catherine era la llamada “Cámara azul”. Hasta entonces la moda había sido emplear el rojo o naranja oscuro en los hogares de los cortesanos más acaudalados, pero ella hizo que las paredes de su salón se cubrieran de terciopelo azul, con el borde bordado en oro. La habitación se veía iluminada por enormes ventanales que se extendían desde el techo hasta el suelo y que daban a un jardín grande y hermoso. Cada tarde, durante más de treinta años, su hogar abrió las puertas a los más refinados intelectuales y a los personajes más relevantes de la corte: nobles, magistrados, clérigos y hombres de letras se reunían allí con las mujeres más encantadoras y cultas de Francia, y siempre en términos de igualdad. Todo tema de conversación que pudiera resultar ofensivo estaba terminantemente prohibido, y nunca servían aquellas reuniones para hacerse eco de escándalos. Se cortejaba a las damas, pero con un respeto que nada tenía que ver con la atmósfera del Louvre.

El salón de Madame de Rambouillet se convirtió en representante de lo que sería la vida intelectual de la primera mitad del siglo XVII, es decir, el preciosismo. Otras damas irían abriendo paulatinamente sus salones en París y en provincias, pero a comienzos de la Fronda llegaron a ser lugares peligrosos, más dedicados a las conspiraciones que al arte y la ciencia. Al mismo tiempo, la afectación iba sustituyendo a la naturalidad y sencillez de Madame de Rambouillet, hasta llegar a los extremos parodiados por Molière en Las Preciosas Ridículas.

Cuando en 1635 Mademoiselle de Borbón asistió por primera vez a una de estas reuniones, el salón estaba en la cúspide de su popularidad. Los príncipes de Condé acudían con sus hijos ignorando así la más estricta etiqueta, que prohibía a los príncipes de la sangre visitar a una dama que estuviera por debajo del rango de duquesa. Allí el visitante podía encontrar a Mademoiselle de Scudéry o a la marquesa de Sablé; al mariscal de Gramont o al mismísimo cardenal Richelieu.

La marquesa fue madre de siete hijos. De los dos varones, uno falleció en la infancia y el otro en 1645, durante la batalla de Nördlingen. Tres de sus cinco hijas profesaron como religiosas y fueron abadesas, pero otra de ellas, la mayor, sería la famosa Julie d’Angennes, duquesa de Montausier, inmortalizada por La Guirnalda de Julie, una colección de poemas sobre diferentes flores a la que contribuyeron los principales poetas de su tiempo y que le fue ofrecida como regalo por su prometido.

En su día dedicamos un capítulo a la célebre guirnalda:




viernes, 27 de noviembre de 2015

La debutante


La ejecución de Montmorency produjo una fuerte impresión de su sobrina, Mademoiselle de Borbón. Durante un tiempo este episodio pareció reafirmarla en su decisión de profesar como religiosa, y para ello solicitó la autorización de su padre, el príncipe de Condé, que no estaba en absoluto de acuerdo con su vocación. Enrique de Condé tenía dos varones, pero Anne Geneviève era su única hija, tan bella e inteligente que tenía planes más mundanos para ella.

Los príncipes resolvieron aflojar los lazos que la unían a las monjas carmelitas haciendo que participara cada vez más activamente de la vida social. Ella obedecía, pero se la veía triste y contrariada en tales circunstancias. Su madre tuvo que reprenderla por las pocas molestias que se tomaba en mostrarse agradable con la gente.

—Vos, madame —replicó Anne Geneviève—, poseéis encantos tan irresistibles que, como yo no voy a ninguna parte si no es con vos, y solo aparezco detrás de vos, la gente no puede ver ninguno en mí.

Esta respuesta tan diplomática deshizo el enojo de la princesa, a quien nada gustaba más que los elogios. Pero como el tiempo continuaba pasando y la determinación de su hija se fortalecía, decidió recurrir a medidas más drásticas. Hasta entonces se había limitado a llevarla consigo a visitar a sus amigos, o a tenerla a su lado cuando hacía de anfitriona en el Hôtel de Condé, pero Mademoiselle de Borbón nunca había asistido a una función en la corte. Una mañana, cuando la joven contaba 16 años, su madre le pidió que se preparara para asistir a un baile que Luis XIII iba a dar en el Louvre. 

Esto la sumió en la consternación. Se lo contó a las carmelitas y les pidió consejo acerca de qué era lo que convenía hacer. Ellas se reunieron para debatir el asunto y finalmente le aconsejaron que acudiera vestida con un cilicio bajo las ropas. Y así se presentó Anne, hermosamente ataviada y adornada con joyas. Desde el momento en que entró en el salón, nadie tenía ojos más que para la debutante, que pronto se vio rodeada de admiradores. El baile se prolongó hasta las tres de la mañana, y cuando terminó Mademoiselle de Borbón se agitaba con nuevas emociones insospechadas, algo que al principio la alarmó, pero con lo que pronto se iría familiarizando. 

Había probado las mieles del éxito en una corte fascinante, y le había sabido muy dulce. Aunque continuaba siendo piadosa, cada vez se mostraba mejor dispuesta a aparecer en sociedad. Visitaba a las carmelitas aún, pero más por cortesía y por no romper bruscamente con ellas. Las monjas se daban cuenta de que su influencia se iba desvaneciendo y, aunque el combate entre la vocación religiosa de Anne y sus inclinaciones mundanas fue largo, finalmente se impusieron las segundas. De todos modos, incluso en los momentos en que Mademoiselle de Borbón más se iba a abandonar a sus pasiones y su ambición, continuaría escribiendo a las carmelitas unas cartas en las que asomaba su sólida fe y su ferviente piedad. Los sentimientos religiosos estaban siempre presentes aunque a veces le faltaran las fuerzas para seguir su dictado.



domingo, 22 de noviembre de 2015

La caída de Montmorency


Anne Geneviève, Mademoiselle de Borbón, frecuentaba durante su infancia uno de los conventos carmelitas que comenzaban a proliferar en Francia. Su madre favorecía a las carmelitas de la Rue Saint-Jacques y, al igual que la reina, tenía allí un apartamento al que gustaba de retirarse en ocasiones, unos aposentos tan austeros como los de las propias monjas. Durante esos retiros invariablemente la acompañaba su hija. Deseaba que la niña recibiera una preparación espiritual que la ayudara a afrontar los peligros a los que un día la arrojaría esa legendaria belleza que ya se adivinaba en ella. Anne se mostraba receptiva a las enseñanzas de las monjas, tanto que su piedad excedía cuanto su madre había esperado. Llegó incluso a contemplar la idea de profesar como religiosa.

Tenía 13 años cuando su tío Montmorency se unió a las conspiraciones de Gastón de Orleáns, hermano del rey, siendo condenado a muerte por el crimen de alta traición. Todo el mundo se mostró convencido de que Richelieu no se atrevería a proceder contra un apellido tan importante en el reino, pero se equivocaron. El rey de Inglaterra, el Papa, la República de Venecia y el duque de Saboya trataron de mediar para que se le perdonara la vida; en las iglesias se decían misas para rogar por el almirante, había procesiones de penitentes y muchedumbres exigiendo su liberación en las calles. Pero el cardenal estaba decidido a dar a esos nobles levantiscos y demasiado poderosos una lección que no pudieran olvidar. Iba a demostrar que ni pasados servicios, ni el rango, ni las riquezas salvarían al culpable del hacha del verdugo. En vano solicitó la madre de Charlotte audiencia con el rey para interceder por su hermano. Luis XIII, aconsejado por Richelieu, se negó a recibirla y a responder sus cartas. La ley siguió su curso.

Montmorency compareció ante el Parlamento de Toulouse el 29 de octubre de 1632. En lugar de intentar justificar su conducta, se limitó a exculpar a sus seguidores, atribuyéndose toda la responsabilidad. Al día siguiente se pronunció la sentencia que lo condenaba a muerte, fijándose la hora de la ejecución para las cuatro de esa misma tarde. Se decidió que tendría lugar en la prisión, para ahorrarle la ignominia de un espectáculo público.

Marie Félicie des Ursins, duquesa de Montmorency

El duque iba tranquilo cuando acudió al encuentro con la muerte. Al escuchar la sentencia se había limitado a pedir que adelantaran dos horas su ejecución, para que la hora coincidiera con la de Cristo. Luego escribió una carta a su esposa:

"Te envío mi último adiós, querida mía, con el mismo afecto que siempre ha existido entre nosotros. Te ruego, por el reposo de mi alma, que espero pronto estará en el cielo, que contengas tu pena y que recibas este infortunio de mano de nuestro dulce Salvador. Son tantas las bondades que de Él he recibido que deberías encontrar en ello motivo de consuelo. Adiós, una vez más, querida mía.”

Montmorency legó a Richelieu un cuadro sobre el martirio de San Sebastián, un tema que, dadas las circunstancias, parece constituir todo un mensaje.

La viuda, Marie Félicie des Ursins, permanecía inconsolable a la muerte de su esposo. Acusada de haberlo animado a la rebelión, fue encarcelada, aunque consiguió la libertad al cabo de dos años. Entonces se retiró al convento de la Visitación, en Moulins, el lugar al que hizo trasladar los restos de Montmorency para reposar en un mausoleo en la capilla del convento.

Después de llevar la existencia de una religiosa durante treinta y cuatro años, también ella falleció y fue enterrada junto al esposo al que tanto había amado.


Dando los últimos repasos a la antología que está a punto de publicarse, tarea que me mantiene un tanto alejada. En unos pocos días espero haber terminado. Disculpen estas interrupciones en la narración.



sábado, 7 de noviembre de 2015

Comienza una saga

Château de Chantilly

El 28 de agosto de 1619, entre la medianoche y la una de la madrugada, nacía la hija de los príncipes de Condé en el château de Vincennes, una niña a la que pusieron por nombre Anne Geneviève y que, contrariamente a sus hermanos mayores, iba a vivir. Ella será la protagonista de esta nueva historia.

Con su nacimiento, la fortuna de sus padres pareció enderezar su rumbo. El 17 de octubre se reunía el Consejo en el Louvre y se decidía poner en libertad al príncipe de Condé. El mismo día el rey despachó a sus emisarios a llevar al cautivo la buena nueva, y tres días más tarde acudía una brillante comitiva a entregarle una carta de Luis XIII en la que invitaba a los príncipes de Condé a reunirse con él en el château de Chantilly, que ponía a su disposición. Chantilly ya era por entonces una de las residencias más lujosas, con unos jardines especialmente admirados. A Luis XIII le atraía mucho el lugar, ideal para las jornadas de caza en el bosque vecino, razón por la que lo visitaba frecuentemente.

El príncipe, tras cumplir con sus devociones en la capilla, subió al carruaje del duque de Luynes y emprendió el camino a Chantilly. A las tres de la tarde llegaba al château y era recibido por el gran chambelán, el duque de Mayenne, que lo condujo a presencia del rey. Condé se postró de rodillas y prometió su lealtad y gratitud por la merced que se le hacía, unas palabras que resultarían ser sinceras.


Desde Chantilly, el príncipe y su esposa siguieron a la corte hasta Compiègne para saludar a Ana de Austria. Después, tras un peregrinaje a Notre-Dame de Liesse, regresaron a París, donde el 26 de noviembre el Parlamento registraba solemnemente la declaración de inocencia de Monsieur le Prince, a quien le eran devueltos todos sus cargos y honores. En el preámbulo del documento, el rey hace recaer la culpa del largo cautiverio sobre María de Médicis y su camarilla, aunque la verdadera causa de que se prolongara tanto parece haber sido el temor de Luynes de que Condé pretendiera disputarle el trono a Luis XIII.

Los años de cautiverio habían producido cambios en el carácter de Condé. El príncipe había madurado, se había hecho más prudente y había aprendido de la adversidad. Hasta entonces se había opuesto a la autoridad real con el mismo empeño que su padre y su abuelo pusieron antes que él, pero en adelante ningún rey tendría servidor más leal que el primer príncipe de la sangre. Al fallecer Richelieu y el propio Luis XIII, Condé se convertiría en jefe del Consejo y en el principal sostén de la regente, Ana de Austria, contribuyendo hasta su muerte a salvar a Francia de los peligros que la acecharon durante la menor edad de Luis XIV.

Dos años después de su liberación, en septiembre de 1621, nacía otro hijo al que puso por nombre Luis. El niño recibía el título de duque de Enghien, y un día iba a ser conocido como el Gran Condé. Y en 1629 venía al mundo otro varón: Armando, príncipe de Conti. La saga está servida.


martes, 3 de noviembre de 2015

De la Bastilla a Vincennes

La Bastilla

La relación de Condé con su esposa era prácticamente inexistente desde su reconciliación. Sin embargo, en el momento en que el príncipe es arrestado, ella, que se encontraba en Valery, partió de inmediato hacia París y enviaba constantes mensajes a su esposo manifestándole su adhesión. Charlotte llegó al extremo de pedir a la regente que le permitiera compartir el cautiverio de su esposo, una solicitud que le fue denegada. 

Condé recibió un trato sumamente riguroso en prisión. Permanecía en un aposento sombrío, con las ventanas tan cegadas que apenas permitían el paso de un rayo de luz y, si bien al principio le fue permitido mantener sus servidores, este privilegio pronto le fue retirado.

Tras el asesinato de Concini y la partida hacia Blois de la reina madre, aquellos que habían conspirado con el príncipe regresaron a la corte y recuperaron el favor real, pero Condé permaneció en la Bastilla. El duque de Luynes, favorito de Luis XIII, envió a su tío el conde de Módena a visitarlo para informarse acerca de su salud. El prisionero le rogó que pidiera al rey que aliviara al menos el rigor de su prisión y permitiera a su esposa reunirse con él.

Duque de Luynes
Luis XIII accedió a procurarle un poco más de luz y aire, pero su salud había empeorado hasta el punto de que cada vez que se abría una ventana, se desvanecía. Días más tarde le era concedida también la segunda gracia que solicitó. El 26 de mayo de 1617 Charlotte acudía a saludar al rey y pedía de nuevo compartir el cautiverio de su esposo. Luis accede y le permite llevar consigo a una de sus damas. Como el bufón rogó que no lo separaran de su señora, recibió también permiso para acompañarla.

Aquella tarde la princesa entraba en la Bastilla, donde era recibida por su esposo con grandes demostraciones de afecto. Ambos permanecieron en dicha prisión hasta el 15 de septiembre, fecha en la que fueron trasladados a Vincennes. El motivo parece haber sido la mayor seguridad que ofrecía la fortaleza ante el descubrimiento de un plan para liberar a Condé.

Pasaban los meses y el príncipe, desanimado, comenzaba a pensar que su cautiverio sería eterno. En su desesperación prestó oídos a una propuesta de Luynes, esperando comprar su libertad al conceder la mano de su hermana a Cadenet, el hermano favorito del duque. Lamentablemente la novia fallecía al poco tiempo, y con ella morían también las esperanzas de Condé de obtener la liberación.

Pero el príncipe gozaba de más libertad en Vincennes que en la Bastilla. Se le permitía hacer ejercicio diariamente, y su salud se recuperó en buena medida. A finales de diciembre Charlotte daba a luz un hijo que no lograba vivir. Para desconsuelo de Condé, le fue negado hasta el derecho de celebrar un funeral por el pequeño, que no había podido ser bautizado.

Poco después nacían gemelos, ninguno de los cuales sobrevivía tampoco. Meses más tarde el príncipe enfermaba de tal gravedad que no se esperaba su recuperación. Los médicos que lo atendían atribuían su enfermedad al estado de profunda melancolía en que se encontraba, debido a su prolongado cautiverio y a la pérdida de sus hijos.

Vincennes

Cuando se extendió la noticia, toda la corte mostró simpatía hacia el desdichado príncipe, y comenzaron las presiones para lograr su liberación. El rey prometió considerarlo, y mientras tanto permitió que la madre de Condé y otros parientes lo visitaran. Además tuvo el gesto de devolverle su espada junto con una carta en la que lamentaba su enfermedad y le hacía vagas promesas de procurar su liberación “tan pronto como pusiese en orden sus asuntos”.

Pero los meses pasaban y Condé continuaba en Vincennes.



sábado, 31 de octubre de 2015

Prisionero en el Louvre

Enrique II de Borbón-Condé

El carácter arrogante del príncipe de Condé le impedía escuchar los consejos del cardenal Richelieu cuando le recomendaba emplear la moderación en su trato con la reina. Condé consideraba que Concini era un escollo en el camino de su ambición, de modo que intenta provocar su caída por cualquier medio, y para ello forma una cábala con cuatro duques: Bouillon, Longueville, Mayenne y Vendôme.

El 15 de agosto de 1616 el favorito, presa de gran alarma, huye de París. Como corría el rumor de que había en marcha un plan para sentar a Condé en el trono, la regente, por consejo de Richelieu y Sully, decide arrestar al príncipe junto con sus partidarios, pero temerosa de que los guardias se negaran a poner sus manos sobre un príncipe de la sangre, encontró más prudente prescindir de ellos y confiar la misión al marqués de Thémines. El marqués, un soldado gascón que había combatido valerosamente durante las guerras de religión, sería asistido por un capitán de caballería ligera.

El jueves 1 de septiembre Condé cumplía 28 años, pero no tuvo ocasión de celebrarlo. A mediodía acudió al Louvre para asistir a una sesión del Consejo y se dirigió al gabinete de la regente. Al entrar se encontró con el joven rey, quien le preguntó si iría de caza con él ese día. El príncipe se excusó y Luis XIII se retiró por una puerta mientras Thémine entraba por la otra con sus hombres.

—Monseigneur —se dirigió a él el marqués—, el rey ha sido informado de que prestáis oídos a consejos que son contrarios a su servicio, y que hay personas que intentan comprometeros en designios que causarían la ruina del Estado. Por ello me ha encomendado que me haga cargo de vos, para impedir que caigáis en ese desdichado error.

—¡Cómo! —exclamó Condé, y echó mano a la empuñadura de la espada— ¿Venís a arrestarme? ¿Sois vos, acaso, el capitán de la guardia?

—No —respondió Thémines, y agarró su brazo para impedir que desenvainara su acero—, pero soy un caballero, y estoy obligado a obedecer las órdenes del rey, vuestro amo y el mío.

María de Médicis

Sus hombres rodearon al príncipe y lo condujeron a una habitación contigua donde encontró al capitán con otro grupo de soldados, todos ellos armados con pistolas. Condé creyó llegado su último momento.

—¡Ah, soy hombre muerto! Traedme un sacerdote. Dadme al menos tiempo para dejar en paz mi conciencia.

Sus captores le aseguraron que su vida no corría peligro, y a continuación lo escoltaron hasta otra habitación en el piso superior del palacio. El príncipe parecía tan preocupado por su futuro que ni siquiera se atrevía a probar la comida.

Mientras tanto, en el mismo instante en que era arrestado, habían sido enviados destacamentos de guardias para prender a Bouillon, Mayenne y Vendôme, pero llegaron demasiado tarde: los tres habían emprendido la huida justo a tiempo.

La madre de Condé, enterada del arresto de su hijo, trató de sublevar a la población. Corría incesantemente de un lugar a otro gritando mensajes sin importar que se ajustaran o no a la verdad.

—¡A las armas, buena gente! ¡El mariscal de Ancre ha asesinado a Monsieur le Prince!

La dama logró reunir una pequeña multitud, seguramente más animados sus integrantes por las perspectivas de conseguir un buen botín que por la idea de venganza. Saquearon la casa de Concini en el faubourg Saint-Germain, pero a la mañana siguiente la regente había logrado restablecer el orden.

Charlotte-Catherine de la Trémoille, princesa de Condé

Condé permanecía prisionero en el Louvre, estrechamente vigilado. Nadie de su entorno tenía acceso a él, a excepción de su boticario, “cuyos cuidados eran necesarios tras dos meses de vida un tanto disoluta”.

Durante la noche del 24 al 25 de septiembre se despertó por el ruido de caballos y armas en el patio. Un oficial entró en sus aposentos y le pidió que se vistiera y lo acompañara. Cuando descendió hasta el patio, Condé se encontró con Bassompierre y soldados de caballería que lo aguardaban para conducirlo a la Bastilla.


miércoles, 28 de octubre de 2015

La rebelión de Condé


En teoría la regencia correspondía en Francia al primer príncipe de la sangre, que en este caso era el príncipe de Condé. Pero Catalina de Médicis había sentado un precedente en el pasado al ejercer la regencia en calidad de reina madre. Eso legitimaba ahora la de María de Médicis, que se apresuró a ocuparla apenas morir su esposo, pero todo el mundo aguardaba con aliento contenido el regreso de Condé para ver si le disputaba el gobierno. Si era así, se colocaría al frente de los hugonotes y volverían los enfrentamientos. Por eso el alivio de la reina fue enorme al ver que el joven no tenía intención de oponerse. Deseosa de conseguir que persistiera en su actitud, compró para él el Hôtel de Gondi, en el faubourg Saint-Germain, la mejor residencia de París después del palacio del Louvre; además lo confirmó en todos sus cargos y aumentó considerablemente su pensión.

Pero la conformidad de Condé era solo aparente. No olvidaba que durante años, hasta que el difunto rey había conseguido descendencia, él fue el heredero al trono, y eso había desatado su ambición. De regreso en París no tardó en lanzarse a una conspiración con los Guisa, el duque de Bouillon y el conde de Soissons.

Durante un tiempo, sin embargo, esta cábala inquietó poco, y las protestas del príncipe ante el compromiso del rey con Ana de Austria no fueron escuchadas ni hallaron mucho eco. En marzo de 1612 abandonó la corte con Soissons, pero finalmente fue persuadido para que regresara y diera su aprobación al matrimonio español.

No fue esta la única intriga a la que se arrojó de lleno. Conspiró en varias ocasiones, unos complots que terminaban nuevamente con su huida. En enero de 1614 se dirigió a Mezières y desde allí envió a la reina una larga relación de los agravios recibidos, protestando de nuevo contra el matrimonio con la infanta y solicitando que se convocaran los Estados Generales. La regente prefería negociar a aplastar rebeliones por la fuerza, de modo que accedió a convocarlos y se mostró generosa con Condé. Pero apenas se secó la tinta con la que ambos habían firmado el acuerdo, el príncipe, alentado por su logro y pensando que el enemigo mostraba debilidad, se levantó en armas y comenzó a saquear los alrededores de Poitiers, plaza que no pudo tomar.

La regente tuvo que reunir un ejército y marchó hacia el Loira en compañía de su hijo, el rey. Tomó Amboise y obligó a Condé a retirarse a Berry. En otoño se sometía el príncipe y asistía a las deliberaciones de los Estados Generales, aunque sin desempeñar un papel importante.

Durante algunos meses pareció reconciliado con la corte, pero en realidad permanecía al frente de los descontentos, y a comienzos del año siguiente ocurrió un episodio que lo condujo de nuevo a mostrar una oposición más activa.

Un caballero de nombre Marsillac había abandonado su servicio para pasar al de la reina. Condé, ofendido, ordenó a su chambelán, Rochefort, que llevara consigo algunos lacayos y le diera una buena paliza al desertor, orden que fue ejecutada tan cumplidamente que Marsillac casi pierde la vida a consecuencia de los golpes. 

María de Médicis se tomó el ultraje contra su servidor como un insulto a su propia dignidad y juró que Rochefort lo pagaría con su cabeza. Condé, al enterarse, se dirigió al Louvre para protestar ante la reina, y se produjo así una violenta escena de la que fue testigo el joven rey, que en vano trató de calmar los ánimos.

El príncipe se dedicó a fomentar la oposición durante las siguientes semanas, pero secretamente, hasta que a finales de marzo volvió a abandonar la corte. La regente no iba a darle otra oportunidad de levantarse en armas; actuó con energía haciendo que él y sus partidarios fueran declarados culpables de lesa majestad y se dirigió con Luis XIII a Burdeos, donde el 25 de noviembre se celebraba el matrimonio con Ana de Austria. Con la celebración del matrimonio los descontentos perdían su principal excusa para la rebelión, que era precisamente impedir esa boda, de modo que meses después Condé firma el tratado de Loudon.


miércoles, 21 de octubre de 2015

El regreso de Condé


El príncipe de Condé recibió la noticia de la muerte del rey con sentimientos encontrados. Aunque las relaciones entre ambos habían llegado a ser pésimas, los lazos que lo habían unido a él desde la infancia eran demasiado fuertes para ignorarlos.

Condé tenía ahora un problema: debía encontrar el modo de deshacer los que últimamente había atado con España. Su posición entre los españoles era incómoda y comprometida, en especial desde que Fuentes acudió con su séquito para felicitarlo como legítimo heredero del difunto monarca. No pasaba por alto que Enrique IV dejaba tres hijos de corta edad, pero los ministros españoles pretendían conseguir del Papa que anulara su matrimonio con María de Médicis. En tal caso, los hijos de esa unión no podrían heredar la Corona, y Condé se convertiría en el nuevo rey. Como el plan no recibió la aprobación del Vaticano, se vieron obligados a abandonarlo, aunque aún había una forma en la que el príncipe podría ser útil: mantenían la esperanza de que a su regreso a Francia disputara la regencia a la reina. 

Luis XIII

De ese modo Enrique de Condé pudo abandonar Milán el 9 de junio de 1610. Primero se dirigió a Bruselas y desde allí despachó cartas dirigidas a María de Médicis y a su hijo, convertido ahora en Luis XIII. Con ellas pretendía asegurarse de que sería bien recibido y que aquellas viejas acusaciones de traición quedarían enterradas definitivamente. 

Sus mensajes fueron bien acogidos y recibió toda clase de seguridades de que se le depararía una cordial bienvenida. Al mismo tiempo llegaba otra carta de su madre en la que le informaba de cómo su esposa había mantenido correspondencia con el rey hasta el último momento, avivando su pasión y dirigiéndose a él como “mon tout” y “mon chevalier” (“mi todo” y “mi caballero”). La señora animaba a su hijo a dejar a Charlotte con los archiduques sin siquiera despedirse de ella. Condé, en efecto, se negó a verla, pero consintió que su suegro enviara a buscarla.

María de Médicis
El 8 de julio el príncipe emprendía el viaje a París. Por el camino le salieron al encuentro un buen número de altos personajes de la corte, con instrucciones de escoltarlo hasta allí. A las 4 de la tarde del 16 de julio entraba por la puerta de San Martín, vestido de luto y montado sobre un magnífico caballo que había sido regalo de despedida del archiduque.

El buen recibimiento del rey y la regente sosegaron sus inquietudes. Iba más tranquilo cuando se dirigió al Hôtel de Lyon, donde fue visitado por algunos dignatarios. Esa noche regresó al Louvre para asistir a la ceremonia del coucher del rey, demostrando así públicamente que no albergaba los ambiciosos planes que muchos le suponían.

Durante algún tiempo persistió en su negativa de ver a su esposa. Estaba enojado con Charlotte, pero también con su suegro, el condestable de Montmorency, quien lo había acusado de crueldad hacia ella. Montmorency trató de justificarse diciendo que había actuado así bajo coacción, presionado por el presidente Jeannin por orden del rey.

Condé, animado por su madre, contemplaba la idea de divorciarse de su esposa, en la esperanza de que, una vez libre de ella, la regente le ofreciera a una de sus hijas. En caso de que eso no fuera posible, su segunda opción era la rica viuda del duque de Montpensier. Sin embargo, las dificultades a las que se enfrentaba, dada la influencia de la familia de Charlotte, le hicieron desistir, y a comienzos de agosto se reconciliaba formalmente con su esposa en Chantilly.


martes, 13 de octubre de 2015

La acusación contra la marquesa de Verneuil


Circuló un rumor según el cual Ravaillac habría querido en realidad vengar a su hermana, seducida por Enrique IV, pero esto por sí mismo no justificaría cosas como la conveniencia de la fecha elegida, justo tras la oportuna coronación de la reina. ¿Se habrían unido las dos mujeres rivales, María de Médicis y la marquesa de Verneuil, para matar a quien las había engañado a ambas? ¿Lo harían utilizando como instrumento a un hombre del que sabían por el duque de Epernon que le guardaba rencor y deseaba vengarse? Saint-Simon nos dice:

“Se ha pretendido que María de Médicis, celosa e impulsada por aquel clan doméstico que suspiraba por la regencia, se unió con la cruel amante, una y otra muy españolas y gobernadas por quien se hallaba relacionado con España, siendo Enrique IV la víctima”.

La marquesa de Verneuil sabía que un nuevo amor la había suplantado en el corazón del rey: Charlotte de Montmorency. La pasión del rey por esta jovencita era tal que el esposo tuvo que huir con ella a Bruselas y colocarla bajo la protección de España para que el rey no pudiera alcanzarla. En su locura, Enrique estaba dispuesto a declarar la guerra a España con tal de apoderarse de ella. Se rumoreaba que pensaba incluso encontrar el modo de casarse con Charlotte, lo cual debía de causar gran inquietud en la reina y llenar de resentimiento a la marquesa viendo cómo otra podía conseguir tan fácilmente aquello en lo que ella había fracasado.

María de Médicis

Hay un hecho que resulta también bastante llamativo: después de la muerte del rey, la marquesa preguntó a María de Médicis si podía volver al Louvre. La reina, que era muy celosa y tanto había odiado a la insufrible y arrogante Verneuil, le contestó por medio de un tercero:

—Siempre respetaré a todos aquellos a los que amó el rey, mi marido; puede reaparecer en la corte, donde será bien recibida.

Esto causó viva sorpresa. Por otra parte, resulta bastante extraña la calma de la reina al enterarse del asesinato del rey. Tras haberla visitado, el presidente del Parlamento pronunció esta frase terrible:

—No la he encontrado ni muy sorprendida ni muy afligida.

Pero de todos modos la marquesa no vivió mucho tiempo junto a la reina. Desapareció un día para llevar una oscura existencia en su casa de Verneuil, donde falleció olvidada de todos en 1633.

Para aquellos que quieran conocer el asunto en más profundidad, tiren del hilo del duque de Epernon y vayan desenredando la madeja. Tal vez se encuentren ustedes también cosas “tan grandes y extrañas que jamás hubiesen creído poder verlas y oírlas en su vida”.


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sábado, 10 de octubre de 2015

La acusación contra el duque de Épernon

La Conciergerie, París

Conducida de nuevo a la Conciergerie, Jacqueline d’Escoman comparece ante el Parlamento con su declaración, en la que amplía sus acusaciones y afirma que fue la marquesa de Verneuil quien había hecho asesinar en su celda al preboste de Pithiviers.

El duque d’Epernon y la marquesa fueron citados para ser interrogados en relación a la muerte del rey. El interrogatorio duró cinco horas y, según informa L’Estoile, “al día siguiente la reina regente envió al presidente un gentilhombre rogándole le comunicase su opinión sobre el proceso 

“—le diréis a la reina —respondió aquel— que Dios me ha reservado la gracia de vivir en este siglo para ver y oír cosas maravillosas, tan grandes y extrañas que jamás hubiese creído poder verlas y oírlas en mi vida. 

“Y a uno de estos sus amigos y míos, que le dijo, refiriéndose a esta señorita, que acusando a todo el mundo, como hacía, incluso a los más grandes del reino, hablaba a tontas y a locas, sin pruebas, elevando los ojos al cielo y los brazos en alto exclamó: 

“—Hay demasiadas pruebas, demasiadas… Dios quisiera que no tuviésemos tantas."


El Mercure Français menciona que los interrogatorios de Jacqueline, así como los del duque d’Epernon y la marquesa de Verneuil, fueron secretos. Finalmente el presidente dimitió, siendo convenientemente reemplazado por un amigo de la reina, Monsieur de Verdun, que además pertenecía al entorno del duque de Epernon. Entonces el Parlamento publicó su veredicto: Epernon y la marquesa quedaban absueltos, mientras que la acusadora, mademoiselle d’Escoman, era condenada por calumnia. Épernon presionó cuanto pudo para que fuera sentenciada a muerte, pero finalmente se le impuso la pena de reclusión perpetua, que fue autorizada a cumplir en un convento.

Todos estos hechos son tan peculiares que permiten sospechar que Ravaillac no fue más que un instrumento en manos de la bella marquesa, del duque d’Epernon, que aquel día había solicitado acompañar al rey en su carroza, y tal vez de María de Médicis, ya que ella hizo que cesaran todos los interrogatorios. Epernon, en su condición de coronel general de infantería, tomó el control de la capital tras el asesinato y aseguró la transmisión de la totalidad del poder a la Médicis, a pesar de que Enrique IV había dispuesto que fuera un consejo de regencia quien gobernara si él fallecía. El duque, católico convencido, había intercedido ante el rey para que autorizara el regreso de los Jesuitas. Situando a María de Médicis como única regente abría así el poder al sector católico próximo a España. En años posteriores iba a participar en la persecución y asesinato de hugonotes. Conocía además a Ravaillac y le había confiado muchas misiones en París.


Al mes siguiente del asesinato del rey, Epernon hizo trasladar a la basílica de Saint-Denis los restos del anterior monarca, su amado amigo Enrique III, el último rey Valois, quien también fue asesinado. Su sucesor había “olvidado” hacer que fuera enterrado con los demás reyes de Francia. Tras el asesinato de su amigo, Épernon se había negado a reconocer a Enrique IV como rey, e incluso trató de proclamar un gobierno independiente en Provenza, aunque finalmente se vio obligado a someterse. 

Pero ¿qué motivos tendría la marquesa de Verneuil para unirse al complot?

Eso será lo que examinaremos el próximo día.



Muchas gracias a mis lectores de México. Hoy me he encontrado con la noticia de que La Corte del Diablo ocupaba el primer puesto en historia de Francia según el ranking de Amazon. Por cierto que en México se puede conseguir la novela en papel, no solo a través de Amazon, sino también de las librerías Liverpool. 

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jueves, 8 de octubre de 2015

Detrás de Ravaillac


Tras el asesinato de Enrique IV, una mujer dejaba en palacio un extraño manifiesto. Se llamaba Jacqueline le Voyer d’Escoman, y era dama de compañía de la marquesa de Verneuil, amante del rey. Jacqueline acusaba a la marquesa de haber participado en el crimen:

“Aparte de las frecuentes visitas del rey, observé que recibía a otros personajes, en apariencia franceses, aunque no de corazón. En la Navidad de 1608 la marquesa empezó a seguir los sermones del padre Gontier, y un día, al entrar con su sirviente en la iglesia de Saint-Jean-en-Grève, se dirigió directamente a un banco donde estaba sentado el duque de Epernon; se acomodó a su lado y ambos estuvieron cuchicheando durante toda la ceremonia en voz baja y con palabras encubiertas”.

Arrodillada en la iglesia detrás de ellos, mademoiselle d’Escoman creyó entender que el tema de la conversación era una conjura contra la vida del rey.

“Tras unos cuantos días la marquesa de Verneuil me envió a Ravaillac, procedente de Marcoussis, con esta nota: “Mademoiselle d’Escoman, os envío este hombre por Étienne, ayuda de cámara de mi padre. Os lo recomiendo; cuidadle”. Recibí a Ravaillac fingiendo no saber quién era; le di de cenar y lo envié a acostarse fuera, a casa de un tal Larivière, confidente de mi señora. Un día, durante el desayuno, le pregunté a la marquesa qué interés tenía en él, y respondió que era a causa del cuidado que él tenía en los negocios del duque de Epernon… Sorprendida por estas rarezas, traté de entrar en la confianza de los cómplices para enterarme de más detalles”.


Jacqueline quiso ya entonces revelar cuanto sabía. Solicitó audiencia con la reina, alegando que la vida del rey estaba en peligro, pero María de Médicis respondió que la recibiría al cabo de tres días. Cuando se presentó en la fecha indicada, le dijeron que la reina había abandonado París. La mujer busca entonces al padre Cotton, confesor del rey, y acude a la rue Saint-Antoine, donde los jesuitas tenían su sede. El superior no le presta demasiada atención, y ante su pasividad, Jacqueline amenaza con acudir personalmente a Fontainebleau, donde el padre Cotton se encontraba con la corte.

Convertida en personaje incómodo, al día siguiente la dama de la marquesa era arrestada, acusada de haber abandonado a su hija de corta edad al instalarse en París.

Por aquella misma época el preboste de Pithiviers, buen servidor de la marquesa de Verneuil, fue arrestado por haber hablado de manera extraña sobre el asesinato del rey. 

No llegó a ser interrogado, porque se le halló ahorcado en su celda.


Jacqueline permaneció prisionera en la Conciergerie hasta enero de 1611, meses después del asesinato del rey. Pero no habían logrado reducirla al silencio. Apenas abandonar la prisión, busca a la que había sido la primera esposa de Enrique, la reina Margot, y le dice que está segura de que los culpables han sido el duque de Epernon y la marquesa de Verneuil. Margot le pide que regrese al día siguiente, pero no da crédito a sus palabras y los alerta a ambos. Cuando Jacqueline vuelve a ser recibida, Epernon aguardaba oculto en una estancia contigua, rodeado de guardias. Al terminar el relato, el duque abandona su escondite y la hace arrestar...


domingo, 4 de octubre de 2015

La muerte de Enrique IV

Enrique IV

El embajador español escribía a Felipe III que la pasión del rey de Francia había alcanzado un punto en el que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Su salud se veía afectada, había perdido el sueño y algunos creían que también la razón. Esperaban ver de un momento a otro a Enrique IV marchando sobre Bruselas al frente de un gran ejército.

Inasequible al desaliento a la hora de lograr su objetivo, Enrique hace un nuevo intento por tener a la princesa de Condé de regreso en la corte. El pretexto era su presencia en la coronación de la reina, María de Médicis, tantas veces pospuesta. Pero la reina no se mostró favorable al proyecto, causando con ello la ira de su esposo, que llegó a declarar que suspendería la ceremonia. Ella lloró amargamente, tanto por el desaire como por el extraordinario empeño que ponía el rey en recuperar a una de sus damas, una situación que le resultaba sumamente humillante.

María de Médicis

Mientras tanto la princesa de Condé, aburrida en la corte de Bruselas, se dedicaba a alentar la pasión del rey respondiendo a sus cartas con ternura. Se quejaba del control al que estaba sometida, y aseguraba que acabaría por minar su salud si Su Majestad no procuraba su pronta liberación.

Su esposo continuaba en Milán. Para entretenerse, Condé se dedicaba al estudio de las ruinas y monumentos antiguos y a traducir a Tácito. Enrique temía que el primer príncipe de la sangre cayera definitivamente bajo la influencia de España, de modo que despachaba enviados para persuadirlo de que resultaría más acorde con su dignidad trasladarse a Roma y ponerse bajo la protección del Papa, en lugar de permanecer junto al enemigo de su país. Por un momento Condé pareció dispuesto, pero acabó por descartar la idea.

Inesperadamente, el 14 de mayo iba a resolverse el conflicto. El día anterior había sido el fijado para la coronación de la reina. Cuando María de Médicis salía de la basílica de Saint-Denis, el rey se encontraba de muy buen humor y, asomado a una ventana, le gastó la broma de regarla con un vaso de agua. Nadie imaginaba entonces lo que estaba a punto de ocurrir tan solo un día después, cuando al pasar por la calle de la Ferronnerie, un atasco obligó a la carroza real a detenerse. Un individuo saltó bruscamente por la rueda posterior y hundió tres veces el cuchillo en el pecho de Enrique IV.

—¡Ah, me han herido! —exclamó el monarca.


Monsieur de Montbazon, que sorprendentemente no se había dado cuenta de nada a pesar de que estaba a su lado, inquirió:

—¿Qué os ocurre, Sire?

—Nada, no es nada —se esforzó el rey por contestar.

Entonces brotó de su boca un chorro de sangre y expiró.

Mientras lo trasladaban precipitadamente al Louvre, sus guardias arrastraron al asesino al palacio de Gondi para proceder a un primer interrogatorio. Sin embarto, no lograron hacerle hablar, teniendo que conformarse con su nombre: François Ravaillac. El asesino había cumplido muy bien su misión al aguardar a que la reina fuera coronada.

Al enterarse de la muerte del rey, el pueblo, que había acabado por amarlo, quedó aterrado. Los comerciantes cerraron sus tiendas y muchas personas lloraron. El día de los funerales todo París estaba en la calle. “La muchedumbre era tan densa que la gente se mataba para poder ver el cortejo”.

El 26 de mayo Ravaillac fue ejecutado ante un pueblo muy excitado. A pesar del suplicio jamás reveló ningún nombre, llegando a pensar los jueces que carecía de cómplices.


Os recuerdo que el kindle de La Corte del Diablo tiene estos días un descuento promocional del 67% en Amazon. Gracias a los que habéis aprovechado ya la oferta, que no sé hasta cuánto durará, pero nunca es más allá de unos pocos días.


jueves, 1 de octubre de 2015

LA CORTE DEL DIABLO: HOY KINDLE A 0,99 €


Me complace anunciar que Amazon ha aplicado al kindle de La Corte del Diablo un descuento promocional del 66% en algunos países para el día de hoy. En España el precio es 0,99€, en USA $1.11 y en México $15.

Espero que no dejen escapar la ocasión de visitar la corte de Catalina de Médicis y los últimos Valois, porque tal vez no vuelva a repetirse una oferta como esta.

En la columna de la derecha encontrarán los enlaces para descargar el kindle en diversos países, incluidos los mencionados.

Muchas gracias,

Montserrat Suáñez


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Recuerdos de Troya


El marqués de Coeuvres había estado a punto de ser capturado. Cuando se enteró de la traición, ya había entrado en el Hôtel de Nassau, pero pudo abandonarlo antes de que fuera demasiado tarde para él. Con gran presencia de ánimo y sangre fría, a la mañana siguiente acudió al palacio de los archiduques para quejarse del insulto hecho a su rey con las exageradas medidas de seguridad que habían sido tomadas en torno a la princesa de Condé, y por los informes calumniosos que circulaban por toda la ciudad implicándolo en el intento de rapto, punto que negó resueltamente. El archiduque, muy cortés, replicó que él no daba crédito a esos rumores, pero que, como el príncipe de Condé había insistido en ser protegido por la guardia, se había sentido obligado a acceder a su petición.

Coeuvres abandonó el palacio para regresar al Hôtel de Nassau en compañía del embajador francés. Una vez allí, presentó a Condé una acusación formal en la que se le declaraba culpable de alta traición si continuaba negándose a someterse a su rey. 

El príncipe preparó su escrito de respuesta. En él decía que había abandonado Francia para salvar su vida y su honor, aunque estaba dispuesto a regresar si se le ofrecían unas condiciones que le permitieran residir a salvo allí. En tal caso viviría y moriría leal al rey; pero que cuando Su Majestad se apartaba del camino de la justicia y procedía con violencia contra él, consideraba nulos tales actos y no debía acatarlos.

El marqués se negó a recibir el documento.


Después de eso Condé temía no estar a salvo ya en los Países Bajos, y por consejo de Spinola y del embajador español en Bruselas, decidió dirigirse en busca de asilo a Milán, por entonces también posesión española. Partió el 21 de febrero, disfrazado y en compañía de Rochefort y uno de los hombres de Spinola, que iba a actuar como guía e intérprete, pero antes el príncipe arrancó a los archiduques la promesa de que no permitirían que su esposa abandonara el palacio sin su consentimiento.

Para España era importante tener en su poder al primer príncipe de la sangre francés. Hacía el número tres en la lista de herederos de la Corona, de modo que podían utilizarlo para reforzar su posición en las negociaciones con Enrique IV en caso de necesidad. Desde Madrid se recibieron instrucciones para que Condé fuera recibido por el gobernador español con todos los honores. Se mandaba que fuera alojado en el palacio ducal y que se le concediera un gran número de servidores.

Mientras tanto la situación adquiría un cariz preocupante. Puesto que los archiduques se negaban a entregar a la princesa, el rey de Francia recurrió a las amenazas y les anunció que si persistían en su negativa, la consecuencia sería la guerra. Enrique recordó al embajador de los archiduques que Troya había caído porque Príamo no entregó a Helena.


Y, en efecto, Francia comenzó a prepararse para la guerra…



lunes, 28 de septiembre de 2015

El rapto de la princesa de Condé


El plan para raptar a la princesa de Condé fue aprobado sin reparos por el rey, pero este no guardó la debida discreción y el asunto llegó a oídos de la reina. María de Médicis decidió tomar cartas en el asunto e informó de él al nuncio Ubaldini, amigo de su familia. El nuncio, a su vez, lo puso en conocimiento del embajador español, que rápidamente despachó un correo en dirección a Bruselas para prevenir a Spinola.

Spinola aconsejó al príncipe de Condé que rogara a los archiduques que acogieran a su esposa en palacio, lo que le fue concedido. Se fijó la fecha del 14 de febrero para el viaje de la princesa, pero el marqués de Coeuvres, ante la dificultad que entrañaría raptar a Charlotte una vez se encontrara residiendo con los archiduques, decidió llevar a cabo el plan la noche anterior a su partida.

Los aposentos de la princesa de Condé en el Hôtel de Nassau daban al jardín, separado de las murallas tan solo por un camino muy estrecho. Aprovechando el jaleo de los preparativos para el viaje que emprendería a la mañana siguiente, Charlotte bajaría al jardín, lo atravesaría y llegaría a la calle. En las murallas se abriría una brecha, lo bastante amplia para permitir su salida, y al otro lado del foso, vacío por entonces, aguardarían jinetes al mando de Manicamp para escoltarla hasta la frontera, mientras otro grupo de soldados cubrirían la fuga.

No existe unanimidad respecto a si Charlotte conocía el plan y había dado su conformidad, pero los datos de los que disponemos inclinan a pensar que era así: aquella misma tarde una de sus servidoras había llevado a la embajada francesa ropa de su señora.

Spinola

Pero resulta que Spinola tenía espías en el entorno del marqués de Coeuvres. Conoció el plan a través de un aventurero francés al que pagaba por información, y se apresuró a comunicárselo a Condé. Este recurrió a los archiduques en demanda de auxilio y protección y comenzó a armar un buen alboroto. Pronto su residencia se encontró rodeada por soldados y por quinientos ciudadanos armados que acudían dispuestos a defenderlo, enviados por el príncipe de Orange. Jinetes y hombres provistos de antorchas patrullaban los alrededores mientras por la ciudad corrían los más extravagantes rumores. Se decía que el propio rey de Francia se encontraba a las puertas de la ciudad y que venía con la intención de llevarse a la princesa por la fuerza.

Enrique se encontraba en realidad en Saint-Germain-en-Laye. Esa mañana había salido de París de excelente humor para reunirse allí con su amada. Pero, para su desaliento, ella no llegó. En su lugar apareció un correo portador de noticias que daban cuenta del fracaso del plan. La alegría desapareció del ánimo del rey, que regresó a París y escribió una carta al marqués de Coeuvres en la que lo cubría de reproches y lo tachaba de asno e imbécil.