lunes, 24 de noviembre de 2014

Montespan versus Maintenon

Madame de Montespan

Madame de Montespan se encaminaba hacia su ocaso. El último embarazo, unido a su glotonería desenfrenada, le había hecho perder hasta la ínfima traza que aún quedaba de lo que en un día había sido su figura. Ahora su silueta de antaño era tan sólo un recuerdo a añorar. Pero Athénaïs no sólo había perdido sus atractivos físicos; también los otros se habían ido secando, desgastando con el tiempo. Desesperada porque comprende que ha perdido el amor del rey, ya tan sólo se percibe en ella el amargor del veneno que destila por todos sus poros, una acritud que vuelca sobre Madame de Maintenon.

“Se molesta conmigo, ¡como si yo no le hubiese aconsejado no tener más hijos!”, escribe Françoise. 

Athénaïs comienza a dejar de lado todo disimulo y la acusa directamente: le reprocha que en el fondo se alegra de su desgracia porque en realidad Madame de Maintenon ama al rey. Y, lo que resulta más revelador, su rival no lo niega. “Yo me burlé de eso y le dije que no le convenía reprocharme una falta cuyo ejemplo me había dado ella”, se limita a argumentar.

—¡Vuestro favor durará tanto como el mío! —le advierte Athénaïs.

—A mi edad, no se puede hacer sombra a un espíritu cabal —sonríe Françoise.

—¿Y quién os retiene aquí?

—La voluntad del rey. Mi deber, la gratitud y el interés de mis allegados.

Madame de Montespan estalla sin poder contenerse más.

—¡Os he alimentado y vos, a cambio, me ahogáis! —exclama con resentimiento.

Madame de Maintenon

A partir de entonces estas escenas se repiten. Aunque aparentemente Françoise se mantiene entera e incólume, estos enfrentamientos hacen mella en su ánimo y vuelve a pensar en huir lejos de allí. “Agobiada por las preocupaciones, me veo obligada a parecer alegre y contenta. Debo tragarme mis lágrimas. ¡Oh! ¿Cuándo podré al fin llorar en libertad?”

El momento comienza a presentirse próximo: el duque de Maine cumplirá pronto diez años, y cuando llegue ese día dejará de estar al cuidado de la institutriz para pasar a ser educado por hombres.

Mientras tanto Luis sigue encontrando el modo de pasar tiempo con ella diariamente. Ya no es la compañía de Athénais la que busca. Cada noche dedica dos horas a conversar con la viuda, un tiempo que Madame de Maintenon aprovecha para dar buenos consejos al rey y pedirle que sea más atento y cariñoso con su esposa. Liselotte afirma que en una ocasión la oyó decirle a Luis “que se condenaría si no vivía mejor con la reina”. María Teresa llega a tener noticias de estos buenos oficios y, poco acostumbrada, llora conmovida.


lunes, 17 de noviembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: MI PRIMERA NOVELA


Queridos cortesanos, hoy tenemos un nuevo motivo de celebración, y no precisamente pequeño. Tengo el placer de anunciarles que Ediciones Áltera publicará próximamente mi primera novela, que llevará por título La Corte del Diablo. La acción transcurre en tiempos de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX, una época convulsa y propicia a la intriga, la conspiración y la aventura. Tanto o más que la que nos ocupa en este espacio.

La fecha de lanzamiento estimada es el 27 de enero del 2015. Y, por supuesto, no firmaré como Diana de Méridor, sino como Montserrat Suáñez.

Si a alguno de ustedes les interesa el tema, por favor, no se gasten en Navidad todo su presupuesto para libros y reserven un poco para hacerse con un ejemplar de La Corte del Diablo. A cambio puedo prometerles que no se aburrirán. Sale tanto en papel como en formato ebook, por lo que aquellos que no residen en España, en caso de que no pudieran hacerse con un ejemplar, también encontrarán otro modo de leer la novela.

Les dejo un link para poder adquirirla online en cualquiera de los dos formatos, papel o kindle:

La Corte del Diablo online

Y las personas que me preguntan desde México, también en su país la pueden descargar en Amazon en este link:

La Corte del Diablo en México

También en la página de Amazon USA:

La Corte del Diablo en USA

Muchísimas gracias a todos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El hermano de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon

El hermano de Madame de Maintenon se ha enamorado de Geneviève Piètre, hija de Simeón Piètre, procurador del rey y de la villa de París; es decir, una burguesa, y además sin fortuna. Empeñado en el matrimonio contra viento y marea, Charles d’Aubigné logra su propósito. De esa unión iba a nacer una hija que sería educada por su tía desde la más tierna infancia. No olvidaría Françoise procurarle un magnífico matrimonio con el conde de Ayen, posteriormente mariscal de Noailles.

Charles era la oveja negra. O más bien debería decir una de ellas, pálida sombra de la que había sido su propio padre. El hermano de Françoise, aunque con un fondo bondadoso y honesto, era un manirroto. Una de las pocas virtudes que tenía era la sinceridad, pero de bien poco le servía, porque la llevaba a extremos que le hacían caer en abierta indiscreción, o incluso podríamos decir impertinencia. Ella se moría de vergüenza cuando Charles, en plena galería de Versalles, osaba emplear el término “cuñado” para referirse al rey.

Charles, “loco de atar”, como lo definía Saint-Simon, no había pasado de ser capitán de infantería, aunque sus ambiciones le hacían anhelar el cargo de mariscal. No lo consiguió, pues por muy hermano que fuera de Madame de Maintenon, Luis no lo veía capacitado.

Françoise lo tomaba como una cruz que había de sobrellevar, siempre pendiente de que no se descarriara. Él, en general, se dejaba manejar por su hermana, pero se mantuvo inflexible con respecto a la cuestión de su matrimonio. Los planes de Madame de Maintenon para casarlo con alguna viuda madura y acaudalada se vieron frustrados, lo cual no le habría causado tanto disgusto si la elección de su hermano se hubiera ajustado más a lo razonable. Cuando Françoise conoce a la novia y pasa unos días junto a ella, su opinión empeora. La encuentra frívola, egoísta y maleducada. Ni siquiera le parece bonita y no entiende qué ha visto Charles en ella. Una vez aconsejó a su cuñada comprar un vestido de interior para el verano que fuera sencillo y liso, y Geneviève exclamó:

—¡Cómo! ¿Sin oro ni plata?

Madame de Maintenon no precisó de más para catalogarla, y dirige a su hermano una carta en la que le expresa abiertamente su opinión, con esa falta de tacto que podía ser característica de él, pero rara vez de ella:

“Vuestra esposa necesitaría pasar más tiempo aquí, pues es una criatura que ha sido muy mal criada, y si no apoyáis los consejos que yo le doy, os arrepentiréis algún día, pues no será aceptada por las personas decentes.

“Me parece que es una joven a la que se ha mimado como hija única y como burguesa, que es la gente que peor educa a sus hijos. Es desordenada en todo: desayuna a las once y no puede almorzar. Come dulces en las colaciones… En fin, es la imagen de la burguesía, lo que se llama una parlanchina de París. Habla como en el mercado, pero ése es el menor inconveniente, pues aprenderá a hablar bien francés. La encuentro muy dedicada a su persona, y los tontos de sus padres parecen creerla bella; está muy lejos de serlo y yo ya se lo he dicho; hay que persuadirla, para que no caiga en el ridículo en ese aspecto”.

***

La próxima semana haré un importante anuncio que ya he adelantado en mi otro blog, una noticia que hace tiempo que anhelaba compartir con todos ustedes.


viernes, 7 de noviembre de 2014

El ramillete del rey

Anne-Julie de Rohan-Chabot, Princesa de Soubise

Madame de Montespan no se inquieta por esas aventuras pasajeras del rey. Aún se siente poderosa y hace alarde de ello ante toda la corte dejando que la vean con la cabeza apoyada sobre los hombros de Luis. Tal vez no sabe que para él ya apenas es algo más que la fuerza de la costumbre lo que sigue llevándolo hasta ella. La pasión se extingue, y ahora es otra quien la inflama. 

Como no puede satisfacer sus deseos, los ojos del rey continúan volviéndose hacia todas aquellas bonitas novedades que pueblan la corte. Después de Mademoiselle de Théobon, de la condesa de Louvigny o de la princesa de Soubise, Luis fue a fijarse en una rival que se revelaría más peligrosa que todas ellas: Mademoiselle de Ludres, a quien en su momento dedicamos varios capítulos en esta corte. 

Athénaïs comenzó a preocuparse el día en que vio cómo todas las damas se ponían en pie cuando la jovencita entraba en el salón. Eso significaba que todos le habían otorgado ya su mismo rango. La reina, en cambio, para entonces hacía tiempo que se hallaba sumida en la resignación, curtida la piel por mil historias previas. Al tomar conciencia de esta nueva preferencia de su esposo, se limitó a encogerse de hombros y a comentar, no sin cierto sentido del humor, que “el problema concernía a Madame de Montespan”.

Probablemente Isabelle de Ludres hubiera constituido un serio peligro de haber sido más inteligente, pero su propia imprudencia la perdió. La joven se jactaba de su nueva posición y se atrevía a escribirle personalmente al rey cuando éste partió con el ejército. Dicho comportamiento irritaba a Luis y fue causa de la ruptura entre ambos.

La princesa de Soubise

Madame de Maintenon, mientras tanto, se enfrenta a la desdicha de perder a uno de sus grandes amigos, el duque de Albret, tan unido a ella que algunos pensaban que en un tiempo había sido su amante. Su muerte la afectó mucho. “Me escribió una hora antes de expirar, en un estilo que prueba su espiritualidad y la amistad que sentía por mí. Es una pérdida irreparable y que me entristece mortalmente”.

Además el estado del duque de Maine volvía a agravarse, hasta el punto de que los médicos habían perdido toda esperanza de recuperación. Madame de Maintenon obtiene permiso para regresar con él a Barèges, pero esta vez no se producen los mismos resultados casi milagrosos del primer viaje.

Un nuevo problema se sumaría a los anteriores causando su disgusto: su hermano, Charles d’Aubigné, se ha enamorado a sus 44 años de una jovencita de sólo 16, una simple burguesa que carece de fortuna y a la que Françoise no encuentra ni siquiera bonita.