jueves, 30 de octubre de 2014

La condesa de Louvigny


Marie Charlotte de Louvigny, tercera y última de las hijas del marqués de Castelnau, era diez años más joven que el rey. Cuando tenía 19 años se enamoró durante el transcurso de un baile en la corte de Antoine Charles de Gramont, quien por entonces ostentaba el título de conde de Louvigny. Antoine era hermano de la princesa de Mónaco y del famoso Guiche, que tantas páginas ocupó en esta corte en relación con Minette. 

Al igual que su hermano, Louvigny era un hombre extremadamente galante y, según Saint-Simon, tenía “el rostro más hermoso que pudiera contemplarse, y el más masculino”. Gramont dirigió pronto sus atenciones hacia Charlotte con notable éxito. Parece que la pasión entre ambos se desbordó, porque el mismo Saint-Simon nos narra que “se casó con la hija del mariscal de Castelnau, con la cual había llevado un poco lejos la galantería. Su hermano, que murió más tarde convirtiéndola en una rica heredera, no se tomaba a broma esos asuntos y se ocupó de casarlos”.

La boda se celebró el 15 de mayo de 1668, y de ese matrimonio nacerían dos hijos: la mayor, Catherine Charlotte, sería la futura duquesa de Boufflers, y el menor fue Antoine, duque de Gramont.

Lamentablemente su unión, aunque hecha por amor, no trajo la felicidad a Charlotte, porque el esposo era un jugador empedernido que no parecía capaz de renunciar a su comportamiento libertino de siempre. Ella debió de considerar que, dadas las circunstancias, no habría inconveniente en que dejara de ser una esposa fiel. 

Antoine Charles de Gramont, conde de Louvigny

El rey, desde luego, no fue su primer amante. En 1672 circulaba por la corte una canción satírica que señalaba claramente el amor de la dama por el conde de Marsan, de la segunda compañía de mosqueteros del rey. Marsan era el hermano menor del malvado Caballero de Lorena. 

Más curiosos fueron sus amores con el marqués de Manicamp, uno de los favoritos de Monsieur y que, según la misma canción, tenía fama de “mépriser fort le devant”, es decir, de ser un sodomita redomado. Pero como en esta corte todo solía ser tan ambiguo y los amantes de Monsieur podían serlo también de Madame, en este caso Manicamp dedicaba sus atenciones a la condesa de Louvigny, y no le agradó enterarse de hacia qué caballero se orientaban las preferencias de Charlotte. Sin embargo, al cabo de algún tiempo logró desbancar al conde en sus afectos. 

El esposo de la condesa, por su parte, amaba a Mariana Mancini, duquesa de Bouillon, la menor de las sobrinas del cardenal Mazarino. Para rizar el rizo, el propio Manicamp era el confidente de esos amores. No sé si alguno de ustedes se habrá perdido ya.

Parece ser que fue cuatro años después de este enredo cuando la dama comenzó una relación con el rey, tan intrascendente que casi pasó desapercibida. Se trataba, precisamente, de la época en la que Athénaïs aguardaba el nacimiento de su hija, Mademoiselle de Blois. De todos modos, el asunto no duró mucho: todo terminó cuando la favorita regresó a la corte tras reponerse de las fatigas del parto.

Poco después fallecía el suegro de Charlotte, y de ese modo ella y su esposo se convertían en el duque y la duquesa de Gramont. La dama aún viviría 16 años más, hasta fallecer el 29 de enero de 1694. El viudo volvió a contraer matrimonio, aunque no de modo inmediato. Tenía casi 70 años cuando se casó con Anne Baillet de la Cour.


domingo, 26 de octubre de 2014

Mademoiselle de Théobon

Château de Maintenon

Françoise no debió de sentirse muy cómoda durante el año que siguió al regreso de Madame de Montespan, porque Athénaïs, durante su embarazo, se retiraba de vez en cuando a Maintenon para reponerse de los ajetreos de la corte. Fue allí precisamente donde, en mayo de 1677, eligió dar a luz a su hija Françoise, la segunda Mademoiselle de Blois, aquella que un día se convertiría en la esposa del Regente. 

Seguramente su elección fue deliberada, calculada para recordarle a su rival quién seguía ostentando el primer lugar. Y, sin embargo, Athénaïs se equivocaba. En esos momentos era para Luis tan sólo una especie de premio de consolación: seguía con ella porque no podía tener a la que él hubiera deseado. Madame de Maintenon, en efecto, no cede a sus pretensiones. Sabemos por una carta que ella escribió al abate Gobelin que “Se me ha demostrado ternura, pero, si he de deciros la verdad, no se me ha persuadido, y no podría renunciar al proyecto que elaboré con vos”. Ese proyecto era el de abandonar la corte.

Con Athénaïs frecuentemente apartada debido a su próxima maternidad y Françoise siempre esquiva, el rey buscaba aventura en otros lugares, romances pasajeros que no dejaban huella, como fue el caso de Lydie de Rochefort-Théobon, una belleza morena del Périgod hija del marqués de Rochefort-Théobon, y miembro, por tanto, de una familia cuyo rancio abolengo se remontaba a la Edad Media, si bien por parte de su madre descendía de judíos sefarditas.

Lydie tenía la misma edad del rey y ya en el pasado había mantenido una relación con él, algo que, aunque no muy serio, se mantuvo durante dos años, en una época en la que ella era dama de honor de la reina María Teresa.

Tuvo un hermano llamado Charles, caído en la guerra contra Holanda. Sintió tanto su muerte que fue a encerrarse una temporada en el convento de las hermanas de la Visitación, en la rue Saint-Antoine. También tenía una hermana, Mademoiselle de Loubès, dama de honor de la Princesa Palatina pero que resultó ser una espía al servicio del Caballero de Lorena.

Château de Chambord

La relación de Lydie con Luis da comienzo en Chambord en 1670, poco antes de la representación de la obra de Molière que lleva por título El burgués ennoblecido. Pero Madame de Montespan permanecía alerta a cuantos peligros pudieran presentarse para ella entre las damas de la reina y no se detuvo hasta conseguir que aquellas que podrían llegar a amenazar sus intereses fueran alejadas de la corte. Empleó para ello todas sus armas, lo que nunca excluyó la falsedad y la calumnia que tan bien manejaba. Finalmente, el 26 de noviembre de 1673 logró su propósito. Las más bonitas y casquivanas, entre ellas Lydie, fueron sustituidas por otras damas de corte más devoto y piadoso. Mademoiselle de Théobon pasaba a ser dama de la segunda esposa de Monsieur, la Princesa Palatina, de quien pronto se convirtió en amiga y confidente.

En 1676 Madame de Sévigné hace alusión en una carta a su hija de la reanudación de las atenciones que el rey dedicaba a Lydie. Por entonces Mademoiselle de Théobon tenía planes de casarse con el futuro teniente general del Languedoc, aunque finalmente sus proyectos se vieron frustrados. Fue otra dama, Mademoiselle de Coëtlogon, quien se casó con Louis de Cavoye. Lydie acabará contrayendo matrimonio en 1678 con el conde de Beuvron, capitán de la guardia de Monsieur, del que enviudaría diez años más tarde.

Debido a la amistad y lealtad que mostró siempre hacia la Princesa Palatina, se involucró con frecuencia en los asuntos que eran causa de desacuerdo entre Liselotte y Monsieur, lo que le valió ser expulsada por él en 1682.

Lydie había sido educada en la fe calvinista, pero tres años más tarde, tras la revocación del Edicto de Nantes, se convirtió al catolicismo.

Liselotte

Con el tiempo se encontró viuda, sin hijos y arruinada, una situación que la Princesa Palatina se apresuró a remediar al conseguir de Luis XIV que aumentara considerablemente su pensión.

En 1694, y para poder regresar a la corte, Lydie se mostró dispuesta a contraer un segundo matrimonio, esta vez con el marqués de Effiat, uno de los favoritos de Monsieur. Pero Liselotte prohibió este matrimonio que le parecía demasiado escandaloso. La dama no pudo regresar entonces, pero lo hizo unos años después, en 1701, a la muerte de Monsieur, cuando la Princesa Palatina volvió a tomarla a su servicio.

El 23 de octubre de 1708 fallecía en el château de Marly Lydie de Rochefort-Théobon, condesa de Beuvron, a la que Saint-Simon describió una vez como “muy amable y una amiga buena y leal”. Decían, también, que a sus 70 años aún podía percibirse la mujer hermosa que había sido un día.


domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve Madame de Montespan


Cuando Madame de Maintenon regresa de Barèges, el rey recibe la más grata de las sorpresas, algo recogido en la correspondencia de Madame de Sévigné:

“Nada fue más agradable que la sorpresa que se le dio al rey. No esperaba al señor duque de Maine hasta el día siguiente; lo vio entrar a su habitación llevado solamente de la mano por Madame de Maintenon. Fue un transporte de alegría”.

Ver al niño caminar por sí mismo cuando nadie esperaba que volviera a hacerlo, fue más de lo que Luis esperaba, y sabía muy bien que ello había sido posible, sobre todo, debido a los intensivos cuidados de la institutriz más que al tratamiento. Toda la corte comenzaba a tratarla con una deferencia que la situaba incluso por encima del alto puesto que ocupaba; le rinden unos honores que, sin embargo, no parecen impresionar a Françoise. “Los unos le besan la mano, los otros el vestido, y ella se burla de todos”, nos cuenta Madame de Sévigné.

Madame de Maintenon se siente cada vez más inquieta por los avances del rey, poco inclinado hacia una relación platónica, que sería la única que ella admitiría. “Es algo muy difícil de acomodar, y me paso la vida en turbaciones que me quitan todos los placeres del mundo y la paz necesaria para servir a Dios”. Françoise desea abandonar la corte, huir. De vez en cuando se refugiaría en sus tierras de Maintenon, pero pronto el deber la reclamaba de nuevo junto a los niños.

Luis XIV vestido para un baile de disfraces

Luis presiona, acorrala, intensifica su cerco. Tiene 37 años y amplia experiencia acumulada en estas lides, mientras que Françoise, por el contrario, tan solo cuenta con su virtud como arma para afrontar sus estrategias. Se siente al borde del abismo; teme claudicar. El 27 de junio de 1676 escribe a su confidente, el abate Gobelin:

“Deseo más ardientemente que nunca estar fuera de aquí, y me afianzo más y más en la opinión de que aquí no puedo servir a Dios”.

Madame de Montespan, mientras tanto, no daba la partida por perdida. Se había retirado temporalmente a su mansión de Clagny, próxima a Versalles. Madame de Maintenon sabía que su vida se complicaría aún más si su rival lograba recuperar el favor del rey. “Seguramente no ha habido falta por mi parte, y, no obstante, si alguien tiene motivo de arrepentimiento, es ella. Es cierto que ella puede decir “yo soy la causa de su encumbramiento. Yo soy quien hizo que el rey la conociese y gustase de ella; luego se convierte en favorita y yo soy expulsada”. Por otra parte, ¿cometí un error al darle buenos consejos y haber tratado, en la medida de mis posibilidades, de desbaratar sus manejos?”

El alejamiento de Madame de Montespan tan solo duró unos meses. A finales de verano regresaba y recuperaba a Luis sin ningún esfuerzo. Por deseo de él, la entrevista entre ambos había sido pública. No tenía intención de dedicarle mucho tiempo durante ese encuentro, apenas el necesario para intercambiar unas palabras de bienvenida; sin embargo, en cuanto la vio su voluntad flaqueó y la pasión que le inspiraba volvió a arrebatarlo. Ambos terminaron de nuevo en el lecho, y el reencuentro iba a traer como consecuencia un nuevo embarazo de Athénaïs cuando todos la daban por acabada.



domingo, 12 de octubre de 2014

La estancia en Barèges


Madame de Maintenon no tiene tiempo ni ánimos para alegrarse de la ausencia de Athénaïs: la dolencia que el pequeño duque de Maine padece en la pierna empeora y ya casi no puede caminar. Entre todos los hijos del rey, es él quien le inspira la más profunda devoción. Ama a ese niño por encima de todas las cosas, y por esas fechas no hay otro asunto capaz de ocupar su cabeza. 

Los médicos recomiendan las aguas de Barèges, en los Pirineos, y hacia allá parte la institutriz en compañía de Maine. La comitiva debía detenerse frecuentemente, porque eran muchos los que deseaban agasajar al niño. El mariscal d’Albret les salió al paso para escoltarlos hasta Burdeos, donde los aguardaban grandes festejos.

El viaje, sin embargo, no carecería de sinsabores, porque durante el niño cayó gravemente enfermo durante el trayecto. La inquietud fue enorme hasta verlo recuperar la salud y poder así emprender de nuevo el camino.

Una vez llegados a sus destino, permanecerán tres meses en una casa sin apenas comodidades, tan pequeña que el niño y ella debían compartir la única habitación. Françoise continúa muy contenta con su misión, como escribe a sus amistades:

“ Me parece que hace mil años que no oigo hablar de la corte y de París. No me he aburrido ni un momento. El señor duque de Maine es un delicioso compañero. Necesita cuidados continuos, pero la ternura que siento por él me los hace muy agradables.”

Luis XIV

Mientras tanto, no cesa de recibir cartas del rey interesándose por el progreso de su hijo y, al parecer, continuando con el asedio a la plaza. “No recibo cartas más que de un solo hombre… cuya amistad es más viva de lo que deseamos. Son unas cartas que, lamentablemente, no podemos leer hoy, porque Françoise las quemó antes de morir.

El tratamiento arroja pronto resultados esperanzadores y que indican que el niño podrá volver a caminar:

“Aunque no sea muy vigorosamente, cabe esperar que pueda caminar como nosotros. No imagináis toda la ternura que siento por él, pero me conocéis bastante para no dudar de que este afortunado éxito de mi viaje me procura un gran placer”.

Maine, en efecto, ya no será un inválido, aunque cojeará toda la vida.


sábado, 4 de octubre de 2014

La venganza de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon


Es la propia Madame de Maintenon quien nos cuenta cómo se vengó de Madame de Montespan: 

«Me vi bastante bien con el rey, como para hablarle libremente, un día de recibo en los apartamentos, y tuve el honor de pasearme con él mientras los demás jugaban o hacían otra cosa. Me detuve cuando estuve a distancia de no ser escuchada:

»—Sire, vos amáis mucho a vuestros mosqueteros; eso es lo que os ocupa y os entretiene hoy. ¿Qué haríais si vinieran a deciros que uno de esos mosqueteros, que vos amáis tanto, ha tomado a la mujer de un hombre vivo y cohabita actualmente con ella? Estoy segura de que esta noche misma lo haríais salir del cuartel de los mosqueteros y que ya no dormiría allí, por tarde que fuese.»

El dardo apuntaba certero. Françoise le representaba al rey una situación que era precisamente la que él vivía junto a Madame de Montespan, una mujer casada con uno de sus súbditos. Aunque hacía tiempo que el matrimonio se había separado, dicha separación se había producido a causa de la relación de Athénaïs con el rey, pública y notoria. La astuta viuda le hacía ver que el rey no podía observar una conducta que castigaba en otros. Una actitud muy osada por su parte, puesto que podía resultar que se produjese el efecto contrario al esperado e incurriera en su disgusto. Todo ello parece indicar que había llegado a conocer muy bien a Luis y que estaba perfectamente segura de su estima.

El rey se hizo el tonto y se limitó a reírse, pero había entendido perfectamente. Piensa que Françoise tiene razón, y que, además, mientras retenga a Madame de Montespan a su lado no va a tener ninguna posibilidad de lograr conquistarla a ella.

Bossuet se une con sus sermones a esta campaña contra la favorita, y finalmente aquel frente común comienza a ganar la batalla. Luis termina por pedirle a Athénaïs que abandone la corte...