jueves, 25 de septiembre de 2014

Ella sabe amar


“Ella sabe amar. Sería placentero ser amado por ella”. (Luis XIV)


Luis XIV entrega a la institutriz de sus hijos una suma con la que podrá comprar unas tierras y adquirir así un título. Ella aseguraba que todo lo debía al pequeño duque de Maine, que tanto la elogiaba ante su padre y no dejaba de testimoniarle su cariño. Una parte de los cortesanos, sin embargo, estaban convencidos de que el rey había tenido este rasgo de generosidad para tratar de retenerla en un puesto que estaba resuelta a abandonar, mientras que otros sospechaban que Françoise había acabado cediendo y convirtiéndose en su amante. Nunca podremos saberlo con certeza, aunque esta última teoría no parece armonizar bien con su psicología, con el tono de queja que reflejan sus cartas por esas fechas ni con otros detalles que iremos analizando. 

Françoise elige el castillo de Maintenon, cercano a Versalles, un lugar al que tenía pensado retirarse cuando llegase su vejez. El 27 de diciembre de 1674 pasa a ser de su propiedad, pero aún no puede disfrutar de él. “No soy dueña de mi tiempo. Tenéis algunas pruebas de mi esclavitud, pero no lo habéis visto todo. Hace dos meses que solicito ir a Maintenon por un día y no he podido obtenerlo. Eso me irrita y no logro calmarme. Estoy haciendo allí obras sin que me sea permitido ayudar.”

En febrero de 1675 Luis la autoriza a adoptar el nombre de sus tierras. En adelante la viuda de Scarron será Madame de Maintenon. Naturalmente las relaciones con Madame de Montespan estaban destinadas a empeorar. La favorita no podía ver con buenos ojos el ascenso de su antigua protegida. “Ocurren cosas terribles entre Madame de Montespan y yo; el rey fue testigo de ello ayer”.

Francisca-Luisa de Borbón, Mademoiselle de Nantes y su hermano Luis Augusto de Borbón, duque de Maine, hijos de Luis XIV y Madame de Montespan. 


Françoise toma entonces una determinación. Harta de las falsedades que Athénaïs vertía constantemente en los oídos del rey con intención de desprestigiarla, su rival reúne valor suficiente para solicitar a Luis hablarle a solas. Él accede, y por fin puede escuchar de sus labios la otra versión de la historia, un relato pormenorizado de todas las vilezas que ha venido padeciendo desde que ocupa tan alto puesto. 

Esta solicitud es otro de los argumentos que descartan una relación íntima entre Françoise y el rey. Si ella hubiera sido su amante por entonces, Luis estaría perfectamente al tanto de sus quejas, que la viuda habría podido formularle en la intimidad. Si fue necesaria esta petición era, lógicamente, porque no tenía otras ocasiones de hablarle a solas.

A Luis no le agradan las acusaciones contra la madre de sus hijos; intenta defenderla, convencido de la sensibilidad de Athénaïs. Le recuerda a Françoise lo fácilmente que se conmovía madame de Montespan, y cómo asomaban las lágrimas a sus ojos ante un relato emotivo. Françoise aprieta los labios. No quiere decirle que está completamente ciego y engañado; que cuanto cree ver es falso, que es sólo una gran actriz sobre un gran escenario.

Luis resopla y comenta en tono desenfadado que le cuesta más esfuerzo imponer la paz entre ambas que restablecerla en Europa. Obligadas por él, ambas deben darse un beso con el que sellar ese forzado armisticio; pero en cuanto él desaparece, vuelven las hostilidades.

“La he considerado por todos los lados imaginables, pero su fondo no vale nada. Sólo es buena para las humoradas”, sentencia Françoise.

La viuda preparaba su venganza, y la iba a tener…


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los celos de Madame de Montespan

Madame de Maintenon con el duque de Maine y el duque de Vexin

Madame de Maintenon no había tenido hijos. Sin embargo, era ella quien desempeñaba la función de madre para los hijos del rey con Madame de Montespan. Fue ella quien acompañó al duque de Maine hasta Bélgica para que el niño fuera tratado de su cojera por un médico que Amberes que gozaba de gran reputación. Lamentablemente el tratamiento, que resultaba muy doloroso, no dio resultado, lo cual consternaba a la institutriz.

“No dejo de afligirme, y siempre es algo terrible ver sufrir a los que se ama. Nada más tonto que amar con exceso a un niño que no es mío”.

Desde Saint-Germain, Françoise pasó con los niños a ocupar los apartamentos de Madame de Montespan en Versalles. Ello provoca constantes tensiones y desacuerdos entre ambas, una situación que empeoraba progresivamente. A Françoise le resulta tan desagradable que piensa incluso en abandonar su puesto.

“Madame de Montespan y yo tuvimos hoy una conversación muy viva, y, como yo soy la parte que sufre, he llorado mucho, y ella se lo contó al rey a su manera. Os confieso que me cuesta mucho permanecer en una situación en la que todos los días tendría estas aventuras, y que me sería muy grato recuperar mi libertad… No puedo comprender que la voluntad de Dios sea que yo soporte a Madame de Montespan. Ella es incapaz de una amistad y yo no puedo carecer de ella. Habla de mí al rey como se le antoja, y me hace perder su estima. Me encuentro pues ante él en una situación extraña que debo manejar con cuidado. No me atrevo a hablarle directamente, pues ella no me lo perdonaría jamás…”

Luis Augusto de Borbón, duque de Maine

Madame de Maintenon está a punto de marcharse de la corte cuando un acontecimiento imprevisto se lo impide: la salud del duque de Maine empeora; sufre unas fiebres durante las cuales la institutriz no se aparta ni un instante de su lado. Los otros hijos del rey tampoco atraviesan sus días más saludables: el conde de Vexin padece trastornos intestinales, y Mademoiselle de Nantes también cae enferma. Es Françoise, siempre ella y nunca Madame de Montespan, quien sostiene la manita de Maine mientras éste delira por la fiebre; es ella quien atiende solícita los vómitos de Vexin mientras vela también a su hermana. Madame de Maintenon reconsidera entonces su decisión de abandonar a los niños en manos de su madre.

“El cariño que siento por estos niños me convierte en insoportable para sus padres. La imposibilidad de ocultar lo que pienso me hace odiosa para las personas con las que paso mi vida, y a las que no quisiera disgustar, aunque no fueran lo que son. He decidido no poner tanto esmero en lo que hago, y dejar estos niños al cuidado de su madre, pero siento escrúpulos de ofender a Dios con ese abandono, y vuelvo a ocuparme de lo que me manda mi amistad y que, al estar recluida con ellos, me proporciona mil ocasiones de dolores y de penas”.

Françoise intenta convencerse a sí misma de que es sólo por los niños, y en especial por el duque de Maine, por lo que se queda, pero esto es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que le causa un hondo sufrimiento el modo en que se ha ido enfriando su relación con el rey debido a las maquinaciones de Athénaïs.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con dulzura

Luis XIV y Madame de Maintenon

Cuando el 28 de diciembre de 1673 el Parlamento de París registra las cartas de legitimación de los hijos del rey, los niños pasan a residir con Madame de Maintenon en el château de Saint-Germain. Luis pensaba que así lograría más fácilmente sus propósitos respecto a la viuda, y despliega a tal efecto una serie de maniobras galantes que no pasaban desapercibidas para sus cortesanos. Algunos estaban convencidos de que Françoise sería pronto la nueva favorita.

Mientras tanto, los propios sentimientos de Françoise la van aproximando cada vez más a Luis, del que se expresa en estos términos en una carta a su hermano Charles: “Me parece que es placentero servir a un héroe, y a un héroe que vemos de cerca”. 

Madame de Maintenon procura utilizar su influencia para procurar un buen puesto a su hermano en Alsacia, pero no lo consigue. Charles no será nombrado gobernador de Belfort hasta casi diez años más tarde. Mientras tanto, ella no deja de darle consejos en sus cartas: “Os recomiendo a los católicos y os ruego no ser inhumano con los hugonotes. Hay que atraer a la gente con dulzura”. Y en otra ocasión se queja: “Me han dado quejas de vos que no os honran: maltratáis a los hugonotes, buscáis los medios para hacerlo, provocáis las ocasiones; eso no es propio de un hombre de calidad. Apiadaos de personas más desdichadas que culpables: están en el error en que nosotros mismos estuvimos, y del que nunca nos hubiese sacado la violencia”.

La vida sonríe a Françoise, cuya pensión, antaño un tanto exigua, se ha multiplicado por cinco. Ya no tiene que preocuparse por su futuro, y, sin embargo, no es feliz; hay algo que la tiene muy inquieta. No puede desairar al rey, pero tampoco está dispuesta a ceder. “Los días transcurren en una esclavitud que impide hacer lo que quisiera; siempre estoy bastante triste, y las cosas toman un aspecto que no me conviene”. Y más explícitamente: “Los que dicen que yo quisiera ponerme en el lugar de madame de Montespan, no conocen mi alejamiento de esa clase de relaciones, ni el alejamiento que desearía inspirar al rey.”

Athénaïs, por supuesto, escucha los rumores. Aunque no los hubiera escuchado, tiene ojos que perciben perfectamente el problema que ha llegado a representar para ella la hermosa viuda. Como no puede atacar por ese frente, decide utilizar a sus hijos para contrariarla, oponiéndose por sistema a cuantas opiniones vierte Françoise al respecto. Sabe que los niños quieren mucho a la institutriz, y eso le molesta. Athénaïs intenta competir con este afecto, colma a sus hijos de unas caricias que nunca les había prodigado, los atiborra de dulces. Todo ello suscita las protestas de Madame de Maintenon, que considera que los está malcriando. Françoise se muestra inflexible cuando se trata del bien y la salud de sus pupilos. El duque de Maine, raquítico y cojo, era sometido por los médicos a un régimen draconiano que su madre interrumpía constantemente, y cuando la institutriz protestaba, Athénaïs, para quien la crueldad era como una segunda piel, le replicaba:

—¿Cómo podéis pretender saber más que yo lo que conviene a los niños? ¡Tendríais que haber hecho la experiencia! [de ser madre]