sábado, 30 de agosto de 2014

"Con ésta no me atrevería"

Madame de Maintenon hacia 1684

Cuando en 1673 el rey legitima a los hijos que había tenido de Madame de Montespan, la posición de la institutriz mejora ostensiblemente, y puede comenzar a llevar una vida con más lujos y comodidades. Poco antes Luis había recibido a los niños en sus apartamentos de Saint-Germain, pero, aunque los acompañaba la nodriza, él no quiso recibir también a Françoise. En cambio, aprovechó la ocasión para asegurarse que durante todo ese tiempo había sido discreta y digna de la confianza que habían depositado en ella. Para ello preguntó directamente a la nodriza de quién eran aquellos niños.

—Seguramente de la dama que vive con nosotros —respondió ella, refiriéndose a Françoise—, al menos a juzgar por su agitación ante la menor indisposición que sufren.

—¿Y quién creéis que sea el padre?

—Por mi fe, no lo sé, pero imagino que debe de ser algún duque o presidente del Parlamento.

Luis quedó muy satisfecho con estas respuestas, y, de hecho, su opinión sobre la viuda comenzó a cambiar a partir de ese momento. Sus visitas a la casita donde se educaban los niños se van haciendo frecuentes, y allí se deja ganar por el carácter de Françoise, tan diferente del de la altiva Montespan: Madame Scarron es dulce y comprensiva, mientras Athénaïs es cada vez más soberbia y colérica. La había juzgado sin conocerla; la había creído mojigata, severa y beata, pero lo que encuentra le desconcierta. El rey comprueba que, en efecto, se trata de una dama muy inteligente, y además, aunque mayor que él, es muy bella. Poco a poco ambos comienzan a mantener conversaciones que van más allá de las meras preguntas acerca de la salud y el progreso de los niños.


Luis, por supuesto le pone cerco. Está decidido a conseguirla, pero pronto se dará cuenta de que ésa es una misión imposible. Ella no es así. No hay forma de que recompense sus avances con una sonrisa, con una mirada, siquiera con una palabra. Él se vuelve insistente, pero es en vano, y eso le desconcierta. Es el rey; ninguna mujer, fuera gran dama o servidora, ha osado rechazarlo.

Un día Luis se divertía tirando las sillas de las damas para así disfrutar del espectáculo que ofrecían sus faldas levantadas, pero entonces llegó Françoise y se detuvo en seco.

—¡Ah, con ésta no me atrevería! —exclamó.



jueves, 7 de agosto de 2014

Por orden del rey


Desde un principio Françoise había mostrado su disgusto por la delicada tarea que le había sido encomendada. Cuando Madame de Montespan le pidió que se hiciera cargo de sus hijos, ella hubiera querido negarse. No encontraba ningún honor en semejante misión; por el contrario, le parecía que aceptar y ayudar a preservar el secreto la convertía en cómplice de algo indigno, pero ése era un desaire que no se le podía hacer al soberano. Al hacerle Athénaïs  la propuesta por medio de su hermano, Françoise le da la siguiente respuesta, recogida en una carta, y en la que deja claro que sólo una orden del rey logrará arrancarle su consentimiento:

“Soy muy sensible al honor que se desea hacerme, pero os confieso que no me creo apropiada en absoluto. Vivo tranquila. ¿Me conviene sacrificar mi reposo y mi libertad? Por otra parte, ese misterio, ese profundo secreto que se me exige, sin darme positivamente la clave, pueden hacer pensar a mis amigos que se me está tendiendo una trampa. Sin embargo, si los hijos son del rey, lo haré gustosa. Pero no me encargaría sin escrúpulos de los de Madame de Montespan. Así pues, será necesario que me lo ordene el rey. Es mi última palabra.”

A Luis le sorprendía la simpatía que Athénaïs sentía por la viuda, que a él le resultaba insoportable, pero no se opone.

—Ah, sí, vuestra dama culta —se limita a comentar ante la propuesta.


Así pues, la orden acabó llegando, y Françoise hubo de abordar la magna tarea cuyo secreto debía preservar aunque le causara mil tormentos, como ella misma narra:

“Esta especie de honor, bastante singular, me ha costado trabajos y cuidados infinitos. Me subía a una escalera para hacer el trabajo de los tapiceros porque ellos no debían entrar. Las nodrizas no ayudaban en nada, por miedo a cansarse y que su leche fuera peor. Yo iba a menudo de la una a la otra a pie, disfrazada, llevando bajo el brazo ropa limpia, carne, y solía pasar las noches junto a uno de esos niños enfermos… . Regresaba por la mañana por la puerta de atrás y, después de vestirme, subía al carruaje para dirigirme al palacete de Albret o de Richelieu, a fin de que mis conocidos habituales no se dieran cuenta de nada ni sospecharan siquiera que tenía un secreto que guardar. Yo adelgazaba, pero no se podía adivinar la causa”.



sábado, 2 de agosto de 2014

Amigas y rivales

Madame de Maintenon

La amistad con los Albret sería decisiva a la hora de solucionar los problemas económicos de Françoise. Ellos tenían una prima inmejorablemente situada en la corte: Athénaïs de Montespan. Athénaïs frecuentaba su casa, y fue allí donde la conoció. Gratamente impresionada por el carácter y cualidades de la viuda, decide intervenir ella misma para que le sea concedida una pensión. Ante tan poderosa valedora no cabía oposición, de modo que Françoise no sólo obtiene lo que solicita, sino que a partir de entonces es invitada frecuentemente a la corte. Como goza de tan buena reputación, Madame de Montespan la elige para atender a la hija que acaba de tener con el rey.

Françoise se traslada con la niña al faubourg St-Germain, lejos de las miradas indiscretas de los cortesanos y dispuesta a guardar el secreto acerca del origen de aquella criatura confiada a su custodia. Durante los primeros meses, cada vez que recibía una visita, la viuda se sonrojaba violentamente ante lo embarazoso de la situación, temiendo que acabara por descubrirse el secreto real. Para tratar de evitar estos delatores sonrojos, tuvo la curiosa idea de hacerse sangrar, una medida que no sirvió de nada. 

Obviamente, a pesar de las precauciones que fue capaz de tomar Françoise, al poco tiempo todo el mundo estaba enterado de aquello que se intentaba disimular. Todos a excepción, como siempre, de la despistada reina María Teresa.

Cuando al año siguiente nace el duque de Maine, también es confiado a sus cuidados. La viuda no se atrevió a recoger personalmente al niño en el apartamento de las damas en St-Germain, pues en aquel tiempo su persona no resultaba del agrado del rey. Como era tan recta, seguramente Luis percibía en ella un tácito reproche hacia su adulterio, una pureza que le hacía sentir incómodo. Eso sí, todo ello era precisamente la razón de que la encontrara sumamente adecuada para hacerse cargo de la educación de sus hijos.


Françoise aguardó en el interior de un carruaje junto a la verja del parquecito de St-Germain. Hasta ella llegó Lauzun con el niño envuelto en una capa y, hecha la entrega, se dirigió con él al palacio de Vaugirard, una casa que había sido comprada por Luis para facilitar la labor de crianza del pequeño y de su hermana.

Cuando los hijos del rey fueron legitimados, Françoise pasó a residir con ellos en la corte, y en 1674 Luis recompensó sus buenos servicios otorgándole el dominio de Maintenon. La viuda se convertía así en Madame de Maintenon.

En ese momento Athénaïs y el rey habían tenido seis hijos, aunque no todos vivían. Era evidente que Luis había ido modificando sustancialmente la opinión que tenía sobre la institutriz; demasiado sustancialmente para el gusto de Madame de Montespan, que comienza a inquietarse por su presencia. Para deshacerse de ella pretende hacerle el honor de casarla con el duque de Brancas. Para su incredulidad, Françoise rechaza convertirse en duquesa, pues no tiene buena opinión sobre el novio: 

“Viudo de sus dos primeras esposas, no posee otro mérito que su título de duque. Es una fuente de desagrado y de molestia en la cual sería imprudente arrojarme. Pero, si lo rechazo, es sobre todo a causa de mi gran ternura por los príncipes, a quienes no podría abandonar”.

Luisa Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija de Luis XIV y Madame de Montespan

Seguramente en aquel momento Madame de Maintenon estaba aún menos dispuesta a abandonar a Luis. Convertida en su confidente y consejera, sueña con salvar su alma, con rescatarlo de las garras de una mujer que lo estaba arrastrando al infierno. Y, por sutil que fuera, su rival percibía el peligro.

En cualquier caso, ante la negativa de Françoise, Athénaïs no tuvo más remedio que forzar una sonrisa condescendiente que ya no engañaba a nadie. Como observa la sagaz Madame de Sévigné, “Esa hermosa amistad entre Madame de Montespan y su amiga es una verdadera aversión… es una acritud, una antipatía”.