martes, 29 de julio de 2014

Amable, bella y buena


La viuda se retira por un tiempo en compañía de una servidora al convento de la Plaza Real, donde una amiga suya, madame d’Aumont, posee un apartamento. Recibe alguna propuesta de matrimonio: un marqués, hombre muy rico, agotado y enfermo por su vida licenciosa, pide su mano, pero Françoise lo rechaza. Aunque convertirse en su esposa hubiera solucionado sus problemas económicos, procurándole un título nobiliario y una vida de lujos, no quiere a semejante hombre por marido. Obviamente ella no busca riquezas; en lugar de eso prefiere disfrutar de su recién encontrada libertad, y, aunque su situación es precaria, cuenta con el apoyo de mucha gente que la aprecia. La propia madame de Sévigné la invita con frecuencia, y escribe sobre ella “Su conversación es deliciosa; tiene un carácter maravillosamente recto. Se viste modesta y magníficamente. Es amable, bella y buena”. 

Una de las razones por las cuales era tan amada por sus amigas es su lealtad inconmovible. Incluso con las personas desconocidas tiene gestos enormemente altruistas: en una ocasión se le vio velar sin descanso a una joven a la que apenas conocía y que había contraído la viruela. En aquel tiempo el gesto suponía arriesgar la propia vida o, cuando menos, la belleza, pues era fácil quedar desfigurado por la enfermedad.

La viuda también frecuentaba el hôtel d’Albret, hogar de César Phoebus, d’Albret, conde de Miossens y primo de la marquesa de Montespan. Las malas lenguas atribuían a Françoise una relación con él, aunque nada se puede probar más allá de una gran amistad. Albret y otros buenos amigos de Françoise logran conmover a Ana de Austria, que le concede a la viuda una pensión de dos mil libras. No era mucho, pero le permite vivir más decentemente. Puede así abandonar su alojamiento en el convento y trasladarse a una vivienda en el Marais. 

Demasiado cerca del marqués de Villarceaux.


El corazón de Françoise había elegido hacía tiempo a Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. No se había permitido ir más allá de un sentimiento platónico en vida de su esposo, pero ahora, libre de esa atadura, comienza una relación con él. Ambos pasan unos días juntos en el hogar de unos primos de él, y después solían reunirse en casa de Ninon de Lenclos. La propia anfitriona nos cuenta que “a menudo les presté mi habitación amarilla a ella y a Villarceaux”. 

También Françoise vive su amor en el château de Villarceaux. El amante, artista de talento, la pintó allí desnuda, y en aquella habitación de la torre luce aún el retrato. 

La relación, sin embargo, no duró mucho, porque ella se debatía con sus problemas de conciencia y al final estos ganaron la partida. De modo que al cabo de tres años Françoise le escribe a su amante: “No quiero volver a veros aquí ni en ningún otro lugar durante un año, y después volveremos a encontrarnos como viejos amigos, pero la puerta de mi alcoba permanecerá cerrada para siempre.” 

Curiosamente decían que Louis de Mornay se parecía físicamente al rey, y él, divertido por la circunstancia, se complacía en resaltar cuanto podía el parecido. 


La situación de la viuda volvió a complicarse a la muerte de Ana de Austria, porque Françoise perdía así la pequeña pensión que ella le pagaba. Constantemente ella y sus amigos dirigían peticiones a Luis XIV para que se le continuara concediendo una, pero en vano. El rey está harto de ese continuo bombardeo por parte de la viuda de Scarron con escritos interminables e indigestos. Se agobia; la detesta. ¡Esa mujer es como una pesadilla! 

—¿Oiré siempre hablar de la viuda de Scarron? —exclama desesperado. 


martes, 22 de julio de 2014

Inalcanzable


La sociedad parisina no le puso las cosas fáciles a Madame Scarron. La consideraban una especie de advenediza, una intrusa a la que no perdonan sus orígenes. Françoise debe desplegar todo su encanto para ir ganándose sus simpatías, hasta conseguir que poco a poco toda la corte fuera mudando de opinión.

Madame de Caylus escribió que “esa joven persona, con sus maneras honestas y modestas, inspiró tanto respeto que ninguno de los jóvenes que frecuentaba la casa se atrevió jamás a pronunciar ante ella una palabra de doble sentido, y uno de ellos declaró: “Si hubiera que tomarse libertades con la reina o con madame Scarron, yo no dudaría: ¡me las tomaría más bien con la reina!”. 

Y es que, en efecto, son muchos los galanes que acuden a su casa del Marais con la decidida intención de seducir a la bella, esperando que, privada de los placeres del amor conyugal, no tardaría en sucumbir. Pero todos ellos acababan descubriendo que se trataba de una misión imposible.

Scarron se mostraba terriblemente celoso de los hombres que se acercaban a su esposa, pero muy especialmente de Louis de Mornay, marqués de Villarceaux, quien ya había pasado una temporada en la Bastilla por haber seducido a una joven. El marqués, casado por conveniencia con una mujer mucho mayor que él, no parecía tener intención de renunciar a sus costumbres de seductor impenitente. Amante de Ninon de Lenclos, tuvo de ella un hijo que fue conocido como el Caballero de La Boissière. La propia Madame Scarron mantuvo una estrecha amistad con la cortesana, a la que acudía a visitar en su casa de la rue des Tournelles. Llegó a decirse que su relación fue bastante íntima. 


Pero, si Scarron está particularmente celoso del marqués de Villarceaux, es porque cree detectar que esta vez a su esposa le agrada demasiado el galán. Era cierto. Françoise no iba a serle infiel a su marido inválido, pero eso poco consolaba al poeta si era otro el que tenía su corazón. 

Durante el otoño de 1657 Scarron y su esposa conocen a la reina Cristina de Suecia. Françoise resulta muy de su agrado, y más aún Ninon, tanto que al parecer, y dados sus gustos un tanto eclécticos, llega a insinuársele, “prometiéndole la fortuna y el amor”. Pero la cortesana le responde sonriente: 

—Que Vuestra Majestad me perdone, pero haré mi felicidad por las vías ordinarias. 

El 26 de agosto de 1660 asiste desde una ventana a la entrada en París de Luis XIV y María Teresa, recién casados. Para entonces Scarron está muy enfermo. El dolor es insoportable y no le permite conciliar el sueño. Las constantes dosis de opio ya no le hacen efecto, pero mantuvo su humor hasta el último aliento. 

El poeta fallece entre el 6 y el 7 de octubre. Sobre su tumba, en la iglesia de Saint-Gervais, pidió que se grabara este epitafio: 

Este que aquí ahora duerme hizo sentir más piedad que envidia, y padeció mil veces la muerte antes de perder la vida. 

Paseantes, no hagáis ruido Por temor a que despierte, Pues es la primera noche En que el pobre Scarron duerme. 

A punto de cumplir 25 años, Françoise se quedaba viuda y en la ruina. Los acreedores de Scarron invadían su hogar... 


lunes, 14 de julio de 2014

El Matrimonio de Scarron


La tutora de Aubignette, Madame de Neuillant, decide llevarla consigo cuando acude a París para concertar el matrimonio de su hija con el duque de Navailles. Fue así como la futura Madame de Maintenon conoció a Scarron durante el transcurso de una visita al hogar del poeta. Paul Scarron, después de una juventud agitada y libertina, a sus cuarenta años se veía reducido por la espondiloartritis: era un inválido con los huesos deformados y sufría terribles dolores que no hacían mella en su sentido del humor ni lograban agriar su carácter.

El lujoso tren de vida que llevaba Paul Scarron hacía que siempre estuviera arruinado. Sus obras obtenían éxito, pero él se apresuraba a gastar los beneficios. Su hogar era frecuentado por intelectuales y por los más importantes personajes de la corte, entre ellos la marquesa de Sévigné. Era un anfitrión generoso, y la gente buscaba con afán una invitación a sus cenas.

Pero Aubignette no iba preparada para lo que encontró. Su espanto al verlo fue tan grande que no fue capaz de controlar sus propias reacciones. La adolescente estalló en llanto y, avergonzada, se escondió en un rincón. Scarron no logró arrancarle ni una palabra ese día, pero no se ofendió por ello. Él era capaz de reírse de todo, incluso de sí mismo. 



Durante su estancia en París, Aubignette trabó amistad con una vecina de Scarron, y una vez de regreso en Niort mantiene correspondencia con ella. La dama encontró tan maravillosamente escrita la carta de la jovencita que se la mostró al poeta, y él, divertido y admirado, tomó la pluma para responderle. Comienza así un intercambio epistolar entre ambos, una actividad que le resultaba muy grata a Aubignette, y no menos a Scarron, que va quedando totalmente subyugado.

Cuando ella regresa a París, Scarron ha tomado su decisión. La joven carece de dote, por lo que no le sería fácil encontrar esposo a pesar de sus muchos dones y su belleza. “El fuego que brilla en sus ojos no es un fuego fácil de pintar”, escribirá él. También Mademoiselle de Scudéry nos ha dejado una descripción muy elocuente: 

“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad. En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos que la acompañan casi siempre. La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos que la alegría puede inspirar.” 


Scarron no está dispuesto a permitir que el único destino que aguarde a Aubignette sea un convento, de modo que se ofrece a pagar él mismo la dote o, como alternativa, se propone como novio. Esto último era, en realidad, el deseo del poeta y la única salida honorable para la joven: aceptar su dinero para casarse con otro después de que él mismo se hubiera ofrecido, era impensable.

Aubignette acepta ser su esposa. No está enamorada, por supuesto, ni tampoco lo finge, pero a su lado podría vivir veladas inolvidables junto a los más reputados artistas e intelectuales del momento, conocer a grandes personajes y disfrutar de un mundo que nunca hubiera esperado poder compartir. Era mucho mejor que el convento.

El 4 de abril de 1652 se celebra la boda, un matrimonio que, dada la penosa salud del novio, lo fue sólo de mero nombre, y nunca se consumó. Un día, años más tarde, Françoise escribiría a su hermano: “Sabes que jamás estuve casada”. “Era una unión en la que el corazón intervenía poco, y el cuerpo, en verdad, nada”.