sábado, 21 de junio de 2014

Una estrella ascendente


Había en la corte una mujer cuya fortuna giró aún más que la de Lauzun, aunque, al contrario que en su caso, la suya llevó siempre una dirección ascendente. Se trataba de Madame de Maintenon, cuya infancia y primera juventud ya había sido objeto de atención por nuestra parte, pero que preferimos resumir a continuación antes de retomar el relato de su vida.

Françoise d’Aubigné, Madame de Maintenon, nació el 24 de noviembre de 1635 en la prisión de Niort. El acontecimiento no tuvo lugar en un calabozo, sino en la conserjería. Su padre, Constant d’Aubigné, había sido encarcelado por deudas, y también, al parecer, bajo la acusación de haber intentado falsificar dinero. 

El abuelo paterno de Françoise era el célebre poeta y ardiente calvinista Agrippa d’Aubigné, nada satisfecho con el hijo que le había tocado en suerte. 

“…Puesto que Dios no concede Sus gracias según la carne y la sangre, mi hijo mayor, llamado Constant, no se me parece, aunque tuve todos los cuidados necesarios para su educación. Lo crié con tanta aplicación y gastos como si hubiese sido un príncipe. Pero ese miserable se entregó primero al juego y a la embriaguez, en Sedán, adonde lo había enviado a las Academias [protestantes], habiéndose desinteresado enseguida del estudio. Luego, de regreso a Francia, se casó sin mi consentimiento con una desdichada a la que después mató”. 

Y es que Constant había sorprendido a su primera esposa en compañía de su amante, y los mató a ambos a puñaladas, un asunto del que pudo salir bien librado gracias a la influencia del poderoso Agrippa. El anciano caballero aún habría de llevarse otro buen disgusto al enterarse de que su hijo contraía un nuevo matrimonio con una mujer católica, Jeanne de Cardilhac, de la que tuvo a Françoise.

Jeanne llamaba a su hija cariñosamente Aubignette. Con el cabeza de familia en prisión, fue furo para ella criar a sus hijos. Seguramente no hubiera conseguido salir adelante sin la ayuda de su cuñada Arthemise, que recogió a los niños en su castillo de Mursay y los educó en la religión protestante. Allí permaneció Aubignette hasta cumplir siete años, momento en que su padre obtuvo la libertad.


En 1644 la familia se embarca rumbo a la isla de Guadalupe. Tras una travesía repleta de peripecias en la que no faltó el ataque de los piratas ingleses, llegaron a su destino tan sólo para encontrar que las esperanzas de Constant de obtener allí un buen puesto se veían frustradas. El padre de Aubignette deja a su familia en la Martinica y emprende el regreso a Francia.

Durante tres años la niña permanece en la isla, un periodo que le valdría posteriormente el sobrenombre de La Bella Indiana. Al cabo de ese tiempo su madre, que no puede seguir haciendo frente a los gastos, decide embarcarse hacia La Rochelle. Aún no sabía que su esposo había muerto.

Cuando llegan a Francia, su situación era tan desesperada que se ven obligados a mendigar comida ante las puertas de los jesuitas. Françoise aún no ha cumplido doce años cuando, ante la imposibilidad de su madre para hacerse cargo de ella, regresa con su tía Arthemise. Allí hubiera permanecido si no fuera porque la esposa del gobernador de Niort cayó en la cuenta de que la niña estaba siendo educada por una hugonote, y obtuvo una orden de Ana de Austria para retirarle la custodia a Arthemise y hacerse cargo de Aubignette, que no salió ganando con el cambio: en casa del gobernador era considerada una sirvienta y debía ocuparse de los animales.

Como Aubignette se resiste a aceptar las enseñanzas católicas, la dama decide enviarla al convento de las ursulinas. Allí conoció a la hermana Celeste, la primera persona que le ofrece cariño después de mucho tiempo. Pero la simpatía que Françoise siente por ella no se extiende al resto del convento. Las monjas no saben cómo afrontar y aplacar su rebeldía, y llegan a pedir a la esposa del gobernador que se la lleve. Así sucede finalmente, puesto que la señora no estaba dispuesta a seguir pagando los excesivos gastos de su manutención en el convento.

Aubignette estaba a punto de cumplir quince años cuando la esposa del gobernador se traslada a París llevándola consigo. Allí la envía a otro convento que resultó un infierno insufrible para ella, como escribe en una carta a su tía:

“¡La vida es peor que la muerte! ¡Ah, mi señora tía!, no imagináis el infierno que es esta casa supuestamente de Dios, ni los malos tratos, durezas y crueldades de quienes han sido encargadas de cuidar mi cuerpo y mi alma…” 

Para salir de ese infierno, finalmente acepta recibir la comunión y adoptar la fe católica, aunque en aquel tiempo lo hacía sin convicción, simplemente porque no podía seguir resistiendo. De ese modo pudo por fin regresar al hogar de su tutora. Aubignette se había convertido en una bellísima joven llena de encanto e inteligencia.


sábado, 14 de junio de 2014

Lo he visto vivo, lo he visto muerto

Mademoiselle de Montpensier

Lauzun hizo un último intento por aplacar a Mademoiselle de Montpensier. Le escribió una carta en la que le manifestaba lo arrepentido que estaba de su comportamiento pasado y le hacía toda clase de promesas de enmienda para el futuro, mas todo fue en vano: cuando Mademoiselle la recibió, en uno de sus arrebatos de furia la arrojó al fuego sin siquiera abrirla. El servidor que se la había entregado logró rescatarla a tiempo de las llamas y le rogó que al menos la leyera antes. Ella la recogió con desprecio, se retiró a sus aposentos privados y al cabo de unos minutos regresó para comunicarle que la había destruido sin leerla.

A Lauzun se le abría otro frente: Charost, el gobernador de Calais, con quien tan malas relaciones había entablado desde su desembarco, llegaba ahora a la corte. Charost mantuvo una conversación privada con el rey y justificó el asunto a su manera, dejando en muy mal lugar a Lauzun. La corriente de opinión poco a poco iba girando en contra del marqués.

Bussy-Rabutin resumió muy bien lo que fue su vida cuando escribió este párrafo a su prima, Madame de Sévigné: 

“La fortuna, que es una loca, nunca ha dado pruebas tan evidentes de serlo como en la vida de Lauzun. Es uno de los hombres más pequeños que Dios ha creado jamás, tanto de mente como de cuerpo; sin embargo, lo hemos visto de favorito, lo hemos visto ahogarse, y aquí está saliendo a flote de nuevo. Ya conoces ese juego en el que uno dice: “Lo he visto vivo, lo he visto muerto, lo he visto vivo después de muerto”. He ahí su retrato”.

Pero ahora vamos a dejar a Lauzun gozar de su regreso triunfal a la corte mientras retomamos las vidas de otros cortesanos que también habían visto alzarse su estrella durante aquellos años. Por ejemplo, Madame de Maintenon…



sábado, 7 de junio de 2014

Del amor al odio


María de Módena, al igual que Lauzun, deseaba regresar para compartir el destino de su esposo, pero Luis fue tajante al respecto: la reina y el Príncipe de Gales debían permanecer en Francia a toda costa. El 1 de enero de 1689, Louvois dirigía a Lauzun este mensaje:

"A las ocho de la mañana he recibido la carta que me hicisteis el honor de escribirme. El rey no puede creer que haya nada capaz de inducir al rey de Inglaterra a escribir ordenando el regreso de la reina a Inglaterra con el Príncipe de Gales; pero si, contra todo pronóstico, eso sucediera, Su Majestad me ha encargado que os haga saber a vos y a Monsieur le Prince que su intención es que la reina sea conducida a Vincennes con el Príncipe de Gales, con los pretextos más corteses que podáis ofrecerle”.

Lauzun debía acompañarla hasta la corte. Seguramente él aún pensaba en volver a Inglaterra tras cumplir con la misión que se le había confiado, pero de camino a París llegaron noticias de que Jacobo había logrado escapar y desembarcaba por entonces en Francia. La reina no reprimió su alegría.

—¡Dios mío, soy la mujer más dichosa del mundo! —exclamó al enterarse.


Luis XIV y todos los cortesanos salieron a su encuentro en la llanura de Saint-Germain, donde ella misma presentó a su libertador. El rey deparó a Lauzun el mismo cálido recibimiento que a la reina, y le autorizó a aparecer por la corte. La emoción de Lauzun fue inmensa. En su primera entrevista con Luis, arrojó al suelo guantes y sombrero y se postró de rodillas ante él. El rey le ordenó levantarse, pero Péguilin replicó que no lo haría hasta haber obtenido su perdón. Luis, de buen talante, respondió que no sólo lo perdonaba, sino que volvía a gozar de su aprecio y favor. Como prueba de ello, lo condujo a su gabinete privado y permaneció hablando con él por espacio de una hora.

Su estrella volvía a brillar. Para horror de los ministros, y en especial de su enemigo Louvois, se le prometió alojamiento en Versalles. Pero aún con mayor resentimiento recibía la noticia Mademoiselle de Montpensier, llena de amargura y rencor hacia el hombre que una vez tanto había amado. Cuando Seignelay llegó a su palacio del Luxemburgo para transmitirle las noticias, Mademoiselle se enfureció y exclamó:

—¡Ésta es, pues, la gratitud que merece cuanto he hecho por los hijos del rey!

Estaba tan arrebatada por la rabia que su discurso apenas era coherente, y Seignelay no podía seguirla. Lo único que sacaba en claro era el intenso resentimiento que sentía hacia Lauzun. Cuando logró calmarse un poco, Mademoiselle habló de lo infame que había sido el trato que había recibido de él, después de todo lo que ella había hecho en su favor. Dijo que esperaba que al menos el rey continuara prohibiendo que Lauzun apareciera cuando ella estuviera presente, porque no estaba dispuesta a volver a verlo.

Y todo el mundo en la corte apoyaba las palabras de Mademoiselle de Montpensier, como si odiaran y temieran al mismo tiempo al imprevisible Lauzun.