sábado, 31 de mayo de 2014

Jugando a Sir Lancelot


La alegría de Lauzun fue inmensa cuando la reina de Inglaterra le entregó la carta de Luis XIV. En ella decía que el servicio que había hecho le obligaba a olvidar cualquier pasado agravio, que esperaba que también Lauzun olvidara y que deseaba que acompañara a la reina cuando hiciera su entrada en la corte, pues estaba ansioso por verlo. Y luego hacía el siguiente comentario: 

Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que Lauzun vio mi caligrafía. Estaba muy acostumbrado en el pasado, y creo que será una gran alegría para él volver a verla.

El marqués de Puyguilhem y conde de Lauzun apenas se atrevía a creer que lo hubiera conseguido. Cuando parecía que su nombre ya estaba enterrado para todos los miembros de la corte, aún le aguardaban grandes honores. Unos años más tarde, en 1692, su condado se erigiría en ducado, y a partir de esa fecha sería duque de Lauzun.

Para no dar un paso en falso, escribió una carta a Seignelay adelantándole sus planes acerca de la organización de todo el asunto y solicitando confirmación sobre la buena disposición de Luis. Recibió la siguiente respuesta:

“Acabo de leerle al rey vuestra última carta, y Su Majestad continúa aprobando lo que habéis dispuesto con respecto a la reina de Inglaterra. Puedo aseguraros, señor, y deciros con sumo contento que seréis bien recibido cuando vengáis, y que las intenciones del rey son tan favorables como las vuestras”.


Pero al mismo tiempo las cosas no iban del todo bien para él en Calais, porque Charost y Lauzun discutían continuamente, algo que no favorecía al marqués. Los largos años en prisión parecían haber minado su capacidad de autocontrol. El gobernador continuaba poniéndole obstáculos y llevándole la contraria en todo. Había cerrado las puertas de la ciudad y dio órdenes de que no se proporcionara a los fugitivos caballos de posta hasta recibir instrucciones de París. Y cuando Lauzun quiso que se denegara el permiso al capitán del navío para regresar a Inglaterra, Charost anunció que había recibido órdenes de no mostrar violencia hacia los ingleses, así que lo único que podía hacer era entretener al capitán y tratar de persuadirlo para que se quedara. Para disgusto de Lauzun, el inglés insistió en zarpar y regresó a su tierra sin más demora.

Mientras tanto la reina llevaba una vida sumamente retirada. Había caído en un estado de profunda depresión, aunque en público lograba aparentar tranquilidad. Lauzun la acompañaba durante su primera visita tras desembarcar en Francia, cuando asistió a una misa de los frailes capuchinos. María de Módena confiaba en su salvador y sentía por él un sincero afecto. El marqués, por su parte, admiraba a esta mujer que se había mostrado a sus ojos afectuosa, valiente y tranquila en la desdicha.


Poco después María recibía la noticia del arresto de su esposo. Su preocupación era una auténtica agonía al pensar que Jacobo iba a tener el mismo final que había tenido su padre, el rey Carlos I.

Y entonces volvió a brillar ese rasgo caballeresco de Lauzun. A pesar de que había alcanzado al fin aquello que durante largos años había deseado, quería dejarlo todo, renunciar al recibimiento que le aguardaba en la corte y arriesgar de nuevo su vida regresando a Inglaterra para salvar a su amigo o compartir su suerte. 



viernes, 23 de mayo de 2014

El triunfo de Lauzun

María de Módena

Los fugitivos acogieron con enorme alivio la noticia de que los cañonazos anunciaban la retirada de las fragatas británicas que Lord Dartmouth había puesto para proteger la desembocadura del Támesis. Sin embargo, durante todo el tiempo que permanecieron anclados, el peligro persistió. La flota holandesa estaba en el canal, y de hecho el navío de Guillermo de Orange pasó tan cerca que todos pudieron oír las campanas que llamaban a la oración.

Pero finalmente lograron continuar la travesía y, ya a la vista de la costa francesa, el capitán le dijo a Lauzun que había sabido todo el tiempo cuál era la verdadera identidad de los pasajeros, y que se sentía orgulloso de haber contribuido a la salvación de la familia real inglesa.

Eran las 9 de la mañana del 21 de diciembre cuando el barco llegaba a Calais. La reina deseaba permanecer en el más estricto anonimato, de modo que envió a Lauzun para que llevara el asunto con toda discreción. Este desembarcó y se dirigió a Charost, el gobernador, que era conocido suyo, solicitándole alojamiento para dos damas que habían escapado con él de Inglaterra. El duque de Charost accedió, aunque, curioso, trató de que le fuera revelado el nombre de las dos mujeres. Tras alguna vacilación, finalmente Lauzun decidió confiarse a él y le confesó que una de ellas era la reina de Inglaterra, añadiendo que era expreso deseo suyo el no ser reconocida, por lo cual no debería recibir honor ni consideración especial alguna.

María de Módena

Al principio Charost no daba crédito a la historia. Una vez se persuadió, insistía en enviarle unos guardias a María de Módena y despachar rápidamente un correo a Luis XIV para informarle de la llegada. Esto causó la irritación de Lauzun, que se quejó de que así lo estropearía todo.

El gobernador era sumamente obstinado. Le anunció con terquedad que se limitaba a cumplir con su deber, y que era indispensable proceder de tal forma. Lo único que obtuvo Lauzun fue autorización para enviar él también otra carta.

Se puso a la tarea lleno de agitación y ansiedad y redactó un conciso mensaje para Seignelay. En él decía que se había comprometido con el rey de Inglaterra, bajo juramento, a entregar personalmente al Príncipe de Gales y a la reina en manos del rey de Francia. Le comunicaba que no se le permitía hacerlo, y explicaba quién se haría cargo de ambos en adelante. Esperaba de Seignelay que se lo comunicara así a Jacobo, y que éste le dispensara del juramento hecho.

Mientras tanto María de Módena escribía a Luis XIV intercediendo por su liberador. Decía que en medio de su alegría por verse a fin a salvo bajo la protección del rey de Francia, tenía la pena de no poder conducir hasta él al hombre al que debía su salvación y la de su hijo.

Luis respondió diciéndole que se sentía igualmente obligado hacia Lauzun, y que estaba deseando mostrar su gratitud recibiéndolo y devolviéndole el favor en que lo había tenido en otro tiempo.

El tenaz Péguilin había logrado rehabilitarse a sus ojos.


lunes, 19 de mayo de 2014

Sin que sirva de precedente


Aunque ya he publicado la crónica de la presentación de "Mujeres en la historia" en mi otro château, aquí la tienen también los seguidores de la corte. Les parecerá extraño verme sin mis vestidos barrocos. Esto no servirá de precedente; en adelante volveré a vestirme comme il faut y a ponerme el antifaz. Ustedes me harán la merced de olvidar que me han visto de esta guisa.


Al fondo, Curto y yo antes de comenzar. Ya había ido llegando bastante gente no solo de Gijón, sino que también venían desde Oviedo y Avilés. Aunque algunos, por razones laborales, no lo lograron hasta cerca de las siete y media, fue suficiente para que pudieran presenciar buena parte del acto y llevarse a casa su ejemplar dedicado. Agradezco y valoro enormemente su esfuerzo por conseguir estar. 


Me llevo un montón de buenos recuerdos e incontables achuchones, abrazos de oso, besos a destajo y efusiones varias, todo ello reflejo del auténtico entusiasmo con el que fuimos acogidos. 

Y es que la antología está teniendo tanto éxito que YA VAMOS POR LA SEGUNDA EDICIÓN. ¡Y eso que aún no ha llegado a todas partes!


Muchísimas gracias a nuestro editor, Miguel Ángel de Rus, por haber confiado en mí, tanto para éste como para otros proyectos de la editorial; a la librería La Central de Gijón, por facilitar nuestra labor con una organización perfecta; a Curto, por haber tenido la generosidad de presentar conmigo la obra, y, por supuesto, a todos aquellos que asistieron a un momento precioso. Mi mayor recompensa fue ver en sus rostros cómo también ellos estaban disfrutando de la fiesta. Y luego algunos optaron por continuarla con una sidrina en la vecina plaza del ayuntamiento.



sábado, 10 de mayo de 2014

Los peligros de la fuga

Bonnie Prince Charlie

Afortunadamente para los fugitivos, los guardias no alcanzaron a oír los gritos de sus perseguidores, y el carruaje pudo continuar su camino sin ser detenido. Pero no terminaban ahí sus penalidades: un poco más adelante un carro les disputó el paso, hasta que tuvo que ser apartado por los jinetes que seguían al coche.

Los viajeros optaron por mantenerse fuera de la ruta habitual y seguir por caminos menos transitados, para disminuir así las probabilidades de ser reconocidos y el riesgo de dejar alguna pista. Cuando finalmente llegaron a las proximidades de Gravesend, tres capitanes irlandeses acudieron a su encuentro. Iban a embarcarse con ellos, preparados para hacerse cargo del navío si el capitán inglés daba muestras de reconocer a la reina y no estar de su parte. De ser así, el capitán sería arrojado por la borda.

El barco había sido dispuesto para que una italiana que atendía al nombre de Donna Vittoria Montecuccoli viajara con su séquito a Francia. Lauzun subió el primero a bordo y ofreció una fuerte suma de dinero al capitán si aceptaba que unos fugitivos franceses se unieran al grupo. Al mismo tiempo le dio conversación para distraerlo todo lo que pudo mientras la reina y el Príncipe de Gales subían a bordo. Donna Vittoria, que había llegado antes, representaba su papel tratando a María de Módena como si fuera su hermana, y regañándola en presencia de todo el mundo por haberla hecho esperar tanto.

El grupo de fugitivos se componía en total de 23 personas, todos dispuestos a asesinar al capitán antes que arriesgar la vida de la reina y del pequeño príncipe. Al principio el viento era favorable, pero al anochecer fue necesario echar el ancla debido a la fuerza de la tormenta que se desencadenó, y que hizo temer que el navío fuera arrojado contra la costa.

Tuvieron que permanecer anclados durante un tiempo que hubiera sido precioso para ponerse a salvo. Al cabo de unas horas Lauzun escuchó con desesperación cómo se disparaban dos cañones…


viernes, 2 de mayo de 2014

La gran aventura de Lauzun

María de Módena, reina de Inglaterra

El plan no salió conforme a lo previsto. El paje acudió al encuentro de los fugitivos tal como había sido acordado, pero en lugar de traer el carruaje, había optado por dejarlo en una posada. Lauzun y la reina no se atrevieron a entrar allí, por temor a ser reconocidos. Ateridos de frío, prefirieron aguardar parapetados contra el muro de una iglesia contigua que apenas ofrecía protección frente las inclemencias de esa noche de diciembre. Había dejado de llover, pero el viento arreciaba gélido y tenían las ropas completamente empapadas.

Mientras ellos esperaban, Riva entró para acelerar los preparativos. Seguramente no era la persona más idónea para ese cometido, porque carecía de la sangre fría de Lauzun y dejaba traslucir todo su nerviosismo y su agitación. En el interior del establecimiento alguien sospechó y salió con un farol que iluminó a los fugitivos. El hombre se dirigía hacia ellos. Riva sabía que si se acercaba más, las probabilidades de que reconociera a la reina eran muy altas. Para impedirlo, fingió tropezar accidentalmente contra él, provocando que ambos rodaran por el barro, y en el rifirrafe la luz se apagó.

El hombre estaba furioso. Riva se deshacía en excusas, pero le fue necesario presentar muchas antes de apaciguarlo y lograr que regresara a la posada para secarse. Poco después traía por fin el carruaje y sus compañeros se refugiaban en él. El paje, aunque no había sido informado de la identidad de las personas a las que debía aguardar con el coche, reconoció a la reina y le rogó que le permitiera seguirla allá donde fuera.

Partieron en la oscuridad, pero sus penalidades apenas habían comenzado. Al salir de Lambeth, el carruaje llamó la atención de algunas personas que alertaron a los soldados de guardia a la entrada de la ciudad.

—¡Ahí va un coche de los papistas! —gritaban— ¡Vamos a ver lo que hay dentro!