sábado, 26 de abril de 2014

La fuga de Whitehall

María de Módena y el Príncipe de Gales

“Sería difícil encontrar un hombre más inteligente, activo y leal que Monsieur de Lauzun”.

Así se refería a él un contemporáneo al hablar del papel que Péguilin había tenido a la hora de planear la fuga de la reina de Inglaterra y el Príncipe de Gales. Valeroso hasta el extremo, retenía su sangre fría sobre el campo de batalla y en los momentos de mayor peligro, de modo que no podía haber otro más adecuado para llevar a cabo una misión tan arriesgada como aquella.

El Príncipe de Gales había llegado a Londres escoltado por varios regimientos. Se había acordado que los fugitivos se harían a la mar en Dover, pero Lauzun, que tenía a sus agentes por todas partes, supo que Dover se había sublevado. Era preciso cambiar los planes con suma rapidez, pues el tiempo apremiaba: la huida estaba prevista para el día siguiente.

Para que nada se sospechara en la corte, los reyes fingieron acostarse, como de costumbre, hacia la una de la madrugada del domingo. Lauzun y Riva, disfrazados de marineros, se dirigieron a los aposentos del rey. Portaban un vestido como el que llevaban las mujeres humildes, un disfraz para la reina. Ambos esperaron en compañía de Jacobo mientras ella se cambiaba. Tras hacerse cargo de algunas piedras preciosas que les fueron confiadas, María de Módena quedó bajo la directa custodia de Lauzun, y el Príncipe de Gales era puesto al cuidado de Riva.

Jacobo II

La reina se resistía a separarse de su esposo. Se abrazaba a él rogando que se les permitiera morir juntos, pero finalmente se la persuadió de la necesidad de asegurar la vida y la libertad de su hijo. María logró dominarse y se dispuso a cumplir con su parte en el plan que había sido ideado para ella.

A las dos de la mañana del 19 de diciembre de 1688, Lauzun, Riva y la reina bajaron por una escalera secreta a la habitación de abajo, donde aguardaba el Príncipe de Gales con sus dos ayas. Afortunadamente el bebé dormía, lo cual facilitó que el descenso se hiciera con el mayor sigilo hasta el jardín. A la puerta encontraron el carruaje que había sido pedido por Lauzun.

Era una noche fría y oscura. Llovía torrencialmente cuando el grupo de fugitivos abandonaba Whitehall. Los tres centinelas de guardia solicitaron el santo y seña.

—¿Quién va?

—Un amigo —fue la respuesta.

Cuando vieron que Lauzun sacaba una llave para abrir la puerta, no intentaron detenerlos.

María de Módena

Riva se subió al carruaje y ocupó su lugar al lado del cochero. Los demás se introdujeron en el vehículo, que partió en la noche escoltado por dos hombres a caballo.

Después de atravesar Westminster, llegaron sanos y salvos a Horseferry. Allí aguardaba un bote cargado con provisiones: pan, vino y carne asada. A bordo de la lancha apenas había espacio para todos, por lo que tenían que sentarse muy juntos. A pesar de la proximidad, la oscuridad era tan absoluta que no lograban distinguir los rostros. El viento no era favorable; soplaba fuerte en contra y permitía avanzar muy poco por el Támesis. 

El niño no lloró en ningún momento, lo cual disminuyó el riesgo de que fueran descubiertos. Finalmente lograron llegar a la otra orilla del río, donde debería esperarles un paje con un carruaje y seis caballos que habían sido ordenados igualmente a nombre de Monsieur de Lauzun. Los fugitivos experimentaron un enorme alivio al verse de nuevo en tierra. No sabían que aún los aguardaba el mayor de los peligros…


viernes, 18 de abril de 2014

La misión de Lauzun

Jacobo Estuardo, "El Viejo Pretendiente"

El Príncipe de Gales, de apenas seis meses, había sido enviado a Portsmouth, donde Jacobo II contaba con tropas irlandesas leales; pero el 15 de diciembre el rey escribía lo siguiente a Lord Dartmouth, quien se encontraba al mando de la flota:

“Creo que mi hijo no está seguro donde está, tal como van las cosas, y por tanto considero necesario trasladarlo lo antes posible. A tal fin he escrito a Lady Powis. Si el camino está despejado por tierra, utilizará esa vía, y he enviado tropas a su encuentro y ordenado a Lord Dover [el gobernador de Portsmouth] que se ponga al frente. Si las tropas del Príncipe de Orange se encuentran en el camino a Portsmouth, entonces debe venir por mar y en un yate, y vos debéis enviar el número de navíos que estiméis suficientes para acompañarlo hasta Margate... Debéis aseguraros de que salga con el primer viento favorable, ya que así no se enfrentará al peligro de que supone Herbert y sus barcos holandeses.”

Pero Lord Dartmouth no quiso permitir que el niño viajara por mar, declarando que, al considerarse responsable de su seguridad ante la nación, no tomaría parte en su salida de Inglaterra.

María de Módena

Esto causó un gran trastorno entre Jacobo y sus consejeros, pues ya se había acordado que la reina se reuniría con su hijo en Dover, y que harían juntos la travesía. La huida de la reina estaba prevista para el día siguiente, y apenas había tiempo para cambiar los planes. Al final la propia María de Módena sugirió que el niño fuera traído a Londres, para así poder estar junto a él. Tendrían que huir desde allí.

Mientras tanto Lauzun, a quien había sido confiada la arriesgada misión de conducir a la reina y al pequeño príncipe a Francia, se sumergía en una frenética actividad. Había despachado un correo a Luis XIV, solicitándole un puerto seguro para los fugitivos, algo que le fue concedido de inmediato. Él había anunciado públicamente que iba a abandonar Inglaterra, y dado instrucciones para que se aprestaran dos yates en Gravesend. Supuestamente uno era para trasladarlo a él y otro para una dama italiana.

A las once de la noche se reunió con Jacobo y decidieron que los fugitivos abandonarían el palacio de Whitehall por el jardín privado, a cuya puerta habría un carruaje aguardando. El coche los conduciría a Horseferry, donde encontrarían un bote y remarían por el Támesis hasta Lambeth.

Los preparativos tenían que ser muy minuciosos hasta en los más mínimos detalles. Si eran descubiertos, dado el estado de excitación en que se encontraba el populacho, podía significar la muerte para la reina y el niño, y posiblemente desencadenaría una masacre entre los franceses e italianos papistas que apoyaban su causa.



sábado, 12 de abril de 2014

La causa de los Estuardo

María de Módena


Lauzun se dirigió directamente a reunirse con el ejército en Salisbury. Para disgusto de los ingleses, adquirió gran peso en los consejos, un error más de Jacobo, que no tenía el menor tacto. Tendría que haber comprendido que, para ganarse las simpatías de los suyos, lo último que debía hacer era dar un papel tan preponderante a un hombre que no solo era un extranjero, sino precisamente súbdito de la odiada Francia. Pero es que en realidad el rey tenía poca elección, traicionado por todos. Tenía la impresión de que solo podía confiar en él, como explica Madame de Sévigné:

“El rey de Inglaterra es traicionado continuamente, incluso por sus propios oficiales; no tiene a nadie excepto a Monsieur de Lauzun, y no se separa de él”.

Mientras tanto el marqués enviaba mensajes a Luis XIV relatándole fielmente la marcha de los acontecimientos. Estos se desarrollaban con rapidez, y pronto Lauzun se vio envuelto en un asunto que uniría indisolublemente su destino al de los Estuardo.

Casi todo el país era partidario del Príncipe de Orange. Jacobo, después de escapar al peligro de ser entregado por Lord Churchill en manos del invasor, se retiró a Londres. La corte estaba consternada, y los consejeros no se ponían de acuerdo acerca de lo que convenía hacer. La mayoría opinaba que la reina y el Príncipe de Gales corrían un grave riesgo y debían salir de Inglaterra, pero otros consideraban que eso sería desastroso para la causa de Jacobo.

Lauzun estaba de parte de aquellos que estimaban demasiado peligroso que la familia del rey permaneciera en el país. Aconsejó la huida, algo que era deseado al mismo tiempo por Luis XIV. El marqués decidió salvar a la reina y a su hijo aunque fuera a costa de su propia vida...



martes, 8 de abril de 2014

"Tras las huellas de Arsenio Lupin", ya a la venta


Ya está a la venta la antología de género negro “Tras las huellas de Arsenio Lupin”, en la que participo con el relato titulado "Gambito Veneciano". 

El libro, con prólogo de Miguel Ángel de Rus, reúne historias de Maurice Leblanc, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Arthur Conan Doyle y Guillaume Apollinaire junto con otras de autores contemporáneos de España e Hispanoamérica. Todas ellas están ambientadas entre mediados del siglo XIX y la Belle Époque. 

“Volvemos a encontrarnos con los más extraordinarios detectives y los más sublimes delincuentes. Regresamos a aquella época en que el interés se centraba en el argumento, la trama se aclaraba mediante el método deductivo, interesaban la explicación psicológica de los hechos y el estudio del comportamiento de los personajes.”

Se puede encargar un ejemplar a través de la librería de la editorial, pinchando en este enlace.

Espero que disfruten de la lectura. ¡Muchas gracias!



domingo, 6 de abril de 2014

El regreso a Inglaterra

Jacobo II de Inglaterra

De regreso en Francia, Lauzun volvió a sumirse en una oscura existencia, si bien no tan discreta como para apaciguar a Mademoiselle, que se queja de él en sus memorias porque daba “mucho que hablar, y con frecuencia por cosas que me molestaban”. De vez en cuando él volvía a insistir en verla, pero ella se mostraba obstinada al respecto. El marqués se sirvió de Monsieur para que intercediera en su favor, aunque nada obtuvo de sus buenas gestiones. Mademoiselle respondió indignada que Lauzun era un ingrato, que no quería verlo y que daría cualquier cosa por no haberlo visto nunca.

—Sé muy bien por qué quiere verme: espera de mí que solicite al rey que permita su regreso a la corte. Pero nunca lo mencionaré para nada. No lo merece.

Durante un tiempo los acontecimientos en Inglaterra se mantuvieron relativamente tranquilos, lo que desbarataba sus esperanzas de obtener allá la notoriedad que le estaba vedada en Francia. Pero en 1688 las desavenencias entre Jacobo II y sus súbditos habían alcanzado un punto álgido. Jacobo los había irritado de todas las formas posibles: se rodeaba de jesuitas y capuchinos, había atacado las libertades de la Universidad de Oxford y puso la guinda al pastel arrestando a siete obispos. Parecía claro que pretendía colocar a su pueblo bajo el yugo de Roma, y eso era lo último que los ingleses hubieran deseado. 

Jacobo tenía muchos enemigos dispuestos a servirse de cualquier arma. Una de ellas, y no la menos poderosa, eran los rumores y las calumnias. Comenzó a circular la historia de que el hijo que la reina había dado a luz el 10 de junio no era en realidad del matrimonio, sino un impostor que presentaban como propio ante la imposibilidad de María de Módena de traer al mundo a un hijo sano.

Guillermo III de Orange

Mientras tanto el príncipe de Orange contemplaba con suma complacencia las tribulaciones de su suegro mientras se ocupaba en fletar unos navíos con los que supuestamente prestaría ayuda al emperador, pero que en realidad destinaba al asunto inglés. Guillermo aguardaba pacientemente su oportunidad para apoderarse del trono.

El 5 de noviembre desembarcaba en Torbay, con consecuencias desastrosas para Jacobo: su ejército comenzaba a abandonarlo para pasarse al bando del príncipe de Orange.

Estos acontecimientos eran seguidos en Francia con el máximo interés, y en octubre Lauzun había obtenido permiso para desplazarse nuevamente a Inglaterra. En apariencia lo hacía por su propia cuenta, como voluntario, pero en realidad llevaba un regalo de 20.000 pistolas, un apoyo económico que Luis XIV ofrecía como regalo a su primo el rey de Inglaterra.