sábado, 29 de marzo de 2014

Lauzun en Inglaterra

María de Módena, reina de Inglaterra

Lauzun, nuestro marqués de Péguilin, estaba ansioso por encontrar una ocasión de demostrar aún su valía y, seguramente recordando cómo durante su juventud había combatido a las órdenes de Jacobo II cuando éste era duque de York, le pareció que en la revuelta Inglaterra hallaría ahora su oportunidad. Así pues, Péguilin solicitó y obtuvo permiso de Luis XIV para desplazarse hasta allá.

Jacobo II no se parecía al rey de Francia. Ni siquiera se parecía a su difunto hermano, Carlos II. El duque de Buckingham había establecido muy bien la diferencia entre ambos cuando dijo: “El rey [Carlos] podría atender sus asuntos si quisiera, y el duque [Jacobo] los atendería si pudiera”. Péguilin calculaba que el nuevo rey sería mucho más manejable y podría influir sobre él, y no se equivocó, porque se convirtió en su principal consejero.

Pero no era solo el interés personal lo que llevó a Péguilin a Inglaterra. Él realmente deseaba servir a Jacobo y a la joven segunda esposa del rey, María de Modena, por quien sentía gran respeto y admiración.

Jacobo II

María de Modena era muy delgada y pálida, con el rostro demasiado alargado para ser considerada una belleza clásica, pero resultaba bonita. Su porte era elegante, poseía unos grandes ojos oscuros y una dulzura capaz de agradar, de modo que no dejaba indiferente a nadie que tuviera ocasión de tratarla. Aunque aún no había vivido sus mayores desdichas, ya había atravesado por múltiples penalidades. Su salud era delicada, estaba continuamente enferma y los hijos que traía al mundo se le iban muriendo uno tras otro. Además había descubierto que su esposo le era infiel. Cierto que esta circunstancia la igualaba a la mayoría de las reinas de Europa, pero María, a diferencia de algunas otras, amaba apasionadamente a su marido y, para empeorar las cosas, era orgullosa y devota, dos rasgos que incrementaban la mortificación que le causaba la deslealtad de Jacobo. La reina indudablemente despertaba en Péguilin su espíritu caballeresco. La belleza, unida a la desdicha, se convertía en un poderoso acicate que lo impulsaba a tratar de asistirla.

Lauzun no tuvo un papel especialmente destacado durante esa primera visita a Inglaterra, aunque combatió en el ejército del rey contra las tropas del duque de Monmouth. Sin embargo la rebelión fue aplastada con tal rapidez que apenas tuvo ocasión de señalarse. 

A su regreso, envió a un caballero con una carta para Mademoiselle, pero ella se negó a prestarle atención o a recibir personalmente las curiosidades procedentes de la China que le traía como regalo. En lugar de eso envió a Choisy para que las aceptara en su nombre…


jueves, 20 de marzo de 2014

La ejecución del duque de Monmouth

La Torre de Londres en el siglo XVII

A las diez de la mañana el duque de Monmouth fue conducido a Tower Hill, en compañía de una fuerte escolta con instrucciones de dispararle si había algún intento por rescatarlo. Subió al cadalso sin aparentar ningún temor y entre las lágrimas del pueblo, para el que aún era un ídolo. Les dirigió una breve despedida, y después de decir que moría en la fe de la Iglesia de Inglaterra, comenzó a hablarles de su amada Henrietta, a quien describió como una virtuosa y buena mujer. Los obispos le recordaron su pecado de adulterio, lo que él volvió a negar obstinadamente. Luego rezaron por él, y Monmouth se arrodilló y se unió a ellos. Concluyeron con una breve oración por el rey. El duque vaciló, pero finalmente dijo “Amén”. 

Monmouth entregó su anillo y su reloj con instrucciones de que se enviaran a Henrietta. Luego dio seis guineas al verdugo y dispuso que fuera recompensado con otras cuatro si cumplía bien con su trabajo. Le rogó que fuera más clemente con él que con el difunto Lord Russell, que había necesitado varios golpes antes de morir. No iba a ser así. 

Tras negarse a que le vendaran los ojos, se arrodilló y puso la cabeza sobre el tajo. Entonces dio la señal. El verdugo descargó un golpe tan débil que Monmouth, para horror de cuantos contemplaban la escena, levantó la cabeza y lo miró acusador. Siguieron dos nuevos intentos antes de que el hombre se declarara incapaz de acabar con el condenado. Las autoridades lo obligaron a levantar el hacha y continuar. Fueron precisos dos golpes más para separar la cabeza del tronco. La muchedumbre estaba tan furiosa que tuvo que ser contenida para impedir que se abalanzaran sobre el verdugo. 

El duque de Monmouth retratado después de su muerte

Finalmente los restos mortales se colocaron en un féretro y fueron transportados hasta la capilla de la Torre. Era el 15 de julio de 1685. El que fuera un día el brillante duque de Monmouth fallecía a los 36 años. 

Henrietta Wentworth, inconsolable, moría pocos meses después, dicen que de pena. 

El pueblo se negaba a aceptar que Monmouth hubiera muerto. Muchos prefirieron creer en la leyenda que hablaba de cinco personas físicamente idénticas al duque, cada una de las cuales había jurado hacerse pasar por Monmouth y morir por él si era necesario. Decían que era uno de ellos quien había sido ejecutado ese día en Tower Hill. 

La leyenda fue más lejos: se llegó a afirmar que el rey no había querido derramar la sangre de su sobrino, y que el verdadero Monmouth había sido entregado en Francia para que languideciera allí en una prisión. El duque de Monmouth sería, según esta versión, el Hombre de la Máscara de Hierro.


martes, 11 de marzo de 2014

Las últimas horas del duque de Monmouth


Después de la entrevista con el rey, Monmouth fue conducido a la Torre. El coronel que le acompañaba en el carruaje hasta la prisión tenía órdenes de apuñalarlo al instante si el pueblo intentaba rescatarlo. 

Al día siguiente Jacobo II despachaba una carta a su yerno, el príncipe de Orange: 

“El duque de Monmouth parece muy preocupado y deseoso de vivir, y no se comportó tan bien como yo esperaba, ni como cabe esperar de cualquiera que pretenda ser rey. He firmado su orden de ejecución para mañana.” 

Mientras tanto su sobrino aún se aferraba a una última esperanza, y, consciente del punto débil de Jacobo, le hizo creer que se convertiría al catolicismo. Desde la Torre escribió una carta al rey solicitándole un día más de vida “para poder abandonar este mundo como debería hacerlo un cristiano”. Se decía que Monmouth depositaba mucha fe en las predicciones de un adivino que le dijo que si lograba sobrevivir al día de San Swithin, sería un gran hombre. Y San Swithin era precisamente el 15 de julio, el día fijado para su ejecución. 

Ciertamente el duque era muy supersticioso, como demuestra el hecho de que cuando fue capturado le encontraron un papel con hechizos y conjuros escritos por su propia mano. El arzobispo Tenison contó que también detrás de la piedra de su anillo había un conjuro que se supone que servía para protegerlo en la batalla o contra algún peligro inminente. 

La noche antes de la ejecución su esposa expresó el deseo de despedirse de él, a pesar de que otra mujer había ocupado su lugar en el corazón de Monmouth, e incluso convivía con él como verdadera esposa. Esa mujer era Henrietta Wentworth, su gran amor y el último nombre que pronunciaron sus labios antes de morir. 

La esposa volvió a verlo a la mañana siguiente en compañía de sus hijos, y esta vez fue recibida con menos frialdad. El rey había enviado a la duquesa un mensaje invitándola a desayunar con él esa mañana, y ella aceptó creyendo que la invitación era para anunciarle el perdón de su marido. No era así, aunque Jacobo tuvo al menos la generosidad de devolverle las propiedades confiscadas al duque. Fue una de las últimas peticiones de Monmouth: que al menos sus hijos no se arruinaran por su causa. 

Cuando el rebelde se convenció de que no podría eludir su destino, recuperó la serenidad y se preparó para el final con la fortaleza que le había caracterizado en otro tiempo. Pero los obispos que trataron de arrancarle el arrepentimiento por su adulterio, nada consiguieron. Él consideraba a Henrietta su verdadera esposa; decía que estaban casados por la ley de la tierra. “A la mañana siguiente les dijo que había rezado para que, si estaba en un error respecto a ese asunto, Dios le convenciera de ello; pero Dios no le había convencido, y por tanto creía que no era ningún error.” Los obispos se negaron entonces a administrarle el sacramento, un castigo que no hizo mella en él: Monmouth se limitó a responder que lo lamentaba. 

Confesó por escrito que el difunto rey, su padre, le había dicho que nunca se había casado con su madre, y luego recibió la visita de Tenison, que lo instó a reconciliarse con su esposa antes de morir. Cuando llegaron al tema de Henrietta, el duque le dijo que había oído que no era pecado tener una esposa ante los ojos de la ley y otra ante Dios*. Luego extrajo un reloj de oro y le rogó que lo llevase en su nombre a Henrietta, a lo cual Tenison se negó en rotundo.

***

*Se supone que Dios junta al hombre y la mujer que hacen pacto entre sí y con Él para ser esposos, ratifican o hacen público en alguna forma su propósito de casarse y luego cohabitan. Se debe cumplir en cuanto sea posible con la ley y contraer matrimonio tan pronto como las circunstancias lo permitan —en el caso de Monmouth, separado de su mujer, no podría completar los requisitos hasta la extinción de su matrimonio por fallecimiento de la esposa o cualquier otra razón prevista por la ley—; pero los que hacen este voto sagrado no viven en pecado, porque mediante él son juntados por Dios para ser esposos, y tienen verdadera voluntad de serlo.


viernes, 7 de marzo de 2014

La rendición del duque de Monmouth


El duque de Monmouth apenas había cabalgado veinte millas cuando su caballo se desplomó por la fatiga. Solo en territorio hostil, cambió sus ropas por las de un campesino para evitar ser reconocido y continuó camino a pie. Dos días después de la batalla un sirviente lo encontró oculto en una zanja, tratando de camuflarse bajo unos helechos. Monmouth no opuso resistencia cuando el hombre, asustado, gritó en demanda de ayuda. Pronto acudieron unos soldados, y con ellos su destino quedó sellado. Dicen que temblaba violentamente cuando fue descubierto, y que estalló en llanto. Las únicas provisiones que llevaba encima eran unos guisantes que había recogido en un campo vecino. 

“El alegre y galante Monmouth, que había buscado y ganado fama en el campo de batalla, era incapaz de anticipar sin horror la solemnidad del cadalso.” 

Desde Ringwood escribió al rey el 8 de julio en el más humilde de los tonos y rogándole que le concediera una entrevista:

“Tengo que deciros, señor, que espero que tengáis un reinado largo y feliz. Estoy seguro de que cuando me escuchéis os convenceréis del cuidado que me he tomado en vuestra conservación, y qué sinceramente me arrepiento de lo que he hecho… Confío, señor, en que Dios todopoderoso tocará vuestro corazón con un sentimiento de compasión hacia mí, como ha puesto en el mío el aborrecimiento hacia mis propios actos… Espero vivir suficiente para mostraros con cuánto celo estaré a vuestro servicio…” 

Y firmaba como el más humilde y obediente súbdito de Su Majestad. Después dirigió también una carta a la viuda de su padre, con la que siempre había estado en buenos términos. 

Jacobo II

Jacobo le concedió esa entrevista, seguramente a instancias de la reina viuda y tal vez pensando en obtener información acerca de los cómplices de su sobrino, así como su propia confesión.

El 13 de julio llegaba Monmouth a Vauxhall, y desde allí era trasladado por el río a Whitehall. Cuando compareció ante el rey, cayó de rodillas intentando abrazar las de Jacobo II, “y olvidando el personaje de héroe que durante tanto tiempo había pretendido ser, se comportó del modo más abyecto que se pueda imaginar, sin omitir ninguna humillación ni fingimiento de pena y arrepentimiento, para mover al rey a la compasión y el perdón.” 

Como el relato procede de sus enemigos, hay que suponer que contiene algo de exageración. En cualquier caso, es cierto que se arrodilló y suplicó clemencia. Confesó entre lágrimas que merecía la muerte, pero pidió al rey que perdonara una vida que estaría en adelante enteramente dedicada a su servicio. 

—Recordad que soy el hijo de vuestro hermano, y si me quitáis la vida, derramáis vuestra propia sangre. 

La reina, María de Modena, lo insultó “del modo más arrogante y despiadado”, y el rey aprovechó la ocasión para arrancarle una admisión de su ilegitimidad. Pero, eso sí, al menos Monmouth nada reveló acerca de sus amigos.


domingo, 2 de marzo de 2014

La batalla de Sedgemoor

Monmouth

El duque de Monmouth había confiado en que la popularidad de su nombre llenaría de soldados sus filas, y no se engañó. En cuatro días había reunido dos mil. Uno de sus primeros pasos fue emitir una declaración escrita para inflamar al pueblo. En ella hablaba del rey Jacobo, a quien seguía dando el título de duque de York, como su mortal enemigo, y le acusaba de todos los crímenes imaginables y de todos los planes futuros capaces de causar la miseria de su pueblo. El incendio de Londres, el asesinato del conde de Essex, el envenenamiento del difunto rey y disparates semejantes le eran alegremente atribuidos a Jacobo II sin el menor empacho ni rubor. 

Mientras tanto el rey no permanecía ocioso, y además contaba con el apoyo del Parlamento. Se aprobó condenar a Monmouth por alta traición, y se ofreció una recompensa de 5000 libras por capturarlo vivo o muerto. 

El día 18 llegaba Monmouth a Taunton. Las casas lucían flores y colgaduras para recibirlo, y las calles estaban tan abarrotadas de gente que quería verlo que apenas lograba avanzar. Sus colores habían sido tejidos por las jóvenes de la ciudad, y le fueron presentados solemnemente de manos de las más entusiastas. El regalo iba acompañado de una Biblia. 

—He venido a defender las verdades contenidas en este libro —declaró él—, y, de ser necesario, para sellarlo con mi sangre. 

Jacobo II

Sus seguidores ascendían ahora a seis mil, y hubiera podido seguir creciendo de haber contado con armas suficientes. Embriagado por su triunfo, cometió la locura de asumir el título de rey y llegó al extremo de poner él mismo precio a la cabeza de su tío, Jacobo II. 

El rey había reunido una fuerza considerable para detener su avance. Monmouth supo, también, que su amigo Argyle había sido derrotado en Escocia. No contaba con suficiente artillería, ni tampoco con fondos suficientes para financiar una campaña capaz de hacer frente a las tropas de Jacobo. Pensó en renunciar, pero en el último momento no quiso abandonar a sus seguidores a su suerte, de modo que se dirigió a la ciudad de Bridgewater para hacer un último intento desesperado. 

El conde de Feversham, que mandaba las tropas del rey, se había establecido en una posición débil en el cercano pueblo de Sedgmoor. Aprovechando esta circunstancia, se decidió que lo mejor era un ataque nocturno sin dilación contra las tropas comandadas por Feversham y por Churchill, el gran duque de Marlborough. 

Monmouth
El 5 de julio a las 11 de la noche, con el mayor sigilo posible y dirigidos por un guía de toda confianza, Monmouth comenzó el avance. La suerte no le acompañó, y el ruido producido por un mosquete al dispararse accidentalmente puso en guardia al enemigo. Las tropas de Monmouth eran indisciplinadas y se lanzaron furiosamente sin que hubiera forma de contenerlos y ordenarlos. Los realistas los estaban esperando. Monmouth se batió con desesperado valor al frente de su infantería, y a punto estuvo de lograr hacer ceder a las veteranas tropas del rey. Pero la cobardía de Lord Grey decidió la contienda al huir con la caballería, dejando que la del enemigo atacara a Monmouth por la retaguardia. 

Sin municiones y rodeado por todas partes, sostuvo un combate de tres horas, al cabo de las cuales se vio obligado a rendirse. Habían muerto mil quinientos hombres, y otros tantos fueron hechos prisioneros. El día en que llegaron a Londres las noticias de su derrota en la batalla de Sedgemoor, su esposa fue enviada a la Torre con dos de sus hijos. 

Monmouth había logrado escapar con dos de sus seguidores de los que después se separó para tomar el camino de Lymington, donde esperaba encontrar amigos que le facilitaran la huida…