jueves, 27 de febrero de 2014

La Rebelión de Monmouth

Monmouth

Carlos II fallecía el 6 de febrero de 1685. Su hermano el duque de York le sucedía en el trono como Jacobo II. El nuevo rey tenía suficiente influencia sobre su yerno, el príncipe de Orange, para procurar la expulsión de Holanda del duque de Monmouth, quien se retiró a Bruselas en compañía de su amante, Henrietta Wentworth. 

Durante ese periodo Monmouth parecía resignarse a una vida tranquila. Fue un tiempo que aprovechó para suplir las deficiencias de su educación y aplicarse con interés al estudio. Pero antes de que transcurrieran cuatro meses, sus amigos volvían a tentarlo para meterse de lleno en otra intriga. El plan era invadir Inglaterra. Por sus cartas sabemos que no estaba en su ánimo lanzarse a conspirar de nuevo: 

Os ruego que no penséis que es producto de la melancolía, pues ese nunca fue mi mayor defecto, si os digo que en estas tres semanas de retiro en este lugar no solo he mirado hacia atrás, sino hacia delante; y cuanto más considero nuestras actuales circunstancias, más desesperadas me parecen, a menos que suceda algún accidente imprevisto que no puedo adivinar ni esperar… Por Dios, pensad en las dificultades que aguardan en nuestro camino; no sea que por luchar con nuestras cadenas las hagamos más fuertes y pesadas… Y para descubriros mis pensamientos sin tapujos, estoy tan encantado con mi vida de retiro que por nada del mundo me gustaría abandonarla.

Jacobo II

Pero, como de costumbre, al final prevalecieron sus peores inclinaciones, y el 24 de mayo de 1685 zarpaba desde Texel con escasas fuerzas y notable precipitación. Solo le acompañaba una fragata de 32 cañones, tres navíos pequeños y 82 personas, aunque traía armas para unos cinco mil. 

Tras pasar en el mar 19 días entre tormentas y vientos contrarios, llegó a Lyme, en Dorsetshire, el 11 de junio. Lo primero que hizo fue congregar a sus seguidores en torno a sí y, ordenando silencio, se postró de rodillas en la playa y rogó al Cielo que protegiera su empresa. Luego desenvainó la espada y, seguido por sus hombres, los condujo hasta la ciudad, donde plantó su estandarte azul en la plaza del mercado sin ninguna oposición...



He abierto en pinterest una galería donde voy reuniendo los retratos de cuantos personajes pululan por la corte del Rey Sol. La encontrarán en http://www.pinterest.com/dianademeridor/


sábado, 22 de febrero de 2014

Por encima de todas las cosas

Carlos II

La sumisión de Monmouth fue un severo golpe para su partido. Sus amigos le imploraban que continuara siendo leal a ellos; inflamaban su ánimo con esperanzas de lograr la corona e insinuaban que debía recuperar el honor que había perdido al someterse. 

Jacobo fue a ver al rey y le pidió que le devolviera el papel. Carlos le respondió que, así como no había sido obligado a firmarlo, tampoco retendría el documento contra la voluntad de su hijo, pero le advirtió que considerara seriamente el paso que estaba dando, y le dejó que lo pensara hasta la mañana. 

Al día siguiente Monmouth renovó su petición aún con más vehemencia. Carlos, apenado, le entregó la carta al tiempo que lo desterraba de la corte. 

Desde entonces vivió sobre todo en Holanda, donde era tratado con hospitalidad y respeto. El príncipe de Orange lo admitía entre su círculo más íntimo y hacía lo posible por hacerle la estancia agradable. Incluso persuadió a su esposa María, hija del duque de York, de que aprendiera a patinar para cumplir un capricho del duque. 

El rey escribía frecuentemente a su hijo descarriado, e incluso le proporcionaba dinero. Aún le amaba por encima de todas las cosas. Al final de su vida era evidente que sus sentimientos habían ganado todo el terreno a la razón y que tenía intención de volver a llamarlo a su lado, como refleja el propio diario del duque de Monmouth.

jueves, 13 de febrero de 2014

El perdón del rey

-Carlos II-

Mientras el duque de Monmouth permaneció oculto tras el complot de Rye-House, no solo enviaba al rey, su padre, los mensajes más cariñosos, sino que incluso mantuvo alguna entrevista secreta con él. Y Welwood cuenta en sus memorias que “la noche en que el duque apareció por fin en la corte tras la reconciliación, el rey Carlos tuvo tan poco dominio de sí que no pudo disimular una enorme alegría en su expresión, y en todo lo que decía o hacía.” 

La situación se había arreglado después de una carta que Monmouth dirigió a su padre rey:

No hay nada en el mundo que me haya lastimado tanto el corazón como la acusación de haber intentado asesinaros, señor, a vos y al duque. A Dios pongo por testigo, y que me muera en este mismo instante, si alguna vez pasó por mi mente o dije la menor cosa a alguien que pudiera hacer pensar que desearía algo así. Estoy seguro de que no puede haber tales villanos sobre la tierra como para decir que alguna vez lo hice.

Lo cual tal vez era cierto, pero no significaba que no hubiera conspirado para provocar una rebelión contra su padre con el objetivo de alcanzar el trono que él ocupaba. 

Monmouth

A esta carta siguió otra más afectuosa y llena de palabras de sumisión. El orgullo de Monmouth debió de sufrir un severo golpe cuando se vio obligado a humillarse también ante el duque de York: “Ni tampoco imagino recibir vuestro perdón si no es por la intercesión del duque, a quien reconozco haber ofendido, y estoy dispuesto a someterme de la más humilde de las maneras”. Por otra parte, durante las negociaciones del perdón Jacobo estipulaba que no delataría a sus amigos, y que en ningún caso podría ser citado como testigo para declarar en contra de los implicados. 

Después de haber negociado en privado, Carlos reunió al consejo en sesión extraordinaria y expresó su firme convicción de que su hijo estaba arrepentido de sus actos. De ese modo Monmouth recuperaba el favor y volvía a ser recibido en la corte como si nada hubiera sucedido. 

Pronto resultó evidente que Jacobo distaba de sentir cualquier clase de remordimiento. Sus viejos amigos, “hostiles a la tranquilidad de la nación”, continuaban agrupándose en torno a él, y las palabras humildes que Monmouth había tenido con su padre en privado eran muy diferentes a las que manifestaba cuando estaba en compañía de esas amistades. Los rumores del doble discurso del duque llegaron hasta el rey, y este habló con él y le expresó sus inquietudes. Le pidió que reconociera sus errores también públicamente e incluso redactó a tal efecto una carta que su hijo firmó sin vacilar. El contenido era el mismo que podía encontrarse en las que antes había dirigido a Carlos: admitía la parte que había tenido en el complot, pero negaba cualquier intención de asesinar al rey. Concluía expresando la esperanza de que sus ofensas serían perdonadas, y con la promesa de que nunca más volvería a incurrir en las mismas faltas.


Feliz cumpleaños, Guiomar, allá donde estés


lunes, 10 de febrero de 2014

El traidor

Rye-House

En mayo y junio de 1683, es decir, apenas un par de meses después del frustrado atentado contra Carlos II, la cábala de West reanudó la conspiración. Continuaban decididos a acabar con el rey y con su hermano para depositar la corona sobre la cabeza del duque de Monmouth. Habían considerado previamente toda clase de métodos y rutas donde tenderles una emboscada. Las propuestas incluían dispararles desde St Mary-le-Bow, atacarlos en el parque de St James o en la barcaza mientras cruzaban el río; fuera de Londres, tomaron en consideración el camino que iba a Winchester, o el que unía Windsor con Hampton Court. Finalmente se habían decidido por preparar un atentado cuando pasara junto a Rye-House de regreso de las carreras de Newmarket, pero, al frustrarse los planes, ahora reclutaban hombres capaces de dirigir una insurrección en Londres.

Un plan para asesinar al rey no podía permanecer secreto durante mucho tiempo. Keeling, uno de los miembros de la cábala, comenzó a mostrar reservas. Planteaba como un problema de conciencia continuar con una trama que culminaría con un crimen, aunque algunos de sus compañeros dirían más tarde que Keeling había obrado movido por el interés y la codicia. Declararon que él mismo les había hablado en una ocasión de recompensas que recibiría por parte de gente importante a cambio de ciertas revelaciones que podría hacer. Inquietos por su actitud, algunos de ellos pensaron en matarlo, pero al final optaron por asegurarse su lealtad entregándole una cantidad de dinero.

Sir Leoline Jenkins

Llegaban tarde: Keeling ya había comenzado a hablar con el secretario de Estado, Sir Leoline Jenkins. A cambio de su confesión, el traidor fue perdonado y utilizado como testigo en los procesos de algunos de los conspiradores. Recibió, además, una recompensa de 500 libras. Unos años después militaría en el bando Jacobita, y se da la circunstancia de que, curiosamente, en 1691 hubo de pagar la misma suma que había recibido, y hacerlo por brindar a la salud de Jacobo II, a quien un día había querido asesinar.

La revelación del complot condujo a una serie de arrestos, pero el asunto se presentaba sumamente embrollado, porque los detenidos proporcionaban información contradictoria sobre sus compañeros. Algunos de ellos, como Howard, aceptaron el perdón a cambio de denunciar a otros, pero no todos pudieron ser encontrados: muchos de los conjurados habían huido a Holanda, y uno de ellos era el duque de Monmouth. Se ofreció una recompensa tanto por él como por Lord Grey, Armstrong y Ferguson. 

West confesó su participación, y el papel que había tenido en la compra de armas, que se había realizado con el pretexto de que eran para enviar a América. Sin embargo, su testimonio no incriminaba a la cábala de Monmouth. Su detallada confesión le valió el perdón al año siguiente.

El conde de Essex

Otros no quisieron sobrevivir a su propia derrota: el conde de Essex se suicidó en su celda de la Torre de Londres cortándose la garganta, aunque se dijo, sin fundamento, que en realidad había sido asesinado. Si hubiera vivido para ser juzgado y condenado por traición, habrían sido confiscadas todas sus propiedades, dejando a su familia desposeída. Al suicidarse evitaba la condena y salvaba su herencia para su hijo Algernon, por entonces un niño de 12 años.

Entre las múltiples detenciones que se produjeron, se encontró que los cabecillas de la conspiración eran personajes de escasa relevancia y sin conexión directa con la cábala de Monmouth, aunque la justicia no hizo distinción entre ambos grupos. Las dos cábalas fueron responsabilizadas por igual.

La conspiración de Rye-House había costado la vida a algunos de los amigos del duque de Monmouth, pero él logró salvar la suya. El amor del rey por su hijo era tan grande que incluso eso le perdonó.


sábado, 8 de febrero de 2014

El complot de Rye-House

Carlos II

Las carreras de caballos parecían traer buena suerte a Carlos II. Fue precisamente al ir a presenciar una de ellas en Newmarket cuando se salvó de un complot urdido para acabar con su vida y la de su hermano Jacobo, el duque de York. 

El motivo del atentado, en el caso de Jacobo, era haberse convertido al catolicismo. En el de Carlos el pretexto era que su relación con su primo Luis XIV y otros monarcas católicos de Europa era demasiado estrecha. Los conspiradores hubieran preferido que se acercara más a los países protestantes, sobre todo porque asociaban el catolicismo con la monarquía absoluta y la consiguiente pérdida de derechos y libertades. Cierto es que Carlos II profesaba públicamente la fe anglicana, pero esto no les parecía suficiente a los más fanáticos.

Rye-House era una mansión de Hertfordshire, una construcción medieval rodeada por un foso. Richard Rumbold, a quien por ser tuerto llamaban Aníbal, como el general cartaginés, la había alquilado con la intención de preparar a una emboscada al rey y a su hermano cuando pasaran por allí de regreso de las carreras de Newmarket. Aníbal era un republicano de los de Cromwell, veterano de la guerra civil, pero no actuaba en solitario, sino que formaba parte de un nutrido grupo de whigs extremistas que se reunían en tabernas y en los sitios más insospechados para tramar su conjura. 

Carlos II y el duque de York

Llevaban algún tiempo debatiendo qué medidas tomar. Había dos grupos que se diferenciaban en sus planteamientos: uno de ellos, la cábala de Monmouth, prefería una rebelión en lugar de un asesinato. Algunos se adherían a esta postura simplemente porque temían que si mataban al rey y lo sustituían por Monmouth, este tendría que tomar después venganza sobre los asesinos de su padre. Otros lo hacían por motivos más honorables, al considerar deshonroso el crimen. Sin embargo, finalmente se impuso la vía más drástica y menos escrupulosa. 

El plan era el siguiente: los asesinos bloquearían con un carro el estrecho camino que pasaba junto a la mansión, y luego dispararían al postillón y a los caballos del carruaje a su paso, mientras algunos miembros del grupo dispararían directamente al coche. Aníbal se encargaría de matar al rey y los demás se ocuparían de los guardias.

El duque de Monmouth formaba parte del complot contra su propio padre. Ambicionaba la Corona, si bien propugnaba la rebelión sin querer ir más allá. Los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca de si ambos grupos —el partidario de la revuelta y el del asesinato— formaban parte de una misma conspiración o actuaban por separado, pero la conexión entre ambos parece lo más verosímil. De acuerdo con esta teoría, Monmouth habría tenido conocimiento de los planes para asesinar al rey a través de Robert Ferguson, un clérigo de origen escocés que era uno de sus agentes. Ferguson, por cierto, era una especie de conspirador profesional y un auténtico superviviente que, después de haber participado en complots contra Carlos II, Jacobo II y Guillermo III, murió tranquilamente en su cama.

Monmouth

La oposición de Monmouth al atentado habría tenido suficiente peso para hacer que en un principio se cancelara la operación. El plan se sustituyó entonces por otro para un levantamiento general junto con los disidentes escoceses, quienes llegaron a enviar a sus representantes a Londres. 

Pero mientras tanto la facción más extremista, la llamada cábala de West —por el abogado Robert West, uno de sus integrantes— continuaba conspirando. Querían la cabeza del rey, de modo que reanudaron los planes de asesinato a los que supuestamente ya habían renunciado. 

El atentado estaba previsto para el 1 de abril de 1683, pero una semana antes ocurrió algo que salvaría la vida del soberano: se declaró un incendio en Newmarket que destruyó buena parte de la ciudad. Como consecuencia, se suspendieron las carreras y Carlos II regresó a Londres antes de lo previsto, frustrando así el ataque.


jueves, 6 de febrero de 2014

El desafío de Monmouth


Al año siguiente de su partida a Holanda, tras serle denegado el permiso para regresar, el duque de Monmouth desafió la autoridad del rey y volvió a Inglaterra. Su popularidad era tal que a pesar de ser medianoche cuando hizo su entrada en Londres, las campanas se echaron al vuelo y se encendieron hogueras en las calles para festejar su regreso. Carlos le envió de inmediato un mensaje pidiéndole que diera la vuelta, pero en lugar de obedecer, Jacobo avanzó triunfal. Aunque traía tan solo un séquito de cien hombres armados, por todas partes se le iba sumando la gente. A su paso el pueblo lanzaba los sombreros al aire, lo aclamaban y le prometían sus votos en futuras elecciones al Parlamento. 

Pronto llegaron todas estas informaciones a la corte, para alarma del rey y de su hermano. Finalmente Carlos envió una orden de arresto contra su hijo. Monmouth se encontraba en Stratford cuando un sargento entró en la ciudad y, conducido a su presencia, le mostró la orden del rey. Ni el duque ni sus amigos opusieron la menor resistencia. 

Su padre, como siempre, perdonó su desobediencia, pero Monmouth no aprovechó la oportunidad que se le daba. Durante los dos años siguientes su conducta continuaba siendo tan poco satisfactoria que el rey expresó a la Universidad de Cambridge su deseo de que eligieran otro rector. 

Carlos II

En 1683 lo encontramos por fin dedicado a una actividad más inofensiva que las intrigas a las que se entregaba por aquella época: el 25 de febrero acudía a Francia para tomar parte en una competición organizada por Luis XIV junto a Saint-Germain-en-Laye, y que fue tal vez la más famosa carrera de caballos de su tiempo. Carlos II era un gran aficionado a este tipo de evento deportivo, y en alguna ocasión llegó a participar personalmente. Luis XIV, cuya afición igualaba la de su primo, había cursado invitaciones a diferentes países, solicitando a los propietarios de los caballos más veloces que probaran fortuna ese día. El duque de Monmouth representó a Inglaterra y se llevó el premio.


lunes, 3 de febrero de 2014

Whigs y Tories

El duque de York

Puesto que Carlos II no tenía descendencia de su matrimonio con Catalina de Braganza, el legítimo heredero de la corona de Inglaterra era su hermano, el duque de York. Pero este se había convertido al catolicismo, causando el descontento de buena parte del pueblo. El Parlamento pretendía excluirlo de la línea de sucesión por ello. 

Los partidarios de la exclusión fueron llamados "Whigs", una palabra tomada del gaélico escocés y que significa “cuatreros”, término que se había aplicado a los rebeldes presbiterianos escoceses. Aquellos que estaban en contra de la exclusión, más conservadores y tradicionales en sus posturas, recibieron el nombre de “Tories”, una palabra igualmente despectiva y con similar significado: designaba a los bandoleros irlandeses católicos. 

En aquel tiempo la impopularidad del duque de York abrió el camino a la ambición desatada de su sobrino, el duque de Monmouth. La gente amaba a Monmouth; lo querían tanto como detestaban a su tío. Para ellos era el campeón del protestantismo y de la libertad. 

Carlos II

Pero lo que daba más alas a su ambición era la creencia de que en realidad su nacimiento había sido legítimo. Se hizo circular la información de que el rey se había casado en secreto con Lucy Walter estando en el extranjero. Jacobo así lo afirmaba, y aseguraba poseer los documentos que lo acreditaban, pero nunca pudo mostrarlos. Carlos, por su parte, declaró que jamás había estado casado con otra mujer que no fuera su reina, Catalina de Braganza, con la que no tenía hijos. Entre las intrigas y manejos orientados a hacer creíble esta historia, se trató de obligar al obispo de Durham a firmar un falso certificado de matrimonio, pero el obispo comunicó todo el asunto al rey. 

Cuando Carlos II fue presionado por los condes de Carlisle y Shaftesbury para que declarara legítimo a Monmouth, el rey respondió: 

—Por mucho que lo ame, preferiría verlo colgado en Tyburn antes que declararlo mi heredero.

El duque de Monmouth estaba en la cúspide de su popularidad cuando Carlos II enfermó alarmantemente en Windsor. Sus partidarios y los de su tío estaban en guardia, dispuestos a tomar el poder en cuanto el rey falleciera. De no haberse recuperado, seguramente no hubiera podido impedirse el estallido de una confrontación. 

Monmouth

Carlos no dejaba de insistir en la falsedad de los rumores que le atribuían un matrimonio secreto con la madre de Monmouth. El 3 de marzo de 1679 declaraba “que para evitar cualquier disputa que pueda producirse en un futuro, relativa a la sucesión de la corona, declara ante Dios todopoderoso que nunca dio palabra ni hizo contrato de matrimonio, ni se casó con ninguna mujer que no fuera su actual esposa, la reina Catalina.” 

Y tres meses después se reitera en que “Bajo palabra de rey y por la fe de Cristo, nunca estuvo casado con la señora Barlow, alias Walter, madre del duque de Monmouth, ni con ninguna otra mujer aparte de la actual reina.” 

El monarca se esforzó por equilibrar la balanza del poder entre los bandos de su hijo y su hermano, de modo que ninguno de los dos se hiciera demasiado peligroso. Privó a Monmouth de su puesto de capitán general y del gobierno de Hull, y le ordenó retirarse a Holanda en septiembre de 1679.


domingo, 2 de febrero de 2014

Las sombras de Monmouth


La gente amaba al brillante duque de Monmouth por su generosidad y valor, y por otras mil cualidades que apreciaban en él. El pueblo lo adoraba, y su padre no cabía en sí de orgullo. En pocos años Jacobo había acaparado una gran cantidad de honores. Era general de los ejércitos, capitán de la guardia, gobernador de Hull, rector de la Universidad de Cambridge y, en virtud de los derechos de su esposa, Lord Gran Chambelán de Escocia. La ambición de Monmouth era insaciable, aunque al principio se contentaba con distinciones militares. Solo tenía 16 años cuando tomó parte en una batalla naval. Como tenía una mente especialmente despierta y todo lo aprendía bien, pronto adquirió un buen conocimiento de las tácticas. 

Sin embargo, cuando contaba 21 años sucedió un oscuro episodio que arroja un borrón sobre una figura de impecable historial hasta entonces. Según relatos contemporáneos, dicho incidente, una riña callejera, causó la muerte de un alguacil. En 1671 Andrew Marvell escribe al respecto: 

“El sábado por la noche, o mejor dicho a las dos de la madrugada del domingo, algunas personas, al parecer de alta alcurnia, junto con otros caballeros… mataron a un pobre alguacil que rogaba de rodillas por su vida, causándole muchas heridas. Se han emitido órdenes de arresto contra algunos de ellos, pero han huido.” 

Y poco después vuelve a escribir: 

Sin duda habréis oído ya cómo Monmouth, Albemarle, Dunblane y siete u ocho caballeros, mataron a un pobre alguacil: todos fueron perdonados por estar implicado Monmouth, pero es un gran escándalo.” 

Christopher Monck, duque de Albemarle

El asunto no hizo mella en la estima en la que Jacobo era tenido, y al año siguiente se le designaba para una importante misión: Carlos se había comprometido a proporcionarle a su primo Luis XIV seis mil hombres para combatir contra los holandeses, unos soldados que fueron puestos al mando de Monmouth. Jacobo llegó con ellos al campamento francés de Charleroi a tiempo para el comienzo de la campaña. Estuvo presente en la toma de varias plazas y luego regresó en julio a Inglaterra, donde fue recibido entre aclamaciones. 

En 1676 participó en el sitio de Maastricht, distinguiéndose por su valor. Desempeñó varias misiones militares más, todas con gran brillantez. La última fue en 1679, cuando fue enviado con plenos poderes para aplastar la insurrección en Escocia, donde volvió a dar muestras tanto de su coraje personal como de humanidad. Se hicieron casi doce mil prisioneros entre los que se hubiera llevado a cabo una masacre de no ser por la intervención del propio Jacobo. Finalmente se colgó solo a unos cuantos que habían tomado parte en el asesinato del arzobispo Sharpe, y aquellos que se negaron a someterse al gobierno fueron enviados fuera del país.