viernes, 31 de enero de 2014

La Baronesa Wentworth


Henrietta Maria Wentworth era hija de Sir Thomas Wentworth, conde de Cleveland y barón Wentworth de Nettlestead, fallecido cuando ella era una niña de corta edad y del cual heredó la baronía. Su madre, Filadelfia Carey, la educó en la residencia familiar de Toddington, en Bedfordshire, hasta que, contando alrededor de quince años, Henrietta hace su aparición en la corte. 

Fue en diciembre de 1674, con ocasión de un baile de máscaras. Uno de los participantes en aquel baile era precisamente el duque de Monmouth. El barón Lovelace, primo de Henrietta, los presentó. Pero por entonces Monmouth no se fija en la joven debutante, apenas una niña. Él había iniciado un romance con Eleanor Needham, una belleza de cabello oscuro y piel marfileña de la que se decía que ya había ocupado en alguna ocasión el lecho del propio monarca. Jacobo comenzaba su relación con ella por esas fechas, un amorío que no sería pasajero, puesto que Eleanor le dio tres hijos. Lejos estaba de adivinar que Henrietta se convertiría unos años después en su gran amor.

Barón Lovelace

A partir de ese momento, una vez presentados, Monmouth y Henrietta tienen ocasión de tratarse con asiduidad, y él va cayendo cautivo de sus muchos encantos. En 1679 sus avances son tan notorios y apasionados que poco después la madre de Henrietta decide apartarla bruscamente de la corte y llevarla al campo para impedir que pasara a ser otra de las conquistas del apuesto duque. Filadelfia deseaba casar a su hija con el conde de Thanet, y tener a Monmouth revoloteando en torno a ella podía ser causa de un escándalo que diera al traste con todos los planes.

Sin embargo, no había nada capaz de detener a Jacobo, quien, firme en su asedio, las sigue hasta Toddington. Saltaba entonces el escándalo que Filadelfia hubiera querido evitar: cuando se anuncia el compromiso de Henrietta con el conde de Thanet, Monmouth se propone a sí mismo como novio en su lugar, a pesar del hecho de que continuaba casado con Anne Scott.

A partir de ese momento ambos comenzaron una relación que duraría hasta la muerte del duque. Henrietta lo siguió incluso en el exilio, y lo ayudó a financiar sus locas empresas con sus propias joyas. Ella fue la persona que estuvo a su lado durante los años más agitados de la historia de Monmouth, justo los que nos proponemos revisar en los próximos capítulos.

martes, 28 de enero de 2014

El terror de maridos y amantes

Jacobo Scott, duque de Monmouth

Grammont nos ha dejado una expresiva descripción del duque de Monmouth: “su figura y el atractivo físico de su persona eran tales que tal vez la naturaleza no hubiera formado nunca algo más completo. Su rostro era sumamente apuesto, pero se trataba de un rostro varonil, ni inexpresivo ni afeminado, cada rasgo ofreciendo su propia belleza y delicadeza. Tenía un talento maravilloso para toda clase de ejercicio, un aspecto cautivador y un aire de grandeza. La asombrosa belleza física suscitaba la admiración universal: aquellos que habían sido considerados hermosos antes que él, ahora pasaban a ser completamente olvidados en la corte; y todo el bello sexo le era enteramente devoto. Era especialmente amado por el rey, pero también el terror universal de maridos y amantes…” 

Y Madame Dunois nos dice de él: “Era muy apuesto, extremadamente bien formado, y tenía un aire de grandeza que respondía a su nacimiento. Era valiente, incluso hasta el exceso, y se expuso durante su servicio en el extranjero con un coraje imposible de superar. Bailaba muy bien, y con un aire que encantaba a cuantos le veían. Su corazón siempre estaba dividido entre el amor y la gloria. Era rico, joven, galante, y, como ya he dicho, el más apuesto y mejor formado de los hombres. Después de eso no resulta extraño que tantas mujeres se propusieran conquistar su corazón. Él era consciente de su buena fortuna, y sabía cómo emplearla… Era incapaz de limitarse a una sola conquista, y apenas había un día en que no tuviera una nueva amante; pero parecía haber más fingimiento y vanidad que amor y sinceridad en todos sus lances.” 

Henrietta Crofts, duquesa de Bolton, hija natural de Monmouth

Casadas, solteras o viudas, ninguna mujer podía considerarse a salvo. La condesa de Sunderland escribía lo siguiente en 1679: “El duque de Monmouth tiene tan poca participación en asuntos de Estado que ha estado lo bastante ocioso para hacer que dos damas fueran enviadas fuera de la ciudad. Milord Grey ha llevado a su esposa a Northumberland, y Milady Wentworth… pensó trasladar a su hija al campo con tanta precipitación que está causando un gran revuelo… Milord Grey hace tiempo que sospechaba que el duque de Monmouth era un amigo desleal. A ella le dio una noche para despedirse, hacer el equipaje y marcharse.”

Durante un tiempo mantuvo una relación con Eleanor, hija de Sir Robert Needham, y de esta unión nació una hija que se convertiría en duquesa de Bolton. Pero el amor de su vida fue una de las dos jóvenes mencionadas en la carta: la baronesa Henrietta Wentworth, con quien al año siguiente iba a protagonizar un sonoro escándalo a la par que uno de los episodios más románticos de la Historia. Esta viva pasión del duque fue plenamente correspondida, y por vivir su gran amor ambos desafiaron las convenciones…


domingo, 26 de enero de 2014

Lady Anne Scott, Duquesa de Monmouth


El 20 de abril de 1663 Carlos II casaba a Monmouth con la escocesa Lady Anne Scott, hija del conde de Buccleuch y la más rica heredera de Gran Bretaña. El rey buscó esta ventajosa unión para su hijo con la colaboración de la ambiciosa madre de la novia, la condesa Wemyss. Entre los numerosos pretendientes que aspiraban a la mano de Anne, la condesa optó por uno de sangre real, por más que su nacimiento no hubiera sido legítimo. A partir de ese momento, Jacobo adoptada el apellido Scott.

Se daba la circunstancia de que padre e hijo se casaban con apenas unos meses de diferencia: Carlos II acababa de contraer matrimonio con la portuguesa Catalina de Braganza, una reina que no pudo ser coronada por profesar la fe católica. La pareja se casó mediante dos ceremonias: una católica, privada y en secreto, y otra pública por el rito anglicano.

Catalina de Braganza

La novia había nacido en Dundee el 11 de febrero de 1651. Pasó sus primeros años en Dalkeith, hasta que su madre volvió a casarse. Entonces se trasladó con ella a Wemyss castle. Allí fue donde se celebró la ceremonia de la boda, en presencia del rey y la reina, y ese mismo día se les concedió a los recién casados el título de duques de Buccleuch. Jacobo tenía 14 años, y ella solo 12.

La belleza de Anne no fue celebrada por sus contemporáneos, pero en cambio poseía excelentes cualidades por las que fue admirada y respetada. Detestaba las intrigas, fue protectora de poetas, cultivó la amistad del duque de York y procuró siempre las buenas relaciones entre él y su esposo. Cuando ambos discutían, ella siempre hacía uso de su prudencia para aconsejar a Monmouth y contrarrestar así su impulsividad y la mala influencia de algunos amigos. De hecho Grammont dice de ella que su mente poseía todas las perfecciones de las que carecía el guapo Monmouth.

Wemyss Castle

Pero nada fue suficiente para atar el corazón de su inconstante esposo. Ambos diferían completamente, tanto en caracteres como en gustos. A pesar de todo, tuvieron seis hijos, si bien la mayoría de ellos no superaron la infancia. Madame Dunois dice: “Tenía cuanto se puede desear para hacerla grata. Poseía virtud, ingenio, fortuna y nacimiento, y aunque no era extraordinariamente bonita, y cojeaba un poco, aun así en conjunto resultaba muy agradable. El duque lo consideraba insuficiente para corresponder a su esposa, y como ella era muy inteligente podía descubrir fácilmente las inclinaciones de su marido, de modo que las suyas fueron perdiendo vehemencia.”


jueves, 23 de enero de 2014

El extraño parecido del duque de Monmouth


Jacobo, duque de Monmouth, era hijo del rey Carlos II y su amante Lucy Walter. Nació el 9 de abril de 1649 en Rotterdam, donde Carlos vivía en el exilio después de que su padre hubiera sido decapitado a comienzos de ese año. 

Al parecer no todo el mundo se mostró convencido de que Monmouth fuera hijo del rey. Si bien es cierto que Carlos había conocido a Lucy con anterioridad a dicha visita, las investigaciones de H. Noel Williams apuntan a que en esa ocasión llegó a los Países Bajos a mediados de septiembre de 1648. Si el biógrafo está en lo cierto, el niño habría nacido al cabo de escasamente siete meses de su llegada, una circunstancia sumamente peculiar. 

Algunas voces malintencionadas esparcieron el rumor de que ese verano Lucy había sido amante del coronel Robert Sidney, el menor de los hijos del conde de Leicester. Cuando Jacobo se hizo mayor, hubo contemporáneos que creyeron observar un parecido entre el joven y Sidney, y tal vez no sin fundamento. ¿Qué opinan?

Robert Sidney y el duque de Monmouth

Pero todo depende del retrato. Su aspecto difiere bastante de uno a otro. En algunos se aprecia que en realidad con quien el apuesto Monmouth muestra un notable parecido es con su madre. Pero, si bien es cierto que no existe ninguna semejanza con Carlos II, a veces recuerda mucho a su tío el duque de York, futuro Jacobo II.

Jacobo II y Monmouth

En cualquier caso, Carlos, que sabía contar y conocía la alegre conducta de Lucy, no dudó en ningún momento de su paternidad, a juzgar por el gran amor y especial debilidad que mostró por este hijo. Pronto lo puso bajo la custodia de Lord Crofts, por lo cual Jacobo llevó ese apellido hasta el momento de la Restauración en el trono de los Estuardo. 

Jacobo II y Monmouth

Pasó la infancia en París, al cuidado de su abuela, la reina Enriqueta María, refugiada por entonces en su país natal. Ella trató de educarlo en la religión católica y lo envió al colegio de Jully, pero la instrucción que recibió fue bastante descuidada, algo que él lamentaría posteriormente. 

Monmouth y Lucy Walter

En julio de 1662 llegaba en compañía de su abuela a la corte de Carlos II, quien lo recibía en Hampton Court con evidente orgullo. El rey tuvo otros hijos, nacidos de diversas amantes, pero ninguno parecía despertar en él la admiración que sentía por “este nuevo Adonis”, como lo llamó un contemporáneo. Aunque solo tenía trece años en aquel momento, su aparición en la corte fue brillante. Ese mismo año recibía el título de duque de Orkney, y el 25 de febrero siguiente se convertía en duque de Monmouth. Se prepararon para él apartamentos en el palacio de Whitehall; se le asignó su propio séquito y un equipamiento que parecía más propio de un príncipe heredero. En abril de 1663 ingresaba como Caballero de la Orden de la Jarretera...


martes, 21 de enero de 2014

Lucy Walter (III)


El espía de Carlos II informó al rey de la relación de Lucy con Howard y del intento de chantaje que sufría la dama por parte de una de sus servidoras. El 8 de febrero de 1656 escribe lo siguiente: 

“…Me hallo doblemente consternado ante la perturbación que pudiera producir a Vuestra Majestad la presencia de esta mujer aquí, pues todas sus locuras sacan a relucir vuestro augusto nombre a cada instante, y me avergüenza el haber insistido tan reiteradamente ante Vuestra Majestad creyéndola digna de vuestra atención. Cuando tenga el honor de hallarme en presencia de Vuestra Majestad, me permitiré informaros de cuanto he sabido por boca de una partera de esta ciudad y de una de las criadas de la señora Barlow, a quien ha tenido el desacierto de maltratar de obra pese a que no ignoraba que se hallaba al corriente de casi todos sus secretos”.

Carlos II

Seis días más tarde hay un nuevo comunicado:

He conseguido, al menos, librarla del escándalo público. Su criada, a quien por poco asesina clavándole un punzón en el oído mientras dormía, iba a acusarla de haberse provocado dos abortos, y de vivir en forma indigna con el señor de Howard; mas yo he logrado impedir la ejecución de este peligroso proyecto, por medio de amenazas y de un regalo de cien gilders que voy a entregar a la doncella. La partera ha declarado que el último aborto tuvo lugar después de la partida del señor de Howard. El doctor Rusuf la asistió después del aborto y, aunque es lógico que esté enterado de todo, no sería prudente preguntárselo.

Aunque por el momento he logrado sacarla del apurado trance en que se hallaba, no será difícil que vuelva a comprometerse de nuevo en cuando yo haya salido de aquí; solo por consideración a Vuestra Majestad los señores Heenuleit y Nertwick se han abstenido de expulsarla de la ciudad y del país al son del tambor, como a una mujer de indigna conducta. Sería, pues, conveniente, si tiene intención Vuestra Majestad de reconocer al niño [Monmouth], que enviarais órdenes explícitas para que sea entregado a la persona que Vuestra Majestad designe.

Monmouth

Carlos estaba decidido a apoderarse de Monmouth a pesar de la oposición de Lucy, quien se resistía a perder su mejor baza. Ante la resistencia de la madre, el rey recurrió a una treta para hacerse con el niño: dispuso las cosas para que Lucy y su hijo se alojaran en casa de Slingsby, otro de sus agentes. Este tenía órdenes de arrebatarle a la criatura con el mayor secreto y discreción. 

Pero el carácter de la señora era abiertamente incompatible con cualquier clase de comedimiento. Cuando Slingsby trató de deshacerse de ella haciéndola arrestar por impago del alojamiento, Lucy volvió a protagonizar un escándalo: salió corriendo a la calle, llorando y gritando aferrada a su hijo, proclamando sus quejas ante todo aquel transeúnte que se detenía con intención de ayudarla. 

El escándalo alcanzó proporciones mucho mayores cuando Slingsby, para defenderse, declaró que actuaba en nombre del rey de Inglaterra. La conmoción fue tan grande que tuvo que intervenir el gobernador de Bruselas. Carlos se vio obligado a buscarle a Lucy otra casa y después envió a uno de sus hombres a explicar que no quería tener nada más que ver con ella. Declaró, además, que cualquiera que se posicionara de su lado le causaría una ofensa a él. 

Carlos II

Lucy, furiosa al enterarse, amenazó con publicar todas las cartas que el rey le había escrito. Llegados a ese punto, O’Neill, el espía de Carlos, propuso que Slingsby se apoderara cuanto antes de esas cartas y de cualquier otro documento comprometedor que obrara en su poder. Al mismo tiempo era despachado otro agente a Bruselas para llevarse al niño. Ello motivó una nueva escena de escándalo público, pero esta vez todo era en vano: Lucy hubo de claudicar cuando se le dijo que Carlos dejaría de reconocer a Monmouth como suyo si se negaba a entregarlo o intentaba recuperarlo.

En diciembre de 1657 el niño era entregado a su abuela, la reina Enriqueta María. Lucy Walter ya estaba enferma entonces. Expulsada de Bruselas, se dirigió a París, donde falleció meses más tarde. En cuanto a la causa de su muerte, el duque de York, futuro Jacobo II, afirma en sus memorias que falleció a consecuencia de una “enfermedad propia de su profesión”. No había llegado a cumplir 30 años.

Pero el niño al que hemos dejado en manos de su abuela será el hilo conductor que nos lleve hasta el punto que nos interesa...


domingo, 19 de enero de 2014

Lucy Walter (II)


El 9 de abril de 1649, poco después de comenzar su relación con el Príncipe de Gales, Lucy daba a luz a su hijo, futuro duque de Monmouth. Carlos nunca tuvo la menor duda de que era suyo, una seguridad que distaba de tener su hermano Jacobo, duque de York. Jacobo declaró que tenía “muchas razones convincentes para pensar que no era el hijo del rey, sino de Robert Sidney”.

En junio de ese año Carlos se desplazó a París y Lucy lo acompañó. Luego regresó a Holanda, y posteriormente viajó a Escocia mientras ella permanecía en el Louvre. Durante el verano de 1650, en París, se dijo que ella mantuvo una relación con Henry Bennet, conde de Arlington, mientras que otros le atribuían un romance con el vizconde Taafe. Al año siguiente daba a luz una hija cuyo padre se cree que fue Bennet. Lucy y Taafe vivían en el Louvre, para indignación de la reina Enriqueta María, madre de Carlos. El vizconde mantenía a Lucy y a sus hijos, y Carlos, allá en Escocia, prefería no darse por enterado.

Monmouth

En octubre regresó a Holanda, y Lucy se reunió con él. Al año siguiente ella viajaba a Londres con su hermano, a bordo de un barco fletado especialmente para la ocasión. En apariencia iba para recibir la herencia de su madre, aunque se sospechó que en realidad lo hacía como espía de los realistas. Fue arrestada por los hombres de Cromwell y enviada a la Torre junto con su doncella, pero al poco tiempo era puesta en libertad y obligada a abandonar Inglaterra. 

Para entonces Carlos estaba decidido a romper completamente la relación, pero continuaba prometiéndole dinero y apoyo en sus mensajes. Se ha afirmado que esto se debía a que Lucy estaba en posesión de algunos comprometedores documentos que amenazaba con hacer públicos. Acerca del contenido de los mismos, mucho se ha discutido. Algunos proponen que los papeles demostrarían que el matrimonio se había llevado a cabo, como posteriormente afirmó Monmouth. Lucy siempre insistió en que había sido así, si bien la mayoría de los estudiosos es de la opinión de que nunca llegaron a casarse. 

Carlos II
A pesar de sus pretensiones, por esas fechas consideró la idea de un matrimonio con Sir Henry de Vic, representante del rey en Bruselas, con quien mantenía una relación. Ambos habrían viajado a Colonia para solicitar formalmente el permiso de Carlos, el cual les fue denegado. Resultaría ciertamente extraño pretender contraer matrimonio con otro caballero si ya estaba casada.

El rey pasaba muchas estrecheces mientras se ocupaba en intentar recuperar el trono que había sido de su padre. Aunque vivía rodeado de una “corte famélica” y no disponía de medios con los que satisfacer los caprichos de Lucy, en enero de 1655 le concedió una pensión de 400 libras al año que sería fraccionada en cuatro pagos. A cambio, la madre de su hijo debía portarse bien y no dar escándalos.

Naturalmente esto era pretender demasiado. Apenas recibir el primer pago, Lucy se lanzó a una relación con un hombre casado: Thomas Howard, hermano del conde de Suffolk. Mientras tanto descuidaba la educación del niño y no cesaba de dar motivos de escándalo público. 

Los consejeros del rey estaban desesperados: la consideraban un obstáculo insalvable para la restauración de la monarquía. Pero Lucy no quería romper por completo con Carlos, aún en la esperanza de que su empresa se viera coronada por el éxito y a la vista de los grandes beneficios que se derivarían para ella.

Carlos había encargado a uno de sus agentes, llamado Daniel O’Neill, la misión de espiarla...


jueves, 16 de enero de 2014

Lucy Walter (I)

Lucy Walter

Carlos II fallecía el 16 de febrero de 1685. Al no dejar descendencia legítima, correspondía a su hermano, el duque de York, sucederle en el trono y ser coronado como Jacobo II. Pero Jacobo no resultaba del agrado de la mayoría de su pueblo, y había permanecido exiliado durante parte del reinado de su hermano por haberse convertido públicamente al catolicismo.

No obstante, puesto que no había un candidato mejor, fue aceptado sin que hubiera una fuerte oposición ni se produjeran los temidos disturbios. Pero antes de que hubieran transcurrido dos meses desde la ceremonia de coronación, el duque de Monmouth, hijo natural del difunto rey, declaró que Carlos II había contraído matrimonio secreto con su madre, y que por tanto él era el legítimo heredero de la corona.

La madre del duque de Monmouth había sido una joven aristócrata galesa llamada Lucy Walter (a veces escrito Walters), de la que Carlos se había enamorado en La Haya cuando contaba 18 años y era tan solo el Príncipe de Gales en el exilio. La joven había nacido en el seno de una familia que combatió del lado del rey durante la guerra civil. Cuando las fuerzas parlamentarias ocuparon su hogar de Roch Castle, se refugiaron en Londres, pero al cabo de poco tiempo el maltrecho matrimonio de sus padres se rompía de modo definitivo tras una relación tempestuosa en la que ambos cónyuges se habían arrojado mutuamente acusaciones de infidelidad. El padre los abandonaba, y Lucy, con su madre y sus hermanos, era recogida en casa de su abuela. 

Carlos II cuando aún era el Príncipe de Gales

Más tarde, siendo aún una adolescente, Lucy se trasladó a La Haya. El canciller Hyde insinúa en sus memorias que en realidad había acudido con el deliberado propósito de seducir al futuro rey, y se muestra convencido de que tras ella se ocultaban los enemigos de los Estuardo, decididos a socavar su prestigio. No era cierto. Lucy, simplemente, era una especie de Madame Dubarry que intentaba asegurar su porvenir.

Se trataba de una extraordinaria belleza de cabello oscuro y ojos azules. “Criatura morena, hermosa y atrevida, pero insípida”, la describe uno de sus enemigos. El duque de York también reconoce su hermosura, aunque señala igualmente su escasa inteligencia. La condesa de Dunois nos dice lo siguiente de ella:

“Era de una belleza tan perfecta que cuando el rey la vio, quedó prendado de ella hasta el extremo de que, entre todas las contrariedades y desdichas que amargaron los primeros años de su vida y de su reinado, no halló más placer que el de amar y hacerse amar por tan encantadora criatura. Fue su primera pasión”.

Pronto se hizo popular en Holanda, especialmente entre los jóvenes galantes y libertinos, que la conocían como “Señora Barlow”. Carlos cayó cautivo de sus encantos y comenzó a rodearla de un lujo y unas atenciones que hicieron sospechar a todo el mundo que se proponía casarse con ella. Esto inquietó enormemente a sus consejeros. 

Jacobo II cuando era duque de York

Más tarde, Algernon Sidney contó al hermano de Carlos, el duque de York, que en el pasado había conocido a Lucy, pero que su relación quedó pronto interrumpida debido a que tuvo que partir con su regimiento, y añade que “ella decidió emprender su viaje a Holanda para probar fortuna, y allí conoció a mi hermano Robert, que la mantuvo algún tiempo.”

Cuando el rey se enamoró de ella, Robert Sidney, ayuda de cámara de Carlos y coronel de un regimiento de soldados ingleses en el ejército holandés, hubo de retirarse.

—¡Que la tenga ahora quien quiera, tras haber poseído yo las primicias! —exclamó.


sábado, 11 de enero de 2014

El segundo volumen


Todos en la corte estaban convencidos de que la ruptura con Mademoiselle significaba para Péguilin la imposibilidad de recuperar el favor real, y ello a pesar de que el marqués gozaba del aprecio tanto de Monsieur como del Delfín, con los que solía jugar a las cartas. Donjuán empedernido, continuaba cortejando a varias damas, pero alternaba estos periodos con otros de intensa devoción en los que se retiraba a un monasterio. 

Obtuvo finalmente permiso del rey para enrolarse en el ejército, aunque no en el puesto que él deseaba. Estuvo en el sitio de Luxemburgo durante el mes de mayo de 1684, pero nuevamente perdió la oportunidad de redimirse a los ojos del soberano cuando en una disputa que su gran amigo el mariscal de Créqui mantuvo con Vauban, Péguilin se posicionó del lado de este último. Ello disgustó especialmente a Mademoiselle, porque Créqui era uno de los pocos leales que había apoyado incondicionalmente su matrimonio cuando todos les daban la espalda.

Pero se equivocaban quienes daban a Péguilin por acabado. No había nada a lo que él no pudiera vencer, ni siquiera a la mala suerte. Como el ave Fénix, siempre resurgía de sus propias cenizas, y ahora estaba a punto de iniciar lo que Madame de Sévigné denominó “el segundo volumen” de su vida. Ella lo describió diciendo lo siguiente: “El segundo volumen de Monsieur de Lauzun es muy bonito, y digno del primero”.

Todo comenzó cuando al año siguiente se produjeron en Inglaterra importantes acontecimientos en los que el marqués iba a tener un papel muy destacado… ¡Hagan las maletas de nuevo! Nos vamos a Londres.



sábado, 4 de enero de 2014

La ruptura


La relación entre Péguilin y Mademoiselle de Montpensier se estaba tensando hasta un punto insostenible. En medio de la refriega, Madame de Montespan se posicionaba del lado del marqués, mientras Madame de Maintenon apoyaba a Mademoiselle.

Péguilin había solicitado ser admitido nuevamente en el ejército que preparaba el rey, pero, por expreso deseo de Luis, que no deseaba tratar ningún asunto directamente con él, todas las peticiones que deseara presentar debían llegar a través de Mademoiselle. Parece ser que esta, molesta y resentida, no cursó la solicitud, o bien fue más allá y desaconsejó su concesión. El caso es que, cuando el ejército partió el 22 de abril de 1684, el marqués no fue autorizado a acompañarlo. 

Su enojo contra Mademoiselle era grande, de modo que optó por no acudir a visitarla en varios días. Cuando por fin apareció, ella lo recibió sonriente, como si se regodeara en su frustración.

—Será mejor que os retiréis a Lauzun o a Saint-Fargeau —le dijo—. Puesto que no habéis acompañado al rey, sería ridículo permanecer en París, y yo lamentaría mucho que todos pensaran que os habéis quedado por mí.


Cualquier chispa de ánimo conciliador que hubiera animado al marqués, se extinguió con ese comentario. Ya nada pudo sujetar su genio endemoniado.

—Me voy —replicó—, y me despido de vos. No volveré a veros en lo que me reste de vida.

—La mía hubiera sido mucho más feliz si no os hubiera visto nunca, pero más vale tarde que nunca.

—Habéis labrado mi ruina, mi perdición, sois la causa de que no haya partido con el rey; vos le rogasteis que no lo permitiera.

—Eso es falso. Él mismo puede confirmároslo.

El marqués iba perdiendo la calma, mientras que ella aparecía en todo momento dueña de sí y replicaba con frialdad. Finalmente lo despidió y se retiró a su alcoba. Cuando volvió a salir al cabo de un rato, se encontró con que Péguilin aún estaba allí, arrepentido de su estallido y dispuesto a hacer las paces. Pero Mademoiselle traía pinturas de guerra.

—Esto ya es demasiado —lo atajó—. Ateneos a vuestra propia decisión y marchaos.


Era la ruptura definitiva, algo que no podía mantenerse oculto en París, y que iba a hacer mucho ruido entre los cortesanos. El 4 de mayo Dangeau escribía en su diario: “De París nos llegan noticias de que Mademoiselle ha prohibido a Monsieur de Lauzun que vuelva a presentarse ante ella”.

Así terminaba la que una vez fue llamada “la más famosa historia de amor que han visto los siglos, después de la de Jimena y Rodrigo”.