jueves, 18 de diciembre de 2014

MUJERES EN LA HISTORIA II


Queridos cortesanos, por fin ha entrado en maquetación la segunda antología de Mujeres en la historia, en la que también participo. Dado el éxito de la anterior, M.A.R. Editor ha decidido sacar a la luz un segundo volumen, esta vez dedicado a aquellas que destacaron en algún campo desde 1940 a la actualidad.

Son relatos de ficción que tienen por protagonistas a mujeres cuya labor abarcó todos los ámbitos imaginables: pintura, fotografía, literatura, egiptología, periodismo, música, cine, política, espionaje… Además la antología contará con un relato de Josefina Aldecoa.

Algunos de los nombres femeninos que protagonizan nuestros relatos son bien conocidos. Por las páginas de la antología desfilan, entre otras, Agatha Christie, Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik, Oriana Fallaci, Josephine Baker, Audrey Hepburn o Eva Brown.

Yo participo nuevamente con un relato que me ha divertido mucho escribir. Aunque, por circunstancias, esté a punto de publicar una novela con otra editorial, no renuncio a estos buenos ratos que paso en M.A.R. Editor. Siempre había querido tener un editor al que no le importe que le llame “monsieur”. Y miren, lo encontré. De Rus marca la diferencia.

Quienes conocen a Diana de Méridor, a estas alturas ya habrán adivinado a cuál de esas actividades se dedicaba mi protagonista. Pues sí, por supuesto: la mía es espía. Se trata de la mujer en la se basó Ian Fleming para su primera chica Bond. Es la mujer de la foto. Ya les hablaré más de ella.

La antología aún no tiene fecha de salida. En su momento avisaré del feliz acontecimiento.

Muchas gracias,


Montserrat Suáñez



domingo, 14 de diciembre de 2014

De institutriz a favorita


Mademoiselle de Fontanges tuvo una corta historia: fallecía con apenas veinte años, agotada por las consecuencias de un mal parto que había minado gravemente su salud, probablemente unidas a una tuberculosis. Para entonces, Luis ya la había olvidado. 

Fue entonces cuando comenzaron a circular por la corte los rumores de que Madame de Montespan la había envenenado. Sin embargo, poco adelantó la marquesa con la muerte de su joven rival. Su relación con el rey era ya tan sólo un recuerdo y, a modo de regalo de despedida, Luis le otorga el cargo de superintendente de la Casa de la Reina, que antaño ocupara Olimpia.

Pero Athénaïs aún tiene una baza para, al menos, tratar de impedir que Madame de Maintenon se convierta en la nueva favorita oficial: como su hijo está a punto de pasar a ser educado exclusivamente por hombres, Madame de Montespan tiene en ello ocasión de solicitar el retiro de la institutriz, cuyos servicios ya no se requerirán.

Luis, naturalmente, había previsto este contratiempo y buscó la manera de retener a Françoise en la corte creando un puesto especialmente para ella. Sería segunda dama de atavíos de María Ana de Baviera, a punto de celebrar su boda con el Delfín. Además fue precisamente Madame de Maintenon quien tuvo el honor de ser la designada para recibir a la Delfina en la frontera. 

Durante ese viaje, hasta el cortesano más despistado hubo de conocer con certeza cómo era la nueva situación. Sucedió al regreso, cuando, al llegar el cortejo a Vitry, donde aguardaban el rey y su hijo, todos vieron a la antigua institutriz subir a la carroza real “por la portezuela del lado del rey”.


lunes, 8 de diciembre de 2014

De nombre, de hecho y de corazón


Luis no era hombre capaz de esperar mansamente a que Madame de Maintenon se le rindiera. Ante la tenaz resistencia de la institutriz, el rey acabó por volver sus ojos hacia una hermosa jovencita recién llegada a la corte como dama de la duquesa de Orleáns. Era Marie Angélique de Fontanges, a la que en su día dedicamos varios capítulos. La damisela ofrecía una peculiaridad que suponía una brusca ruptura con lo que había sido hasta entonces la tendencia de Luis: él siempre había buscado mujeres inteligentes y dotadas de ingenio; sin embargo, esta vez fue a fijarse en una belleza a la que todo el mundo consideraba tonta de remate.

Madame de Maintenon, inquieta, se dirige al abate Gobelin:

—Os pido que roguéis y hagáis rogar por el rey, que está al borde de un gran precipicio.

Nada pudo detener a Luis, que cubre de joyas aquella cabeza de chorlito y la convierte en duquesa. Instalada en un apartamento próximo al suyo en Versalles, Angélique pronto comienza a darse aires de nueva favorita. Para la reina, que tanto llevaba soportando, enterarse de esto fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Cuando le hablan de la Fontanges, exclama con su cerrado acento español:

—¡Oh, esa puta, esa puta!



De este modo, y como señaló Madame de Montespan a Madame de Maintenon, el rey tenía ahora tres amores:

—El rey tiene tres amantes: yo de nombre, esa joven de hecho, y vos de corazón.

De las tres, era Françoise la que más pesaba en ese corazón. Por mucho que Luis resultara deslumbrado por la frescura de la recién llegada, la novedad pasaría y Madame de Maintenon permanecería. Ella sabe guardar silencio, permanecer impasible; Athénaïs, en cambio, pierde los nervios, lo último que le quedaba ya por perder. Le hace al rey violentas escenas que causaban justamente el efecto contrario al deseado, como nos cuenta Françoise:

“Yo admiraba la paciencia del rey y el arrebato de esa gloriosa mujer. Todo terminó cuando repitió estas terribles palabras: “Ya os lo he dicho, señora, no quiero ser molestado”.





lunes, 1 de diciembre de 2014

Portada y sinopsis de La corte del diablo


Acaba de aparecer la reseña de mi novela en el blog de Ediciones Áltera.

Os presento oficialmente la que será la portada.

En Francia reina Carlos IX. Dos años antes de la masacre de la Noche de San Bartolomé, las intrigas proliferan en el palacio del Louvre, donde es la reina madre, la formidable y astuta Catalina de Médicis, quien detenta las riendas del gobierno. Es la época en la que concurren las guerras entre católicos y hugonotes, los desdichados amores entre el Duque de Guisa y la hermana del rey, los disturbios en las calles, el cautiverio de María Estuardo, la Batalla de Lepanto y los planes para arrebatar Flandes a España. En medio de este ambiente enrarecido, Mathieu, un polaco de origen francés, viaja a Francia con motivo de la boda del rey. Apenas llegar se enamora de la amante del duque de Anjou y su destino se complicará hasta lo inimaginable...

Podrán encontrar más información en el enlace arriba indicado, y también dejar allí sus comentarios si lo desean.

Les recuerdo que la novela saldrá a finales de enero, según lo previsto.

Muchas gracias a todos.


Montserrat Suáñez



lunes, 24 de noviembre de 2014

Montespan versus Maintenon

Madame de Montespan

Madame de Montespan se encaminaba hacia su ocaso. El último embarazo, unido a su glotonería desenfrenada, le había hecho perder hasta la ínfima traza que aún quedaba de lo que en un día había sido su figura. Ahora su silueta de antaño era tan sólo un recuerdo a añorar. Pero Athénaïs no sólo había perdido sus atractivos físicos; también los otros se habían ido secando, desgastando con el tiempo. Desesperada porque comprende que ha perdido el amor del rey, ya tan sólo se percibe en ella el amargor del veneno que destila por todos sus poros, una acritud que vuelca sobre Madame de Maintenon.

“Se molesta conmigo, ¡como si yo no le hubiese aconsejado no tener más hijos!”, escribe Françoise. 

Athénaïs comienza a dejar de lado todo disimulo y la acusa directamente: le reprocha que en el fondo se alegra de su desgracia porque en realidad Madame de Maintenon ama al rey. Y, lo que resulta más revelador, su rival no lo niega. “Yo me burlé de eso y le dije que no le convenía reprocharme una falta cuyo ejemplo me había dado ella”, se limita a argumentar.

—¡Vuestro favor durará tanto como el mío! —le advierte Athénaïs.

—A mi edad, no se puede hacer sombra a un espíritu cabal —sonríe Françoise.

—¿Y quién os retiene aquí?

—La voluntad del rey. Mi deber, la gratitud y el interés de mis allegados.

Madame de Montespan estalla sin poder contenerse más.

—¡Os he alimentado y vos, a cambio, me ahogáis! —exclama con resentimiento.

Madame de Maintenon

A partir de entonces estas escenas se repiten. Aunque aparentemente Françoise se mantiene entera e incólume, estos enfrentamientos hacen mella en su ánimo y vuelve a pensar en huir lejos de allí. “Agobiada por las preocupaciones, me veo obligada a parecer alegre y contenta. Debo tragarme mis lágrimas. ¡Oh! ¿Cuándo podré al fin llorar en libertad?”

El momento comienza a presentirse próximo: el duque de Maine cumplirá pronto diez años, y cuando llegue ese día dejará de estar al cuidado de la institutriz para pasar a ser educado por hombres.

Mientras tanto Luis sigue encontrando el modo de pasar tiempo con ella diariamente. Ya no es la compañía de Athénais la que busca. Cada noche dedica dos horas a conversar con la viuda, un tiempo que Madame de Maintenon aprovecha para dar buenos consejos al rey y pedirle que sea más atento y cariñoso con su esposa. Liselotte afirma que en una ocasión la oyó decirle a Luis “que se condenaría si no vivía mejor con la reina”. María Teresa llega a tener noticias de estos buenos oficios y, poco acostumbrada, llora conmovida.


lunes, 17 de noviembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: MI PRIMERA NOVELA


Queridos cortesanos, hoy tenemos un nuevo motivo de celebración, y no precisamente pequeño. Tengo el placer de anunciarles que Ediciones Áltera publicará próximamente mi primera novela, que llevará por título La Corte del Diablo. La acción transcurre en tiempos de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX, una época convulsa y propicia a la intriga, la conspiración y la aventura. Tanto o más que la que nos ocupa en este espacio.

La fecha de lanzamiento estimada es el 27 de enero del 2015. Y, por supuesto, no firmaré como Diana de Méridor, sino como Montserrat Suáñez.

Si a alguno de ustedes les interesa el tema, por favor, no se gasten en Navidad todo su presupuesto para libros y reserven un poco para hacerse con un ejemplar de La Corte del Diablo. A cambio puedo prometerles que no se aburrirán. Sale tanto en papel como en formato ebook, por lo que aquellos que no residen en España, en caso de que no pudieran hacerse con un ejemplar, también encontrarán otro modo de leer la novela.

Les dejo un link para poder adquirirla online en cualquiera de los dos formatos, papel o kindle:

La Corte del Diablo online

Y las personas que me preguntan desde México, también en su país la pueden descargar en Amazon en este link:

La Corte del Diablo en México

También en la página de Amazon USA:

La Corte del Diablo en USA

Muchísimas gracias a todos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El hermano de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon

El hermano de Madame de Maintenon se ha enamorado de Geneviève Piètre, hija de Simeón Piètre, procurador del rey y de la villa de París; es decir, una burguesa, y además sin fortuna. Empeñado en el matrimonio contra viento y marea, Charles d’Aubigné logra su propósito. De esa unión iba a nacer una hija que sería educada por su tía desde la más tierna infancia. No olvidaría Françoise procurarle un magnífico matrimonio con el conde de Ayen, posteriormente mariscal de Noailles.

Charles era la oveja negra. O más bien debería decir una de ellas, pálida sombra de la que había sido su propio padre. El hermano de Françoise, aunque con un fondo bondadoso y honesto, era un manirroto. Una de las pocas virtudes que tenía era la sinceridad, pero de bien poco le servía, porque la llevaba a extremos que le hacían caer en abierta indiscreción, o incluso podríamos decir impertinencia. Ella se moría de vergüenza cuando Charles, en plena galería de Versalles, osaba emplear el término “cuñado” para referirse al rey.

Charles, “loco de atar”, como lo definía Saint-Simon, no había pasado de ser capitán de infantería, aunque sus ambiciones le hacían anhelar el cargo de mariscal. No lo consiguió, pues por muy hermano que fuera de Madame de Maintenon, Luis no lo veía capacitado.

Françoise lo tomaba como una cruz que había de sobrellevar, siempre pendiente de que no se descarriara. Él, en general, se dejaba manejar por su hermana, pero se mantuvo inflexible con respecto a la cuestión de su matrimonio. Los planes de Madame de Maintenon para casarlo con alguna viuda madura y acaudalada se vieron frustrados, lo cual no le habría causado tanto disgusto si la elección de su hermano se hubiera ajustado más a lo razonable. Cuando Françoise conoce a la novia y pasa unos días junto a ella, su opinión empeora. La encuentra frívola, egoísta y maleducada. Ni siquiera le parece bonita y no entiende qué ha visto Charles en ella. Una vez aconsejó a su cuñada comprar un vestido de interior para el verano que fuera sencillo y liso, y Geneviève exclamó:

—¡Cómo! ¿Sin oro ni plata?

Madame de Maintenon no precisó de más para catalogarla, y dirige a su hermano una carta en la que le expresa abiertamente su opinión, con esa falta de tacto que podía ser característica de él, pero rara vez de ella:

“Vuestra esposa necesitaría pasar más tiempo aquí, pues es una criatura que ha sido muy mal criada, y si no apoyáis los consejos que yo le doy, os arrepentiréis algún día, pues no será aceptada por las personas decentes.

“Me parece que es una joven a la que se ha mimado como hija única y como burguesa, que es la gente que peor educa a sus hijos. Es desordenada en todo: desayuna a las once y no puede almorzar. Come dulces en las colaciones… En fin, es la imagen de la burguesía, lo que se llama una parlanchina de París. Habla como en el mercado, pero ése es el menor inconveniente, pues aprenderá a hablar bien francés. La encuentro muy dedicada a su persona, y los tontos de sus padres parecen creerla bella; está muy lejos de serlo y yo ya se lo he dicho; hay que persuadirla, para que no caiga en el ridículo en ese aspecto”.

***

La próxima semana haré un importante anuncio que ya he adelantado en mi otro blog, una noticia que hace tiempo que anhelaba compartir con todos ustedes.


viernes, 7 de noviembre de 2014

El ramillete del rey

Anne-Julie de Rohan-Chabot, Princesa de Soubise

Madame de Montespan no se inquieta por esas aventuras pasajeras del rey. Aún se siente poderosa y hace alarde de ello ante toda la corte dejando que la vean con la cabeza apoyada sobre los hombros de Luis. Tal vez no sabe que para él ya apenas es algo más que la fuerza de la costumbre lo que sigue llevándolo hasta ella. La pasión se extingue, y ahora es otra quien la inflama. 

Como no puede satisfacer sus deseos, los ojos del rey continúan volviéndose hacia todas aquellas bonitas novedades que pueblan la corte. Después de Mademoiselle de Théobon, de la condesa de Louvigny o de la princesa de Soubise, Luis fue a fijarse en una rival que se revelaría más peligrosa que todas ellas: Mademoiselle de Ludres, a quien en su momento dedicamos varios capítulos en esta corte. 

Athénaïs comenzó a preocuparse el día en que vio cómo todas las damas se ponían en pie cuando la jovencita entraba en el salón. Eso significaba que todos le habían otorgado ya su mismo rango. La reina, en cambio, para entonces hacía tiempo que se hallaba sumida en la resignación, curtida la piel por mil historias previas. Al tomar conciencia de esta nueva preferencia de su esposo, se limitó a encogerse de hombros y a comentar, no sin cierto sentido del humor, que “el problema concernía a Madame de Montespan”.

Probablemente Isabelle de Ludres hubiera constituido un serio peligro de haber sido más inteligente, pero su propia imprudencia la perdió. La joven se jactaba de su nueva posición y se atrevía a escribirle personalmente al rey cuando éste partió con el ejército. Dicho comportamiento irritaba a Luis y fue causa de la ruptura entre ambos.

La princesa de Soubise

Madame de Maintenon, mientras tanto, se enfrenta a la desdicha de perder a uno de sus grandes amigos, el duque de Albret, tan unido a ella que algunos pensaban que en un tiempo había sido su amante. Su muerte la afectó mucho. “Me escribió una hora antes de expirar, en un estilo que prueba su espiritualidad y la amistad que sentía por mí. Es una pérdida irreparable y que me entristece mortalmente”.

Además el estado del duque de Maine volvía a agravarse, hasta el punto de que los médicos habían perdido toda esperanza de recuperación. Madame de Maintenon obtiene permiso para regresar con él a Barèges, pero esta vez no se producen los mismos resultados casi milagrosos del primer viaje.

Un nuevo problema se sumaría a los anteriores causando su disgusto: su hermano, Charles d’Aubigné, se ha enamorado a sus 44 años de una jovencita de sólo 16, una simple burguesa que carece de fortuna y a la que Françoise no encuentra ni siquiera bonita.



jueves, 30 de octubre de 2014

La condesa de Louvigny


Marie Charlotte de Louvigny, tercera y última de las hijas del marqués de Castelnau, era diez años más joven que el rey. Cuando tenía 19 años se enamoró durante el transcurso de un baile en la corte de Antoine Charles de Gramont, quien por entonces ostentaba el título de conde de Louvigny. Antoine era hermano de la princesa de Mónaco y del famoso Guiche, que tantas páginas ocupó en esta corte en relación con Minette. 

Al igual que su hermano, Louvigny era un hombre extremadamente galante y, según Saint-Simon, tenía “el rostro más hermoso que pudiera contemplarse, y el más masculino”. Gramont dirigió pronto sus atenciones hacia Charlotte con notable éxito. Parece que la pasión entre ambos se desbordó, porque el mismo Saint-Simon nos narra que “se casó con la hija del mariscal de Castelnau, con la cual había llevado un poco lejos la galantería. Su hermano, que murió más tarde convirtiéndola en una rica heredera, no se tomaba a broma esos asuntos y se ocupó de casarlos”.

La boda se celebró el 15 de mayo de 1668, y de ese matrimonio nacerían dos hijos: la mayor, Catherine Charlotte, sería la futura duquesa de Boufflers, y el menor fue Antoine, duque de Gramont.

Lamentablemente su unión, aunque hecha por amor, no trajo la felicidad a Charlotte, porque el esposo era un jugador empedernido que no parecía capaz de renunciar a su comportamiento libertino de siempre. Ella debió de considerar que, dadas las circunstancias, no habría inconveniente en que dejara de ser una esposa fiel. 

Antoine Charles de Gramont, conde de Louvigny

El rey, desde luego, no fue su primer amante. En 1672 circulaba por la corte una canción satírica que señalaba claramente el amor de la dama por el conde de Marsan, de la segunda compañía de mosqueteros del rey. Marsan era el hermano menor del malvado Caballero de Lorena. 

Más curiosos fueron sus amores con el marqués de Manicamp, uno de los favoritos de Monsieur y que, según la misma canción, tenía fama de “mépriser fort le devant”, es decir, de ser un sodomita redomado. Pero como en esta corte todo solía ser tan ambiguo y los amantes de Monsieur podían serlo también de Madame, en este caso Manicamp dedicaba sus atenciones a la condesa de Louvigny, y no le agradó enterarse de hacia qué caballero se orientaban las preferencias de Charlotte. Sin embargo, al cabo de algún tiempo logró desbancar al conde en sus afectos. 

El esposo de la condesa, por su parte, amaba a Mariana Mancini, duquesa de Bouillon, la menor de las sobrinas del cardenal Mazarino. Para rizar el rizo, el propio Manicamp era el confidente de esos amores. No sé si alguno de ustedes se habrá perdido ya.

Parece ser que fue cuatro años después de este enredo cuando la dama comenzó una relación con el rey, tan intrascendente que casi pasó desapercibida. Se trataba, precisamente, de la época en la que Athénaïs aguardaba el nacimiento de su hija, Mademoiselle de Blois. De todos modos, el asunto no duró mucho: todo terminó cuando la favorita regresó a la corte tras reponerse de las fatigas del parto.

Poco después fallecía el suegro de Charlotte, y de ese modo ella y su esposo se convertían en el duque y la duquesa de Gramont. La dama aún viviría 16 años más, hasta fallecer el 29 de enero de 1694. El viudo volvió a contraer matrimonio, aunque no de modo inmediato. Tenía casi 70 años cuando se casó con Anne Baillet de la Cour.


domingo, 26 de octubre de 2014

Mademoiselle de Théobon

Château de Maintenon

Françoise no debió de sentirse muy cómoda durante el año que siguió al regreso de Madame de Montespan, porque Athénaïs, durante su embarazo, se retiraba de vez en cuando a Maintenon para reponerse de los ajetreos de la corte. Fue allí precisamente donde, en mayo de 1677, eligió dar a luz a su hija Françoise, la segunda Mademoiselle de Blois, aquella que un día se convertiría en la esposa del Regente. 

Seguramente su elección fue deliberada, calculada para recordarle a su rival quién seguía ostentando el primer lugar. Y, sin embargo, Athénaïs se equivocaba. En esos momentos era para Luis tan sólo una especie de premio de consolación: seguía con ella porque no podía tener a la que él hubiera deseado. Madame de Maintenon, en efecto, no cede a sus pretensiones. Sabemos por una carta que ella escribió al abate Gobelin que “Se me ha demostrado ternura, pero, si he de deciros la verdad, no se me ha persuadido, y no podría renunciar al proyecto que elaboré con vos”. Ese proyecto era el de abandonar la corte.

Con Athénaïs frecuentemente apartada debido a su próxima maternidad y Françoise siempre esquiva, el rey buscaba aventura en otros lugares, romances pasajeros que no dejaban huella, como fue el caso de Lydie de Rochefort-Théobon, una belleza morena del Périgod hija del marqués de Rochefort-Théobon, y miembro, por tanto, de una familia cuyo rancio abolengo se remontaba a la Edad Media, si bien por parte de su madre descendía de judíos sefarditas.

Lydie tenía la misma edad del rey y ya en el pasado había mantenido una relación con él, algo que, aunque no muy serio, se mantuvo durante dos años, en una época en la que ella era dama de honor de la reina María Teresa.

Tuvo un hermano llamado Charles, caído en la guerra contra Holanda. Sintió tanto su muerte que fue a encerrarse una temporada en el convento de las hermanas de la Visitación, en la rue Saint-Antoine. También tenía una hermana, Mademoiselle de Loubès, dama de honor de la Princesa Palatina pero que resultó ser una espía al servicio del Caballero de Lorena.

Château de Chambord

La relación de Lydie con Luis da comienzo en Chambord en 1670, poco antes de la representación de la obra de Molière que lleva por título El burgués ennoblecido. Pero Madame de Montespan permanecía alerta a cuantos peligros pudieran presentarse para ella entre las damas de la reina y no se detuvo hasta conseguir que aquellas que podrían llegar a amenazar sus intereses fueran alejadas de la corte. Empleó para ello todas sus armas, lo que nunca excluyó la falsedad y la calumnia que tan bien manejaba. Finalmente, el 26 de noviembre de 1673 logró su propósito. Las más bonitas y casquivanas, entre ellas Lydie, fueron sustituidas por otras damas de corte más devoto y piadoso. Mademoiselle de Théobon pasaba a ser dama de la segunda esposa de Monsieur, la Princesa Palatina, de quien pronto se convirtió en amiga y confidente.

En 1676 Madame de Sévigné hace alusión en una carta a su hija de la reanudación de las atenciones que el rey dedicaba a Lydie. Por entonces Mademoiselle de Théobon tenía planes de casarse con el futuro teniente general del Languedoc, aunque finalmente sus proyectos se vieron frustrados. Fue otra dama, Mademoiselle de Coëtlogon, quien se casó con Louis de Cavoye. Lydie acabará contrayendo matrimonio en 1678 con el conde de Beuvron, capitán de la guardia de Monsieur, del que enviudaría diez años más tarde.

Debido a la amistad y lealtad que mostró siempre hacia la Princesa Palatina, se involucró con frecuencia en los asuntos que eran causa de desacuerdo entre Liselotte y Monsieur, lo que le valió ser expulsada por él en 1682.

Lydie había sido educada en la fe calvinista, pero tres años más tarde, tras la revocación del Edicto de Nantes, se convirtió al catolicismo.

Liselotte

Con el tiempo se encontró viuda, sin hijos y arruinada, una situación que la Princesa Palatina se apresuró a remediar al conseguir de Luis XIV que aumentara considerablemente su pensión.

En 1694, y para poder regresar a la corte, Lydie se mostró dispuesta a contraer un segundo matrimonio, esta vez con el marqués de Effiat, uno de los favoritos de Monsieur. Pero Liselotte prohibió este matrimonio que le parecía demasiado escandaloso. La dama no pudo regresar entonces, pero lo hizo unos años después, en 1701, a la muerte de Monsieur, cuando la Princesa Palatina volvió a tomarla a su servicio.

El 23 de octubre de 1708 fallecía en el château de Marly Lydie de Rochefort-Théobon, condesa de Beuvron, a la que Saint-Simon describió una vez como “muy amable y una amiga buena y leal”. Decían, también, que a sus 70 años aún podía percibirse la mujer hermosa que había sido un día.


domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve Madame de Montespan


Cuando Madame de Maintenon regresa de Barèges, el rey recibe la más grata de las sorpresas, algo recogido en la correspondencia de Madame de Sévigné:

“Nada fue más agradable que la sorpresa que se le dio al rey. No esperaba al señor duque de Maine hasta el día siguiente; lo vio entrar a su habitación llevado solamente de la mano por Madame de Maintenon. Fue un transporte de alegría”.

Ver al niño caminar por sí mismo cuando nadie esperaba que volviera a hacerlo, fue más de lo que Luis esperaba, y sabía muy bien que ello había sido posible, sobre todo, debido a los intensivos cuidados de la institutriz más que al tratamiento. Toda la corte comenzaba a tratarla con una deferencia que la situaba incluso por encima del alto puesto que ocupaba; le rinden unos honores que, sin embargo, no parecen impresionar a Françoise. “Los unos le besan la mano, los otros el vestido, y ella se burla de todos”, nos cuenta Madame de Sévigné.

Madame de Maintenon se siente cada vez más inquieta por los avances del rey, poco inclinado hacia una relación platónica, que sería la única que ella admitiría. “Es algo muy difícil de acomodar, y me paso la vida en turbaciones que me quitan todos los placeres del mundo y la paz necesaria para servir a Dios”. Françoise desea abandonar la corte, huir. De vez en cuando se refugiaría en sus tierras de Maintenon, pero pronto el deber la reclamaba de nuevo junto a los niños.

Luis XIV vestido para un baile de disfraces

Luis presiona, acorrala, intensifica su cerco. Tiene 37 años y amplia experiencia acumulada en estas lides, mientras que Françoise, por el contrario, tan solo cuenta con su virtud como arma para afrontar sus estrategias. Se siente al borde del abismo; teme claudicar. El 27 de junio de 1676 escribe a su confidente, el abate Gobelin:

“Deseo más ardientemente que nunca estar fuera de aquí, y me afianzo más y más en la opinión de que aquí no puedo servir a Dios”.

Madame de Montespan, mientras tanto, no daba la partida por perdida. Se había retirado temporalmente a su mansión de Clagny, próxima a Versalles. Madame de Maintenon sabía que su vida se complicaría aún más si su rival lograba recuperar el favor del rey. “Seguramente no ha habido falta por mi parte, y, no obstante, si alguien tiene motivo de arrepentimiento, es ella. Es cierto que ella puede decir “yo soy la causa de su encumbramiento. Yo soy quien hizo que el rey la conociese y gustase de ella; luego se convierte en favorita y yo soy expulsada”. Por otra parte, ¿cometí un error al darle buenos consejos y haber tratado, en la medida de mis posibilidades, de desbaratar sus manejos?”

El alejamiento de Madame de Montespan tan solo duró unos meses. A finales de verano regresaba y recuperaba a Luis sin ningún esfuerzo. Por deseo de él, la entrevista entre ambos había sido pública. No tenía intención de dedicarle mucho tiempo durante ese encuentro, apenas el necesario para intercambiar unas palabras de bienvenida; sin embargo, en cuanto la vio su voluntad flaqueó y la pasión que le inspiraba volvió a arrebatarlo. Ambos terminaron de nuevo en el lecho, y el reencuentro iba a traer como consecuencia un nuevo embarazo de Athénaïs cuando todos la daban por acabada.



domingo, 12 de octubre de 2014

La estancia en Barèges


Madame de Maintenon no tiene tiempo ni ánimos para alegrarse de la ausencia de Athénaïs: la dolencia que el pequeño duque de Maine padece en la pierna empeora y ya casi no puede caminar. Entre todos los hijos del rey, es él quien le inspira la más profunda devoción. Ama a ese niño por encima de todas las cosas, y por esas fechas no hay otro asunto capaz de ocupar su cabeza. 

Los médicos recomiendan las aguas de Barèges, en los Pirineos, y hacia allá parte la institutriz en compañía de Maine. La comitiva debía detenerse frecuentemente, porque eran muchos los que deseaban agasajar al niño. El mariscal d’Albret les salió al paso para escoltarlos hasta Burdeos, donde los aguardaban grandes festejos.

El viaje, sin embargo, no carecería de sinsabores, porque durante el niño cayó gravemente enfermo durante el trayecto. La inquietud fue enorme hasta verlo recuperar la salud y poder así emprender de nuevo el camino.

Una vez llegados a sus destino, permanecerán tres meses en una casa sin apenas comodidades, tan pequeña que el niño y ella debían compartir la única habitación. Françoise continúa muy contenta con su misión, como escribe a sus amistades:

“ Me parece que hace mil años que no oigo hablar de la corte y de París. No me he aburrido ni un momento. El señor duque de Maine es un delicioso compañero. Necesita cuidados continuos, pero la ternura que siento por él me los hace muy agradables.”

Luis XIV

Mientras tanto, no cesa de recibir cartas del rey interesándose por el progreso de su hijo y, al parecer, continuando con el asedio a la plaza. “No recibo cartas más que de un solo hombre… cuya amistad es más viva de lo que deseamos. Son unas cartas que, lamentablemente, no podemos leer hoy, porque Françoise las quemó antes de morir.

El tratamiento arroja pronto resultados esperanzadores y que indican que el niño podrá volver a caminar:

“Aunque no sea muy vigorosamente, cabe esperar que pueda caminar como nosotros. No imagináis toda la ternura que siento por él, pero me conocéis bastante para no dudar de que este afortunado éxito de mi viaje me procura un gran placer”.

Maine, en efecto, ya no será un inválido, aunque cojeará toda la vida.


sábado, 4 de octubre de 2014

La venganza de Madame de Maintenon

Madame de Maintenon


Es la propia Madame de Maintenon quien nos cuenta cómo se vengó de Madame de Montespan: 

«Me vi bastante bien con el rey, como para hablarle libremente, un día de recibo en los apartamentos, y tuve el honor de pasearme con él mientras los demás jugaban o hacían otra cosa. Me detuve cuando estuve a distancia de no ser escuchada:

»—Sire, vos amáis mucho a vuestros mosqueteros; eso es lo que os ocupa y os entretiene hoy. ¿Qué haríais si vinieran a deciros que uno de esos mosqueteros, que vos amáis tanto, ha tomado a la mujer de un hombre vivo y cohabita actualmente con ella? Estoy segura de que esta noche misma lo haríais salir del cuartel de los mosqueteros y que ya no dormiría allí, por tarde que fuese.»

El dardo apuntaba certero. Françoise le representaba al rey una situación que era precisamente la que él vivía junto a Madame de Montespan, una mujer casada con uno de sus súbditos. Aunque hacía tiempo que el matrimonio se había separado, dicha separación se había producido a causa de la relación de Athénaïs con el rey, pública y notoria. La astuta viuda le hacía ver que el rey no podía observar una conducta que castigaba en otros. Una actitud muy osada por su parte, puesto que podía resultar que se produjese el efecto contrario al esperado e incurriera en su disgusto. Todo ello parece indicar que había llegado a conocer muy bien a Luis y que estaba perfectamente segura de su estima.

El rey se hizo el tonto y se limitó a reírse, pero había entendido perfectamente. Piensa que Françoise tiene razón, y que, además, mientras retenga a Madame de Montespan a su lado no va a tener ninguna posibilidad de lograr conquistarla a ella.

Bossuet se une con sus sermones a esta campaña contra la favorita, y finalmente aquel frente común comienza a ganar la batalla. Luis termina por pedirle a Athénaïs que abandone la corte...


jueves, 25 de septiembre de 2014

Ella sabe amar


“Ella sabe amar. Sería placentero ser amado por ella”. (Luis XIV)


Luis XIV entrega a la institutriz de sus hijos una suma con la que podrá comprar unas tierras y adquirir así un título. Ella aseguraba que todo lo debía al pequeño duque de Maine, que tanto la elogiaba ante su padre y no dejaba de testimoniarle su cariño. Una parte de los cortesanos, sin embargo, estaban convencidos de que el rey había tenido este rasgo de generosidad para tratar de retenerla en un puesto que estaba resuelta a abandonar, mientras que otros sospechaban que Françoise había acabado cediendo y convirtiéndose en su amante. Nunca podremos saberlo con certeza, aunque esta última teoría no parece armonizar bien con su psicología, con el tono de queja que reflejan sus cartas por esas fechas ni con otros detalles que iremos analizando. 

Françoise elige el castillo de Maintenon, cercano a Versalles, un lugar al que tenía pensado retirarse cuando llegase su vejez. El 27 de diciembre de 1674 pasa a ser de su propiedad, pero aún no puede disfrutar de él. “No soy dueña de mi tiempo. Tenéis algunas pruebas de mi esclavitud, pero no lo habéis visto todo. Hace dos meses que solicito ir a Maintenon por un día y no he podido obtenerlo. Eso me irrita y no logro calmarme. Estoy haciendo allí obras sin que me sea permitido ayudar.”

En febrero de 1675 Luis la autoriza a adoptar el nombre de sus tierras. En adelante la viuda de Scarron será Madame de Maintenon. Naturalmente las relaciones con Madame de Montespan estaban destinadas a empeorar. La favorita no podía ver con buenos ojos el ascenso de su antigua protegida. “Ocurren cosas terribles entre Madame de Montespan y yo; el rey fue testigo de ello ayer”.

Francisca-Luisa de Borbón, Mademoiselle de Nantes y su hermano Luis Augusto de Borbón, duque de Maine, hijos de Luis XIV y Madame de Montespan. 


Françoise toma entonces una determinación. Harta de las falsedades que Athénaïs vertía constantemente en los oídos del rey con intención de desprestigiarla, su rival reúne valor suficiente para solicitar a Luis hablarle a solas. Él accede, y por fin puede escuchar de sus labios la otra versión de la historia, un relato pormenorizado de todas las vilezas que ha venido padeciendo desde que ocupa tan alto puesto. 

Esta solicitud es otro de los argumentos que descartan una relación íntima entre Françoise y el rey. Si ella hubiera sido su amante por entonces, Luis estaría perfectamente al tanto de sus quejas, que la viuda habría podido formularle en la intimidad. Si fue necesaria esta petición era, lógicamente, porque no tenía otras ocasiones de hablarle a solas.

A Luis no le agradan las acusaciones contra la madre de sus hijos; intenta defenderla, convencido de la sensibilidad de Athénaïs. Le recuerda a Françoise lo fácilmente que se conmovía madame de Montespan, y cómo asomaban las lágrimas a sus ojos ante un relato emotivo. Françoise aprieta los labios. No quiere decirle que está completamente ciego y engañado; que cuanto cree ver es falso, que es sólo una gran actriz sobre un gran escenario.

Luis resopla y comenta en tono desenfadado que le cuesta más esfuerzo imponer la paz entre ambas que restablecerla en Europa. Obligadas por él, ambas deben darse un beso con el que sellar ese forzado armisticio; pero en cuanto él desaparece, vuelven las hostilidades.

“La he considerado por todos los lados imaginables, pero su fondo no vale nada. Sólo es buena para las humoradas”, sentencia Françoise.

La viuda preparaba su venganza, y la iba a tener…


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los celos de Madame de Montespan

Madame de Maintenon con el duque de Maine y el duque de Vexin

Madame de Maintenon no había tenido hijos. Sin embargo, era ella quien desempeñaba la función de madre para los hijos del rey con Madame de Montespan. Fue ella quien acompañó al duque de Maine hasta Bélgica para que el niño fuera tratado de su cojera por un médico que Amberes que gozaba de gran reputación. Lamentablemente el tratamiento, que resultaba muy doloroso, no dio resultado, lo cual consternaba a la institutriz.

“No dejo de afligirme, y siempre es algo terrible ver sufrir a los que se ama. Nada más tonto que amar con exceso a un niño que no es mío”.

Desde Saint-Germain, Françoise pasó con los niños a ocupar los apartamentos de Madame de Montespan en Versalles. Ello provoca constantes tensiones y desacuerdos entre ambas, una situación que empeoraba progresivamente. A Françoise le resulta tan desagradable que piensa incluso en abandonar su puesto.

“Madame de Montespan y yo tuvimos hoy una conversación muy viva, y, como yo soy la parte que sufre, he llorado mucho, y ella se lo contó al rey a su manera. Os confieso que me cuesta mucho permanecer en una situación en la que todos los días tendría estas aventuras, y que me sería muy grato recuperar mi libertad… No puedo comprender que la voluntad de Dios sea que yo soporte a Madame de Montespan. Ella es incapaz de una amistad y yo no puedo carecer de ella. Habla de mí al rey como se le antoja, y me hace perder su estima. Me encuentro pues ante él en una situación extraña que debo manejar con cuidado. No me atrevo a hablarle directamente, pues ella no me lo perdonaría jamás…”

Luis Augusto de Borbón, duque de Maine

Madame de Maintenon está a punto de marcharse de la corte cuando un acontecimiento imprevisto se lo impide: la salud del duque de Maine empeora; sufre unas fiebres durante las cuales la institutriz no se aparta ni un instante de su lado. Los otros hijos del rey tampoco atraviesan sus días más saludables: el conde de Vexin padece trastornos intestinales, y Mademoiselle de Nantes también cae enferma. Es Françoise, siempre ella y nunca Madame de Montespan, quien sostiene la manita de Maine mientras éste delira por la fiebre; es ella quien atiende solícita los vómitos de Vexin mientras vela también a su hermana. Madame de Maintenon reconsidera entonces su decisión de abandonar a los niños en manos de su madre.

“El cariño que siento por estos niños me convierte en insoportable para sus padres. La imposibilidad de ocultar lo que pienso me hace odiosa para las personas con las que paso mi vida, y a las que no quisiera disgustar, aunque no fueran lo que son. He decidido no poner tanto esmero en lo que hago, y dejar estos niños al cuidado de su madre, pero siento escrúpulos de ofender a Dios con ese abandono, y vuelvo a ocuparme de lo que me manda mi amistad y que, al estar recluida con ellos, me proporciona mil ocasiones de dolores y de penas”.

Françoise intenta convencerse a sí misma de que es sólo por los niños, y en especial por el duque de Maine, por lo que se queda, pero esto es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que le causa un hondo sufrimiento el modo en que se ha ido enfriando su relación con el rey debido a las maquinaciones de Athénaïs.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con dulzura

Luis XIV y Madame de Maintenon

Cuando el 28 de diciembre de 1673 el Parlamento de París registra las cartas de legitimación de los hijos del rey, los niños pasan a residir con Madame de Maintenon en el château de Saint-Germain. Luis pensaba que así lograría más fácilmente sus propósitos respecto a la viuda, y despliega a tal efecto una serie de maniobras galantes que no pasaban desapercibidas para sus cortesanos. Algunos estaban convencidos de que Françoise sería pronto la nueva favorita.

Mientras tanto, los propios sentimientos de Françoise la van aproximando cada vez más a Luis, del que se expresa en estos términos en una carta a su hermano Charles: “Me parece que es placentero servir a un héroe, y a un héroe que vemos de cerca”. 

Madame de Maintenon procura utilizar su influencia para procurar un buen puesto a su hermano en Alsacia, pero no lo consigue. Charles no será nombrado gobernador de Belfort hasta casi diez años más tarde. Mientras tanto, ella no deja de darle consejos en sus cartas: “Os recomiendo a los católicos y os ruego no ser inhumano con los hugonotes. Hay que atraer a la gente con dulzura”. Y en otra ocasión se queja: “Me han dado quejas de vos que no os honran: maltratáis a los hugonotes, buscáis los medios para hacerlo, provocáis las ocasiones; eso no es propio de un hombre de calidad. Apiadaos de personas más desdichadas que culpables: están en el error en que nosotros mismos estuvimos, y del que nunca nos hubiese sacado la violencia”.

La vida sonríe a Françoise, cuya pensión, antaño un tanto exigua, se ha multiplicado por cinco. Ya no tiene que preocuparse por su futuro, y, sin embargo, no es feliz; hay algo que la tiene muy inquieta. No puede desairar al rey, pero tampoco está dispuesta a ceder. “Los días transcurren en una esclavitud que impide hacer lo que quisiera; siempre estoy bastante triste, y las cosas toman un aspecto que no me conviene”. Y más explícitamente: “Los que dicen que yo quisiera ponerme en el lugar de madame de Montespan, no conocen mi alejamiento de esa clase de relaciones, ni el alejamiento que desearía inspirar al rey.”

Athénaïs, por supuesto, escucha los rumores. Aunque no los hubiera escuchado, tiene ojos que perciben perfectamente el problema que ha llegado a representar para ella la hermosa viuda. Como no puede atacar por ese frente, decide utilizar a sus hijos para contrariarla, oponiéndose por sistema a cuantas opiniones vierte Françoise al respecto. Sabe que los niños quieren mucho a la institutriz, y eso le molesta. Athénaïs intenta competir con este afecto, colma a sus hijos de unas caricias que nunca les había prodigado, los atiborra de dulces. Todo ello suscita las protestas de Madame de Maintenon, que considera que los está malcriando. Françoise se muestra inflexible cuando se trata del bien y la salud de sus pupilos. El duque de Maine, raquítico y cojo, era sometido por los médicos a un régimen draconiano que su madre interrumpía constantemente, y cuando la institutriz protestaba, Athénaïs, para quien la crueldad era como una segunda piel, le replicaba:

—¿Cómo podéis pretender saber más que yo lo que conviene a los niños? ¡Tendríais que haber hecho la experiencia! [de ser madre]



sábado, 30 de agosto de 2014

"Con ésta no me atrevería"

Madame de Maintenon hacia 1684

Cuando en 1673 el rey legitima a los hijos que había tenido de Madame de Montespan, la posición de la institutriz mejora ostensiblemente, y puede comenzar a llevar una vida con más lujos y comodidades. Poco antes Luis había recibido a los niños en sus apartamentos de Saint-Germain, pero, aunque los acompañaba la nodriza, él no quiso recibir también a Françoise. En cambio, aprovechó la ocasión para asegurarse que durante todo ese tiempo había sido discreta y digna de la confianza que habían depositado en ella. Para ello preguntó directamente a la nodriza de quién eran aquellos niños.

—Seguramente de la dama que vive con nosotros —respondió ella, refiriéndose a Françoise—, al menos a juzgar por su agitación ante la menor indisposición que sufren.

—¿Y quién creéis que sea el padre?

—Por mi fe, no lo sé, pero imagino que debe de ser algún duque o presidente del Parlamento.

Luis quedó muy satisfecho con estas respuestas, y, de hecho, su opinión sobre la viuda comenzó a cambiar a partir de ese momento. Sus visitas a la casita donde se educaban los niños se van haciendo frecuentes, y allí se deja ganar por el carácter de Françoise, tan diferente del de la altiva Montespan: Madame Scarron es dulce y comprensiva, mientras Athénaïs es cada vez más soberbia y colérica. La había juzgado sin conocerla; la había creído mojigata, severa y beata, pero lo que encuentra le desconcierta. El rey comprueba que, en efecto, se trata de una dama muy inteligente, y además, aunque mayor que él, es muy bella. Poco a poco ambos comienzan a mantener conversaciones que van más allá de las meras preguntas acerca de la salud y el progreso de los niños.


Luis, por supuesto le pone cerco. Está decidido a conseguirla, pero pronto se dará cuenta de que ésa es una misión imposible. Ella no es así. No hay forma de que recompense sus avances con una sonrisa, con una mirada, siquiera con una palabra. Él se vuelve insistente, pero es en vano, y eso le desconcierta. Es el rey; ninguna mujer, fuera gran dama o servidora, ha osado rechazarlo.

Un día Luis se divertía tirando las sillas de las damas para así disfrutar del espectáculo que ofrecían sus faldas levantadas, pero entonces llegó Françoise y se detuvo en seco.

—¡Ah, con ésta no me atrevería! —exclamó.



jueves, 7 de agosto de 2014

Por orden del rey


Desde un principio Françoise había mostrado su disgusto por la delicada tarea que le había sido encomendada. Cuando Madame de Montespan le pidió que se hiciera cargo de sus hijos, ella hubiera querido negarse. No encontraba ningún honor en semejante misión; por el contrario, le parecía que aceptar y ayudar a preservar el secreto la convertía en cómplice de algo indigno, pero ése era un desaire que no se le podía hacer al soberano. Al hacerle Athénaïs  la propuesta por medio de su hermano, Françoise le da la siguiente respuesta, recogida en una carta, y en la que deja claro que sólo una orden del rey logrará arrancarle su consentimiento:

“Soy muy sensible al honor que se desea hacerme, pero os confieso que no me creo apropiada en absoluto. Vivo tranquila. ¿Me conviene sacrificar mi reposo y mi libertad? Por otra parte, ese misterio, ese profundo secreto que se me exige, sin darme positivamente la clave, pueden hacer pensar a mis amigos que se me está tendiendo una trampa. Sin embargo, si los hijos son del rey, lo haré gustosa. Pero no me encargaría sin escrúpulos de los de Madame de Montespan. Así pues, será necesario que me lo ordene el rey. Es mi última palabra.”

A Luis le sorprendía la simpatía que Athénaïs sentía por la viuda, que a él le resultaba insoportable, pero no se opone.

—Ah, sí, vuestra dama culta —se limita a comentar ante la propuesta.


Así pues, la orden acabó llegando, y Françoise hubo de abordar la magna tarea cuyo secreto debía preservar aunque le causara mil tormentos, como ella misma narra:

“Esta especie de honor, bastante singular, me ha costado trabajos y cuidados infinitos. Me subía a una escalera para hacer el trabajo de los tapiceros porque ellos no debían entrar. Las nodrizas no ayudaban en nada, por miedo a cansarse y que su leche fuera peor. Yo iba a menudo de la una a la otra a pie, disfrazada, llevando bajo el brazo ropa limpia, carne, y solía pasar las noches junto a uno de esos niños enfermos… . Regresaba por la mañana por la puerta de atrás y, después de vestirme, subía al carruaje para dirigirme al palacete de Albret o de Richelieu, a fin de que mis conocidos habituales no se dieran cuenta de nada ni sospecharan siquiera que tenía un secreto que guardar. Yo adelgazaba, pero no se podía adivinar la causa”.



sábado, 2 de agosto de 2014

Amigas y rivales

Madame de Maintenon

La amistad con los Albret sería decisiva a la hora de solucionar los problemas económicos de Françoise. Ellos tenían una prima inmejorablemente situada en la corte: Athénaïs de Montespan. Athénaïs frecuentaba su casa, y fue allí donde la conoció. Gratamente impresionada por el carácter y cualidades de la viuda, decide intervenir ella misma para que le sea concedida una pensión. Ante tan poderosa valedora no cabía oposición, de modo que Françoise no sólo obtiene lo que solicita, sino que a partir de entonces es invitada frecuentemente a la corte. Como goza de tan buena reputación, Madame de Montespan la elige para atender a la hija que acaba de tener con el rey.

Françoise se traslada con la niña al faubourg St-Germain, lejos de las miradas indiscretas de los cortesanos y dispuesta a guardar el secreto acerca del origen de aquella criatura confiada a su custodia. Durante los primeros meses, cada vez que recibía una visita, la viuda se sonrojaba violentamente ante lo embarazoso de la situación, temiendo que acabara por descubrirse el secreto real. Para tratar de evitar estos delatores sonrojos, tuvo la curiosa idea de hacerse sangrar, una medida que no sirvió de nada. 

Obviamente, a pesar de las precauciones que fue capaz de tomar Françoise, al poco tiempo todo el mundo estaba enterado de aquello que se intentaba disimular. Todos a excepción, como siempre, de la despistada reina María Teresa.

Cuando al año siguiente nace el duque de Maine, también es confiado a sus cuidados. La viuda no se atrevió a recoger personalmente al niño en el apartamento de las damas en St-Germain, pues en aquel tiempo su persona no resultaba del agrado del rey. Como era tan recta, seguramente Luis percibía en ella un tácito reproche hacia su adulterio, una pureza que le hacía sentir incómodo. Eso sí, todo ello era precisamente la razón de que la encontrara sumamente adecuada para hacerse cargo de la educación de sus hijos.


Françoise aguardó en el interior de un carruaje junto a la verja del parquecito de St-Germain. Hasta ella llegó Lauzun con el niño envuelto en una capa y, hecha la entrega, se dirigió con él al palacio de Vaugirard, una casa que había sido comprada por Luis para facilitar la labor de crianza del pequeño y de su hermana.

Cuando los hijos del rey fueron legitimados, Françoise pasó a residir con ellos en la corte, y en 1674 Luis recompensó sus buenos servicios otorgándole el dominio de Maintenon. La viuda se convertía así en Madame de Maintenon.

En ese momento Athénaïs y el rey habían tenido seis hijos, aunque no todos vivían. Era evidente que Luis había ido modificando sustancialmente la opinión que tenía sobre la institutriz; demasiado sustancialmente para el gusto de Madame de Montespan, que comienza a inquietarse por su presencia. Para deshacerse de ella pretende hacerle el honor de casarla con el duque de Brancas. Para su incredulidad, Françoise rechaza convertirse en duquesa, pues no tiene buena opinión sobre el novio: 

“Viudo de sus dos primeras esposas, no posee otro mérito que su título de duque. Es una fuente de desagrado y de molestia en la cual sería imprudente arrojarme. Pero, si lo rechazo, es sobre todo a causa de mi gran ternura por los príncipes, a quienes no podría abandonar”.

Luisa Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija de Luis XIV y Madame de Montespan

Seguramente en aquel momento Madame de Maintenon estaba aún menos dispuesta a abandonar a Luis. Convertida en su confidente y consejera, sueña con salvar su alma, con rescatarlo de las garras de una mujer que lo estaba arrastrando al infierno. Y, por sutil que fuera, su rival percibía el peligro.

En cualquier caso, ante la negativa de Françoise, Athénaïs no tuvo más remedio que forzar una sonrisa condescendiente que ya no engañaba a nadie. Como observa la sagaz Madame de Sévigné, “Esa hermosa amistad entre Madame de Montespan y su amiga es una verdadera aversión… es una acritud, una antipatía”.


martes, 29 de julio de 2014

Amable, bella y buena


La viuda se retira por un tiempo en compañía de una servidora al convento de la Plaza Real, donde una amiga suya, madame d’Aumont, posee un apartamento. Recibe alguna propuesta de matrimonio: un marqués, hombre muy rico, agotado y enfermo por su vida licenciosa, pide su mano, pero Françoise lo rechaza. Aunque convertirse en su esposa hubiera solucionado sus problemas económicos, procurándole un título nobiliario y una vida de lujos, no quiere a semejante hombre por marido. Obviamente ella no busca riquezas; en lugar de eso prefiere disfrutar de su recién encontrada libertad, y, aunque su situación es precaria, cuenta con el apoyo de mucha gente que la aprecia. La propia madame de Sévigné la invita con frecuencia, y escribe sobre ella “Su conversación es deliciosa; tiene un carácter maravillosamente recto. Se viste modesta y magníficamente. Es amable, bella y buena”. 

Una de las razones por las cuales era tan amada por sus amigas es su lealtad inconmovible. Incluso con las personas desconocidas tiene gestos enormemente altruistas: en una ocasión se le vio velar sin descanso a una joven a la que apenas conocía y que había contraído la viruela. En aquel tiempo el gesto suponía arriesgar la propia vida o, cuando menos, la belleza, pues era fácil quedar desfigurado por la enfermedad.

La viuda también frecuentaba el hôtel d’Albret, hogar de César Phoebus, d’Albret, conde de Miossens y primo de la marquesa de Montespan. Las malas lenguas atribuían a Françoise una relación con él, aunque nada se puede probar más allá de una gran amistad. Albret y otros buenos amigos de Françoise logran conmover a Ana de Austria, que le concede a la viuda una pensión de dos mil libras. No era mucho, pero le permite vivir más decentemente. Puede así abandonar su alojamiento en el convento y trasladarse a una vivienda en el Marais. 

Demasiado cerca del marqués de Villarceaux.


El corazón de Françoise había elegido hacía tiempo a Louis de Mornay, marqués de Villarceaux. No se había permitido ir más allá de un sentimiento platónico en vida de su esposo, pero ahora, libre de esa atadura, comienza una relación con él. Ambos pasan unos días juntos en el hogar de unos primos de él, y después solían reunirse en casa de Ninon de Lenclos. La propia anfitriona nos cuenta que “a menudo les presté mi habitación amarilla a ella y a Villarceaux”. 

También Françoise vive su amor en el château de Villarceaux. El amante, artista de talento, la pintó allí desnuda, y en aquella habitación de la torre luce aún el retrato. 

La relación, sin embargo, no duró mucho, porque ella se debatía con sus problemas de conciencia y al final estos ganaron la partida. De modo que al cabo de tres años Françoise le escribe a su amante: “No quiero volver a veros aquí ni en ningún otro lugar durante un año, y después volveremos a encontrarnos como viejos amigos, pero la puerta de mi alcoba permanecerá cerrada para siempre.” 

Curiosamente decían que Louis de Mornay se parecía físicamente al rey, y él, divertido por la circunstancia, se complacía en resaltar cuanto podía el parecido. 


La situación de la viuda volvió a complicarse a la muerte de Ana de Austria, porque Françoise perdía así la pequeña pensión que ella le pagaba. Constantemente ella y sus amigos dirigían peticiones a Luis XIV para que se le continuara concediendo una, pero en vano. El rey está harto de ese continuo bombardeo por parte de la viuda de Scarron con escritos interminables e indigestos. Se agobia; la detesta. ¡Esa mujer es como una pesadilla! 

—¿Oiré siempre hablar de la viuda de Scarron? —exclama desesperado. 


martes, 22 de julio de 2014

Inalcanzable


La sociedad parisina no le puso las cosas fáciles a Madame Scarron. La consideraban una especie de advenediza, una intrusa a la que no perdonan sus orígenes. Françoise debe desplegar todo su encanto para ir ganándose sus simpatías, hasta conseguir que poco a poco toda la corte fuera mudando de opinión.

Madame de Caylus escribió que “esa joven persona, con sus maneras honestas y modestas, inspiró tanto respeto que ninguno de los jóvenes que frecuentaba la casa se atrevió jamás a pronunciar ante ella una palabra de doble sentido, y uno de ellos declaró: “Si hubiera que tomarse libertades con la reina o con madame Scarron, yo no dudaría: ¡me las tomaría más bien con la reina!”. 

Y es que, en efecto, son muchos los galanes que acuden a su casa del Marais con la decidida intención de seducir a la bella, esperando que, privada de los placeres del amor conyugal, no tardaría en sucumbir. Pero todos ellos acababan descubriendo que se trataba de una misión imposible.

Scarron se mostraba terriblemente celoso de los hombres que se acercaban a su esposa, pero muy especialmente de Louis de Mornay, marqués de Villarceaux, quien ya había pasado una temporada en la Bastilla por haber seducido a una joven. El marqués, casado por conveniencia con una mujer mucho mayor que él, no parecía tener intención de renunciar a sus costumbres de seductor impenitente. Amante de Ninon de Lenclos, tuvo de ella un hijo que fue conocido como el Caballero de La Boissière. La propia Madame Scarron mantuvo una estrecha amistad con la cortesana, a la que acudía a visitar en su casa de la rue des Tournelles. Llegó a decirse que su relación fue bastante íntima. 


Pero, si Scarron está particularmente celoso del marqués de Villarceaux, es porque cree detectar que esta vez a su esposa le agrada demasiado el galán. Era cierto. Françoise no iba a serle infiel a su marido inválido, pero eso poco consolaba al poeta si era otro el que tenía su corazón. 

Durante el otoño de 1657 Scarron y su esposa conocen a la reina Cristina de Suecia. Françoise resulta muy de su agrado, y más aún Ninon, tanto que al parecer, y dados sus gustos un tanto eclécticos, llega a insinuársele, “prometiéndole la fortuna y el amor”. Pero la cortesana le responde sonriente: 

—Que Vuestra Majestad me perdone, pero haré mi felicidad por las vías ordinarias. 

El 26 de agosto de 1660 asiste desde una ventana a la entrada en París de Luis XIV y María Teresa, recién casados. Para entonces Scarron está muy enfermo. El dolor es insoportable y no le permite conciliar el sueño. Las constantes dosis de opio ya no le hacen efecto, pero mantuvo su humor hasta el último aliento. 

El poeta fallece entre el 6 y el 7 de octubre. Sobre su tumba, en la iglesia de Saint-Gervais, pidió que se grabara este epitafio: 

Este que aquí ahora duerme hizo sentir más piedad que envidia, y padeció mil veces la muerte antes de perder la vida. 

Paseantes, no hagáis ruido Por temor a que despierte, Pues es la primera noche En que el pobre Scarron duerme. 

A punto de cumplir 25 años, Françoise se quedaba viuda y en la ruina. Los acreedores de Scarron invadían su hogar... 


lunes, 14 de julio de 2014

El Matrimonio de Scarron


La tutora de Aubignette, Madame de Neuillant, decide llevarla consigo cuando acude a París para concertar el matrimonio de su hija con el duque de Navailles. Fue así como la futura Madame de Maintenon conoció a Scarron durante el transcurso de una visita al hogar del poeta. Paul Scarron, después de una juventud agitada y libertina, a sus cuarenta años se veía reducido por la espondiloartritis: era un inválido con los huesos deformados y sufría terribles dolores que no hacían mella en su sentido del humor ni lograban agriar su carácter.

El lujoso tren de vida que llevaba Paul Scarron hacía que siempre estuviera arruinado. Sus obras obtenían éxito, pero él se apresuraba a gastar los beneficios. Su hogar era frecuentado por intelectuales y por los más importantes personajes de la corte, entre ellos la marquesa de Sévigné. Era un anfitrión generoso, y la gente buscaba con afán una invitación a sus cenas.

Pero Aubignette no iba preparada para lo que encontró. Su espanto al verlo fue tan grande que no fue capaz de controlar sus propias reacciones. La adolescente estalló en llanto y, avergonzada, se escondió en un rincón. Scarron no logró arrancarle ni una palabra ese día, pero no se ofendió por ello. Él era capaz de reírse de todo, incluso de sí mismo. 



Durante su estancia en París, Aubignette trabó amistad con una vecina de Scarron, y una vez de regreso en Niort mantiene correspondencia con ella. La dama encontró tan maravillosamente escrita la carta de la jovencita que se la mostró al poeta, y él, divertido y admirado, tomó la pluma para responderle. Comienza así un intercambio epistolar entre ambos, una actividad que le resultaba muy grata a Aubignette, y no menos a Scarron, que va quedando totalmente subyugado.

Cuando ella regresa a París, Scarron ha tomado su decisión. La joven carece de dote, por lo que no le sería fácil encontrar esposo a pesar de sus muchos dones y su belleza. “El fuego que brilla en sus ojos no es un fuego fácil de pintar”, escribirá él. También Mademoiselle de Scudéry nos ha dejado una descripción muy elocuente: 

“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad. En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos que la acompañan casi siempre. La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos que la alegría puede inspirar.” 


Scarron no está dispuesto a permitir que el único destino que aguarde a Aubignette sea un convento, de modo que se ofrece a pagar él mismo la dote o, como alternativa, se propone como novio. Esto último era, en realidad, el deseo del poeta y la única salida honorable para la joven: aceptar su dinero para casarse con otro después de que él mismo se hubiera ofrecido, era impensable.

Aubignette acepta ser su esposa. No está enamorada, por supuesto, ni tampoco lo finge, pero a su lado podría vivir veladas inolvidables junto a los más reputados artistas e intelectuales del momento, conocer a grandes personajes y disfrutar de un mundo que nunca hubiera esperado poder compartir. Era mucho mejor que el convento.

El 4 de abril de 1652 se celebra la boda, un matrimonio que, dada la penosa salud del novio, lo fue sólo de mero nombre, y nunca se consumó. Un día, años más tarde, Françoise escribiría a su hermano: “Sabes que jamás estuve casada”. “Era una unión en la que el corazón intervenía poco, y el cuerpo, en verdad, nada”.