jueves, 26 de diciembre de 2013

Discordia en Château d'Eu

Château d'Eu

Péguilin, profundamente defraudado, veía su vida unida a la de una mujer envejecida con la que debía mostrarse siempre atento y representar el papel de perfecto esposo, cuando lo cierto es que no había obtenido ni una sola de las ventajas que le hubiera reportado ese matrimonio. Despojado de todo —no solo de cuanto esperaba obtener, sino de sus propios cargos—, encarcelado y ahora apartado de la corte, no tenía muchas razones para estar alegre. Todo era un círculo vicioso del que no acertaba a salir: su mal humor le hacía ser agrio con Mademoiselle, a la que descuidaba con frecuencia, y ello era mal visto por el rey. Luis no estaba en absoluto satisfecho con el trato que recibía su prima, y consideraba que, lejos de merecer el perdón, el marqués se había hecho acreedor a un castigo. 

Saint-Simon decía que en ese tiempo Péguilin era incluso más desdichado de cuanto había sido en Pignerol, porque al menos mientras estaba prisionero había mantenido la esperanza de recuperar el favor real, mientras que ahora ni siquiera esperanza le quedaba. De modo que trataba de zambullirse en las diversiones de París, buscando siempre pretextos para no acompañar a Mademoiselle cuando esta viajaba a Eu, en Normandía. El marqués llegó a alegar que no disponía de un carruaje para reunirse con ella. Y cuando finalmente iba en alguna ocasión, ella se quejaba de que no le prestaba atención apenas, puesto que desaparecía después de comer y no regresaba hasta las nueve de la noche. 

Parque del château

El château era uno de los lugares favoritos de Mademoiselle de Montpensier, que había completado su construcción, iniciada en 1578 por aquel famoso amor de la reina Margot, Enrique de Guisa. El edificio reemplazaba a otro más antiguo que en su día acogió a Juana de Arco, pero que hubo de ser demolido para impedir que los ingleses lo capturaran. En su capilla reposan los restos del duque de Guisa, y su esposa Catherine de Clèves.

Allá en Eu Péguilin ocupaba una alcoba con el techo decorado con cupidos y situada encima de la de Mademoiselle, comunicadas ambas mediante una escalera secreta. El château contaba con una amplia galería por la que los dos paseaban, charlaban y a menudo discutían. 

Interior del château

Una vez, cuando Mademoiselle de Montpensier descubrió un pecadillo de su galán, se puso tan furiosa que se precipitó contra él y le arañó el rostro antes de despedirlo de su presencia. La condesa de Fiesque, dama de Mademoiselle, logró reconciliarlos y se produjo entonces una curiosa escena en la que ella apareció por un extremo de la galería mientras Péguilin se encontraba en el otro postrado de rodillas, recorriendo de ese modo todo el camino hasta llegar a ella.

Fueron varias las ocasiones en las que Mademoiselle le golpeó, pero cuentan que algunas veces él le devolvió los golpes. Cuentan, también, que en una ocasión en la que regresaba de caza tuvo la insolencia de ordenarle a la princesa que le quitara las botas. No es ella quien nos cuenta el episodio, como tampoco menciona nunca ningún tipo de violencia por parte de Péguilin. Además el testigo que nos narra la escena de la jornada de caza no es excesivamente fiable. Pero si el marqués tuvo tan peregrina pretensión, lo extraño es que no terminara con una bota en la boca.


Finalmente se produjo un episodio que condujo a la ruptura de una relación ya demasiado deteriorada. Mais ça suffit pour aujourd’hui. Eso lo contaremos en próximo día, porque estamos todavía de resacón y nos duele la cabeza. Cosas del champagne, queridos cortesanos. Ustedes disimulen.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Los celos de Mademoiselle

Château de Choisy hacia 1690

Péguilin permanecía en París, al no estarle permitido aparecer por Versalles. En lugar de estar alegre por su liberación, su humor era insoportable, se peleaba continuamente con Mademoiselle de Montpensier y su conducta, en definitiva, solo lograba irritar más al rey.

Aunque había obtenido su libertad, él se sentía enjaulado. Varias veces estuvo a punto de marcharse a Hungría a combatir, o de unirse al ejército veneciano. Intentó, a través de su antigua enamorada, la duquesa de Saboya, obtener el mando del ejército francés en Italia, algo que enfureció a Mademoiselle. 

Madame de Montespan explicó al marqués que Luis no le concedería nada que no fuera solicitado por medio de Mademoiselle de Montpensier. Péguilin se revolvió contra Athénaïs, a la que culpaba en esos momentos de todos sus fracasos al intentar recuperar un puesto en la corte. En aquellos momentos Madame de Montespan trataba sinceramente de lograr su regreso a Versalles, y además un ducado para él, por lo que no recibió de muy buen talante sus reproches.

—He hecho, o intentado hacer por vos, más de lo que nadie podrá hacer jamás. Si lo habéis arruinado todo por vuestro propio mal comportamiento, asumid vos la responsabilidad, que yo estaré muy contenta de no volver a tener nada que ver con vos ni con vuestros asuntos.


Péguilin visitaba diariamente a Mademoiselle, a la sazón en Choisy. El día que no aparecía pretextando alguna indisposición, no le faltaban a Mademoiselle de Montpensier almas caritativas a su alrededor para abrirle los ojos y contarle dónde había estado él en realidad mientras fingía guardar cama. Al día siguiente venía la violenta pelea y la exhibición de celos.

La más tormentosa de todas tuvo lugar en una ocasión en la que ella preparaba un viaje a Forges y Eu para tomar las aguas. Comía en Choisy en compañía del duque de Maine cuando apareció Péguilin lamentándose de que el rey no le permitiera acompañarla. Pero como para entonces Mademoiselle ya no le creía ni una palabra, sintió la necesidad de cerciorarse y escribió a Madame de Montespan para que le confirmara si eso era cierto. Con gran regodeo, Athénaïs tomó la pluma y le respondió que era todo lo contrario, puesto que lo que Luis deseaba era que el marqués la acompañara a todas partes.


jueves, 12 de diciembre de 2013

El rencor de Péguilin


Lleno de inquina contra sus enemigos y contra todos aquellos que le habían dado la espalda al caer en desgracia, Péguilin llevaba una existencia que no se correspondía con las expectativas que se había creado. Tenía que vivir lejos de la corte, había perdido su puesto de capitán de la guardia y la relación con Mademoiselle de Montpensier no marchaba bien. La culpaba de haber estropeado el acuerdo que él estaba a punto de alcanzar al negociar por su cuenta para obtener su libertad. Era una queja injusta, pero no podía evitar la convicción de que todos sus males procedían de ella. A veces parecía odiarla. Así las cosas, no se tomaba grandes molestias por ocultar sus flirteos con otras mujeres, especialmente con la hija de Fouquet. Comenzó a serle infiel y a protestar por los escasos recursos que le asignaba. 

Su comportamiento alcanzaba límites intolerables. En una ocasión incluso pretendió actuar públicamente como su marido, con la pretensión de controlar personalmente todos los gastos de Mademoiselle. De ese modo, ella se vería obligada a pedirle dinero a él —su propio dinero— cada vez que lo necesitara. El caballero de Lorena había conseguido tal cosa de Monsieur, pero Mademoiselle de Montpensier no era Monsieur. Era demasiado mayor para cambiar de costumbres; siempre había sido independiente, estaba acostumbrada a hacer y deshacer a su antojo y nunca olvidaba su rango. Semejante pretensión por parte del insignificante marqués la escandalizó.

—¿Habéis perdido el juicio? —exclamó— ¿Qué imagináis que diría el rey? A vos, desde luego, como mínimo os desterraría, y luego designaría a otra persona para hacerse cargo de mis asuntos.


Péguilin traía de cabeza a los administradores de Mademoiselle. Se dirigía a ellos con tono autoritario; les preguntaba por el dinero obtenido de la venta de un collar de perlas o se quejaba de las excesivas sumas que ella había invertido en Choisy mientras él permanecía prisionero. 

Mademoiselle empezó a conocer ese otro lado de su carácter, uno que nunca antes le había mostrado. Antes había encontrado misterioso su comportamiento, con ese afán por ocultarse del mundo de vez en cuando. El misterio resulta atractivo, pero cuando cae el velo, lo que aparece expuesto a la vista no siempre lo es. Ahora él no se ocultaba cuando estaba de mal humor; ya no le importaba mostrar en público sus arranques de mal genio. Con la prisión había perdido buena parte del autocontrol del que solía hacer gala, y sus estallidos llegaban a parecerse a los de un loco, o tal vez a serlo realmente. Ella comprendía los estragos que diez años de confinamiento en una prisión como Pignerol eran capaces de obrar sobre el carácter de un hombre. Péguilin había sufrido mucho, seguramente más de lo que otros hubieran soportado. Mademoiselle era consciente de ello y trataba de ser indulgente con sus debilidades, pero la decepción y la amargura eran enormes.

El marqués, sin embargo, no pasaba estrecheces: contaba no solo con la renta que le asignaba Mademoiselle, sino también con la herencia de su abuelo, hábilmente administrada por su hermana mientras él continuaba en Pignerol. Además el rey le concedió bajo cuerda una cantidad para sus gastos, y se le pagaron los atrasos que se le debían por los cargos que había ocupado. Otra fuente de ingresos para él era el juego, en el que resultaba bastante afortunado. Pero todo lo hubiera cambiado por volver a gozar de la confianza del rey y poder contarse de nuevo entre sus amigos, igual que antaño...


lunes, 9 de diciembre de 2013

Un gusto amargo


Barail acudió a informar a Péguilin de las disposiciones del rey. Se le comunicó que Luis le concedía una entrevista, después de lo cual podría retirarse al lugar que eligiera, con la única prohibición de no aparecer por la corte. Mademoiselle de Montpensier le escribió para rogarle prudencia y pedirle que no viera a ninguna otra persona que no fuera el rey. Lo instruía para que inmediatamente después de entrevistarse con Luis se retirara a Saint-Fargeau o a sus tierras de Lauzun, donde debería permanecer hasta haber recuperado el favor real. 

La propuesta no fue bien acogida por el marqués, quien se quejaba de que, después de haber permanecido tanto tiempo encerrado en una prisión, lo último que deseaba era ir a recluirse en la soledad del campo. Péguilin tenía todas sus esperanzas depositadas en esa entrevista con Luis. Esperaba ablandarlo, hacer renacer el afecto que una vez había existido entre ambos. 

Cuando por fin se halló en su presencia, se arrojó diez veces al suelo entre exageradas reverencias y protestas de lealtad, pero encontró inconmovible al soberano. Luis se limitó a comentar con frialdad que la prisión no le había cambiado.


El ánimo del marqués andaba decaído cuando, después de esta conversación, fue a ver a Mademoiselle. Para entonces ella tenía más de cincuenta años y, si nunca había sido una belleza, los estragos que el tiempo había causado en los últimos diez eran remarcables. No era lo mejor para atraer a un hombre que en su fuero interno culpaba de su prisión al loco empeño que ella había puesto en desposarlo.

Pero tampoco Péguilin aparecía radiante y en el súmmum de su atractivo. Los años también pesaban para él. En aquel momento era un hombrecillo que aún no se había recuperado de los estragos de Pignerol, vestido con un justillo raído y anticuado y una peluca que no le favorecía. Decepcionada por los rumores que hablaban de los últimos galanteos del marqués, posiblemente Mademoiselle se dio cuenta entonces de que había perdido la ilusión, de que el tiempo y las circunstancias habían cubierto su amor con pátinas oscuras que lo iban corroyendo. Algo ya no era igual; una cierta amargura les impedía alcanzar la felicidad que habían esperado tras la puesta en libertad del marqués.

Al encontrarse ante Mademoiselle, Péguilin se arrojó a sus pies. Madame de Montespan se los llevó a sus aposentos privados para que pudieran hablar con intimidad, pero a Mademoiselle no le salían las palabras, de modo que abandonó la estancia al mismo tiempo que Athénaïs.


Le resultó desconcertante que una de las primeras visitas que hizo Péguilin fuese a su eterno enemigo Louvois, con quien permaneció reunido por espacio de una hora y media. Así se lo comentó a Madame de Montespán.

—¡Pero cómo! ¿Aún os asombráis de algo? —replicó Athénaïs— ¡En estos tiempos ya no hay nada que cause asombro!

Péguilin hizo su ronda entre los principales personajes de la corte, aunque cometió una omisión: no visitó a Madame de Maintenon. Como llevaba diez años ausente, no estaba al tanto de la creciente importancia que esta dama había ido adquiriendo. La marquesa se resintió de este agravio, que no dejó pasar sin un cáustico comentario:

—No cabe duda de que Louvois es más útil que yo.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

La perfidia de Madame de Montespan

Amboise

Madame de Montespan presionaba a Mademoiselle de Montpensier para que hiciese pública declaración de la donación, pero Mademoiselle temía que una vez hecha, Péguilin volvería a ser enviado a prisión, de modo que aún resistía y trataba de obtener a cambio un compromiso irrevocable. Como una concesión durante aquellas negociaciones y tras mucha batalla, se le permitió adjudicar al marqués únicamente el ducado de Saint-Fargeau, con una renta de cuarenta mil libras, pero nada más.

Péguilin no estaba satisfecho con este arreglo, y mientras tanto la Montespan, en el colmo de la perfidia, no contenta con haberlo despojado aún lo empozoñaba diciéndole que Mademoiselle debería entregarle a él más propiedades, y que debería rebajar ese orgullo. Como si la pobre Mademoiselle no hubiera deseado dejárselo todo y no se hubiera batido casi a capa y espada por lograr retener algo para él. Tenemos una carta de Athénaïs en la que da buena muestra de ese asombroso grado de hipocresía del que tantas veces hizo gala:

“Vuestros intereses son más importantes para mí que los míos propios. Mademoiselle me ha escrito para rogarme que me acuerde de vos. Estoy segura de que hace lo que puede, pero aquellos que son más inteligentes que ella y comprenden mejor las cosas, no tienen excusa por aconsejarla tan mal… Considero que os ha dado demasiado poco”.

Villers-Cotterets

Finalmente Mademoiselle cedió y permitió que se hiciera el anuncio en la prensa. Luego acudió a Villers-Cotterets a reunirse con el rey. Luis la recibió espléndidamente y le prometió que en adelante su único pensamiento sería hacer agradable su vida. Madame de Maintenon, igualmente satisfecha por el curso de los acontecimientos, le dijo que hasta ese momento no había amado a nadie más de lo que amaba al pequeño duque de Maine, pero que a partir de entonces Mademoiselle ocuparía el primer lugar en su corazón, y que el objetivo de su vida sería servirla. Incluso Monsieur estaba muy contento, y afirmó que él siempre le había profesado un cariño desinteresado. No sabemos si esto era una indirecta hacia alguien.

Mientras tanto Péguilin se aburría horriblemente en su retiro de Amboise, la ciudad que había elegido entre las que le fueron propuestas. Estaba de muy mal humor. Se quejaba de que los aires del lugar lo estaban matando, y decía que, si Dios no lo ayudaba, se entregaría a una desesperación aún mayor que en Pignerol. Obtuvo permiso para cazar en los alrededores, pero su solicitud de incorporarse al ejército del rey fue denegada. Péguilin tuvo que conformarse con matar el tiempo flirteando con varias damas del lugar, qué le vamos a hacer. Esta actividad, que le procuraba a él cierto solaz, era al mismo tiempo un calvario para Mademoiselle, sumamente celosa de cada mujer que se acercaba al marqués.

Amboise - Casa de Leonardo da Vinci

Finalmente el rey comenzó a dar señales de debilidad y consintió en verlo una única vez. Después de esa entrevista, se le permitiría ir a cualquier lugar que deseara, excepto a la corte…


domingo, 1 de diciembre de 2013

El engaño de Madame de Montespan

Châlon-sur-Saône

En Bourbon las cosas no marchaban como Madame de Montespan había esperado. Péguilin se mostraba obstinado y se negaba a entregar sus propiedades, a pesar de lo cual el ánimo del marqués era alegre y optimista, y hablaba continuamente de regresar a la corte y volver a ocupar su puesto como capitán de la guardia. Vana esperanza, porque en julio el duque de Luxemburgo tomó posesión del cargo. Ante las protestas de Mademoiselle, Colbert replicó secamente que nadie hubiera podido imaginar que Péguilin contemplase en serio la posibilidad de regresar a su antiguo puesto.

Peor aún, debido a su pertinaz negativa a plegarse a las exigencias que le exponía Madame de Montespan, el marqués fue confinado durante el resto del verano en la ciudadela de Châlon-sur-Saône, elegida por Mademoiselle entre las que fueron sometidas a su consideración.

En otoño Mademoiselle de Tours, una de las hijas que Athénaïs había tenido con el rey, enfermó gravemente en Bourbon, donde su madre la había dejado para que tomara las aguas. Madame de Montespan viajó a toda prisa desde Fontainebleau en compañía de Fagon, el médico de la corte. Pero no estaba lo suficientemente afligida para desentenderse de los negocios, puesto que cuando llegó a Bourbon convocó a Péguilin y se reanudaron las conversaciones. Finalmente la marquesa obtuvo de él su renuncia a la herencia de Mademoiselle, dando a entender que a cambio se le permitiría el regreso a la corte. 

Fontainebleau

La niña murió el 15 de septiembre de 1681. A su regreso a Fontainebleau, Madame de Montespan no dejaba de alabar las muchas cualidades del marqués, y le dijo a Mademoiselle que el rey le estaría muy agradecido por todas las atenciones que había tenido con ella y con su hija.

Pero en octubre Péguilin recibe una carta de Athénaïs en la que resultaba patente que había vuelto a jugar sucio y los había engañado. Luis nunca se había mostrado dispuesto a consentir su regreso a la corte, algo que ella tenía que saber antes de comenzar a negociar.

He recibido la respuesta del rey, en la que me dice que no puede conceder lo que le he solicitado, y que todo cuanto puede hacer en este momento es poneros en la ciudad que vos elijáis de entre estas cuatro: Nevers, Amboise, Tours o Bourges, con un documento firmado de vuestro puño y letra mediante el que os comprometeréis a no abandonarla. Incluso me ha enviado órdenes para transmitir a Monsieur de Maupertuis, pero las estoy reteniendo mientras aguardo vuestra respuesta. No puedo por menos que rogaros que no os dejéis caer en el abatimiento; el rey es justo y bueno, así que siempre debe haber esperanza. Comunicadme lo que deseáis que le responda, y qué os parece el asunto, para que yo no pierda ni un instante en demostraros las ansias que tengo de serviros. Hacedme saber, también, lo que he de decir a Mademoiselle”.

Fontainebleau

Sabemos que al menos era cierto que ella hizo esa solicitud al rey. Así consta en una carta del propio Luis a Colbert ese mismo octubre. Pero al mismo tiempo resulta patente que ella no había tratado anteriormente con el rey el asunto del regreso de Péguilin a la corte, y que durante las negociaciones había actuado por su cuenta.

Madame de Montespan me envió, antes de que yo me reuniera con el ejército, una carta en la que me pide cosas que no puedo conceder. También me ruega que le responda. Lo haré vagamente, y confío en que seáis vos quien le dé a conocer mis intenciones. Os envío su carta para que comprendáis lo que solicita y podáis explicárselo de mi parte lo más exactamente posible. Iréis a verla, y después de haberle dado la carta que os envío, le explicaréis con toda cortesía que siempre recibo con placer las muestras de su amistad y confianza, y que lo lamento mucho cuando no puedo hacer lo que desea; que creo haber demostrado suficiente bondad hacia Lauzun en cuanto le he concedido; que su nueva petición me ha sorprendido, que puede que con el tiempo haya algún cambio, pero que en la actualidad no puedo hacer más de lo que he hecho. Añadiréis a esto toda la cortesía y cumplidos que estiméis apropiados.

Por otra parte, con esta respuesta resulta difícil creer que el asunto que había enviado al marqués a prisión fuera estrictamente sus faltas de respeto hacia Madame de Montespan.