miércoles, 27 de noviembre de 2013

Juego sucio


Barail fue enviado de nuevo a Pignerol en compañía de un cirujano, con el pretexto de que el prisionero tenía un fuerte dolor en el brazo. Mientras tanto Louvois despachaba instrucciones a Saint-Mars para que permitiera tantos encuentros como fuera preciso. Además, el gobernador debía utilizar su influencia para persuadir a Péguilin de que consintiera en renunciar a la herencia de Mademoiselle de Montpensier.

Pero Péguilin no era hueso fácil de roer. Se mantuvo inconmovible y no prometió nada. 

El siguiente paso era sacarlo de la prisión con el pretexto de su mala salud, y llevarlo a tomar las aguas en Bourbon. Allí se encontraría con la propia Madame de Montespan, que acudiría acompañada del duque de Maine y con la misma excusa de buscar una mejoría en la pierna del niño.

Mademoiselle lloró amargamente cuando se enteró de esta argucia. Ella había esperado que Péguilin fuera puesto en libertad de inmediato, y negociar entonces el traspaso de sus propiedades. Pero esto era jugar sucio: teóricamente el marqués estaba fuera de la prisión, como requería la ley para otorgar validez a su consentimiento. Pero si su actitud no resultaba satisfactoria, regresaría a una oscura celda. O tal vez regresaría de todos modos, cuando Athénaïs hubiera obtenido lo que deseaba.

—No os prometí nada —respondió Madame de Montespan a sus protestas.


En vano trató Mademoiselle de dialogar. Como ella misma cuenta en sus memorias, la Montespan “tenía lo que quería, y me permitió decir todo cuanto me apeteció sin responder ni una palabra”.

Comenzaron entonces los preparativos para el traslado del prisionero. Cuando Mademoiselle de Montpensier oyó que Louvois había elegido a Saint-Mars para escoltarlo, trató de oponerse, puesto que conocía el desagrado de Péguilin hacia el gobernador de Pignerol. Estaba segura de que discutiría con él durante el viaje, y que eso empeoraría las cosas. Al final, tras mucho debate, consiguió que se aceptara su propuesta de que fuera el marqués de Maupertuis, con una escolta de doce mosqueteros, quien condujera a Péguilin hasta Bourbon.

El 22 de abril de 1681 el prisionero abandonaba Pignerol. Fouquet había muerto unos días antes, y ambos se habían reconciliado tras una última entrevista.

Madame de Nogent acudió a reunirse con su hermano en Lyon, y desde allí lo acompañó durante el resto del trayecto. Antes de partir, Mademoiselle le rogó que aconsejara a Péguilin no mezclarse con la gente durante el viaje, y que no olvidara mencionar que su único deseo era ver a su señor el rey.

Sus consejos cayeron en saco roto. Después de un encierro tan prolongado, el marqués estaba deseando hacer vida social y retomar el contacto con la gente. Él y su hermana pasaban mucho tiempo en casa de Madame d’Humières, y desgraciadamente para él, Mademoiselle de Montpensier interceptó una carta de las que después dirigía Péguilin a la señora. La leyó, ya lo creo que la leyó. Y lo que encontró no le gustó nada. El marqués decía que besaba mil veces al día un libro que Madame d’Humières le había regalado, y que, como ya no podía verla, aquello era su único consuelo...


lunes, 25 de noviembre de 2013

La herencia de Mademoiselle de Montpensier


Péguilin tenía motivos para estar de humor alegre durante la visita de Barail, puesto que su amigo acudía, en parte, como emisario de Madame de Montespan. La marquesa quería negociar, y con su intención se abría el camino de la esperanza para el prisionero.

De regreso en la corte, Barail tuvo una larga entrevista con Athénaïs, una conversación cuyo contenido parecía querer mantenerse en secreto. Mientras tanto la marquesa se mostraba especialmente encantadora con Mademoiselle de Montpensier y muy bien predispuesta hacia Péguilin. Mademoiselle iba a verla cada día para consultarle qué más podría hacer para obtener finalmente la liberación de su amado, a lo que Madame de Montespan respondía:

—Considerad, entonces, lo que podéis hacer por complacer al rey, para que él os conceda lo que tanto deseáis.

Mademoiselle no tenía ni idea de a dónde quería ir a parar Athénaïs, de modo que fueron precisas muchas indirectas más. La marquesa, de pronto, comenzó a mostrarle a sus hijos, a los que enviaba frecuentemente a visitarla. Trataba de convencerla de que el duque de Maine, que era la gran debilidad de su padre, se había encariñado mucho con ella. El niño le escribía cartas, evidentemente al dictado, desde Barèges. Se encontraba allí en compañía de la institutriz, Madame de Maintenon, para ser tratado por un médico que había afirmado poder sanar su pierna.


Finalmente se llegó al punto que Madame de Montespan tanto deseaba. Mademoiselle se persuadió de que para liberar a Péguilin y obtener permiso para aparecer públicamente como su esposa, antes sería preciso nombrar heredero al duque de Maine. Una vez tomada la decisión, envió mensaje a la marquesa a través de Barail.

Athénaïs recibió la noticia con auténtico deleite. Respondió que el rey amaba tanto al niño que estaba segura de que a partir de ese momento todo marcharía como Mademoiselle deseaba. Al día siguiente, sin embargo, le dijo que lamentablemente el rey había comprometido ante los embajadores extranjeros su palabra de no consentir su matrimonio con Péguilin, pero añadió, como dándole una vaga esperanza, que “el tiempo y las circunstancias alteran todos los casos”. A continuación dijo que el rey debía ser informado de inmediato, pero que era mejor que no cometer la indelicadeza de mencionar para nada al prisionero.

Esa noche el rey se retiró con Mademoiselle a un salón y le expresó lo conmovido que estaba por lo que había hecho. Como su prima siguió el consejo de Madame de Montespan y no mencionó a Péguilin, Luis estaba convencido de que Mademoiselle había obrado así por puro amor a su persona, y no cabía en sí de gozo.

—Espero que el duque de Maine se convierta un día en un hombre digno del honor que le hacéis. Por mi parte os aseguro que no dejaré de agradecer, cada vez que tenga ocasión, todas las pruebas de amistad que me habéis dado.


Mademoiselle esperaba que a Luis se le ocurriera cuál era la única forma de devolverle el favor y qué era lo que ella esperaba de él, pero durante un tiempo no ocurrió nada. El duque de Maine regresó a la corte igual de cojo que cuando había partido y después de haber sufrido horriblemente con el tratamiento. Fue conducido a presencia de su benefactora para que pudiera darle las gracias, y Madame de Montespan tampoco dejaba de visitarla y colmarla de atenciones. Por ejemplo, en una ocasión le envió, por medio del niño, una copa de oro que contenía unos diamantes que Mademoiselle había admirado poco antes. Luis le hablaba mucho, pero seguía sin mencionarse nada acerca del prisionero.

El siguiente paso fue concretar el ofrecimiento de Mademoiselle proponiéndole, a través de Barail, la redacción de una escritura de donación en virtud de la cual se estipularía que legaba Dombes, el condado de Eu y el ducado de Aumale. Mademoiselle se espantó. No podía enfrentarse a la idea de la muerte, y todo aquello desafiaba a su mayor fobia. Además era demasiado: ceder todas esas propiedades suponía despojar a Péguilin, a quien había tenido intención de dejar la mayor parte. Y, sobre todo, si cedía todo ahora, después ya no tendría nada con lo que negociar la libertad del marqués. Por tanto demoró la cuestión alegando que, aunque cumpliría su promesa, por el momento se encontraba aún demasiado bien para pensar en temas tan melancólicos.

Madame de Montespan, informada de esta respuesta, se mostró contrariada y nada dispuesta a demorar el asunto.

—Decidle que el rey desea que legue su propiedad de inmediato al duque de Maine. La gente no puede jugar al tira y afloja con el rey. Cuando se le ha hecho una promesa, debe cumplirse.

Fue en vano que Mademoiselle se lamentara y protestara por no recibir nada a cambio.

—Pero yo deseo la libertad de Monsieur de Lauzun, y cuando haya hecho todo lo que ellos quieren, pueden engañarme y no permitir que sea liberado.


Louvois la amenazó. Colbert, que tenía más influencia sobre ella porque siempre se había llevado bien con Péguilin, utilizó la persuasión y la dulzura, y por fin, después de muchas lágrimas y noches sin dormir, comenzó a rendirse. Mademoiselle garantizó la soberanía de Dombes para el duque de Maine a su muerte. Sobre el condado de Eu y el ducado de Aumale no tenía poder para hacerlo, porque desde que Péguilin estaba en prisión ella le había cedido ambas propiedades, y su hermana las había aceptado en su nombre.

Finalmente se firmó el documento. Esa noche el rey le dijo:

—Creo que estáis contenta, y yo también lo estoy.

Durante la cena le sonreía y se mostraba locuaz con ella, todo lo cual constituía una magnífica señal. Pero el entusiasmo de Mademoiselle se enfrió considerablemente con un comentario de Madame de Montespan.

—No debéis haceros ilusiones de que el rey os permitirá alguna vez un matrimonio público con Péguilin —le espetó fríamente—, ni llamarlo duque de Montpensier; pero él mismo le otorgará un ducado, y si deseáis casaros con él en secreto, fingirá no enterarse. ¿No os satisface igualmente?

No, claro que no era lo que Mademoiselle esperaba. La decepción era enorme, tan grande como la ambición de Madame de Montespan. Esta mujer, a la que solo le faltaba la escoba para ser una bruja completa, no tenía suficiente y ahora se disponía a despojar también a Péguilin.

Pero había un problema: la ley impedía que un prisionero pudiera hacer tales concesiones, porque, privado de libertad, su voluntad podía ser forzada fácilmente, y ello impedía la validez del consentimiento.

Por tanto, el marqués tenía que ser liberado de alguna forma para que ella lo tuviera todo...


domingo, 24 de noviembre de 2013

Muchas gracias


Muchas gracias a cuantos estuvieron presentes en la presentación de “Mujeres en la historia”, fuera físicamente o, debido a la distancia, con el corazón. 

La convocatoria fue un éxito rotundo. Hubo un lleno absoluto y personas que tuvieron que quedarse fuera de la sala, porque no cabían ni siquiera de pie. Se han superado nuestras mejores expectativas, por lo cual tengo que darles, nuevamente, mil veces gracias en nombre de todas las autoras que firmamos este libro.

M.A.R. Editor me confirma que desde el día 1 de diciembre tanto “Mujeres en la historia” como “Tras las huellas de Arsenio Lupin” estarán en la feria de Guadalajara, México.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Lauzun y Mademoiselle Fouquet

Pignerol

Hacia finales de 1677 la disposición del rey tanto hacia Péguilin como hacia Fouquet comenzó a mejorar e hizo algunas concesiones que aliviaron el rigor de la prisión. Se retiraron de las ventanas los postigos de madera, de forma que pudieran ver el patio interior de la fortaleza. Además se les permitía pasear por las murallas tres veces a la semana, durante dos horas cada vez. Ambos prisioneros podían pasear juntos si lo deseaban, a condición de que su carcelero estuviera presente y fuera testigo de cuanto hablaban. Más tarde incluso se les permitió comer juntos y jugar a las cartas con los oficiales y con la esposa de Saint-Mars.

Pero en realidad las relaciones entre los dos prisioneros no eran excelentes. No congeniaban, y cuando se permitió que la familia de Fouquet acudiera a Pignerol y se alojara allí, ambos tuvieron una violenta discusión. Madame Fouquet había tenido que ausentarse durante un tiempo, y en su ausencia Péguilin aprovechó para seducir a la hija del superintendente, para gran indignación de este.

Al parecer los paseos al aire libre, la compañía y la relajación de las severas normas que le habían sido aplicadas hasta entonces, lograron que el marqués, incorregible, se recuperara lo suficiente para volver a ser el seductor que había sido y enamorar a la única joven a la que tenía ocasión de ver. El asunto no fue meramente circunstancial y anecdótico, sino que la amistad de ambos se prolongó en el tiempo. Cuando Péguilin obtuvo su libertad, visitaba frecuentemente a Marie-Madeleine, para disgusto de la madre y gran enojo de Mademoiselle de Montpensier. Pero en 1683 Mademoiselle Fouquet se casó con el marqués de Montsales, y el nombre de Marie-Madeleine dejó de estar unido al de Péguilin en las lenguas de la corte.


Louvois, siempre dispuesto a sacar partido de todo, sugirió que aquella pelea en prisión entre el marqués y el superintendente podría servir para inducir a cada uno de ellos a revelar secretos del otro, aunque no parece que ninguno de los dos cayera en la trampa.

Péguilin enfermó de nuevo y precisó de constantes cuidados. Cuando se recuperó, se mostraba agrio y desagradable con los guardias que lo acompañaban durante sus paseos, de modo que se hizo necesario amenazarlo con regresar a sus anteriores condiciones si no cambiaba de actitud. Parecía haberse hecho con el control de la situación hasta el punto de que ahora era él quien atormentaba a Saint-Mars fingiendo que conocía el contenido de las cartas que enviaba a Louvois. Aunque el gobernador estaba convencido de que eso era prácticamente imposible, para entonces temía tanto al astuto prisionero que no lograba liberarse de la angustiosa duda. Se planteaba muchas cuestiones mientras daba vueltas al asunto: ¿sería de fiar el superior de los jesuitas, que venía a ofrecer consuelo espiritual a Péguilin? ¿Y el marqués d’Herleville, gobernador de la ciudad de Pignerol? ¿Con qué frecuencia debería permitírsele visitar a los prisioneros? De todas sus dudas informaba puntualmente a Louvois.

Cuando murió Fouquet, el gobernador recibió órdenes de trasladar al marqués a los que habían sido los aposentos del superintendente. Había recuperado la salud, en parte debido a que ahora se le permitía también montar a caballo y adiestrar a cuatro hermosos potros en el patio. Péguilin adoraba a los caballos, por lo que esta nueva concesión tuvo que constituir un inmenso placer para él. Además su amigo Barail tenía permiso para visitarlo.

La estancia de Barail en Pignerol duró ocho días. Las primeras entrevistas entre ambos resultaron entorpecidas por la constante presencia de Saint-Mars, a pesar de lo cual Péguilin se las arregló para ocultar una carta suya en un trapo que colgaba de la chimenea y entregársela a su amigo. Este le respondió, y de este modo ambos establecieron un código que permitiría al marqués conocer cuanto era de su interés.


El humor de Péguilin mejoró considerablemente tras haberse salido con la suya. El gobernador, que no se enteraba de nada, recibió con alegría este súbito cambio de actitud.

—¡Muy bien! Así es como debe ser —exclamó.

Y como el código acordado entre ambos amigos implicaba que el marqués dijera cosas aparentemente sin sentido, en una ocasión se volvió hacia Barail y dijo:

—Ya veis que la reclusión le ha afectado la mente. Dice un montón de cosas ininteligibles.

¡Cómo se divertía Péguilin durante aquellas visitas! ¡Y cómo se esforzaba por no reventar en carcajadas ante su carcelero!


Recuerden que mañana, viernes 22, tienen una cita en Madrid, a las 20h en el Café Cósmico, calle Juan de Austria, 25, para la presentación del libro "Mujeres en la historia". Muchas gracias.


martes, 19 de noviembre de 2013

Próxima presentación de "Mujeres en la historia"


Llega por fin, tras los retrasos derivados del cambio de distribuidora por parte de la editorial, la presentación del libro de relatos históricos “Mujeres en la historia”, en la que les recuerdo que participo con un relato sobre la infancia de George Sand. 

La cita será en el Café Cósmico, C. Juan de Austria, 25 (Junto a Plaza de Olavide y Metro Iglesia) Madrid, el viernes 22 de noviembre a las 20h. 

“Relatos sobre mujeres, escritos por mujeres; la visión de una nueva generación de autoras que entran con fuerza en el panorama literario, unido a la visión de escritoras clásicas. En Mujeres en la historia, M.A.R. Editor reúne las experiencias de protagonistas de la historia, algunas famosas, otras desconocidas, que vivieron el cambio político, económico y social producido desde la Revolución Francesa hasta el comienzo de la segunda Guerra Mundial.”

"Toda la información sobre el libro en:
Y si no puedes estar en este fantástico acto, te lo enviamos a cualquier parte del mundo."

Los que residan en Madrid, a ver si hacen un hueco en su agenda y se acercan la tarde del viernes por el Café Cósmico. Se agradecerá su presencia.

Quiero dar las gracias muy especialmente a monsieur dlt, que desde su terraza ha escrito una deliciosa reseña titulada Cuando Amandina aún no era George. Resulta todo un lujo contar con lectores como él.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Muerte de la Princesa de Mónaco

Catherine Charlotte de Gramont, princesa de Mónaco

La tercera muerte que se produjo durante la estancia de Péguilin en Pignerol fue, probablemente, la que más le afectó. En junio de 1678 fallecía Catherine de Gramont, la princesa de Mónaco, aquella que había sido el amor de su vida. 

Catherine, que una vez había sido dama de honor de Minette, lo fue posteriormente de la segunda esposa de Monsieur. Su Alteza Serenísima moría en el Palais Royal y era enterrada en el convento de los Capuchinos sin haber alcanzado cuarenta años. Su familia no lamentó mucho su pérdida: la princesa los había avergonzado muchas veces con su comportamiento disipado, causa de que fuera desterrada de la corte y obligada a volver a Mónaco con su esposo, al que dio seis hijos. Ella, recalcitrante, había regresado a la corte de Francia el año anterior a su muerte, mientras el príncipe partía a la guerra. 

Ante la indiferencia que mostraron sus parientes, Madame de Sévigné comentó con desenfado:

“Monsieur de Mónaco es la única persona que los iguala [en mostrarse indiferente], pero él tiene sus propias razones, y es fácil comprender lo poco que se puede lamentar la pérdida de una persona que se había separado voluntariamente de él”.

Armand de Gramont, conde de Guiche

Catherine tuvo una vida tan intensa que inspiró una novela a Alejandro Dumas. La obra lleva por título, precisamente, La Princesa de Mónaco. Se trata de uno de esos personajes que nos ha hecho pasar momentos deliciosos, al igual que su hermano. Armand de Gramont, conde de Guiche, era otro de los puntales de nuestra corte, pero también debemos despedirlo. El joven Armand, uno de los grandes seductores de su tiempo, había muerto en noviembre de 1673 durante el transcurso de una campaña militar, con solo 36 años. Tampoco pasó desapercibido para Alejandro Dumas, que lo convirtió en uno de sus personajes tanto en Veinte años después como en El Vizconde de Bragelonne.

Probablemente Péguilin no recibió la noticia allá en prisión, puesto que permanecía prácticamente incomunicado con el mundo exterior. Tal vez supo mucho después que se había ido para siempre aquella que él nunca había negado, ni siquiera a Mademoiselle de Montpensier, que había sido su gran amor.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Una mente irreductible


El abogado que acompañaba a la familia nos dejó un relato minucioso de aquellas jornadas. Él percibió claramente cómo aunque el cuerpo de Péguilin había sido duramente castigado por tantas penalidades, “ni su mente ni su juicio se encontraban en las mismas condiciones, y podía apreciarse por su razonamiento y su modo preciso de expresarse que no había perdido nada de su vivacidad ni de su inteligencia habitual”.

Finalmente Péguilin decidió otorgar poderes a su hermana para ocuparse de sus asuntos financieros. Le pidió a ella que distribuyera las rentas que percibiera de forma que una parte fuera a parar a su madre y otra a sus hermanos. En cuanto a la parte que le correspondía a él, debería repartirse entre los pobres.

El marqués continuaba tosiendo mucho durante las entrevistas.

—No os preocupéis por mi salud —les dijo—. Padezco tan malos aires en prisión, está tan frío y húmedo que todo se pudre, hasta el pan si se deja veinticuatro horas. No espero salir de aquí con vida, pero ese es el menor de mis problemas; hay otros peores de sobrellevar. Me siento obligado hacia Monsieur de Saint-Mars, que me ha salvado la vida tres veces. No puedo culparlo por cumplir con su deber.

Péguilin se interrumpió y se cubrió los ojos con el pañuelo.

—¿Se ha terminado ya el tiempo? —preguntó.

Deseaba que fuera así; la entrevista le resultaba demasiado penosa. Le respondieron que aún le restaban unos cuantos minutos, a pesar de lo cual se levantó y se fue sin decir nada más.

Al día siguiente, durante la tercera entrevista, se mostró más conversador y quiso saber infinidad de detalles acerca de su familia, y muy especialmente de una de las hijas de su hermana: Mademoiselle de Bautru. Marie Antoinine Bautru de Nogent era su ahijada, y Péguilin la amaba mucho. De hecho, la designó como su heredera.


No había día que no insistiera en hablar privadamente con su hermana, algo que no le fue concedido. Finalmente se dio por vencido y habló de este modo a Diana durante una de sus entrevistas:

—Hermana, esto es lo que quería deciros: os ruego que vayáis a ver al rey y le digáis que nunca me he opuesto ni me opondré a sus decretos, que siempre seré un súbdito leal, que nunca me he involucrado en ninguna intriga de la corte, que tengo y tendré toda la vida un amargo pesar por haber incurrido en su disgusto; que confío en su bondad, clemencia y piedad; que me ha colmado de beneficios y honores, pero que yo ahora solo solicito su perdón; que él me lo dio todo y tiene derecho a quitármelo todo. Ruego humildemente a Su Majestad que se apiade de mí y me permita servirle del modo que él prefiera, aunque sea tan solo con una espada en la mano. Decidle que me resulta difícil creer que desee aplastar a un pobre caballero cuyos asuntos, al igual que los de su Casa, están completamente perdidos; que sin embargo me someto a su voluntad y a sus órdenes, que os he dado poderes para depositar en sus manos la dimisión de todos mis cargos, que si quiere algo más definitivo, se lo daré. Decidle también al marqués de Louvois que soy su más humilde servidor, que si lo he ofendido, ruego su perdón, que espero de su benevolencia que interceda por mí ante el rey, que si en el pasado me negaba a dimitir de mis cargos fue porque no me enviaban a una persona de confianza, que hoy, al ver a la persona en quien más confío, le doy, sin que me sea solicitado, un poder general; os ruego que se lo hagáis entender. También os ruego que cumpláis un voto que he hecho de dotar tres camas para los pobres, bien sea en París o donde penséis que Dios aceptará mejor la caridad. También deseo que se paguen todas mis deudas. Esto es todo cuanto tenía que deciros. Partid mañana, y que Dios os acompañe. Ruego a mi hermano que haga el viaje con vos, y que él y Monsieur Izarn cuiden de vuestra salud. No me escribáis ni me enviéis documentos: todo es inútil; no serviría de nada. Se limitan a leérmelos, y yo no puedo recordarlos después. Si tenéis piedad de mí, cuidaos vos, y recordad cuanto os he dicho. Rogad a Dios por mí y confiad en la misericordia de Dios y del rey.

Madame de Nogent se arrodilló y solicitó permiso para besar su mano, pero él respondió que no estaba permitido. Entonces se levantó bruscamente, pronunció unas palabras de despedida y se fue.


lunes, 11 de noviembre de 2013

La visita de Madame de Nogent


Péguilin desconfiaba de su hermana, Madame de Nogent. Mademoiselle de Montpensier cuenta en sus memorias algo que afirma haberle escuchado cien veces: 

—Mi hermana finge; en realidad no le importo, ni a ella ni a ese burgués de Angers —decía refiriéndose a su cuñado—. Si pensaran que encontrarían dinero en mis huesos, de buena gana me los romperían. Así de interesados son.

Por precaución, el marqués envió mensajes al rey y a Louvois para rogarles que no se permitiera a los Nogent inmiscuirse en sus asuntos ni tocar las pocas piedras preciosas que poseía, ni su dinero ni su plata, y que en lugar de su hermana deberían ser sus amigos Barail y Rollingue quienes se encargaran de todo. 

Diana de Nogent recibió esta noticia con gran disgusto. Se sentía especialmente mortificada por la idea de que Mademoiselle llegara a enterarse. Péguilin deseaba que Rollingue fuera el apoderado, pero Louvois desestimó su solicitud y nombró a Madame de Nogent, que estaba en muy buenos términos con el ministro. Diana había prometido a Louvois no hacer nunca nada por ayudar a su hermano a recuperar la libertad sin una orden suya.


Mientras Péguilin continuaba en prisión, perdía también a su hermano mayor, y eso lo convertía a él en el cabeza de familia. Madame de Nogent y otro de sus hermanos, el Caballero de Lauzun, hicieron ver al rey lo importante que era poder comunicarse con el prisionero para el buen mantenimiento de la Casa. 

Louvois dio las órdenes pertinentes para autorizar el viaje. Cuando Diana y su hermano llegaron a Pignerol en compañía del abogado, buscaron alojamiento en casas de particulares en la ciudad, pues las posadas del lugar eran demasiado incómodas. En la fortaleza no se les permitió acceder a la habitación del prisionero, sino que fueron recibidos en los aposentos de Saint-Mars, a los que se trasladó a Péguilin para recibir convenientemente a su familia. Toda la conversación que mantuvieron tuvo que ser escuchada por el gobernador.

Los hermanos se entrevistaron durante cuatro días consecutivos, unos encuentros que no se prolongaban nunca más de dos horas. Pero Madame de Nogent tuvo que esperar algunos días hasta que fue posible la primera entrevista, puesto que el marqués se encontraba enfermo con fiebre debido a lo que podría haber sido una bronquitis o una neumonía. Su enfermedad era lo bastante grave para no permitirle abandonar su cuarto. Al cabo de unos días mejoró y pudo finalmente ver a sus hermanos, si bien en un estado de debilidad tal que apenas podía tenerse en pie y obligaba al gobernador a traerlo sujeto por un brazo. 

Sus familiares quedaron impresionados al ver aquel rostro macilento, casi oculto bajo la crecida barba, con “los ojos tan llenos de tristeza y languidez que hubiera sido imposible no sentir compasión”. Le proporcionaron una silla junto al fuego, a la luz, pero él la apartó de allí, diciendo, entrecortadamente por la persistente tos, que tanta iluminación hería sus ojos y le producía dolor de cabeza. Saint-Mars lo colocó de espalda a la luz y se sentó a su lado. Diana no pudo evitar las lágrimas al verlo así.


Todos tardaron algunos minutos en comenzar a hablar, demasiado abrumados por lo que habían encontrado. El abogado informó entonces a Péguilin del propósito de la visita, a lo que él respondió fríamente.

—Después de haber estado seis años, y comenzando el séptimo, en la más estricta reclusión, sin oír hablar de negocios durante tanto tiempo y sin haber visto a nadie, mi inteligencia se ha oscurecido tanto que me resulta imposible comprender nada de lo que me decís.

Aunque se cuidó de añadir que estaba muy agradecido al rey por su bondad al permitirle ver a su hermana, que sentía una gran alegría al verla y que era la persona que más amaba en el mundo y en quien más confiaba. Dijo, además, que estaba muy agradecido a Diana por haber consentido en hacer ese viaje tan largo y penoso por amor a él, y que sufría enormemente, no por el rigor de su prisión, sino por haber disgustado al rey, del que no perdía la esperanza de obtener el perdón. No pudo contener entonces el llanto, y se llevó un pañuelo a los ojos para cubrirlos. Así permaneció un buen rato. 

Diana también estalló en un sollozo. Cuando su hermano abandonó los aposentos del gobernador, perdida toda contención se abandonó al llanto de tal modo que quedó desvanecida y no volvió en sí hasta después de una hora de afanosos intentos por reanimarla arrojándole agua y vinagre. En cuanto al Caballero de Lauzun, también él se sintió indispuesto después de ver a Péguilin, y hubo de meterse en cama al llegar a su alojamiento.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Las precauciones de Louvois


Mademoiselle de Montpensier no tardó en recibir la noticia del osado intento de fuga. Fue, además, una de las personas que tuvo ocasión de examinar de cerca la cuerda que Péguilin había trenzado ingeniosamente para descolgarse por ella. “Esa noticia me perturbó, como bien se puede imaginar. No se hablaba de otra cosa. Las miradas se fijaban en mí. Supe que el rey había escuchado el relato con bastante humanidad, y puede que con pena”.

Aprovechando la circunstancia, volvió a escribirle a Luis suplicando clemencia para él, pero el rey estaba a punto de partir hacia Holanda y, absorbido por sus importantes proyectos bélicos, ni siquiera respondió. Madame de Montespan leyó la carta ante los cortesanos que se habían reunido en sus aposentos para jugar a las cartas como de costumbre. Muchos se mostraron conmovidos. “Jamás he visto carta más tierna, respetuosa hacia el rey y llena de buen sentido”.

Louvois, por su parte, se muestra sumamente preocupado por lo cerca que había estado Péguilin de lograr su propósito. En una carta de 16 de marzo de 1676 dice a Saint-Mars:

“Todas las precauciones que toméis para impedirlo en un futuro serán pocas, ni podréis hacer nada más útil que visitar frecuentemente los aposentos de vuestros prisioneros; y durante estas visitas deberíais mover todos los muebles para averiguar qué sucede”.


También propuso hacer una abertura en la habitación de Péguilin para poder observarlo cuando fuera necesario, a cualquier hora del día o de la noche. Y había algo más que preocupaba al ministro: el marqués había colocado a uno de sus hombres, llamado Lamy, como guardia del rey, y posteriormente Mademoiselle lo había tomado a su servicio. Ahora Lamy había desaparecido, y Louvois temía que ello guardara alguna relación con un nuevo complot para procurarle la libertad al prisionero.

El valet de Péguilin lo pasó muy mal a consecuencia de aquel intento de fuga de su amo. Saint-Mars lo encerró en una celda y lo castigó a pan y agua hasta que confesara lo que sabía acerca de aquel asunto. Era preciso averiguar, sobre todo, si había cómplices en el exterior. Sin embargo, el servidor no permanecería mucho más tiempo en prisión: fue liberado en diciembre de 1678, y se le pagó por tres años de servicio en Pignerol.

El nuevo valet era más leal al gobernador, y, por tanto, menos del agrado de Péguilin. El marqués sabía que lo ponían a su lado para que lo espiara y pasara información al gobernador. Los amigos que le quedaban a marqués en París también estaban bajo sospecha. Louvois temía que Barail intentaba comunicarse con él. El ministro recordó que Péguilin había encargado a París un abrigo y unos libros, y pensaba que podía ser una señal entre ambos para encontrar el medio de transmitirse mensajes a través de esos pedidos.

Mientras tanto ocurrían tres muertes que iban a tener relevancia para el prisionero. Una de ellas fue la de su abuelo materno, el duque de La Force. El fallecimiento del abuelo lo convertía en un hombre muy rico, pues el duque le dejaba todas sus propiedades. Era preciso saber si Péguilin aceptaba la herencia, para lo cual debía enviarse a un notario a la prisión para entrevistarse con él y recoger su necesaria firma…


jueves, 7 de noviembre de 2013

Tras las huellas de Arsenio Lupin


Queridos cortesanos, les ofrezco en primicia el aspecto que tendrá, al menos provisionalmente, Tras las huellas de Arsenio Lupin, el libro en el que participo con un relato. Como ven, hay guantes, collares… y mucho glamour. 

Les recuerdo que se trata de una antología de relatos de género negro ambientados en la Belle Epoque y firmados a veces por clásicos como Conan-Doyle, Maurice Leblanc, o autores contemporáneos de la talla de Manuel Vidal Laso, ganador del I Premio Wilkie Collins de novela negra. Ello convierte en un doble honor para mí figurar a su lado.

Ya han quedado ultimados los detalles y no falta mucho para que por fin pueda tener un ejemplar en mis manos. ¡Ojalá M.A.R. Editor pueda terminarlo a tiempo para la tan esperada feria de Guadalajara!

Muchísimas gracias a todas las personas que se interesan tanto por esta antología como por la anterior, Mujeres en la historia.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Fuga de Pignerol


El ánimo de Péguilin, aunque quebrantado por las duras condiciones de la prisión, no estaba abatido por completo. Constantemente pensaba en fugarse y buscar refugio en la corte de Saboya, desde donde trataría de persuadir al rey para que volviera a admitirlo en su ejército.

Mientras tanto el superintendente Fouquet llevaba años encerrado en la misma fortaleza que el marqués, como sin duda recordarán los más asiduos de esta Corte del Rey Sol. No tardó en oír que Péguilin era otro de los insignes huéspedes de Pignerol y que ocupaba los aposentos situados bajo los suyos, una noticia que sin duda le sorprendió enormemente. Fouquet pensó que sería una maravillosa forma de romper la tediosa monotonía de sus días de cautiverio si lograba ponerse en contacto con él, y Péguilin compartía su mismo afán.

Finalmente el marqués logró hacer un agujero en la pared y perforar el conducto de la chimenea. Así podía asomar la cabeza y hablar con Fouquet. El agujero permanecía tapado cuando no se utilizaba, de modo que pasó desapercibido durante mucho tiempo, y mientras tanto ambos prisioneros se comunicaron cuantas veces les pareció oportuno.

Como no los descubrían, Péguilin se hizo más osado, agrandó el agujero y pasó a través de él hasta los aposentos del superintendente. La entrevista entre ambos no tuvo desperdicio. El marqués le habló de cómo había ascendido en la corte, de todos los cargos que había ocupado; le contó que estuvo a punto de casarse con Mademoiselle de Montpensier, y que el rey había dado su consentimiento antes de retirarlo. Fouquet lo contemplaba con estupor. Era evidente que no creía ni una palabra de cuanto le contaba, y que todo lo tomaba por las alucinaciones de un lunático.


El marqués continuaba haciendo sus cálculos para fugarse. El agujero hecho para comunicarse con Fouquet le animó a hacer nuevas excavaciones capaces de llevarlo mucho más lejos. Cuchillos, atizadores de la chimenea y cualquier otro instrumento que cayera en sus manos era empleado para perforar el grueso suelo de su celda. La tarea le llevó tres años, un tiempo durante el cual aparentó tan perfecta resignación que tenía totalmente engañado a Saint-Mars.

Un día el boquete fue lo bastante grande para pasar a su través. La emoción de Péguilin, a punto de conseguir su objetivo, fue enorme; pero tan solo para enfriarse un instante después: al llegar al otro lado se encontró de nuevo encerrado entre cuatro paredes, en otra celda con barrotes.

No por ello desistió. Decidió concentrarse en los barrotes de la ventana y se le ocurrió volarlos con pólvora de mosquete. Para obtenerla, se dirigió a Saint-Mars y solicitó quemar una pequeña cantidad para acabar con el insoportable olor que había en su celda. El gobernador accedió a su petición y se presentó con todo lo necesario, pero, después de proceder él mismo a la operación, se retiró llevándose consigo los instrumentos necesarios.

Péguilin resolvió entonces que, dadas las circunstancias, tendría que limar los barrotes, de modo que durante meses se aplicó con tesón a la tarea, trabajando de noche hasta lograr soltar uno de ellos. Además había logrado confeccionar una larga cuerda a base de ropa vieja, servilletas y tal vez de algo más: es posible que su repentina afición a llevar pelucas no obedeciera tanto a estar perdiendo pelo como a otros motivos menos confesables, como podemos sospechar por esta carta de Saint-Mars en la que comenta con desconcierto las extrañas exigencias del marqués con respecto a las pelucas:

“Ha comenzado a usar peluca, y aunque he hecho traer dos de París, él me pide otra que tenga más cabello que estas, para poder mantener la cabeza bien caliente…”


Tal vez el marqués utilizaba el cabello para fabricar la cuerda con la que se evadió de su celda tan pronto como logró soltar aquel barrote, un acto tan temerario que, como escribió Mademoiselle de Montpensier, “fue un milagro que no se rompiera el cuello”. La cuerda en cuestión había sido trenzada con tanto ingenio que posteriormente Saint-Mars le envió un trozo al rey para que la examinara.

Péguilin dejaba en su habitación dos cartas dirigidas a Louvois y a Luis, a quien comunicaba su intención de enrolarse en el ejército y luchar en las filas de alguno de sus aliados. Tras descender por la cuerda, aterrizó en un pequeño jardín, exploró el entorno y comenzó a cavar un túnel bajo el muro. Un primer intento resultó fallido, porque topó con una roca que lo obligó a comenzar de nuevo en otro punto. Su segunda tentativa fue capaz de abrir una estrecha galería que le permitió llegar a un patio de la ciudadela. 

Después se dispuso a dar el último paso para lograr fugarse de Pignerol. Había logrado abandonar su celda, pero ahora tenía que encontrar el modo de abandonar también la ciudadela sin ser notado. Pensó en sobornar o persuadir a alguien para que le abriera las puertas, o salir camuflado entre los trabajadores y servidores que acudían diariamente al fuerte.


El marqués se ocultó en una leñera a la espera de su oportunidad. Al llegar la mañana se encontró con una sirvienta que entraba a buscar leña. Péguilin le ruega ayuda, y le ofrece a cambio dinero, todo lo que quiera. Le suplica que, si no quiere ayudarlo, al menos no lo delate. Ella le responde que está comprometida con un soldado, y que si su prometido acepta el trato y se escapa con él para evitar las represalias, ella no tendría inconveniente.

Péguilin permaneció en aquel lugar, aguardando la decisión del soldado. Lamentablemente, este regresó en compañía de un oficial que resultó imposible de sobornar, y poco después se presentaba Saint-Mars. Todo había terminado.

La noticia llegó pronto a la corte, donde fue acogida con el mayor de los asombros. Apenas se hablaba de otra cosa. Nadie había logrado jamás evadirse de Pignerol; nadie había llegado tan lejos como él en toda la historia de la fortaleza. Al final no le había sonreído la suerte, pero había demostrado que no era imposible.



lunes, 4 de noviembre de 2013

A un paso de la muerte


En la corte todo el mundo rumoreaba acerca de Mademoiselle de la Motte-Argencourt y el plan que había urdido para liberar a Péguilin. Aprovechando este incidente, almas poco caritativas se reunían en torno a Mademoiselle de Montpensier y le susurraban que él solo la había querido por su gran fortuna, y que fingía amarla mientras cortejaba a otras; le contaban historias que alentaban sus celos y la hacían dudar de él.

Mientras tanto el marqués recibía en prisión la triste noticia de que tanto su cuñado Nogent como su buen amigo Guitry habían muerto durante la campaña militar, y que su hermana estaba muy afectada por la pérdida de su esposo. Supo, también, que los cargos que él había ostentado habían sido entregados a otros. El marqués lloró amargamente, se lamentó de haber perdido a los únicos amigos que tenía, de quedar ahora a merced de aquellos que solo le arrojarían piedras. Saint-Mars se preocupa por su estado de desesperación; teme que se suicide: “Si no acaba por hacerse daño como su buen valet Heurtault, todo irá bien”.

Péguilin se negaba a dirigirle la palabra al gobernador, ni siquiera para solicitar aquello que precisaba. Se limitaba a dejar a la vista los guantes, las sábanas o cualquier otro artículo que necesitara renovar, para que Saint-Mars se diera cuenta. Pero esta fase terminó pasando, y entonces pidió una peluca, pues había perdido su cabello allá en prisión. Trató también de obtener noticias de Mademoiselle, pero sus esfuerzos al respecto fueron en vano.


En mayo de 1674 Saint-Mars vuelve a escribir a Louvois para comunicarle que el prisionero está gravemente enfermo. Tanto el ministro como el rey se encontraban en el frente en esos momentos. Louvois responde que debía hacerse cuanto fuera preciso por restablecer su salud, aunque sin infringir las órdenes del rey con respecto a su custodia, que “no podían relajarse con ningún pretexto”.

Péguilin estaba tan enfermo que se le dio por muerto. La noticia de su fallecimiento llegó hasta Luis, que la acogió con aparente indiferencia. El marqués revivió, pero se enfrentó a una larga convalecencia de varios meses hasta poder anunciarse su total recuperación.

Durante su enfermedad, Mademoiselle de Montpensier creyó sucumbir a la pena. Al recibir noticias de que su estado era crítico, escribió una carta al rey solicitando indulgencia. Nunca recibió respuesta.

Viéndolo en peligro de muerte, Saint-Mars había propuesto que se le enviara un confesor, pero el marqués, temiendo que se hiciera llegar hasta él a alguien disfrazado de sacerdote con el propósito de sonsacarle sus secretos, insistió con obstinación en no dejarse confesar por nadie que no fuera un fraile capuchino, debidamente tonsurado y barbado. Cuando el monje llegó, a punto estuvo de morirse del susto, porque tan pronto como se quedó a solas con el prisionero, este se abalanzó sobre él y comenzó a tirarle de la barba con toda la energía que le quedaba, para asegurarse de que no era postiza.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El complot de Mademoiselle de la Motte-Argencourt


Pignerol (por Védrines)

El comportamiento de Péguilin en el interior de la fortaleza de Pignerol cambió súbitamente. Como obedeciendo a una nueva táctica, se serenó; sus modales eran corteses con su carcelero. Aparecía resignado y se le veía continuamente arrodillado ante una imagen de la Virgen que le había dado Saint-Mars. Mostraba gran devoción y ayunaba hasta quedar reducido a poco más que la piel y los huesos. No hacía en todo el día otra cosa que no fuera rezar, enseñar a leer a su valet y peinarse la larga barba que llevaba tres meses dejando crecer. Sin embargo, de vez en cuando la desesperación volvía a apoderarse de él, y entonces volvían las quejas y reproches.

—Veo que no seré un problema para vos durante mucho tiempo —le dijo a Saint-Mars—. Me tratáis tan mal que dentro de poco estaréis satisfecho. No tengo fuerzas para soportar una crueldad como la vuestra. Me reducís cada día a la mayor desesperación al negaros a contarme el más pequeño detalle de lo que ocurre en el exterior, aunque no tenga nada que ver conmigo ni con mis asuntos. Tal comportamiento es inaudito, a menos que hayáis recibido órdenes especiales al respecto.

Saint-Mars, mientras tanto, continuaba su correspondencia con Louvois e hizo las veces de espía para él, intentando arrancarle al prisionero palabras que pudieran ser de interés para el ministro; pero Péguilin se negaba a hablar con él. En una ocasión en la que Saint-Mars, simplemente, le comentó algo acerca del clima, el marqués replicó cortante que, puesto que él no podía ver el sol ni la luna, el tiempo que hiciera en el exterior no suponía ninguna diferencia para él. En otra ocasión, al preguntarle el gobernador por su salud, respondió que se encontraba mejor de lo que desearía. Y Saint-Mars, en efecto, estaba persuadido de que el prisionero moriría si continuaba en aquel estado.


En enero de 1672 la madre de Péguilin despachó a un mensajero con la misión de obtener noticias acerca de él. La pretensión de la señora resultó infructuosa, porque el gobernador respondió que Pignerol no era el lugar adecuado para acudir en busca de noticias, y que remitiría al rey su solicitud. El mensajero pernoctó en la ciudad. Solo se alojó allí una noche antes de emprender el regreso, sin dejar de ser estrechamente vigilado por Saint-Mars. 

Un asunto más grave tuvo lugar en agosto de ese mismo año. Había un hombre llamado Heurtault a quien Péguilin había empleado en misiones secretas. Heurtault y una mujer llamada Madame Carrière, que vivía cerca de Pignerol, habían recibido una importante cantidad de dinero en el plazo de dos meses. La persona que lo enviaba era, al parece, Mademoiselle de la Motte-Argencourt, aquel primer amor de Luis XIV que ahora permanecía retirada en el convento de Chaillot. El plan de la bella, más allá de las evidentes instrucciones de comunicarse con el prisionero y llevarle noticias de él, resulta evidente que incluía liberarlo. 

Heurtault, después de entrevistarse en París con Mademoiselle de la Motte-Argencourt, se desplaza a Pignerol en compañía de su primo Plassot, y en la posada donde se aloja se encuentra con una francesa llamada Madame Carrière, una aventurera dispuesta a todo por dinero. Ella conoce a un hombre llamado Mathonnet, que ocupaba un puesto de escasa importancia en la fortaleza y estaba descontento con sus superiores, de modo que se acercaron a él, le hablaron discretamente y lograron sobornarle.


Heurtault y Madame Carrière rápidamente hacen un viaje a París para volver a entrevistarse con Mademoiselle de la Motte-Argencourt y acordar los detalles del plan de evasión, pero finalmente el complot fracasó: el gobierno francés se puso en contacto con el de Saboya y Mathonnet, Madame Carrière, Plassot y otro cómplice fueron arrestados en Turín. El cómplice perdió la vida, seguramente en el momento de la detención. Heurtault fue sorprendido a las puertas de Pignerol con cartas escritas por Mademoiselle de la Motte en clave cifrada, y al verse atrapado se cortó las venas y falleció pocos días después, encerrado en la fortaleza. Mathonnet y la dama finalmente fueron puestos en libertad poco después, no antes de que la mujer diera a luz a una hija en prisión.

El 29 de agosto, Louvois escribe a Saint-Mars. Se muestra sumamente ansioso por descubrir si los conspiradores habían logrado comunicarse con Péguilin, por lo que a veces se ha propuesto que tal vez el ministro temía que entraran en posesión de algún secreto relacionado con los ocho días de estancia del marqués en Holanda, y que no deseaba que nadie más supiera.

“Estaría bien que estudiarais atentamente a Monsieur de Lauzun para ver si las noticias que le deis sobre la muerte de sus dos amigos le conmueven tanto como deberían, y si es la primera vez que las escucha”.

El 28 de septiembre vuelve a aludir a ese asunto:

“…Se me ha informado que la dame Carrière y el difunto Heurtault habían recibido en dos meses 600 pistolas de parte de aquella que las había enviado. Es preciso que hagáis cuanto esté en vuestra mano para esclarecer el asunto, tanto a través de dicha dame Carrière como de Plassot, de modo que averigüéis en qué se ha empleado ese dinero…


Y otra del 14 de octubre:

“Deberéis seguir vigilando atentamente al señor Mathonnet para hacerle hablar. Su Majestad sabe bien que cuando estaba en París iba a menudo a Chaillot a ver a Mademoiselle de la Motte d’Argencourt."

Y tres días más tarde:

“A Su Majestad le parece bien liberar a la dame Carrière, a condición de que abandone la villa en el plazo de 24 horas… Y que Mathonnet también sea puesto en libertad, prohibiéndole continuar desempeñando ninguna función de su cargo…”

Plassot no fue liberado hasta julio del año siguiente. Al despedirse del soldado que lo escoltó hasta el camino a Francia, dijo que había olvidado un saco en la posada. Saint-Mars ordenó ir a buscarlo, y cuando lo abrió se encontró con unos venenos que supuso estaban destinados a él. El gobernador envió rápidamente a sus hombres en su busca, pero ya no pudieron encontrarlo.

En cuanto a Mademoiselle de la Motte-Argencourt, se libró de todo. Nadie acudió a interrogarla en su retiro conventual.