miércoles, 30 de octubre de 2013

One Lovely Blog Award



Vaya, pues resulta que ha sucedido lo increíble. No sé si tendrá algo que ver con Halloween y fenómenos paranormales asociados a dicho jolgorio (y digo “paranormales”, no “para anormales”, entiéndaseme bien), pero hete aquí que Monsieur Tolya —Sí, sí, el Gélido, ese mismo, el de Civilización o Barbarie— ¡me hace entrega de una cosa que se llama Lovely Blog Award, y que es un premio! Bueno, cuando lo vi, no me caí al suelo porque estaba sentada. Créanme que hasta ahora nunca me había visto en la tesitura de tener que imaginar a monsieur con algo “lovely”. Generalmente monsieur es más rompedor. Pero, desde luego, con esto queda demostrado que es absolutamente imprevisible, una de las razones por las que adoro a Tolya.


El premio, por supuesto, lleva unas normas, pero ya saben que no suelo cumplirlas. Les aseguro que respondería a las creo que son once preguntas si tuviera la más remota sospecha de que mis respuestas podrían interesarle a alguno de mis amables lectores, pero como doy por sentado que entran en busca de otras cosas, no los someteré a una prueba que a mí tampoco me gusta.


Muchísimas gracias, monsieur. El asunto es tan insólito que, contrariamente a mi costumbre, he decidido publicarlo en la página principal antes de colocarlo donde corresponde, que es en la sección de regalos. En breve haré un bis en mi otro château (no puedo vivir sin circunflejos), ya que Tolya ha sido tan lovely de condecorarme por partida doble.

 

domingo, 27 de octubre de 2013

Lauzun en Pignerol


Péguilin llegó a la siniestra fortaleza de Pignerol, en el Piamonte, la misma en la que se hallaba prisionero en superintendente Fouquet y el Hombre de la Máscara de Hierro. Mademoiselle, mientras tanto, se veía obligada a disimular su pena; guardaba silencio y asistía a las celebraciones de la corte para no disgustar más al rey. Lo único que podía hacer por el marqués era no aumentar el enojo de Luis. Dos días después del arresto de Péguilin, ella acudió al ballet, aunque vio poco del espectáculo, pues no podía dejar de pensar en él y en el calvario que sería el camino que le conducía a la prisión, entre el frío y la nieve.

Luis dejó el asunto en manos de su ministro Louvois, quien era para Péguilin “el más mortal de sus enemigos; aquel que convirtió su prisión en la mayor crueldad que pueda imaginarse”, según cuenta el marqués de La Fare. Louvois había despachado hacia Pignerol a Nallot, su oficial de confianza. Su misión era instruir a Saint-Mars, gobernador de la fortaleza, acerca de las condiciones en las que debería retenerse al prisionero. No satisfecho con ello, escribía constantemente a Saint-Mars. El ministro odiaba tanto a Péguilin que quería asegurarse de que no escaparía, sino que sufriría horriblemente en la celda que le estaba destinada. Por eso escribió que se le debía vigilar aún más estrechamente que a Fouquet, “porque es capaz de hacer mucho más por escapar, bien sea empleando la fuerza, la astucia, o sobornando a alguien”.


Se le asignaron dos habitaciones situadas justo bajo las que ocupaba Fouquet. Se le permitía tener libros, que llegaban de Turín, aunque el cuidadoso examen de cada volumen, página por página para asegurarse de que no ocultaba ningún mensaje, retrasaban mucho la entrega. También se le concedió el uso de su vajilla de plata y su ropa blanca, pero no estaba autorizado a escribir a nadie. Por miedo a que escribiera algo en la ropa que había usado, esta era metida en un cubo de agua antes de entregársela a la lavandera, y ella misma la traía para secarla ante el fuego en presencia de oficiales del gobernador. No le era devuelta al marqués sin haber sido sometida a varios lavados.

Péguilin se sumió en un estado de decaimiento y desesperación tal que se temía que perdiera la razón. Saint-Mars escribió que “come tan poco, que temo que eso pueda llegar a suceder; no ha sido afeitado dese su llegada: dice que le disgusta tanto el valet que le he asignado que no dejará que le toque por nada del mundo. Por el modo en que se expresa, evidentemente esperaba que se le permitiera tener uno de sus propios servidores”. El marqués se entregaba al llanto y se quejaba de continuo de no conocer cuál había sido su crimen y no haber sido juzgado. Vanas protestas en unos tiempos en los que bastaba la voluntad del rey para que un hombre languideciera de por vida en una prisión.

En marzo de 1672, al cabo de tres meses de reclusión, Péguilin salió de su abatimiento y recuperó sus antiguas energías. Se puso a estudiar su entorno para determinar sus posibilidades de fuga,y finalmente prendió fuego a uno de los tablones que formaban el suelo de su celda. Quemó un trozo del tamaño de un plato. Cuando Saint-Mars lo descubrió, Péguilin alegó que el incendio había sido causado de modo accidental, y que no se había percatado porque ocurrió mientras rezaba de cara a la pared.


A Louvois no le gustó enterarse de lo sucedido: 

“Cuando Monsieur de Lauzun quemó un tablón del suelo de su habitación, fue, desde luego, para ver lo que había debajo; y si vuelve a suceder algo así, deberéis hablarle con severidad y decirle que no le perderéis de vista ni un momento. Además le visitaréis con frecuencia, miraréis bajo su cama para aseguraros de que no ha levantado otros tablones para intentar escapar, y emplearéis cuantas precauciones sean posibles para mantener su seguridad”.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Mi nueva publicación


Tengo el placer de anunciarles la próxima publicación de mi nuevo relato de ficción. Esta vez me he adentrado en el género negro con Gambito veneciano, una historia que transcurre en la Venecia de la Belle Époque y que formará parte de una antología de M.A.R. Editor cuyo título será Tras las huellas de Arsenio Lupin.

El libro contará con aportaciones de clásicos como Conan-Doyle, Maurice Leblanc, Guillaume Apollinaire o Ambrose Bierce. Todos ellos figurarán junto a autores contemporáneos de la talla de Manuel Vidal Laso, ganador del I Premio Wilkie Collins de novela negra.


La antología está a punto de ser maquetada y podría estar lista en diciembre o tal vez antes, para así viajar junto con Mujeres en la Historia a la Feria del Libro de Guadalajara, en México. Esto es todo cuanto puedo anunciar por el momento.

Muchas gracias y hasta pronto. Continuamos en la Corte del Rey Sol.


lunes, 21 de octubre de 2013

La caída de Lauzun


El rey planeaba la conquista de Holanda. La campaña duraría varios meses, y durante ese tiempo Madame de Montespan permanecería separada de Luis mientras la posición de Péguilin como capitán de la guardia le procuraría acceso constante a su persona. Athénaïs consideraba con preocupación este hecho; temía que el ingenio y la astucia del marqués fueran capaces de recuperar el afecto y la influencia que antaño ejerciera sobre el monarca, y, lo que era peor, que lograra aflojar, o incluso destruir, el vínculo que a ella tanto le había costado forjar.

Athénaïs pidió consejo a la viuda de Scarron. La única solución parecía ser un acto decisivo, contundente: Madame de Montespan debía exigir al rey que arrestara a Péguilin por todas las indignidades que le hacía padecer a ella cada día y por los insultos que le había arrojado incluso en su presencia. La marquesa había esperado que Luis acabara por tomar esa decisión por sí mismo, pero el asunto no admitía más demora.

Louvois envenenaba al mismo tiempo los oídos del rey. Deseaba la caída de Péguilin tanto como Madame de Montespan. Ambos enemigos juntos constituían una alianza formidable, demasiado fuerte para ser afrontada.

El marqués tenía la batalla perdida de antemano. El día 25 de noviembre fue arrestado. 

Se ignora cuáles fueron los argumentos con los que el rey logró ser finalmente persuadido, pero no cabe duda de que tuvo que tratarse de una acusación muy grave. Voltaire opina que podría ser que el rey hubiera llegado a tener conocimiento de aquel matrimonio secreto, algo que él no habría autorizado en realidad. Pero contra esta opinión están los testimonios de cortesanos como Bussy, Madame de Sévigné o Mademoiselle de Scudéry, que cuentan cómo Luis permitía cierto grado de intimidad entre ambos, lo que prácticamente equivale a reconocer la existencia de una unión aprobada por él. 

D’Anquetil va mucho más lejos y propone algo que parece más bien adentrarse en lo novelesco: dice que cuando en 1744 visitó Tréport, encontró allí a una anciana que guardaba una extraña semejanza con los retratos de Mademoiselle. La anciana vivía en la mejor casa de la ciudad, no pagaba renta y recibía de mano desconocida una generosa pensión. Todos los habitantes de la ciudad estaban convencidos de que era hija de Mademoiselle de Montpensier. De acuerdo a su edad, habría nacido en torno a 1670 o 1671. La imaginativa suposición de Anquetil es que Luis habría insistido en que el nacimiento se mantuviera oculto, puesto que esperaba que fueran sus hijos con Madame de Montespan quienes heredaran las propiedades de su prima. Según esta fantasía —pues no puede calificarse de otro modo—, Péguilin habría sido encarcelado a consecuencia de ello. 

Por parte de Mademoiselle de Montpensier solo sabemos que el arresto se debió a haber pronunciado Péguilin palabras imprudentes, pero ignoramos qué fue lo que tanto ofendió al rey, o lo que le hizo considerar al marqués un hombre tan peligroso. Luis, y quienes habían conspirado contra el reo, supieron guardar muy bien el secreto, lo que indica que se trataba de algo a lo que no se deseaba dar publicidad.

El día del arresto parecía que el marqués y Athénais estaban haciendo un esfuerzo por alcanzar una reconciliación. Ella le había enviado a París por la mañana con la misión de comprar algunas piedras preciosas, por ser él un experto en cuestión de joyas. A su regreso esa noche Rochefort, capitán de la guardia del rey, lo arrestó cuando entraba en su habitación. Péguilin, sorprendido, quiso conocer el motivo. Solicitó ver al rey o bien a Madame de Montespan, pero su petición le fue denegada. 

Antoine fue conducido a la Bastilla. Dos días más tarde una escolta de la que formaba parte d’Artagnan con un destacamento de 200 mosqueteros, lo trasladó a la fortaleza de Pignerol, donde se encontraba encarcelado el superintendente Fouquet. Allí se tomaron unas precauciones excesivas para asegurarse de que no tendría la menor oportunidad de emprender la fuga. Ello no impidió que el indomable marqués lo intentara...


sábado, 19 de octubre de 2013

El triunfo de Madame de Montespan


La reacción de Péguilin, según el relato que ha llegado hasta nosotros, resulta bien extraña. Es difícil creer que fuera a recurrir precisamente a la mujer que había frustrado su matrimonio, algo que no le había perdonado y que la hacía totalmente indigna de volver a depositar en ella su confianza. Más curioso es aún que no contara con que ella se sinceraría plenamente con el rey, su amante. Pero que además el marqués se comportara de ese modo tan absurdo cuando Luis exigió saber toda la verdad, no parece propio de su inteligencia. Péguilin hubiera tenido fácil salida: solo tenía que alegar que le avergonzaba solicitar una gracia más, después de tantas bondades como había recibido de él, y que por eso no había querido que el rey supiera que aún aspiraba a otra. Con eso hubiera quedado zanjado el asunto. 

Su obstinación en negarlo todo hace sospechar que tal vez estaba diciendo la verdad, y que todo había sido una intriga más de Madame de Montespan. Posiblemente Péquilin ni siquiera habló de ello con Athénaïs. No es descartable que fuera ella misma quien se ofreciera a proponerlo para el cargo y expusiera el asunto como una especie de reparación por su parte, y que el marqués se limitara a dejarla hacer sin que hubiera partido de él petición alguna. Incluso es posible que ella le contara esa historia al rey sin haber hablado antes con Péguilin. Esa forma de exponer la cuestión, explicando a Luis que él quería el puesto, pero sin que se supiera que lo había pedido, parece pretender justificar el hecho de que el marqués no diera ninguna muestra de desearlo, una actitud que, por otra parte, sería normal en él si realmente no lo había solicitado.

La reacción de furia tan desmedida de Péguilin también parece excesiva si él fuera culpable, y sabemos que, en su estallido de improperios contra la marquesa, la llamó mentirosa. Tal vez tuviera sus buenas razones. Temo que nunca podremos llegar al fondo del enigma, pero sí tenemos motivos suficientes para cuestionarnos lo que sucedió ese día. 


En cualquier caso, Madame de Montespan había triunfado, y aún habría de paladear una nueva victoria. El 15 de noviembre de 1671 moría Madame de Montausier, dama de honor de la reina, y las noticias de la vacante causaron gran excitación en la corte. Comenzaron las intrigas en todas direcciones para conseguir colocar en el puesto a diferentes candidatas. Al final quedaron reducidas a dos: las duquesas de Créqui y de Richelieu, o, lo que era lo mismo, las candidatas de Péguilin y Athénaïs respectivamente. Él apoyaba a la duquesa de Créqui porque su esposo había sido uno de sus principales apoyos cuando planeaba su matrimonio con Mademoiselle.

Por entonces la viuda de Scarron cuidaba de los hijos del rey y de Athénaïs en su casa de la rue de Vaugirard. Sus relaciones con la Montespan eran excelentes. Françoise la había apoyado cuando se posicionó contra el matrimonio del marqués con Mademoiselle, y ahora también favorecía a la candidata de su amiga. Naturalmente Péguilin perdió aquel pulso, gracias, sobre todo, al peso que tenía la opinión de la viuda. 

No eran estas dos damas las únicas enemigas del marqués. Louvois lo detestaba; deseaba su caída tanto o más que Madame de Montespan. La alianza de ambos enemigos constituía una fuerza demasiado poderosa. Para hacerles frente, Péguilin solo contaba con el apoyo de Mademoiselle, siempre presta a lanzarse a intrigas cortesanas y demasiado incontrolable en sus pasiones. Anne-Marie, impulsiva y con frecuencia vehemente, no era buena consejera ni mediadora. Él había descubierto hacía tiempo que el modo más seguro de tratar los asuntos con ella era mantenerla en la más absoluta ignorancia.


lunes, 14 de octubre de 2013

Mentir al Rey

Madame de Montespan como Diana Cazadora

Péguilin se había aproximado a Madame de Montespan en la esperanza de obtener el puesto de coronel de la guardia del rey. Se trataba del puesto más importante en la corte, pues quien lo obtuviera estaría en permanente contacto con el rey. Como no se atrevía a solicitarlo personalmente, rogó a Madame de Montespan que hablara en su favor, aunque sin revelar que lo hacía a petición suya. La marquesa le prometió que así lo haría, pero a continuación se dirigió a Luis y le contó que Péguilin la había hecho prometer que solicitaría el cargo, insistiendo al mismo tiempo en que no le contara al rey que era él quien lo había pedido. 

—No comprendo la razón de tales subterfugios con un príncipe que siempre lo ha colmado de favores —añadió—. Aunque no creo que le anime ninguna mala intención al solicitar el puesto, yo en vuestro lugar no se lo concedería: la bondad que habéis mostrado hacia él, merece al menos ser recompensada con gratitud y con un comportamiento sincero. Me temo que no lo está siendo.

Luis permanecía reflexivo. La actitud de su amigo le daba mucho que pensar.

—Realmente no logro entender qué pretende Monsieur de Lauzun al engañarme —dijo molesto.

—Os aconsejo mantener una conversación con él para saber a qué ateneros.


El rey así lo hizo y se encerró con Péguilin en su gabinete. Una vez se encontraron a solas, comenzó a hablarle de cosas intrascendentes, hasta ir a parar a todos los posibles aspirantes al cargo que había quedado vacante.

—No tengo intención de designar a ninguno de ellos: no parece que reúnan suficiente experiencia para un puesto tan importante —dijo Luis.

Péguilin, encantado con estas palabras, trató de reforzar la posición del rey añadiendo comentarios que resultaban desfavorables para cada uno de los aspirantes. Entonces el rey le preguntó de pronto si no le gustaría ocupar el cargo él mismo.

—He recibido tantos favores de Vuestra Majestad que no se me pasa por la cabeza aspirar a otros nuevos, de modo que me tomo la libertad de aseguraros que ni siquiera había considerado la idea. Soy consciente de que hay otros mil más dignos que yo de ocuparlo.

—Esta modestia os sienta bien —repuso Luis con perceptible frialdad—. Madame de Montespan me ha hablado de vos como aspirante, y no creo que lo hubiera hecho de no habérselo pedido vos mismo. No entiendo por qué hacéis un misterio de desear un ascenso al que tenéis más derecho que la mayoría. Desearía que me dijerais la verdad.


Péguilin perdió una ocasión de oro para sincerarse. En lugar de eso se aferró a su postura e insistió en que nunca había pensado en aspirar al puesto, con lo que acababa de demostrarle a Luis que no podía confiar en él. 

—Me quedo perplejo ante la temeridad que mostráis al mentirme con tal desvergüenza. Es inútil que sigáis fingiendo: Madame de Montespan me lo ha contado todo. Podéis estar seguro de que nunca más volveré a creer lo que me digáis.

Luis estaba furioso. Se levantó y lo despidió sin querer escuchar sus excusas, y Péguilin abandonó el gabinete sumido en la desesperación y en la ira contra la marquesa.

Al salir se encontró con el duque de Créqui, quien, viendo su aspecto demudado, le preguntó qué le ocurría.

—Soy un pobre tipo con una soga alrededor del cuello. Quien quiera estrangularme será mi mejor amigo.

A continuación se dirigió a los aposentos de Madame de Montespan y se despachó a su gusto contra ella, en unos términos que difícilmente eran concebibles en un hombre de su alcurnia y posición. Pero para entonces ella ya no temía su poder. A esas alturas de la pugna, por fin podía estar segura de que sería la vencedora.

—El rey me defenderá —declaró con toda la convicción.


miércoles, 9 de octubre de 2013

Montespan versus Lauzun


“Yo iba y venía a París con mucha frecuencia. La gente seguía diciendo que estábamos casados. Ni él ni yo decíamos nada, no nos atrevíamos a hablar de ello excepto a nuestros amigos más íntimos, así que nos reíamos en sus caras y nos limitábamos a decir: “El rey sabe cómo están las cosas”.

Según este párrafo que desliza Mademoiselle de Montpensier en sus memorias, parece que, en efecto, ambos guardaban un secreto que solo compartían con unas pocas personas; algo de lo que el rey estaba al tanto. Este es sin duda un indicio de que ese matrimonio clandestino podría haberse llevado a cabo.

Y hay otro detalle bastante sospechoso: cuando ella falleció, Péguilin se cubrió con un largo manto negro, que era el luto de los viudos, y desde ese momento sus lacayos siempre llevaron ropa de luto. Al parecer a Luis no le agradó esta demostración tan poco discreta, pero se dijo que la prohibió porque no podía hacerlo, habiendo estado Lauzun unido a Mademoiselle mediante legítimo matrimonio.

Hay, sin embargo, otra evidencia que vendría a echar por tierra esta posibilidad: en una ocasión Madame de Montespan escribió a Mademoiselle comunicándole que el rey nunca permitiría que contrajese público matrimonio con Péguilin, y le proponía, en cambio, una boda en secreto. La propuesta indignó a Mademoiselle:

—¡Cómo, Madame! ¿Viviría conmigo como esposo pero nuestro matrimonio permanecería secreto? ¿Qué diría la gente? ¿Qué pensarían de mí, sin saber que en realidad estaríamos casados?

Tal vez se resistió a la ceremonia secreta mientras mantuvo una esperanza de hacer cambiar a Luis de opinión, pero con el tiempo debió resignarse. Eso sí, guardando las formas y sin convivir abiertamente. Lo cierto es que a partir de un determinado momento hay demasiadas evidencias, tanto de palabra como de obra, que indican que Mademoiselle había comenzado a considerarse la esposa de Péguilin.


Mientras tanto él continuaba dirigiendo imprudentemente su resentimiento contra Madame de Montespan, incluso en presencia del rey. Ella, en su papel de víctima, recibía cada insulto con admirable paciencia, sin responder jamás a las provocaciones.

Durante la expedición a Flandes, él y Guitry solicitaron permiso al rey para hacer una incursión en Holanda. Los cortesanos observaban cada uno de sus movimientos con el mayor interés, esperando el momento de verlo caer. No podía tardar, dada la reiterada insolencia con la que se permitía tratar a la amante del rey. Ahora consideraron que la misión de Péguilin en Holanda era en realidad un exilio.

Todos contemplaron atónitos cómo se habían equivocado: al cabo de ocho días el marqués regresaba y volvía a asumir su puesto como capitán de la guardia del rey.

Los amigos que le quedaban, viendo cómo su actitud hacia Madame de Montespan lo aproximaba al abismo, hacían cuanto estaba en su mano por reconciliarlos. Durante el viaje a Holanda Guitry había tratado por todos los medios de persuadirlo para que fuera más prudente, y a su regreso regaló unos cuantos cuadros muy valiosos a la marquesa, diciéndole que eran en realidad un regalo de Péguilin. Ella aceptó el obsequio, y todo parecía indicar que se había producido la reconciliación.