sábado, 14 de septiembre de 2013

Telegrama urgente


Sin tiempo para más. Un saludo y muchas gracias.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Hôtel de Lauzun


Años después de los acontecimientos que narramos, Péguilin iba a vivir en el edificio que hoy conocemos como Hôtel de Lauzun, en la isla de San Luis, una bellísima residencia que había terminado de construirse en 1657 según diseños de Louis Le Vau. Fue erigido por Charles Gruyn, un hombre que se había enriquecido con el comercio de cereales para aprovisionamiento del ejército, aprovechando los graves y continuos conflictos de la Fronda. Gruyn creó su propio blasón e invirtió parte de su fortuna en una mansión que rodeó de gran magnificencia, al estilo de las que los aristócratas poseían en el Marais. Sin embargo, no pudo disfrutarla muchos años, porque, siendo gran amigo y confidente de Fouquet, la caída del poderoso superintendente causó la suya propia. Una investigación acerca de sus manejos financieros determinó que fuera encerrado en prisión, donde acabaría falleciendo.

A pesar de ello la viuda, Geneviève de Mony, pudo retener la vivienda y transmitírsela a su hijo, hasta que al cabo de un tiempo fue adquirida por Mademoiselle de Montpensier. Esta, a su vez, la regaló a quien todo el mundo consideraba su esposo. Péguilin, con un gusto exquisito, enriqueció muchos de los interiores e hizo de aquella mansión que mira al río Sena uno de los rincones más deliciosos que aún puedan encontrarse en París.


Después de él, el hôtel pasaría a manos de otros cortesanos. Aunque en el siglo XVIII la isla de San Luis dejó de estar de moda y los aristócratas se trasladaban a otras zonas, el marqués de Pimôdan conservó el Hôtel de Lauzun hasta la época de la Revolución. A partir de ese momento comienza la decadencia del edificio, con el piso superior y los áticos divididos en apartamentos y alquilados a prósperos artesanos.

Durante el siglo XIX la mansión viviría uno de sus periodos más interesantes. El propietario era entonces el bibliófilo y coleccionista de arte Jérôme Pichon, auditor del Consejo de Estado. Encontró el edificio en muy malas condiciones, pero se ocupó de restaurarlo para que volviese a ser lo más parecido posible al que había sido en tiempos de Péguilin. Fue Pichon quien bautizó la residencia como Hôtel de Lauzun, en recuerdo de los tiempos en que había sido habitado por nuestro marqués. Una vez acondicionado, alquiló uno de los pisos a Baudelaire por 350 francos. Otro de sus más distinguidos huéspedes fue Théophile Gautier.


La vivienda comienza entonces a ser centro de reunión de los bohemios de París. Los inquilinos, junto con otros amigos como Rilke, Wagner, Alejandro Dumas, Balzac, Victor Hugo o el pintor Delacroix, fundaron el llamado Club de los Haschischins, así denominado por razones obvias y que el amable lector comprenderá fácilmente sin necesidad de más explicación. Allí en el Hôtel de Lauzun organizaban cenas en las que se servía una confitura verde elaborada con melaza, miel, pistachos y, cómo no, el ingrediente marca de la casa y que dio origen al nombre del club. Fue también allí donde Baudelaire escribió los primeros poemas de Les Fleurs du Mal, la época de su loco amor por Jeanne Duval. 

Pero Baudelaire no paraba mucho tiempo en el mismo sitio: de hecho, durante sus 55 años de vida tuvo 45 residencias conocidas, sin contar los escondites en los que se refugiaba para escapar a sus acreedores, cosa a la que tenía que recurrir con frecuencia. Solo ocupó por un par de años el Hôtel de Lauzun.


En 1899 la ciudad de París compró el edificio para crear un museo de arte decorativo del siglo XVII, pero la mansión volvió a ser vendida al poco tiempo. Por fin en 1928 era de nuevo propiedad de la ciudad. Actualmente se utiliza para recepciones y exposiciones, y desde hace un par de años está cerrado al público.

Se accede por una escalera reconstruida en 1949, coronada por un dosel obra del gran Le Brun. A través de ella se llega a salas suntuosamente decoradas con motivos mitológicos. Cuenta con un patio octogonal y espaciosas bodegas en el sótano desde las que arranca un pasadizo cubierto. Cuenta la tradición que Mademoiselle de Montpensier lo atravesaba cuando llegaba en barca por el río para visitar secretamente a su marido...


viernes, 6 de septiembre de 2013

Rumores de matrimonio clandestino


La Gazette de Hollande anunció que Mademoiselle de Montpensier se había casado con Péguilin antes de abandonar París rumbo a Flandes, dando así pábulo a los rumores que ya habían comenzado a circular. No era sorprendente que todo el mundo se mostrara convencido de ello, dada la actitud de ambos. Mademoiselle envió una copia de la gaceta a Péguilin, y él se rió.

Por esas fechas el marqués prestaba más atención que nunca a su aspecto. Una mañana su amigo Barail entró alegremente en los aposentos de Mademoiselle tan solo para darle la noticia de que estaba guapísimo ese día. 

—Tiene un traje nuevo, todo del mismo color, y un lazo rosa de corbata, y está encantador vestido así. Me puse tan contento al verlo que vine corriendo a contároslo. Le dije que iba a venir, y me contestó que estaba loco. Yo le respondí que vos os alegraríais mucho.

Otra oscura nube vino por entonces a empañar la situación: en Inglaterra fallecía la duquesa de York, y nuevamente volvía a pensarse en Mademoiselle como persona idónea, por su rango, para ocupar su lugar como esposa de Jacobo. Péguilin se presentó ante ella para hablarle del asunto:

—Vengo a deciros que si deseáis casaros con el duque de York, rogaré al rey que me envíe mañana a Inglaterra para concertar el matrimonio. Lo único que deseo en el mundo es vuestra grandeza y felicidad. Mi único objetivo ahora es serviros. Sería el más despreciable e ingrato de los hombres si pensara en otra cosa. Podéis disponer de mí, pues, y contarme con sinceridad lo que pensáis al respecto.


—Yo solo pienso en vos. No me ocupa ningún otro pensamiento. Pienso continuamente en malgastar mi tiempo hablando con el rey y asegurarle que nadie dirá que me ha sacrificado a vos cuando nos permita casarnos, y que si lo impide, le reprocharán su crueldad; dirán que me retiene como a una esclava para apoderarse de mis bienes, y que su equidad y justicia requieren que me deje en libertad. Eso es, señor, lo que yo pienso.

Él se arrojó a sus pies y permaneció en silencio. Mademoiselle estuvo a punto de levantarlo, pero rápidamente retrocedió y lo dejó en mitad de la habitación.

—Es aquí donde me gustaría pasar el resto de mi vida —dijo el marqués—, pero no soy lo bastante afortunado para eso. No debemos pensar en nada que disguste al rey. En cuanto a mí, ya no me queda nada por desear excepto la muerte.

Sus palabras desesperadas provocaron un nuevo sollozo de Mademoiselle. Su estado de ánimo siempre dependía de él. Nadie era tan capaz de alegrarla y hacerla reír, pero a veces la hacía llorar. Entonces la consolaba, se reconciliaban, se cerraba el círculo y el juego volvía a comenzar.


En cualquier caso, esta conversación demuestra que al menos en esa fecha tal matrimonio secreto no había tenido lugar, aunque tal vez existió posteriormente. La mayoría de sus contemporáneos estaban convencidos de que así había sido, y con el conocimiento y permiso del rey. Incluso 18 años después contamos con un testigo que le escribe a Jacobo que Péguilin era en realidad el esposo de la duquesa de Montpensier. En la misma misiva explicaba que ella había discutido con él por una cuestión de celos, y que llevaba varios días negándose a verlo.

El mariscal de Berwick se muestra igualmente convencido. Dice que el rey había dado su consentimiento para un matrimonio secreto, pero que al insistir el novio en que se hiciera público, tuvo que ser encarcelado.

De la Beaumelle dice que la hermana de Péguilin animó a Mademoiselle a formalizar un matrimonio al que solo faltaban las bendiciones de la Iglesia, y que finalmente un sacerdote las impartió. Algo así apareció también en la prensa: La France Galante afirmaba que Mademoiselle, con ayuda de su cuñada, se casó clandestinamente en sus propios aposentos, y que luego aguardó a que el tiempo y las circunstancias les permitieran divulgar su secreto...


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Como marido y mujer


Péguilin seguía disfrutando del favor y la estima del rey. Luis incluso había ofrecido hacerle mariscal de Francia, una dignidad que el marqués rechazó, alegando que sus servicios militares no eran lo bastante importantes como para merecer esta distinción, pero que lo aceptaría como el mayor de los honores cuando se hubiera hecho acreedor a ella. Poco después le era otorgada la gobernación de Berry, con una importante dotación económica. Aparte de esto, el rey continuaba encargándole misiones muy delicadas que demostraban que Péguilin seguía gozando de su confianza y tenía acceso a sus cuestiones más privadas. 

El marqués, por su parte, supuestamente habría iniciado su particular cruzada contra Madame de Montespan. Fue por esas fechas, en febrero de 1671, cuando La Vallière se retiró a un convento. Luisa dejaba una carta para el rey explicándole los motivos de su partida. Hubo quien dijo que esa carta había sido escrita en realidad por Péguilin, que había planeado aquel golpe de efecto en la esperanza de hacer reaccionar a Luis y reavivar su amor por La Vallière. Habría tratado con ello de aflojar los lazos que unían al rey con Madame de Montespan.

Luisa ya había buscado el refugio entre los muros del convento con anterioridad, con el resultado de que el rey la había reclamado a su lado. Era el momento adecuado para que Luis volviera a darse cuenta de que la echaba de menos. Todo parecía indicar que, tras un breve retiro, La Vallière regresaría a la corte viendo reforzada su tambaleante posición.


El rey, en efecto, envió a Péguilin como emisario al convento para solicitar el regreso de Luisa. Pero algo salió mal: para sorpresa del marqués, esta vez ella se negó a volver. Por suerte para él, Luis no se conformó con su negativa, sino que insistió enviando sucesivamente a Bellefonds y a Colbert. Fue este último quien logró vencer las resistencias de La Vallière.

El rey lloró de alegría al verla de nuevo, y Madame de Montespan corrió hacia ella con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos, como si se alegrara tanto o más que él.

Mientras tanto Péguilin y Mademoiselle de Montpensier continuaban viéndose, sin que nadie se opusiera a esos encuentros. Se alzaron voces señalando el peligro que entrañaba esa situación y la necesidad de adoptar algunas medidas para conjurarlo. Sagrais y Guilloire, mayordomo y médico respectivamente de Mademoiselle, intrigaban para que el marqués fuera enviado al extranjero con alguna misión, pero el asunto llegó a oídos de ella y ambos fueron despedidos.

Era una curiosa situación. Mademoiselle trataba a Péguilin prácticamente como si fuera su marido: le consultaba acerca de todo, y cuando falleció el bebé de su detestada hermanastra, incluso aguardó su permiso antes de enviar sus condolencias. Él protestaba algunas veces; le decía que todo el mundo iba a pensar que pretendía gobernarla y ser el amo en su casa, pero aceptaba esa posición y no olvidaba informar al rey sobre los consejos que le daba.


Poco después la corte partía en una nueva expedición a Flandes. Mademoiselle enfermó, algo que, según explicaban los doctores, se debía a los vapores causados por su melancolía.

El viaje fue penoso para Péguilin. En Dunkerque estuvo tan mal alojado que no se privó de hacer patente su malestar al oficial encargado de instalar a los viajeros escribiendo el nombre de cada uno sobre la puerta correspondiente. Luego acudió a ver a Mademoiselle con el ánimo apagado, y ambos acabaron llorando juntos.

—¡Ah, veo cada día la miserable criatura que soy! —se lamentó—. Antes estaba acostumbrado y no me importaba; pero después de lo que había esperado llegar a ser, tal parece que nada poseyera.

En Montreuil Louvois vio el modo de perjudicar a su odiado Péguilin e informó al rey que la brigada de uno de los subordinados del marqués, Saint-Germain-Beaupré, no se encontraba en buenas condiciones. Péguilin se molestó mucho con el oficial, y este fue a arrojarse a los pies de Mademoiselle para implorar su mediación. Ella escribió al marqués contándole que el pobre hombre estaba desesperado, y le rogaba que fuera clemente, pues la madre de Saint-Germain-Beaupré había sido una buena amiga suya.

La petición, evidentemente, tuvo éxito: al poco tiempo el oficial volvía a verla para testimoniarle su más profunda gratitud, porque Péguilin no solo le había perdonado, sino que se había mostrado encantador con él.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Duelo de titanes


Péguilin tenía espías por todas partes, de modo que no tardó en enterarse de quién era la persona que había segado la hierba bajo sus pies. Una vez hubo conocido la traición de Madame de Montespan, mantuvo una dramática entrevista con ella, una conversación en la que el gascón, como le ocurría frecuentemente, no supo mantener su tono comedido. La marquesa trató en vano de excusarse, pero su actitud no le ahorró ningún reproche por parte del marqués.

Athénaïs estaba preocupada: temía que Péguilin trataría de vengarse, y era muy consciente de la alta estima en que lo tenía el rey. Sería, entonces, una lucha de titanes, un combate a muerte. Solo podía quedar uno, pero no podía estar segura de resultar vencedora en esa pugna. Luis lo apreciaba tanto que Madame de Montespan calculaba que aquel fuerte lazo de amistad podía ser incluso más fuerte que el amor que sentía por ella.

Si Péguilin se hubiera contentado con dar rienda suelta a su amargura durante esa conversación, tal vez el asunto hubiera acabado ahí, pero el marqués cometió el error de hacer público su disgusto. Resulta revelador este relato del marqués de La Fare al respecto: 

“Recuerdo que, al regresar del Languedoc, unos días después de la ruptura del compromiso, encontré a Monsieur de Lauzun en Saint-Germain en casa de uno de mis parientes, de quien él era íntimo amigo; y después de preguntarme si no me compadecía de él por la desdicha que le había sobrevenido, fue tanta la indignación y el desprecio con el que habló de Madame de Montespan, y tan poco el control que demostró sobre sí mismo, que cuando regresé a París para ver a una de las amigas de Monsieur de Lauzun de la que yo estaba locamente enamorado, le dije: “Vuestro amigo Lauzun está acabado; no durará seis meses más en la corte”. 


Toda la corte comenzaba a profetizar la caída del marqués de Puyguilhem, dadas las malas relaciones que mantenía con la favorita. Él, a pesar de que no dejaba de aconsejar prudencia a Mademoiselle, continuaba demostrando públicamente la escasa simpatía que le inspiraba Madame de Montespan. Se expresaba abiertamente sobre ella con estudiada insolencia, sin importarle que estuviera presente o que el rey pudiera escucharlo. Los cortesanos asistían al espectáculo con aliento contenido. El hecho de que Luis no hiciera nada al respecto los persuadía de que el marqués se había casado en secreto con Mademoiselle, emparentando así con la realeza, lo que justificaría que el rey pasara por alto lo que no hubiera tolerado a cualquier otro de sus cortesanos. 

Luis comprendía la ira y la amargura de Péguilin, y reconocía su derecho al pataleo. Pensaba que poco a poco se iría calmando, y las aguas volverían entonces a su cauce. Hasta que llegara ese momento, simplemente dejaba que el tiempo fuese resolviendo su estado de ánimo. Athénaïs, mientras tanto, callaba y sufría mansamente las afrentas, dejando patente ante todos que era la víctima indefensa del conflicto y reuniendo méritos día a día para alcanzar la palma del martirio. Su estrategia era infalible.

Al cabo de una semana se consideró llegado el momento de que Mademoiselle de Montpensier regresara a la corte. Al entrar en la habitación donde el rey la había recibido aquel aciago jueves, Mademoiselle se derrumbó de nuevo; lloró tanto que fue preciso enviarla de regreso a casa. Allí fue a visitarla Péguilin. Entró con aire aparentemente alegre, pero él también lloró durante el transcurso de la conversación, que duró dos horas. La animó a asistir a misa, a presentarse en la corte y a comportarse como si nada hubiera sucedido.

—¿Volveréis pronto a verme? —preguntó ella.

—No, si os seguís comportando de ese modo. El modo de verme es dejar de llorar.


Mademoiselle lloraba de continuo; cada vez que lo veía estallaba en incontrolables sollozos. Péguilin se sentía muy mortificado por esos berrinches. Una noche ambos aguardaban en los apartamentos de la reina en las Tullerías, a los que Mademoiselle de Montpensier se había retirado porque su espíritu atormentado no soportaba escuchar la música de los violines durante la cena del rey. Madame de Rambures se encontraba con ellos, y le dijo a Péguilin que necesitaba su ayuda. Ella sabía de qué asunto se trataba, por lo que exclamó impetuosamente:

—¡Nunca lo hará, porque yo tengo un interés en las personas contra las que vos vais a hablar, y, desde luego, Monsieur de Lauzun jamás hará nada en contra de mis deseos!

Y, dicho esto, estalló en llanto y abandonó precipitadamente la estancia. Péguilin, perdida la paciencia, la siguió muy agitado para expresarle sus protestas.

—Si vais a darme esta vida, nunca estaré en el mismo lugar que vos. ¡Me convertiréis en un recluso!

Luego tampoco él pudo refrenar sus lágrimas al abandonar la habitación.

El único lugar en el que Mademoiselle se encontraba relativamente cómoda era el palco de la reina en la ópera, porque allí podía sentarse en la oscuridad y observar a Péguilin a placer sin ser notada. El resto del tiempo no disfrutaba de esa sensación de privacidad e intimidad. En una ocasión se vio obligada a asistir a un baile en Vincennes. Mientras danzaba con el duque de Villeroy se detuvo de pronto y comenzó a llorar. El rey se acercó de inmediato a ella y, poniendo su sombrero ante el rostro de su prima, explicó a la concurrencia:

—Mi prima sufre de vapores.


Así se denominaba entonces a las depresiones nerviosas, una enfermedad para la que los médicos recetaban cambios de aires o placenteros viajes al campo. Era frecuente que los aristócratas y personajes de la realeza afirmaran padecer de vapores, casi como un signo de distinción.

En aquella ocasión Péguilin también se encontraba en el baile. Acudió junto a ella y permaneció todo el rato a su lado dándole conversación, pobre consuelo a tanta desdicha como había venido a abatirla.