jueves, 29 de agosto de 2013

Una pregunta sin respuesta


Mademoiselle de Montpensier guardaba cama, incapaz de asumir que su sueño había terminado de modo tan abrupto. Le dijeron que el rey deseaba verla, y ella solicitó que solo lo acompañaran Créqui y Rochefort, pues le constaba que ambos eran amigos de Péguilin. 

Cuando Luis entró, Mademoiselle comenzó a llorar con todas sus fuerzas. Él la abrazó y la retuvo con la mejilla contra la suya. Ambos conversaron y el rey volvió a asegurarle que compensaría a Péguilin, al que otorgaría grandes beneficios. Pero ella ya no se engañaba.

—Podrían conmoverme vuestras promesas si no supiera que mis enemigos pronto os harán mudar de intención —replicó con amargura.

Luego quiso saber cuál debería ser en adelante su propia posición con respecto a Péguilin.

—No os prohíbo verle —respondió Luis—. Él debería demostrar la gratitud que siente por el honor que habéis querido hacerle defendiendo siempre vuestros intereses. Y, desde luego, no podríais tomar consejo de un hombre más experto e inteligente que él.


El día fue tortuoso para Mademoiselle, porque más tarde recibió también la visita de la reina. María Teresa acudía obligada por el protocolo, pero se sentía tan incómoda que no supo qué decir cuando se encontró en su presencia. Luis había estado preocupado por ese momento. Temía que su impulsiva prima estallara contra la reina y se produjera una escena excesivamente desagradable. Para impedirlo, le había enviado un mensaje a Mademoiselle rogándole que no dijera a María Teresa más de lo necesario.

Faltaba Monsieur por visitarla, y Luis no estaba seguro de que su prima deseara recibirlo, así que envió a preguntarle cuál era su disposición. Si la incomodaba ver a Monsieur, le ahorraría la penosa entrevista, pero si decidía recibirlo, le rogaba igualmente que no dijera nada desagradable.

Mademoiselle expresó total indiferencia, de modo que Philippe acudió a verla. Afortunadamente él se limitó a hablar de perfumes. Ella apenas respondía; evidentemente no estaba del ánimo más conversador, aunque eso no era algo que importara en el caso de Monsieur: Philippe hablaba él solo por cuatro y siempre cubría de sobra los silencios de cualquier interlocutor.

Anne-Marie se negó a ver a su madrastra y a su hermana, así como a Madame de Longueville, pero mandó llamar a Madame de Montespan, a quien aún consideraba amiga tanto suya como de Péguilin. Athénaïs fue perfectamente agradable y cortés; se mostró tan solícita y comprensiva que Mademoiselle nunca hubiera imaginado que fue precisamente ella quien le había dado el golpe de gracia.


Luisa de La Vallière no tuvo el mismo tacto. En su afán por consolarla, pronunció palabras que solo le hicieron más daño:

—Os compadezco mucho, pues una persona de vuestro rango que ha dado en vano tales pasos, merece toda compasión. Monsieur de Lauzun, por su parte, no es digno de lástima, porque el rey le otorgará más honores de los que podríais haberle otorgado vos, y si no se casa seguirá tan contento.

Mademoiselle llegó a la conclusión de que Luisa era tonta.

Madame de Sévigné también acudió a visitarla y nos dejó un relato de la escena, Cuenta como redobló su llanto al verla; la llamó, la abrazó, y la mojó con sus lágrimas. “He vuelto dos veces a verla; su estado es lamentable, y siempre me trata como una persona que siente sus penas. No se equivoca… Esto queda entre nosotras dos y Madame de Coulanges, pues comprenderéis que estos comentarios resultarían absolutamente ridículos para otras personas”.

Mademoiselle, mientras tanto, se consumía, adelgazaba; sus mejillas se hundían y la falta de sueño minaba su salud. No lograba controlar los ataques de llanto. Péguilin, por su parte, observaba una conducta que despertaba la admiración de la corte. La mañana siguiente a la ruptura del compromiso, fue a ver al abogado Boucherat para devolverle todos los títulos y propiedades que ella le había entregado. 

¿Qué sentía en verdad Lauzun? Es difícil de afirmar. Sus contemporáneos definieron muy bien su personalidad: “Un carácter equívoco, complicado, reservado; un enigma, casi una pregunta sin respuesta”.


domingo, 25 de agosto de 2013

Las razones del rey


La súbita ruptura del compromiso de Mademoiselle de Montpensier hizo necesario que el rey explicara lo ocurrido en una carta que fue enviada a todos sus representantes en las cortes europeas. El mensaje decía lo siguiente:

Puesto que lo sucedido en los últimos días respecto a la intención de mi prima de Montpensier de casarse con el conde de Lauzun, uno de los capitanes de mi guardia, sin duda causará mucho revuelo en todas partes, y como mi conducta en relación a ese asunto puede ser interpretada maliciosamente por parte de aquellos que no conocen los hechos, considero necesario informar a todos los ministros que me sirven en el extranjero.

Hace diez o doce días mi prima, que no se atrevió a dirigirse a mí personalmente por un asunto que sabía me asombraría, me escribió una larga carta para declararme la resolución que había tomado de contraer dicho matrimonio, rogándome, mediante todos los argumentos que pudo esgrimir, que diera mi consentimiento, pero solicitándome al mismo tiempo que hasta que yo no estimase oportuno otorgarlo, tuviese la bondad de no hablarle de ello cuando se encontrara en los apartamentos de la reina.

Mi respuesta, también por carta, fue rogarle que reflexionara, y sobre todo que no se precipitara en un asunto de esta naturaleza, del que podría derivarse un arrepentimiento en exceso tardío. Me limité a decirle esto hasta poder hablar con ella y exponerle muchas consideraciones importantes que debería hacerse, y persuadirla entonces para que cambiara de opinión. Sin embargo, ella continuó presionándome mediante cartas y por cualquier otro método imaginable para que diera el consentimiento que pedía, como la única cosa, según dijo, capaz de procurarle la felicidad y la tranquilidad en su vida, asegurando que mi negativa la convertiría en la persona más desdichada de la tierra.


Por fin, viendo que avanzaba poco en la consecución de su objetivo, después de haber intentado atraer a su causa a la más alta nobleza del reino, ella y Lauzun seleccionaron cuatro personas entre aquellas de rango más elevado: los duques de Créqui y Montausier, el mariscal d’Albert y el marqués de Guitry, para recordarme que yo había consentido el matrimonio de mi prima de Guisa no solo sin poner ninguna objeción, sino incluso de buen grado, y que si después de eso impedía el que su hermana deseaba tan ardientemente, dejaría patente ante todos que establecía una gran diferencia entre los hijos menores de la Casa Real y los oficiales de mi corona, algo que España no hace; por el contrario, aquel país prefiere su propia nobleza a todos los príncipes extranjeros. Me dijeron que era imposible que esta diferencia no mortificara extremadamente a toda la nobleza de mi reino. Luego insistieron en que tenían, para apoyar sus argumentos, varios ejemplos, no solo de princesas de sangre real que habían honrado a caballeros al casarse con ellos, sino incluso de reinas viudas de Francia que así lo habían hecho.

En suma, los ruegos de estas cuatro personas eran tan insistentes, y sus argumentos sobre no despreciar a la nobleza francesa tan persuasivos, que finalmente me avine a otorgar al menos un consentimiento tácito a este matrimonio, encogiéndome de hombros y asombrado ante el enamoramiento de mi prima, pero diciéndome que al fin y al cabo ya tenía 45 años y podía hacer lo que quisiera.

A partir de ese momento el asunto se consideró resuelto y comenzaron los preparativos. Toda la corte fue a presentar sus respetos a mi prima, y a felicitar a Lauzun. Al día siguiente me llegaron noticias de que mi prima había dicho a varias personas que se casaba porque era mi deseo. Envié en su busca y le hablé en presencia de testigos: el duque de Montausier, Le Tellier, de Lyonne, de Louvois, y ella negó rotundamente haber dicho tal cosa, y declaró que, por el contrario, había asegurado y aseguraría siempre a todo el mundo que yo había hecho todo lo posible por disuadirla e inducirla a tomar otra resolución. Pero ayer oí por diferentes fuentes que la mayoría de la gente se había formado una firme opinión que resultaba muy injuriosa para mí: la de que toda la resistencia que yo había opuesto al proyecto era fingida y una mera farsa, y que en realidad estaba muy satisfecho de obtener tan grandes beneficios para Lauzun, a quien todos saben que estimo mucho. 

Por tanto, viendo mi reputación tan comprometida, me decidí de una vez por todas a impedir este matrimonio, sin más consideración hacia la felicidad de la princesa ni hacia la del conde, a quien puedo otorgar y otorgaré otros beneficios. Envié a buscar a mi prima; le declaré que no toleraría que se celebrase ese matrimonio, pero que podría elegir entre toda la alta nobleza de Francia a aquel que quisiera excepto a Lauzun, y yo mismo la conduciría al altar. Sería superfluo describir la pena con la que recibió la noticia; cómo estalló en lágrimas y sollozos como si le hubiera atravesado cien veces el corazón con un puñal. Trató de hacerme cambiar de opinión. Yo me resistí a todo cuanto pudo decir; y después de que ella se hubo ido admití al duque de Créqui, al marqués de Guitry y al duque de Montausier, y al no encontrar al mariscal d’Albret, les declaré a ellos mi resolución para que pudieran comunicársela a Lauzun, a quien después se lo dije personalmente; y debo decir que la recibió con toda la firmeza y sumisión que yo podría desear.


miércoles, 21 de agosto de 2013

"Lloraré toda la vida"


Eran las nueve de la noche cuando Mademoiselle de Montpensier regresaba a su palacio del Luxemburgo. La multitud que se había dado cita allí para recibirla la vio llegar arrebatada por la ira, con el cabello en desorden y moviendo exageradamente los brazos mientras lamentaba su desdicha.

Mientras tanto el rey llamaba a las personas que habían estado aguardando tras la puerta durante la entrevista con su prima. Eran el duque de Créqui, el marqués de Guitry y el duque de Montausier, a quienes Luis encargaba ahora el desagradable cometido de comunicar su decisión a Péguilin. 

Cuando este compareció ante él, le dijo que había muchas razones por las cuales no podía permitir su matrimonio con Mademoiselle, pero que se ocuparía de engrandecerlo tanto como si hubiera llegado a ser el esposo de su prima.

El marqués mostró un admirable control de su carácter en esos momentos. En lugar de dar rienda suelta a su enojo, se arrojó a los pies del rey y exclamó:

—Sire, al fin tengo la oportunidad que tanto he deseado, y es la de ofreceros la mayor muestra posible de mi sumisión a la voluntad de vuestra Majestad.

Esto supuso un alivio para Luis, que había esperado una de esas intempestivas explosiones de Péguilin. El rey le aseguró que le compensaría por su decepción, y que sería tratado con tal generosidad que despertaría la envidia de sus enemigos.


A continuación Créqui, Montausier y Guitry acompañaron al marqués a ver a Mademoiselle, para romper debidamente el compromiso. Lo correcto era que Péguilin le diera las gracias por el honor que había deseado hacerle, mientras los enviados, por su parte, manifestarían a ambos la satisfacción del rey por el acatamiento de su decisión. Mademoiselle recibiría a través de ellos la promesa real de que Luis haría tanto por el marqués en un futuro que también ella quedaría satisfecha.

La escena no se desarrolló exactamente según lo previsto por la etiqueta, porque Mademoiselle volvió a perder los nervios cuando vio aparecer al que había sido su prometido hasta ese instante. Ante el discurso de los enviados, solo era capaz de sollozar y decir:

—Todo es en vano; separada de él, nunca seré feliz.

Para Péguilin mantener la compostura ante ella resultó mucho más difícil que mantenerla ante el rey, y eran perceptibles los constantes esfuerzos que había por no derrumbarse en su presencia. Apenas logró que su voz no se quebrara cuando trató de apaciguarla:

—Si aceptáis mi consejo —le dijo—, acudid mañana a comer a las Tullerías y dad las gracias al rey por haber impedido algo de lo que seguramente os hubierais arrepentido el resto de vuestra vida.

—No seguiré vuestro consejo. Lloraré toda la vida y no me arrepentiré nunca ——replicó entre sollozos Mademoiselle, y luego se volvió hacia los enviados—. ¡Dejadme hablar con él a solas!


Lo tomó del brazo y se lo llevó aparte. Para entonces también él se había derrumbado y era incapaz de articular una palabra más.

—¿Y ahora? ¿No volveré a veros? —protestaba ella— Si fuera así, yo moriría.

Péguilin tenía un nudo en la garganta, y si trataba de hablar liberaría el llanto que trataba de contener. De todos modos, no había nada que pudiera decir. El rey había dicho la última palabra.

Cuando todos se fueron, Mademoiselle se acostó. Durante 24 horas permaneció sin hablar con nadie y casi desvanecida. Mientras tanto, a las once de la noche se publicaba oficialmente la noticia y todos alababan al rey por haber impedido finalmente aquella insensatez. Solo algunas almas sensibles comprendieron el dolor que esa decisión había causado en el corazón de una mujer. Entre aquellos que sintieron compasión se encuentra Mademoiselle de Scudéry, que escribió estas palabras en una carta dirigida a Bussy-Rabutin el 21 de enero de 1671:

“No quiero deciros nada del asunto de Mademoiselle de Montpensier; seguro que conocéis todo lo que ha sucedido. Solo añadiré que si supierais qué gran pasión anida en el corazón de una persona honesta como ella, os asombraríais, y entonces la compadeceríais… No duerme por las noches, no halla reposo en todo el día, llora; en suma, lleva la vida más triste del mundo.”


domingo, 18 de agosto de 2013

La traición de Madame de Montespan

Durante la tarde de aquel jueves, la anciana princesa de Carignan había visitado a Madame de Montespan para representarle con suma elocuencia los peligros que se derivarían para ella a consecuencia de haber apoyado el matrimonio de Mademoiselle. Eso sería su perdición, porque ni Monsieur ni el resto de los miembros de la familia real la perdonaría jamás. Si al cabo de un tiempo perdía el favor del rey, quedaría totalmente expuesta al peor de los destinos.

Madame de Montespan, llena de aprensión, se dirigió a la siempre sensata viuda Scarron en busca de consejo. La futura Madame de Maintenon era de la misma opinión que la princesa, y le hizo ver que llegaría el día en que Luis le reprocharía haber apoyado algo que iba a traerle demasiados quebraderos de cabeza, dentro y fuera de Francia. Sería una espina entre ambos.

Athenaïs acudió de inmediato a los aposentos del rey en un estado de gran agitación y le imploró que impidiera el matrimonio. Los argumentos comenzaron a brotar de labios de la marquesa como dardos certeros dirigidos a la mente de Luis. La conversación que ambos mantuvieron no trascendió, pero podemos imaginar las razones que esgrimió para persuadirlo de que ella era la más firme valedora de sus intereses y de los del reino: ¿Acaso pretendía contrariar a todos sus nobles por complacer a su prima? ¿Quería otra Fronda como la que sus príncipes organizaron contra él cuando era un niño? Eso por no mencionar la reacción de las potencias extranjeras ante semejante desatino. Todos opinaban que se le hacía un insulto a una princesa de la sangre al entregarla a semejante hombre, y que esto se hacía porque Luis quería favorecer a su amigo por encima de otros con más méritos. Sería el pretexto que muchos andaban buscando para intrigar en su contra. ¿Pondría en peligro a Francia para alimentar a los pájaros que aquella vieja solterona tenía en la cabeza? Tendría suerte si, en caso de que estallara una nueva sublevación, Mademoiselle no se ponía a la cabeza como había hecho en el pasado, cuando disparó los cañones contra él. Y todo para nada, porque lo único que conseguiría el rey cediendo a sus pretensiones sería hacerla desdichada, puesto que Péguilin, el único beneficiado con todo aquello, no la amaba y solo buscaba su fortuna y su poder. 


Para entonces Luis había llegado a la conclusión de que esa unión era una locura que le estaba indisponiendo con sus nobles y con su propia familia, que no gustaba a su pueblo y había caído como un jarro de agua fría en las cancillerías europeas. No contaba con un solo aliado y tenía mucho que perder en esa pugna en solitario, de modo que acabó por rendirse ante los argumentos de Madame de Montespan. Debía anteponer los intereses de Estado, igual que los había antepuesto el día de su compromiso con María Teresa, cuando tuvo que renunciar a casarse con María Mancini. El dolor había sido inmenso, pero fue necesario, como lo era ahora desgarrar el corazón de Anne-Marie.

Mademoiselle temblaba cuando recibió al mensajero.

—El rey me envía a pediros que os presentéis de inmediato ante él.

—¿Está jugando a las cartas? —preguntó. 

Tras esa pregunta aparentemente trivial se ocultaba mucho más de lo que se podría suponer: si el rey jugaba a las cartas a esas horas, no habría roto su rutina, y todo marcharía según lo previsto. No habría nada que temer. Mademoiselle aguardó la respuesta con aliento contenido.

—No, está con Madame de Montespan.

Se sintió desfallecer. Algo grave tenía que haber ocurrido, y presentía que no eran motivos agradables los que la reclamaban a su lado. Mademoiselle se volvió hacia su cuñada, Madame de Nogent, con el corazón oprimido por la angustia.

—¡Estoy desesperada! —exclamó— Se ha roto el compromiso.

—Pero mi hermano lo sabría si fuera así —objetó Madame de Nogent.


Mademoiselle pidió que prepararan su carruaje y ambas partieron de inmediato. Cuando llegaron al Louvre Anne-Marie era un manojo de nervios, incapaz de ordenar sus pensamientos. Diane permaneció en el interior del coche mientras Mademoiselle era conducida a través de la entrada privada hasta los aposentos del rey.

Por el camino, Rochefort vino a su encuentro y le rogó que aguardara unos instantes. Obviamente el rey estaba conversando con alguien a quien ella no debía ver.

Poco después Luis la hacía pasar y la puerta se cerraba tras ella. En apariencia estaba solo, y visiblemente disgustado. 

—Estoy desesperado por lo que tengo que deciros, pero es preciso que lo haga —comenzó él—. Prima, todos piensan que os sacrifico para hacer la fortuna de Monsieur de Lauzun. Esa idea daña mi prestigio en el extranjero, y por tanto no puedo permitir que el asunto siga adelante. Sé el dolor que esto os causará, y os ruego que no reprimáis vuestras protestas. Golpeadme si os place. Excusaré cualquier arrebato de pasión, pues me lo habré merecido.

Mademoiselle se arrojó a sus pies y exclamó:

—¡Oh, Sire, sería mejor matarme que tratarme como lo estáis haciendo! Si Vuestra Majestad lo hubiera prohibido cuando os hablé del asunto por primera vez, no habría sido tan duro, pero romper el compromiso el día antes de la boda… ¿Qué parecerá? ¿Qué será de mí? —se lamentó, y de pronto sintió un escalofrío al pensar en la suerte que podría correr Péguilin— ¿Dónde está Monsieur de Lauzun?

—No os inquietéis. No le ocurrirá nada.

—Ah, Sire, forzosamente lo temo todo por él y por mí, ya que nuestros enemigos han prevalecido sobre la estima que vos le tenéis.

El rey se arrodilló a su lado y la abrazó. Durante casi una hora permaneció consolándola, ambos estrechamente abrazados, mejilla contra mejilla. Luis derramó abundantes lágrimas mientras escuchaba sus lamentos.

—Este golpe me resulta doblemente doloroso por proceder de la persona a la que más estimo en el mundo —le reprochaba ella—. Es la primera vez que estoy enamorada, y preferiría mil veces la muerte si me arrebatan al mejor hombre del reino. Vos nunca antes habíais dejado de cumplir una promesa. ¿Por qué comenzáis con nosotros?

—Yo os había dado mi consentimiento, es cierto, pero entonces vos demorasteis demasiado la ceremonia, y eso me dio tiempo a reflexionar.

—¿A quién me sacrificáis, Sire? ¿Es a Monsieur le Prince?

El Gran Condé

De hecho el Gran Condé estaba en ese momento detrás de la puerta, escuchando toda la conversación con el permiso del rey. Luis no respondió a la pregunta de su prima.

—Debéis obedecer —dijo simplemente—. Os aseguro que en un futuro me resultará imposible negaros cualquier cosa.

—Poco consuelo es ese, cuando yo solamente quiero una. Ninguna otra me contentaría.

Viendo que el tono de Mademoiselle se hacía cada vez más violento, Luis alzó la voz para que pudiera escucharlo Condé.

—Los reyes deben satisfacer a la opinión pública —dijo entonces—. Vamos, es tarde. Por mucho tiempo que prolonguemos esta conversación, mi decisión no va a cambiar.

La abrazó una vez más y la condujo a la puerta. Había varias personas allí cerca, aunque Mademoiselle iba en tal estado de agitación que no reconoció a nadie. No saludó; se limitó a pasar precipitadamente ante ellos y corrió a refugiarse en su carruaje. Por el camino a su casa, rompió las ventanillas en pleno ataque de nervios...


viernes, 16 de agosto de 2013

Aquel aciago jueves



Mademoiselle de Montpensier se levantó temprano a la mañana siguiente de “aquel aciago jueves”, como ella lo llamaba. Fue saludada por Madame de Nogent con la noticia de que el contrato matrimonial aún no había terminado de redactarse. Para Mademoiselle resultaba descorazonador, porque si no podían casarse el jueves, el viernes quedaba también descartado por sus motivos supersticiosos de siempre. La boda tendría que aplazarse, pues, hasta pasada la medianoche del viernes.

Todo se aliaba contra la pareja, incluso la mala suerte. Hasta el arzobispo de París, influenciado por los ministros Louvois y Le Tellier, ambos acérrimos enemigos de Péguilin, había demorado cuanto le fue posible la publicación de las amonestaciones.

El único rayo de luz fue el mensaje del mariscal de Créqui, que escribió para confirmar que les ofrecía su casa en Charenton, lugar elegido por los novios como el más indicado para la ceremonia. Como no encontraban a Péguilin, fue ella quien redactó una nota de agradecimiento. 


A las nueve, antes de que los cortesanos que se agolpaban a sus puertas fueran recibidos, vino a verla Madame de Sévigné. Ella misma nos narra lo que sucedió:

“Aquel mismo jueves acudí a las nueve de la mañana a ver a Mademoiselle, al haberme sido comunicado que iba a casarse en el campo... Así había quedado decidido la noche del miércoles… Mademoiselle estaba escribiendo; me recibió, terminó la carta y luego me hizo arrodillar junto a su cama. Me contó a quién escribía y por qué… dijo que estaba ansiosa por casarse. Me relató palabra por palabra una conversación que había mantenido con el rey; me parecía plena de alegría al hacer la fortuna de un hombre; me habló con ternura de las virtudes y la gratitud de Monsieur de Lauzun, y mi comentario fue: 

»—¡Cielos, Mademoiselle! Sin duda sois plenamente feliz ahora, pero ¿por qué no concluisteis el asunto el lunes pasado? ¿No veis que tan prolongada demora da tiempo a mucha habladuría en el reino, y que es tentar a Dios y al rey retrasar un acontecimiento tan extraordinario?

»Respondió que tenía razón, pero al mismo tiempo estaba tan confiada que este discurso apenas causó en ella alguna reacción. Retomó el tema de la familia y las buenas cualidades de Monsieur de Lauzun. Yo recité las palabras de Sévère en Polyeucte: 

»—Al menos nadie puede culparla de haber elegido con necedad: Polyeucte es su nombre, y lleva sangre de reyes.

»Ella me abrazó. Esta conversación duró una hora. Es imposible repetirla toda, pero ciertamente fui una compañía agradable para ella en aquel momento, y lo digo sin vanidad, puesto que Mademoiselle estaba encantada de poder hablar con alguien. Su corazón estaba henchido.”

Más tarde Guilloire se presentaba ante Péguilin. Guilloire, con su habitual falta de tacto, había dicho a Mademoiselle que era objeto de mofa y oprobio en toda Europa. Ahora, ante los hechos consumados, solicitaba ser presentado al novio. Este le recibió de buen grado y le dijo que si servía bien a su esposa, siempre serían amigos.


Péguilin estaba muy nervioso ese día. Se daba cuenta de lo formidables que eran las fuerzas que se aliaban contra él. Ese jueves se negó a sentarse en presencia de Mademoiselle. Ella rió y comentó que ya no hacía falta tanta etiqueta entre ellos, pero él replicó:

—No, no me sentaré, porque si tengo la desgracia de que todo se frustre, no desearía tener que reprocharme una falta de respeto hacia vos, de palabra o hecho. Pensad bien si no estáis comenzando a arrepentiros del paso tan osado que estáis a punto de dar. Incluso cuando estéis ante el altar, si os asalta alguna duda con respecto a lo que estáis haciendo, os imploro como la mayor merced que podríais hacerme que no deis el sí cuando os pregunten si deseáis tomarme por esposo.

—¿No seréis vos quien se ha arrepentido y os habéis dado cuenta de que no me amáis?

—Nunca diré que os amo hasta abandonar la iglesia. Preferiría morir antes que expresar lo que siento por vos, aparte de la más profunda gratitud del mundo.

Hicieron entonces planes para el día siguiente. Mademoiselle iría a confesarse y saldría hacia Charenton a las cuatro de la tarde. Péguilin también se confesaría y luego la seguiría a Charenton hacia las cinco y media de la tarde. Mientras tanto Colbert llevaría el contrato matrimonial al rey y a Monsieur para su firma.


La reina y monsieur se negaron a firmar, alegando que ese matrimonio era un insulto no solo para Mademoiselle, nieta de Enrique IV, sino también para el rey y para todos aquellos que tenían el honor de ser descendientes del primer Borbón. Mademoiselle, desde luego, contaba con ello, y no era algo que importaba demasiado: en su opinión, bastaba con el consentimiento de Luis.

El rey firmó y ordenó escribir a todos los embajadores dando noticia del próximo enlace. 

Se decidió que el matrimonio se celebraría media hora después de medianoche. Al día siguiente regresarían a París y Péguilin cenaría con Luis, que haría a Mademoiselle el honor de acudir a verla, y tal vez conseguiría llevar consigo a la reina.

Durante la tarde Anne-Marie se entretuvo preparando la habitación destinada a su esposo, espléndidamente amueblada, y se la mostró al abate de Choisy cuando acudió a visitarla.

—¿No os parece que el hijo menor de una familia de Gascuña estará muy bien alojado? —dijo con orgullo.


Después se sentaron y hablaron ante la chimenea encendida. Péguilin tenía un fuerte constipado, a causa del cual los ojos se veían rojos e inflamados. Los acompañantes bromeaban acerca de lo melancólicos que se veía a ambos, pero no consiguieron animar a Mademoiselle. Anne-Marie rompió a llorar al despedirse de su prometido.

Cuando todos los demás se fueron, se quedó a solas con su cuñada. Aún se encontraba en su compañía cuando a las ocho se presentó un mensajero con noticias del rey. El corazón de Mademoiselle bombeaba con fuerza al acudir a su encuentro. El mensaje llegaba después de una tarde especialmente agitada en el Louvre, durante el transcurso de la cual Madame de Montespan cambiaba de bando y traicionaba a su amigo...


miércoles, 14 de agosto de 2013

La imprudencia de Mademoiselle


Mademoiselle de Montpensier se asfixiaba en medio de aquel ambiente opresor en el que los ministros acudían a cumplimentarla. Ella conocía cuáles eran los pensamientos que ocupaban sus mentes, tan contrarios a los parabienes con los que la abrumaban. Para librarse de la gente que invadía sus aposentos, simuló una salida y ordenó que prepararan su carruaje, pero en realidad se limitó a dar una vuelta por el jardín.

A las cinco Péguilin vino a visitarla. Llegaron los abogados y Mademoiselle hizo entonces entrega de todas sus propiedades al hombre que estaba a punto de convertirse en su esposo: el condado de Eu, el ducado de Montpensier, el de Saint-Fargeau, el de Châtellerault y el señorío de Dombes.

Guilloire, el médico de Mademoiselle, estaba horrorizado por este paso que él consideraba absolutamente imprudente. Desde que conoció su intención había intentado disuadirla repetidas veces, tratando de que, cuando menos, reservara algo para ser distribuido a su muerte, pero ella se negaba alegando que podía confiar plenamente en que, llegado el caso, Péguilin recompensaría a sus leales amigos y servidores mejor de lo que haría ella misma.

Boucherat, el abogado encargado de redactar el contrato, también trató de hacerla recapacitar. Envió a recordarle que, una vez casada, no sería dueña de nada, y le aconsejaba que al menos reservara algo para obras de caridad. En respuesta a sus palabras, Mademoiselle le escribió una carta en la que decía que nunca sería más dueña que cuando el marqués lo poseyera todo, y que con un corazón como el de él era más de temer que él mismo destinara demasiado a obras benéficas.


Ninguno pudo hacer nada por apartarla de su propósito, de modo que el contrato se firmó finalmente. Después Mademoiselle condujo orgullosamente a Péguilin al salón contiguo, donde se hallaban reunidos unos pocos amigos incondicionales, entre ellos Madame de Nogent, la hermana del marqués.

—Aquí os traigo al duque de Montpensier —exclamó alegremente Mademoiselle—. Os ruego que no le deis otro nombre en adelante.

Hubo risas y cumplidos, e inevitables alusiones a la fama de conquistador de Péguilin. Para entonces la pareja ya había abandonado la idea de casarse en la capilla real en presencia de los reyes. Comprendían la conveniencia de una mayor privacidad y celeridad, de modo que habían decidido que la ceremonia se celebraría al día siguiente en Conflans.

Lamentablemente esa noche Mademoiselle recibió una carta de su prometido con malas noticias: el duque de Richelieu se negaba a ofrecerles su casa para celebrar la boda, porque la duquesa temía incurrir en el enojo de la reina. El duque de Créqui ofrecía Epone, pero estaba demasiado lejos y además pertenecía a la diócesis de Chartres en lugar de a la de París, por lo que los trámites supondrían una demora adicional. Pero la duquesa de Créqui poseía una casa en Charenton, y Mademoiselle decidió que sería el lugar ideal para la ceremonia…

No esperarían al domingo. Se casarían al día siguiente, jueves 18 de diciembre de 1670.


domingo, 11 de agosto de 2013

Mucho que temer

María Teresa de Austria

Difundida la noticia de la inminente boda de Mademoiselle de Montpensier, todos los cortesanos disimulaban su verdadero sentir y se apresuraban a cumplimentarla. La mañana del martes, cinco días antes de la fecha prevista para la ceremonia, transcurría así agradablemente para ella, pero cuando por la tarde se dirigió a los aposentos de la reina, la actitud de María Teresa amargó su ilusión. La reina estaba de muy mal humor, le mostraba resentimiento y se negó a dirigirle la palabra.

Ese mismo día ocurrió algo que hubiera hecho aconsejable acelerar la boda y celebrarla de inmediato: el duque de Montausier fue en busca de Péguilin y le dijo que el rey había sido informado de que Mademoiselle estaba contando a todo el mundo que su matrimonio había sido concertado por el propio Luis, y que la boda se hacía por complacer al monarca. Esto, desde luego, era un asunto muy grave, porque suponía culpabilizar a Luis de una decisión personal de Mademoiselle que había caído como un jarro de agua fría dentro y fuera de Francia. El rey quedaba en una posición doblemente delicada.

Comprendiendo la gravedad de esos rumores, Mademoiselle se presentó de inmediato en la cámara del Consejo y aseguró a Luis, en presencia de sus ministros, que nunca había hecho las afirmaciones que se le atribuían, sino que, por el contrario, el rey siempre le aconsejó que pensara bien el paso que estaba a punto de dar y considerara las dificultades e inconvenientes que tendría que abordar.

Luis aceptó sus explicaciones. Respondió que estaba seguro de que decía la verdad, y no tenía nada que reprocharle.

Luis XIV

Cuando Mademoiselle abandonó la cámara, Péguilin la aguardaba en compañía de Rochefort, uno de los capitanes de la guardia, que les dio un buen consejo:

—En nombre de Dios, casaos hoy mismo sin esperar a mañana. Os encontráis ahora en la cúspide de la felicidad, pero ahí arriba donde os encontráis hay mucho que temer.

Como si viniera a reforzar la sensatez de las palabras del capitán, la reina salió de la capilla en esos momentos y pasó ante ellos con una expresión que los intimidó y los hizo separarse.

Mientras tanto, esa noche toda la Casa de Lorena se reunía para planear su estrategia contra ese detestado matrimonio.

Péguilin, tan confiado hasta ese instante, comenzó a comprender que deberían tomar algunas medidas para no exaltar más los enconados ánimos de los poderosos. Estaba previsto que la ceremonia tuviera lugar en la capilla de la reina en las Tullerías, y que cuando terminara, los reyes conducirían a los recién casados hasta el Luxemburgo, pero ahora decidieron que sería mejor una ceremonia más sencilla, y convinieron en la necesidad de apresurarla.

Mademoiselle se veía sometida a tal presión que la ansiedad acabó apoderándose de ella de un modo que no podía controlar. Esa noche enfermó de “vapores”, que era como denominaban en la época a los síntomas de depresiones nerviosas.


A la mañana siguiente, miércoles, Monsieur de Montausier incrementó la ansiedad de Mademoiselle al presentarse en sus aposentos antes incluso de que se hubiera levantado. El duque aparecía muy agitado y venía a reprenderla, acusándola de ser la responsable de que los preparativos fueran tan despacio, algo que ella negó indignada. Acudía en compañía de Péguilin, quien al parecer estaba tan absorto contemplando las pinturas en torno a la cama que no escuchó cuando Montausier le preguntó si deseaba una boda real. Esto terminó de irritar al duque.

—¿Pretendéis montar un taller de pintura o casaros con Mademoiselle? —lo regañó— ¡No hay tiempo que perder!

A continuación siguió una discusión entre la pareja, una escena embarazosa en la que llegaron a acalorarse. Péguilin y su prometida trataban de decidir cuál era el lugar más adecuado para la boda. Eu y Saint-Fargeau no servían, porque, de celebrarse allí, él tendría que abandonar el servicio del rey por tres días. Y Conflans, el hogar de los Richelieu, no resultaba del agrado de Mademoiselle, pues no se encontraba en buenos términos con esa familia. Pero finalmente cedió y dio su consentimiento para que se celebrara allí.

—Somos demasiado mayores para cambiar de costumbres —dijo el marqués a modo de excusa a Montausier, que había contemplado la tensa escena con gran desconcierto—. Pero ambos hemos hecho el pacto de no imponernos nada el uno al otro después del matrimonio.

—Espero que os atengáis a vuestra palabra —repuso secamente Montausier—. No me cabe la menor duda de que ella jamás romperá la suya.

Conflans

Cuando el duque se fue, Péguilin se disculpó con Mademoiselle por el calor con el que había defendido sus opiniones y reconoció haberse comportado como un idiota...


viernes, 9 de agosto de 2013

Escándalo en París


La noticia de la próxima boda de Mademoiselle de Montpensier causó sensación en todo el reino. Los embajadores extranjeros no se privaban de manifestar su asombro. Al fin y al cabo el matrimonio de una dama de su rango era una cuestión de Estado, y consideraban que ni siquiera Luis XIV tenía derecho a suprimir los límites que separaban a uno de sus súbditos de una princesa de sangre real. No les gustaba en absoluto tan peligrosa novedad.

Luis recibía ataques por todos los flancos, siendo uno de los más virulentos el encabezado por la propia reina de Francia. Sus nobles consideraban ese matrimonio como una ofensa. El Gran Condé se echaba las manos a la cabeza y anunciaba al rey que él mismo le pegaría un tiro a Péguilin tan pronto como terminara la ceremonia. Louvois estaba poseído por la furia y la indignación, y no hubo apenas un ministro ni miembro del personal de la Casa del Rey que no alzara su voz contra un enlace que consideraban tan disparatado. La propia madrastra de Mademoiselle se sintió obligada a tomar la pluma y escribir una dura carta al rey, reconviniéndolo por haber prestado su consentimiento a semejante insensatez. Pero es que los burgueses no estaban menos escandalizados que la aristocracia. Mademoiselle se había convertido en la heroína de París durante la época de la Fronda, y las gentes no daban ahora crédito al oír con horror que se proponía contraer un matrimonio tan desigual.

Luis, mientras tanto, se defendía de las feroces críticas alegando que no era que él encontrara bien tal matrimonio, pero que no tenía intención de prohibirlo.


Curiosamente, en medio de tanta oposición, encontramos dos notas discordantes. Una de ellas procede de la pluma de Madame de Sévigné, quien, según ha quedado constancia en una de las cartas dirigidas a su hija, parece haber contemplado con ojos más amables la novedad. La marquesa afirmaba que se trataba de “la cosa más sorprendente, maravillosa, milagrosa, triunfante, aturdidora, inesperada, singular, extraordinaria, increíble, imprevisible… lo más secreto hasta hoy, lo más brillante, lo más digno de envidia; en suma, algo de lo que solo se encuentra un ejemplo en siglos pasados, e incluso ese ejemplo no es exactamente igual; algo que nadie puede creer en París… Monsieur de Lauzun se casa el domingo, en el Louvre. ¿Adivináis con quién? Os doy cuatro oportunidades, os doy diez, os doy cien… Se casa el domingo en el Louvre, con el consentimiento del rey, con Mademoiselle, Mademoiselle de… Mademoiselle de… ¡Adivinad el nombre! Se casa con Mademoiselle. ¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Os lo juro! Mademoiselle, la Gran Mademoiselle; Mademoiselle, hija del difunto Monsieur: Mademoiselle, nieta de Enrique IV… Mademoiselle, prima del rey; Mademoiselle, destinada a un trono…” 

La otra llegó en forma de apoyo por parte de Colbert, que esperaba que aliándose con Péguilin, al elevarse este, fortalecería su propia posición frente a su rival Louvois. La esposa de Colbert habló por esas fechas con Mademoiselle, poniéndola en guardia contra un posible complot contra su prometido. La señora aconsejó que el marqués no debería salir solo, y señaló que sería buena idea redoblar las medidas de seguridad, sugiriendo con todo ello que podría haber en marcha alguna clase de plan para asesinarlo...


domingo, 4 de agosto de 2013

Sola contra el mundo


El duque de Montausier cumplió con la misión que le había sido encomendada y se entrevistó con el rey para solicitar formalmente la mano de Mademoiselle de Montpensier en nombre de Péguilin.

—Ya he hablado con mi prima —dijo Luis—, y la he aconsejado como hubiera hecho un padre. Pero, como veo que ella ha tomado su decisión, y puesto que ya he autorizado que su hermana menor se case con el duque de Guisa, ha llegado el momento de que autorice también su matrimonio.

Monsieur, presente durante la entrevista, estaba furioso y no se privó de manifestarlo. El hecho de que Mademoiselle lo hubiese rechazado a él previamente, no contribuía en absoluto a apaciguar su ánimo agitado. Resultaba demasiado humillante haber sido sustituido en las preferencias de la dama por semejante advenedizo. 

—Existe una gran diferencia entre el duque de Guisa y Monsieur de Lauzun —objetó indignado.

Luis replicó que él no veía ninguna diferencia, lo que encolerizó aún más a Monsieur. Philippe se acaloró y en la discusión que siguió faltó al respeto al rey y pronunció palabras muy graves contra Mademoiselle.

—Decid más bien que todo esto es obra vuestra —exclamó—. Sois vos quien siempre lo ha deseado. Alguien tendría que encerrar a mi prima en un manicomio y arrojar a Lauzun por la ventana.


Tal como estaban las cosas, Montausier aconsejó a Mademoiselle que celebrara el matrimonio lo antes posible. Ella reconoció la sensatez del consejo, porque los enemigos de ese enlace eran muchos y muy poderosos. Entre ellos se encontraba la propia reina.

Cuando Mademoiselle fue a verla al día siguiente, le comunicó la noticia.

—Vuestra Majestad se sorprenderá al oír que tengo intención de casarme.

—Desde luego —declaró sin ningún entusiasmo—. ¿Y en quién habéis pensado? ¿No estáis bastante bien así?

—Majestad, vos generalmente aprobáis el matrimonio, y yo reclamo mi derecho a la felicidad. No veo por qué habría de ser la única persona del mundo en quedar soltera.

—¿Con quién pensáis casaros? —insistió la reina, en tono poco amable.

Mademoiselle respondió y le habló de los méritos de Péguilin, unas ventajas que María Teresa no encontraba. 

—Me opongo rotundamente, prima. Y el rey nunca lo aprobará.

—Él sí lo aprueba, Madame, y el asunto ya está decidido.


La reina hizo entonces un comentario que no solo demuestra poco tacto, sino que deja en muy mal lugar a su inteligencia y no sitúa su sensibilidad en un puesto mejor:

—Haríais mucho mejor en no casaros y dejar vuestras propiedades en herencia a mi hijo.

—¡Ah, Madame! —exclamó Mademoiselle con justa indignación— ¡Qué sentimientos me reveláis! Me avergüenzo de vos. No diré ni una palabra más acerca de este asunto.

María teresa no estaba dispuesta a consentir esa boda. Tuvo una agria discusión con su esposo por esa causa. Luis no cedió y se separaron disgustados, algo que hizo pasar a la reina toda la noche llorando.

Mademoiselle no tenía a quién acudir. No encontraba aliados en ninguna parte, ni siquiera entre sus amigas. Evitaba encontrarse con Monsieur, y cuando estaba en los aposentos de la reina permanecía al fondo conversando con otras damas, por temor a que María Teresa volviera a reprocharle su decisión.

Cuando llegó el momento de darle la noticia a Madame d’Épernon, lo hizo en presencia de Péguilin, para así tener más probabilidades de que la señora se mordiera la lengua y no dijera ninguna grosería esta vez. Él estaba animado, seguro de que el rey no iba a dejarse dominar ni por la reina ni por Monsieur. Su confianza era tal que desestimó el consejo de Mademoiselle con respecto a acelerar el matrimonio. Quería que todo se hiciera con la máxima dignidad, y demostrarle al rey con su conducta que era digno del honor que le hacía.


sábado, 3 de agosto de 2013

Muchas gracias


Muchas gracias a mis queridos amigos, Manuel y el Gélido Tolya, que han tenido la gentileza de difundir esta semana en sus blogs la noticia de la publicación de la antología Mujeres en la historia. Manuel lo hizo en Docmanuel y en Ambos lados del Atlántico, y Tolya en Civilización o Barbarie.

Agradezco mucho su inestimable colaboración para dar a conocer la obra, y, por supuesto, la colaboración de todas las demás personas que han encargado ya su ejemplar.

Les recuerdo que estará en las librerías en septiembre, pero ya se puede adquirir en papel a través de la página de la editorial. Por cada uno que se encargue, hay otro libro de regalo. Encontrarán más información en:


¡Gracias!


Mañana retomaremos nuestra historia.