miércoles, 31 de julio de 2013

El matrimonio de Mademoiselle de Thianges

Diane-Gabrielle de Damas de Thianges, duquesa de Nevers

Por esas fechas se celebraba el matrimonio de Mademoiselle de Thianges, sobrina de Madame de Montespan, con el duque de Nevers. Felipe de Nevers era sobrino del cardenal Mazarino, y hermano de Olimpia, Hortensia y María Mancini. 

Diane-Gabrielle de Damas de Thianges era la hija mayor de Gabrielle de Rochechouart, la hermana de Athénaïs. Había nacido en 1656, por lo que era apenas una adolescente de catorce años en el momento de su boda, el 14 de diciembre de 1670. La joven, dotada de gran belleza, había recibido una esmerada educación en una abadía parisina.

La ceremonia se celebró con toda pompa en el palacio de las Tullerías, en presencia de los más importantes personajes de la corte, entre los que se encontraban el propio rey y su hermano. Era un gran triunfo para la marquesa de Montespan. Todos se hacían lenguas de su gran poder al haber conseguido cerrar esta alianza. Madame de Sévigné relata en su correspondencia cómo “esta belleza, que no tiene ni un sou, ha hecho mejor boda que la mayor heredera de Francia. Madame de Montespan hace maravillas por todas partes”.

Felipe Julián Mancini, duque de Nevers

Sin embargo, a pesar de su posición como favorita, no lo hubiera logrado sin la ayuda de Péguilin. Ahora, realizado su ambicioso proyecto, ya no lo necesitaba.

Mademoiselle de Montpensier fue capaz de ver el peligro, y pidió a Péguilin que no se concluyera ese asunto hasta después de que se hubiera celebrado su propio matrimonio, porque de ese modo Madame de Montespan seguiría precisando su colaboración, y eso les aseguraría seguir contando a su vez con la suya. El marqués debió seguir este prudente consejo, pero no lo hizo. A pesar de que ya en el pasado había encontrado indicios que apuntaban a que no debía fiarse de Athénaïs, decidió confiar en la que creía su amiga.

Péguilin se despidió de Mademoiselle un sábado por la tarde. Le dijo que el domingo no se verían, puesto que iba a estar muy ocupado con los preparativos de la boda.

Diane-Gabrielle

El domingo, después de misa, Madame de Remencourt le comentó a Mademoiselle que había oído decir que Péguilin era encantador. Como su interlocutora se mostraba evasiva, presionó un poco más y le pidió que se lo presentara. No consiguió que Mademoiselle mordiera el anzuelo: sospechando que solo pretendía pincharla, tirarle de la lengua y mostrarse impertinente, fue capaz de retener su diplomacia y responder que no lo conocía lo bastante bien para presentarlo a nadie. Claro que, como lo suyo no era el disimulo ni el artificio, cuando minutos después se encontraba con él no pudo evitar exclamar:

—¡Ah, así que al final estáis aquí! Y eso que me dijisteis que no nos veríamos en todo el día.

Anne-Marie era demasiado diáfana; cristalina como el agua. Sus amigas, en cambio, a veces eran retorcidas y venenosas como serpientes. De vez en cuando se daban el gusto de asestarle buenas estocadas. Por ejemplo, esa tarde Mademoiselle se encontró con Madame d’Épernon, que le espetó con voz aguda y audible en un kilómetro a la redonda que era demasiado vieja para frecuentar tanto la corte. No satisfecha con la innecesaria grosería, añadió que se había horrorizado cuando el día anterior escuchó rumores de que tenía intención de casarse. La señora no se privó de manifestarle su opinión acerca de que el matrimonio, a su edad, era absurdo, y especialmente con un jovencito como Longueville, que era quien ella imaginaba el elegido.

Mademoiselle reunió toda su presencia de ánimo para responderle con dignidad. Le dijo que ella no veía nada ridículo en un matrimonio a cualquier edad, pero Madame d’Épernon, nada dispuesta a darse por vencida, replicó a su vez que estaba sorprendida, e incluso avergonzada, de oírla hablar así.


domingo, 28 de julio de 2013

Mujeres en la historia


Ya está a la venta la antología que lleva por título Mujeres en la historia, y en la que participo con "El viaje de Amandina", un relato de ficción sobre la infancia de George Sand.

Tengo el inmenso honor de figurar en este libro no solo al lado de escritoras clásicas de la talla de Josefina Aldecoa, Edith Wharton y Marie d’Agoult (Daniel Stern), sino también junto a un magnífico elenco de autoras contemporáneas de España e Hispanoamérica que la editorial ha logrado reunir para la ocasión.

La antología estará en las librerías españolas a partir de septiembre, pasado el periodo vacacional. M.A.R Editor tiene la intención de presentarla este otoño en la próxima feria del libro de Guadalajara (México), y a partir de ahí distribuirla también por el continente americano. Espero que pueda llegar a todas las personas interesadas. Por el momento pueden adquirirlo a través de la página de la editorial en este link:

El plazo de entrega es de tres a cinco días.

En la imagen les muestro la preciosa ilustración de la cubierta, puro Art Nouveau de Alfons Mucha.

Esperaba con mucha ilusión el momento de enviarte un ejemplar, Guiomar. Eso ya no puede ser, pero, dondequiera que estés, esto es para ti. Vivirás siempre en mis pobres letras, amiga querida. Ojalá pudiera ofrecerte mejor morada.


miércoles, 24 de julio de 2013

El secreto de Péguilin


Un par de días después de la conversación que Mademoiselle había mantenido con el rey, Madame de Nogent, la hermana de Péguilin, se presentó ante ella para saber si su hermano continuaría viviendo en su actual habitación en palacio después del matrimonio. Mademoiselle, extrañada por la consulta, se entrevistó con él esa misma noche y le preguntó por qué había enviado a su hermana en lugar de hablarle personalmente. Él le respondió que no se había atrevido. Péguilin le recordó que seguiría estando al servicio del rey, asistiendo al momento de acostarse el soberano. Le explicó que, dado que la ceremonia no solía terminar hasta las dos de la madrugada y a las ocho en punto tenía que estar de nuevo a su lado cuando se levantara, le resultaría difícil habitar en el palacio del Luxemburgo, residencia habitual de Mademoiselle. Por tanto, consideraba más oportuno seguir ocupando los aposentos de las Tullerías, donde se hallaba por entonces la corte, y ver a su esposa cuando le resultara posible.

—Yo acudo cada día a las Tullerías mientras la reina se ocupa en sus oraciones —dijo ella—. Iré a visitaros en vuestra habitación.

—¿Será eso correcto? ¿No habrá ninguna objeción?

Mademoiselle le aseguró que no. Ella continuaba decidida a complacer todas sus condiciones, aunque fueran tan duras y decepcionantes como esa.


La corte viajaba a Versalles y el rey continuaba muy divertido por aquel asunto de los amoríos de su prima. Mientras jugaban a las cartas, Mademoiselle se situaba tras la silla de Péguilin y lo observaba con el mayor interés, lo que hacía reír a Luis de vez en cuando. 

El sábado 13 de diciembre de 1670 regresaban a París. Por la mañana Péguilin acudía a los aposentos de Mademoiselle. Durante los días precedentes había estado ocupado con los preparativos: había hablado con los duques de Créqui y Montausier y con los mariscales de Albret y de Guitry para que solicitaran audiencia al rey como enviados de Mademoiselle, y entonces pidieran su mano en nombre del marqués. La intención de ella había sido mucho más simple: hubiera querido que ambos se presentaran juntos ante Luis para solicitar formalmente su mano, pero él la persuadió de que resultaba mucho más adecuado a su rango este arreglo.

Péguilin había llevado el asunto con el máximo secreto posible, no solo porque Mademoiselle era pretendida por personas más encumbradas que se tomarían a ofensa su elección, sino también porque él mismo era objeto de otros proyectos por parte del conde de Lude, quien deseaba casarlo con su sobrina, Mademoiselle de Roquelaure. El cardenal de Retz, por su parte, apoyado por la hermana de Madame de Montespan, estaba ansioso por casar al marqués con Mademoiselle de Retz. Ambas poseían una buena fortuna, de modo que resultaba desconcertante rechazarlas sin ser considerado un loco. Era una delicada posición que Péguilin no podía seguir sosteniendo mucho tiempo.

Mademoiselle de Roquelaure

Por si fuera poco, el joven duque de Longueville había convertido al marqués en su confidente y lo perseguía para contarle sus aspiraciones a la mano de Mademoiselle y solicitar su ayuda. Resultaba muy incómodo para Péguilin escucharlo sin poder decirle que él mismo iba a casarse con ella, así que intentaba evitar por todos los medios la conversación, no siempre con éxito. En una ocasión Longueville se presentó a cenar en su casa, a pesar de que el marqués, para deshacerse de él, le había dicho que esa noche probablemente cenaría fuera. Para no quedarse a solas con él, Péguilin dio órdenes a sus valets de admitir a cualquiera que se presentara a cenar. Esto era algo totalmente contrario a sus costumbres: mientras la mayoría de los aristócratas abrían sus puertas y brindaban su hospitalidad a cualquier visita inesperada, las de Péguilin permanecían habitualmente cerradas. Puesto que era así, nadie imaginaba que esa noche recibiría en su casa, y por tanto nadie más apareció. El marqués se vio obligado a cenar a solas con Longueville.

Durante la cena, la presencia de los servidores imposibilitó toda confidencia, pero cuando se levantaron de la mesa, ambos se sentaron junto al fuego, y entonces el anfitrión hubo de enfrentarse con la mayor incomodidad a un largo preámbulo del duque acerca de la amistad que les unía y su esperanza de que Péguilin le ayudara en el asunto más importante de su vida. Afortunadamente, antes de llegar al punto crucial, la conversación sufrió una interrupción cuando se anunció la llegada salvadora de un amigo.

***

Muchas gracias a todos los que se detuvieron por aquí a dejarme sus palabras en los últimos días. Lo aprecio mucho. Poco a poco iré pasando a visitarlos y poniéndome al día con ustedes. Un abrazo.


sábado, 20 de julio de 2013

Recordando a Guiomar


A veces, mientras escribíamos juntas aquella historia medieval, después de haber estado charlando e intercambiando durante horas esas confidencias que yo he compartido con poca gente —alguna con nadie más—, recibía en mi correo un detalle como este. Guiomar era así de tierna.

La vida tiene extraños caminos. Es curioso, pero si estoy en esta corte del Rey Sol, indirectamente es por ella. Guiomar —Mónica, como se llamaba en realidad— llevaba tiempo enferma, y yo pensaba en el modo de animarla y ayudarla a recuperar la salud. Ella estaba lejos, y por eso había pocas cosas que yo pudiera hacer. Con otras amigas fundamos las Damas del Unicornio, un grupo que se dedicaba a la difusión de la cultura medieval, que a ella tanto le gustaba. Después, hace seis años, durante las vacaciones de verano, ella y yo comenzamos juntas la redacción de una novela medieval en la que las protagonistas eran Guiomar y Diana, hermanas de leche que relataban la truculenta historia de sus familias y cuanto había acontecido durante los años de su infancia. Había romance, aventura, crímenes, caballeros Templarios y todos los ingredientes que hacían que nos divirtiéramos y se nos pasaran dulcemente las horas.


Yo no tenía ninguna pretensión excepto esa, e íbamos subiendo el relato a un fotolog para que los amigos se unieran a la fiesta. Pero como ese sitio casi siempre estaba averiado y no se podía entrar, alguien propuso que pasáramos la historia a un blog, mucho más fiable. Así lo hicimos a finales del 2008, y continuamos durante algunos meses. 

Durante un tiempo funcionó y ella estaba mejor, pero después ya no pudo continuar. Dimos una excusa y nos despedimos de los lectores que se habían ido sumando. Yo esperaba que fuera provisional, que ella se recuperara y retomáramos un día la historia que tanto bien le hacía. Mientras la esperaba, abrí mis blogs, e iba publicando en ellos cosas que ya tenía hechas hacía tiempo. De ese modo seguía en contacto con los nuevos amigos y me entretenía hasta que Guiomar decidiera regresar. 


Me seguía comunicando a diario con ella a través de skype, pero con los años comenzó a faltar algún que otro día, a poner excusas y evasivas, y comprendí que estaba peor. Guiomar intentaba que no me preocupara, pero lamentablemente yo estaba en lo cierto. Cuando hace mes y medio perdió a su madre, sufrió el golpe de gracia, y finalmente esta semana también ella nos dejó. 

Y ahora me planteo qué sentido tiene ya todo esto sin ella. No tendría ninguno si no hubiera conocido a unas cuantas personas extraordinarias a través de este medio, gente que no quisiera perder también. Pero lo cierto es que no tengo fuerzas ahora. Esto me ha partido en dos. Necesito unos días para serenarme y empezar a superar mi profunda pena. Era mi amiga más querida; es irreemplazable para mí. 

Por favor, disculpen mi ausencia. Intentaré que sea lo más breve posible. No quiero renunciar también a ustedes.

Muchas gracias y hasta pronto.


lunes, 15 de julio de 2013

Entrevista a medianoche


El rey no hizo esperar su respuesta a la petición de Mademoiselle. En la carta que le envió le decía que el contenido de la suya lo había dejado perplejo, y que, aunque no tenía intención de imponerle nada, le aconsejaba que considerase bien el asunto y no se precipitara.

Más tarde, ese mismo día, Mademoiselle recibió en el palacio del Luxemburgo al embajador holandés, con motivo de lo cual se había congregado una gran multitud. Pero en cuanto todos se hubieron marchado se las arregló para retirarse con Péguilin a una habitación, con el pretexto de que él aún no la había visto nunca, y una vez allí le mostró la carta del rey. Ella no estaba satisfecha con esa respuesta, pues esperaba que hubiera dado ya su consentimiento, pero el marqués consideró el mensaje con mucho más optimismo.

Lo único reconfortante en medio de aquel compás de espera era que cuando ambos estaban juntos y hablaban en presencia del rey, Luis los miraba con una expresión amable que parecía indicar claramente que no estaba disgustado. Sin embargo, continuaban manteniendo el asunto en el más estricto secreto, y para ello procuraban no conversar demasiado cuando estaban en público, por temor a los rumores. Pero tenían tantas cosas que decirse que muchas veces se escribían notas que se hacían llegar por medio de la hermana del marqués.


Péguilin nunca había tratado abiertamente el asunto con el rey. Según Bussy-Rabutin, un día en que se encontraba en presencia del rey y de Madame de Montespan, el marqués habló tanto de Mademoiselle que Luis comenzó a reír y le dijo que parecía conocerla muy bien. Al cabo de unos cuantos comentarios más, el rey rió aún con más fuerza y le preguntó si por casualidad aspiraba a ser su primo. Péguilin, por supuesto, descartó enérgicamente que albergara ideas tan criminales como era la de elevarse a tanta altura, y declaró que nunca osaría considerar algo así sin su permiso.

Para entonces Péguilin ya había hablado con su amiga Madame de Montespan, quien le había prometido su ayuda. Pero algo venía a interrumpir la marcha de los acontecimientos: Guilloire, médico de Mademoiselle de Montpensier, descubrió los proyectos matrimoniales y le habló de ellos al ministro Louvois, al que confió que todo se había decidido con la participación del propio rey. Llegados a ese punto, Péguilin decidió que el asunto no admitía más demora. Había que solicitar formalmente el consentimiento de Luis. Sería ella, naturalmente, quien se entrevistaría con su primo mientras él permanecía al margen.

Durante las últimas semanas Mademoiselle había visitado asiduamente los apartamentos de la reina, de modo que esa noche se dirigió como de costumbre hacia allá pensando en encontrar al rey. Lamentablemente él no apareció en esa ocasión. No llegaría hasta pasada la medianoche. Mientras Mademoiselle se encontraba con la reina, María Teresa expresó su deseo de acostarse.

 —Debe de ser un asunto muy importante el que deseáis tratar con el rey, o no continuaríais esperándolo a estas horas. 

—En efecto, es de suma importancia —admitió Mademoiselle— .Es preciso que le hable antes de que se reúna el consejo mañana.

La reina se acostó y ella permaneció a la espera hasta que finalmente llegó Luis.

—Estáis levantada muy tarde, prima —dijo él sorprendido al verla.

—Es que quiero hablar con Vuestra Majestad.


Mademoiselle temblaba cuando comenzó su parlamento.

—Sire, no he cambiado de opinión con respecto a Monsieur de Lauzun, al que estimo y amo mucho. Yo apreciaría la dignidad de permanecer en Francia como súbdita de vuestra Majestad más que convertirme en una princesa extranjera. Y sabed que, a pesar de cuanto puedan decir las lenguas ociosas, no estoy haciendo nada que vaya contra mi honor o mi conciencia. Además, a decir verdad, Sire, elevar a un hombre dotado de tantas cualidades como Monsieur de Lauzun me parece una hermosa acción.

—Bien, sabéis que no haré nada para obstaculizar ese matrimonio. Estimo que tenéis edad suficiente para juzgar por vos misma, y no deseo contrariar vuestra voluntad. Sin embargo, me veo obligado a aconsejaros de nuevo prudencia. Es preciso seguir preservando el secreto, porque la gente comienza a sospechar y ya hay algún ministro que me ha hablado del asunto. Tened en cuenta que no todos aman a Lauzun; por el contrario, tiene muchos enemigos.

—Sire, si Vuestra Majestad está de nuestra parte, nadie podrá lastimarnos —exclamó ella.

Y a continuación trató de besar su mano, pero él no lo permitió, sino que la abrazó. Luego se separaron…


viernes, 12 de julio de 2013

Carta de Mademoiselle a Luis XIV


La corte se trasladó a París, y allí Mademoiselle de Montpensier continuó manteniendo largas conversaciones con Péguilin. El marqués no cesaba de aconsejarle prudencia. Quería tener la certeza de que ella estaba plenamente convencida del paso que estaban a punto de dar.

Mademoiselle hubiera deseado que él se mostrara un poco más ardiente. De alguna forma logró insinuárselo, pero él argumentó que a las damas de su rango no se las galanteaba como a cualquier otra mujer, y que, si él no se contenía, podría decir demasiadas tonterías.

Péguilin seguía preocupado por la reacción del rey, al que no había comentado nada aún. Mademoiselle, por su parte, aunque tampoco lo había hecho claramente, se mostraba convencida de que él estaba al tanto de todo y aprobaba su decisión. Sin embargo, se hacía preciso informarle y solicitar formalmente su permiso. Hacerlo personalmente le resultaba demasiado embarazoso, así que optó por escribirle a Luis una carta. Tras lograr que el marqués accediera a dar ese paso, se aplicó a la redacción de la importante misiva. Lamentablemente Mademoiselle no guardó una copia: tenía tanto miedo de que alguien entrara mientras estaba escribiendo y sospechara lo que estaba haciendo, que omitió esta precaución. De todos modos, en sus memorias intentó reconstruirla en la medida de lo posible. Aunque no hace justicia al original, al parecer más largo, el contenido era más o menos el siguiente:


Vuestra Majestad se sorprenderá por el permiso que solicito de vos: deseo casarme. Sire, mi rango, tanto por mi nacimiento como por tener el honor de ser vuestra prima hermana, se encuentra tan por encima del resto que me siento satisfecha con mi actual posición. Cuando una dama desposa a un desconocido, no conoce su carácter ni sus méritos, de modo que es difícil asegurarse de que será un matrimonio feliz. Mi actual situación lo es mucho, pero estoy segura de que el estado que deseo tomar lo será aún más para mí. El matrimonio es un asunto tan común que nadie puede ser culpado por desearlo. Es Monsieur de Lauzun en quien me he fijado. Sus méritos y la fidelidad que siente por vos son los atractivos que más me han cautivado… He pensado mucho tiempo en lo que deseo hacer antes de someterlo a la consideración de Vuestra Majestad. Creo que Dios desea que encuentre la felicidad dentro del matrimonio: me parece que el reposo de mi vida depende de ello, y que es imposible de otro modo. Por tanto pido a Vuestra Majestad, como la mayor merced que podría hacerme, que me conceda el permiso. El honroso puesto que Monsieur de Lauzun disfruta como capitán de la guardia de Vuestra Majestad lo dignifica… La princesa de la Roche-sur-Yon, esposa de un príncipe de la sangre que pertenece a una rama menor de mi familia materna, fue dama de honor de una reina; y yo, Sire, consideraría un gran honor ser superintendente de la Casa de la Reina… Digo todo esto a Vuestra Majestad para demostraros que cuanto más elevado es el rango, más digno se es de aproximarse a Vuestras Majestades… Todos los puestos dedicados a vuestro servicio suponen un honor.

Mademoiselle envió primero la carta a Péguilin buscando su aprobación. La obtuvo mediante un mensaje de gratitud que ella quemó. Entregó entonces la carta para el rey a Bontemps, el valet de confianza, y luego aguardó nerviosa la respuesta de Luis.


sábado, 6 de julio de 2013

El acuerdo matrimonial


Al día siguiente Mademoiselle de Montpensier tuvo una nueva conversación con Péguilin. El marqués le dijo que, si su propuesta era seria, había algunas cosas que debían aclarar. Él pretendía alejar la idea que todo el mundo en la corte se formaría acerca de sus motivos para desposar a Mademoiselle. Dirían que lo movía la ambición de nuevos cargos y honores, que seguramente esperaba le fueran concedidos con la intención de elevar su rango e igualarlo más a ella. Pero eso no era exactamente así. Él prefería seguir siendo el favorito de Luis, así que le dijo a Mademoiselle que amaba tanto al rey que nunca abandonaría su servicio ni renunciaría a su puesto en la corte, ni siquiera aunque le ofrecieran el gobierno de una provincia. Péguilin calculaba que esto complacería a Luis y aplacaría su desconfianza. Además era cierto: no deseaba honores que supusieran un aburrido destino muy alejado de la vida que le gustaba llevar.

El marqués se declaró tan absorbido por el servicio al rey que, si alguna vez tuviera una esposa, la vería muy poco. Remarcó, además, la incompatibilidad de caracteres entre ambos: ella amaba la sociedad, la conversación, mientras que él se refugiaba frecuentemente en la soledad. De vez en cuando necesitaba encerrarse en sus aposentos durante tres o cuatro horas, y de buena gana mataría a cualquiera que entrara a molestarlo. Este era, ciertamente, uno de los rasgos del carácter de Péguilin que se fue acentuando con los años.

A cambio, el marqués le prometía que nunca le daría motivos para estar celosa, y que renunciaba a la compañía de otras mujeres, algo que tanto le había agradado en otro tiempo.

—Y después de todo esto, ¿aún me deseáis por esposo?

—Sí, os deseo por esposo y me agrada cuanto me decís.

—¿No encontráis nada en mi aspecto que os disguste?


Siguiendo la descripción que Saint-Simon hizo de él, y que coincide en lo esencial con la de la propia Mademoiselle, Péguilin no era de elevada estatura, pero su cuerpo esbelto era hermoso y perfectamente proporcionado. Sus piernas estaban consideradas las mejores entre todos los caballeros de Francia, algo que conservó incluso durante los últimos años de su vida. Su rostro pecoso se parecía al de un gato. Tenía unos hermosos ojos azules, cabello de color pajizo y una expresión inteligente no exenta de osadía y altivez. Justamente en esta época parecía haber alcanzado el apogeo de su atractivo.

—Cuando decís que teméis no agradar, os burláis de la gente. Demasiado habéis agradado durante toda vuestra vida. Pero ¿y vos? ¿Encontráis en mi rostro algo que os desagrade? Creo que el defecto más perceptible es mi dentadura. Es algo común en mi familia. ¡Pero responded! Si menciono mis defectos es solo para demostraros que soy consciente de ellos.

—No tenéis ninguno. En cuanto al resto, no diré más. Tenéis suficiente para reíros de mí el resto de vuestra vida. Os he seguido la broma, y solo lamento ser el objeto de ella, pero ya que es vuestro gusto bromear así, os diré que no tengo nada que añadir, excepto que no soy un loco ni un visionario, y que cuanto más habláis de este asunto, menos creo en él.

Después de cenar, volvió a hacer alusión al tema:

—Hay momentos en los que me parece que no es una ilusión. Entonces me entrego a la alegría, pero luego regreso a la realidad y sé que es imposible.