sábado, 29 de junio de 2013

La respuesta de Péguilin


En aquel papel, bajo las palabras “sois vos”, Péguilin había escrito una carta en la que se quejaba de que el celo con el que la había servido fuera recompensado con burlas. Decía que era imposible que hablara en serio, y que, por consiguiente, no se atrevía a responderle de otro modo, pero que sentía tal devoción por ella que siempre se sometería a sus deseos.

La había llevado a un punto en el que, hecha la propuesta por parte de Mademoiselle, solo cabía desairarla o someterse. Y desairar a una princesa de la sangre, prima del rey, era impracticable. Luis y toda la corte tendrían que entender que él no había tenido opción, por muchas veces que intentó evadirse. No era culpa suya. Aceptaba, pero queriendo dejar claro ante el mundo que si accedía era solo por complacer los deseos de ella, hacia la que se sentía obligado tanto por su rango como por ese sentimiento que permitía entrever desde su humildad, sin osar confesar más. Si a pesar de todo le pedían cuentas, siempre podría excusarse con el argumento de que, tal como había hecho constar en el papel, había aceptado seguirle la corriente porque estaba convencido de que ella solo bromeaba. Hasta que fue demasiado tarde para retirarse.

Mademoiselle de Montpensier debió haberse plantado mucho antes; detenerse y esperar a ver qué hacía él si ella no movía pieza. Pero no era cazadora, no entendía de estrategias, no sabía jugar a ese juego y no era contrincante para Péguilin. Mademoiselle era demasiado noble, demasiado honesta; iba con el corazón en la mano y lo ofrecía sin reservas, con esa inocencia que los años no le habían hecho perder. En todo momento ella fue su presa, y el marqués, actuando con precisión quirúrgica, al fin la había atrapado. Lo había logrado, además, de la más difícil de las maneras: la manipuló sin mentiras que podían volverse en su contra, algo que distingue al gran seductor del simple aficionado. No la persiguió; nunca le hizo promesas ni le declaró su amor. Por el contrario, se mostró esquivo, le representó todos los inconvenientes que podrían derivarse de su decisión e insistió mucho en ellos. El buen jugador nunca hace trampas: no le hacen falta.


Para entonces toda la corte estaba ya al tanto de los amores de Mademoiselle, lo cual era objeto de burlas crueles y agrios sarcasmos. Su inclinación por el marqués les parecía la cosa más absurda del mundo y, desde luego, nunca se les hubiera ocurrido que ella estuviera considerando seriamente la idea de un matrimonio tan desigual. ¡Cuántas pullas tuvo que soportar! Bastaba con que estrenara zapatos para que le dijeran que con ellos parecía justo la clase de dama que haría la fortuna del hijo menor de una buena familia.

Al día siguiente de recibir la respuesta en aquel papel, Mademoiselle tuvo una nueva conversación con el marqués. Él seguía fingiendo que no tomaba en serio su propuesta. Dijo que le seguía la corriente porque se daba cuenta de que a ella le divertía burlarse de él, y porque, consagrado enteramente a su servicio, era su deber obedecer sus mandatos y era su inclinación complacerla. Esta postura, al tiempo que conveniente para él, también la protegía a ella, que en cualquier momento podía retirar su propuesta sin que resultara humillante ni comprometido para su persona. Así Mademoiselle no quedaba obligada por su propia palabra, al menos hasta haber discutido algunos puntos del acuerdo.

Péguilin se disponía a imponer sus condiciones...


miércoles, 26 de junio de 2013

M.A.R. Editor publicará mi primer relato de ficción


M.A.R. Editor publicará mi primer relato de ficción, uno de los que integrarán la antología que estará en las librerías en septiembre si todo va bien.

Hace unos meses el escritor, periodista y editor Miguel Ángel de Rus —por cierto, uno de los primeros seguidores que tuvo esta corte del Rey Sol apenas abrir sus puertas— lanzó un reto dirigido a mujeres escritoras de todo el ámbito de habla hispana. La convocatoria invitaba a enviar un relato de ficción sobre un personaje real femenino que hubiera vivido entre 1800 y 1940. Los elegidos se incluirían en una antología que sería publicada próximamente, una obra sobre mujeres y escrita exclusivamente por mujeres. Decidí participar con un relato sobre George Sand y tuve la fortuna de resultar seleccionada. 

En principio está previsto que la antología se publicará en España en septiembre y se presentará posteriormente también en América. El libro está ya maquetado y hemos elegido el diseño de las cubiertas, aunque aún no lo mostraré ni daré más detalles de los que la propia editorial ha hecho públicos en su convocatoria. Soy curiosa, pero no indiscreta. Más adelante, cuando se acerque la fecha, les iré informando mejor.

¡Uy!, si ahora que caigo, habíamos dejado a Mademoiselle de Montpensier a punto de leer un papel. Disculpen la demora en la narración. Continuaremos en breve plazo. Durante julio y agosto espaciaré mi presencia en la Corte, pero no la abandonaré.

Muchas gracias, queridos cortesanos, por acompañarnos; gracias por su apoyo y su entusiasmo. Nada tendría sentido sin ustedes. Todo sería imposible sin ustedes.


domingo, 23 de junio de 2013

Un nombre en un papel


Al día siguiente Mademoiselle de Montpensier no vio a Péguilin hasta la hora de la cena. Le dijo que el nombre estaba escrito en un papel que llevaba en el bolsillo, pero que, como era viernes, no podía dárselo. Él le rogó que se lo entregara, con la promesa de guardarlo bajo su almohada y no abrirlo hasta pasada la medianoche. Le dijo que hasta entonces permanecería despierto, aguardando con la mayor ansiedad el momento de leerlo. Pero le advirtió que al día siguiente se marcharía a París y no regresaría hasta el domingo, así que ella resolvió esperar hasta entonces para entregarle el papel.

El domingo, a su regreso, se encontró con ella en los apartamentos de la reina, como era costumbre. Cuando María Teresa entró en la capilla a ocuparse de sus devociones, Mademoiselle se quedó con él junto a la chimenea. Entonces extrajo el importante papel, se lo mostró con coquetería sin desplegarlo y luego volvió a guardarlo en su manguito. Péguilin le rogó que se lo entregara, y por fin, al cabo de un rato de conversación, ella se lo dio diciendo:

—Responderéis en el mismo papel lo que estiméis oportuno, y esta noche hablaremos aquí.

Mademoiselle se reunió con la reina en la iglesia, aunque, en estado de suma agitación, no fue capaz de centrar su mente en las oraciones. Luego María Teresa se dirigió a ver al Delfín, como hacía siempre, y mientras tanto ella y Péguilin se encontraron junto a la misma chimenea. 


El tiempo era inclemente en el exterior, y hubiera resultado agradable estar allí si no fuera porque ambos se sentían demasiado violentos. No osaban hablarse, ni siquiera mirarse. Hasta que Mademoiselle se arrodilló para calentarse ante el fuego del hogar, diciendo que estaba pasmada de frío, y él respondió que estaba aún más pasmado por lo que había visto en el papel, pero que no era tan tonto como para morder el anzuelo, pues sabía bien que ella solo se estaba burlando. Mademoiselle respondió que lo que había escrito era muy en serio y bien meditado.

No hablaron más entonces. Péguilin no quería decir nada. No quería parecer un cazafortunas dispuesto a aprovechar la situación, ni que se le pudiera responsabilizar por aquel loco empeño de Mademoiselle. No es que no se hubiera dado cuenta de los esfuerzos de ella durante los últimos tiempos; no es que fuera tonto o inexperto en esas lides —¡él precisamente, entre todos los caballeros de la corte!—. No es que fuera tímido: estamos hablando del hombre que osó frustrar un encuentro de Luis con la princesa de Mónaco mientras se reía de todo escondido en un armario. No, no era nada de eso. Era, simplemente, que sabía muy bien lo que hacía.

Esa noche el marqués se presentó varias veces ante ella, pero ninguno hablaba. Sin embargo, él le devolvió el papel, tal como había quedado acordado entre ambos. Tan pronto como pudo, la impaciente Mademoiselle se deslizó fuera de aquellos aposentos hasta la primera cámara vacía que encontró para leer las palabras que le darían la felicidad o la desdicha…


jueves, 20 de junio de 2013

Máscaras y espejos


El 4 de septiembre de 1670 Péguilin ofreció una cena en honor al duque de Buckingham. El grupo que allí se reunió estaba compuesto por Madame de Thianges, hermana de Madame de Montespan y amante de Péguilin; la marquesa de La Vallière, cuñada de Luisa; el duque de Buckingham y otros dos ingleses. 

Durante la velada hubo música, y después de la cena apareció un caballero y dos damas, los tres enmascarados. Hubo un baile, y al poco tiempo Madame de Thianges y la marquesa rodearon al enmascarado con curiosidad. Se fijaron en su espada, un arma elaborada con gran magnificencia, y juguetonamente lo despojaron de ella y se la presentaron a Buckingham. Entonces los recién llegados apartaron sus máscaras y todos pudieron ver que el caballero era el rey, y una de las damas Madame de Montespan. Luis se aproximó al duque y le dijo que, puesto que las damas le habían desarmado, le rogaba que aceptara su espada.

Mientras tanto Mademoiselle de Montpensier continuaba empeñada en su proyecto, y Péguilin decidido a que cada paso que se diera en ese asunto procediese de ella. Mademoiselle le dijo que deseaba decirle el nombre del caballero que había elegido, pero él se espantó.

—Eso me hace temblar —le dijo—, porque os encuentro tan resuelta que temo que si yo no lo apruebo, no querréis volver a verme, y perder el honor de vuestra amistad sería para mí la mayor desdicha del mundo. Tal vez, por no atreverme a emitir mi opinión, sin querer prestaría un mal servicio a vuestro mejor amigo al aplazarle una dicha tan grande. Me abruma tanto todo esto que me entran ganas de suplicaros que no me habléis más de ello.


“Cuanto más se negaba, más le rogaba yo que me aconsejara”, nos cuenta Mademoiselle. Esa misma semana, desesperada, lo llamó después de cenar al cruzar la antecámara de la reina de camino a los aposentos del rey.

—Estoy decidida a deciros de quién se trata. Es…

—¿Es…?

—No me atrevo.

—Me lo diréis mañana, entonces.

—No puede ser, pues mañana será viernes —dijo ella, que era supersticiosa y, al parecer, el viernes no era un día propicio para esos asuntos—. Si tuviera un escritorio aquí, os escribiría su nombre. Acercaos, ¡lo escribiré sobre ese espejo!

Y entonces echó su aliento sobre el cristal y empezó a escribir: “Es…” 

Pero inmediatamente lo borró diciendo: 

—¡No puedo! 

Y así estuvieron un buen rato, ella atacando por todos los flancos y el marqués sin rendirse. 

A medianoche él se retiró, y ella, lamentándose por no haber dejado concluido aquel asunto, tomó osadamente una hoja de papel y escribió: 

"Sois vos”

Luego cerró el sobre con dedos nerviosos. 

No tuvo en cuenta que ya era viernes...


domingo, 16 de junio de 2013

El gato y el ratón

Mademoiselle de Montpensier retratada por Beaubrun

Monsieur se hubiera tomado mejor el asunto si Mademoiselle de Montpensier hubiera dicho que, simplemente, no pensaba casarse con nadie. Pero no; es que lo que ella no quería era casarse con él, y eso era demasiado ofensivo. 

Poco después partía la corte y Mademoiselle se veía obligada a viajar a su lado en un carruaje. “Él hacía muecas y decía cosas asombrosas, como haría un niño. Yo no decía nada y le sonreía al rey. La reina estaba desesperada, pues quería que se lo casara y que tuviera hijos, y no le preocupaba si los matrimonios eran convenientes o no. Durante el trayecto, Monsieur de Lauzun me evitaba”. 

Y es que Péguilin, en efecto, evitaba cualquier ocasión de encontrarse con Mademoiselle de Montpensier. Procuraba hacer patente por todos los medios a su alcance que estaba decidido a romper la relación. Una noche en Chambord Mademoiselle jugaba a las cartas con Luisa de La Vallière y Madame de Montespan cuando se desató el lazo de su puño. El marqués se hallaba cerca, de modo que ella le rogó que lo atara. Péguilin se excusó, pretextando que no era lo bastante hábil en tales menesteres, y Mademoiselle tuvo que recurrir a la ayuda de Luisa. “Me asombra que nadie se diese cuenta de los esfuerzos que él hacía por no hablarme ni mirarme”. 

Luisa de La Vallière retratada por Mignard

Seguramente otra en su lugar hubiera entendido que él no deseaba asumir el enorme riesgo que entrañaba para su persona. Pero no, no era eso lo que Mademoiselle deseaba entender, y tal vez tuviera razón. La cuestión es que, cuando se encontraban de modo inesperado y no había testigos, él se mostraba celoso. Un día, camino de misa, el marqués se cruzó con ella y le espetó que todo el mundo decía que estaba ansiosa por convertirse en la esposa de Monsieur, y que no dejaba de apremiar al rey para que acelerara los preparativos de la boda. Esa era, por tanto, la pretendida razón de su extraña actitud y sus desplantes. 

La corte hizo un viaje de dos días a Versalles. Péguilin la evitaba, como de costumbre. Pero un día en que se lo encontró, se detuvo ante él y le dijo: 

—El asunto de Monsieur está concluido, a Dios gracias. Ya puedo hablaros, y tengo algo que deciros. 

—Cuando gustéis. Os veré mañana en los aposentos de la reina. 

El marqués acudió a la cita. “Le conté todo lo que había ocurrido, aunque aparentemente ya estaba informado. Aprobó mi conducta y encontró bien cuanto había hecho”. Mademoiselle le dijo entonces que estaba dispuesta a retomar los planes que tenía en un principio. Él le aconsejó que no se precipitara, y que lo pensara bien...

jueves, 13 de junio de 2013

Monsieur recibe calabazas


La situación aún iba a empeorar más para Mademoiselle de Montpensier. Al día siguiente Péguilin se presentó ante ella para decirle lo que nunca hubiera querido escuchar:

—He venido a rogaros humildemente que no volváis a hablarme. Soy lo bastante desdichado para haber disgustado ya a Monsieur a causa de haber sido el obediente servidor de su difunta esposa. Ahora pensará que soy también el causante de todas las dificultades que estáis poniendo a ese matrimonio. Es preciso que yo no vuelva a tener el honor de dirigiros la palabra. No preguntéis por mí, esté donde esté, porque no responderé. No me escribáis. Estoy desesperado por tener que comportarme de este modo, pero debo hacerlo por el amor que siento por vos.

De nada sirvieron las protestas de Mademoiselle, que insistía en que nunca se casaría con Philippe; que ella tan solo aspiraba a ser feliz, y que estaba satisfecha con el rango que le daba su propio nacimiento, sin aspirar a nada más. Pero Péguilin se mantuvo firme y acabó por aconsejarle que fuera a Forges a tomar las aguas.

—Al menos si tenéis algo en la cabeza, la imagen de alguien a quien deberíais olvidar rápidamente, lo lograréis con más facilidad si dejáis de verle y hablarle, y si él es lo bastante sensato para hacer cuanto esté en su mano por ser olvidado.

La llorosa Mademoiselle siguió su consejo y viajó a Forges. El único consuelo que recibió fue el de enterarse de que Péguilin había protestado con suma indignación ante la sugerencia de que se casara con Luisa de La Vallière:

—El rey nunca ha deshonrado a nadie, y no comenzará por deshonrarme a mí —había dicho el marqués.

Lo cual, si recordamos al pobre Monsieur de Montespan, no era totalmente cierto, pero indica claramente qué opinaba Péguilin acerca de la propuesta.


Cuando Mademoiselle regresó, Philippe la recibió con cortesía, pero sin ninguna efusión. Al parecer Monsieur había sido persuadido para casarse con ella a condición de que, si el matrimonio no tenía hijos, como así parecía dada la edad de Mademoiselle, la herencia iría a parar a la hija mayor de Philippe y Minette, la cual se esperaba entonces que un día se casaría con el Delfín y, por tanto, llegaría a ser reina de Francia. Lógicamente Mademoiselle se sintió ofendida por esta cláusula, y protestó que un hombre solo hacía propuestas semejantes a una persona inferior a él, mientras que ella era, por rango, su igual.

Y entonces ocurrió algo que dejó patente que el rey sabía mucho más de lo que aparentaba acerca de lo que estaba sucediendo. Luis le dijo de pronto:

—A propósito, ¿es cierto que cuando murió Madame vos ibais a decirme al día siguiente el nombre de la persona con la que deseabais casaros, y a pedirme permiso para hacerlo?

—Si alguien ha contado eso a Vuestra Majestad, es cierto. Y si no lo hicieron, no lo es.

La reina preguntó:

—¿Qué queréis decir?

Pero el rey se echó a reír y dijo:

—No, en realidad no sé nada. ¿Es Monsieur de Longueville?

—No.

—¿Quién puede ser? —preguntó la reina— Porque vos solo consentiríais en casaros con un príncipe.

El rey guardó silencio, lo que nuevamente indicaba que sabía más de la cuenta, y fácil es imaginar cómo y por quién.

—Tengo suficiente dinero y posición para convertir a mi esposo, si yo quisiera, en un príncipe más alto que el hijo menor de la Casa de Lorena —replicó ella—, y encontraría un esposo con más méritos, y uno que sirviera mejor al rey. Y como el rey ha consentido el matrimonio de mi hermana, me atrevo a esperar que deseará también complacerme a mí y no me obligará a casarme con Monsieur.

—Desde luego que no os obligaré —concedió él—. Os dejaré en libertad de obrar como gustéis en este asunto. Vos sabéis que nunca he obligado a nadie a contraer matrimonio.


Los favoritos de Monsieur, mientras tanto, recibían el proyecto matrimonial con sentimientos encontrados: por un lado, temían la influencia de la nueva esposa y su carácter demasiado resuelto; pero, por otra parte, su enorme fortuna era una tentación irresistible. Uno de ellos, el caballero de Beuvron, fue enviado por la camarilla ante Mademoiselle para comunicarle que aprobaban el enlace, puesto que su dinero serviría para mantener bien a Monsieur, el cual recibiría, además, muchos regalos del rey, cosas valiosas que podrían acabar en manos de aquella pandilla de indeseables.

En definitiva, el caballero se expresó con tan poco tacto que esto fue lo que Mademoiselle sacó en claro, y su indignación alcanzó elevadas cimas. Nada dispuesta a tolerarlo, fue a quejarse al rey.

—Os ha hablado como el tonto que es —dijo Luis—. Es una lástima que mi hermano se divierta en compañía de semejantes personas.

El rey se encontraba tan abochornado por lo sucedido que Mademoiselle estimó que era el momento oportuno para rogarle que no volviera a hablarse de su matrimonio con Monsieur, pues estaba segura de que no serían felices juntos. Recibió con gran alivio la reacción de Luis, que no se mostró molesto, sino que se limitó a preguntarle si era el matrimonio en general lo que rechazaba o simplemente un matrimonio con su hermano.

Monsieur se irritó bastante al saber que ella lo rechazaba. No le volvía loco la idea de casarse con ella, pero no resultaba grato constatar que la novia lo encontraba tan desagradable que se negaba al enlace. ¡Él no le gustaba! Philippe agarró una pequeña pataleta y dijo que “sabía bien quién había obstaculizado ese asunto; que había tres hombres en la corte que eran amigos de Mademoiselle, pero no suyos”. Aunque también prometió al rey mantener las buenas relaciones con su prima a pesar de todo.


lunes, 10 de junio de 2013

La muerte de la duquesa de Orleáns

Minette

Cuando el viaje terminó, Péguilin confió su secreto a su íntima amiga, Madame de Montespan, la cual le prometió ayudarle intercediendo por él ante el rey.

Después de una visita a Versalles, la corte se había instalado en Saint-Germain, y Minette regresó también de Inglaterra en junio de 1670, radiante por el éxito de las negociaciones que había llevado a cabo junto a su hermano el rey. Se instaló con su esposo en su palacio de Saint-Cloud, pues Monsieur aún estaba enojado y no deseaba que ella se reuniera con la corte. Poco después llegaban noticias de que estaba muy enferma. Minette afirmó que la habían envenenado, y mientras tanto la reina María Teresa no era capaz de decidir si debía ir a ver a su cuñada o no. Hasta que llegó el rey no se organizaron los preparativos para desplazarse a Saint-Cloud. Luis, la reina, Olimpia y Mademoiselle de Montpensier partieron juntos en un carruaje.

Cuando llegaron, encontraron a la duquesa de Orleáns presa de terribles dolores. Según Mademoiselle, de no ser por sus continuos gritos se la habría tomado ya por un cadáver, tal era su aspecto.

Poco después fallecía. Eran malas noticias para el asunto del matrimonio de Mademoiselle, ahora que Péguilin se había aproximado más y le hacía patentes sus sentimientos sin tanto rebozo. El marqués incluso se mostraba celoso de Longueville, cuya propuesta matrimonial se suponía que aún consideraba ella. Mademoiselle le había anunciado que estaba dispuesta a hablar con el rey y dejarlo todo solucionado el 1 de julio. El 30 de junio moría Minette.

Minette
Fue un golpe tremendo para toda la corte. El rey estaba especialmente afectado. Muchos años después, siendo un anciano, diría que la muerte de Madame fue una de las mayores tragedias que había sufrido en su vida.

Para Mademoiselle de Montpensier también era una tragedia, porque ahora Monsieur quedaba viudo. Necesitaba una nueva esposa, y ella, por su rango, era la primera hacia la que se volvían los ojos del rey. Luis le ofreció ocupar ese puesto, y Mademoiselle no podía rechazar abiertamente la candidatura de Monsieur sin ofender al rey. Era preciso actuar con cautela y aguardar el momento, así que solo pudo responder, con evidente renuencia:

—Vos sois el amo. Yo no tengo otra voluntad que la vuestra.

Péguilin también se mostraba muy afectado. El desdichado suceso parecía que iba a dar al traste con sus proyectos. Por eso cuando Mademoiselle le preguntó si estaba disgustado por la muerte de Minette, respondió:

—Yo pierdo más que nadie. Estoy desesperado.

El 1 de julio comenzaban los tres meses de servicio de Péguilin como capitán de la guardia, lo que implicaba permanecer todo el tiempo cerca del rey. Un día, al salir de misa, le preguntó a Mademoiselle:

—¿Y bien? ¿Vais a casaros con Monsieur?

—No tengo la menor intención de hacer tal cosa.

—Debéis hacerlo. El rey lo desea. Al menos, siempre seré amigo de Mesdames, pues la anterior duquesa de Orleáns me quería, y os ruego a vos que me queráis también.

—¡Ah, ese matrimonio nunca se celebrará! —exclamó ella angustiada.

—Sí, y yo me alegraré, pues prefiero vuestra grandeza a cualquier alegría o fortuna para mí mismo. Solo me queda agradeceros que hayáis tenido otros deseos.

Mademoiselle de Montpensier

Al día siguiente, mientras el rey estaba en el Consejo, Péguilin le habló a Mademoiselle de la necesidad de que se casara con Monsieur. Le recordó una vez más que era el deseo de Luis, y que debía obedecer ciegamente. Monsieur era un magnífico partido, el tercer hombre de Francia después del rey y del Delfín. Toda la corte la visitaría a diario; habría bailes, comedias y toda clase de placeres.

—No soy una niña de quince años —protestó ella—. No deseo esa clase de diversiones. Sé cuál es la única cosa capaz de procurarme la felicidad, y no cambiaré mis planes.

—Debéis olvidar el pasado. Por lo que a mí respecta, ya no recuerdo lo que me dijisteis. Últimamente lo he olvidado todo y solo pienso en el placer que me dará veros convertida en Madame. Cuando paséis por este camino escoltada por la guardia hacia el nuevo château, yo estaré a la ventana, y me encantará veros pasar. No puedo quitarme esa idea de la cabeza. Me agrada pensar en vuestra grandeza.

Hablaba en tono animado, tratando de convencerla de la sinceridad de su renuncia. Y tal vez, en el fondo, se sentía aliviado de librarse de la Bastilla esta vez. Su anterior estancia le había hecho aprender que en adelante sería mejor acomodar su voluntad a la de su señor.

Pero ella nunca había aprendido tan amarga lección, y no podía admitir que todo hubiera terminado antes de comenzar. Mademoiselle se retiró a sus aposentos y se entregó al más desesperado de los llantos.


jueves, 6 de junio de 2013

El viaje de Mademoiselle de Montpensier (III)


Unos días más tarde, Mademoiselle de Montpensier informó a Péguilin que tenía casi decidido quién sería la persona a quien él llamaba “el hombre afortunado”, y que a partir de ese momento todo dependía enteramente de él. Le contó que tenía intención de hablar con el rey para terminar de una vez por todas con ese asunto y casarse en Flandes, porque la boda causaría allí menos revuelo que en París.

Péguilin se espantó.

—¡Ah, no hagáis eso! No lo permitiré. Como jefe de vuestro consejo, me opongo.

Pero también le dijo que habían hecho su horóscopo, y que le habían dicho que alcanzaría la mayor fortuna a la que un hombre podía aspirar mediante el matrimonio. Suficiente para saber que seguía contando con él, pero que habría que esperar, algo que a Mademoiselle no se le daba muy bien.

Mientras tanto, él seguía dándole una de cal y otra de arena. Tan pronto se retiraba como le daba muestras de un sentimiento especial. Cada día, cuando dejaba la compañía del rey, Péguilin alzaba la vista hacia su ventana esperando encontrarla, y allí estaba ella siempre, aguardando una mirada en la distancia.

Pero un rumor vino a empañar su dicha durante aquel viaje: se decía que la reina de Inglaterra, Catalina de Braganza, pensaba retirarse a un convento y dejar a su esposo en libertad para contraer nuevo matrimonio, ya que al cabo de ocho años aún no había logrado darle un heredero legítimo. Esta noticia no habría sacudido de tal modo a Mademoiselle de no ser porque también se decía que la elegida para suceder a la reina era ella.

Cuando salió a relucir el tema dentro del carruaje que la transportaba junto al rey, perdió los nervios y rompió a llorar con desesperación. El rey no comprendía por qué se lo tomaba tan a la tremenda, puesto que no había ninguna constancia oficial de que algo así fuera a ocurrir.

Madame de Montespan
—¡Pero bueno! —exclamó desconcertado— ¡Llorar por un rumor!

Mientras tanto Madame de Montespan intentaba hacerle ver las maravillas de semejante enlace con Carlos II y la trataba como a una criatura.

—¡Los dos os conocéis tan bien! ¡Y él estuvo tan enamorado de vos! Será todo encantador; vos escribiréis cartas al rey, recibiréis mil regalos, tendréis todo aquello que sea novedoso y bonito.

Esto, naturalmente, de poco consuelo servía a Mademoiselle, poco dispuesta a cambiar a Péguilin por todas las chucherías y coronas de este mundo. Pero se mantuvo lo bastante dueña de sí para seguir las directrices del marqués y disimular el verdadero motivo de su disgusto, achacándolo a su desesperación ante la idea de tener que separarse de su real primo.

La situación se ponía cuesta arriba para Péguilin, que no podía contrariar los proyectos matrimoniales que pudiera tener el rey, y que formaban parte de su política de alianzas. Le dijo a Mademoiselle que aprobaba verla como una gran reina, en un país donde podría ser de gran utilidad al rey. Pero ella, en sus memorias, comenta que sabía bien que no lo decía de corazón, sino obligado por la fuerza de las circunstancias.

Durante esa conversación, ambos permanecían ante una ventana. Se divertían emitiendo opiniones y comentarios acerca de los cortesanos que pasaban, ninguno de los cuales parecía gozar de la estima de Mademoiselle.

—Según veo, no elegiríais a ninguno de ellos —dijo él.

—Desde luego que no. Ojala pasara el adecuado, para poder mostrároslo. A ver, ¿quién no ha pasado aún?

—Charost. Está con el rey.

En ese momento entró el conde de Ayen, y Mademoiselle dijo:

—He aquí otro que no serviría. Debemos buscar, pues aún falta alguien.

Él sonrió y ambos dejaron ahí el juego y cambiaron de tema.


martes, 4 de junio de 2013

El viaje de Mademoiselle de Montpensier (II)


A la mañana siguiente Mademoiselle de Montpensier despertó junto al resto de las damas de la corte, con el cabello en total desorden y preocupada por no tener colorete con el que reparar los estragos de una noche como aquella. Se consolaba pensando que, al fin y al cabo, parecía menos perjudicada que sus compañeras, aunque nunca hubiera querido que Péguilin la viera así.

Antes de ese viaje, Mademoiselle nunca había visto a los dragones del marqués, pero cuando la corte se detuvo unos días en Landrecies tuvo muchas oportunidades de hacerlo, y todas las aprovechaba a pesar del viento y la lluvia. El rey le explicaba las maniobras y alababa su disciplina. Mademoiselle se esponjaba cuando le oía decir que eran enteramente leales a Péguilin y que nunca habían hecho nada que no fuera por orden suya. 

Él ofrecía a sus ojos enamorados otras cualidades aparte de las de ser un buen militar. Era bueno con sus subordinados, que lo adoraban, y eso no pasaba desapercibido para ella. Al mismo tiempo, la amistad profunda que tuvo ocasión de observar entre el rey y él durante el transcurso del viaje, le infundía optimismo.

En una ocasión en que arreciaba la lluvia, el marqués cabalgaba junto al carruaje del rey, sombrero en mano respetuosamente. Mademoiselle, en el interior del coche, no pudo reprimir su preocupación por él.

—Sire, ordenadle que se ponga el sombrero. ¡Se pondrá enfermo! —exclamó.

Péguilin también se mostraba muy atento, para deleite de ella. Tuvieron más ocasiones de hablar, y Mademoiselle recibía arrobada nuevas muestras de la preocupación del marqués por su seguridad y confort. Sin embargo, cuando estaban en presencia de una tercera persona, él, temiendo que cualquier indiscreción podría perderle, se volvía brusco para disimular. De los dos, él era el que arriesgaba todo. Si fracasaban, Mademoiselle seguiría siendo la duquesa de Montpensier, prima hermana del rey y la más rica heredera de Europa. Pero él perdería el favor real, que era cuanto tenía; lo perdería todo. 

Un día en que estaba presente el conde de Ayen, Péguilin apareció con sus mejores galas. Las precauciones que tomaba llegaban hasta el punto de que, para que no pensaran que se vestía para agradarle a ella, se disculpó por su elegancia; dijo que sabía que no estaba en edad de preocuparse por su aspecto como un jovencito lechuguino, pero que había tenido que ponerse esas ropas porque el uniforme estaba empapado. Y, sobre todo, que se encontraba por casualidad en los aposentos de Mademoiselle y que ya se iba.

—Seguramente no lamentaréis encontraros aquí —dijo ella—, ya que podéis serme de utilidad.

—No, pero no os seré útil mucho tiempo, porque ya me voy.

Ayen se escandalizó por la rudeza de la respuesta.

—¡Estáis loco! ¿Cómo osáis hablarle así a Mademoiselle?

Pero en cuanto Ayen se hubo ido, el tono de su conversación cambió radicalmente; se hizo tierno y confidencial y Mademoiselle, en sus memorias, dice que no puede repetir las cosas que él le dijo. Era la primera vez que escuchaba palabras de amor. Su pudor impidió que nos legara las más jugosas, pero sí nos relata que Péguilin le dijo que se sentía tentado de retirarse a una ermita.

—Tengo tantas y tan hermosas esperanzas —le explicó— que si no se cumplen moriré de tristeza. Tal vez sería mejor anticiparme a mi decepción retirándome del mundo.

Por otra parte, la tranquilizó acerca de La Vallière, de quien Mademoiselle estaba muy celosa —recordemos que Madame de Montespan pretendía que el hijo que Luisa había dado a luz no era del rey, sino de Péguilin, y que había maniobras para casarlos a ambos y así desembarazar a Luis de su antigua amante—. El marqués le dijo que si alguna vez pensara en el matrimonio, la moralidad de su esposa habría de ser intachable.

—¿Y me aprobaríais a mí? —aprovechó para preguntar Mademoiselle con todo el candor— No he hecho nada que pueda disgustaros.

—No bromeéis. Estoy hablando en serio.

—Entonces hablemos de mí. ¿Cuándo vais a permitirme tomar mi decisión, y verme así abandonar esta situación que, según vos, tanto lamentáis?

Mademoiselle no podía ser más directa. Ni él más evasivo.

—Habéis olvidado que mi embajador me está esperando —fue su respuesta.

Pero no se iba. Se mostraba reacio a separarse de ella. Péguilin escuchó con una sonrisa cómo le decía que sus tropas la habían despertado a las dos de la mañana, y que al principio se había enfadado, pero que cuando oyó su voz y supo que él estaba allí fuera bajo la lluvia, su enojo se transformó en compasión.

Cuando apareció Rochefort, Mademoiselle, con su característico poco tacto y esa deliciosa forma tan franca de hablar, le preguntó por los pasados amoríos de Péguilin. El informe que recibió fue sumamente satisfactorio. Excepto Madame de la Sablière, el marqués no mantenía ninguna amistad especial con ninguna dama, sino que llevaba una vida retirada, completamente entregado a su puesto en la Corte.

Eso tranquilizó mucho a Mademoiselle de Montpensier, que se propuso terminar de resolver de una vez el asunto de su matrimonio.


sábado, 1 de junio de 2013

El viaje de Mademoiselle de Montpensier


Poco antes de Pascua Mademoiselle de Montpensier se encontró con Péguilin en misa. Para entonces el asunto de su matrimonio no había progresado, y ella aún se preguntaba algunas veces si el marqués se habría dado cuenta de que estaba enamorada de él.

Después Mademoiselle pasó tres días en París, terriblemente aburrida y temiendo que la gente adivinara la razón de su estado de ánimo. A su regreso, Péguilin sacó el tema a relucir.

—Antes no os aburríais allí. ¿Cómo es eso? Veamos si encontramos el motivo. Antes no teníais preocupaciones en la cabeza, y ahora hay algo que solo me contáis a mí, por lo que os aburrís cuando no me veis. Sería halagador para mí si no supiera que el tema en realidad poco tiene que ver conmigo.

El tema era el matrimonio de Mademoiselle de Montpensier con el duque de Longueville, de 21 años, sobrino del Gran Condé. Era una boda que la madre del novio, Anne Geneviève de Bourbon-Condé, estaba ansiosa por ver realizada. Mademoiselle fingía encontrar de su agrado el proyecto mientras hacía en secreto sus propios planes con Péguilin.

Anne Geneviève de Bourbon-Condé

El 28 de abril de 1670 la corte abandonó París para seguir al rey, que preparaba una campaña militar en Flandes. Péguilin iba al mando. Durante el trayecto tuvieron ocasión de hablar alguna que otra vez, algo que ella aprovechó para preguntarle si la cuestión de su matrimonio no iba a decidirse hasta el final del viaje, y si pensaba mantenerla así todo ese tiempo.

—Ahora solo debemos pensar en la expedición —fue su respuesta.

El 1 de mayo, cuando casi habían alcanzado San Quintín, Péguilin apareció al frente de un grupo de oficiales y cabalgaron escoltando a los carruajes reales. El marqués era un jinete extraordinario, amaba los caballos y lucía de modo espléndido el uniforme militar. Mademoiselle, sentada al lado de la reina, no podía dejar de volver la cabeza para contemplarlo, a punto de reventar de amor.

Al día siguiente se encontró con Péguilin en la antecámara cuando se disponía a escuchar misa. Rochefort —que, según Mademoiselle, estaba celoso— también se encontraba presente, y se dirigió a él pidiéndole que le transmitiera al marqués que deseaba hablarle, porque ella no osaba reclamar personalmente a un general. Péguilin se acercó riendo y ambos hablaron. Mademoiselle anota cada pequeño encuentro, aunque solo fuera verlo unos instantes a través de una ventana, y las penalidades y privaciones que encontraban en el camino le resultaban ligeras con tal de encontrar estas pequeñas compensaciones que para ella eran enormes.

Minette

Minette, en cambio, se veía sometida a un continuo calvario, delicada de salud como estaba desde hacía un tiempo. Una noche tuvieron que dormir dentro de los carruajes. Mademoiselle se aflojó las ropas, se puso un gorro de dormir y una bata y se dispuso a pasar la noche lo mejor posible, pero había tanto ruido que no se podía conciliar el sueño. Al escuchar la voz de Monsieur, le preguntó dónde estaba y se dirigió hacia allá. Minette se encontraba en un estado lamentable, completamente agotada. Durante todo el viaje había estado muy desanimada, y su marido no le daba un instante de paz: no solo se mostraba celoso de todo hombre que se le acercaba, sino también de los superiores conocimientos de su mujer en asuntos de Estado. Por esas fechas estaba especialmente furioso porque se daba cuenta de que el viaje que ella preparaba a Inglaterra tenía un objetivo político y no meramente familiar, pero el secreto no era compartido con él. Philippe no se daba cuenta de que era imposible revelarle un secreto a él sin que comenzara a divulgarlo antes de una hora.

Otra noche tuvieron que dormir todos juntos en una casa que contaba con una sola cama. Esta quedó reservada para la reina y rápidamente se extendieron sacos, mantas y pieles por los suelos para que las damas pudieran tumbarse. Todos se conformaban y trataban de adaptarse a las incomodidades, excepto María Teresa, que no dejaba de protestar. Se lamentaba de que enfermaría si no conseguía dormir, y se preguntaba qué placer podía encontrar la gente en viajes así. Luis —con admirable paciencia, según Mademoiselle— hacía lo que podía por consolarla, pero nunca daba resultado. A pesar de ser la única persona que pudo dormir en una cama esa noche, seguía siendo también la única que se quejaba.

La cena tuvo que consistir en una pobre sopa, sin nada de carne. Nuevamente todos se conformaron excepto la reina, que dijo que no podía comer semejante plato. El rey, Mademoiselle, Madame y Monsieur tenían hambre y tomaron la sopa hasta la última gota como si hubiera sido un guiso exquisito. Cuando la terminaron, la María Teresa, después de haberla rechazado, comenzó a lloriquear como una niña malcriada diciendo que le hubiera gustado tomar un poco si hubieran dejado algo para ella. Su actitud era tan inmadura que Mademoiselle cuenta que a todos les costó un gran esfuerzo no reventar en carcajadas en su presencia.

María Teresa de Austria

Después de cenar el rey se desvistió para pasar la noche. Todos lo imitaron y, mientras Péguilin y los oficiales dormían en la otra habitación de la casa, pronto Philippe, Minette, Mademoiselle de Montpensier, la marquesa de Béthume, la duquesa de Créqui, madame de Montespan y mademoiselle de La Vallière se fueron acomodando sobre el suelo, acompañadas del bucólico sonido que hacían las vacas mugiendo en el establo vecino.

Fue una noche ciertamente incómoda, pero que resultó muy divertida para Mademoiselle, a la que nunca asustaron las incomodidades. Ella era lo bastante romántica para saber extraer el sabor de estas aventuras. No había forma de dormir, porque Péguilin era requerido constantemente para dar las órdenes pertinentes, y para salir tenía que atravesar la habitación en la que se encontraban las damas. En una ocasión, al tratar de pasar por encima de ellas para dirigirse a la puerta, pisó la cofia de La Vallière haciendo que todo el mundo comenzara a reír a carcajadas. Excepto María Teresa, cuyo sentido del humor no era su principal característica. Ella no comprendía cómo nadie podía reírse en el miserable estado al que se veían reducidos. Finalmente algo consiguió el milagro de hacerla reír: Madame de Thianges hizo un comentario que resultó muy cómico acerca del sonido de las vacas mugiendo en el pesebre, que le recordaba la Navidad y despertaba su devoción.