martes, 28 de mayo de 2013

Las cartas de Madame de Montespan


Mientras Madame de Montespan aseguraba a Péguilin su amistad y su colaboración para obtener algún cargo importante, en realidad hacía todo lo contrario. En esta carta, fechada el 30 de diciembre de 1669, le ofrece toda clase de seguridades:

Hace tanto tiempo que no tengo noticias de vos que me veo obligada a preguntaros cuál es vuestra disposición. En cuanto a vuestro asunto, puedo instruiros acerca del mismo. Monsieur Colbert promete maravillas con los papeles que le han entregado, y creo que le oí decir que es una cuestión de justicia para cualquiera. En cuanto al otro asunto, no puedo deciros nada seguro, pero tengo un rayo de esperanza.

Espero que cierta persona no venga a Versalles, pues ya lo he visto frustrarlo todo en ocasiones similares, y lo único de lo que podéis estar seguro es de que no se ha omitido nada que pueda beneficiaros, y que estoy haciendo más por serviros de lo que haría por mí misma.

La ortografía de Athénaïs es tan endemoniada que a veces no es fácil de descifrar: “Illia sy lontant que je n’ay antandu parler de vous que je ne puis manpescher…”. Y, como una curiosidad más, no solía firmar sus cartas.

No podemos estar seguros de quién era la persona cuya presencia no sería deseable, pero entendemos que tenía que tratarse de Louvois, el eterno enemigo de Péguilin.


A esa carta siguen otras de Athénaïs, siempre mostrándose como su cómplice y su mejor confidente:

“Monsieur Colbert está en Versalles y me disponía a ir a su encuentro en terminando de comer; pero… el rey dijo que daría un paseo con la reina, y que yo debería ir en su carroza… De modo que habrá que esperar a mañana por la tarde, cuando vuelva Monsieur Colbert, para poder hablarle”. Y a continuación se ofrece a entregarle al ministro unas cartas de su parte y de la de Mademoiselle de Montpensier. “Comprendo bien todo lo que me encargáis, y debéis creer que pienso y deseo lo mismo que vos”.

En una siguiente carta confirma que sigue trabajando en su favor: 

He mostrado vuestra carta y desde ayer he hablado de parte de Mademoiselle para obtener una orden del rey. Él me ha dicho que no comprendía qué clase de orden se pretendía que diese, porque hacía falta una razón. Le he escrito a Mademoiselle lo mismo. Os lo advierto para que podáis instruirla conforme a vuestro deseo.

Monsieur Colbert no llegará hasta esta tarde. No dejaré de mostrarle vuestra carta, y si persisten todos estos obstáculos iré yo misma a París un día…

Péguilin estaba convencido de que Madame de Montespan, que le debía tantos y tan grandes favores, era su mejor aliada. Lo que demuestra que ni siquiera su más íntimo círculo de amistades la conocía. Su hipocresía había llegado a alcanzar sublimes grados de perfección. Ella la había elevado a la categoría de arte.


domingo, 26 de mayo de 2013

El matrimonio de Mademoiselle de Montpensier (III)


Las largas y frecuentes conversaciones que Mademoiselle de Montpensier mantenía últimamente con Péguilin no pasaban desapercibidas para muchos personajes de la corte. Según nos cuenta Bussy-Rabutin, un día Rochefort y Guitry estaban cotilleando acerca de las más recientes novedades, una de las cuales era el posible matrimonio de Mademoiselle con el duque de Longueville. En mitad de la conversación llegó Péguilin, y le preguntaron riendo por qué no entraba en la lista de pretendientes a la mano de la princesa. El marqués pareció sobresaltarse y afectó perfecto desconcierto y horror.

—¿Quién, yo? ¿Qué decís? Pienso en Mademoiselle. Ah, la conozco demasiado bien para descartar que podría contemplar siquiera la idea de hacer algo que incluso me aterra escuchar, y que a mí me convertiría en un criminal. Ni siquiera me atrevo a imaginarlo.

Sus interlocutores insistieron en el tema, recordándole cuánto prefería Mademoiselle su compañía y cómo él era tan amigo del rey que podría aspirar a cualquier cosa. Péguilin lo rebatía todo con calor, exponiendo todas las razones por las cuales no podría celebrarse un matrimonio tan desigual. Pero de regreso a casa, continuó pensando en el asunto, y, “dotado de infinita inteligencia, astucia y ambición, la idea de la dificultad de la empresa más bien lo incitaba que lo alarmaba, pues sabía que las hazañas más difíciles son las más gloriosas”.

Madame de Montespan, personificando a la gloria, sostiene un retrato de Luis XIV

Péguilin contaba con una baza para que el rey deseara contentarlo: era el confidente de sus amores con Madame de Montespan, que trataba de esconder tras una relación con La Vallière que ya no existía en realidad. El marqués sabía demasiado. El 31 de marzo de 1670 le fue confiada una delicadísima misión: Athénaïs daba a luz clandestinamente en Saint-Germain al duque de Maine, y Péguilin fue el encargado de recogerlo con toda discreción para llevarlo hasta Madame de Maintenon, quien se ocuparía de su crianza. El secreto obedecía a que la marquesa de Montespan era casada, y según las leyes de la época el marido tenía derecho a reclamar al niño como suyo. Athénaïs temía que se propusiera hacerlo como venganza. 

Péguilin envolvió al niño en su capa y, temiendo que se pusiera a llorar y el llanto lo delatara, corrió con él hacia la puerta que se abría al pequeño parque de Saint-Germain, donde aguardaba un carruaje.

Era una clase de servicios que le valían la gratitud del rey, y que deberían haberle valido doblemente la de su amiga Athénaïs, puesto que además el marqués estaba ayudando enormemente en las negociaciones matrimoniales de su sobrina. De hecho existe una carta de Madame de Montespan que prueba hasta qué punto estaban ambos en buenos términos por entonces. La carta tiene escrito al dorso “pour Monsieur de Losun” (Lauzun); los dos sellos se conservan prácticamente intactos y está atada con una cinta de seda rosa. No hay firma, y la ortografía es desconcertante, lo que sucede habitualmente con sus cartas. El próximo día examinaremos su contenido.


jueves, 23 de mayo de 2013

El matrimonio de Mademoiselle de Montpensier (II)


“Esta conversación duró unas dos horas, y si la reina no hubiera salido de su oratorio, creo que habría durado mucho más. Me sentía feliz, y creo que él también. Hablábamos cada vez que nos encontrábamos, lo que era casi a diario; pero él casi nunca venía a verme. Era yo quien iba a su encuentro”. 

Días después de aquella conversación, Mademoiselle de Montpensier quiso saber si Péguilin ya había reflexionado, pero se topó con la decepción de una respuesta desalentadora: él veía demasiadas dificultades; no se atrevía a dar el paso. Temía que si cometía la osadía de proponer matrimonio a una princesa de la sangre, la reacción del rey no sería precisamente agradable. 

“Nuestra conversación pareció aquella vez poner punto final al asunto: a partir de ese día solo me hablaba de inconvenientes y dificultades”. Pero nada de eso la arredraba. Mademoiselle estaba decidida a lograr sus fines a pesar de la aparente renuencia de él, porque además “me daba cuenta de que no pensaba lo que decía, y que solo trataba de saber qué respondía yo”. 

Finalmente un día, ella le dijo: 

—He meditado acerca de lo que me dijisteis, pero encuentro soluciones para todo. 

—Si no siempre entiendo lo que queréis decir y contradigo vuestras opiniones, no os enojéis. Es que os estoy hablando con sinceridad, y no deseo que os engañéis con respecto a un asunto que afecta a vuestra propia seguridad. Os diré muchas cosas que no serán agradables y que tal vez os disgustarán, y lo haré porque quiero haceros comprender. Sea cual sea el rango de una mujer, no hay nada más ridículo para la gente que ver a una soltera de 40 años arreglada como una jovencita y entregada a entretenimientos mundanos, como si fuera una cabecita hueca de solo quince. Cuando una mujer alcanza esa edad, se supone que debe hacerse monja o entregarse a sus devociones, vestir modestamente y no ir a ningún sitio. Por vuestro rango elevado podríais, por cumplir con vuestros deberes cortesanos, ir una vez a la ópera; pero no todo el tiempo. Deberíais haceros de rogar antes de consentir en ir, y no deberíais parecer feliz, como si os estuvierais divirtiendo, sino permanecer completamente indiferente. Deberíais escuchar sermones, reuniros con los pobres y visitar hospitales. La alternativa es casarse, porque, una vez casada, la mujer puede ir a todas partes y a cualquier edad, puede vestirse como quiera con el pretexto de complacer a su marido y va a fiestas porque desea comportarse como cualquier otra persona. Ahora bien, este esposo me parece difícil de encontrar, y tal vez aunque vos hubieseis encontrado uno que os agrade, podría tener defectos que os harían desdichada. Así que no sé qué aconsejaros. 


“Nos quedamos en ese punto, porque siempre nos interrumpía alguien o llegaba la reina. Él nunca me visitaba en mis aposentos, y yo no me atrevía a pedirle que acudiera, segura de que él sabría lo que convenía hacer”. 

Mademoiselle tenía tres pretendientes en aquel tiempo: Carlos de Lorena, el duque de Longueville y, naturalmente, su propio candidato: Péguilin. “Sabía que él tenía razón al decir que debía elegir a uno de los tres, y me parecía que, conociendo mis intenciones, en realidad él no podía decirme “elegidme a mí”. 

La impaciencia la devoraba. “Me hubiera gustado que me hablara más claramente, ansiosa como estaba por concluir el asunto, pero más tarde descubrí hasta qué punto había sido considerado con mis intereses, y lo agradecida que debía estarle por una moderación que ningún otro hubiera mostrado cuando estaba en juego una gran fortuna que la gente normalmente no se arriesga a perder con prolongadas dudas y vacilaciones”.


domingo, 19 de mayo de 2013

El matrimonio de Mademoiselle de Montpensier (I)

“El corazón me latía con fuerza, y creo que el suyo también, y que adivinaba por mi expresión que lo que tenía que decirle era agradable.” 


Al día siguiente de tomar la decisión de casarse con Péguilin, Mademoiselle de Montpensier supo que el rey planeaba casarla con Carlos de Lorena. Eso le proporcionaba el pretexto para hablar con su amado al respecto, pedirle consejo y tantearlo con respecto a sus sentimientos. 

Mademoiselle lo encontró hablando con la condesa de Guiche. Se dirigió a él con decisión y le dijo directamente: 

—Me alegra haberos encontrado. En realidad había enviado a buscaros porque tengo algo importante que deciros. 

—Vos podéis tenerlo siempre que queráis —protestó la condesa—. Os ruego que me lo dejéis unos momentos ahora que lo tengo yo. 

Mademoiselle se retiró hacia una ventana. Péguilin no dejaba de mirarla mientras se despedía de la condesa, preguntándose a qué obedecería aquel nerviosismo. Luego acudió a reunirse con ella. 

—Monsieur, me habéis testimoniado tanta amistad desde hace algún tiempo que eso me obliga a confiar en vos, y no quisiera hacer nada sin vuestro consejo —comenzó Anne Marie 

—Os agradezco el honor que me hacéis. Quisiera que pudieseis ver dentro de mi corazón, y de ese modo comprobaríais que no estáis equivocada en la buena opinión con la que me honráis. 

—El asunto que me preocupa es que dicen que el rey quiere casarme con el príncipe de Lorena. ¿Habéis oído algo al respecto? 

—No. Sin embargo no creo que debáis preocuparos por eso. Estoy seguro de que el rey deseará para vos aquello que vos misma deseéis, y no os contrariará… 

—Ciertamente a mi edad ya no se casa a la gente en contra de su voluntad —convino Anne—. Hasta ahora se ha hablado de muchos matrimonios para mí; yo lo he escuchado todo, pero a decir verdad me hubiera desesperado que alguna de las negociaciones hubiese culminado con éxito. Yo amo a mi país, y desde que alcancé el uso de razón siempre he sabido que, por muy gran dama que se sea, lo único importante por encima de cualquier ambición es encontrar la felicidad en esta vida, y yo no podría ser feliz lejos de Francia junto a un hombre al que ni siquiera conozco. No podría amarlo. 

—Vuestros sentimientos son bien razonables y dignos de aprobación. Pero vos sois feliz así, tal como estáis. ¿O no? Me pregunto si tal vez desearíais casaros. 


Mademoiselle pasaba sus buenos apuros. Buscando un argumento capaz de salvaguardar su orgullo, alegó algo muy curioso: 

—Sí, estoy feliz, pero me enfurezco cada vez que pienso en todos los que están esperando ansiosamente a que muera sola, para así apoderarse de todos mis bienes. Nada deseo tanto en estos momentos como casarme. 

El comentario, tan poco romántico, motivó otro jocoso por parte del marqués: 

—Ah, a mí también me desesperaría eso. No hay nada que me haría desear más casarme —ironizó. 

Entonces llegó la reina, por lo que fue preciso interrumpir la conversación. Puyguilhem le dijo: 

—Quisiera aprovechar el honor que me hacéis al confiar en mí, y hay muchas cosas que decir sobre un tema tan importante como para no retomar más adelante la conversación en el punto en el que la hemos dejado. 

Anne se retiró muy satisfecha por cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Estaba segura de que Péguilin había comprendido lo que ella sentía por él. Al día siguiente continuarían con su charla, y tal vez entonces… 


El marqués, mientras tanto, no dejaba de dar vueltas en su mente a aquella conversación. Sabía muy bien cómo interpretarla; de lo que no estaba tan seguro era de cómo avanzar por ese camino sin pisar en falso. 

Al día siguiente fue a buscar a Mademoiselle para continuar la charla en el interesante punto en que la reina los había interrumpido. Le tocaba mover pieza en aquella partida. 

—Podría hacerse un libro con todas las cosas que se me han pasado por la cabeza después de tener el honor de hablaros —dijo él—. He estado fantaseando mucho. 

—Yo también. Pero lo que hemos pensado podría convertirse en realidad. 

Péguilin rió y dijo: 

—¡Oh!, no lo creo. 

—Por favor, hablemos seriamente, pues todo esto es de la máxima importancia para mí. 

—De acuerdo. Me sentiré muy honrado siendo vuestro principal consejero. 

—Más que eso: sabed que seguiré vuestros consejos sin desviarme nunca de ellos, y que no le diré nada a nadie —le aseguró ella—. Todo el mundo me resulta sospechoso. Estoy convencida de que sólo vos me aconsejaréis lo mejor, sin otro interés que el mío propio. Hablad. 

—Creo entender que lo que ha hecho nacer en vos el deseo de contraer matrimonio es tal vez desairar a todos aquellos que están esperando el momento de poder heredaros. Eso está bien: hay que vivir tanto como se pueda y no amar a aquellos que desean nuestra muerte. Pero hubiera sido mejor que pensarais en casaros por haber encontrado a alguien que os agrada. Aunque eso resulta inconcebible, puesto que no hay nadie en el mundo que os pueda merecer. Yo me siento feliz de que me hayáis elegido para descargar vuestro corazón de vez en cuando. Me doy cuenta de que hace tiempo que buscáis a alguien digno de merecer el honor de vuestra confianza sin encontrarlo. Me considero el más dichoso de los hombres a causa de esta elección vuestra, y me atrevo deciros que eso constituirá para mí en adelante mi placer y mi única alegría después de la de servir al rey. Me aplicaré a ello con devoción. Y ahora es preciso haceros salir del estado que os inquieta. Veamos: se os estima, se os honra por vuestra virtud, por vuestro mérito. El rey os trata admirablemente bien; os ama. Veo que le agradáis. ¿Qué más deseáis? Si hubierais sido reina, emperatriz, os hallaríais más contrariada, pues no seríais tan libre. Quedaos, pues, aquí, durante toda la vida, con todas las ventajas de las que gozáis. Y si deseáis casaros, entonces buscad a alguien, y si os agrada y ha sido elegido por vos, será un hombre admirable, y vos lo igualaríais a un rey en riqueza y poder. No le faltará nada, pero, ¿dónde está? Todo eso está muy bien, pero temo, como os he dicho, que no sea más que una quimera, una fantasía, por la imposibilidad de encontrar a alguien que os pudiera agradar. 

Mademoiselle se echó a reír y le dijo: 

—Todo eso es posible, y voy a seguir vuestro consejo.


jueves, 16 de mayo de 2013

La decisión de Mademoiselle


La amistad de Mademoiselle de Montpensier con Péguilin se había fraguado en los apartamentos de Minette, con quien el marqués se hallaba en excelentes relaciones, pero durante ese año de 1669 el vínculo entre ambos se fue estrechando. Hubo una gran fiesta en Versalles para celebrar la visita del cuñado de Mademoiselle, el duque de Toscana, y poco después ella misma organizaba otra con ocasión del matrimonio de una de sus damas, Mademoiselle de Créqui, con el conde de Jarnac. Allí se dio cita lo más granado de la corte, y todos asistieron a una representación de Tartufo. La pareja se casó después de medianoche, que era la hora habitual para celebrar las bodas en aquellos años. 

Cuando terminaron las celebraciones, Mademoiselle se retiró a Eu, donde permaneció hasta el mes de diciembre. La despedida de Péguilin fue emotiva. Él se había percatado de los sentimientos de Anne-Marie hacia él, y se las arregló para hacerle saber que se encontraba bien dispuesto: 

“Me rogó que creyera que, aunque hacía poco tiempo que lo conocía, no me tenía menos afecto que cualquiera de mis servidores más antiguos; que creía que yo depositaba cierta confianza en él, y que ello le causaba una honda emoción.” 

El 6 de diciembre regresaba a Saint-Germain. Pasó un invierno muy agradable, porque encontraba frecuentemente a Péguilin en los apartamentos de la reina y disfrutaba mucho conversando con él. Fue por entonces cuando comenzó a pensar en la idea del matrimonio, aunque no osaba compartir con nadie sus pensamientos. Trató de combatir esta inclinación, pero le fue completamente imposible. Cada vez que se encontraba con él, regresaba con más fuerza. 


“Me di cuenta de que amaba a Monsieur de Lauzun [Péguilin], que se había deslizado en mi corazón. Para mí era el hombre más perfecto del mundo, y el más agradable, y pensé que lo único que me faltaba para ser feliz era un esposo como él, que me amara y a quien yo amase; que nadie me había mostrado nunca afecto, y que por una vez en la vida quería saborear la dulzura de ser amada por alguien digno de serlo también.” 

Y es que Mademoiselle estaba convencida de que era correspondida, aunque él no osara decirlo. Prefería mil veces un matrimonio con él, que además le permitiría permanecer en la corte, a ser la reina de un país extranjero. 

Tomó la resolución final en la iglesia de los Recoletos, a la que la reina acudía cada día para asistir a la novena por la canonización de San Pedro de Alcántara. 

Mientras tanto Péguilin, en efecto, se dejaba querer, pero no había cruzado por su mente la idea del matrimonio, algo que hubiera considerado imposible. No sabía cuáles eran en realidad los planes de Mademoiselle…


domingo, 12 de mayo de 2013

El amor de Mademoiselle de Montpensier

Anne-Marie-Louise d'Orléans, Mademoiselle de Montpensier

Eran tiempos de campañas militares en las que se iban sucediendo las victorias para Francia: Charleroi, Tournai, Courtrai… Ninguna plaza se resistía a los ejércitos de Luis XIV. La corte había acompañado al rey hasta Flandes, y Mademoiselle de Montpensier figuraba entre las damas del séquito real. 

Péguilin obtuvo el mando durante el asalto a Tournai, un honor cuya concesión fue muy criticada por sus enemigos, pero el marqués no defraudó la confianza en él depositada. Mademoiselle escuchaba con deleite las noticias que hablaban de la heroicidad de Péguilin. Supo, también, cómo al frente de unos 600 hombres había tenido un papel fundamental en la rendición de Courtrai, y no cabía en sí de gozo. Luis, por su parte, no podía estar más satisfecho con el comportamiento de su amigo. 

El marqués resultó herido durante esa campaña, pero no se detuvo a atender sus heridas. Continuó presentando batalla y luchando “como un demonio”. Aunque en dos ocasiones llegó a ser acorralado, logró escapar con el jubón atravesado por tres lugares diferentes y una de sus botas rajada por un golpe de sable, todo lo cual demostraba lo a punto que había estado de sucumbir. El rey, impresionado, escribía sobre él en las cartas que enviaba a la corte. Mademoiselle se siente a punto de estallar de emoción. “No ha estado en ningún sitio en el que no se hablara de él”, diría. 

Terminada la campaña, la corte regresó a París. Mademoiselle de Montpensier tenía 42 años y estaba enamorada por primera vez en su vida. Nunca había sido tan feliz como en aquel año de 1669. Como princesa real de Francia siempre había considerado el matrimonio como una cuestión de Estado que nada tenía que ver con los sentimientos. Pensaba que su destino y su deber era casarse por razones prácticas, para establecer alguna alianza que favoreciera la política francesa, pero el tiempo había pasado y con él sus opciones de contraer matrimonio con alguna de las Casas reinantes en Europa. Por tanto, se consideraba libre para elegir esposo y hacer una boda por amor. Puesto que ya no era de utilidad al rey en su sistema de alianzas, no veía ningún obstáculo para alcanzar la felicidad junto a un hombre al que pudiera amar. Estaba tan enamorada que realmente pensaba que eso sería posible. 

Olimpia Mancini, condesa de Soissons

La condesa de Soissons había regresado del exilio que le impuso el rey por haberle revelado a María Teresa su relación con La Vallière. Un día Olimpia estaba cantando unas coplillas muy de moda en la corte, conocidas como “contre-verités”, porque eran sátiras consistentes en describir a la gente de modo contrario a como realmente eran. Una de las coplas estaba dedicada a Péguilin: “De la corte la virtud más pura, es de Péguilin sin duda”. 

Al escuchar estas palabras, el rey, que se estaba divirtiendo mucho hasta entonces, perdió su sonrisa y reprendió a Olimpia. 

—Si la intención es molestar a Péguilin, lo considero un error —zanjó Luis la cuestión—. Si todo el mundo se comportara como él, nadie tendría que preocuparse por nada. 

Mademoiselle escuchó estas palabras con profunda satisfacción. Era un alivio comprobar cómo el rey veneraba a su propia divinidad, y eso la convencía de que cualquier proyecto sería posible.


jueves, 9 de mayo de 2013

Madame de Montespan: la cara oculta de la luna


Madame de Montespan había sembrado su camino con semillas de maldad. Hizo daño a mucha gente, y era consciente de ello. Por eso al final de su vida se sentía aterrada al pensar en la muerte, y por eso pagaba a mujeres cuya misión era velar su lecho durante la noche, para que al despertar pudiera verlas hablando, riendo o comiendo. Necesitaba ahuyentar la soledad. No quería darle a su mente la oportunidad de regresar al pasado y recordar el precio que había pagado por el rey. 

Pero en 1667 nadie hubiera sido capaz de percibir el lado siniestro de aquella joven que había ido conquistando a todo el mundo en la corte, la misma que visitaba orfanatos muy cristianamente, la misma que regresaba tan conmovida tras las piadosas visitas, la misma que oía misa con regularidad; misas blancas o negras, que todos los colores le venían bien, aunque no a todos daba la misma publicidad. Como la luna, tenía una cara oculta a la vista humana. 

Algunos se habían dado cuenta de cuál era el puesto que en verdad ambicionaba, pero en aquel tiempo ser la amante del rey estaba considerado un honor tan grande que dicha aspiración se consideraba perfectamente legítima. La sólida moral de Mademoiselle de Montpensier difería completamente de aquella ligereza que exhibían con total impudicia las damas más celebradas de su época, pero ni siquiera ella osaba condenar la parte visible de la conducta de Athénaïs.


La marquesa era por entonces íntima amiga de Péguilin, hasta el punto de que muchos en la corte sospechaban una relación amorosa entre ambos. Si eso fue así alguna vez, lo cierto es que el asunto debía de estar más que acabado, dado que el marqués era precisamente el mejor aliado de Athénaïs a la hora de conseguir despertar el interés de Luis. Péguilin esperaba que la estrategia serviría para alejar a Luis de la princesa de Mónaco, a quien él amaba, y que al mismo tiempo la nueva favorita le guardaría eterna gratitud por haberla ayudado a alcanzar tan alto puesto, algo muy conveniente para mantenerse en la gracia del rey. 

El papel que el marqués había desempeñado en el asunto no pasaba desapercibido para los más perspicaces. En febrero de 1668 Molière estrenaba una obra titulada Anfitrión. En ella aparecía veladamente representada la relación entre el rey y la marquesa de Montespan, y Péguilin fue fácilmente reconocido por muchos de la corte en el servidor que ayudaba a Júpiter a conseguir a su amada mortal. 

Pero posiblemente debido a esos molestos rumores que la vinculaban sentimentalmente al marqués, y que podían poner en peligro el progreso de sus ambiciones, Madame de Montespan consideró oportuno sacrificar a su peón. Una buena forma de desviar las sospechas hacia otro lado bien podría ser propagar el rumor de que Péguilin era el verdadero padre del hijo de La Vallière. De ese modo mataba dos pájaros de un tiro. 

El rey conocía bien a Luisa y, lejos de dar crédito a esa infamia, reconoció al niño como suyo, pero Mademoiselle, ya por entonces enamorada del marqués, se mostraba terriblemente celosa de Luisa. En cuanto a Péguilin, desconocía cuáles eran las murmuraciones de la que aún consideraba su amiga, aunque sí supo que toda la corte pronunciaba su nombre como candidato a esposo de La Vallière en cuanto al rey la descartara como amante.


lunes, 6 de mayo de 2013

Madame de Montespan: una morsa en la corte

Madame de Montespan

En Alicia a través del espejo, Lewis Carroll incluyó el poema de La Morsa y el Carpintero. La morsa engaña a unas pobres ostras invitándolas a dar un paseo, y ellas la acompañan sin saber que se propone comerlas. La morsa derrama lágrimas de cocodrilo mientras las devora.

«¡Qué pena me da -exclamó la Morsa- 
haberles jugado esta faena! 
¡Las hemos traído tan lejos 
y trotaron tanto las pobres!» 
Mas el Carpintero no decía nada, salvo 
«¡Demasiada manteca has untado!» 

«¡Lloro por vosotras! -gemía la Morsa-. 
¡Cuánta pena me dais!», seguía lamentando, 
y entre lágrimas y sollozos escogía 
las de tamaño más apetecible; 
restañaba con generoso pañuelo 
esa riada de sentidos lagrimones. 

«¡Oh, ostras! -dijo al fin el Carpintero-. 
¡Qué buen paseo os hemos dado!, 
¿os parece ahora que volvamos a casita?» 
Pero nadie le respondía... 
y esto sí que no tenía nada de extraño, 
pues se las habían zampado todas. 

Luisa de La Vallière como Santa Elena
La futura Madame de Montespan se encontraba en la corte en 1660 como dama de honor de la nueva reina. Era muy hermosa, con su espesa mata de cabellos rubios, ojos azules bordeados de pestañas oscuras, una boca muy bonita, tez radiante y una risa encantadora. 

A sus perfecciones físicas había que añadir un talento para el canto y un gran sentido del humor, todo lo cual la hacían irresistible cada vez que ella decidía ejercer su poder de atracción. Pero no cometía el error de descuidar la amistad con su propio sexo. La propia Mademoiselle de Montpensier se mostraba fascinada por la arrolladora personalidad de Athénaïs, y sus memorias están plagadas de alusiones que demuestran lo mucho que disfrutaba de su compañía. 

Pero la marquesa de Montespan era, al mismo tiempo, uno de los personajes más hipócritas de la corte. No olvidaba la importancia de cultivar la amistad de Luisa de La Vallière hasta convertirse en confidente de sus amores con el rey. Athénaïs la consolaba tiernamente y la aconsejaba cuando Luisa le contaba que la pasión de Luis comenzaba a enfriarse. Y, desde luego, se comprometía a ayudarla poniendo su ingenio a su servicio, un empeño tan grande que la hacía pasar casi todo el tiempo en sus apartamentos para asegurarse de estar presente cuando La Vallière se entrevistara con el rey. Según ella, era para poder deslizar frases oportunas que favorecieran a Luisa, pero en realidad solo se trataba de señalarse a la atención de Luis y hacerle reparar en lo inteligente, aguda, simpática y bonita que era. Calculaba, seguramente, que el contraste con la tímida, humilde, dulce y apagada La Vallière era la plataforma perfecta para hacerla brillar más a ella. Luisa llegó a percatarse del juego, pero ya era tarde. 

Mientras tanto censuraba a Luisa despiadadamente a sus espaldas por su relación con Luis y se fingía muy preocupada por la pobre María Teresa, llegando a exclamar eso de "¡Dios me guarde de ser la amante del rey!". 

María Teresa también cargaba su cruz
Cuando la reina recibió una carta anónima denunciando lo que había entre Athénaïs y su esposo, la acusada habló con Mademoiselle, en tono de gran aflicción, acerca de la extremada bondad que siempre le había mostrado la reina, de la gratitud que sentía por ello y de lo imposible que le resultaría soñar siquiera con agraviarla de ese modo. Pero lo cierto era que no se había detenido hasta lograr su objetivo. Cada noche había acompañado a la reina antes de acostarse y, estando el rey presente, ella se las arreglaba para hacerle entender cómo era el único hombre que le interesaba, burlándose ante él de sus múltiples adoradores y repitiendo lo que le decían. De ese modo le manifestaba lo poco que contaban para ella, al tiempo que le hacía entender lo valorados que resultaban sus encantos y le animaba a obtener lo que cualquier otro hubiera deseado. Y María Teresa reía sus gracias, encantada con su ingenio y sin ser capaz de ver nada de cuanto estaba sucediendo ante sus ojos. 

Pero la perfidia de la marquesa iba más lejos, y no vacilaba en emplear la calumnia. No lograba desatar a Luis totalmente de Luisa, lo cual, por una parte, era conveniente para tapar su propia relación, ya que en su caso se trataba de una mujer casada y nadie vería con la misma indulgencia que el rey tomara a la esposa de uno de sus súbditos. Pero por otra parte la mortificaba saber que La Vallière continuaba siendo su amante, y que no era un mero fingimiento para salvar las apariencias. El 3 de octubre de 1667 Luisa daba a luz a su cuarto hijo: Luis de Borbón, conde de Vermandois. 

Madame de Montespan trató de persuadir al rey de que ese hijo era de Péguilin.


viernes, 3 de mayo de 2013

La parada de Fontainebleau


El rey era muy aficionado a los desfiles militares. En 1666 reunió a sus dragones en Fontainebleau en medio de una gran fiesta a la que acudieron casi todas las damas de la corte. Apenas hubo nadie que durante aquellas jornadas no pronunciara alabanzas hacia el hombre que mandaba a los dragones. Ayudaba mucho, desde luego, que a los méritos de Péguilin se sumara ser favorito entre los favoritos para el monarca. Además, eran muchos los que optaban por adularlo para no tener que enfrentarse “a las crueles observaciones que era capaz de hacer sin alterar la suavidad de su bien modulada voz”. 

Se decidió que tendría lugar una gran revista, y que las damas se instalarían durante tres días en tiendas de campaña de todos los colores desde las que asistirían a un simulacro de asedio. Luis, elegantemente vestido, visitaba las tiendas de sus cortesanos. Iba acompañado de su propio regimiento de guardias, pero Péguilin montaba guardia al frente de los suyos en cada tienda en la que el rey entraba. 

Mademoiselle de Montpensier no acudió en aquella ocasión, algo que iba a lamentar más tarde. ¡Cómo se hubiera deleitado contemplando a Péguilin, del que tanto había oído hablar! Aún no lo conocía bien por entonces, pero ya mostraba interés por él. Se había fijado por primera vez cuatro años atrás, cuando lo vio participar en el desfile de las Tullerías, pero poco después sucedía algo que iba a impedir cualquier posible acercamiento: Mademoiselle partía al exilio debido a su negativa a casarse con el rey de Portugal. 

Mademoiselle de Montpensier

Al cabo de año y medio era autorizada a regresar a París, puesto que Luis deseaba casarla con el duque de Saboya, viudo de su hermanastra.

—Imagino que os habréis aburrido mucho durante este tiempo —le dijo Luis al recibirla de nuevo. 

Aburrida era poco. Su tedio había escalado las cimas de la desesperación allá en Saint-Fargeau y Eu. Pero, orgullosa como era, no iba a darle a nadie el gusto de reconocerlo. 

—No he estado aburrida en absoluto —replicó fríamente—. Cada vez que pienso en este asunto me doy cuenta de lo equivocados que estaban todos aquellos que esperaban verme mortificada. 

Al final no pudo llevarse a cabo su matrimonio con Saboya, porque el duque, poco entusiasmado con la candidatura, elegía a Mademoiselle de Nemours en su lugar. El desaire resquemó un poco a Anne-Marie, pero en el fondo se alegraba de no tener que irse a Saboya. En realidad ella solo había aceptado la propuesta cuando Luis se la expuso por segunda vez, probablemente temiendo un nuevo exilio. 

Curiosamente las dos damas que habían ocupado su lugar, una junto al rey de Portugal y otra junto al duque de Saboya, eran dos hermanas cuyas historias seguíamos en esta corte no hace mucho, ambas desesperadamente enamoradas de Péguilin. Y es que ya decía Bussy-Rabutin, que tuvo ocasión de conocerlo bien, que “a pesar de su aspecto insignificante, poseía alguna misteriosa cualidad que hacía que cualquier mujer que llegaba a conocerlo lo prefiriera a todos los demás”. 

Mademoiselle de Nemours

En 1666 Mademoiselle había alcanzado ya la edad de 39 años. Comenzaba a pesarle la prolongada soltería a medida que pasaban sus días de juventud; sentía un vacío que ya no llenaban la lectura, la escritura, las fiestas y brillantes reuniones. Pero no terminaba de encontrar un marido a su gusto, y no quería casarse si no era para ser feliz. 

Péguilin, mientras tanto, mientras Mademoiselle se aburría en su exilio había estado demasiado ocupado para dedicar dos pensamientos a la prima del rey. Cuando se alarmó por el excesivo interés que Luis mostraba por la princesa de Mónaco, tuvo la idea de buscar otra candidata que fuera capaz de desviar la atención del soberano. Encontró a una que le pareció perfecta y que estaba deseando triunfar en la empresa. Se llamaba Françoise-Athénaïs de Rochechouart-Mortemart, marquesa de Montespan...