martes, 30 de abril de 2013

Como el perro sigue a su amo


Péguilin continuaba prisionero en la Bastilla después de que Vardes la hubiera abandonado. Desde allí escribía cartas con la esperanza de obtener la libertad. La persona a quien hubiera debido dirigirse en caso de precisar cualquier cosa era el ministro Louvois, que había firmado su orden de arresto y era la persona bajo cuya jurisdicción se encontraba como oficial del ejército. Pero Louvois era su enemigo de un modo tan notorio y abierto que Péguilin prefirió dirigirse a Colbert, que al menos no le manifestaba aversión.

Señor, tengo el honor de conoceros, y me siento tan merecedor del castigo, que mucho me temo que la libertad que me tomo al rogaros humildemente que tengáis la gentileza de entregar una carta a Su Majestad o hacer que se la entreguen, puede resultaros tediosa. Pero, señor, espero que no me neguéis este favor, pues mis escasas posibilidades de dirigirme a personas que tengan el honor de acceder a Su Majestad en privado, me obliga a recurrir a vos. Rogándoos, señor, que me concedáis esta merced, que es la mayor bondad que se me puede hacer, y que me hará procurar toda mi vida encontrar ocasiones de devolverla, os aseguro, señor, que es el mayor placer que podéis procurar a un desdichado que será eternamente vuestro…

Estaba desesperado, rabioso, deprimido, al borde de la locura; no soportaba el cautiverio con el mismo espíritu que sus compañeros de infortunio, y estaba dispuesto a no omitir nada, por degradante o humillante que fuera, con tal de obtener su liberación. Por si daba mejor resultado, pretendía sentirse abrumado por el arrepentimiento e imploraba castigos más severos, pidiendo que le pusieran cadenas y grilletes. 

—Uno nunca debe oponerse al rey —recitaba desde entonces muchas veces, como si fuera una letanía—. Uno debe obedecerle y seguirlo, como un perro sigue a su amo.

Había aprendido la lección y nunca volvería a disputarle una mujer a Luis. Pero fue una lección solo aprendida a medias, porque un día iba a tener la osadía de pretender a la prima del rey, y eso sería aún peor. 

Ayudó mucho a su causa que Luis hubiera perdido interés en la princesa de Mónaco, después de conocer el contenido de los papeles incautados a Péguilin, muy reveladores acerca del papel que Catherine había tenido protegiendo la correspondencia prohibida entre su hermano Guiche y Minette. A finales de ese año de 1665 Péguilin era puesto en libertad y podía regresar a la corte. 

Durante sus meses en prisión el marqués había descuidado mucho su aspecto, dejándose crecer la barba. Cuentan que al rey habría expresado su deseo de ver al recién liberado “con su gran barba de capuchino”, y que al verlo con esa facha tuvo que hacer esfuerzos por contener la risa. Puyguilhem afirmó alegrarse de haberle proporcionado al rey un breve momento de diversión. 

El rey y él volvían a ser amigos. Es más: la posición como favorito de Péguilin se había reforzado incluso, para desesperación del rabioso Louvois.


sábado, 27 de abril de 2013

El destierro de Vardes


Minette se vengó de la condesa de Soissons revelando al rey una intriga en la que estaban implicados tanto la propia Olimpia como su amante, el marqués de Vardes. Fue una jugada muy peligrosa la suya, porque Guiche y ella misma también habían tenido parte en el asunto. 

Hacía algún tiempo que el grupo de conspiradores había intrigado contra la favorita, Luisa de la Vallière. Falsificaron una carta, pretendiendo hacer creer que procedía de la corte española, y concretamente de la madrastra de María Teresa. El mensaje tenía como objetivo abrirle los ojos a la reina con respecto a la relación entre el rey y Luisa. Supuestamente en España los reyes estaban muy molestos por las infidelidades de Luis y deseaban prevenir a su hija para que tomara cartas en el asunto. Y como Guiche hablaba español, le encargaron a él la traducción del original que redactó Vardes. 

Habían tratado de imitar la letra de la reina de España, algo poco conseguido, y así fue enviada la carta a través de la oficina del conde de Brienne, ministro de asuntos exteriores. Debía recibirla Doña María de Molina, la única de las damas españolas que había permanecido al servicio de la reina. 


El mensaje iba dirigido a María Teresa, pero la dama se sorprendió por el modo tan peculiar en que la carta era entregada: para empezar, las cartas que recibía María Teresa nunca llegaban a través del ministerio de asuntos exteriores. Observó, además, que el mensaje no estaba doblado según el uso español, y que el sello presentaba una anomalía. Recelosa y sospechando un asunto sucio, decidió romper los cierres y leer la carta antes de entregársela a María Teresa. Unos minutos después, alarmada por el contenido, estaba junto a Ana de Austria, quien le aconsejó ir a enseñar ese papel al rey sin decir nada a la reina. 

La dama se presentó ante Luis XIV. El rey montó en cólera leyendo la carta destinada a ser leída por su esposa y en la que se denunciaban sus amores con Luisa. Su español era mejor que el de Guiche, por lo que se dio cuenta de que el mensaje había sido en realidad escrito por uno de sus súbditos, algo de lo que ya se habían percatado, lógicamente, tanto Ana de Austria como María de Molina. Pero en aquel momento, resuelto a desenmascarar cuanto antes a los culpables, el rey tuvo la mala idea de ir a dirigirse precisamente a Vardes, por entonces aún uno de sus mejores amigos y a quien juzgaba como hombre prudente. Le explicó el asunto y le pidió que encontrara a los autores de la carta. Vardes decidió culpar de todo a la pobre duquesa de Navailles, dama de honor de la reina, por ser objeto de su aversión. 

Parecía que los conspiradores habían salido bien librados de su chapucera intriga, y seguramente no contaban con que tiempo después Minette iba a sacar a relucir todo el asunto. A ella, como hermana del rey de Inglaterra y cuñada de Luis, no iba a sucederle nada; pero el resto de integrantes de esa camarilla sufrirían peor suerte: Guiche sería desterrado, y Olimpia recibió órdenes de retirarse a Champaña, donde su esposo era gobernador. Vardes, según las memorias del marqués de la Fare fue encerrado en una mazmorra en la ciudad de Montpellier. No permanecería mucho tiempo encerrado el marqués tampoco en esta ocasión. Al cabo de año y medio volvía a recuperar la libertad para ocupar su plaza de gobernador de Aigues-Mortes, pero sin conseguir aún autorización para regresar a la corte. Vardes empleó su tiempo de retiro en el estudio de las ciencias, y hay que reconocer que se hizo estimar en todo el Bajo-Languedoc. Pero ya nunca sería duque, algo que había tenido tan al alcance de la mano. 


La venganza de Minette había conseguido que también Olimpia hubiera de separarse de su amante. Pero Vardes, aunque el más severamente castigado, fue el que menos debió de sentir la separación. Se decía, incluso, que si había puesto sus ojos en la condesa de Soissons había sido por complacer al monarca y ayudarlo a desembarazarse de ella cuando apareció la Vallière. 

El exilio de Vardes sería inusualmente largo: duraría 18 años. Finalmente el rey iba a reclamarlo en una carta de su propia mano en mayo de 1683. El viejo cortesano, cumplidos los 60 años, regresaba a la corte vestido con su viejo traje. El rey le dio la bienvenida públicamente y, según nos cuenta Madame de Sévigné, hizo llamar al Delfín y se lo presentó diciendo que era un joven cortesano, pero Vardes lo reconoció y lo saludó. Eso hizo reír al rey. 

—Vardes, qué tontería —le dijo—. Sabéis bien que no se saluda a nadie en mi presencia. 

El marqués, en el mismo tono jocoso, respondió: 

—Sire, yo ya no sé nada. Lo he olvidado todo. Hará falta que Vuestra Majestad me perdone treinta tonterías. 

—Muy bien, de acuerdo. Quedan 29 —accedió Luis, que luego hizo una observación acerca de su atuendo pasado de moda. 

—Sire, cuando se está alejado de vos, no solamente se es desdichado, sino también ridículo. 


Vardes volvió a ser capitán de los Cien Suizos y recuperó totalmente el favor real. Vivió en la corte hasta que al cabo de poco más de cinco años, en septiembre de 1688, falleció a consecuencia de unas fiebres. Sintiéndose morir, pidió perdón una vez más al rey por la intriga en la que había participado. 

Viudo desde 1661 de Catherine de Nicolaï, dejaba una hija: Marie-Elisabeth du Bec. A su muerte no traspasó su gobernación de Aigues-Mortes al que era su yerno desde hacía diez años, el duque de Rohan. Vardes lo detestaba profundamente, y prefirió ser sucedido por un hermano de Madame de Maintenon. 

Fueron muchos los cortesanos que, aun sin aprobar todos sus actos, lamentaron su pérdida, entre ellos Madame de Sévigné.

miércoles, 24 de abril de 2013

El baile de máscaras


El conde de Guiche continuaba intentando en vano que Minette le concediera una cita o, si esto no era posible, que aceptara al menos leer una de sus cartas. No había conseguido ningún avance, pero entonces ocurrió un episodio que dio un vuelco completo a la situación. 

Madame y su esposo asistían a un baile de máscaras. Por mejor proteger su identidad, fueron en un coche alquilado y vestidos como simples dominós, mientras varias personas de su séquito, magníficamente ataviadas, utilizaban los carruajes de palacio para despistar. Al pie de la escalera se tropezaron con otro grupo de máscaras. Monsieur, sin saber de quiénes se trataba, propuso unirse a ellos y tomó alegremente de la mano a una de aquellas señoras. Madame hizo lo propio con un caballero y, para su asombro, descubrió que se trataba del conde de Guiche. No fue difícil de adivinar: el conde había recibido poco antes una herida que afectaba a los dedos anular y meñique de la mano derecha. Él no tardó más en reconocerla: aquel  delicado perfume le era familiar y le hacía evocar momentos muy dulces. 

Guiche se llevó a su cautiva escaleras arriba, y cuando se encontraron a una prudente distancia de Monsieur le ofreció toda clase de explicaciones. Ella hizo lo propio, y llegó la reconciliación. Luego ambos se separaron. 

El conde se había adelantado unos pasos para no acabar por ser descubierto por Monsieur, que varias veces había dirigido miradas de inquietud a su esposa al verla conversar con un desconocido. Pero ella estaba tan nerviosa pensando en las preguntas que le haría su marido y en lo que procedería responder, que resbaló y cayó rodando varios escalones. El accidente hubiera sido mucho más grave si Guiche no se hubiera precipitado hacia ella logrando atraparla en sus brazos antes de que continuara rodando. 


Esta romántica aventura hizo que ambos retomaran su relación, pero esta vez decidieron hacerlo con más cautela y confiándose a la protección del mariscal de Gramont, padre de Guiche.

Los jóvenes enamorados se las prometían muy felices. No contaban con la Condesa de Soissons. Olimpia estaba furiosa porque su amado Vardes había sido enviado a la Bastilla, algo que no podía permitir sin una adecuada venganza. Ella sabía mejor que nadie que el marqués era una sabandija, pero era su sabandija. Si otros osaban dañarlo, habrían de medirse con ella. Ya vería Minette si iban a quedar así las cosas. 

Con esa lengua viperina suya tan difícil de frenar, utilizó el más violento de los lenguajes para referirse a su rival, e hizo algo más: informó al rey de la correspondencia culpable que habían continuado cruzando Minette y Guiche. Acusó a Minette de haber inventado el incidente que había llevado a prisión a Vardes tan solo para apartarlo del camino de Guiche e impedir así un duelo que de otro modo hubiera sido inevitable. Le dijo que la única intención de Madame había sido proteger al conde, con quien había seguido en contacto todo el tiempo a pesar de las precauciones del rey. Olimpia acusó a Guiche de cuantas cosas se le ocurrían, a veces reales y otras imaginarias, e hizo cuando pudo por lograr que el castigo cayera sobre él. 

Madame se entrevistó con Luis y reconoció los errores. Luego escribió a Armand aconsejándole que hiciera lo mismo, y Gramont hizo desaparecer oportunamente a su hijo enviándolo a Holanda ante la posibilidad de que fuera tomada alguna medida contra él. 

Armand y Minette tenían que separarse de nuevo, y ahora era el turno de Madame para estar furiosa y lanzar su contraataque. Al fin y al cabo, ella también conocía algunos embarazosos secretillos de Olimpia…


domingo, 21 de abril de 2013

Ángeles y Demonios


Minette se encontraba indispuesta y no recibía visitas, pero Vardes le solicitó una entrevista con tanta insistencia que ella, aun consciente de que en tales situaciones un silencio cargado de desprecio era la respuesta más digna, acabó por atender su petición. Tenía demasiados deseos de espetarle en la cara cuatro cosas bien afiladas y quedarse en la gloria. 

Ambos tuvieron una larga conversación en la que el marqués se deshizo en explicaciones imposibles y protestas de arrepentimiento que no lograban extinguir la airada pasión de los reproches de la dama. Vardes rogó a Madame que olvidara el pasado y le prometió estar devotamente dedicado a su causa en un futuro. 

Ella, más aplacada tras haberse desahogado, seguramente se dejó llevar por la tentación de demostrarle a Olimpia que el marqués continuaba pegado a sus faldas a pesar de haber sido descubierto y no poder ya seguir jugando a los espías con su correspondencia. Quería devolverle la bofetada, ofrecerle una prueba de que el interés que despertaba en René iba mucho más allá de cuanto él había confesado a su amante. Pero, eso sí, Vardes no iba a irse de rositas. Minette le respondió que no admitiría nuevas intrigas, y que deseaba que el conde de Guiche conociera toda la verdad. 

¡Qué estremecimiento debió de sacudir al marqués! Eso era, precisamente, lo que tanto se había estado esforzando por evitar. Si él se encontraba allí ahora, humillándose, arrastrándose como un gusano, no era por Madame. No, no era por ella, sino precisamente para intentar detener la tragedia que supondría quedar a mal con Guiche. Temía que al enterarse del modo en que había estado engañándolo, el conde se enfurecería y se empeñaría en retarlo a duelo. Sería una partida que René jugaría con muy malas cartas: Armand, más joven, más ágil y más diestro con el estoque, apenas le dejaría ocasión de defenderse. 


Vardes hubiera querido aferrarla, sacudirla, preguntarle a gritos si se había vuelto loca, si no comprendía que lo estaba entregando en brazos de la muerte; hubiera querido postrarse de rodillas y suplicarle que no le dijera nada a Guiche... Pero el átomo de cordura que resistía estoicamente en su cerebro tras haber estado a punto de sucumbir al ataque de pánico, le decía que sus pretensiones eran imposibles: lógicamente ella nunca iba a permitir que Armand la siguiera juzgando culpable de haberle sido infiel. Si él no le hablaba al conde, lo haría ella misma o enviaría a otro, y la versión sería mucho peor, expuesta con toda crudeza, sin paños calientes y hasta tal vez acrecentada. No había alternativa; debía claudicar.

René accedió a informar a Armand de sus manejos, pero, para tratar de suavizar el golpe y salvar la vida, rogó a Madame que designara un mediador que le ayudara a apaciguarlo. La venganza de Minette fue negarse a su petición. Que el marqués se las arreglara como pudiera para aplacar la furia del conde. O mejor aún si no lo lograba. 

También para Armand tenía deparado un buen castigo por haber dudado de la constancia de sus sentimientos hacia él y haberse mostrado tan dispuesto a creer las falacias de Vardes. Madame se negó a aceptar la carta que René le entregaba en su nombre. Estaba tan ofendida que en esos momentos no deseaba volver a verlo. 

El asunto se complicaba, y aún iba a embrollarse más. Faltaba por entrar en escena el Caballero de Lorena. 

Philippe de Lorena era, indiscutiblemente, otro de los cortesanos más admirados. “Hermoso como un ángel”, se decía de él. Pero era un ángel caído, tan maligno como el propio Vardes. No, más aún: el marqués lo era de un modo terrenal, cortesano, mundano; Philippe era una criatura del Averno, puro hálito infernal. Y odiaba profundamente a Madame. 


Un día se encontró con el marqués de Vardes y ambos mantuvieron una conversación al gusto de la época, de esas que comenzaban con un sinfín de cumplidos sobre la elegancia y buen gusto del atuendo, y, desde luego, lo que llamaban sus “bonnes fortunes”, es decir, sus éxitos galantes. Por entonces Philippe, no contento con ser el amante de Monsieur, pretendía a una de las damas de Minette. 

Durante el transcurso de aquella charla, Vardes, envidiando la radiante juventud del Caballero, reconoció que sus mejores años habían pasado, y que ya no gozaba de la misma popularidad de antaño. 

—Pero vos, a vuestra edad —añadió—, aún podéis hacer cuanto deseéis. Con solo arrojar vuestro pañuelo no habrá en la corte una dama que no esté dispuesta a recogerlo. 

El Caballero de Lorena, llevado por su malignidad, entendió, o fingió entender, que Vardes había querido decir que, aunque él no había conseguido de Madame nada demasiado sustancial, seguramente la juventud y apostura de Philippe lo ayudarían en el asalto a la misma fortaleza, y sería más afortunado si decidía ponerle cerco. No sabemos si esto fue o no lo que el marqués había pretendido insinuar con su comentario, pero eso poco importaba, porque al Caballero se le presentaba una ocasión de dañar a Minette. 


Philippe recurrió a François de Neufville, marqués de Villeroy, al que sabía enemigo declarado de Vardes. Villeroy aspiraba a sustituir a René al lado de Olimpia, por lo que el Caballero sin duda encontraría en él unos oídos ávidos y una inclinación natural a sacarle partido a la información que estaba a punto de recibir. Seguramente François no iba a perder la oportunidad de buscar la ruina del hombre al que deseaba apartar de su camino, de modo que lo único que tenía que hacer Philippe era repetirle la historia retorciéndola a su conveniencia. 

Villeroy, en efecto, se presentó de inmediato ante Minette y le contó que Vardes había dicho al Caballero de Lorena que era una tontería limitarse a cortejar a la servidora cuando podía aspirar a la señora, una empresa en la que hallaría mucha menos resistencia. 

Tal como le fue explicado el cuento a Madame, parecía que Vardes se jactaba de haber logrado sus propósitos sin ninguna dificultad, por lo que animaba a otros a tomar el relevo como cosa sencilla. Indignada por este insulto, fue a quejarse al rey y le exigió una reparación. Pretendía que desterrara a Vardes de por vida, y en ese sentido dirigió una carta a su hermano el rey de Inglaterra, solicitando su intervención para que fuera acordado dicho castigo. 

A Luis le pareció excesiva la pena y optó por enviar al marqués a la Bastilla por una temporada. René, después de tanto intrigar, finalmente era encarcelado por algo que probablemente no había tenido intención de hacer. Y allí lo encontrábamos al comienzo de esta historia, junto a Bussy y Péguilin, si bien con un trato más favorable que sus compañeros de infortunio. Desde allí el rey lo enviaría a ocupar su cargo como gobernador de Aigues Mortes. 

Pero no era propio de Olimpia cruzarse de brazos al conocer la injusticia que se le hacía a su amado…


jueves, 18 de abril de 2013

Sexo, mentiras y paquetes de cartas

Minette

La condesa de Soissons no podía soportar la inclinación que su amado Vardes parecía sentir últimamente hacia Minette. Enferma en cama, tuvo la osadía de enviar en busca de Madame y pedirle que acudiera a visitarla para saber a qué atenerse. Una vez en su presencia, la condesa le pidió explicaciones acerca de su estrecha relación con Vardes. Minette le aseguró que no tenía ningún motivo para estar celosa, puesto que, si bien era cierto que el marqués le había ofrecido deshacerse de Olimpia y no volver a verla en privado, ella no le correspondía. 

Su indiferencia hacia Vardes distaba de ser del todo cierta, pero Madame estimó que no era el momento más oportuno para hacer alardes de sinceridad. En cualquier caso, si pensó que la explicación serviría para tranquilizar a la amante del marqués, entonces es que era muy ingenua. Ahora bien, si lo hizo por clavarle el estilete, hay que reconocer que estuvo a la altura de Madame de Soissons. 

Provocada por la perfidia de Vardes, que tan claramente la engañaba, Olimpia decidió que tenía que hablar, contarlo todo, expulsar por la boca a esos demonios furiosos que querían llevársela a los infiernos en tales momentos. La condesa sin duda logró componer adecuadamente su expresión. La batalla que libraba era interna; no era propio de una dama ofrecer a su rival un rostro desencajado que la dejara traslucir. No, no era así como se hacían las cosas. Primero acabaría con ese canalla que de pronto la había hecho sentir como un naipe descartado, y después… Ah, después ya llegaría el turno de ella. ¿Por qué se habría puesto tan mona últimamente? La vida resultaba más agradable cuando Minette no era más que una adolescente flaca y desgarbada, “los huesos de los santos inocentes”, como la había llamado Luis en una ocasión. 


En el mismo tono confidencial, Olimpia reveló a su “amiga” que Vardes, lejos de estar tan entregado como suponía, la había estado traicionando desde un principio, apoderándose de su correspondencia para mantener informado a Luis de sus oscuros manejos con el rey de Inglaterra. La condesa le explicó con todo lujo de detalles cómo había sido utilizada por quien pensaba que era su más ardiente admirador, y cómo mientras le hablaba de amor, el rufián se distraía calculando los beneficios que podría obtener de tanta candidez. 

Era el turno de Olimpia para regodearse viendo cómo Madame trataba de mantener el gesto como un heroico tributo a su alcurnia. 

Nunca las sonrisas habían sido muecas más mecánicas y de compromiso que cuando ambas se despidieron ese día. Minette abandonaba los aposentos de Olimpia decidida a hablar con el rey y tratar de arreglar su situación. Había quedado fatal ante Luis, y necesitaba limpiar su imagen. 


Se entrevistó con él, pero sus alegatos y sus quejas contra Vardes fueron recibidos con extremada frialdad. Cierto que el marqués había sido un miserable por el modo tan poco ortodoxo de obtener la información comprometedora, pero al mismo tiempo Luis consideraba que le había prestado un buen servicio. No podía tomar represalias contra él por serle leal. Era Madame, en todo caso, quien tenía muchas cosas que explicar respecto a aquel asunto. 

Y entonces apareció el que faltaba: Armand de Gramont, conde de Guiche, regresaba de Polonia. Había sido enviado al frente como un destierro disimulado, y volvía cubierto de gloria por el valor demostrado durante la campaña. Mantuvo una entrevista con Luis y le confesó con toda honestidad el asunto de su correspondencia con Madame, tras lo cual obtuvo el perdón y pudo ser recibido en la corte de nuevo. 

Guiche, mientras tanto, estaba deseando averiguar cuáles eran los verdaderos sentimientos de Minette hacia él. Oyó que una noche durante la cena, cuando ella se enteró de que Armand había resultado seriamente herido, se había puesto muy pálida y no logró que sus emociones pasaran desapercibidas a sus compañeros de mesa. Eso y otras circunstancias le llevaron a sospechar que tal vez había sido engañado por Vardes, y que en realidad su amada no lo había olvidado. Guiche buscaba por todos los medios tener una explicación con Minette, único modo de saber a qué atenerse, pero ella rechazaba sistemáticamente cualquier intento de abordarla. Dada la imposibilidad de un acercamiento, Guiche se arriesgó a confiarle de nuevo una carta al marqués para que se la entregara…


martes, 16 de abril de 2013

Las amistades peligrosas


Tan pronto como Armand de Gramont, conde de Guiche, fue alejado de la corte, el marqués de Vardes se insinuaba a Minette, pero sus intenciones no eran simplemente galantes. Nuestro villano favorito pretendía seducirla y ganarse su confianza para así apoderarse de sus secretos y traficar con ellos, a fin de avanzar en su carrera política. No me digan que no era abyecto. 

François-René du Bec Crispin, marqués de Vardes y capitán de los Cien Suizos de la guardia del rey, era célebre en la corte por su ingenio y su elegancia, aunque no siempre recurría a la astucia para resolver sus asuntos. En una ocasión hizo cortar la nariz a un tal Montandré por escribir “no sé qué libelo contra madame la mariscala de Guébriant, su hermana”, según el cardenal de Retz. 

Vardes era hijo de la condesa de Moret, una de las amantes del rey Enrique IV, y del segundo esposo de la dama. Rondaba los cuarenta años, por lo que el propio Guiche estimó oportuno aprovechar su dilatada experiencia en el arte de la galantería para situarlo junto a Minette durante su ausencia. Lo que Armand pretendía era que el marqués utilizara ese savoir faire en su favor para mantener vivo el recuerdo en su amada y no permitir que se enfriara su pasión. Poco imaginaba el joven lechuguino que este auténtico Valmont iba a traicionar la confianza en él depositada para maniobrar exclusivamente en su propio beneficio. Con el pretexto de hacer de intermediario en esos amores, se apoderaba de la comprometedora correspondencia que ambos se cruzaban. 


Y ahora que hemos puesto a Vardes la cara de John Malkovich, podemos continuar. 

El asunto requería muchas conversaciones entre Vardes y Madame, unos encuentros que tenían lugar en el locutorio del convento de Chaillot. Vardes aprovechaba entonces para fingirse el más leal servidor de los intereses de Minette e inspirarle, al mismo tiempo, sentimientos de desconfianza hacia aquellos cuya influencia no era deseable para él. Le decía que el rey la detestaba, le daba consejos para que cerrara a Luis su corazón y la animaba a intrigar con su hermano el rey de Inglaterra. 

René sabía que para lograr la intimidad que buscaba con Madame tendría primero que aflojar los lazos que la unían a Guiche, de modo que la persuadió de que el conde la había olvidado, y que era otra la dama a la que ahora dedicaba sus pensamientos. Al mismo tiempo el muy ladino no olvidaba escribirle a Armand contándole largas historias en las que le detallaba supuestos coqueteos de Minette con el príncipe de Marsillac, primogénito del duque de la Rochefoucauld. 

El príncipe, no vamos a negarlo, había llegado a despertar los celos del esposo con sus extravagantes atenciones hacia ella, y Guiche, en la distancia, no se mostró menos celoso. Poseído por el despecho, cometió el error de desahogarse respondiendo a Vardes con amargos comentarios acerca de Minette. El marqués, esa rata de alcantarilla, tenía al fin lo que buscaba: le mostró la carta a Madame y la consecuencia fue la indignación de la inocente criatura y su decisión de romper con Armand. 


Guiche, poseído por los demonios de su temperamento arrebatado, se mostraba en esos momentos dispuesto a entregar las cartas comprometedoras que ella le había escrito. Vardes, por supuesto, estaba ávido por hacerse con ellas y con otras que el conde había dirigido a Minette y que se encontraban en poder de Mademoiselle de Montalais. Madame se las había confiado a esta dama, a la que su esposo había apartado de su servicio. 

Para llevar a cabo su plan, Vardes persuadió a Minette de que, para que no quedara prueba alguna de la correspondencia culpable que había mantenido con Guiche, era preciso recuperarlas y destruirlas. Y, por supuesto, se ofreció a recuperarlas él mismo. 

Minette mordió el anzuelo y lo autorizó a recibir esas cartas de manos de Mademoiselle de Montalais. Pero el marqués, una vez las tuvo en su poder, se negó a entregarlas. Su siguiente jugada fue mostrarlo todo al rey, que lo distinguía con su confianza porque aún no sabía lo pérfido que era. 

Vardes le habló a Luis de Madame como de una persona sumamente peligrosa debido a su amor por la intriga, pero al mismo tiempo se jactaba de su propia influencia sobre ella, y afirmaba estar dispuesto a ejercitarla para moldear la conducta de Minette de modo que se ajustara a los deseos del rey. 

Mientras traicionaba a Minette, era igualmente taimado con su amante, Olimpia Mancini, condesa de Soissons. Olimpia también era perversa; diríase incluso que era viperina y ponzoñosa como la marquesa de Merteuil, aun sin parecerse a Glenn Close. Y Olimpia, disgustada por las excesivas atenciones que Vardes dirigía a Madame, decidió tomar cartas en el asunto…


domingo, 14 de abril de 2013

Incomunicada


Lamento comunicarles que una avería me ha dejado sin teléfono y sin internet, sin que me sea posible precisarles cuándo podrá quedar resuelto el problema. Así estamos. Espero, no obstante, que no sea más allá de un par de días.

Esto ha debido de ser todo un complot del malvado marqués de Vardes, con tal de impedir que difunda lo que estaba a punto de contarles sobre él. Pero no le servirá de nada, porque aunque me tenga incomunicada he traído mi rapière, y estoy deseando medirme con él.

Vardes, ya te vencimos una vez. Volveremos a hacerlo.

Disculpen que no pueda visitar sus moradas hasta haberme librado de este villano miserable.
¡Hasta pronto!

viernes, 12 de abril de 2013

Los papeles de Péguilin

Firma de Bussy-Rabutin

Desde la fortaleza de la Bastilla, Bussy, Vardes y Péguilin escriben cartas solicitando clemencia. Este último las dirigía a Colbert pidiendo permiso para escribirle al rey y mostrándose en todo momento como pecador arrepentido. Pero mientras él y Vardes hablaban únicamente en su propio nombre, Bussy muestra una actitud más generosa: no olvida en esos momentos a sus compañeros de infortunio, y dirige al rey un poema en el que solicita el perdón para los tres. Todo en vano. Luis no se mostraba muy receptivo ante ninguna petición que procediera de él. 

Tampoco se inclinaba el rey a escuchar los ruegos de Péguilin, máxime después de haber leído los papeles que le fueron incautados a raíz de su arresto. A través de esos documentos Luis se enteró de cosas que no dejaban en muy buen lugar a la princesa de Mónaco. 

Catherine había participado en una peligrosa trama. Para explicar el asunto, es preciso recordar antes la relación entre nuestros tres prisioneros de la Bastilla y algunos personajes de la corte: 

Vardes era el amante de Olimpia Mancini, condesa de Soissons y sobrina del cardenal Mazarino. 

La princesa de Mónaco era el gran amor de Péguilin, pero ahora ella daba por finalizada la relación y había iniciado otra con el rey

Minette, hermana del rey de Inglaterra, era la cuñada de Luis XIV, y había sido bastante más para él no hacía mucho. El actual amante de Minette era el conde de Guiche, hermano de la princesa de Mónaco. 

Vardes hubiera querido sustituir a Guiche junto a Minette, algo que Olimpia se tomó muy a mal y la impulsó a intrigar contra su rival. 


Armand de Gramont, conde de Guiche, hubo de partir al exilio porque Olimpia mostró al rey unas cartas que lo acusaban de planear la entrega de Dunkerque a los ingleses y ofrecerle a Minette su regimiento de guardias para asegurar el éxito de la empresa. 

Guiche estaba desesperado ante la idea de tener que separarse de su amante. Siguiendo el ejemplo que Péguilin había dado pocos años antes para poder permanecer cerca de Madame de Mónaco, Armand se disfrazó con la librea de los lacayos de Luisa de La Vallière para hablar con su adorada y despedirse de ella. Al decirle adiós, el desmedido Guiche se desvaneció. 

La presencia de un amante tan ardiente hubiera sido causa de gran escándalo tarde o temprano, de modo que Luis se alegró de tener al fin un motivo para enviarlo lejos y prohibir toda comunicación entre él y su cuñada. Pero mudó de color cuando, entre esos mismos papeles incautados a Péguilin, topó con algunos que ponían de manifiesto que la princesa de Mónaco no solo era cómplice en esos amoríos de su hermano con Minette, sino que seguía protegiéndolos. Guiche había enviado en secreto un correo a su amada valiéndose de ella. El correo se encontraba por entonces en la corte con el pretexto de que en realidad había venido a ver a Catherine. 

Luis estaba muy enfadado, y con su enojo Péguilin lograba, al menos, vengarse de su amante infiel. No había cumplido su amenaza de mostrarle al rey las cartas que la comprometerían, pero tampoco fue necesario, porque al ser apresado todos sus papeles pasaron a ser de conocimiento del rey. Ello supuso el fin del romance entre Luis y Madame de Mónaco. 

Pero… ¿y el marqués de Vardes?


martes, 9 de abril de 2013

In me me involgo

Château de Bussy-Rabutin

Entre las obras de Bussy encontramos textos para ser cantados, o, cuando menos, escritos en forma de canción. Era una práctica corriente en la época. La canción era una variedad literaria destinada a ser reproducida de modo oral, y no a ser publicada. Es corta y versificada, fácil de aprender y transmitir. 

Madame de Sévigné insertaba desenfadadamente en sus cartas versos que provienen de canciones o de óperas de moda, y Bussy le respondía del mismo modo. Esta clase de intercambios epistolares entre ambos constituyen una parte de lo que se llama “rabutinage”, otro de los términos acuñados por Madame de Sévigné para referirse al lazo de sangre entre los Rabutin y las características que considera comunes entre los miembros de la familia, valores como la valentía, la gloria militar, el refinamiento, el arte del bien vivir y el don de la palabra. El sentido del humor con el que afrontaban las cosas también era común a ambos. Era “rabutinage”. 

Las canciones de Bussy se caracterizan por la palabra ingeniosa y los dobles sentidos. Como constata Maigne, “todas contienen referencias implícitas que constituyen la sal y la pimienta, expresiones antifrásticas o metáforas osadas”. A veces las componía entre amigos, durante el transcurso de alguna fiesta o reunión. Sus célebres Alléluias fueron compuestos durante la orgía de Roissy. Posteriormente compondría otros Alléluias menos escandalosos. 


Pero más frecuentemente sus canciones nacen de conversaciones mundanas, o están destinadas a alimentarlas. Parten de temas de actualidad y se mofan de personas conocidas. Por ejemplo, le encantaba burlarse de Turenne y sus aventuras militares. Durante una estancia en Saint-Fargeau, compuso una zarabanda nada menos que con la colaboración de Mademoiselle de Montpensier, que también detestaba al mariscal. A Mademoiselle le salió gratis, pero él lo pagó muy caro: en una ocasión el rey le preguntó a Turenne su opinión con respecto a los méritos militares de Bussy, y el mariscal se vengó respondiendo que era el mejor de sus oficiales… para las canciones. Y ahí terminó la brillante carrera del conde dentro del ejército. 

Por supuesto, como es característico en él, no se libraban de sus canciones las damas con reputación de coquetas. Y a veces tiraba fuerte. Uno de sus principales objetivos fue Madame de la Baume, la mujer que lo había traicionado divulgando su obra y denunciándolo después ante el rey, lo que le valió ser encerrado en la Bastilla y desterrado después. A partir de ese momento, no tuvo piedad en sus canciones, en las que la calificaba de flaca, infiel e insaciable. 

D’un feu qu’on ne peut éteindre
La Baume brûle, et pour son tourment
Il faut plus d’un amant.

Con un fuego que no se puede apagar 
La Baume arde, y para su tormento 
Precisa más de un amante. 

Según Maigne, sus canciones son las antípodas de toda pedantería. “La canción es lo que representa de modo más esencial la manera de estar en el mundo, la mundanidad aristocrática de su época.” 


La colaboración de Mademoiselle de Montpensier no terminó ahí, sino que fue también autora de al menos 16 retratos, otro juego mundano de moda a mediados del siglo XVII. Bajo el título de Diversos Retratos aparecieron los suyos y los de otras damas de su entorno, junto con los de Bussy y su amante Madame de Montglas. 

Además de insertar los retratos en su Historia amorosa de las Galias, también aparecen en sus memorias, especialmente los referidos a Conti, Mazarino y Turenne. Las memorias de Bussy no decepcionan en absoluto. En ellas tiene un recuerdo especial para el marido de su amante, del que afirma no lamentar más que la facilidad con la que se acomodaba al adulterio de su esposa. No podía encontrarse un hombre menos celoso. “Parecía que en realidad era yo el marido de su esposa”. 

Otra de las labores que ocupó el tiempo de Bussy fue la traducción de los clásicos, y de las Cartas de Eloísa y Abelardo. Gustaba de la lectura de los textos latinos, en los que frecuentemente se inspiraba para dar su propia versión. Le interesaba especialmente la obra de Ovidio. Él afirmaba que en 1643 se había consolado de una decepción amorosa gracias al Remedia Amoris de Ovidio. Mucho más tarde, en 1668, en una carta a Madame de Sévigné dice que le envía “una imitación del Remedio del Amor de Ovidio que no os disgustará. Hay que divertirse”. El texto aparece insertado en la primera edición de las Cartas, probablemente gracias a su hija Louise-Françoise de Coligny. En 1671 confía a su prima sus nuevos trabajos: “Me he entretenido en traducir las Epístolas de Ovidio. Os envío la de Paris a Helena, y la respuesta. ¿Qué opináis?” 


Bussy publicó también La Historia abreviada de Luis el Grande, de nombre catorce, rey de Francia. Estaba dirigida a sus hijos y apareció en 1699. Pero el texto impreso difiere sensiblemente del manuscrito autógrafo, conservado en la Biblioteca nacional con el título Discours du comte de Bussy à sa famille sur le bon usage des prosperités. 

En 1670 comunica a Madame de Sévigné que “uno de mis entretenimientos es recopilar cuanto puedo encontrar acerca de nuestros padres y hacer una pequeña historia genealógica que no os disgustará”. Hizo una gran labor en un tiempo en que la autenticidad de la genealogía era de extrema importancia, porque el rey hacía verificar los títulos de nobleza sobre todo por razones fiscales. 

La Historia genealógica es una obra sorprendente, lleno de relatos épicos en los que Bussy saca a escena a sus antepasados y narra anécdotas de sus vidas. Su talento dio a la historia un carácter literario muy alejado de los trabajos de los genealogistas de la época. 

Y con esto damos por cerrada la serie de capítulos sobre la obra de Bussy-Rabutin, a través de la cual , y de las pistas que nos fue dejando en su castillo, podemos descubrir un poco al hombre que hizo de la ligereza su máscara y de la frivolidad su armadura. Había más, mucho más detrás.

En el castillo hay un caracol con esta divisa:  In me me involgo
En mí me encierro

Regresamos a la Bastilla, donde habíamos dejado a Bussy prisionero en compañía de Vardes y Péguilin. Tres buenas piezas.

sábado, 6 de abril de 2013

Del amor que espera - Del amor que goza

Dormitorio de Bussy-Rabutin


L'absence est à l'amour ce qu'est au feu le vent; Il éteint le petit, il allume le grand. 
La ausencia es al amor lo que el viento al fuego: extingue el pequeño, aviva el grande.
(Bussy-Rabutin)


Fueron obra de Bussy los almanaques de amor, parodias galantes de las predicciones que hacían los videntes sobre cómo irían los asuntos amorosos a lo largo del año. Pero lo que le procuró más fama, junto con su Historia amorosa de las Galias, fueron sus Maximes d’amour, cuestiones de moda a mediados de ese siglo. Bussy, experto en galantería, no podía dejar de escribir algunas que circularon en un manuscrito y que constituyen una especie de manual del perfecto amante. La primera serie se imprimió en 1658. A ella seguirían otras hasta formar la más importante colección de la época. 

No era una parodia esta vez. Este historiador de la Francia galante, como fue llamado, se convirtió con sus máximas, según expresión de Rouben, en “un distinguido legislador del amor”. La primera parte se titula “De l’amour qui espère”, y contiene las más delicadas. Pero se diferencia de las expresadas por las preciosas en que Bussy no se limita a los suspiros. La segunda parte, “De l’amour qui jouit”, considera la culminación física, y no solo la esperanza. 

Las Máximas están escritas en verso, y se dirigen frecuentemente a la mujer de un modo muy directo, lo que constituye una novedad, pero siempre con elegancia. 

Château de Bussy-Rabutin

En 1664 el rey, que oyó hablar de esta obra, deseó conocer las máximas de Bussy y las solicitó por medio de su hermano. El autor propuso leerlas él mismo, pero Luis prefirió disfrutar de la lectura a solas con Mademoiselle de La Vallière. Monsieur, fastidiado por quedar excluido, se tomó la revancha organizando una lectura privada en compañía de Madame de Montespan y de Madame de Montausier, una velada en el transcurso de la cual Bussy, como en las cortes del amor, exponía una cuestión y dejaba que su audiencia respondiera y propusiera una solución antes de dar la suya. La entonces joven marquesa de Montespan demostró gran ingenio y una delicadeza para la galantería que prometía llevarla muy lejos. 

Algunas de esas Máximas aparecen hoy como un eco del pasado en el castillo de Bussy-Rabutin, pintadas en el salón dorado junto a otras escenas galantes. Aparte de su interés histórico, poseen “un matiz delicado, un estilo elegante y una finura psicológica” que las convierte aún hoy día en una lectura muy agradable. 

Pero Bussy sabía bien que no todo el mundo lo aplaudiría. Cuando terminó la lectura de sus Máximas en la velada que organizó Monsieur, comentó: 

—No dudo que habrá gente que dirá, al ver estas bagatelas, que no es un entretenimiento digno de un hombre de guerra ni de uno que ocupa mi posición.

Château de Bussy-Rabutin

Les dejo algunos de sus pensamientos para terminar este capítulo:

Dieu est d'ordinaire pour les gros escadrons contre les petits.
Dios suele estar de parte de los grandes ejércitos y en contra de los pequeños.

L'absence ne tue l'amour que s'il est malade au départ.
La ausencia no mata al amor que no estaba enfermo al partir.

Que les apparences soient belles car on ne juge que par elles.
Que las apariencias sean bellas, ya que solo se juzga por ellas.

Il y a un mariage qui rend un homme heureux: celui de sa fille.
Hay un matrimonio capaz de hacer feliz a un hombre: el de su hija.

Qu'on n'est jamais content quand on est amoureux, mais celui qui n'aime pas, est encore moins heureux.
Nunca se está satisfecho cuando se está enamorado, pero aquel que no ama, es aún más infeliz.        

Je trouve bien plus de distance de l'amour à l'indifférence que de la haine à l'amour
Encuentro mucha más distancia entre el amor y la indiferencia que entre el odio y el amor.


jueves, 4 de abril de 2013

Los santos que veneró Bussy

Château de Bussy-Rabutin

Boileau, en su sátira VIII, aparecida en 1668 escribió :

“Moi ? J’irais épouser une femme coquette ?
J’irais, par ma constance aux affronts endurci,
Me mettre au rang des saints qu’a célébrés Bussy ?"


¿Yo? ¿Casarme yo con una mujer coqueta? ¿Contarme, curtido por la constancia de las afrentas, entre los santos que veneró Bussy? 

Boileau llama “santos” a los maridos engañados que Bussy-Rabutin menciona en un pequeño Libro de Horas de su autoría, y que en lugar de ofrecer las imágenes habituales en los libros de oraciones, estaba decorado con miniaturas de algunos hombres de la corte cuyas esposas eran sospechosas de serles infieles. Aparecen representados como Santa Cecilia, San Sebastián, Santa Dorotea, San Juan Bautista, Santa Catalina, San Luis, Santa Inés y San Jorge. Los retratos parece que fueron obra de Petitot, nada menos. Bajo cada uno había un pequeño discurso en forma de oración y adecuada al caso. Bussy, con toda desfachatez, explica que lo hizo durante su exilio borgoñón por razones nostálgicas, “para darle al campo ese aire de la corte que ya no sentía”. 

Los personajes representados, lamentablemente, no resultan reconocibles, con una notable excepción: la del rey Luis XIII, delicadamente pintado como San Luis, con manto flordelisado y los atributos de la realeza. Sobre el resto no hay certeza. Se cree que entre ellos figuran Buckingham, Gastón de Orleáns, el propio Bussy, Madame de Longueville o Louise de La Fayette entre los más probables, aunque no está constatado. El retrato de Buckingham va justo a continuación del de Ana de Austria, y el de Luis XIII tras el de su íntima amiga, Louise de La Fayette. 

Boileau

Cuando Boileau mencionó la obra en sus versos, el asunto llamó mucho la atención en la corte. Luis XIV fue el primero en resultar intrigado y preguntar qué quería decir eso de “los santos que veneró Bussy”. Este, viendo el peligro de que el libro de horas cayera en manos de Luis y viera allí retratado a su padre entre los cornudos, se apresuró a eliminar el texto y le presentó tan solo las ilustraciones, que de ese modo resultaban inofensivas porque ya no se explicaba el motivo por el que el difunto rey figuraba allí. Pero algunos opinan que la estratagema no tuvo demasiado resultado, y que la obra fue responsable, en buena medida, de su caída en desgracia, junto con la Historia amorosa de las Galias. 

El libro de horas, titulado Prières, fue elaborado en 1674, pero lamentablemente se ha perdido. No sabemos dónde se encuentra en la actualidad ese precioso manuscrito, tras pasar por muchas manos. En 1720 estaba en posesión de su hija la marquesa de Montataire, pero se acaba perdiendo su rastro en 1890. 

La obra fue imitada por el duque de la Feuillade, pero sin el buen gusto y la elegancia de Bussy. En la obra del duque los retratos eran desnudos de las principales damas galantes de la corte. En una canción que evocaba este segundo libro, la marquesa de Courcillon (que era la misma a la que aludían los versos de Boileau con los que iniciamos este capítulo) era Santa Modesta, jugando con la acepción de "modesta" sinónimo de "recatada": 

Sainte Modeste
Prenait honnêtement
La main, le reste,
Le tout avec un gant.
Pour rien n’aurait voulu
Toucher un membre nu.
Cette beauté céleste fit si bien qu’on la crut 
Sainte-Modeste


Santa Modesta 
Tomaba honestamente 
La mano y lo demás, 
Todo con un guante. 
Por nada hubiera querido 
Tocar un miembro desnudo. 
Esta belleza celeste lo hizo tan bien que la tomaron
Por Santa Modesta.


martes, 2 de abril de 2013

El Mapa del País de Braquerie


El château de Bussy-Rabutin ha sido descrito alguna vez como “el testamento más célebre de los libertinos del Gran Siglo”. Pero no es, por cierto, el único legado que nos ha dejado el conde de Bussy. De su pluma han salido obras ampliamente conocidas, como es el caso de su Historia amorosa de las Galias, sus memorias, el Discurso a sus hijos y una voluminosa correspondencia equiparable a la de Madame de Sévigné. El resto de sus escritos, aunque menos conocidos, no son tampoco desdeñables. Todos juntos dan testimonio de la diversidad de su talento y de esa inclinación suya a “desagradar sin rozar jamás la ordinariez, ser descortés manejando el arte de la cortesía como un auténtico espadachín”, como describe de modo magistral Gloria G. Duran. 

Una de sus obras lleva por título Mapa del País de Braquerie. Después de la campaña de Cataluña de 1654, el príncipe de Conti le dirige una carta en la que dice: “Cuando hayáis inspeccionado Braquerie, escribidme con qué fuerzas cuenta ese cuerpo, pues no dudo que aumenta cada día”. Bussy explica en sus memorias que Braquerie era una palabra en clave con la que aludían a las damas galantes, y hablaba de Braquerie como si fuera un país del que incluso habían hecho un mapa señalando la posición de cada una de ellas. 

Mapa de la Ternura

La obra parodia al Mapa de la Ternura, incluido en la novela Clélie que Mademoiselle de Scudéry acababa de publicar. Dicho mapa, elaborado por varias manos, entre ellas las de Catherine de Rambouillet, representa una tierra imaginaria llamada Tendre (tierno), y en él se indica el camino hacia el amor, según versión de las preciosas. Se trata de ir desde la ciudad de la Nueva-Amistad hasta la ciudad de la Ternura, para lo cual se ofrecen tres caminos. El más rápido, el del centro, conduce al desastre. Los otros aseguran la solidez del mañana si no tropieza con el Arrecife del Orgullo. Entre el Mar de la Enemistad y el Lago de la Indiferencia, el río del Cariño conduce directamente al mar peligroso y a las tierras desconocidas. El río atraviesa en su recorrido poblaciones encantadoras con nombres muy ad hoc, como Carta de Amor o Requiebros

El mapa funcionaba como un juego de salón: cada sábado, los habituales de su círculo constataban los progresos de determinada pareja hacia la ciudad de la Ternura. Alcanzó un gran éxito, y, de hecho, era muy representativo del pensamiento de las preciosas, que buscaban “hacer salir a los hombres del egoísmo y la brutalidad y enseñarles la estima, el respeto y el refinamiento”. 

Château de Bussy-Rabutin

Como reacción contra los excesos de las preciosas y de la literatura heroica, Bussy y Conti elaboran su Mapa de Braquerie. En su país viven los Cornutos, que son, evidentemente, aquellos que llevan cuernos, y cada dama está representada por el nombre de una ciudad o fortaleza fácil de tomar. Allí se encuentran, entre otras, las futuras protagonistas de la Historia amorosa de las Galias, como la ciudad de Châtillon, que bautizó así en honor a la amante del Gran Condé. Dada la reputación de codiciosa de la que gozaba la dama, era este un lugar en el que las gentes amaban excesivamente el dinero. 

Otro ejemplo lo encontramos en el siguiente párrafo: “Lavergne es una gran ciudad muy hermosa, y tan devota que el arzobispo [el cardenal de Retz, previamente arzobispo de París] residió allí con el duque de Brissac, que quedó como principal gobernador después de que el prelado se marchara”. Bussy se refería nada menos que a Marie-Madeleine Pioche de La Vergne, condesa de La Fayette, la autora de La Princesa de Clèves, dama de honor de Ana de Austria y amiga de Minette. El párrafo resulta de lo más sorprendente, porque ni siquiera en las estupendas memorias del cardenal consta ninguna alusión a la condesa. Algo extraño teniendo en cuenta que, desde luego, cuando menos fue una gran amiga suya. 

Madame de La Fayette

En cualquier caso, en el Mapa del País de Braquerie Bussy se ceba con el cardenal. En otro párrafo dice: “Pomereuil [Madame de Pommereux], en otro tiempo tan célebre por haber sido sede de un príncipe de la Iglesia; había por entonces un obispo, pero encontrándose este mal alojado, trasladó la sede episcopal a Lesdiguières”. 

La obra, que en un principio llevó por título Mapa Geográfico de la Corte y otras galanterías de Rabutin, circuló en manuscrito antes de imprimirse en 1668, era como un juego de adivinanzas bastante fácil de resolver. Hizo las delicias de la corte y de todo París por sus sobreentendidos galantes.