domingo, 31 de marzo de 2013

El castillo de Bussy-Rabutin

Château de Bussy-Rabutin, Borgoña


“Si l’on n’aime pas trop, on n’aime pas assez” – Bussy-Rabutin 
(Si no se ama demasiado, no se ama suficiente) 


Al cabo de algo más de un año de prisión, el 10 de agosto de 1666, Roger de Bussy-Rabutin es puesto en libertad y recibe autorización para retirarse a sus tierras. Una vez allí, se dedicará a escribir sus memorias y a recibir a sus numerosas visitas; se sumerge en las tareas de restauración y decoración de su castillo y mantiene una voluminosa correspondencia con los intelectuales de su época. 

Bussy vive sus horas más bajas: siente nostalgia de la corte, del ejército; guarda rencor al rey y a la marquesa de Montglas, la amante tornadiza que lo ha abandonado al caer en desgracia. Madame no tuvo en cuenta, al parecer, que fue sobre todo por complacerla a ella por lo que Bussy había emprendido la redacción de la obra que lo condujo a la Bastilla. Su abandono lo sumió en la más profunda desolación. 

El conde reunió una importante colección de retratos de sus amantes y de celebridades de la época, unas pinturas que aún pueden admirarse allí. En los retratos figuran inscripciones, comentarios que rezuman la misma causticidad que impregna toda su obra. Sobre Madame de Montglas, él mismo nos explica lo siguiente: 

“Hice pintar una cabeza de mujer sobre el cuerpo de una golondrina cruzando el mar e hice escribir debajo: huye del mal tiempo”. 

En su alcoba hay retratos de 25 amantes de reyes de Francia, y hay otra habitación dedicada a los de grandes guerreros, entre ellos Cromwell. El salón dorado, “el más bello salón de Francia”, es seguramente una de las obras más originales de Bussy. Refleja una mezcla de libertinaje y de amor “précieux” al gusto barroco. El retrato de Bussy, vestido a la antigua, se sitúa en medio de los de sus amigas. A su izquierda, y a pesar de la ruptura de la relación, se encuentra el de su amante. Su Histoire amoureuse des Gaules está bien representada aquí con retratos y comentarios. Bajo el de la condesa d’Olonne se lee: 

“Catherine d’Angennes, condesa d’Olonne, la mujer más hermosa de su tiempo, pero menos célebre por su belleza que por el uso que de ella hizo”

En una ocasión escribió en una carta: “No hay inscripciones ofensivas en los trescientos retratos que tengo en Bussy. Es que tengo amigas que no son vestales”. 

Château de Bussy-Rabutin

El castillo es hoy monumento histórico y ha sido escenario de algunas películas, como La Reina y el Cardenal. En él el visitante encuentra amorcillos que sostienen los símbolos enlazados de Bussy-Rabutin y Madame de Montglas; versos de Ovidio, máximas amorosas y recuerdos para su primera esposa, fallecida en 1646 al dar a luz a su hija. 






Bussy hizo pintar un cielo lleno de estrellas y escribió:
Non mille quod absens
Qué importa el número, si falta una




Y bajo otro cuadro se lee:
Piango la sua morte, é mia vita
Lloro su muerte y mi vida


A partir del momento en que parte al exilio, Bussy solo obtiene autorización para regresar a París durante un par de breves estancias en 1672 y 1676. No podrá residir en la capital de modo permanente hasta 1681, pero para entonces, este caballero “indignante” “escandaloso” y “extravagante”, como lo denominaban sus contemporáneos, ya no encuentra su lugar en la corte. “No le agradáis al rey”, le anunciaron un día con suma complacencia. 

Entre las pinturas de su castillo puede admirarse una que representa al sol iluminando un reloj de sol y la divisa “Si me mira me miran”. Bussy dijo a su amigo Saint-Aignan que le recordaba al día en que le había dicho al rey que preferiría que le condenara a muerte a que no volviera a mirarlo. Pero el temido momento había llegado. El rey le había retirado su favor, y ya no era más que una sombra en la corte. Él, que prefería la muerte al olvido o a la indiferencia, siente que aquel ya no es su lugar. La frialdad con la que es recibido le hace encontrar preferible su retiro borgoñón, donde sigue pasando la mayor parte de su tiempo. 

Bussy mantiene frecuente correspondencia con su prima, Madame de Sévigné. Las relaciones entre ambos habían sufrido altibajos, pero siempre se reconciliaban. Siendo ya un anciano, él mismo reconocerá los sentimientos que siempre lo habían unido a ella por encima de sus diferencias ocasionales: “Os he amado mucho toda mi vida, querida prima, y nuestras pequeñas peleas no significaban que me fuerais indiferente… ¿Qué haría yo en el mundo sin vos, mi pobre querida prima? ¿Con quién podría reír?...” 

E freda m accende
(Es fría, pero enciende)

A partir de 1690 decide quedarse definitivamente en sus tierras. Tres años después, el 9 de abril de 1693, fallecía en Autun. Faltaban tan solo cuatro días para su 75 cumpleaños. 

Bussy-Rabutin retuvo hasta el final uno de los honores que había alcanzado en vida: murió siendo académico de la lengua francesa. El rey, ni siquiera en los días de mayor enojo, dejó de reconocer su talento literario y sus méritos para ocupar el sillón número veinte, convirtiéndose así en uno de los llamados Inmortales.

Morir per no morir

jueves, 21 de marzo de 2013

Unos días de vacaciones



La Corte del Rey Sol se tomará unas pequeñas vacaciones. Esperamos estar de regreso a finales de este mes de marzo. ¡No falten a la cita!

Disfruten de la primavera/otoño y hasta pronto.

Diana de Méridor


martes, 19 de marzo de 2013

Histoire amoureuse des Gaules

Château de Bussy-Rabutin

Isabelle Cécile Hurault de Cheverny, marquesa de Montglas, fue el gran amor de Bussy-Rabutin, quien tuvo de ella una hija. La marquesa pertenecía al círculo de amistades de Mademoiselle de Montpensier y figuraba en el diccionario de Preciosas de Somaize, el secretario de María Mancini. Al igual que Madame de Sévigné, también Madame de Montglas abría su salón del Marais para recibir a los grandes intelectuales de la época. Símbolo del buen gusto, la corte se admiraba del modo exquisito en que terminó la decoración del castillo de Cheverny, tarea para la que contrató a los más renombrados artistas de Blois. El resultado fue tan fascinante que hizo exclamar a su amiga, la Gran Mademoiselle, que parecía un castillo encantado. 

Isabelle era hija del conde de Cheverny, a cuya muerte en 1648 se convierte en heredera universal. El 8 de febrero de 1645 se casó con François de Paule de Clermont, marqués de Montglas, pero este, que además era mariscal de campo y Gran Maestre del Guardarropa del Rey, se ocupaba más de los asuntos públicos que de su esposa, de modo que ella pronto comenzó a volcar sus afectos en otros caballeros. Primero fue la Tour-Roquelaure, y después Bussy. 

Madame de Montglas había enfermado y atravesaba por una larga convalecencia por la época en la que Bussy fue desterrado a sus tierras. Él aprovecha para visitarla y, para entretener a su amante, emprendió la redacción de la que sería la más famosa de sus obras: Histoire amoureuse des Gaules. Se trata de una serie de relatos acerca de las intrigas de las principales damas de la corte, hechos con bastante desvergüenza y mala intención, pero ciertamente divertidos. Nadie se libraba, ni la familia real, ni Minette ni la reina madre. 

La marquesa de Montglas

El propio Bussy cuenta en sus memorias cómo comenzó todo durante aquella temporada que pasó con su amante: “Me divertí escribiendo los amores de las señoras de Olonne [1] y de Châtillon [2], para complacer a Madame de Montglas, que me había dicho que eso la entretendría”. 

Así comienza la historia: 

“Durante el reinado de Luis XIV, la guerra, que se prolongaba desde hacía veinte años, no impedía que de vez en cuando se hiciera el amor; pero, como la corte solo estaba repleta de viejos caballeros insensibles, o de jóvenes nacidos entre el ruido de las armas y a los que dicho oficio había vuelto brutales, eso había hecho que la mayoría de las damas fuesen un poco menos recatadas que antaño…”

De regreso en su castillo de Borgoña, continuó añadiendo historias a su obra. No tenía ninguna intención, desde luego, de difundir la sátira, sino que su propósito era reservarla para diversión de sus amigos. 

Poco después, encontrándose la corte en Fontainebleau, Bussy era perdonado por su participación en la orgía de Roissy y autorizado a regresar. A finales de 1662 leía el manuscrito a algunos amigos, entre ellos Madame de la Baume, quien, abusando de su amistad, le pidió prestado el texto por un plazo de 48 horas y aprovechó la circunstancia para copiarlo antes de devolverlo. La copia pronto comenzó a circular libremente. La obra, desde luego, hizo las delicias de los cortesanos, pero desgraciadamente también llegaría hasta el rey. A Luis no iba a hacerle la misma gracia. 

Roger de Bussy-Rabutin

A comienzos de 1665 Bussy es elegido miembro de la Academia francesa, fundada en 1635 por el cardenal Richelieu. El novelista se convertía así en uno de los cuarenta Inmortales, ocupando el sillón número veinte. 

Luis ratifica su elección, pero entonces aparece publicada la obra en Lieja, algo que enfurece al rey. Bussy le explica en una carta que todo era debido a la traición de una falsa amiga, que tras pedírselo prestado se había dedicado a copiarlo y alterarlo sin su conocimiento. Negó en rotundo que las páginas más comprometedoras fueran realmente suyas, e insistía en que eran añadidos posteriores que otros cortesanos habían ido haciendo a su obra. Para demostrarlo, encargó al duque de Saint-Aignan que le mostrara lo que afirmaba que era el manuscrito original. 

Luis lo estudió durante cuatro días y, tras mantener una entrevista con el propio Bussy, parecía apaciguado. Pero pronto supo el conde que Madame de la Baume había obtenido audiencia con el rey. La dama convenció a Luis de que el manuscrito que había leído no era, ni mucho menos, el texto íntegro, sino tan solo las dos primeras historias, y que Bussy había suprimido los pasajes más ofensivos antes de mostrárselo. 

Catherine de Bonne, marquesa de la Baume

Los intentos de Bussy por exculparse no tendrán ya ningún éxito. El 16 de abril de 1665 es arrestado y enviado a pasar una temporada en la Bastilla, donde se le unirá Péguilin poco después. Además, hubo de renunciar a su puesto como maestre de campo general de la caballería ligera.

***

[1] Sobre Madame d’Olonne narramos en su momento algunas divertidas anécdotasen este link

[2] Madame de Châtillon era la amante del Gran Condé. También nos ocupamos de ella anteriormente.

domingo, 17 de marzo de 2013

Madame de Sévigné y las rabutinadas

Marie de Rabutin-Chantal, Marquesa de Sévigné

Bussy-Rabutin sabía jugar con las palabras; las utilizaba como estiletes afilados. Tenía agudeza, tenía talento, tenía humor. Y tenía, también, la causticidad suficiente para trazar sátiras demoledoras de sus contemporáneos. Tanto es así que su prima, Madame de Sévigné, acuñó el término “rabutinada” para denominar este tipo de ingeniosas ocurrencias, una palabra que pasó a engrosar el diccionario de la lengua francesa. 

Pero Bussy no era hombre que aprovechara este talento para halagar a los poderosos. Su instinto, su propio carácter, lo conducía por derroteros contrarios a los que hubieran servido a la ambición. Era terrible. En una ocasión definió a la duquesa de Longueville con estas simples cinco palabras: “Era sucia y olía mal”. Así. Como un epitafio. Y sobre el Gran Condé, hermano de la duquesa, se despachó a gusto en una carta dirigida a Madame de Sévigné. En ella se recreaba en la descripción de la fealdad del príncipe. Este, por su parte, “no toleraba que Bussy paseara por las calles de París cuando él estaba allí”

Tampoco se había librado su prima de recibir una de sus sátiras. Algún tiempo atrás Bussy había escrito un cáustico retrato de Madame de Sévigné en el que describía sus defectos físicos y la acusaba de frígida e inconstante. Cuando el esposo de la marquesa había tenido un affair con la famosa cortesana Ninon de Lenclos, Bussy le había propuesto a su prima pagarle al marido infiel con su misma moneda, ofreciéndose él mismo voluntario para consumar el plan. Marie lo rechazó, y se dijo que la sátira posterior había sido una venganza por su negativa. 

Madame de Sévigné

Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sévigné, pertenecía a una familia de rancio abolengo, aunque venida a menos. Fue hija única, lo que la convertía en heredera universal de los bienes de sus padres y motivó que, al quedarse huérfana a los siete años, sus parientes se pelearan por su custodia. Finalmente se quedó con la familia de su madre. Bussy, por su parte, era el pariente más próximo por parte de su padre. 

Cuando Marie cumplió 18 años, la casaron con el noble bretón Henri de Sévigné, caballero con título pero sin fortuna. Durante los seis años que duró su matrimonio, residieron tanto en París como en su hogar de Bretaña, el château des Rochers-Sévigné. En ese tiempo la marquesa dio a luz un hijo y una hija. Pero Marie no era feliz: Henri era manifiestamente infiel, y gastaba todo el dinero en sus amantes, hasta el punto de que el tío de la marquesa, alarmado, logró que se hiciera separación de bienes antes de que su sobrina llegara a verse en la más absoluta miseria. En una ocasión, Madame de Sévigné dijo sobre él: 

—Monsieur de Sévigné me estima, pero no me ama; yo lo amo, pero no lo estimo.

El 4 de febrero de 1651 Henri se batía en duelo con el caballero d’Albret por los amores de Madame de Gondran. El marqués recibía una herida mortal y fallecía dos días después. Marie, por entonces en Bretaña, vivía la fecha de su cumpleaños del modo más amargo posible: el día 5 cumplía 25 años, y al siguiente enviudaba. Perdía al esposo, además, en unas circunstancias especialmente dolorosas y humillantes. 


Madame de Sévigné compartía con su primo el ingenio y el talento literario. Al igual que él, a veces sus palabras eran demasiado directas, pero tenía el don de saber colocarlas de modo oportuno. Hay numerosas anécdotas al respecto, como aquella vez en que se dirigió a madame d’Harcourt, que había nacido exactamente el mismo día y año que ella, y le dijo: 

—Madame, pongámonos de acuerdo: decidme, ¿qué edad queremos tener? 

Según Tallemant des Reaux, Madame de Sévigné era “una de las personas más amables y más honestas de París. Canta, baila y tiene una inteligencia muy viva y agradable; es brusca y no puede contenerse a la hora de decir lo que piensa, aunque a veces se trate de cosas un tanto atrevidas, pero encuentra el modo de hacer que parezcan oportunas. Alguien le escribió una vez una nota y le rogó que no se la mostrara a nadie. Ella dejó pasar algunos días, luego la mostró y dijo: “Es que si la hubiera empollado más tiempo, se habría convertido en pollito". Y lo decía con tal gracia que tenía que serle perdonada la indiscreción.


Aunque tuvo numerosas propuestas de matrimonio, Madame de Sévigné se negó a volver a casarse. Prefirió dedicarse a sus hijos y a la vida intelectual, que mantenía en los salones y en la corte. Ménage, su amigo y confidente, había estado enamorado de ella en el pasado. Recordando aquellos tiempos, un día le dijo: 

—He sido vuestro mártir, y ahora soy vuestro confesor. 

A lo que ella respondió: 

—Y yo vuestra virgen. 

Y estas respuestas, queridos cortesanos, también son rabutinades.


viernes, 15 de marzo de 2013

Bussy-Rabutin y la Orgía de Roissy

Roger de Rabutin, conde de Bussy

El Gran Prior de Francia, tío de Bussy, no estaba precisamente satisfecho al conocer la última aventura de su sobrino. Sin embargo, aunque el proyecto de desposar a Madame de Miramion había fracasado estrepitosamente, era preciso que Roger volviera a casarse para ver si así se le podía tener un poco más sujeto. Pero esta vez las cosas tendrían que ser diferentes: no habría raptos, ni enredos, ni intrigas galantes, sino que buscaría a la candidata adecuada y la conduciría discretamente hasta el altar, sin dar más escándalos. De modo que Bussy contrajo un segundo matrimonio el 27 de abril de 1650, esta vez con Louise de Rouville. Él mismo nos lo cuenta de este modo tan desapasionado: 

“Habiendo fallecido Gabrielle de Toulongeon en 1646, el Gran Prior de Francia, mi tío, me obligó a considerar la idea de un segundo matrimonio. Entonces me casé, en 1650, con Louise de Rouville, hija de monsieur Jacques de Rouville, conde de Clinchamp, y de Isabel de Longueval. Tuve de ella dos hijos y dos hijas…” 

Era aquel tiempo la época de la Fronda. Bussy combatió con cierta distinción en la guerra civil que estalló durante la regencia de Ana de Austria, y después en la guerra contra España. En un principio había tomado el partido de la Fronda de los Príncipes, pero, debido a un desacuerdo con Condé, pronto cambió de bando y se alineó del lado del rey, a quien sirvió bien en el Nivernais y en el sitio de Montrond. Sus servicios fueron recompensados con el cargo de maestre de campo general de la caballería ligera, además del de teniente general de los ejércitos del rey. Acompañó al príncipe de Conti en Cataluña y a continuación combatió en Flandes a las órdenes de Turenne. Bussy se distinguió en la Batalla de las Dunas en 1658. 

El Gran Condé

El conde reunía suficientes méritos militares para haber llegado a ser mariscal de Francia, pero su enorme vanidad, junto con la imprudente costumbre de componer cancioncillas satíricas sobre todo aquel que se le ponía por delante, le indisponía con muchos altos personajes dentro del ejército y de la corte. Debido a esos rasgos de su carácter nunca llegó a obtener todo el reconocimiento que le era debido. 

Y entonces tuvo lugar el episodio que marcaría el inicio de su caída en desgracia: en abril de 1659, durante la Pascua, participaba con sus amigos más libertinos, entre ellos Guiche, en la orgía de Roissy, aquella célebre fiesta que ya habíamos relatado en su día. Esa noche de Viernes Santo, repleta de “placeres campestres”, después de haber cometido mil locuras bautizaron a un lechón que luego devoraron con blasfema voracidad. El objetivo del bautizo fue ponerle por nombre “Carpa”, y de ese modo convertirlo en pescado para que no fuera pecaminoso comerlo en esa fecha. 

Bussy, desde luego, negó los hechos, pero nadie le creyó. Sabían que él y sus amigos eran perfectamente capaces. De hecho, el propio conde relataba una serie de anécdotas de corte muy similar. 

El revuelo que causó el episodio fue tremendo; La corte entera estaba escandalizada. Madame de Motteville nos cuenta que “se les acusó de haber elegido el momento con intención sacrílega, siendo la menor de sus fechorías la de comer carne en Viernes Santo; incluso se les acusó de haber cometido ciertas impiedades indignas no ya sólo de cristianos, sino de hombres dotados de sentido común”.

Madame de Sévigné, tan indignada como el resto de la corte, retiró la palabra a su primo. Había podido aceptar sus explicaciones con respecto al asunto de Madame de Miramion, pero no pudo con esto. Ella misma había sido una vez una de las principales damnificadas por el cáustico humor de Bussy, al que había inspirado una sátira muy poco halagadora. 

Madame de Sévigné

Y es que no fue el bautizo del lechón lo que realmente había molestado tanto a los cortesanos, sino que el verdadero delito del conde de Bussy era, como de costumbre, el de haber compuesto una canción en la que se despachaban bien a gusto contra algunos importantes personajes. Una copia cayó en manos de la reina y del cardenal, el cual “para demostrar que no tenía intención de proteger el crimen, decidió castigar a todos los cómplices en la persona de su sobrino, a quien despidió de la corte y de su presencia”. Mazarino lo hizo conducir a la ciudadela de Brissac, donde habría de permanecer prisionero. 

Según Bussy-Rabutin, fue un castigo totalmente injusto, porque Felipe, al ver el cariz que iban tomando los acontecimientos en Roissy, había abandonado a sus compañeros, prefiriendo encerrarse en su habitación, y en la mañana del Viernes Santo había regresado a París. Pero Mazarino tenía que demostrar que no trataba de proteger ni favorecer a su familia. 

En cuanto a Bussy, era desterrado a su Borgoña natal. El destierro, desde luego, iba a dar bastante de sí e inmortalizaría su nombre...


lunes, 11 de marzo de 2013

La aventura de Bussy-Rabutin y Madame de Miramion (III)


Al llegar la mañana Roger de Rabutin, conde de Bussy, entró acompañado de diez o doce personas en la estancia en la que aguardaba la ofendida Madame de Miramion. Osado como era, se sentía intimidado en su presencia; su desconcierto le impedía acertar con las palabras adecuadas. 

—¡Juro —exclamó ella al verlo, al borde del soponcio—, juro ante Dios vivo, mi creador y el vuestro, que nunca me casaré con vos! 

El galán hubo de asimilar que había sido burlado. A él le habían asegurado cien veces que si tomaba esa determinación, ella se mostraría conforme. Nada parecido a la escena con la que se encontraba. 

—Me habían dicho que era un corderito y me encuentro con una leona —comentaría después. 

Enfrentarse a Bussy consumió casi la totalidad de las fuerzas que le quedaban a la dama. Se derrumbó sobre los cojines de su asiento con aspecto desmayado, lo que alarmó al conde. Se hizo traer a un médico desde Sens para que atendiera el patatús de la agitada viuda, y el diagnóstico no sirvió para sosegar al descompuesto caballero: tras tomarle el pulso, el doctor dictaminó que se encontraba muy débil, y que si continuaba negándose a comer, acabaría muriendo. 

¡No le faltaba más a Bussy que su disparatado rapto se complicara con la muerte de la señora! Lo acusarían de asesinato, seguro. El conde se mesaba angustiado los cabellos mientras le llegaban noticias cada vez más inquietantes: le decían que había más de seiscientos hombres armados en Sens, todos dispuestos a asediar el castillo de Launay por orden de Ana de Austria. 


Roger de Rabutin se presentó de nuevo ante Madame de Miramion. Traía comida, y trató de persuadirla para que comiera utilizando toda clase de juramentos y promesas, pero ella continuaba negándose a probar el alimento. 

—Cuando los caballos vuelvan a ser enganchados a mi carroza y yo me encuentre dentro, comeré. 

Bussy dio instrucciones para que se hiciera según los deseos de la dama, y entonces ella accedió a comer dos huevos. Después el carruaje abandonó el castillo y emprendió el camino de Sens. El caballero que la había recibido a su llegada la seguía a caballo, siempre pegado a la portezuela e intentando disculpar a su amigo. 

Cuando llegaron a cien pasos de Sens, el caballero se retiró. El cochero y el postillón, temiendo también ser arrestados, desengancharon los caballos y se dieron a la fuga. Madame de Miramion y su doncella se quedaron solas con el fiel lacayo que no había querido abandonarlas. Los tres recorrieron a pie el trecho que restaba para entrar en Sens, pero se encontraron con que la puerta de la villa estaba cerrada. Se les dijo que el lugar se había armado por orden de la reina, que deseaba socorrer a una dama que había sido raptada. 

—¡Ay, soy yo! —exclamó Marie. 

Le franquearon entonces el paso y pudo al fin refugiarse en la posada y descansar en una cama. 


La noticia de su llegada pronto salió de la villa y alcanzó a su hermano, Monsieur de Rubelle, que acudió a su encuentro con el vizconde de Marsilly. La alegría de Marie al verlos fue tan grande que sufrió un ligero desvanecimiento. Apenas recuperada, lo primero que hizo fue preguntar por su suegra, que había quedado en mitad del camino con una de las doncellas. Marsilly le dijo que la señora había llegado sana y salva; que había caminado hasta el primer pueblo, donde había encontrado caballos para continuar viaje hasta París, y que envió a su escudero para avisar a la familia.

La pobre Madame de Miramion cayó enferma a consecuencia de tanto sobresalto y ajetreo. Su cuerpo delicado había sido sometido a tremendas pruebas, de modo que hubo de ser trasladada a París en una camilla. 

Pero su familia no iba a dejar pasar el asunto: llevaron a Bussy ante los tribunales, lo que dio más notoriedad al incidente y nos permite, al mismo tiempo, constatar su autenticidad. El conde solo consiguió librarse tras pagar cuatro mil libras y obtener el perdón de la dama. Marie, ante la intercesión del Príncipe de Condé, accedió a otorgarle su perdón a condición de que no volviera a presentarse nunca ante ella, lo que Bussy cumplió a la perfección durante 36 años. 

Seguramente quien persuadió a Bussy de la inclinación que la viuda sentía por él se rió del desenlace durante años, porque no había podido elegir una dama menos indicada para vivir tal clase de aventuras. Madame de Miramion era tan poco dada a lances galantes y amoríos que el 2 de febrero de 1649 hizo voto de castidad. 

Madame de Miramion

Este retrato, aunque muy alejado en el tiempo de la imagen fresca y lozana de aquella joven que un día raptó Bussy, da una idea ciertamente cabal de la personalidad de la dama que vivió tan apurado trance. Juzguen ustedes.

Tras el rapto fallido, los allegados de Marie le aconsejaron retirarse a un convento para evitar un nuevo sobresalto similiar, una propuesta que coincidía enormemente con la propia inclinación de la señora. Así lo hizo, y consagró el resto de su vida, así como toda su fortuna, a obras de caridad. 

Roger de Bussy-Rabutin no escarmentó ni se volvió discreto. Por suerte continuó brindándonos inefables momentos de los que nos proponemos dar cuenta aquí.


sábado, 9 de marzo de 2013

La aventura de Bussy-Rabutin y Madame de Miramion (II)


Mientras atravesaban las angostas sendas del bosque de Livry, Madame de Miramion consideró que si abría la portezuela y se arrojaba fuera del coche, tal vez tendría la posibilidad de salvarse ocultándose entre la fronda. Resuelta a intentarlo, emprendió una alocada huida indiferente a los arañazos que cardos y espinas iban marcando en su rostro y en sus manos. Pero su impulso desesperado no iba a llegar muy lejos: pronto acudieron varios jinetes en su persecución y Marie, al verlos, comprendió la inutilidad de su esfuerzo. Temiendo que su rebeldía hiciera que la obligaran montar a caballo para así llevársela más fácilmente, optó por regresar al carruaje y aguardar a mejor ocasión. 

En la primera parada que hicieron para comer y refrescar sus caballos, los enmascarados se deshicieron de la molesta suegra como si fuera un paquete. La dejaron en el camino junto con una de las doncellas mientras el carruaje que llevaba a Marie volvía a alejarse veloz, siempre rodeado por los jinetes que lo custodiaban. Al frente, cómo no, iba el intrépido Roger de Rabutin, conde de Bussy, responsable de tan audaz plan. 

Los jinetes galoparon todo el día. De vez en cuando hacían un alto para refrescar los caballos y comer algo, aunque Madame de Miramion se negaba a ingerir cualquier alimento que le ofrecieran. Lejos de someterse, continuaba gritando su desventura a las gentes por los lugares que atravesaban, algo que el conde entendía, admirado y complacido, como la más perfecta de las interpretaciones. 

Para contrarrestar el efecto de las quejas de la desdichada joven, decían a todo el mundo que era una loca, y que ellos cumplían la penosa misión de conducirla a una fortaleza en la que debía ser recluida, unas órdenes que procedían supuestamente de Ana de Austria, nada menos. Y tal como Marie aparecía a la vista de todos, despeinada, con la ropa desgarrada, en pleno ataque de ansiedad y con rostro y manos arañados, no hacía falta más para persuadirlos. La pobre Madame de Miramion era la viva estampa de una lunática. 


Al caer la tarde alcanzaron el viejo castillo de Launay. La fortaleza, situada a tres leguas de Sens, pertenecía al tío de Bussy, Gran Prior de Francia. Tenía en aquel tiempo una apariencia medieval, con altas murallas, un pequeño patio sombrío y varios puentes levadizos que se iban bajando uno tras otro entre un escalofriante estrépito de cadenas de hierro. Con su aspecto gótico, no podía haber un lugar mejor para servir de escenario a tan insólito episodio. 

Allí aguardaban doscientos amigos de Bussy, todos armados y tan persuadidos como él de que el rapto se estaba llevando a cabo con el pleno y libre consentimiento de la novia. Aunque, por alguna extraña razón que se les escapaba, el comportamiento de Marie era desconcertante: ahora que había llegado a su destino, se suponía que debía dejar de disimular, pero resulta que ella seguía en sus trece y se negaba a entrar en el castillo o incluso a abandonar el carruaje. 

Uno de los amigos de Bussy, caballero de la Orden de Malta, se aproximó a la portazuela para rogarle que lo acompañara. 

—¿Sois vos quien me ha raptado? —quiso saber ella. 

—No, madame. Es monsieur el conde de Bussy-Rabutin, quien nos ha asegurado que todo esto se hacía con vuestro consentimiento. 

—Pues lo que os ha dicho es falso. Ya veréis vos si consiento o no consiento. 

—Madame, nos hemos reunido aquí doscientos caballeros, amigos de monsieur de Bussy —dijo el joven, abrumado por las circunstancias—, pero si nos ha engañado, actuaremos contra él y os devolveremos la libertad. Tenéis mi palabra de que mañana mismo seréis liberada y conducida sana y salva hasta los vuestros. Mas antes es preciso tener una explicación. Os ruego que descendáis y reposéis en el interior del castillo. 


El caballero tenía un aire noble y dulce que inspiró confianza a Madame de Miramion, de modo que finalmente aceptó la hospitalidad que le ofrecía y lo siguió hasta un salón en la planta baja. Allí se hizo encender la chimenea y le trajeron los cojines de su carruaje para que tomara asiento. 

Marie observó que sobre una mesa había dos pistolas. Comprobó que estaban cargadas y las puso cerca para inspirar respeto, por lo que pudiera pasar. Luego pidió a la doncella que le habían permitido conservar consigo que no la abandonara ni un instante, bajo ninguna circunstancia. 

Poco después le llevaron la cena, pero ella la rechazó con la misma altivez con la que se había negado a comer durante el camino, diciendo que quería la muerte o la libertad. Mientras tanto aparecían numerosas personas tratando de persuadirla de un modo o de otro para que se casara con el conde, que aún no había aparecido. 

Para entonces Bussy estaba desconcertado. Tras escuchar a sus amigos, había comenzado a comprender que no tenía sentido que Madame de Miramion continuara rechazándolo a esas alturas, a menos que no estuviera fingiendo. Aquella mujer parecía estar realmente furiosa contra él, y eso solo podía significar que había metido la pata. 

Roger de Bussy-Rabutin solo tenía una alternativa: tratar de aplacarla y salir lo más airoso posible de aquel apurado trance, de modo que envió a decirle que la pondría en libertad, y que antes tan solo solicitaba de ella la gracia de escucharlo un instante. 

Marie accedió a entrevistarse con él, deseosa de recibir una explicación para tan incalificable comportamiento por parte del conde…


jueves, 7 de marzo de 2013

La aventura de Bussy-Rabutin y Madame de Miramion (I)

Bussy-Rabutin

Roger de Rabutin, conde de Bussy, nació en la localidad de Épiry, en la región de Borgoña, el 13 de abril de 1618. Pertenece, por tanto, a una generación con la que bien podríamos recorrer una buena parte del reinado de Luis XIII además del de Luis XIV. 

Al morir sus hermanos, se convirtió en la única descendencia de su padre, Léonor de Rabutin —sí, Léonor no era una dama, sino un caballero de tiesos mostachos—, que se esmeró en su educación. Roger fue enviado al colegio de los jesuitas de Autun, donde se reveló como un alumno brillante, y después estudió en el prestigioso Clermont de París. A continuación, con 16 años, siguió la tradición familiar y comenzó su carrera militar como capitán en el regimiento de infantería de su padre, participando en diversas campañas. 

Bussy no se caracterizaba por la disciplina que imponía a sus hombres, dedicados al contrabando de sal mientras él estaba demasiado ocupado con sus amoríos. Eso le valió el enojo del cardenal Richelieu, que en 1641 lo envía a pasar cinco meses en la Bastilla. Aquella sería su primera estancia en la célebre fortaleza, pero en absoluto la última.

Roger vivió una juventud agitada. Famoso por su libertinaje, su talento literario y su humor cáustico, su carácter lo impulsaba a batirse en duelo y a lanzarse a numerosas aventuras galantes, pero también a cultivar su espíritu en los salones en compañía de su prima, la marquesa de Sévigné. 

Madame de Sévigné

Tenía 25 años cuando contrajo matrimonio con otra prima suya, Gabrielle de Toulongeon, que parece haberle amado. Lamentablemente el conde enviudaba apenas tres años después. 

Posteriormente hizo la corte a Marie Bonneau de Rubelles, Madame de Miramion, una joven viuda de 20 años e inmensamente rica. El episodio, que terminó en un intento de rapto, hizo mucho ruido en la corte y aun por toda Europa, por lo bizarro del asunto: supuestamente un amigo de la familia convenció a Bussy de que, a pesar del aparente rechazo de la dama, en realidad no le resultaba indiferente, pero que, siendo extraordinariamente beata, su pudor natural y el temor a ofender a su famila le impedían declararse o dar muestra alguna de sus sentimientos. El conde no precisó de más para lanzarse de cabeza y decidirse por una estrategia de lo más radical: dedicó la suma de mil libras a poner a punto el plan para raptar a Marie durante un desplazamiento que esta tenía previsto hacer. 

Madame de Miramion era una mujer sumamente piadosa que hubiera optado por la vida conventual de haber sido libre de elegir. Pero su padre había muerto cuando ella contaba tan solo 14 años, dejándola al cuidado de una tía ambiciosa empeñada en conseguir para Marie un matrimonio brillante que la situara socialmente en lo más alto. Su tía, para alejar las tentaciones de entrar en el convento, la presentó en la corte, la llevaba frecuentemente al teatro y organizaba fiestas capaces de entretenerla y hacerle apreciar las diversiones mundanas, algo en lo que alcanzó un cierto éxito. 

Cuando Marie tenía 16 años, monsieur de Miramion, de 27, solicitó su mano y, como era rico y de noble alcurnia, la obtuvo sin dificultad. Marie era feliz en su matrimonio, pero desgraciadamente al cabo de poco más de seis meses el esposo falleció tras una enfermedad fulminante que se lo llevó en una semana. Ella esperaba un hijo, y finalmente trajo al mundo a una niña tras un complicadísimo parto que se dijo que había durado 46 horas. 

Gabrielle de Toulongeon, primera esposa de Bussy

Poco después, debido a sus muchas virtudes y a su gran fortuna, comenzaba a ser cortejada por un buen número de pretendientes, entre los cuales, por supuesto, se encontraba Bussy. El conde, convencido de estar satisfaciendo los deseos de Madame de Miramion, se disponía ahora a comportarse como el protagonista de una de las novelas de su época. 

En agosto de 1648 Marie, que había pasado parte del año en una casa de campo de Issy, se dirigía en su carruaje a la iglesia de Mont-Valérien. Iba en compañía de su suegra, de un lacayo de edad avanzada y de dos doncellas cuando de pronto el vehículo era detenido por una banda de veinte jinetes enmascarados. Dos de ellos se aproximaron con la intención de alzar las cortinillas del coche. La joven trató de impedirlo mientras comenzaba a dar alaridos de espanto, gritando a todo aquel que pasaba que era Madame de Miramion, que la estaban raptando y que corrieran a París a avisar a su familia. 

Pero para el galán esto era cosa bien natural, porque ya se sabía que había que guardar las apariencias y disimular ante la suegra para salvar su honor, de modo que procedió a ejecutar sus propósitos...


martes, 5 de marzo de 2013

Los prisioneros de la Bastilla


En el interior de la Bastilla, un oficial hacía ronda regularmente por las celdas para asegurarse de que todo estaba en orden. Los centinelas se relevaban cada dos horas. Algunos vigilaban las ventanas e informaban de lo que ocurría en las calles, de modo que en la fortaleza todo estuviera preparado en caso de un levantamiento popular. 

A menos que se encontrase necesario que el detenido fuera interrogado por el teniente general de policía, era el teniente del rey quien le recibía. Él y un capitán acudían al encuentro del recién llegado para conducirlo hasta el severo monsieur de Besmaux, gobernador de la fortaleza. Péguilin, tras comparecer ante él, fue trasladado a la sala del consejo, donde se le hizo vaciar sus bolsillos. De allí se lo condujo a la habitación en la que habría de pasar seis meses. 

Los aposentos del primer piso eran octogonales, con dobles puertas y grandes chimeneas sobre las que a veces había un retrato del rey. Para mirar al exterior por la ventana enrejada, el prisionero tenía que subir tres escalones cortados en el muro. Generalmente se permitía tener libros —en tiempos de Luis XIV la Bastilla contaba incluso con una biblioteca un tanto desorganizada—, recibir visitas y pasear por el patio. Podían amueblar su habitación con sus propios enseres o bien dirigirse al tapicero de la Bastilla, que cobraba unos precios exorbitantes. Pero a finales del reinado de Luis XIV algunas de las celdas estaban amuebladas y provistas con todo lo necesario a expensas del Estado. 

A menudo se autorizaba al prisionero a tener dos servidores consigo si podía permitírselo. Péguilin, encarcelado en secreto al principio, no los tuvo desde el primer momento. Habría de esperar al 30 de julio. 


El castigo más común para las faltas leves era la disminución en la ración de comida, aunque casi nunca en régimen tan severo como para quedar reducido a pan y agua. En realidad los platos que se servían en la Bastilla eran muy abundantes, y, como prueba de que se trataba de la más aristocrática de las prisiones, tal vez les sorprenda saber que también se servía vino: dos botellas de borgoña o de champaña. 

Algunos presos preferían comer más modestamente y quedarse con el dinero que sobraba del destinado a su manutención. Y es que cuando el prisionero no disponía de medios, el Estado los procuraba, y el destinatario podía gastarlos o ahorrarlos a su conveniencia, sin tener que devolver las cantidades no empleadas. Para la constatación y ampliación de este y otros puntos, se puede consultar el volumen 1 de los archivos de la Bastilla, publicados por Ravaisson. 

Cuando Péguilin llegó a la Bastilla, en julio de 1665, se encontró con el marqués de Vardes, a quien el rey había enviado a prisión como castigo por haberse referido a Minette con excesiva ligereza. Pero las condiciones de Vardes no eran demasiado severas, puesto que se permitía a todos sus amigos que acudieran a visitarlo. Las de Péguilin serían mucho más duras. Luis no estaba ávido por ver difundido el delicado asunto que había llevado a prisión al que había sido su amigo, de modo que tomó algunas medidas destinadas a impedir su propagación. Son, por cierto, unas medidas que nos resultan familiares en esta corte: el 18 de julio Le Tellier escribía al gobernador que el prisionero no debía comunicarse con nadie, ni de viva voz ni por escrito, mientras permaneciera en la Bastilla, y que en lugar de contar con un sirviente propio se le asignara un soldado o bien algún otro prisionero con el que no fuera muy probable que hablase. 


Las circunstancias, sin embargo, no eran totalmente desfavorables para Péguilin: el lugarteniente del gobernador era paisano suyo, y además amigo. Se llamaba Henri de Barrail. Había sido condenado a muerte a raíz de un duelo 10 años atrás, por lo que hubo de abandonar el Agenais y, gracias al apoyo de Antoine, logró ingresar en el ejército al servicio del mariscal Fabert. Hacía ahora tres años que ocupaba ese puesto en la Bastilla. Los prisioneros estaban contentos con él y lo llamaban el buen alcaide

Otro de los caballeros con los que Péguilin coincidió en prisión era el conde de Bussy-Rabutin, primo de Madame de Sévigné, encarcelado por haber escrito L’histoire amoureuse des Gaules. El rey estaba harto de su lengua afilada, exactamente a la altura de su despiadada pluma. El conde, que ya había apuntado maneras seis años atrás participando en la orgía de Roissy, llevaba encerrado desde abril. En sus memorias dejó escrito que se alegró mucho cuando conoció la desgracia de Péguilin, porque esperaba que sus fechorías harían olvidar las suyas. 

Roger de Rabutin, conde de Bussy, es uno de esos personajes a los que vale la pena examinar más de cerca…


domingo, 3 de marzo de 2013

El mito de la Bastilla


En 1665 la Bastilla ya no era la terrible prisión que había sido durante la Edad Media, pero la imaginación popular le adjudica horrores que hacía tiempo que no tenían cabida en sus recintos. Si bien no era precisamente un lugar idílico en el que pasar unas vacaciones, para tratarse del siglo XVII era una prisión modélica. A diferencia de otras fortalezas, las únicas torturas aquí permitidas eran la del agua y la de la bota. En el caso de las mujeres, solo se autorizaba este último tormento. Comparada con las demás prisiones de la época dentro de la propia Francia, se puede decir que el trato era más humano, y que se tomaban especiales precauciones para evitar encarcelar a la persona equivocada. Y sin embargo fue esta ciudadela construida en las afueras de París la que se acabó convirtiendo en un símbolo del poder despótico. 

Había, ciertamente, mazmorras al pie de cada torre, y muy adecuadas a la novelesca idea que nos ha sido transmitida sobre la vida en la Bastilla. Eran lugares sumamente insanos, pues cuando el Sena se inundaba se llenaban de agua. A veces se ponía una cadena en medio y se ataba a ella a un prisionero, pero, para ser justos, hay que aclarar que estas celdas no eran las que ocupaban los presos, sino los lugares reservados a castigos especiales para los más recalcitrantes. En cualquier caso, no se retenía a nadie en ellas; una vez cumplido el castigo, se los devolvía a su celda. 

La Bastilla era la prisión de lujo, la aristocrática. Durante el reinado de Luis XIV fueron encerrados en la fortaleza algunos caballeros por haberse batido, contraviniendo la prohibición relativa a los duelos. También era un lugar habitual para aquellos acusados de espionaje, para los conspiradores o para quien ofendiera al monarca de alguna forma, como era el caso de Péguilin. Era Luis quien decidía personalmente quién debería ir a la Bastilla. 

En principio no era una prisión para largas estancias, sino que la mayoría de las veces tenía carácter preventivo. El confinamiento duraba el tiempo que fuera preciso para realizar la pertinente investigación de los hechos. El promedio de estancia en la fortaleza durante el reinado de Luis XIV fue de alrededor de tres años. 


Las órdenes de arresto eran lettres de cachet firmadas por el rey y por un ministro, y el gobernador recibía la pertinente notificación cuando llegaba un prisionero. Como especial medida de seguridad contra cualquier posible abuso, se designaba un ministro especial que tenía a su cargo la Bastilla. Su deber era supervisar los gastos y asegurarse diariamente del número de prisioneros que eran recibidos. Era un puesto muy codiciado, y el propio Colbert llegó a ostentarlo. 

Se accedía a la fortaleza por el extremo de la rue Saint-Antoine. A través del portal, adornado con un sinfín de trofeos, se ingresaba en el primer patio, bordeado a la derecha por unos cuantos tenderetes y a la izquierda por los establos y los barracones del gobernador. Una vez atravesado, al pie de las ocho torres se cruzaba por un puente levadizo que tenía su propio nombre: l’Avance. El puente estaba abierto de día, pero permanecía cerrado durante la noche. Nadie podía pasar por allí ni detenerse en aquel punto, y se apostaban centinelas para impedir que el pueblo se agrupara con la intención de contemplar el paso de los prisioneros. 

Una campana anunciaba la llegada del preso. Pasado el puente, el recién llegado se encontraba en el patio del gobernador. Al extremo del patio había otro puente levadizo reforzado por barrotes de hierro, y después de pasar ante los guardias allí estacionados se llegaba al patio de los prisioneros. El lugar no era silencioso, ni el patio resultaba sombrío. Era bullicioso; estaba lleno de gente que hablaba, reía y se divertía con diversos juegos. 

Enfrente había un gran edificio dividido en dos por un corredor y una escalera. La planta baja era para las cocinas y el refectorio, y en el primer piso se alojaba a los prisioneros, a los que se permitía una cierta libertad de movimientos. El teniente del rey ocupaba el segundo piso, de modo que podía ver desde las ventanas de sus aposentos cuanto ocurría en el patio. Si el recién llegado se detenía allí de espaldas al puente y frente a este edificio, distinguía a la derecha las celdas de los prisioneros guardados menos estrictamente. 

El marqués de Besmaux, antiguo capitán de la guardia del cardenal Mazarino, era el gobernador de la fortaleza. Besmaux aguardaba ahora el sonido de la campana que avisaría de la llegada de Péguilin...


viernes, 1 de marzo de 2013

El rival del rey


En 1665 Péguilin sufrió el primer revés en la Corte, y fue precisamente a causa de su amor por la princesa de Mónaco. Desde que Catherine había regresado a París, la pasión que antaño sentía por él parecía haberse enfriado. La princesa, siempre voluble, bebía el placer en otras fuentes. Si para él había sido el amor de su vida, para ella Péguilin fue tan solo el primero; nada más. Hubo un tiempo en que lo amó con desesperación, pero sus afectos, aunque violentos y apasionados mientras duraban, nunca resistían el paso del tiempo. 

Al verse de nuevo en la brillante y alegre corte francesa, Catherine se desquitaba por el tiempo perdido en Mónaco al lado de un esposo al que no podía encontrar ningún atractivo. Vimos en su momento cómo aprovechando que Luisa de La Vallière estaba ausente por hallarse próxima a dar a luz, la camarilla de amigas de la princesa, con la condesa de Soissons a la cabeza, intrigaron para señalarla a la atención de Luis, esperando que este acabara así por olvidar a una favorita que no encontraban conveniente para sus propios intereses. Catherine no tuvo el menor inconveniente en lanzarse a la conquista, y Luis no tardó en morder el anzuelo. Esto dio lugar a un divertido episodio que ya habíamos esbozado tiempo atrás, pero que es preciso recordar ahora que nos ocupamos expresamente de la biografía de Péguilin. La anécdota es esencial para comprender su carácter.

Estando la corte en el château de Saint-Germain, el marqués comenzó a concebir sospechas de que su amada se había convertido en entrañable amiga del rey, y ello le causaba gran tormento. Era generoso; no tenía inconveniente en a pagar bien a cambio de obtener la información deseada, de modo que sobornó a la doncella de confianza de la princesa y supo por ella que a Bontemps, primer valet del rey, le había sido confiada la delicada misión de conducir a Catherine hasta el rey a altas horas de la noche. Loco de celos, Péguilin se juró a sí mismo que iba a frustrar esa cita fuera como fuese. 


Los aposentos en los que Madame de Mónaco debía encontrarse con Luis estaban junto a una pequeña escalera que la princesa debía subir para acceder después a ellos a través de una puerta privada. Afortunadamente para el marqués, al lado de esa puerta había un ropero que iba a servir a sus osados propósitos. 

Péguilin se presentó un poco antes de la hora convenida por los amantes y se escondió en el armario a la espera de que se desarrollaran los acontecimientos. 

No tuvo que aguardar mucho antes de que apareciera el rey para dejar la llave en la puerta de la antecámara. De ese modo Catherine podría entrar discretamente y cerrar luego tras de sí. O eso pensaba él. 

En cuanto Luis se hubo alejado en dirección a la alcoba contigua a la antecámara, el marqués se acercó, dio dos vueltas a la llave con todo sigilo y luego la guardó en su bolsillo mientras volvía a ocultarse rápidamente en el ropero para ser testigo de la escena que estaba a punto de tener lugar. 

Al poco tiempo llegaba Madame de Mónaco, protegida su identidad bajo una capa y acompañada de Bontemps. En la penumbra del corredor, el valet comenzó a palpar en busca de la llave, que esperaba encontrar en la cerradura. Constató con desesperación que no estaba allí, para deleite del marqués, que desde el armario se esforzaba por reprimir su alborozo mientras Bontemps explicaba el problema a la bella con voz ahogada y gran nerviosismo. 


El valet se registró los bolsillos con manos temblorosas. ¿Podría ser que la llave hubiera quedado allí? No. 

La situación era terrible. No podía frustrar los deseos del rey de encontrarse con Madame de Mónaco, pero no veía cómo iban a franquear aquella puerta sin dar un escándalo. Llamar con los nudillos era peligroso, porque alguien podría oírlo y salir a mirar. Su mente trató de encontrar una alternativa, pero no parecía haber ninguna, y tampoco podía demorar la presencia de la dama ante aquella puerta sin arriesgarse igualmente a que acabara por ser vista. 

Bontemps optó por llamar. Al principio golpeó la madera tan tímidamente que Luis no oyó nada, de modo que finalmente hubo de aporrear la puerta, para gran mortificación suya. El valet miraba a un lado y a otro del pasillo mientras se escuchaba al rey responder con desconcierto desde el interior. 

—¿Quién es? 

El fiel servidor le explicó, en el tono más susurrante del que fue capaz, que la princesa aguardaba según había sido acordado, por lo que rogaba a Su Majestad que le abriera la puerta. 

—Abrid vos —repuso Luis perplejo—. Yo no tengo la llave. La dejé puesta en la cerradura. 


Bontemps llegó a la conclusión de que debía de haberse caído, así que se agachó y empezó a buscarla por el suelo. Nada. Ponerse a cuatro patas y tantear en la oscuridad con la palma de la mano tampoco dio mejor resultado. 

Informado de lo infructuoso de la búsqueda, Luis sacudió la puerta. En vano. Se lamentó, masculló imprecaciones en voz baja y suspiró inútilmente mientras Péguilin, atragantado de risa, escuchaba toda la escena desde su escondite. No se perdió una palabra de lo que hablaron entonces el rey y Catherine. La conversación no fue muy larga en realidad: conscientes de lo delicado de la situación, que en cualquier momento podía ser descubierta, ambos amantes, entristecidos, tomaron la decisión de acostarse por separado para no dar más escándalo, pues no era cuestión de pedir ayuda en tales circunstancias. 

Esa noche Péguilin se durmió con el dulce sabor de la victoria en los labios, pero su error fue no dejar ahí las cosas. Al día siguiente quiso hablar con Catherine y reprocharle la entrañable amistad que mantenía últimamente con Luis. Cuando finalmente dio con ella, tuvo lugar una airada discusión durante el transcurso de la cual la amenazó con mostrarle al rey algunas cartas suyas que la perderían. 

Así las cosas, la princesa decidió adelantarse y acudió a contárselo todo al rey con gran indignación. Luis, irritado, opinaba que era preciso deshacerse discretamente del molesto rival. Como Péguilin era militar, el pretexto para alejarlo era bien fácil: lo llamó a su presencia y le pidió que fuera al Béarn a ver qué tal estaba su regimiento de Dragones. 


Poco contaba él con que el marqués le plantaría cara. Fuera de sí, Péguilin le respondió con insolencia. 

—Antes que irme renunciaré a mi cargo. Mi dimisión está dispuesta. No volveré a poner mi espada al servicio de un rey que se comporta como vos —y a continuación la quebró contra su rodilla. 

Luis no daba crédito. ¡Péguilin se rebelaba! ¡Un militar negándose a acatar unas órdenes que procedían directamente del rey! Estaba tan furioso como él, pero, a diferencia del marqués, siempre parecía dueño de sí aunque en su interior se desencadenasen tempestades. 

El rey se volvió, abrió una ventana y arrojó por ella su bastón. 

—Así no tendré que reprocharme a mí mismo haber golpeado a un caballero —le dijo, y abandonó la estancia. 

Péguilin corrió hacia los aposentos de Catherine. Iba ciego de cólera y, al no encontrarla, desahogó su frustración rompiendo un enorme espejo. 

Poco después llegaban órdenes del rey para que el marqués fuera encerrado en la Bastilla. Malas noticias para la princesa. No era eso lo que ella había deseado: Catherine esperaba obtener un alejamiento, pero la prisión de Péguilin implicaba que todos sus papeles quedaban a disposición del rey, lo cual la comprometía gravemente. Luis iba a enterarse del contenido de esas cartas que ella tanto había querido ocultar.