domingo, 24 de febrero de 2013

El Carrusel de las Tullerías

Carrousel des Tuileries, 1662

El 5 de junio de 1662 hubo una gran fiesta en las Tullerías. Diez mil espectadores contemplaron desde el anfiteatro diseñado por Vigarani un espectáculo en el que Luis XIV aparecía disfrazado de emperador romano. En su escudo resplandecía un sol disipando las nubes con el lema “Ut vidi, vici”. Monsieur figuraba en el desfile como rey de los persas, el príncipe de Condé era el rey de los turcos, y Péguilin figuraba entre sus seguidores. En total había cinco equipos de jinetes compitiendo en una demostración de destreza, al frente de los cuales se situaban Luis y los príncipes de la sangre. 

Esta clase de torneos, que llamaban carrousel, habían sido introducidos en Francia por Enrique IV. Consistían en representaciones de los antiguos torneos medievales, pero sin peligro. Los equipos combatientes se distinguían por el color de sus trajes, y a menudo adoptaban el nombre de algún personaje famoso. Al igual que en la Edad Media, había heraldos, pajes, jueces, etc. 

En esta ocasión un total 655 caballeros desfilaron en torno al recinto para que los espectadores pudieran admirarlos. Después comenzaron las diferentes competiciones: courses de têtes (los jinetes tenían que descabezar a un muñeco con su lanza), course de bagues (ensartar anillas), lucha a espada o cualquier otro tipo de las de entonces. 

Mademoiselle de Montpensier guarda recuerdo de esta celebración en sus memorias como una de las más alegres de su vida. Lo que más llamó su atención fue precisamente el emblema que Péguilin había elegido, y que se diferenciaba enormemente de la línea seguida por los príncipes. Las inscripciones de los demás hacían referencia de uno u otro modo a la luz que recibían del sol; sin embargo Mademoiselle anota que la del marqués era un cohete de los que empleaba el ejército ascendiendo hacia las nubes y con el lema “subo tan alto como se puede subir”. Anne-Marie, que ya había comenzado a fijarse en él para entonces, consideró que aquellas palabras reflejaban perfectamente la altura de su espíritu, aunque indudablemente él se planteaba cuestiones mucho más prosaicas cuando ideó la divisa. 

Luis XIV en el carrusel

En su día Fouquet había hecho algo similar. Al decorar su palacio de Vaux, hizo poner por todas partes sus armas: una ardilla con el lema “Quo non ascendam?” (¿A qué altura no llegaré?). Pero lo que el rey encontraba inquietante en el superintendente, lo pasaba por alto en el caso de su amigo. No se molestó por el emblema de Péguilin. En aquellos momentos ambos se llevaban bien, y Luis se mostraba condescendiente con las insolencias del favorito. 

La fiesta, ofrecida en honor de Ana de Austria y María Teresa pero dirigida en realidad a impresionar a La Vallière, sobrepasó en esplendor a todas las celebradas hasta entonces. El rey había expuesto a Colbert el plan, con el que en un principio había querido celebrar el nacimiento del Delfín, en noviembre del año anterior. Pero Colbert propuso que el acontecimiento fuera anunciado por toda Europa y se aplazara la fiesta hasta que las gentes tuvieran tiempo a llegar desde los lugares más lejanos. La afluencia de público desbordó todas las previsiones, y el dinero que los extranjeros dejaron en París y otras partes del reino compensó con creces el gasto del espectáculo. 

Años más tarde, en 1670, se publicaría un libro sobre esa celebración, de la que deriva el nombre de la Plaza del Carrusel. El texto, que contaba con bellas ilustraciones de Israel Silvestre y François Chauveau, fue escrito por un hombre llamado Charles Perrault, un leal servidor de la Corona que años más tarde, cuando se convirtiera en un ancianito, comenzaría a escribir bellísimos cuentos de hadas con los que iba a alcanzar la inmortalidad. Sí, estamos hablando del autor de la Cenicienta, de la Bella Durmiente, Caperucita Roja, Piel de Asno y tantas otras historias que hicieron y siguen haciendo nuestras delicias. También esos cuentos nacieron en la Corte del Rey Sol. 

Charles Perrault en 1672

Sin duda Mademoiselle fue una de las primeras personas en adquirir un ejemplar. En cuanto a Luis, poseía uno desde mucho antes de que fuera publicado, y un día en que se encontraba indispuesto en cama y recibía la visita de su prima, mandó a buscarlo para que ella pudiera admirar las ilustraciones y recrearse con el lema de aquel hombre que, para Anne-Marie, “no se parecía a ningún otro”. 

No era ella la única en tener un alto concepto de la persona de Péguilin. Había conseguido llamar la atención de todo el mundo, y para entonces él se había convertido en el rey de la corte. Pero no había logrado conquistar al ministro Louvois, que le detestaba y, de hecho, tendría una parte en su caída años más tarde. En realidad su ascenso despertaba muchos celos, de modo que tenía más enemigos que amigos. Tampoco es que él pusiera las cosas fáciles: para la mayoría de los cortesanos resultaba complicado ofrecer amistad a un hombre de humor tan cambiante y que en cualquier momento podía hacerles víctimas de su lengua afilada y ponerlos en una humillante situación ante los ojos de todos.


jueves, 21 de febrero de 2013

Mademoiselle de Menneville (III)


La corte imponía gastos enormes a la gente que participaba en sus celebraciones. Los jóvenes señores rivalizaban en esplendor con el rey, y entre ellos se distinguía el conde de Saint-Aignan, magnífico organizando fiestas. Durante el verano de 1661 se encargó de aquella en la que se representó el célebre ballet de las Estaciones, con texto de Benserade y música de Lully. Luis XIV participaba en él, así como Minette, Guiche, La Vallière y las principales damas de la reina. Iba a ser durante ese atardecer precisamente cuando el rey se fijaría en los encantos de Luisa, danzando al aire libre al borde de un estanque y sobre un escenario móvil cuyo mecanismo era invisible para los espectadores. La Vallière solo tenía que decir cuatro versos, pero no hizo falta más. 

Catherine de Menneville quiso aparecer ese día con una magnificencia digna de su belleza, por lo que se suceden las peticiones a Fouquet en demanda de perlas, pulseras y demás joyas que debían servir al propósito de adornarla en esa ocasión. Laloy escribe al superintendente: 

“Le preocupa mucho encontrar el dinero, porque vos sabéis el gasto que le es preciso realizar para ese ballet. Ella no se atreve a decirme que os lo pida, pero me ruega que se lo encuentre, pues no tiene ni un sou”. La mujer habla de un collar de perlas valorado en diez mil escudos que Catherine no osa pedir, pero “puedo deciros que daría hasta su camisa por tenerlo. Estoy tan conmovida que ello me obliga a contaros estas cosas”. 


Por entonces Catherine aún esperaba convertirse en duquesa, pero poco después, el 19 de septiembre, fallecía Damville. Tan solo hacía dos semanas que Fouquet había sido arrestado, de modo que Mademoiselle de Menneville perdía prometido y amante en solo unos días. 

Según Mademoiselle de Montpensier, la principal razón por la que el duque había dejado sin cumplir su promesa de desposar a Catherine era la tenaz oposición de su madre. Anne-Marie nos ofrece esta versión en sus memorias: 

“Menneville es muy bella. La reina me hizo el honor de hablarme de sus amores con el duque de Damville, del que yo había oído hablar. Hacía tres o cuatro años que duraba la relación, y cada tres meses quería casarse con ella, pero madame la duquesa de Ventadour, su madre, no quería. Nunca se había visto un hombre que a los cincuenta años no fuera dueño de su voluntad ni pudiera casarse a su gusto. Es el enamorado más incómodo del mundo, pues la reina me contó que mademoiselle de Menneville no se atrevía a salir la mayoría de las veces; que cuando hacía algún viaje, él le dejaba a su limosnero para decirle la misa y para guardarla. Enfín, jamás se llevó el galanteo de tal manera.” 

El limosnero, obviamente, no fue suficiente protección, ya que la bella acabó arrojándose en brazos de otro caballero. Muchos cortesanos se habían percatado de los amores de Mademoiselle de Menneville con el superintendente. Brienne narra en sus memorias que se fijó poco después de la fiesta que Fouquet había dado a la corte en Vaux-Le-Vicomte el 17 de agosto: “Unos días después de eso, me percaté del amor que Monsieur Fouquet sentía por la bella Menneville, dama de honor de la reina madre; y fue en la capilla, a la que se accede por la sala de los Cien Suizos, cuando me di cuenta por primera vez. Monsieur Fouquet estaba loco de remate: le dio cincuenta mil escudos a esta joven.” 

Vaux-le-Vicomte

Cuando Fouquet fue arrestado, el contenido de algunas de las cartas trascendió inevitablemente. Catherine de Menneville se vio envuelta en un escándalo de tales proporciones que tuvo que abandonar la corte y refugiarse en un convento allá en las tierras de su familia, donde llevó una oscura existencia. La infamia iba a caer sobre su nombre, y algunos cortesanos se tomaron la libertad de inventar cartas para añadir a las auténticas, unos documentos en los que insertaban mensajes escabrosos. En una de ellas, por ejemplo, Catherine se mostraba preocupada por Fouquet, que se encontraba enfermo, pues temía que el ímpetu de sus últimos transportes amatorios hubiera podido perjudicar su ya maltrecha salud. 

El rey y sus ministros estaban disgustados por esas falsificaciones, que se habían convertido en la risión de toda la corte. Luis se vio obligado a enviar al canciller Séguier a declarar solemnemente, durante el proceso a Fouquet, que, para evitar comprometer la reputación de las damas, no había sido publicada ninguna de las cartas incautadas al superintendente, y que las que circulaban por la corte no eran auténticas. Pero para Catherine era ya demasiado tarde. 

Así terminó la célebre Menneville, a la que Balzac describió una vez como la “belleza que asombraba hasta el punto de impedir el amor”.

martes, 19 de febrero de 2013

Mademoiselle de Menneville (II)


Fouquet utilizaba a una mujer como celestina en sus tratos con Catherine de Menneville, y por una carta de esta intermediaria conocemos su alarma con respecto al marqués de Puyguilhem. El superintendente andaba inquieto, porque había visto a su amante hablando con él, y, conociendo la fama de conquistador de Péguilin, sospechaba que el joven se había convertido en su rival. Fouquet encargó la investigación del asunto a su celestina particular, Bregide Converset, casada con el escudero Louis de Laloy, por lo que la llamaban “la femme Laloy”. Pronto recibió su respuesta: 

"Me he informado sobre lo de Péguilin. Está enamorado de la pequeña Mademoiselle de Beauvais, y ella [Mademoiselle de Menneville] nunca le dirige la palabra. Lo que le dijo fue solamente de parte de Mademoiselle de Beauvais, que deseaba saber quién era una persona que estaba en la capilla. No os preocupéis por el modo en que lo he averiguado; lo hice tan hábilmente que nadie sabe por qué razón preguntaba todo eso."

A esta carta seguía otra de Catherine protestando por la desconfianza de su amante: 

Después de todas las pruebas de amor que os he dado, no podéis dudar de lo que siento por vos sin causarme la más grave de las ofensas. Me trastorna igualmente todo el tiempo que llevamos sin vernos. Si hubiera algo que yo pudiera hacer, lo haría de inmediato. Pero, de creer lo que dicen, tendría que concluir que nuestra relación no significa lo mismo para vos. Una y otra vez me digo a mí misma que eso no es cierto, pues sería demasiado horrible que no sintierais lo mismo que yo.


Madame Laloy pide frecuentemente a Fouquet dinero y joyas, aparentemente para Catherine, aunque en realidad ella misma obtenía sus buenos beneficios quedándose con una parte. El resto iba a parar casi todo al duque de Damville, que no cesaba de pedir prestado a su prometida. El caballero no solo se había aprovechado de la joven valiéndose de una promesa de matrimonio que nunca había tenido intención de cumplir, sino que además se dedicaba a sacarle todo el dinero que podía. Catherine, con la esperanza de llegar a convertirse en duquesa, trataba de satisfacer sus demandas por todos los medios. 

François-Christophe de Lévis-Ventadour, conde de Brion y duque de Amville, había nacido en 1603, por lo que contaba 54 cuando firmó ese compromiso al que Catherine se aferraba con uñas y dientes. El caballero había sido primer escudero del duque de Orleáns y gobernador del Limousin. Era viudo de Anne Le Camay de Jambeville, a la que había perdido seis años antes. Durante algún tiempo cortejó asiduamente a Charlotte Jeannin de Castille, condesa de Charny y de Chalais, dama madura y de reputación no precisamente inmaculada con la que parece que contrajo también similar compromiso formal ante un sacerdote. Pero a partir de 1654 el voluble duque mudó de inclinación y se volvió hacia Catherine, que en el momento en el que comienza a fijarse en ella contaba tan solo 18 años. 

La condesa de Charny fallecía en 1659, compuesta y sin novio. Parecía que eso despejaba totalmente el camino para que Damville pudiera al fin casarse con Mademoiselle de Menneville, y, de hecho, él no dejaba de asegurarle que cumpliría su palabra, pero siempre aplazaba el proyecto y se negaba a fijar fecha. Mientras tanto, conocedor de la relación que su prometida mantenía con el superintendente, no tuvo empacho en contribuir a difundir él mismo el rumor al tiempo que aprovechaba la circunstancia para lucrarse a su costa, como reflejan algunas de las cartas que Laloy dirigía a Fouquet: 


La persona que vos sabéis [Catherine] me ruega, en nombre de Dios, que le envíe con la mayor rapidez posible cien o doscientas pistolas, aparte de las cincuenta que ya le he dado… Le dije que no tenía tanto, y tuve que conformarme con enviarle 80. Es para dárselo a ese hombre… Le dije que vos le aconsejabais contarle a la reina lo del dinero que le prestaba; me respondió con toda franqueza que no podía hacerlo. Seguramente ese hombre se burla de ella”...

domingo, 17 de febrero de 2013

Mademoiselle de Menneville (I)


Mademoiselle de Montpensier da cuenta de las andanzas de Péguilin en aquel tiempo de sus amores con la princesa de Mónaco, asunto que iba a llegar a indisponerlo con el rey, y de paso nos proporciona una descripción de la persona del marqués que contrasta enormemente con las que nos han llegado a través de miradas masculinas:

Hubo grandes intrigas entre mujeres notables, como siempre en la corte, y en ellas se inmiscuyó Monsieur de Péguilin. El rey le envió a la Bastilla, donde estuvo seis meses. Era el joven más hermoso de la corte, el más apuesto, el de mejor figura y mejor porte; todas las mujeres lo querían, y él no era cruel, de modo que tuvo muchas relaciones. Pero ninguna tuvo importancia hasta llegar a aquella que disgustó al rey. Se le acusó de mucho y él se quejó de muy poco, como sucede siempre en la corte con las personas que son envidiadas por poseer tantos méritos como él. Siempre oí decir a todo el mundo en aquel tiempo que reunía muchos; ni siquiera sus enemigos encontraron nunca nada malo que decir de él públicamente, y todo lo que le ocurría era producto de su mala suerte”. 

Mademoiselle, obviamente, estaba ciega de amor. 

Mientras tanto la hermana de Péguilin, que era una de las damas de la reina, también vivía numerosas aventuras por su cuenta. Mademoiselle de Lauzun era, según Saint-Simon, inteligente e intrigante, y su carácter la inclinaba hacia parecidos caminos a aquellos que hollaba su hermano. 

Había dos caballeros que estaban locamente enamorados de ella. Se trataba de Monsieur de Alluye y Monsieur de Nogent, que llevaban muy mal su rivalidad. Durante una refriega callejera, Nogent, con la ayuda de sus lacayos, dio muerte a su rival. Con el camino así despejado, el vencedor pudo casarse con la dama, sin que al parecer recibiera castigo alguno por la muerte de Alluye. El 23 de abril de 1663 Diane-Charlotte de Caumont-Lauzun, ya con 30 años, contraía matrimonio con Armand de Bautru, conde de Nogent y tendría dos hijas de esta unión. 

Por esas Fechas Mademoiselle de Montpensier se hallaba exiliada en Saint-Fargeau debido a su negativa a casarse con el rey de Portugal, un destino al que otra acabaría siendo obligada en su lugar, como vimos recientemente. En una carta a Bussy, Anne-Marie se hace eco de esa boda, y no pierde ocasión de hacer un cáustico comentario de los suyos: 

“Es verdad que la gente tiene suficiente mal gusto para disputarse la mano de Mademoiselle de Lauzun, y en cambio no hacen lo mismo por Mademoiselle de Menneville. Da mucho que pensar.”


Catherine de Menneville, dama de la reina, era una de las más notables bellezas de la corte por esas fechas, muy celebrada en las canciones de la época. El propio Racine la menciona como una de las mujeres más bellas de su tiempo. Pertenecía a la noble y antigua Casa de Roncherolles-Menneville, y su relación con el duque de Damville fueron objeto de muchos comentarios. 

Catherine no era intrigante, pero sí vanidosa, y no carecía de ambición: le gustaba brillar, y se había fijado el objetivo de ser duquesa. Entre sus admiradores, Damville servía perfectamente a sus propósitos. Tenía más de cincuenta años y ella solo 21, pero ¿y qué? ¡Era duque! Eso compensaba todo a ojos de la bella. 

Mademoiselle de Menneville consiguió de él que le firmara una promesa de matrimonio que se conserva entre los manuscritos de la Bibliothèque Nationale: 

El abajo firmante, François-Christophe de Levy, duque d’Ampville, reconociendo haber dado palabra a mademoiselle Catherine de Manneville, en la actualidad dama de honor de la reina, de desposarla en el plazo máximo de un año, he querido, por garantía y confirmación de esta promesa, escribir y firmar de mi mano la presente acta, redactada en París el 8 de febrero de 1657.

La abajo firmante, Catherine de Manneville, dama de honor de la reina, habiendo dado palabra recíprocamente a François-Christophe de Levy, duque de Ampville, de desposarlo con el consentimiento de mi padre y de mi madre, abajo firmantes, he escrito y firmado de mi mano, redactada en París el mismo día y año mencionado abajo.


Sin embargo transcurrió ese plazo y llegó el año 1661. Catherine cumplió 25 sin que el matrimonio se hubiera llevado a cabo. Y entonces fallecía el duque, según nos cuenta Madame de Motteville:

“Por su muerte escapó a las cadenas que él mismo se había impuesto al adquirir tan gran compromiso con mademoiselle de Menneville, una belleza que era dama de honor de la reina madre. Le había dado promesa de matrimonio y no quería cumplirla. El rey y la reina madre lo presionaban para que lo hiciera, pero él siempre se echaba atrás, y cuando murió, su pasión se había extinguido hasta el punto de haberle suplicado a la reina madre que les prohibiera verse. Ofreció una compensación económica; pero ella, que esperaba otro tipo de satisfacción, quería casarse para convertirse en duquesa. La fortuna y la muerte se opusieron a sus deseos y la desengañaron de sus quimeras. Su prometido había sido informado de que ella mantenía alguna una relación con el superintendente Fouquet…” 

Entre los documentos de Fouquet, otro de los grandes conquistadores de la corte, se encontraron unas cartas que no convenían precisamente al honor de Mademoiselle de Menneville. De hecho, Madame de la Fayette escribió que se le habían incautado “más cartas galantes que documentos de importancia. Y como se le encontraron de algunas mujeres de las que nunca se hubiera sospechado que mantuvieran relaciones con él, esto dio lugar a que se dijera que las había mantenido con todas las mujeres más honestas de Francia”. 

En las que Catherine dirigía al superintendente había párrafos como este: 

Mi impaciencia no es menor que la vuestra. Hoy me ha dado mucha alegría el modo que habéis encontrado para vernos… Os ruego que creáis que os amo con todo mi corazón.


En una de las cartas da cuenta a Fouquet del progreso de su relación con el duque: 

En cuanto a mis asuntos, siguen en el mismo punto. Él no quiso decir una fecha a Sus Majestades, y siempre dice que ya lo hará. A mí me hace todos los días los mayores juramentos del mundo. No me decido a romper o a esperar hasta recibir vuestro consejo, el único que seguiré. Adiós, soy toda vuestra. Os ruego que la ausencia no disminuya la amistad que me habéis prometido. Por mi parte, os aseguro que la mía durará toda la vida. Adiós, creed que os amo con todo mi corazón y que no amaré jamás a otro que a vos.

Fouquet estaba dispuesto a ayudar a su amante a convertirse en duquesa, para lo cual le había hecho entrega de un pagaré por cincuenta mil escudos. Catherine y el superintendente esperaban que con eso Damville terminaría de decidirse. 

Pero en esta intriga galante también acabó por aparecer el inevitable Péguilin, provocando los celos de Fouquet...

viernes, 15 de febrero de 2013

La Marquesa de La Vieuville


Otra de las bellezas que cayeron rendidas ante los encantos de Péguilin fue Anne-Lucie de La Mothe-Houdancourt, marquesa de La Vieuville, la menor de las hijas del marqués de Houdancourt. Solo tenía quince años cuando el rey se fijaba en ella e iniciaba un breve idilio a comienzos de 1662. Era por entonces una de las damas de Ana de Austria, y pertenecía al círculo de amistades de la condesa de Soissons. 

Según la descripción de Madame du Créquy, se trataba de una “rubia picante, atrevida, un poco descarada y experta en el arte de la coquetería”. Mademoiselle de Montpensier afirma que fueron Minette y Olimpia quienes conspiraron para señalar a la joven a la atención de Luis XIV. El rey iniciaba su relación con Luisa de La Vallière, y ambas damas conspiraban incesantemente para provocar la caída de la favorita. Para ello no dejaban de presentar damiselas a Luis, en la esperanza de lograr distraer su atención de la única que representaba un verdadero peligro para ellas. 

El joven monarca, a sus 23 años, por reunirse con Anne-Lucie desafiaba las medidas de seguridad que imponía la rigurosa Madame de Navailles para proteger el honor de las damas. 

“Durante el invierno el rey paseaba a menudo con la reina. Había hecho dos o tres viajes a Saint-Germain, y decían que había visto a La Mothe-Houdancourt, una de las damas de la reina. Esto alarmó a los amigos de La Vallière, y como se comentaba que era la condesa de Soissons quien llevaba este asunto, estaban contra ella”. Mademoiselle continúa contando cómo Madame de Navailles quiso poner rejas en las habitaciones de las jóvenes, porque Luis trepaba por un canalón e iba todas las noches a hablar con Anne-Lucie. “Decían que un día que el rey le había llevado unos pendientes de diamantes, ella se los había arrojado al rostro diciéndole: “No quiero saber nada de vos ni de vuestros pendientes, puesto que no deseáis abandonar a La Vallière”. 

Imagen por L'Age d'Or 2001

Se trajeron las rejas, y estaban a punto de ponerlas. Una tarde las dejaron en un corredor junto a los aposentos de las damas, para colocarlas al día siguiente. Pero al llegar la mañana habían desaparecido. Según Mademoiselle, hacían falta unos cuarenta o cincuenta guardias suizos para transportarlas desde el piso superior. El rey se rió mucho durante la comida, y dijo a Madame de Navailles: 

—Debe de haber fantasmas, porque la puerta estaba cerrada, y mis guardias no han visto entrar a nadie. 

La broma se mantuvo durante todo el día. “La reina conocía ese amorío, pero no conocía el de La Vallière, de modo que La Mothe, a la que el rey solo amó de pasada, tuvo la desdicha de ser siempre el blanco de los celos de la reina. Daba lástima ver todo lo que la reina imaginaba sobre ese asunto…” 

Madame de Motteville también se hace eco de los rumores, y dice de Anne-Lucie que “causó muchos cambios en la corte, más por la fuerza de la intriga que por su gran belleza, aunque en efecto, tenía suficiente para hacer nacer grandes pasiones: el rey, en Saint-Germain, al no poder entrar en los apartamentos de las damas de honor, iba a conversar con Mademoiselle de La Mothe pasando por las chimeneas. Madame de Navailles, gobernanta de las damas de honor, hizo enrejar esos singulares pasadizos y con ello se atrajo la violenta enemistad de Luis XIV"

Madame de Motteville cuenta que la duquesa de Navailles, empeñada en su labor, llegó a prohibirle a la jovencita que estuviera presente en la habitación con las demás cuando Luis andaba cerca, y, desde luego, él no tenía acceso a los aposentos de las damas de honor. Para hablar con Anne-Lucie, tuvo que aguzar el ingenio y dar con un medio que le permitiera entrevistarse con ella. Finalmente le hablaba a través de un agujero hecho en la pared, y que quedaba tapado por un reloj que había en el corredor. 


Madame de Motteville afirma que “lo que contribuyó mucho a fijar el destino de Mademoiselle de La Vallière fue que Mademoiselle de La Mothe se inclinó por algún tiempo hacia la virtud, mientras que ella, por el contrario, cesó de defenderse, y fue su debilidad lo que la hizo vencer”. Al parecer Anne-Lucie, bien aleccionada por Olimpia, trató de resistirse a los avances del rey hasta que él se hubiera deshecho de Luisa, algo que nunca consiguió. Incluso hay quien dice que el principal objetivo Luis al acercarse a ella era precisamente despertar los celos de La Vallière. 

Mademoiselle de La Mothe tuvo otro pretendiente: Philibert de Gramont, conde de Gramont y nieto de “La Bella Corisande”, célebre amante de Enrique IV. Él consideraba que su padre era hijo natural de Enrique. Philibert estaba locamente enamorado de Anne-Lucie, tanto como para no retirarse ante el rey. Rechazado por la dama, se obstinó en cortejarla, de modo que ella se molestó y se quejó al rey por su insistencia, con el resultado de que el galán fue desterrado de la corte. Philibert viajó a Londres y permaneció en la corte de Carlos II hasta que le fue permitido el regreso a París en 1664. 

Más tarde, contando unos 30 años, Anne-Lucie se casó con el marqués de la Vieuville, caballero de honor de la reina. Madame de Scudéry, en una carta a Bussy del día 6 de enero de 1676, escribió el siguiente comentario poco amable: “Ahí la tenéis, mejor colocada que todas las que han tenido más cuidado con su conducta”. 

El matrimonio tuvo cuatro hijos, de los cuales tres superaron la infancia. 

La marquesa fallecía en Versalles el 22 de febrero de 1689, sin haber cumplido 45 años.

martes, 12 de febrero de 2013

La Marquesa de Alluye


El marqués de Puyguilhem fue en ocasiones rival del rey en los lances de amor. Mademoiselle de La Motte-Argencourt, aquel primer amor de Luis, volvió sus ojos hacia él cuando Mazarino frustró su naciente idilio con el monarca. Nuestro marqués, como no la correspondía, estimó más prudente poner freno a los avances de la dama, que acabó por arrojarse en brazos del duque de Richelieu. 

Otra de las bellezas que suspiraban por él era Bénigne de Meaux, Mademoiselle de Fouilloux, intrigante en grado sumo. Ocupó primero un lugar entre las damas de Ana de Austria, y después entre las de Minette. Había llegado a la corte a finales de 1652, y pronto pasó a pertenecer al círculo de amistades íntimas de Olimpia Mancini, condesa de Soissons. Mujer ambiciosa y con pocos escrúpulos, era, además, enemiga de La Vallière y espía del superintendente Fouquet, a quien informaba de cuanto pudiera resultar de su interés. 

En 1667 Bénigne contrajo matrimonio con el marqués de Alluye. Más adelante tanto ella como su esposo se verían implicados junto con Olimpia en el asunto de los venenos. Madame de Sévigné cuenta cómo se dio aviso a la condesa de Soissons: “quisieron darle tiempo para que huyera si era culpable. El miércoles estaba jugando a la bassette. Monsieur de Bouillon entró y le rogó que pasara a su gabinete. Le dijo que era preciso que se marchara de Francia o iría a parar a la Bastilla. Ella no vaciló; hizo abandonar el juego a la marquesa de Alluye y no volvieron a aparecer. Llegó la hora de la cena. Se anunció que la condesa iba a cenar en la ciudad. Todos se marcharon convencidos de que había ocurrido algo extraordinario. Mientras tanto se liaban muchos bártulos, se empaquetaba la plata, las joyas; se hizo vestir a lacayos y cocheros chaquetas grises y se engancharon ocho caballos a la carroza. Hizo que colocaran a su lado, al fondo, a la marquesa de Alluye, que dicen que no quería marcharse… [Olimpia] dijo a sus gentes que no se preocuparan por ella, pues era inocente, pero que a aquellas miserables les había dado por nombrarla. Lloraba. Pasó por casa de madame de Carignan y salió de París a las tres de la madrugada…” 


Bussy nos cuenta cuáles eran los cargos contra cada una: “La condesa de Soissons está acusada de haber envenenado a su marido; la marquesa de Alluye, a su cuñado Sourdis; la princesa de Tingry a bebés que había dado a luz; Madame de Bouillon a un valet que se había enterado de sus asuntos de alcoba.” 

Madame d’Alluye huyó a Flandes con Olimpia, mientras su marido se retiraba a Amboise. Pero bien fuera por falta de pruebas o por la indulgencia de la corte, que temía hallar demasiados culpables, Bénigne acabó por regresar a Francia, donde continuó su vida de intrigas hasta su muerte a edad muy avanzada en 1720. 

Su esposo era el hijo mayor del marqués de Sourdis, del que obtuvo el gobierno del Orleanesado. Según Saint-Simon, “estuvo aún más implicado que su esposa en el asunto de La Voisin. Vivieron exiliados mucho tiempo, y el marido, que murió sin hijos en 1690, nunca obtuvo permiso para ver al rey cuando regresó a París. Su mujer, amiga íntima de la condesa de Soissons y de las duquesas de Bouillon y Mazarino, pasó la vida entre intrigas galantes, y cuando su edad las excluyó para sí misma, se metió en las ajenas. El marqués d’Effiat… se había casado con una hermana de su esposo, de la que no había tenido hijos… Protegió a la marquesa de Alluye en la corte de Monsieur, con el que ella se llevaba muy bien… Fue una mujer que no era malvada, que no se implicó en otras intrigas que no fueran galantes, pero estas le gustaban tanto que fue hasta su muerte la confidente de los asuntos amorosos de París, y cada mañana los interesados le daban cuenta de ellas. Amaba la vida y el juego apasionadamente… Por la mañana, mientras conversaba con los galanes que le contaban las noticias de la villa, o las suyas, ella enviaba a buscar un trozo de pastel o jamón… Por la tarde iba a cenar y a jugar donde podía, volvía a las cuatro de la mañana y vivía así, gorda y fresca, sin ninguna enfermedad hasta que, con más de 80 años, murió tras una indisposición bastante corta.” 

Amboise

Péguilin coincidió con ella en Amboise después de abandonar la prisión de Pignerol, y ambos se lanzaron a una relación muy poco discreta. Mademoiselle de Montpensier cuenta en sus memorias que él nunca salía de casa de la marquesa de Alluye, por más que disimulara ecribiéndole a ella que en realidad “nunca la veía, porque le resultaba insoportable”. Mademoiselle estaba bien informada por otras fuentes: “Mucha gente de París, que tenían casas en aquella parte del país, lo veían constantemente con la marquesa. Se daba aires de gran galán con las mujeres”. La situación se prolongó hasta que finalmente el rey permitió a Péguilin el regreso. Le permitía vivir en París o donde quisiera con tal de que no apareciera por la corte. “Eso era un gran favor; pero temiendo que no se portaría bien, yo hubiera encontrado muy preferible que no volviera”. 

Cuando la marquesa regresó del exilio, no se recató a la hora de revelarle a Mademoiselle las alegres andanzas de Péguilin en Amboise: “La marquesa de Alluye vino a jugar a las cartas conmigo, y mientras jugábamos me habló mucho de Amboise y de las cosas que hacían: de las diversiones que tenían y de las excursiones; y dijo: “Ya es mucho para un cortesano como Monsieur de Lauzun que no se aburriera en una ciudad pequeña”. Yo dije: “Ya me contó todo eso, y hablábamos a menudo de vos”. Ella volvió a la carga: “¿Recordáis a Madame no-sé-cuántos (nombres que he olvidado)? Era muy guapa. Había algunas damas de París. Como les gustaba la moda, Monsieur de Lauzun vestía con mucha elegancia. Hacía maravillas: nos ofrecía almuerzos y mandaba traer joyas de Blois. ¿No fue muy gentil?”. Para entonces la paciencia de Mademoiselle había llegado al límite, pero, como era habitual en ella, se reservaba una última palabra. Él había llegado con el duque de la Force durante la conversación. Cuando la partida terminó, ambos caballeros se dispusieron a marcharse, pero en ese momento Mademoiselle le dijo a Péguilin: “Por cierto, id a contarle la escena de hoy a Mademoiselle de Fouquet, vos que nunca mentís”. 

Y es que el galán se había entretenido en la prisión de Pignerol seduciendo a la hija de Fouquet, Marie-Madeleine, cuando esta acudía a visitar a su padre. A su regreso a París se le veía frecuentemente visitar el hogar de los Fouquet y revolotear en torno a la dama.


domingo, 3 de febrero de 2013

Mademoiselle de Nemours

Marie-Jeanne-Baptiste de Saboya, Mademoiselle de Nemours

El sorteo al que las dos hermanas Saboya-Nemours sometieron al marqués de Puyguilhem no sirvió finalmente para que ninguna de ellas consiguiera el premio. Como juego debió de resultar divertido para dos adolescentes recién salidas del convento en el que se habían educado, pero ambas sabían que no era más que eso: como descendientes de Enrique IV, su familia no iba a permitir que hicieran planes por su cuenta. En realidad les tenían deparados lo que consideraban mejores candidatos que nuestro arruinado Péguilin, el cual, por cierto, tampoco pareció nunca animado a pedir su mano. Todo fue, simplemente, un brindis al sol. 

De modo que ni la ganadora se casó con el marqués, ni la perdedora en aquella pugna fraterna tuvo que encerrarse en un convento. Si María Francisca fue reina de Portugal, María Juana, la mayor, se convirtió en la segunda esposa del duque Carlos Manuel II de Saboya. 

Ambas hermanas eran la única descendencia que había sobrevivido al matrimonio formado por el duque de Nemours e Isabel de Borbón-Vendôme, después de que sus tres hijos varones fallecieran apenas nacer. Eran aún muy niñas cuando perdían a su padre a consecuencia de un duelo con su cuñado el duque de Beaufort, un lance que narramos aquí en su momento. 


María Juana, Mademoiselle de Nemours, había nacido en París el 11 de abril de 1644. Tenía 18 años cuando también perdió a su madre, así que ella y su hermana quedaron a cargo de la abuela, Francisca de Lorena, dama muy piadosa. 

En 1662 María Juana estuvo prometida a Carlos de Lorena, sobrino y heredero del duque Carlos IV, pero el compromiso, que no convenía a la política de Francia, se rompió tres años después. En mayo de 1665 se casaba en Turín con su primo Carlos Manuel, duque de Saboya y príncipe del Piamonte, hijo de Víctor Amadeo I de Saboya y de Cristina de Francia. 

La joven, considerada muy bonita, era sumamente cultivada y tenía un delicioso toque extravagante. De carácter alegre y personalidad seductora, también sabía ser seria cuando la ocasión lo requería. Sus modales eran impecables y refinados, llenos de gracia y encanto, algo que no perdió con los años. Cantaba admirablemente y era una gran bailarina. María Juana causó tan grata impresión en el duque que ya no quiso oír hablar de ninguna otra candidata. Se empeñó en un matrimonio con ella en lugar de elegir una princesa de Francia o una archiduquesa austriaca, y apenas transcurrido el periodo de luto por su primera esposa, pedía oficialmente su mano. “La razón no quiere que me case con Mademoiselle de Nemours, pero mi destino lo quiere”. 


Mademoiselle de Montpensier se veía así relegada por otra mujer más joven y bonita cuando su nombre ya sonaba como el de la próxima duquesa de Saboya. Carlos Manuel había encontrado preferible a alguien de menor rango que ella, vástago de rama bastarda, lo que resultaba doblemente humillante. Seguramente por eso, un poco celosa, nos dejó su propio comentario al respecto: “Ese matrimonio no contribuirá a la grandeza de la Casa de Saboya, que desde hace tantos años solo ha tenido hijas de rey”. 

María Juana tenía 21 años cuando se convirtió en duquesa de Saboya. Al cabo de un año nacía su único hijo, Víctor Amadeo II. Por entonces su hermana menor, ya reina de Portugal, se desesperaba con el esposo que le había tocado en suerte y lo llamaba “borracho y bruto que asesina a sangre fría”

El matrimonio de María Juana tampoco fue ideal, puesto que su esposo era un notable mujeriego que tuvo cinco hijos ilegítimos con tres mujeres diferentes. Carlos Manuel había legitimado a los tres mayores, nacidos antes y durante su primer matrimonio con Mademoiselle de Valois, hermanastra de la Gran Mademoiselle. La pobre Mademoiselle de Valois se había casado con el duque cuando solo contaba catorce años, y fallecía meses después en el palacio real de Turín, sin haberse sobrepuesto nunca a la nostalgia de su tierra natal. Dos días después de su muerte nacía el tercero de los bastardos de su esposo. 

Mademoiselle de Valois

Durante su segundo matrimonio nacerían otros dos bastardos, hijos de diferentes madres. Además fue célebre el romance del duque con Hortensia Mancini, que a la muerte de Carlos Manuel hubo de abandonar la corte de Saboya por orden de la agraviada María Juana. 

Como el duque de Saboya fallecía pronto, la viuda era nombrada regente del ducado durante la menor edad de su hijo, adoptando el título de Madama Reale (Madame Royale), según la costumbre saboyana. 

Era una mujer muy ambiciosa, por lo que aspiraba a seguir gobernando el ducado una vez Víctor Amadeo hubiera alcanzado la edad suficiente para emanciparse de su tutela. Para ello intentó sentarlo en el trono de Portugal prometiéndolo con la princesa Isabel Luisa, la Siempre-Novia, hija de su hermana María Francisca y del rey Pedro II. De ese modo el chico hubiera tenido que partir hacia Lisboa dejándole a ella el terreno despejado. Pero los planes no salieron bien: el rey de Portugal enviudaba y contraía un segundo matrimonio que le procuraba un heredero varón, y la princesa iba a morir con solo 22 años. Una revuelta en el Piamonte obligó definitivamente a María Juana a entregar el gobierno a su hijo. 


Una de sus nietas fue María Adelaida de Saboya, que en 1696 se casaría con el duque de Borgoña, nieto de Luis XIV. Otra de ellas fue aquella “Saboyana” tan amada por el pueblo de Madrid: María Luisa Gabriela, primera esposa del rey Felipe V de España.