miércoles, 30 de enero de 2013

Se rifa un marqués

María Francisca de Saboya-Nemours, reina de Portugal

En las memorias de Madame de Montespan se recoge un episodio que refleja hasta qué punto tenía Péguilin éxito entre las damas. Nuestro marqués de Puyguilhem —o Lauzun, otro de sus títulos— parecía causar particulares estragos entre las primas del rey. Las protagonistas de este relato son Mademoiselle de Aumale y Mademoiselle de Nemours, llamadas respectivamente Marie-Fraçoise-Elisabeth y Marie-Jeanne-Baptiste de Saboya-Nemours. Su padre era Carlos Amadeo de Saboya, mientras que su madre era una Borbón-Vendôme, nieta del rey Enrique IV, y prima, por tanto, de Luis XIV. 

Cuando Mademoiselle de Aumale y Mademoiselle de Nemours conocieron a Péguilin, acababan de salir del convento de Chaillot, donde habían completado su educación. Ambas se enamoraron perdidamente de él. 

“La reina de Portugal, antes de este escándalo, había amado apasionadamente al marqués de Lauzun. Por entonces la llamaban Mademoiselle de Aumale, y a su hermana, que poco después sería duquesa de Saboya, se la conocía en París como Mademoiselle de Nemours. Estas dos princesas, tras haberse hecho confidencias y confesiones, descubrieron, tan atónitas como apenadas, que ambas eran antagonistas y rivales. Felizmente tenían un gran ingenio, y firmaron un tratado de paz mediante el cual reconocían y acordaban que, puesto que su patrimonio era pequeño, no se dividiría ni se tocaría, para que así pudiera convertir a Monsieur de Lauzun en un hombre rico y un gran señor al casarse con una de ellas. Las dos rivales, en un exceso de amor, estipularon que esta herencia indivisible debería echarse a suertes, que el número ganador se quedaría con Monsieur de Lauzun, y que la que sacara el número perdedor iría a encerrarse en un convento. 

“Mademoiselle de Aumale, es decir, la rubia bonita, ganó a Monsieur de Lauzun, pero él, que tenía gustos extravagantes y que solo mostraba inclinación por la morena (la menos encantadora de las dos), fue a pedirle al rey que no diera su consentimiento. 

“Mademoiselle de Aumale creyó morir de pena y despecho y, a consecuencia de su desesperación, escuchó las propuestas del rey de Portugal y consintió en aceptar una corona.” 

Marie-Jeanne de Saboya Nemours, Mademoiselle de Nemours

En las Memorias se advierte un error en la identidad de ambas, porque, a juzgar por los retratos, es evidente que la rubia era Mademoiselle de Nemours. Mademoiselle de Aumale, la morena, era la más joven. Había nacido el 21 de junio de 1646, y por tanto tenía 20 años cuando se convirtió en reina de Portugal, un matrimonio concertado por Luis XIV. No tuvo un marido envidiable: la casaron Alfonso VI. El rey de Portugal había padecido unas fiebres malignas siendo muy niño, una enfermedad que afectó al lado derecho de su cuerpo y que le dejó secuelas permanentes, tanto físicas como mentales. Alfonso era un desequilibrado, hemipléjico, obeso e impotente. 

Marie-Françoise zarpó del puerto de La Rochelle a bordo del Vendôme para encontrarse con la mayor decepción de su vida. En cuanto vio a su esposo, decidió que no podría soportar semejante destino, así que se lanzó a conspirar con su cuñado, el infante Pedro, para destronar a su marido. El complot tuvo éxito; Alfonso fue enviado al destierro en las Azores y ella, que no había consumado su matrimonio, no tuvo problemas para obtener la nulidad y casarse con su cuñado en 1668. 

El nuevo esposo era alto, tenía buena figura y se decía que sus ojos y cabellos oscuros no carecían de atractivo. Tuvieron una hija, la princesa Isabel Luisa, a la que llamaron la Siempre-Novia, porque ninguno de los proyectos matrimoniales que los reyes forjaban para ella llegaban a cuajar. La joven iba a fallecer soltera con tan solo 22 años de edad. 

Pedro II de Portugal

Alfonso, aun en el exilio, había retenido su título de rey. Cuando falleció en 1683, su hermano le sucedió como Pedro II de Portugal, con lo que Marie-Françoise volvía a convertirse en reina. Por poco tiempo esta vez, pues ella también moría en diciembre de ese mismo año. 

Las memorias de Madame de Montespan sugieren que Mademoiselle de Aumale nunca olvidó a Péguilin. Cuentan que cuando años más tarde fue enviado a la prisión de Pignerol, “al llegar a sus oídos la desgracia y prisión de su viejo amigo, esta princesa le honró con sus lágrimas, aunque tenía dos maridos vivos. Por dos veces solicitó su libertad, que, desde luego, no le fue concedida en respuesta a sus ruegos”. Y el texto continúa diciendo: “Cuando supo que el prisionero había sido liberado, demostró públicamente su alegría, en medio de la corte; escribió una felicitación a Mademoiselle, al parecer para molestarla, y unos días después dirigió al rey de su puño y letra la carta que vais a leer, lo que algunos criticaron:” 

Hermano, los reyes no deben darse explicaciones sobre los motivos de sus actos, especialmente cuando su autoridad recae sobre los oficiales de su propio palacio, investidos hasta ese momento con su confianza y colmados con muestras de bondad. La desgracia del marqués de Lauzun solo puede parecer a mis ojos un acto de justicia, procediendo como procede del más justo de los soberanos. En el pasado me limité a solicitar la piedad y la indulgencia de Vuestra Majestad para esta persona a quien Dios adornó con todos los talentos, valor y mérito. Finalmente debe el final de sus sufrimientos no a mis ruegos, sino a vuestra magnanimidad. Me alegra este cambio en su destino, y he encargado a mi embajador en vuestra corte que exprese mi sincera participación en ello. Hoy, Sire, os ruego que aceptéis mi gratitud. Monsieur de Lauzun, según me dicen, no ha recuperado sus cargos, y aunque aún es joven, no consigue un puesto en su país, donde los hombres con talento son innumerables. Permitidnos, Sire, llamar a este caballero excepcional a mi Estado, donde los oficiales franceses se ganan fácilmente los sentimientos de mis nobles, acostumbrados como están a amar cuanto ha nacido en vuestro ilustre Imperio. Daré a Monsieur de Lauzun un cargo digno de él, digno de mí; un cargo que le permita rendir servicios esenciales y duraderos a mi Corona y a la vuestra. No me neguéis este favor, que no empobrece en absoluto vuestros ejércitos y que puede resultar útil para un reino del que sois protector y amigo.

Maria Francisca de Saboya, reina de Portugal

Las memorias continúan diciendo que Péguilin, al enterarse de “los pasos que había dado la reina de Portugal, a la que nunca había podido soportar, se puso furioso y dijo en veinte casas que no había salido de una prisión para meterse en otra.” 

El capítulo termina con esta lapidaria frase: “El marqués de Lazun era uno de los hombres más atractivos del mundo, pero su carácter lo estropeaba todo.”

domingo, 27 de enero de 2013

Vuelve Catherine


El 5 de junio de 1662 encontramos a Péguilin en la hermosa fiesta que dio nombre a la plaza del Carrusel. Dos mil espectadores contemplaron en el patio de las Tullerías a Luis XIV vestido de emperador romano, a Monsieur de rey de los persas, al duque d’Enghien disfrazado de rey de la India y al duque de Guisa como rey de las Américas. Tras el Gran Condé, que era el emperador de los turcos, venía Péguilin con la divisa, compuesta por Benserade: una flor vuelta hacia el sol con las palabras “Ne despice amantem” (no desprecies a quien te ama). 

Pero el marqués no era simplemente un soldadito para adornar los desfiles, sino que también servía en el ejército. En 1663 se encontraba en Lorena como edecán del rey; en enero del año siguiente estaba en Italia como mariscal de campo a las órdenes del marqués de Bellefonds, en la vanguardia que enviaba el rey para vengar el insulto hecho al duque de Créqui, su embajador en Roma. Péguilin llegaba a Parma, y desde allí pasó a Modena, donde aún se festejaba el matrimonio de Isabel d’Este con el duque de Parma. Junto a la duquesa de Modena se encontraba una niña, María Beatriz d’Este-Modena, que más tarde se casaría con Jacobo II de Inglaterra. Péguilin no podía imaginar entonces el papel providencial que representaría un día en la vida de esta pequeña princesa. 

Era la época en la que Luis XIV se enamoraba de Luisa de La Vallière y de Versalles. En los jardines tras el castillo de ladrillo y piedra, el rey daba a su amada las fiestas que bien merecieron el nombre de Placeres de la Isla Encantada. 

Luisa de La Vallière

Meses después de estas diversiones, la princesa de Mónaco regresaba a la Corte. Había dado a su esposo tres hijos, se había volcado en la decoración del castillo haciendo construir una escalera al estilo de Fontainebleau y, tras fundar un convento en el que educaría a sus hijas, volvía con el pretexto de obtener de Luis XIV el reconocimiento de los derechos de su esposo sobre las aguas que bordeaban el principado. Regresaba sola: el esposo se quedaba gobernando sus dominios. 

Fue por entonces cuando el monarca reparó en ella, hasta el punto de hacer creer que iba a ser la sucesora de La Vallière. Se decía que todo había sido una maniobra de Minette, quien, celosa de la favorita, trataba de apartar de ella la atención de Luis. Bussy-Rabutin, primo de Madame de Sévigné, escribió al respecto que “Luis XIV, por más que estuviera más alto que el resto de los hombres, no era de otra naturaleza ni mostraba otra disposición que los hombres corrientes. Aunque amaba apasionadamente a Mademoiselle de la Vallière, a veces se prendaba de la belleza de algunas damas, y encontraba fácil satisfacer sus deseos. De ese modo distinguió a la princesa de Mónaco.” 

Era el verano de 1665, la época en la que Luisa había tenido que retirarse de la corte para ocultar su embarazo. Minette y Catherine aprovecharon la oportunidad. El primero en alarmarse fue el también celoso Péguilin, que en un arranque de furia tuvo una agria discusión con Catherine y le anunció que tenía cartas suyas que la perderían. 


Ella fue a ver al rey, le comentó lo molestos que estaban resultando los celos del marqués y Luis lo envió al Béarn a ver “si su regimiento de dragones estaba en buen estado”. No esperaba la respuesta de Antoine: 

—Antes que irme renunciaré a mi cargo. Mi dimisión está dispuesta. No volveré a poner mi espada a vuestro servicio. 

Luis no daba crédito. ¡El marqués se rebelaba! ¡Un militar negándose a acatar unas órdenes que procedían directamente del rey! 

—No estáis siendo sensato —le advirtió. Estaba tan furioso como él, pero Luis siempre parecía dueño de sí aunque en su interior se desencadenasen tempestades. 

Péguilin abandonó la estancia y corrió hacia los aposentos de Catherine. Iba ciego de cólera y, al no encontrarla, desahogó su frustración rompiendo un enorme espejo. 

No solo la Corte, sino todo París estuvo pronto al corriente de los hechos. Se trató de dar una versión oficial, según la cual se habría producido un incidente cuando el marqués defendió con excesivo ardor ante el rey a uno de sus lugartenientes. Nadie lo creyó: para entonces la otra historia ya circulaba por toda la ciudad. Se supo que Antoine había sido enviado una temporada a la Bastilla para enfriar su ardor. 

La Bastilla

Péguilin se rebelaba en vano, porque Catherine llegaba con deseos de divertirse, y mucho. De ella se decía que, al igual que su hermano el conde de Guiche, era bisexual. En ese sentido se expresa la segunda esposa de Monsieur, cuando en sus memorias dice que “Madame de Monaco tal vez fuera dada a mantener relaciones muy íntimas con su propio sexo, y Madame de Maintenon me metió a mí en el mismo saco”. 

Péguilin, mientras tanto, no permanecía ocioso. Aunque Catherine fue el gran y probablemente único amor de su vida, también él iba aumentando su larga lista de conquistas. Cuando años más tarde d’Artagnan lo hiciera conducir a la fortaleza de Pignerol por orden del rey, encontraría entre sus pertenencias una colección de retratos de más de sesenta mujeres a las que el marqués había seducido, muchas de las cuales pasaban por ser muy santas. 

Pero hubo una historia en concreto que fue especialmente divertida, de esas que hacen las delicias de la corte; un relato que figura en las Memorias de Madame de Montespan y que repasaremos próximamente, muy pronto, en cuestión de dos o tres días...

lunes, 21 de enero de 2013

La caída de Fouquet

Vaux-le-Vicomte

El 17 de agosto de 1661 tenía lugar la famosa fiesta con la que Fouquet quiso agasajar al rey en su castillo de Vaux-le-Vicomte. Llegó Luis XIV escoltado por los guardias franceses, las carrozas de la reina madre y María Teresa y la litera de Madame. Ante los jardines diseñados por Le Nôtre, el cocinero Vatel hizo servir treinta platos diferentes para ciento veinte mesas. Días más tarde la corte se trasladaba a Nantes, y Péguilin la seguía. Viajaba a caballo con el príncipe de Condé entre el séquito del rey. 

Péguilin seguramente no pudo dejar de reparar en la urgencia con la que, apenas terminada la cena ofrecida por el mariscal de la Meilleraye en el viejo castillo de los duques de Bretaña, el rey se encerró con Colbert. La mesa de Luis aparecía cubierta de papeles; el primer gentilhombre de cámara y el secretario hacían guardia extrañamente en el pequeño corredor que conducía a la habitación, y una campanilla de plata tintineaba al aproximarse cualquier visita. Ni siquiera los motivos de ese viaje estaban claros, si bien el pretexto oficial era el de asistir a los Estados de Bretaña, y además el rey se había entrevistado con el mosquetero d’Artagnan. Era evidente que se preparaba algo importante, y el intrigado Péguilin había extraído sus propias conclusiones. 

Al encontrarse con Brienne en el hôtel de Rougé, alojamiento del superintendente Fouquet, el marqués le dijo: 

—Tengo que hablaros. 

Ambos conversaron durante largo tiempo, después de lo cual Brienne se dirigió al encuentro de Fouquet. Lo encontró vestido con una bata y acostado. No se encontraba bien; tenía fiebre. 

Château de los duques de Bretaña - Nantes

Fouquet mostró curiosidad por lo que Brienne había estado hablando con Péguilin. 

—¿Qué se dice por el castillo y por la corte? —quiso saber. 

—Que van a arrestaros. 

—¿Os lo ha dicho Péguilin? Habéis estado hablando mucho tiempo. En cualquier caso está mal informado, y vos también: es Colbert quien será arrestado, no yo. 

—¿Estáis completamente seguro? 

—No podría estarlo más. Yo mismo he dado las órdenes para que sea conducido al castillo de Angers. 

—Está bien. Pero vuestros amigos temen por vos. 

En la sala contigua reinaba la alegría. La esposa de Fouquet entretenía a sus invitados, que bailaban al son de la flauta y el violín. Brienne apenas se detuvo allí un instante; a las once se encontraba cenando con el rey. 

Cuando la cena terminó, Luis se lo llevó a su cámara y se interesó por la salud de Fouquet. Después Brienne se sumergió con el resto de los cortesanos en los juegos de azar con los que terminaría la velada y olvidó el asunto que le había inquietado durante el día. 


A las seis de la mañana la compañía de los mosqueteros grises a caballo se encontraba a la puerta, como era costumbre cuando el rey iba a salir de cacería. En el patio del castillo cuarenta mosqueteros paseaban a pie. 

Una hora más tarde Luis XIV se presentaba ante los cortesanos que le aguardaban y declaraba que acababa de hacer arrestar a su superintendente, una decisión que llevaba cuatro meses madurando. 

Fouquet se había presentado en el Consejo, pero la sesión fue corta. El rey había permitido que salieran Colbert y Le Tellier, pero lo retuvo a él mientras pretextaba buscar un papel en la mesa, sin apartar un ojo de la ventana: esperaba ver aparecer a d’Artagnan. 

El superintendente bajó después la escalera y en su silla de manos enfiló por la rue Haute hasta la plaza de la catedral. Fue entonces cuando d’Artagnan lo rodeó con sus mosqueteros. Fouquet salió del vehículo y escuchó la orden del rey en pie y con la cabeza descubierta. Su rostro palideció de modo perceptible: había creído conocer a Luis XIV mejor que nadie en el reino, y se había equivocado. Era un error trágico para él. 

Péguilin, que ascendía en el favor real, tomaba nota. Pero mientras el antaño poderoso Fouquet se encaminaba hacia la prisión de Angers, otro asunto preocupaba mucho más al marqués: Catherine estaba a punto de abandonar Francia para dirigirse a su principado de Mónaco…

martes, 15 de enero de 2013

Péguilin en la boda del rey


Péguilin acompañó a Luis XIV cuando acudió a San Juan de Luz para casarse con la infanta española. El marqués partió como capitán al frente de su compañía de guardias de élite, los cien gentilhombres de la Casa del Rey, un puesto que acababa de obtener a la muerte de su padre, y como tal tuvo ocasión de asistir a la ceremonia. El 9 de junio de 1660, a mediodía, caminaba por la galería descubierta, repleta de guardias suizos, guardias franceses y mosqueteros, a lo largo del camino cubierto de flores que seguía la infanta María Teresa para ir desde los aposentos de la reina madre a la iglesia. Él iba a la derecha del rey, sosteniendo el bastón azul representativo de su cargo. 

Mucho más atrás, entre el séquito de la reina, venía Mademoiselle de Montpensier. Vestía luto por la reciente muerte de su padre, y el único adorno que se había permitido eran veinte hileras de perlas que contrastaban hermosamente contra el negro de sus ropas. Mademoiselle tuvo ocasión de presenciar un incidente entre Péguilin y el marqués de Humières, capitán de otra de las compañías. “Había dos compañías, la primera al mando del marqués de Péguilin, de la Casa de Lauzun, la cual siempre había ostentado este cargo; y la otra al del marqués de Humières, de la Casa de Crevant. No sé por qué razón este último quiso disputarle algo al otro, lo que resultó muy embarazoso…”. 

Ana de Austria aguarda en la iglesia a la derecha del rey, sobre un alto estrado y bajo un palio de la misma tela que el de los novios, rodeada de los más altos dignatarios. Era su gran momento, el de su triunfo. 

Catherine también asistía a la ceremonia en compañía de su madre, la duquesa de Gramont. Por entonces esperaba ya su primer hijo, que nacería el 25 de enero de 1661, menos de 10 meses después de su boda con Luis Grimaldi. La bella se apresuraba a cumplir con su deber antes de tomarse su recompensa. 

La boda de Luis XIV, por Giuseppe Forti

Péguilin siguió a la corte durante el viaje de regreso. Las etapas eran duras, desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche, entre el calor excesivo y el polvo del camino. Al llegar a Burdeos continuaron ruta por el río Garona en barcas magníficamente engalanadas hasta llegar a Blaye. Después de detenerse en varias localidades, se alojaron en Fontainebleau y fueron huéspedes de Fouquet en su espléndido château de Vaux. 

El 26 de agosto el marqués estaba presente en el suntuoso desfile de la entrada solemne de María Teresa en París. Allí se había dado cita una multitud llegada desde todos los puntos del reino y calculada en un millón de personas. Las fiestas organizadas para la ocasión superaron en fasto y magnificencia todo lo realizado hasta entonces. 

Por la mañana la reina había salido de Vincennes y se instaló con el rey en un extremo del Faubourg Saint-Antoine, sobre un estrado cubierto de ricos tapices en el que se había alzado un trono, al objeto de que ambos pudieran recibir el homenaje del pueblo. Por la tarde, precedida de varios millares de pajes, mosqueteros, caballeros y heraldos, entró realmente en París y se adelantó por el Faubourg Saint-Antoine. Llevaba las joyas de la Corona y un vestido en el que el oro, las perlas y las piedras preciosas formaban una brillante combinación. Su carroza, que parecía salida de un cuento de hadas, maravilló a los presentes por el modo en que reflejaba los rayos del sol y por los 6 hermosos caballos daneses color gris perla tan ricamente enjaezados. Crines y colas colgaban hasta el suelo. Según la Gazette de France, eran “todos ellos de tan rara belleza que ningún pintor hubiera podido esperar hacerles justicia, y sobre los cuales todo lo que se puede decir es que eran obras maestras de la Naturaleza, hechas expresamente para tomar parte en este desfile”. 

Vista del palacio de Fontainebleau, por van der Meulen

Fue un magnífico espectáculo poder contemplar a las dos compañías de cien gentilhombres adornadas con plumas y cintas mientras avanzaban a caballo. Péguilin iba detrás del rey, de Monsieur y del esposo de Olimpia, y delante de la hacanea blanca que precedía al carruaje de María Teresa. 

Mazarino acudía con sus sobrinas a casa de Madame de Beauvais para contemplar desde allí el paso del cortejo. Encadenado a una silla por un ataque de gota, se contentó con ser espectador, mucho más satisfecho que su sobrina María Mancini. Ella asistía con inocultable aire desolado a la última escena que jamás hubiera querido presenciar. 

El cortejo llegó ante el palacio de Beauvais. Desfilaron los mosqueteros, que se distinguían por sus plumas de colores diferentes: las de la primera brigada eran blancas, la segunda las llevaba amarillas, negras y blancas; la tercera azules y blancas y la cuarta verdes y blancas. Pasó el marqués de Vardes al frente de la guardia suiza, impresionante con su uniforme verde y oro; y también el conde de Guiche, considerado ya el hombre más guapo de la corte. Cabalgaba en solitario, ataviado con profusión de encajes y piedras preciosas que centelleaban bajo el sol y rodeado de servidores con ricas libreas. 

Luis, precedido por los mariscales y montado en un soberbio caballo español, llevaba un traje de brocado de plata bordado con perlas y adornado con lazos rojos y plateados. Luego venían los pajes de la reina María Teresa, y finalmente ella en su carruaje, tirado por los seis caballos daneses 

Luis XIV y María Teresa

Meses más tarde, el 31 de marzo de 1661, la corte celebraba otra boda: Minette se casaba con Monsieur, convirtiéndose así en duquesa de Orleáns. Catherine figuraba entre sus damas y vivía los días más dulces. Después de cenar, los cortesanos montaban en los carruajes para disfrutar, al son de los violines, del frescor de la noche bajo los árboles del canal. Era el tiempo en que Luis XIV amaba a su cuñada, y después, cuando su historia de amor terminó, el rey se volvería hacia La Vallière y Minette hacia Guiche, mientras Péguilin continuaba adorando a su prima Catherine…


martes, 8 de enero de 2013

El Príncipe de Mónaco

Luis I Grimaldi, Príncipe de Mónaco

Péguilin amaba a Catherine de Gramont, pero, desgraciadamente para él, su fortuna no estaba hecha; era tan solo el hijo de un caballero gascón arruinado, demasiado poca cosa para la hija del rico mariscal. Su historia de amor sufrió un serio revés cuando Gramont anunció que había encontrado un esposo adecuado para su hija. El novio era Luis Grimaldi, heredero del principado de Mónaco y duque de Valentinois, un jovencito de 18 años que no coincidía en absoluto con los gustos de su prometida, a quien, por supuesto, no se consultó. Muy disgustada, Catherine afirmó que el novio no le agradaba porque “no seguía la moda”

A decir verdad, ningún otro que no fuera Péguilin hubiera resultado un esposo de su agrado, pero mucho menos Luis Grimaldi, tímido, orgulloso de su rango, avaro y completamente ignorante de las modas de la corte de Francia. Catherine hizo patente su desagrado, pero todos los ruegos desesperados no lograron impedir que el 28 de abril de 1659 se firmara el contrato matrimonial en el Louvre. El marqués de Vardes fue en esa ocasión uno de los firmantes en representación del novio. 

Después de eso Gramont hubo de viajar a España con la importante misión de pedir la mano de la infanta, por lo que el proyecto matrimonial quedó en suspenso hasta su regreso. Finalmente, el 30 de marzo de 1660, el mariscal casaba a su hija en Bidache. 

—Si consigue olvidar a Péguilin, no cabe duda que será una buena esposa —comentó por entonces Madame de Sévigné. 

Catherine de Gramont de niña con su madre

Y Mademoiselle de Montpensier, que seguía los acontecimientos, escribió que “había alguien en la corte que le gustaba mucho más que su marido. Y no tenía mal gusto”. 

Pero para Catherine y Péguilin no se acababa el mundo, porque no tenían que separarse. La recién casada permaneció en París, y eso abría interesantes posibilidades para ambos. De acuerdo con el código moral del siglo XVII, parece que una vez casada la mujer, poco importaba lo que hiciera con tal de que no diera escándalo. 

Los enamorados pudieron seguir disfrutando de su mutua compañía en la corte más alegre de Europa. Era la época de la primera juventud del rey, que, rodeado de gente de su edad, daba rienda suelta a su pasión por la vida. Minette elegíría a Catherine para ocupar un puesto entre sus damas, al lado de Madame de La Fayette, Mademoiselle de Créqui, de Châtillon, de La Trémoille y de Tonnay-Charente. En ese ambiente siempre galante, y que tan magníficamente nos relató Madame de La Fayette, se sucedían los bailes, los juegos, las risas; se asistía a conciertos, a la ópera, a extraordinarios ballets o estrenos teatrales; había fuegos artificiales, paseos en barca a la luz de la luna con música de violines, cenas y veladas inolvidables, meriendas campestres, cabalgadas por los bosques y todo cuanto pudiera hacer las delicias de unos jóvenes de veinte años. 

Lamentablemente para Catherine, el abuelo de Luis Grimaldi, Honorato II de Mónaco, estaba a punto de morir. Luis era su heredero, por lo que debía estar preparado para tomar el relevo, y a tal fin reclamó a su esposa. 

Honorato II de Mónaco

Catherine emprendió el viaje al terminar el verano de 1661. La idea de separarse de Péguilin supuso una tragedia para ella. Madame de La Fayette cuenta que “amaba a su primo apasionadamente; se separaba de él con enorme pena, y él, por volver a verla, la seguía, disfrazado… de todas las maneras que podrían hacerle irreconocible para cuantos la rodeaban”. A veces se vestía de buhonero y se acercaba a la ventana del carruaje a ofrecer sus mercancías; otras veces de postillón que traía caballos de refresco en las diversas paradas que hacían por el camino. 

Péguilin no podía permanecer mucho tiempo lejos de la corte, y en junio de 1662 lo encontramos de nuevo en París. Pero la suya no era una despedida para siempre. Después de una estancia de tres años en el principado, Catherine iba a regresar a la corte de Francia, donde llevaría una vida alegre y repleta de placeres. Los amantes se irían sucediendo con rapidez. Contaban que el esposo los colgaba en efigie en la avenida que conducía a su palacio, con un cartel en torno al cuello ofreciendo información a los transeúntes. Contaban, también, que llegaron a ser tan numerosos que la gente acudía desde lejos para admirar el espectáculo, como si fuera una atracción turística, hasta que Luis XIV consideró necesario intervenir y ordenó al príncipe que los retirara. Este hizo oídos sordos y continuó ampliando la colección, hasta que el rey, viendo que las amenazas eran inútiles, recurrió a la diplomacia y a procedimientos más conciliadores, prometiendo a Luis Grimaldi que su esposa sería custodiada debidamente. Solo entonces depuso el príncipe su actitud. 

Seguramente el rey temía encontrarse cualquier día haciendo compañía al resto de las efigies, puesto que también él podía contar a Catherine entre sus amantes, un affaire que duró tan solo unos pocos meses. 

Árbol genealógico de los Grimaldi por theroyalforums.com. Es tan completo que abarca desde el abuelo de Luis I hasta la princesa Estefanía y sus esposos. Click para ampliar.

Pero no adelantemos acontecimientos. Habíamos dejado a nuestro marqués en la primavera de 1660, a punto de asistir a la boda del rey...

jueves, 3 de enero de 2013

El amor de Péguilin


Péguilin ya estaba bien posicionado en la Corte por entonces. La condesa de Fleix había colocado a su hermana Diane-Charlotte, Mademoiselle de Lauzun, entre las damas de honor de la reina, algo que resultaba de suma utilidad dado el talento para la intriga que mostraba la joven. Y el mariscal era un protector de gran valía, por la alta estima en que lo tenían la reina y el cardenal. Además contaba con Guiche, que no solo se hallaba próximo a Philippe, sino también al rey y a Olimpia. 

Aunque pronto alcanzó la estima de Mazarino y la amistad del rey, los bolsillos del marqués estaban habitualmente vacíos. Encontraba una fuente de ingresos en los juegos de azar, muy de moda por entonces. En la Corte se jugaba fuerte, si bien no tanto como en años posteriores, cuando se llegó a ganar y perder grandes fortunas. 

Una segunda forma de mejorar su economía le venía dada por la generosidad de las mujeres que pugnaban por atraer su atención. La facilidad con la que Péguilin se ganaba el favor de las damas hizo escribir a Saint-Simon que “las más hermosas y las más encumbradas se lo disputaban, lo abrumaban con regalos, lo perseguían, y soportaban la indiferencia con la que él acogía sus avances, su mal genio, sus celos, sus arranques pasionales, infidelidades y el enorme peligro de quedar atrapadas en sus redes para siempre.” 

Diane-Charlotte, Mademoiselle de Lauzun, hermana de Péguilin

Pero durante aquellos años el marqués no podía corresponder a ninguna de cuantas se disputaban su favor, porque estaba locamente enamorado de Catherine-Charlotte de Gramont. Ella, dos años menor que su hermano el conde de Guiche, contaba tan solo ocho cuando Péguilin llegó a su casa. Mientras que la otra hermana, Henriette, era tuerta, coja y carente de ingenio, Catherine había acaparado para sí toda la belleza. Era pelirroja, ardiente, lucía un hermoso busto, tenía una sonrisa encantadora y resultaba “fresca como un sorbete”. 

En 1656 tenía 17 años y se había convertido en una joven irresistiblemente hermosa. Catherine correspondía plenamente a Péguilin, y, según apuntan las crónicas, “siendo ambos de fuertes pasiones, no había nada comparable a lo que sentían el uno por el otro”. El carácter de la joven hacía que en la corte se la diera el apodo de “Catherine Le Torrent”. Y no tenía menos éxito entre los caballeros que Péguilin entre las señoras; fueron muchos los que la cortejaron a lo largo de su vida, algo que no podía desagradar a la dama, puesto que Madame de Sévigné la describe como “ávida de placeres”. Por cierto que era tal el magnetismo de Catherine que se decía que incluso el hermano del rey se había fijado en ella, a pesar de que los gustos de Philippe se orientaban en otras direcciones. 

Nadie les puso obstáculo alguno para que se viesen con cuanta frecuencia deseasen. Su relación era tema bien conocido y comentado en la corte, y ambos vivían felices en aquel ambiente juvenil en el que se sucedían las fiestas, los bailes y mascaradas en el palacio del Louvre. Mademoiselle de Montpensier, aunque algunos años mayor, se unía al alegre grupo de jóvenes en 1657. Regresaba de sus tierras de Saint-Fargeau, en las que había permanecido exiliada a consecuencia de su relevante participación en la Fronda. También ella iba a sucumbir irremediablemente a los encantos del marqués. 

Mademoiselle de Montpensier

Al año siguiente una terrible preocupación terminó con el ambiente festivo que reinaba en la corte. Luis XIV, por entonces un joven de apenas 20 años, fue presa de unas fiebres mientras inspeccionaba las tropas en Dunkerque, y enfermó hasta el punto de temerse seriamente por su vida. Se llegó a pensar que el rey agonizaba. Si fallecía, el heredero del trono era su hermano Philippe. 

La reina y Mazarino habían procurado impedir por todos los medios que Philippe siguiera los pasos de su tío Gastón de Orleáns, quien en su día se había convertido en una pesadilla para Luis XIII con sus continuas conspiraciones. A tal fin se lo educó tratando de mantenerlo alejado de toda aspiración de gobierno, y Philippe se había convertido en un joven de 18 años sumamente infantil, ocioso, amante de las joyas y la moda y cuya principal diversión era jugar con las damas de honor de la reina ataviándolas con ropas elegantes. 

La cuestión es que en 1658 parecía a punto de heredar el trono un jovencito que no estaba en absoluto preparado para ello ni mostraba ninguna clase de disposición. Para Mazarino las perspectivas eran terribles, porque además no se entendía bien con Philippe ni con su camarilla. Parecía que había logrado sobrevivir a los fuertes vaivenes de la Fronda tan solo para estar a punto de partir de nuevo al exilio si moría Luis XIV. 

La reina no estaba menos preocupada que el cardenal. Comprendió que era necesario un acercamiento a algún amigo de su hijo menor y persuadirle para que utilizara su influencia en beneficio de Mazarino. El joven Philippe tenía su propio círculo de amistades: Ana Gonzaga, Princesa Palatina; Madame de Fiennes, Madame de Choisy, Guiche, Vardes y el Caballero de Lorena. El elegido fue Guiche, que recibió con frialdad la propuesta. 

Philippe

A través de él, también Péguilin formaba parte de este grupo. Fue entonces cuando el marqués vio llegado su momento y aprovechó la ocasión para asumir el papel protagonista en ese acercamiento al cardenal. Para darse importancia como poseedor de información relevante y mostrar su lealtad al mismo tiempo, avisó a Mazarino de los planes para arrestarlo apenas falleciera el rey. 

La crisis terminó gracias al restablecimiento de la salud de Luis, seguida por el exilio de un par de amigos de Philippe, pero Péguilin había conseguido ganarse el favor del cardenal, que pronto iba a darle una gran muestra de gratitud: al año siguiente lo eligió para acompañarlo durante el viaje que haría como ministro plenipotenciario para negociar el matrimonio de Luis XIV con María Teresa. 

Mientras tanto continuaba el idilio del marqués con Catherine. Ambos vivían despreocupados, seguros de que su historia de amor podría durar eternamente…