lunes, 29 de octubre de 2012

La tragedia del valet (II)


Había muchas clases de valets, y no todos tenían la misma categoría. Algunos eran para sus señores el criado de confianza, casi un secretario que en determinado momento intempestivo podía incluso escribir una nota por ellos. Sin embargo no era el caso de Martin, un simple ayuda de cámara que ni siquiera tenía un puesto fijo en calidad de tal, ya que hubo de trabajar para un extranjero de paso en Inglaterra. 

Pero el prisionero de Pignerol sabía leer y escribir. Louvois incluso contaba con la posibilidad de que pidiera libros, y autorizaba a proporcionárselos. Parece que Dauger se entendía en francés con todo el mundo desde su llegada, que leía en francés y que, además, en el caso de que fuera inglés se trataría de un hombre perfectamente bilingüe, pues recordemos que el sobrino de Saint-Mars, cuando se le planteó la cuestión de la nacionalidad del prisionero, dejó escrita la siguiente frase: “Nunca oí que tuviera acento extranjero”. Pretender que en el siglo XVII un simple sirviente que se ganaba la vida limpiando las botas de su amo supiese leer y escribir y además hablara idiomas, es situarse fuera de la realidad de su tiempo. 

Es muy probable que fuera un valet al fin y al cabo, puesto que parece que Louvois nunca mentía a Saint-Mars en su correspondencia, y además no había ninguna necesidad de hacerlo en este caso. Cuando estimaba más prudente que el carcelero no se enterase de algo, simplemente lo omitía y se lo ocultaba, pero no le proporcionaba datos falsos a su hombre de confianza. En cualquier caso, tenía que tratarse de un valet de más categoría que Martin, y tal vez al servicio de un alto personaje. 

Otra de las razones que inclinan a aceptar que no se trataba de alguien de mucho más rango que un valet es que el ministro autorizó que Dauger sirviera a otro preso, y más concretamente a un plebeyo como era Fouquet. La mentalidad de la época, la férrea estratificación social, el orgullo de estirpe y todas las consideraciones a ello asociadas, sitúan la posibilidad de que se tratara de un aristócrata tan fuera de la realidad como la idea de que un simple ayuda de cámara de un oscuro caballero de Nîmes fuera un hombre instruido. 


Ningún dato sobre el Hombre de la Máscara de Hierro encaja con Martin. Todo indica que Dauger era francés. Y con respecto al cambio de nombre, resulta extraño que Louvois vea la necesidad de darle un nombre falso a una persona totalmente desconocida. Ni siquiera ha llegado hasta nosotros el apellido de Martin, ni su verdadero nombre resultaría revelador para nadie en la prisión. 

Además hay un dato muy importante que inclina a considerar que el nombre de Dauger era el verdadero: en los documentos originales de la correspondencia que el ministro Louvois mantuvo con Saint-Mars, las palabras Eustache Dauger aparecen escritas con una caligrafía diferente a la del resto de la carta. Esto indica que Louvois dictaba los mensajes a un secretario, pero, por razones de seguridad, dejaba un espacio en blanco que después rellenaba él personalmente con el nombre del prisionero, una precaución totalmente innecesaria de haberse tratado de un nombre falso. 

Otra cuestión a examinar es la de la religión. Martin era protestante. Pero los protestantes no van a misa. En el acta de defunción del enmascarado leíamos que “tuvo una ligera indisposición ayer al salir de misa y falleció ese día hacia las diez de la noche sin haber estado seriamente enfermo…”. Y el padre Griffet dejó escrito que “numerosos testigos oculares lo habían visto pasar por el patio para acudir a misa.” 

Podríamos pensar que tal vez lo obligaban a asistir a los servicios religiosos si no fuera porque días después de la llegada de Dauger a Pignerol, Louvois escribe a su carcelero: “Podréis hacerle escuchar, los domingos y festivos, la misa que se dirá para Monsieur Fouquet, aunque sin estar en el mismo lugar, y os ocuparéis de que se le custodie bien durante la misa para que no pueda evadirse ni hablar con nadie; también podréis hacer que se confiese tres o cuatro veces al año si lo desea, y no más, a menos que le sobrevenga alguna grave enfermedad.” 

Es decir, solo si Dauger lo deseaba. El ministro incluso suponía que el prisionero desearía confesarse más veces, algo que no se autorizaba a menos que se encontrase en riesgo de muerte. Obviamente Eustache Dauger era católico. 


Pero resulta que existe una última propuesta, y era la que iba a presentarles hoy. Solo que al final decidí extenderme más rebatiendo la hipótesis de Monsieur Lang. Por tanto, tendré que hacer un capítulo más de los previstos, y revisar la última candidatura el próximo día. ¡No ha sido intencionado esta vez! 

Verán, por las mismas fechas en las que Eustache Dauger era apresado en Calais, se daba la curiosa circunstancia de que un misterioso personaje desaparecía de París. Nunca más se supo de él…


jueves, 18 de octubre de 2012

La tragedia del valet

Exterior de la celda de la Máscara de Hierro en Sainte-Marguerite

En 1903 Andrew Lang publicó un trabajo sobre el Hombre de la Máscara de Hierro. En su libro La tragedia del valet, Lang propone la hipótesis de que Eustache Dauger era en realidad un nombre falso tras el que se ocultaba Martin, el hombre que había servido como ayuda de cámara al conspirador Roux de Marsilly durante su estancia en Inglaterra. 

La propuesta, sin embargo, parece incapaz de sortear una larga serie de objeciones e interrogantes. Sabemos que Dauger, según consta en una carta de Louvois a Saint-Mars, era un valet; pero creo que ahí termina toda coincidencia demostrable, y ello si es que el dato que aporta Louvois acerca de la profesión del prisionero es cierto y no se trata de otra cortina de humo. 

Lang parte de la base de que resulta demasiada coincidencia que haya dos valets, Martin y Dauger, relacionados con importantes secretos de Estado casi por las mismas fechas, por lo que en su opinión ambos son el mismo hombre. 

Eustache Dauger es apresado en Calais un mes después de la ejecución de Roux de Marsilly. El hecho de que se encontrara en Calais le sirve a Lang para extraer la conclusión de que venía de Inglaterra. Pero en realidad es más probable que se encontrara allí aguardando a que zarpara un barco para huir de Francia, sabiéndose perseguido. La hipótesis de Lang encaja mal con el hecho de que, según se desprende de la correspondencia de Colbert, Martin se había negado a acudir a declarar contra Marsilly, por temor a que acabaran por pensar que tenía algo que ver con las conspiraciones de su antiguo amo. Es decir, que todo parece indicar que nunca llegó a desplazarse a Francia, o al menos no nos consta que haya sido así. Tampoco parece que el pobre diablo supiera gran cosa en realidad, y los agentes de Colbert tuvieron que darse cuenta pronto. 

Isla Sainte-Marguerite

Pero supongamos que Martin sí sabía algo y que unas semanas después cambió de opinión y decidió viajar a París para declarar voluntariamente sobre los manejos de Marsilly en Inglaterra. En tal caso, lo más lógico por parte de Luis XIV hubiera sido escoltarlo para asegurarse de que llegaría sano y salvo con su información —una información que en realidad podría haber proporcionado a Francia igualmente desde Londres—. Una vez en suelo francés, el procedimiento normal no habría sido arrestarlo, sino interrogarlo en calidad de testigo que acudía a prestar su colaboración sin estar obligado a ello. A partir de ahí ya podrían tomarse otras medidas si se llegaba a la conclusión de que Martin había emprendido absurdamente el viaje de modo voluntario para no decir nada de cuanto sabía, o no decirlo todo. 

Pero es que curiosamente el hombre arrestado en Calais no solo no fue interrogado, sino que se le hizo trasladar de inmediato a Pignerol, la fortaleza en la que debía quedar totalmente incomunicado. Resulta extraño que si lo que se pretendía era obtener de él alguna información, no le preguntaran nada e incluso le prohibieran comunicarse con nadie, perdiendo así la ocasión de descubrir algo en su correspondencia o de que se sincerase con algún confidente. En principio parece un contrasentido impedirle que hable después de haberse esforzado tanto por conseguir que acudiera a Francia precisamente para hablar. 

Podría ser, desde luego, que cuando Martin es atraído a territorio francés ya se conociera cuál era el importante secreto del que había llegado a enterarse, y se tratara de uno sobre el que el rey no necesitaría preguntar nada, porque lo conocía mejor que Martin. En tal caso lo habrían hecho acudir para apoderarse de él y ponerlo a buen recaudo, de modo que no pudiera comunicar a nadie más lo que sabía. 

Costa de Sainte-Marguerite

Es extraño que el rey de Francia se preocupara tanto por lo que pudiera contar en otro país un simple sirviente. La propuesta es que el valet tuvo conocimiento del tratado secreto que Luis XIV preparaba con el rey de Inglaterra, en el que uno de los asuntos a tratar era la conversión de Carlos II al catolicismo. Era preciso que eso no se supiera antes de tiempo, porque previsiblemente sus súbditos se sublevarían ante una decisión que no podían contemplar con agrado. 

Pero esta hipótesis no topa con menos obstáculos que la propia candidatura de Martin. No solo es una mera especulación sin apoyo documental de ningún tipo, sino que desafía al sentido común. En primer lugar, resulta desconcertante que Luis estuviera tan preocupado por el tema y en cambio Carlos no lo estuviera en absoluto. En realidad el más interesado en impedir la difusión del secreto tendría que ser el inglés, pero él nunca se ocupó de Martin, que vivía tranquilamente en Londres sin ser molestado y, de haberlo deseado, pudo difundir el secreto a los cuatro vientos en docenas de ocasiones durante esos meses. Casi resulta surrealista que fuera el Cristianísimo quien tuviera que hacer malabarismos para atraerlo a su reino y encerrarlo de por vida. 

Además, sabemos que Carlos II dio marcha atrás en su intención de convertirse, consciente de la temeridad de profesar públicamente una fe diferente a la de la mayoría de sus súbditos. El rey no se convirtió hasta que estuvo en su lecho de muerte, en 1685. 

Interior de la celda de la Máscara de Hierro

Una vez fallecido Carlos, ya no había secreto que guardar. Sin embargo Dauger no solo no fue puesto en libertad, sino que continuó siendo custodiado con las mismas precauciones durante 18 años. Lang es consciente de este fallo en su hipótesis, e intenta explicarlo mediante un “error burocrático”: se habría dado la orden de ponerlo en libertad, pero el documento se traspapeló; el funcionario encargado de cursar la orden no lo hizo, y Eustache Dauger cayó en el olvido. 

Pero tampoco podemos concederle a monsieur Lang ese punto. Eustache Dauger nunca cayó en el olvido, sino todo lo contrario. Cuando en 1691 moría Louvois, su hijo Barbezieux le sucede en el puesto, y en adelante es él quien se ocupa de comunicarse con Saint-Mars. La primera carta que escribe al tomar posesión de su cargo se refiere precisamente a Eustache Dauger: “Cuando tengáis que comunicarme algo acerca del prisionero que lleva veinte años bajo vuestra custodia, os ruego que utilicéis las mismas precauciones que cuando escribíais a Monsieur de Louvois.” 

El único prisionero que llevaba veinte años bajo la custodia de Saint-Mars era Eustache Dauger. Y el hecho de que la primera carta que escribe Barbezieux sea para ocuparse de él indica que, lejos de haber caído en el olvido, lo seguían teniendo muy presente.

lunes, 8 de octubre de 2012

La conspiración de Roux de Marsilly

Carlos II de Inglaterra

En mayo de 1668, Rubigny, embajador en Londres, avisa de la llegada de un individuo que trae malas intenciones. Se trata de Roux de Marsilly, un hugonote natural de Nîmes, que había sido militar al servicio del rey en Cataluña, pero que, descontento por el trato que recibían los protestantes en Francia, había concebido el osado proyecto de asesinar a Luis XIV. 

Marsilly fue perseguido por agentes de Francia, primero a través de Inglaterra y posteriormente por Holanda, Flandes y el Franco-Condado, mas no conseguían atraparlo. El rey decidió encomendar entonces a Turenne la misión de capturarlo, y este envió a sus hombres al extranjero en una búsqueda que se prolongó durante cuatro meses. Al cabo de ese tiempo el fugitivo fue descubierto en Suiza. Allí se apoderaron de él cuando iba camino de Berna, junto con un monje y un servidor que resultó muerto durante la operación. No se le incautó ningún papel, pero Marsilly solicitó a sus captores que se dirigieran a casa de su amigo el general Balthazar para recoger un documento que le acreditaba como enviado del rey de Inglaterra, esperando sin duda que eso le procuraría la inmunidad de un puesto diplomático oficial. 

Al parecer Carlos II lo había enviado con la misión de atraer a los suizos a la Triple Alianza contra Francia, formada en enero de 1668 para frenar el avance de Luis XIV en Flandes. Inglaterra, naturalmente ofrecía otra explicación: según su versión, a Marsilly se le había confiado la tarea de conseguir de los cantones suizos que expulsaran a los regicidas de Carlos I allí refugiados. 

Roux de Marsilly fue conducido a suelo francés para ser juzgado y condenado por crímenes contra el Estado y contra el rey. Sería ejecutado públicamente en junio de 1669, si bien mantuvo su inocencia hasta el final, asegurando no saber siquiera por qué se le condenaba. Aparentemente no tenía cómplices, ni en el país ni en el extranjero. 

Minette

En todo París no se hablaba de otra cosa que no fuera de aquel supuesto agente del rey Carlos II encerrado en la Bastilla, aunque en la corte, por razones diplomáticas, fingían no estar al tanto de tan embarazosa circunstancia. Era un grave inconveniente justo en aquellos momentos en los que Luis negociaba un tratado secreto con su primo de Inglaterra, un importante asunto en el que empleaba como mediadora a Minette. Durante el proceso se prefirió no mencionar la traición de los ingleses y limitarse a acusar a Marsilly de conspirar contra la vida de Luis XIV. 

El 24 de junio, tres días después de la ejecución, el ministro Colbert, enviado por Luis a Inglaterra, informaba acerca de una conversación con Carlos II. Según la entrevista que mantuvo con el monarca, y a pesar de que las pruebas del plan de Marsilly para asesinar al rey de Francia eran escasas o nulas, se sabía que había discutido el asunto con el embajador español. 

Mientras Marsilly estuvo en Inglaterra, tuvo a su servicio un secretario, dos lacayos y un valet. Colbert escribe que permanecía “en Inglaterra un tal Martin, que había sido el valet de ese miserable y que lo abandonó por estar descontento”. El valet vivía en Londres con su propia familia desde que dejó de servir a Marsilly. Entendemos, por tanto, que probablemente era inglés. 

Colbert propone interrogar a Martin, que puede conocer mucho del asunto, y enviarlo a Francia. La intención era averiguar si las maniobras de Marsilly comprometían al ministro Arlington o tal vez incluso al propio Carlos II, pues las explicaciones de Arlington habían sido demasiado vagas, y hacían sospechar. 

Henry Bennet, Lord Arlington

Pero Colbert no pudo persuadir al valet para desplazarse a suelo francés con ninguna promesa de recompensa ni de un salvoconducto. Martin respondió que no sabía nada en absoluto. Temía que si iba a Francia la gente pensaría que tenía algo que ver con los manejos de Roux, y que lo encerrarían para hacerle confesar cosas que él ignoraba. Más adelante, sin embargo, y tal vez por vanidad, admitió que algo sabía de ese tema...