martes, 31 de julio de 2012

Armand d'Ogier de Cavoye


Entre Eustache Dauger y el marqués de Cavoye había nacido otro hermano llamado Armand, seguramente el más discreto de todos, puesto que apenas sabemos nada de él. No nos constan ni hazañas ni escándalos. Cuando era niño solía formar parte del entorno del rey, al igual que sus hermanos Louis y Eustache. Juntos jugaban al tenis en los jardines del Palais Royal, aprendían a montar a caballo y practicaban los ejercicios físicos y deportes de su tiempo mientras los Dauger aguardaban a alcanzar la edad de unirse a sus hermanos mayores ingresando en el ejército. Previamente pasarían su aprendizaje como pajes. 

En cuanto a la fecha de su nacimiento, Armand nació en la segunda mitad de 1638, al igual que el rey. Esto significa que, de haber un gemelo en la familia, solo podría tratarse de él. 

Al parecer Armand falleció en combate en 1667, es decir, dos años antes de que Eustache Dauger apareciera en Pignerol. En cualquier caso, tampoco este hermano permaneció oculto, y nunca se lo ha relacionado con este asunto en ningún sentido. 

Por otra parte, es preciso considerar la dificultad de poder ocultar el nacimiento de cualquier hijo de un rey de Francia, teniendo en cuenta que el acontecimiento tenía lugar ante un público numeroso. En el caso de Luis XIV rodeaban el lecho real los príncipes de la sangre, la condesa de Soissons, la duquesa de Vendôme, Madame de Sénecé y algunos otros. Gastón de Orleáns, hermano del rey, estiraba el cuello para mirar, asegurándose bien de que no hubiera ninguna clase de truco el aquel parto. Hay que tener en cuenta que durante todos aquellos años en que los reyes no habían tenido descendencia, Gastón había sido el heredero al trono. 

Luis XIV - The Lost Gallery

Un testigo nos cuenta el acontecimiento: 

“La reina comenzó a sentir las labores del parto el sábado 4 de septiembre de 1638 a las 11 de la noche. Al día siguiente, domingo 5, hacia las dos de la madrugada los dolores aumentaron, de lo cual fue advertido el rey por Mademoiselle Filandre. Su Majestad acudió entonces a ver a la reina y mandó a buscar a Monsieur, su único hermano, y al mismo tiempo a Madame la Princesa y Madame la Condesa, las cuales se presentaron a la cabecera de la reina a las seis de la mañana. No se encontraba en dicha cámara más que el rey, su hermano Monsieur, las dos princesas, Madame de Vendôme por una gracia particular que el rey otorgó a su persona… La Señora de Lansac, como futura gobernanta… la futura nodriza del delfín, las Señoras de Sénecé y de La Flotte, damas de honor y de compañía, las servidoras y la señora Perronne, que asistía a la reina.” 

Durante cinco horas todas esas personas permanecieron en la alcoba de Ana de Austria, hasta que a las 11 se produjo el esperado acontecimiento. Demasiado público y demasiados intereses en juego. No era el momento adecuado para trucos de prestidigitador. 

Hubiera resultado mucho más sencillo, en todo caso, que el nacimiento de ambos niños se produjera con normalidad, y al día siguiente, cuando ya no hubiese nadie mirando y escuchando, comunicar que uno de ellos había fallecido. A nadie sorprendería que fuese así: el índice de mortalidad entre los recién nacidos era en la época muy elevado, y en el caso de gemelos más aún, puesto que lo normal era que naciesen más frágiles y con menos peso cada uno. Según he averiguado, los gemelos pesan unos 600 gramos menos al nacer que un bebé que viene solo. Su peso normal ronda los 2 kilos y medio, y los idénticos suelen pesar algo menos que los mellizos. Mal asunto en aquel tiempo. 

Madame Première y Madame Seconde

Que sobrevivieran los dos no era fácil, aunque era perfectamente posible. Encontramos un ejemplo de cada clase en el seno de la familia real de Francia: uno el de Catalina de Médicis, que había tenido dos niñas gemelas, ninguna de las cuales logró vivir. Y otro opuesto en el caso de Luis XV, cuya primera descendencia consistió también en dos gemelas que alcanzaron la edad adulta. Se me ocurre un tercer supuesto en Escocia: el rey Jacobo II tuvo un hermano gemelo que no superó el primer año de vida.

Puesto que el riesgo de perder a uno de los bebés, o a ambos, era preocupante, parece una insensatez deshacerse de uno de ellos y jugárselo todo a una carta. La reina no tenía por delante tantos años fértiles; no parecía fácil que volviera a ser madre dadas las malas relaciones con su esposo, y si volvía a serlo tenía que repetirse la suerte de que fuera otro varón, porque la ley sálica apartaba a las mujeres del trono. No era como para apostarlo todo a ese número. En cambio, haberse quedado con ambos gemelos les proporcionaba la posibilidad de contar con un “repuesto” ante el elevado riesgo, un peligro inmediato y mucho mayor que cualquier especulación sobre problemas sucesorios futuros y que en aquel momento se veían lejanos. Además, al deshacerse de uno de los niños se enfrentaban al peligro adicional del escándalo si un día se descubría el plan. 

Por todas estas razones, no me parece creíble la hipótesis de la reina dando a luz gemelos, ni en el fondo ni en la forma. Pero eso no significa que no pueda haber un gemelo de por medio. Vamos a fliparlo un poco. Les propongo una nueva teoría, ya puestos: 

Imaginen que la reina dio a luz un niño con toda normalidad, pero que pocos días después el bebé real falleció. La desesperación tanto de Ana de Austria como de Richelieu tendría que ser inmensa, porque se trataba de un niño que había costado mucho conseguir, y tal vez ya no habría otra oportunidad. Pero providencialmente la prolífica esposa del capitán de la guardia del cardenal iba a dar a luz gemelos por esas fechas. Richelieu lo dispuso todo para que uno de ellos sustituyera al hijo de Luis XIII mientras se fingía que Madame d’Ogier solo había tenido uno, Armand, o bien que había tenido dos, pero que uno de ellos había muerto. 

Luis XIV

Pero tampoco me gusta. De tener que sustituir al bebé, seguramente el cardenal no hubiera elegido al gemelo de otro. Primero porque si se producía la circunstancia de que ambos lograran sobrevivir, el parecido podría ser excesivamente delator —a menos que fueran simplemente mellizos, pero eso no había forma de determinarlo antes del nacimiento—. Y en segundo lugar porque, como acabamos de considerar, el bebé nacido en un parto gemelar tendía a ser más frágil, lo que induce a pensar que Richelieu hubiera elegido otro más robusto. 

Claro que, tras consultar con nuestro querido Marqués de Fricasé el asunto de los partos múltiples en el siglo XVII, parece que no necesariamente se sabía siempre que nacerían gemelos. El marqués, a quien agradecemos su inestimable colaboración en este tema, me explica que un médico experto podía deducirlo a través del tamaño del vientre de las embarazadas, si este no se correspondía con el que debería tener con arreglo a la fecha de la última menstruación. Un aumento desmesurado significaba que la mujer no tenía muy clara la fecha o que se produciría un parto múltiple. 

El asunto era tan relativo que solían producirse sorpresas, lo que dificulta aún más que pudiera orquestarse todo un plan con antelación. Otra razón más por la que no nos convence la hipótesis del gemelo. Como observa muy acertadamente la historiadora Madeleine Tiollais, en tiempos de Luis XV el primer nacimiento que se produjo fue precisamente dos niñas gemelas en 1727. A pesar de que en aquel tiempo no se podía averiguar por adelantado si serían varones en lugar de niñas, no parece que se hubiera tomado ninguna medida para disimular el nacimiento de un segundo hijo. 


Pero no hemos terminado con esta familia. El próximo día nos ocuparemos del padre. Por cierto que para los interesados en los Dauger, o para los apasionados por el misterio de la Máscara de Hierro, existe una biografía de Louis d’Ogier escrita por Adrien Huguet y titulada Le Marquis de Cavoye, 1640-1716: un grand maréchal des logis de la maison du Roi.

miércoles, 25 de julio de 2012

El hombre que sabía demasiado


Comenzábamos esta serie sobre Eustache Dauger con un capítulo dedicado a su hermano Louis, marqués de Cavoye. Y no por casualidad. 

Era mi intención que se fijaran primero en el marqués, y que lo hicieran en relación con el rey. Les hablé de la inquebrantable y eterna amistad que los unió, del profundo afecto que se tenían y, además, tampoco fue por casualidad haber situado uno de los más emblemáticos retratos del rey justo bajo el de Louis d’Ogier. Luego aguardé sus comentarios. 

Madame María Rosa, tal vez con ese olfato de escritora de relatos de misterio, rozó el asunto al decir que “Louis y el rey eran casi hermanos”. Pues sí, y según Rupert Furneaux expuso en 1954 en su libro The man behind the mask, lo eran incluso sin ese “casi”. Furneaux fue el estudioso que localizó el retrato del marqués de Cavoye, y en su opinión hay un enorme parecido entre él y el rey, algo que le lleva a sospechar un lazo de sangre. Furneaux considera que Luis XIII es el padre de ambos, es decir, que el marqués sería el hermano gemelo que tanto hemos buscado. Sin embargo, ninguno de ustedes comentó nada al respecto del parecido. 

¿Sería posible el parentesco? Difícilmente, si intentamos cuadrar las fechas. A veces el marqués de Cavoye aparece como nacido en 1638, pero nos tememos que eso no es correcto, sino tan solo una de esas maniobras a cargo de quienes quieren forzar a toda costa la teoría del gemelo. 

Luis XIV nació el 5 de septiembre de 1638. Contamos con documentación que demuestra incuestionablemente que Eustache había nacido el 30 de agosto de 1637, y después de él vino al mundo otro hermano: Armand, que es al que podemos situar en 1638. El marqués era el menor de los varones, lo que significa que su nacimiento no pudo producirse antes de finales del año 1639, o, según propuestas más fiables, comienzos de 1640. 

Y sin embargo resulta tan tentador considerar la posibilidad por un instante… 


¿Por qué, entre todos los grandes nombres que le rodeaban, el rey fue a elegir como su mejor amigo y confidente al menor de los hijos de un simple caballero sin título nobiliario? El padre era tan solo un capitán de la guardia del cardenal. Louis d’Ogier no heredó su título de marqués, sino que fue el rey quien se lo concedió, entre otros muchos incontables honores. 

Pienso en todo ese profundo cariño desde la infancia, y pienso en ese enigmático “muramos juntos” que el rey le dice al marqués cuando éste es ya un anciano que quiere abandonar su cargo. Parece el final de un pensamiento cuyo inicio no podía ser expresado con palabras: “Hermano, juntos nacimos… muramos juntos”. 

O tal vez no. Tal vez era solo un “juntos crecimos, juntos vivimos… muramos juntos”

También alienta la imaginación el hecho de que el marqués fuese hijo de uno de los hombres de confianza del cardenal Richelieu, el honrado y leal François d’Ogier. Si Richelieu hubiera orquestado un guión semejante, no sería sorprendente que confiara la custodia del niño al capitán de su guardia. De ese modo el pequeño podría seguir en la corte, junto a su familia, y criarse al lado de su hermano, y el secreto estaba a salvo en manos del fiel capitán. Pero por otra parte, mantener al gemelo en la corte era un riesgo que dudosamente hubiera asumido Richelieu, puesto que no se sabía hasta qué extremo podría llegar el parecido andando el tiempo. Podría haber resultado demasiado revelador. 

En cualquier caso, no fue el marqués de Cavoye el hombre de la máscara de hierro, sino su hermano Eustache, quien, de acuerdo con esta hipótesis, conocería el secreto familiar y habría intentado sacar provecho de él en tiempos de adversidad. 

Las personas que intentan imponer con muy pocos escrúpulos la teoría del gemelo, recurren en ocasiones a fraudes lamentables. Y digo lamentables tanto por el hecho en sí de ser un engaño como por lo burdamente que están hechos. He visto que alguien hizo un montaje especialmente chapucero para tratar de hacerlo pasar por un retrato de Eustache Dauger. La joya es esta: 


Naturalmente es solo photoshop, un truco con el que el gracioso ha impresionado los rasgos del rey sobre un retrato de Benjamin Franklin realizado en 1783, cien años posterior, por tanto, a la época de Eustache Dauger. Es decir, que lo sitúan durante el reinado de un nieto del bisnieto de Luis XIV. Resulta tan disparatado que más que un fraude supongo que al autor pretendía simplemente hacer una broma. 

Benjamin Franklin

No creo que sea necesario abundar más en esta majadería, pero me divertirá hacerlo. Vamos a hacer un resumen de las razones por las que el retrato es un fraude: 

1 – No existe ningún retrato de Eustache Dauger. Jamás se ha encontrado uno. Cualquiera que vean online, por tanto, sepan que es falso. 

2- La moda que luce en el retrato es anacrónica. Como acabo de mencionar, el modelo es Benjamin Franklin retratado en 1783, algo que cualquiera puede comprobar. Se trata, por cierto, del retrato que aparece en los billetes de cien dólares.

3- Vaya por Dios, una de las pocas cosas que sabemos acerca del físico de Eustache Dauger es que tenía el cabello completamente blanco antes de cumplir 50 años. Y en el retrato representan a un hombre muy arrugado pero sin una sola cana. Por cierto que el otro dato que tenemos es que era alto. El rey no lo era. 

4- Si algún día apareciera algún retrato de Eustache Dauger, forzosamente sería el de un joven menor de 31 años, pues a partir de ese momento estuvo encerrado en prisión. No resulta muy lógico imaginar que alguien aislaría al prisionero y lo ocultaría tras una máscara para luego enviar a un pintor a que le inmortalizara con un retrato. Evidentemente el modelo no pudo posar a esa edad. 

5- Toda la gente de la corte tendría que haber sido imbécil, ya que durante casi 30 años vieron a Eustache todos los días y no se dieron cuenta de que era un clon de Luis XIV. Y ello a pesar de que, lejos de permanecer oculto, desde niño estaba al lado del rey para que pudieran compararlos mejor. 

6- El photoshop está muy mal hecho. 

7- Todavía no puedo decirla, pero hay otra razón. 

Pero tratando de desenredar la madeja y hacer que las piezas encajen, se me ocurre otra posibilidad. Porque no hemos terminado con esto de los gemelos y los hermanos. Nadie debe perder las esperanzas. Es solo que, si es que hay un gemelo, queremos que sea auténtico.


domingo, 22 de julio de 2012

En busca de Eustache Dauger


François d’Ogier, capitán de la guardia de Richelieu, fallecía combatiendo en la batalla de Bapaume el 17 de septiembre de 1641. Dejaba diez hijos de corta edad. Todos siguieron la carrera de las armas, con trágicas consecuencias para los dos mayores: también ellos caían en combate en plena juventud. 

El tercero de los varones, Eustache, al igual que su hermano menor, el marqués de Cavoye, había sido compañero de infancia de Luis XIV. Sin embargo sus inclinaciones iban a dirigirlo finalmente hacia el grupo de amigos que rodeaba a Monsieur. 

Era apenas un adolescente cuando la muerte de sus dos hermanos mayores lo convirtió en el cabeza de familia. Continuando con la tradición familiar, ingresó en el ejército y estuvo a las órdenes del conde de Guiche. 

Pero Eustache d’Ogier de Cavoye, más que por sus hechos de armas, era conocido por tratarse de un notorio libertino. En 1659 había escandalizado a toda la corte al participar en la célebre orgía de Roissy. El duque de Vivonne, hermano de Madame de Montespan, había invitado a pasar la Semana Santa en su château de Roissy-en-Brie a los libertinos más notorios del reino, entre ellos el conde de Guiche, Manicamp, Bussy-Rabutin, el duque de Nevers —sobrino de Mazarino—, y, por supuesto, Eustache. Fue una Pascua que la selecta concurrencia decidió celebrar de un modo un tanto particular, como vimos en su momento. 

“Se les acusó de haber elegido el momento con intención sacrílega, siendo la menor de sus fechorías la de comer carne en Viernes Santo; incluso se les acusó de haber cometido ciertas impiedades indignas no ya sólo de cristianos, sino de hombres dotados de sentido común”, nos cuenta madame de Motteville. 

Allí se bautizó en Viernes Santo a un lechón que fue luego devorado con blasfema voracidad. El objetivo del bautizo fue poder ponerle por nombre “Carpa”, y de ese modo convertirlo en pescado para que no fuera pecado comerlo ese día. 


Fue solo uno de tantos desmanes como allí se cometieron. Para nosotros el asunto se queda en una anécdota divertida que nos lleva a considerar que seguramente invitaríamos a Eustache a una de nuestras fiestas antes que a su hermano Don Perfecto, pero según el código moral imperante en su tiempo, tal comportamiento era intolerable. El escándalo fue inmenso, y la mayoría de los juerguistas fueron desterrados. 

Sin embargo no fue esta calaverada lo que en el fondo más había molestado en la corte, sino la ofensa de haber compuesto una canción en la que se despachaban bien a gusto contra algunos importantes personajes. Una copia cayó en manos de la reina y del cardenal, el cual “para demostrar que no tenía intención de proteger el crimen, decidió castigar a todos los cómplices en la persona de su sobrino, a quien despidió de la corte y de su presencia”. Mazarino lo hizo conducir a la ciudadela de Brissac, donde habría de permanecer prisionero. 

Esto, según nos cuenta Bussy-Rabutin, fue un castigo totalmente injusto, porque el pobre Felipe, al ver el cariz que iban tomando los acontecimientos en Roissy, había abandonado a sus compañeros, prefiriendo encerrarse en su habitación, y en la mañana del Viernes Santo había regresado a París. Pero Mazarino tenía que demostrar que no trataba de proteger ni favorecer a su familia. Además, sospechaba que Luis XIV y su sobrina María Mancini utilizaban a Felipe como intermediario, y aquel incidente le pareció una buena ocasión para librarse de él e impedir que continuara ayudando a prolongar semejante desatino. 


En 1665 el incorregible Eustache pasaba a mayores. Esta vez no se trataba de una travesura, sino de algo bastante más desagradable. El joven volvía a mezclarse en otro escándalo en Saint-Germain, un sórdido asunto a consecuencia del cual dio muerte a un paje de 14 años en circunstancias mal aclaradas, durante el transcurso de una pelea de borrachos en la que también se vio implicado otro cortesano. Ambos jóvenes alegaron que el paje estaba ebrio y los había provocado, pero el hecho de que el crimen hubiera tenido lugar junto al castillo donde el rey se alojaba lo hacía doblemente escandaloso. Las explicaciones no fueron suficientes y Eustache hubo de dimitir de su puesto en el ejército. Fue entonces cuando desapareció de la corte. 

Ese mismo año fallecía su madre. Marie de Lort de Sérignan, profundamente disgustada con el comportamiento de su hijo, había renegado de él. Dejaba un testamento en el que desheredaba a Eustache, a quien solo le quedaba una mísera asignación anual con la que apenas podía pagar comida y alojamiento. Como cabeza de familia, había entrado en posesión de las modestas propiedades de su padre al fallecer sus dos hermanos mayores, pero ahora se vio obligado a cedérselas a su hermano Louis a cambio de una renta anual adicional. 

Aún así, la suma que percibía resultaba a todas luces insuficiente para mantener el tren de vida al que estaba acostumbrado, y no tardó en comenzar a contraer deudas. Privado del apoyo económico de los suyos, al parecer se abrió camino dedicándose al lucrativo negocio de la venta de venenos y afrodisíacos, la organización de misas negras y rituales satánicos. 


Habíamos visto cómo hacia 1680 se descubrió que había una trama organizada muy extendida y dedicada al comercio de venenos y actividades satánicas. Sin embargo el comienzo se sitúa mucho antes de eso, en el año 1667, como habíamos ido relatando. Se pensaba entonces que se trataba de casos aislados, pero habían comenzado a salir a la luz. Vimos cómo Lesage, uno de los implicados, según diversos testimonios había organizado misas negras durante ese año en la habitación que ocupaba en la calle de los Curtidores. Fue supuestamente en 1667 cuando Lesage, un normando comerciante de lana oficialmente, pero en realidad un terrible iniciado, ofició una misa negra con el abate Mariette, una ceremonia que, según se declaró años después ante el tribunal de la Cámara Ardiente, la Voisin había dispuesto para Madame de Montespan, y en la que la marquesa solicitaba la intercesión de Satanás para obtener el amor del rey. 

A consecuencia de estas prácticas Lesage fue condenado a galeras en 1668 por orden del propio monarca. Cinco años más tarde era liberado gracias a la misteriosa intervención de alguien cuyo nombre no consta, pero que obviamente tenía que ser un personaje muy influyente. Y seguramente también muy agradecido por el silencio que había guardado Lesage. 

Es durante esos años cuando Eustache realizaría sus actividades entre una selecta clientela. Bien relacionado con los grandes nombres de la Corte, algunos de sus clientes tendrían que estar muy próximos a Luis XIV. 

La hipótesis es que, desesperado por conseguir dinero, habría cometido el error de amenazar al rey o a alguien muy cercano a él con revelar un importante secreto. 

¿Pero cuál? 

El próximo capítulo les sorprenderá.

miércoles, 18 de julio de 2012

El Marqués de Cavoye

Louis d'Ogier, Marqués de Cavoye

El historiador Maurice Duvivier emprendió una apasionante búsqueda del Hombre de la Máscara de Hierro siguiendo la pista de Eustache Dauger, una investigación que publicó en 1932. La historia que descubrió en el transcurso de su meticuloso trabajo no les dejará indiferentes. 

Duvivier dio con un personaje llamado Eustache d’Ogier de Cavoye. Es de notar que d’Ogier se pronuncia igual que Dauger, es decir, que se trata en realidad del mismo apellido escrito con otra ortografía. Hay que tener en cuenta que aún no estaban establecidas las reglas ortográficas en lengua francesa, y durante el reinado de Luis XIV la gente podía escribir como más le gustara. Ogier, d’Ogier, Dauger, Doger o d’Augers es todo una misma cosa. De hecho a veces esta familia aparece como Cavoys o Cavois en lugar de Cavoye, lo que también tiene la misma pronunciación. 

Eustache d’Ogier nació el domingo 30 de agosto de 1637 en la rue des Bons Enfants de París. Su padre fue  François d’Ogier, capitán de los guardias rojos del cardenal Richelieu. Su madre, Marie de Lort de Sérignan, pertenecía a una familia que había dado grandes militares al reino. 

El feliz matrimonio tuvo un total de diez hijos, de los que Eustache fue el séptimo. Al año siguiente nacía su hermano Armand, y a comienzos de 1640 llegaba al mundo Louis d’Ogier, marqués de Cavoye y amigo de la infancia de Luis XIV. 

Luis XIV

Louis, que se había criado junto al rey desde que contaba tan solo siete años, era la gran promesa de la familia. No les defraudó, puesto que se convirtió en Gran Mariscal de la Casa del Rey. Valiente soldado, “el bravo Cavoye” fue el primero en atravesar el Rin en 1672 durante la campaña de los Países Bajos. De él se dijo que poseía el sentido de la dignidad en su más alto grado. “Fijaos en Cavoye, un hombre que jamás dijo una mentira”. Dangeau, Boileau, Madame de Sévigné y muchos otros se hacían lenguas de él, y, desde luego, también era admirado por Racine, su íntimo amigo. El propio monarca, que en 1677 le concedió el título de marqués, nunca dejó de testimoniarle su afecto y su admiración por su valor. La amistad entre Luis XIV y el marqués de Cavoye fue profunda y duró toda la vida. 

Louis d’Ogier era un hombre muy apuesto y con gran éxito entre las damas. Tuvo diversos amoríos a consecuencia de los cuales se vio envuelto en varios duelos que le valieron algunas temporadas de reclusión en la Conciergerie y la Bastilla. El más famoso de ellos fue en mayo de 1668, cuando se batió con Charles de Champlais, marqués de Courcelles. La causa fue el encaprichamiento de la marquesa de Courcelles por el apreciado galán, un asunto en el que rivalizaba con su amiga Hortensia Mancini. Esta, celosa, reveló la relación al marido de la dama. 

El duelo tuvo un final feliz. Después de darse por satisfechos, ambos tuvieron una explicación, se abrazaron y se separaron de forma amistosa, lo que no les evitó la prisión por contravenir la ordenanza que prohibía los duelos en Francia. 

Louise Philippe de Coëtlogon, dama de la reina, también suspiraba por el marqués de Cavoye. Tuvo entonces la audacia de solicitar del rey que le permitiera visitarlo en prisión, una petición que le fue concedida. Durante todo el tiempo que el marqués permaneció recluido, la dulce y virtuosa Louise Philippe dejó de lucir cintas y flores en sus vestidos y se enfrentó con valor a las habladurías y las burlas que su atrevida actitud había suscitado entre los cortesanos. 

La dama no era hermosa como lo eran Hortensia y la marquesa de Courcelles, pero finalmente logró conquistar al codiciado galán. Ambos contrajeron matrimonio en 1677 en la iglesia de Saint-Paul, como recoge el Mercure Galant: “Esta unión, de la que todo el mundo habla desde hace tanto tiempo, adquirió las proporciones de un gran acontecimiento. Toda la corte manifestó su alegría."

Racine

El matrimonio residió en el número 52 de la rue des Saints-Pères, que pronto se convirtió en centro de reunión de intelectuales. Racine y Boileau se encontraban entre sus visitantes más asiduos. Con gusto exquisito, Louis hizo decorar su residencia por Mansart. Más adelante, para estar próximo a la corte, también comprará un château en Louveciennes, donde el rey le hacía el honor de acudir a visitarlo, una distinción con la que no honraba a casi nadie. 

Cuando se convirtió en un ancianito y se sintió cansado, Louis d’Ogier pensó en renunciar a su cargo, pero el rey no deseaba prescindir de él. 

—Cavoye, muramos juntos —le respondió. 

Y casi fue así: cuando murió Luis XIV, el marqués de Cavoye regresó a su hogar en la rue des Saints-Pères, y a partir de ese momento casi nunca salía de casa. Pasó sus últimos días pacíficamente junto a su siempre leal esposa hasta que falleció el 3 de febrero de 1716, solo cinco meses después que el rey. 

Pero en toda familia ha de haber una oveja negra, y en esta era su hermano Eustache, su antítesis. Donde uno era luz, el otro era oscuridad. Mientras Louis era brillante, valeroso y honesto, Eustache era siniestro, maligno, torcido…

miércoles, 11 de julio de 2012

El Hombre de la Máscara de Hierro


Tras el escrutinio de los votos emitidos, tengo el placer de anunciarles que nuestro Hombre de la Máscara de Hierro será en adelante Eustache Dauger

Confieso que esperaba un resultado más novelesco, debido a que buena parte de los votos corresponden a personas que pasaban casualmente por aquí y sintieron el impulso de votar sin haber leído los capítulos publicados previamente. Soy consciente de que para algunas personas la única referencia es la novela de Alejandro Dumas y la película de Leonardo di Caprio, y también comprendo lo irresistiblemente tentadora que resulta la leyenda. Por eso pensaba que el gemelo iba a contar con más votos. Pero no, resulta que ha quedado el tercero. Lástima, porque me gustaba como mascota. 

En segundo lugar quedó posicionado el siempre misterioso superintendente Fouquet

Los adeptos de Juliette Benzoni lograron posicionar a su candidato, Beaufort, en un cuarto puesto, lo que no está mal, aunque esperaba que la condesa tuviera más seguidores. Al fin y al cabo tal vez los tenga y sean de los que no votan. 

Para el quinto puesto tenemos un triple empate debido a que se nos ha colado el duque de Monmouth. Al parecer madame Elizabeth Bowman no es la única que piensa que él es el hombre que buscamos. El bastardo inglés ha empatado con los dos bastardos franceses más votados: un hijo de Luis XIII y otro de Ana de Austria con el cardenal Mazarino. 

Para el octavo puesto hay un empate entre D’Artagnan (otro de los que me hacía ilusión) y un hijo de Ana de Austria y Beaufort propuesto por Madame Flor y que no era ninguna de las hipótesis contempladas anteriormente por historiadores o novelistas. La teoría de madame es una auténtica primicia que presentamos en esta Corte. 

Y por último hay algunos candidatos que han recibido su premio de consolación con algún que otro voto solitario. Es el caso del Conde de Vermandois, Matthioli, el Monje Jacobino, un hijo de la reina y Buckingham, un amante de María Luisa de Orleáns, Bulonde, Ricardo Cromwell y hasta el mismísimo Molière, que aquí todo el mundo tenía derecho a optar al puesto. 


Pero les prometí que les daría el nombre de aquel que está considerado actualmente como el verdadero Hombre de la Máscara de Hierro, y vamos ahora con ese asunto. 

Uno de los datos fiables que conocíamos era que había comenzado su andadura en Pignerol y terminado en la Bastilla. Por tanto, tendríamos que buscarlo entre la media docena de personas que se encontraban en Pignerol, y no entre quienes nunca estuvieron ni entre aquellos que podrían haber estado pero al final tampoco estuvieron, ni entre quienes nos gustaría que hubiesen estado pero no estaban. Máxime si se trata de personajes cuya existencia tendríamos que demostrar primero. 

Sin contar al marqués de Puyguilhem, sabemos que había seis prisioneros en el lugar en el que se encontraba el enmascarado: Fouquet, La Rivière, Matthioli, Dauger, el Monje Jacobino y Dubreuil. Ergo buscamos forzosamente a uno de esos seis. El resto puede ser discutible, pero rebatir el punto de partida sería un desafío a la lógica. 

Tradicionalmente muchos autores pensaron que el Hombre de la Máscara de Hierro era Fouquet. Más adelante algún estudioso sospechó de Matthioli. Sin embargo los historiadores modernos, a partir de la publicación de toda la correspondencia entre Louvois y Saint-Mars y tras examinarla junto con los demás documentos oficiales, han llegado a la conclusión de que el enmascarado no puede ser otro que Eustache Dauger. Y veo que hay unos cuantos cortesanos por aquí que hilan muy fino, ya que han ido a parar a ese nombre.

Confieso que cuando comencé a estudiar este asunto no hubiera apostado ni un luis por él. ¿Tantas vueltas para acabar en un oscuro Eustache Dauger? Y supongo que algunos de ustedes estarán pensando ahora mismo, muy decepcionados: “¡Pero si no lo conozco de nada!”

Sin embargo, detrás de ese nombre podría esconderse mucho más de lo que imaginan. Ni siquiera los más noveleros —y he visto que hay muchos— se sentirán decepcionados después de sumergirnos en el nuevo misterio que supone este personaje. 


Consideren las siguientes cuestiones, porque en alguna de ellas podría estar la clave: 

1- No son ustedes quienes tienen que conocerlo, sino “ellos”. 

2- Tal vez sí lo conozcan, aunque no por su nombre. Por ejemplo: ¿Cómo se llamaría uno de esos bastardos, o el gemelo del rey? Seguramente no Borbón, ¿no creen? Eustaquio Mazarino tampoco quedaría bien ¿O cómo se llamaría el valet de confianza de la reina, a quien se confió tan delicadas misiones? ¿O el hijo de ese valet y heredero de su cargo, una presencia habitual junto al rey hasta en el campamento militar, pero que no guardó la misma fidelidad de su padre? ¿Y cómo se llamaría….? Pero no, basta de ejemplos. 

3- Es posible incluso que lo conozcan por su nombre, y que no sea ése el verdadero. 

Por tanto, no se decepcionen los que no han acertado, porque podría resultar que al final Eustache Dauger y su candidato sean el mismo. ¡Oh, las esperanzas renacen!

Partiremos en busca de Eustache Dauger, pero denme unos cuantos días antes de reanudar el relato. 

Muchas gracias a todas las personas que han participado en este juego, y felicidades a los ganadores.