viernes, 29 de junio de 2012

Molière, D'Artagnan y la Máscara de Hierro


Uno de los nombres que han sido propuestos para ser el Hombre de la Máscara de Hierro, y seguramente uno de los más sorprendentes, es Molière. La posibilidad fue sostenida por un erudito obseso, Anatole Loquin, autor de una biografía suya y muy estimado por los molieristas en todo menos en cuanto trata de su idea obsesiva de que fuera el triste enmascarado. 

¡Pero resulta que no es el único que cree que era él! Marcel Diamant-Berger también publicó una obra en 1971 en la que expone la misma teoría. 

Supuestamente Molière no habría muerto en escena a los 51 años, el 17 de febrero de 1673, vestido de amarillo mientras representaba El enfermo imaginario o, para ser exactos, poco después de ser trasladado a su domicilio en la rue Richelieu. En lugar de eso, habría sido encarcelado en secreto por el rey debido a que no le gustaban sus escritos, en los que se burlaba de la Corte. 

El año de su muerte no nos sugiere nada en relación con la máscara de hierro, pero es que además ni siquiera el motivo alegado es correcto: al rey sí le gustaban mucho sus obras, tanto que le hizo el honor de ser el padrino de su primer hijo y lo nombró director de las diversiones de la corte. El único problema había sido con el Tartufo, nueve años antes, una obra que causó el escándalo entre los más beatos y que desagradó a Ana de Austria. La Iglesia se echó las manos a la cabeza y la obra estuvo prohibida durante cinco años, pero el rey no se encontraba entre aquellas personas a las que había disgustado, y en cuanto amainó la tempestad volvió a autorizarla. La protección de Luis XIV, que lo defendía contra aquellos que lo acusaban de ser un libertino, despertaba los celos de otras compañías rivales. Cuando murió Molière, la ley prohibía que los actores fueran enterrados en terreno sagrado, pues la Iglesia los declaraba excomulgados, pero el rey consiguió que él tuviera su funeral y fuera enterrado en el cementerio. 


La hipótesis se basa en que si el prisionero llevaba una máscara era porque podía conocerlo cualquiera, por lo que tenía que tratarse de un famoso actor que además hubiera hecho giras por toda Francia. A un príncipe podían reconocerlo en París, pero la mayoría de la gente fuera de la capital nunca habría visto su rostro. Un actor famoso era más universalmente reconocible. 

Por una parte esto me agrada porque el menos demuestra imaginación al salirse del campo de búsqueda habitual. Un actor conocido es una probabilidad aceptable, aunque Molière no encaje bien con los hechos. Pero el razonamiento se queda aún corto, porque parte del mismo sofisma en el que se han enrocado varias generaciones: que se trata de ocultar el rostro del prisionero a las gentes de los lugares por donde pasan. 

¿Seguro? 

Creo que nos encontramos ante uno de esos casos en los que los árboles no permiten ver el bosque. 

Nos quedaba por ahí Ricardo Cromwell, el hijo de Oliver Cromwell. Por carta de Louvois sabemos que el enmascarado fue arrestado por el capitán Alexandre de Vauroy, comandante de la guarnición de Dunkerque, y parece que se han aportado evidencias de que la detención tuvo lugar en Calais. Esto hizo sospechar a muchos que se trataba de un inglés, y Saint-Mars, en un informe de 1688 anotó que algunas personas afirmaban que el prisionero era Ricardo Cromwell. No era cierto: el sospechoso, que había vivido en Francia y viajado por Europa, para entonces había regresado a Inglaterra, donde residió tranquilamente hasta su muerte en 1712. 


No había ninguna necesidad de que fuera inglés. Igualmente podía ser un francés que trataba de huir del reino y refugiarse en Inglaterra, a salvo de la justicia del rey, o que regresaba de allí creyéndose seguro. Pero no tendría nada de extraño que el propio gobernador hubiera alentado esos rumores, si tenemos en cuenta esta carta que dirigió a Louvois el 12 de abril de 1670: 

“Hay personas que sienten tanta curiosidad que me preguntan acerca de mi prisionero, o por el motivo por el cual he puesto tantas medidas de seguridad, y me veo obligado a contarles algunos cuentos por burlarme de ellos.” 

Obviamente el prisionero despertó curiosidad desde el primer momento. Había algo inusual en él, algo especial. Y el gobernador jugó al despiste. No es sorprendente, por tanto, que encontremos tantos datos falsos mezclados con los verdaderos, información que nos desorienta y nos lleva por otros caminos. 

Y, por supuesto, no podía faltar d’Artagnan en un misterio como este. Para el historiador y periodista inglés Roger MacDonald, que publicó su estudio en el año 2005, la Máscara de Hierro sería el mosquetero, que no habría muerto en Maastricht en 1673, sino que habría sido enviado a Pignerol. 

Roger MacDonald considera que el libro escrito por Courtilz de Sandras, Memorias de M. d’Artagnan, aborda algunos aspectos de la vida del mosquetero con una precisión extraordinaria. Sandras estuvo prisionero en la Bastilla, y el historiador opina que tuvo que conocer personalmente a d’Artagnan allí, porque no es posible obtener tanta información si no es a través de él mismo. Pero lo cierto es que la estancia en prisión de Sandras parece haber coincidido con la época en la que Besemaux, que había conocido bien a d’Artagnan, era gobernador de la fortaleza. Es posible que fuera él su principal fuente. Por otra parte, difícilmente hubiera podido un prisionero tener conversaciones tan largas con el inaccesible enmascarado. En cuanto a su libro, en realidad se trata de una historia en la que lo verdadero se mezcla con lo falso, y que capturó la imaginación de Alejandro Dumas. 

Monumento a D'Artagnan en Maastricht

Como curiosidad, hay que mencionar que Saint-Mars también había sido mosquetero, y estuvo a las órdenes de d’Artagnan. Fue este quien recibió la misión de arrestar a Fouquet y entregarlo al entonces gobernador de Pignerol. Es difícil de creer que el rey y Louvois, que en su afán por proteger el secreto no lo revelaron ni a Saint-Mars, fueran a poner al enmascarado en manos de un viejo amigo. 

De haberse tratado del famoso mosquetero, habría fallecido a una edad de entre 88 y 92 años. Pero es que no vemos ningún motivo. Siempre gozó de la confianza del rey, fue espía del cardenal Mazarino durante la Fronda y murió de forma heroica en el sitio de Maastricht, cuando en la mañana del día 25 de junio de 1673 el duque de Monmouth se lanzaba a descubierto al asalto de una barricada bajo la metralla enemiga. Para socorrerlo, d’Artagnan acudió con sus hombres, pero no saldría con vida de allí. Durante el transcurso del combate una bala de mosquete le atravesó la cabeza. Muchos mosqueteros murieron tratando de recuperar su cuerpo. Monsieur de Saint-Léger lo consiguió, por lo que fue recompensado por el rey. El mosquetero no podría haber muerto ante más testigos. 

Luis XIV hizo celebrar un funeral en su capilla en memoria del héroe y escribía a la reina estas palabras: “Señora, he perdido a d’Artagnan, en quien depositaba toda mi confianza y que en todo me servía bien”. 

Luis no olvidó a la familia del mosquetero. Fue el padrino de su hijo mayor, de 14 años por entonces, y la reina la madrina. Su hijo, el Gran Delfín, fue el padrino del menor, y mademoiselle de Montpensier la madrina. 

Pero Roger MacDonald se convierte en el historiador que propone al fin un detalle de la máxima importancia, y que coincide con algo que yo misma me había planteado. Hasta topar con su obra, muchas veces me había preguntado cómo era posible que nadie partiera de la base más sencilla y natural: que el objetivo de la máscara era el de no ser reconocido por los propios soldados que lo custodiaban y escoltaban dentro y fuera de la prisión, algunos de los cuales podrían haber sido compañeros de armas o combatido a sus órdenes en una campaña de las muchas que constantemente se libraban. El sentido común grita desaforado que sería mucho más probable eso que rocambolescos parecidos inverosímiles, escenas de opereta y extravagantes relatos folletinescos que parten de una falacia. 

¿No? 

Les dejo que lo piensen. 


Quedan abiertas las votaciones. Si su candidato no se encuentra entre los de la encuesta que he puesto en la columna de la derecha, les ruego que me lo indiquen. Y, por supuesto, si lo desean pueden ampliar su voto indicando sus motivos en un comentario a esta entrada. 

El día 11 se publicará quién ha salido elegido como nuestro enmascarado. Y también les diré si coincide o no con el verdadero Hombre de la Máscara de Hierro.

jueves, 28 de junio de 2012

Amantes enmascarados y otras especies

Alejandro Dumas

En su Impressions de voyages: une année à Florence, obra publicada en 1840, Alejandro Dumas cuenta cómo se encontró un día frente a la isla Sainte-Marguerite y recordó que había servido de prisión a la Máscara de Hierro durante años. Eso le hizo reflexionar y plantearse nueve teorías para explicar este misterio histórico. La octava de estas teorías le serviría siete años más tarde para escribir su novela sobre el tema. Algunas de las hipótesis ya han sido tratadas aquí previamente, pero hoy repasaremos la que él recoge a partir de un anónimo holandés: 

Un joven caballero, a quien se dan las iniciales C.D.R, hacía muchos años que estaba enamorado de la esposa de su rey. Una noche C.D.R recibió una nota escrita por mano desconocida que decía que si acudía al lugar allí mencionado y se dejaba vendar los ojos, se le conduciría a otro en el que hacía tiempo que deseaba encontrarse. El joven era aventurero y valiente, así que se lanzó a la cita y se dejó vendar los ojos. Cuando hubo llegado a su destino se quitó la venda y vio que eran los aposentos de Ana de Austria. El autor anónimo atribuye a esta aventura el nacimiento de Luis XIV. 

Supuestamente C.D.R. solo podría ser el conde de Rivière o el conde de Rochefort. No sé a quién se refieren con lo del conde de Rivière, como no sea a Olivier de la Rivière, que murió en 1636, el mismo año en que nacía su hijo y dos antes de que naciera Luis XIV. El caso es que, supuestamente también, Luis XIII lo habría descubierto y condenó al amante a pasar el resto de su vida en una prisión cubierto con una máscara. 

Pero esta historia, desde luego, no puede ser tomada en serio, y además habla de los tiempos de Luis XIII. No nos faltaba más que tomar en cuenta también los relatos de ficción que no se basan en nada excepto en el capricho y la fantasía.


Otros proponen que se trataba de un amante de María Luisa de Orleáns, reina de España, y ni siquiera la virtuosa María Teresa se ha visto libre de especulaciones. En otoño de 1664 la reina daba a luz a una niña al parecer monstruosa y de color negruzco, un asunto al que ya dedicamos en su momento varios capítulos. Hubo quien pretendió que esa niña era hija de María Teresa y del paje Nabo, un enano negro que Beaufort le había regalado como mascota porque ofrecía la rareza de ser especialmente diminuto. Fue esta una leyenda de esas que se propagan absurdamente años después, por parte de gente a la que tal vez no le interesó darse por enterada de que Nabo era entonces un niño impúber. Prefirieron aferrarse a un párrafo de las memorias de Mademoiselle de Montpensier en las que cuenta que Monsieur había hecho un comentario un tanto burlón y de mal gusto al decir que la recién nacida se parecía a la mascota. Nada más lejos de Monsieur que darle a su comentario la intención que se le quiso atribuir después. 

Pues bien, la leyenda se alió a la desfachatez y a la falta de sesera para acabar proponiendo que el enano negro era el hombre de la máscara de hierro. Claro, ya me dirán ustedes qué adelantaríamos poniéndole un antifaz a una criatura de sus características. A decir verdad, una máscara solo hubiera llamado más la atención sobre él. Eso por no mencionar que una de las pocas cosas que sabemos del enmascarado es que era alto. Como más que una hipótesis es una majadería, no la tendremos en cuenta. 

Pero hay otras propuestas mucho más originales y sorprendentes que la de ser hijo natural o amante de alguien de la familia real: uno de los candidatos es un tal Avedick, patriarca de los armenios cismáticos, raptado, según se dijo, por los jesuitas en Constantinopla en 1706, es decir, tres años después de la muerte del enmascarado. O sea, que eliminamos también al armenio cismático. Eso me congratula, porque me daba cierta pereza tener que investigar las andanzas de los jesuitas por Constantinopla. 


El Caballero de Rohan, con ese nombre tan de Señor de los Anillos, es uno al que iría bien el papel. Pero fue ejecutado por conspiración contra Luis XIV en 1674, en público, y nos tememos que sin posibilidad de sustitución. Confieso que me da lástima que no pueda ser él, porque el enmascarado merecía llamarse algo así. 

Luego está el general Bulonde, culpable de haber levantado el sitio de Coni sin órdenes precisas; pero se ha hallado el acta de defunción del general, muerto en 1709. Por otra parte, su detención fue pública. 

El autor de esta hipótesis se basa en un documento cifrado, con fecha de 8 de julio de 1691, en el que se podía leer que el rey de Francia estaba disgustado con el general, al que responsabilizaba de la derrota de su ejército en el norte de Italia, acusándole de desobediencia y cobardía. El despacho cifrado ordenaba arrestarlo y conducirlo a la fortaleza de Pignerol, donde debía permanecer prisionero con la única libertad de “pasear por las almenas con 330 309”. No se sabía lo que significaban esos dos números, pero en 1893 Bazeries, del departamento de criptografía del ejército francés, al saber que el misterioso prisionero de la máscara de hierro había estado en Pignerol imaginó que los números representaban la palabra “máscara”. Esto no deja de ser una suposición gratuita, y una fecha un tanto tardía para su llegada a Pignerol. En cuanto a los números, igualmente podrían significar “escolta”, “vigilancia”, “tres guardias” o infinidad de cosas más. 

En 1935 los propios expertos militares desautorizaron sus conclusiones en un nuevo tratado de criptografía, un trabajo que incluye un estudio apasionante sobre el cifrado en cuestión. Creo que los códigos secretos de Luis XIV merecerían algún capítulo en esta corte, aunque no será ahora. Por el momento aún nos ocupa el enmascarado. 

Pero aún faltan dos platos fuertes, dos pesos pesados que reservamos para el último capítulo. Con el de mañana abriremos las votaciones. Pondré la encuesta en la columna de la derecha.


miércoles, 27 de junio de 2012

Bastardos enmascarados (II)


La marquesa du Deffand, famosa dama que abría en París su salón a los enciclopedistas durante el siglo XVIII, se muestra convencida de que el hombre de la máscara era un hermano mayor de Luis XIV, hijo de Ana de Austria pero no del rey. Este es su encantador relato: 

“Se sabe que Luis XIII llevaba mucho tiempo sin cohabitar con la reina; que el nacimiento de Luis XIV fue debido a una afortunada casualidad, hábilmente provocada; casualidad que obligó al rey a acostarse en el mismo lecho que la reina. He aquí como yo creo que sucedió todo: 

“La reina pudo imaginar que era por su propia incapacidad por lo que no le habían nacido herederos a Luis XIII, pero el nacimiento de la Máscara de Hierro la habría desengañado. El cardenal de Richelieu, a quien habría confiado este hecho, sabría, por más de una razón, sacarle partido al secreto. Imaginaría el modo de hacer que resultara provechoso para sí mismo y para el Estado. Persuadido por dicho nacimiento de que la reina podía dar hijos al rey, … se preparó todo para que el rey se encontrara con una sola cama para él y su esposa. Pero la reina y el cardenal, igualmente conscientes de la necesidad de ocultar a Luis XIII la existencia de la Máscara de Hierro, hicieron que se lo llevaran en secreto. El secreto seguiría siendo tal para Luis XIV hasta la muerte del cardenal Mazarino. Pero ese monarca, al enterarse entonces de que tenía un hermano mayor que su madre no podía reconocer, y que tal vez tuviera unos rasgos que denotaran su origen, se dio cuenta de que ese niño, nacido durante el matrimonio, no podía ser declarado ilegítimo tras la muerte de Luis XIII sin grandes inconvenientes y un terrible escándalo. Luis XIV habrá estimado no poder emplear un método mejor ni más justo para asegurar su propia tranquilidad y el reposo del Estado, un medio que dispensaba de cometer una crueldad que la política habría representado como necesaria a un monarca menos escrupuloso y magnánimo que Luis XIV…” 

La intervención de Richelieu como confidente del desliz de la reina nos parece la guinda que corona esta historia. 


Basándose en esta obsesiva atribución de bastardos a la pobre Ana de Austria, nos encontramos con una de las candidaturas más pintorescas: Marc de Jarrige de la Morelhie, yerno del médico de Ana de Austria, Pardoux de Gondinet. Se pretendía que dicho médico hizo la autopsia de Luis XIII y comprobó una ectopia de testículos “que hacía al rey impotente para la procreación". El proceso de la autopsia habría caído 35 años más tarde en manos de Morelhie y, siendo indiscreto, fue a dar con los huesos en la cárcel, porque Luis XIV no podía tolerar que se dudara de su legitimidad. 

Pero esta pintoresca historia ha sido desmentida: la autopsia ni siquiera la hizo Gondinet, que además no fue médico de Ana de Austria hasta 1644, cuando hacía ya un año que había muerto el rey. Por si fuera poco se ha hallado el acta de defunción del yerno, con fecha de 14 de diciembre de 1680, lo que termina de descartarlo totalmente incluso como descabellada hipótesis. Menos mal, porque si no tendríamos que ponernos a pensar por qué alguien querría ponerle una máscara al yerno de un médico. 

Pero atención, porque no es Ana de Austria la única sospechosa de haber tenido un hijo fuera del matrimonio: también se ha señalado hacia un posible hijo ilegítimo de Luis XIII y Luisa de La Fayette, que profesó como religiosa en el convento de la Visitación. Normalmente los reyes no ocultaban a sus bastardos, aunque el hecho de que la madre fuera una monja resultaba demasiado irregular, y sería lo que habría justificado el apartamiento del niño. 

Sin embargo, resulta difícil de creer tratándose de Luisa, por no decir imposible. Era dama de Ana de Austria cuando el rey se enamoró de ella, pero la piadosa Luisa se negó a convertirse en su amante e ingresó voluntariamente en el convento en 1637. Luis la visitaba allí, y la religiosa fue la persona que más influyó sobre él para que volviese a cohabitar con la reina y atendiera el asunto de su sucesión. Cuando Luisa falleció en enero de 1665, era la superiora de un convento que ella misma había fundado en Chaillot. 


Continuando con las propuestas de bastardos, también se ha sospechado que pudiera ser un hijo de la reina Cristina de Suecia y su amante Monaldeschi. La reina de Suecia desembarcaba en Marsella procedente de Roma y alcanzaba París el 8 de septiembre de 1656. Negoció entonces con Mazarino para hacerse con el trono de Nápoles y regresó pronto a Italia. Pero, tal vez inquieta por las maniobras que temía por parte del cardenal, en octubre de 1657 decidió volver a Francia y se estableció en Fontainebleau. Al cabo de un mes descubre la traición de Monaldeschi, que habría revelado los planes a España. Cristina lo hizo asesinar el 10 de noviembre allá en Fontainebleau, un escandaloso episodio a consecuencia del cual hubo de abandonar el reino meses después. 

No comprendemos, entonces, por qué iba a entregar a un hijo suyo para ser custodiado en Francia, habida cuenta de los malos términos que caracterizaron sus relaciones a partir de ese momento. Aunque es cierto que Mazarino le tendió una mano, y cuando abandonó Francia le ofreció su propio palacio de Roma para que residiera en él. 

La siguiente propuesta es de las bonitas: un hijo ilegítimo de Minette, la primera esposa de Monsieur. Hay dos versiones: una hace al niño hijo de Luis XIV, y la otra del conde de Guiche. Situemos estas posibilidades en el tiempo: 

Minette tuvo varios hijos y unos cuantos abortos. La mayor de sus hijas, María Luisa de Orleáns, se casó con el rey Carlos II de España. Nació el 27 de marzo de 1662, y se rumoreó que en realidad era hija del rey y no de su hermano. 

Al año siguiente Minette sufrió un aborto, y el 16 de julio de 1664 tuvo un varón que vivió solamente dos años. Justo un año después daba a luz una hija que supuestamente falleció al nacer. Siguieron tres abortos en tres años consecutivos, hasta que finalmente el 27 de agosto de 1669 nació Ana María de Orleáns, destinada a convertirse en duquesa de Saboya y reina de Cerdeña. La lista no fue más larga porque la infortunada Minette moría meses después. Y sobre su muerte corrieron ríos de tinta. 

Henrietta Anne, "Minette"

De tratarse de los comienzos de su matrimonio, el hijo sería atribuible al rey, y si fuese un asunto posterior el presunto padre sería Guiche. La cuestión es dónde encajar un bastardo desaparecido con una agenda tan apretada de embarazos como la de Minette. ¿Tal vez la hija que había muerto al nacer no murió en realidad? ¿Tal vez alguno de los abortos no fue tal, sino que siguió su curso? Sin embargo, Minette difícilmente hubiera tenido necesidad de ocultar un hijo ilegítimo. Philippe cohabitaba con ella como esposo, por lo que hubiera podido hacerlo pasar por suyo, a menos que se hubiera dado alguna circunstancia excepcional. 

La hija mayor de Minette, primera esposa de Carlos II, tampoco se ha librado de la atribución de un bastardo. Sin embargo, teniendo en cuenta que María Luisa nació en 1662, cualquier hijo suyo hubiera llegado tarde para poder ser el enmascarado. Más tarde hubiera llegado aún uno de Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, como también se propuso. 

Y cerrando el capítulo de hijos, también se ha propuesto que fuera legítimo, pero una mujer, nacida de Luis XIII y Ana de Austria. Francia se regía por la Ley Sálica, que prohibía reinar a las mujeres. Con lo que les había costado conseguir descendencia y los pocos años que tenían ya por delante para lograr un varón, decidieron cambiar a la niña por un niño de familia desconocida. El niño acabó siendo Luis XIV mientras que ella fue el Hombre de la Máscara de Hierro. Precioso. Por imaginación que no quede. 

Luego tenemos candidatos de otro tipo, aunque derivados del mismo asunto: amantes enmascarados. 


AVISO: Como faltan dos capítulos, actualizaremos diariamente hasta concluir la presentación de candidatos, para poder terminar este mes y dar la oportunidad de votar a quienes se vayan a ir de vacaciones en julio. De modo que mañana jueves habrá capítulo.


lunes, 25 de junio de 2012

Bastardos enmascarados (I)

Jacobo Scott, Duque de Monmouth

El primer rumor sobre el Hombre de la Máscara de Hierro fue que se trataba de un conspirador inglés, algo que aparece recogido por la propia Liselotte en sus cartas. Y tenemos, en efecto, un inglés que también fue candidato a ser el enmascarado: el duque de Monmouth, hijo natural del rey Carlos II de Inglaterra, a quien recientemente he dedicado algunos textos en mi otro espacio. Monmouth fue ejecutado públicamente en 1685, pero la leyenda no murió con él. El pueblo se negaba a aceptar su muerte. Muchos prefirieron creer que había cinco personas físicamente idénticas al duque, cada una de las cuales había jurado hacerse pasar por Monmouth y morir por él si era necesario. Decían que era uno de ellos quien había sido ejecutado en Tower Hill. La leyenda fue más lejos: se llegó a afirmar que el rey Jacobo II no había querido derramar la sangre de su sobrino, y que el verdadero Monmouth había sido entregado en Francia para que viviera allí prisionero. 

Pero los rumores apuntaban más bien hacia un aristócrata inglés implicado en una conspiración del duque de Berwick contra el rey Guillermo. Esto es absurdo, porque Berwick, hijo bastardo de Jacobo II, nació en 1670. Sus complots fueron demasiado tardíos para que pudiera tomar parte en ellos ninguna máscara de hierro. 

Fueron tal vez esos rumores que convertían en inglés al enmascarado los que hicieron que Formanoir de Palteau, sobrino nieto de Saint-Mars, aclarase en su carta: “Nunca oí decir que tuviera acento extranjero.” 

Pero Monmouth no es el único bastardo al que la leyenda ha querido cubrir con una máscara. Habíamos visto cómo se planteó que se tratara de un hermano gemelo de Luis XIV, en este caso legítimo, pero que fue apartado para que no pudiera discutirse en un futuro sobre cuál de ellos era el mayor. Pues bien, también se ha propuesto que fuera hermano del rey, pero hijo ilegítimo de Ana de Austria, para lo cual no disponemos de más fuentes ni indicios que la maledicencia. Aparentemente no resultaría muy lógico que el niño hubiera nacido en vida de su esposo, porque sabida es la frase que la reina le dijo a su nuera María Teresa cuando ésta se quejaba de las infidelidades de su marido: 

—Hija mía, pensad que el rey no puede tener un Delfín sin vos, mientras que vos podéis tenerlos sin él. 

Ana de Austria con sus dos hijos

Pero hay que tener en cuenta que Ana de Austria, ignorada por su esposo durante largos años, tenía mucho más difícil que María Teresa convencer al rey de que un hijo adulterino era suyo, y máxime tratándose del Delfín, algo sobre lo que ni el rey ni Richelieu iban a admitir dudas. 

Dejando a un lado la dificultad de que una reina de Francia pudiera guardar el secreto de su embarazo hasta su conclusión y dar a luz de modo clandestino, la cuestión es que si Ana tuvo un hijo fuera del matrimonio durante los largos años en los que su esposo se mantuvo alejado, entonces era mayor que Luis XIV. Y éste tenía entre 30 y 45 años cuando los diversos candidatos al ser el enmascarado fueron ingresando en prisión. Verdaderamente parece una medida excesivamente tardía para que pueda sostenerse con una cierta lógica. 

Pero también se ha sugerido que ese hijo pudo haber nacido tras la muerte de Luis XIII, fruto de los amores de Ana de Austria con Mazarino. Teniendo en cuenta que Ana había nacido en 1601, el niño no podía ser mucho menor que Philippe, porque a la reina se le escapaba la juventud. Por tanto, a la muerte del enmascarado en la Bastilla, este supuesto hijo de Mazarino tendría unos 60 años. 

Supongamos que se tratara de un hijo de Beaufort, mayor que Luis XIV y cuyo nacimiento hubiera tenido que ocultarse porque, dadas las malas relaciones entre el rey y su esposa en esos momentos, Ana nunca hubiera logrado hacerlo pasar por legítimo. Para establecer la edad de este candidato que nos propone Madame Flor, digamos que no podía ser mucho mayor que Luis, porque Beaufort era jovencísimo: solo tenía 22 años cuando nació el rey, y hay que contar el tiempo que pasaba en la guerra. En mayo de 1635, por ejemplo, lo encontramos en la batalla de Avein, y durante el verano y el otoño de 1636 participaba en el sitio de Corbie. La cuestión, por tratar de fijar fechas, es que si Luis XIV tenía 65 años en 1703, un hermano mayor seguramente no alcanzaría los 70. 

Ana de Austria con el retrato de Luis XIV

Otra posibilidad es que naciera entre Luis y Philippe, que solo se llevaban dos años justos. No queda mucho espacio, pero se puede acomodar un hijo en medio con un calzador. La tercera opción es que se tratara del propio Philippe, tan morenito él, nacido en 1640. En 1639 Beaufort estaba en la guerra, participando en el sitio de Hesdin, y en 1640 se encontraba en el sitio de Arras. 

Un hijo de Beaufort difícilmente sería menor que Philippe. Queda de nuevo poco tiempo a partir de ahí, y no solo porque pronto entramos en la época de la relación entre la reina y Mazarino, sino porque en 1642 Beaufort se unió a la conspiración de Cinq-Mars y tuvo que exiliarse en Inglaterra. Al volver a Francia después de morir Richelieu, fue acusado de participar en un complot para asesinar a Mazarino, y la propia Ana lo envió a Vincennes. Cuando logró evadirse, Ana ya no estaba en edad de tener hijos, y él estaba muy ocupado sumándose a la Fronda. 

Otra de las propuestas es que se trataba de un hijo de Ana de Austria y el duque de Buckingham. Teniendo en cuenta que el duque visitó Francia en 1623, ese hijo habría sido encerrado en prisión a los 45 años, y fallecería con 79. Podría ser que hubiera sido llevado a Inglaterra al nacer, y eso encajaría con los rumores de que era inglés. Lo que no se comprende es que se tomaran medidas al cabo de 45 años, cuando hacía 41 de la muerte de Buckingham y más de tres desde la de Ana de Austria. ¿Realmente no hubo ocasión antes? Bien, podría ser que Ana de Austria hiciese esa confesión en su lecho de muerte, que Luis XIV no lo hubiera sabido hasta entonces y que no resultase tan fácil apoderarse de él estando fuera de sus dominios. 

George Villiers, Duque de Buckingham

De tratarse de un bastardo de la reina, al menos esta parece la mejor opción, porque puede justificar algunas cuestiones. Pero las edades de los candidatos en general hacen poco verosímil que pudiesen ser el enmascarado: son demasiado mayorcitos para que de pronto se tome la decisión de apartarlos. ¿Dónde habían estado los demás hasta los 30, 40 o más años? Y si el problema era un parecido delator, ¿en tantos años quedaría alguien en el reino que no lo hubiera apreciado ya? A menos, claro está, que hubiera estado fuera de Francia. 

Ah, pero un momento: habíamos dicho que Beaufort viajó a Inglaterra en 1642. Puestos a imaginar, ¿y si llevaba consigo un niño de corta edad y encontró más prudente dejarlo por allá al cuidado de algún amigo?...


Durante los meses de julio y agosto reduciré mi presencia por aquí a un día por semana aproximadamente, pero no antes de terminar con esta serie sobre la Máscara de Hierro. No los dejaré a medias con la historia. Hasta terminarla, publicaré con la frecuencia habitual.



sábado, 23 de junio de 2012

El Duque de Beaufort y la Máscara de Hierro

François de Bourbon-Vendôme, Duque de Beaufort

Uno de los candidatos más legendarios para ser el Hombre de la Máscara de Hierro fue el duque de Beaufort, un personaje muy del gusto de los novelistas. Beaufort aparece en algunas novelas de Alejandro Dumas, y más recientemente en Secreto de Estado, de la condesa Benzoni. 

El duque nació el 16 de enero de 1616. Era nieto de Enrique IV, e hijo del bastardo duque de Vendôme, que el rey había tenido con su amante Gabriela d’Estrées. Eso convierte a Beaufort en primo hermano de Luis XIV. Fue un hombre muy popular entre el pueblo de París, lo que le valió el sobrenombre de “le roi des Halles”. El cardenal de Retz dijo de él, con apenas velada ironía, que “hablaba y pensaba como el pueblo, del que durante un tiempo fue un ídolo.” 

Sin embargo fue un hombre valiente que siguió la carrera de las armas desde muy joven, y como tal murió supuestamente en Candia en junio de 1669, al servicio del rey durante el transcurso de una expedición contra los turcos. Su cabeza, antes idolatrada por tantas damas, fue paseada en triunfo por las calles de Estambul en la punta de una lanza otomana. 

Sin embargo, existe la posibilidad de que fuera la cabeza de otro oficial francés, porque muchas fueron las que se perdieron allí. Hay un misterio en su muerte, pues dicen que jamás se halló su cuerpo después del combate. 

Hasta donde se puede averiguar, los hechos sucedieron del modo siguiente: hacia comienzos de ese año Beaufort recibió de Colbert la orden de sostener Candia, asediada por los turcos. Siete días después de su llegada, es decir el 26 de junio, hizo una salida y no regresó. Navailles, otro de los oficiales al mando de la escuadra francesa, dice simplemente en la página 243, libro IV de sus memorias que “el duque de Beaufort se encontró por el camino con el grueso del ejército turco que presionaba a parte de nuestras tropas; se puso al frente de ellas y combatió con mucho valor, pero fue abandonado y nunca más se supo que fue de él.” 

Ana de Austria

Según una hipótesis, habría sido secuestrado no por los turcos, sino por agentes del rey de Francia. El motivo parece estar inspirado en la inocultable debilidad que Ana de Austria sentía por Beaufort, quince años más joven que ella. De acuerdo con esta versión, en realidad Luis XIV no era hijo del rey, que hacía largos años que había renunciado a mantener relaciones con su esposa, sino del duque de Beaufort. Ana de Austria, antes de morir en enero de 1666, le habría confesado a Luis que Beaufort era su verdadero padre, y por temor a que un día el secreto que lo convertía en ilegítimo se hiciese público, el rey lo habría hecho desaparecer durante el sitio de Candia para encerrarlo en Pignerol oculto bajo una máscara. 

¿Pudo ser el prisionero que dos meses después llegaba a Pignerol bajo nombre supuesto? 

En el caso de los prisioneros que habíamos visto hasta ahora, al menos teníamos la certeza de que se encontraban allí y estaban vivos, si exceptuamos la muerte de Fouquet en 1680, algo que también se ha cuestionado. La candidatura de Beaufort cuenta con la desventaja de que no nos consta, ni tenemos ninguna prueba ni indicio de que fuera así. 

Por otra parte, para poder aceptarla tendríamos que asumir antes una larga serie de cosas igual de gratuitamente: tendríamos que aceptar que Beaufort fue realmente el amante de Ana de Austria; tendríamos que aceptar que Luis XIII o bien nunca se enteró de que el hijo no era suyo —un despiste demasiado grande si es que el rey no se había acostado con la reina— o bien encontraba perfecto sentar en el trono de Francia a alguien que era hijo de su detestada esposa, pero no suyo. 

Y Richelieu también. 

Luis XIV

Tendríamos que aceptar, además, esa confesión de la reina que tampoco nos consta. Pero sobre todo tendríamos que pasar por alto el hecho de que entre la muerte de la reina y la desaparición de Beaufort transcurren tres años y medio, un tiempo en el que Luis lo había tenido tan a mano que lo pudo hacer desaparecer mil veces y dejar que la gente supusiera que había sido cosa de algún marido celoso, por ejemplo, lo que a nadie hubiera sorprendido. Pero no. Espera todo ese tiempo y acaba decidiendo que el mejor momento es entonces, cuando el duque ya tiene 53 años y lleva 31 guardando el secreto. Además decide llevarlo a cabo en medio de una delicada acción bélica, haciendo peligrar el resultado de la contienda. Más aún: adivinando con antelación y de modo portentoso por dónde iba a decidir pasar con sus soldados justo ese día, sus agentes habían organizado el plan para secuestrarlo por el camino y atravesar territorio enemigo mientras los turcos miraban hacia otro lado. Al parecer no había otra forma más sencilla de apoderarse del duque de Beaufort. 

Si somos capaces de asumir todo esto, entonces podemos continuar. 

Bien, si Beaufort llega a Pignerol, entonces tiene que ser el prisionero que se presenta en agosto de 1669 con aquella misteriosa carta de Louvois que insiste tanto en su aislamiento y en que no sea escuchado por nadie. Es decir, que bajo el nombre de Eustache Dauger se ocultaría el duque de Beaufort. 

Y aun así, sigue habiendo una pieza que no encaja en absoluto: Louvois dice que se trata de un valet, por lo que no será necesario hacer gran gasto. Y de hecho el prisionero acaba ocupando un puesto como servidor allá en prisión. Pero resulta imposible para la mentalidad imperante en la época someter a un príncipe de sangre real a algo que rebajaba su dignidad. Podían ser encarcelados, podían ser ejecutados, pero nunca podían ser reducidos a la condición de sirvientes. Eso hubiera sido una especie de sacrilegio. El rey de Francia no podía tener por padre a un hombre que en algún momento de su vida hubiera sido un servidor. Y Luis XIV menos que ningún otro, a poco que se le conozca. 

Asedio de Candia

¿Pero y si Beaufort hubiera sido conducido a otro destino? ¿Y si desde ese otro lugar hubiera sido trasladado a Exiles sin pasar por Pignerol, y desde Exiles a la isla Sainte-Marguerite? 

Parece que las primeras menciones a la máscara se remontan a la época en la que el prisionero se encontraba ya en la isla. No sabemos si antes la llevaba o no; simplemente no nos consta nada ni en un sentido ni en otro respecto a los prisioneros que se encontraban en Pignerol. La carta de Louvois al entregar a Dauger solo insistía en que no debía ser escuchado por nadie, pero no contenía instrucciones para cubrirle el rostro. Sin embargo, en 1698 la cosa cambia, y el hijo de Louvois escribía: “Al rey le parece bien que abandonéis las islas de Sainte-Marguerite para venir a la Bastilla con vuestro antiguo prisionero, tomando las precauciones necesarias para impedir que sea visto o reconocido por nadie.” 

La palabra “reconocido” implica algo más que un posible parecido incómodo con otra persona. Y las precauciones debían redoblarse al acercarse a París, donde la probabilidad de ser identificado por alguna característica física parece hacerse más alta, a pesar de los años transcurridos. 

¿Y si Dauger fuera un valet de Beaufort que hubiera presenciado todo lo sucedido o conociera el secreto? ¿Y si hubiera muerto después en Exiles y no fuera él quien acompañó a Saint-Mars a su tercer destino en la isla Sainte-Marguerite, sino Beaufort, con el que se habrían reunido allá en Exiles? 

Vaya, pues ahora tenemos un problema con las fechas. En 1691 moría Louvois, y su hijo dirige a Saint-Mars esta primera carta: “Cuando tengáis que comunicarme algo acerca del prisionero que lleva veinte años bajo vuestra custodia, os ruego que utilicéis las mismas precauciones que cuando escribíais a Monsieur de Louvois.” 

Saint-Mars abandonó Pignerol en 1681. Si el misterioso prisionero no estaba en Pignerol, entonces solo llevaba un máximo de diez años bajo su custodia cuando recibe esa carta.

Pero no me dirán que la posibilidad de que sea Beaufort no es romántica y bonita.

Continuaremos revisando algunas curiosas candidaturas.

jueves, 21 de junio de 2012

El Monje Jacobino y la Máscara de Hierro


Los estudiosos del asunto de la Máscara de Hierro llaman a este último misterioso prisionero el Monje Jacobino, y no ha faltado quien lo señalara como el posible enmascarado. Se le atribuyen las sagradas órdenes porque es lo que parece desprenderse de la correspondencia de Louvois, en la que dice a Saint-Mars que le dé un breviario y libros piadosos, y que es un hombre que, aunque oscuro, “ne laisse pas d’être homme de conséquence” (no deja de ser un hombre de importancia). Al mismo tiempo afirma con insistencia que es un gran bribón y que no haga caso de nada de lo que diga. 

Parece ser que el tal monje debió de ser encarcelado por alguna indiscreción con cierta dama de alcurnia. En cualquier caso, no estaba mejor de la cabeza que Dubreuil. En una ocasión Saint-Mars le escribió a Louvois que el prisionero circulaba desnudo y vociferando oraciones “sans rime et sans raison”. Y, además, falleció a finales de 1693. 

El castigo habitual cuando los prisioneros daban problemas con su comportamiento desordenado, eran los bastonazos. Saint-Mars no tenía inconveniente en propinárselos a Dubreuil, pero parece que sentía reparo en golpear al presunto monje, tal vez por tratarse de un hombre de Iglesia. El 21 de febrero de 1677 hay una carta de Louvois en la que le dice al gobernador de la fortaleza: 

“Debo decir que es verdad que aquellos que golpean a los sacerdotes, menospreciando su condición, son excomulgados, pero es justificable castigar a un sacerdote cuando se porta mal…” 

La prueba de que Louvois no daba demasiada importancia a este prisionero es que cuando cursó instrucciones para que Dubreuil, a su llegada, fuera puesto junto al último que hubiera recibido, ni siquiera recordaba que el último había sido el monje. En una carta fechada en 23 de noviembre de 1676, el ministro le pregunta a Saint-Mars: “¿Quién está alojado con el señor Dubreuil, que decís que está tan loco pero no me decís su nombre, sino que os limitáis a enviarme una copia de la carta que yo os escribí cuando lo recibisteis para que pueda recordar quién es?” 


En un mensaje posterior, Louvois le dice: “He recibido vuestra carta del 8 de diciembre, por la que ya he entendido quién es el prisionero que está con el señor Dubreuil.” 

Por tanto, tampoco el monje es de un personaje de relieve. Él fue uno de los que permanecieron en Pignerol cuando Saint-Mars partió a hacerse cargo de su nuevo destino con sus dos prisioneros más importantes. 

Pero no olvido la cuestión sobre la que dejé que reflexionaran en el último capítulo, un inquietante asunto que se refiere a otro de los sospechosos: Eustache Dauger:

“Decidme cómo es posible que Dauger haya hecho lo que me contáis, y cómo consiguió las drogas necesarias, pues doy por hecho que vos no se las habéis proporcionado.” 

Se ha expuesto la teoría de que Louvois se refiere a que Dauger había envenenado a Fouquet. La carta es de 10 de julio de 1680. Fouquet había muerto el 10 de abril. Sería posible, según esta teoría, que poco después se encontrara veneno en posesión del valet y que Saint-Mars informara a Louvois. 

En su momento habíamos visto cómo un contemporáneo contaba en sus memorias que, según confidencias de un colaborador de Colbert, Fouquet no había muerto en prisión, sino que había llegado a ser liberado debido a la intercesión de la Delfina. El relato sostenía que fallecía en Chalon-sur-Saône unos tres meses después, y apuntaba como causa un posible envenenamiento por parte de agentes de Colbert. 

La historia resulta inverosímil. No parece lógico que se fingiera su muerte en prisión si iba a quedar en libertad. Pero, de acuerdo con esta versión, Dauger podría haber sido el encargado de envenenar a Fouquet de no ser porque de la carta de Louvois se desprende que este prisionero seguía en Pignerol, bajo la custodia de Saint-Mars, y no en Chalon-sur-Saône. ¿Sucedió allá en la prisión? Louvois no parece sospechar ninguna maniobra de Colbert, ya que no se explica cómo consiguió las drogas Dauger. Entonces, ¿hubiera tapado el ministro el crimen de un personaje tan incómodo? Le ofrecía la ocasión perfecta para juzgarlo por algo que le permitiera condenarlo a muerte y deshacerse de él para siempre. ¿Y sin embargo lo encubre? 

Ni siquiera indaga acerca del motivo de su acto, sea el que fuere. Por tanto, ha de tratarse de algo tan obvio que no necesite ser explicado. Asesinar a Fouquet no es la clase de cosa sobre la que uno no se haría preguntas. No hay móvil aparente, y la implicación de Colbert parece materialmente imposible, aunque subsista la sombra de la duda. 


También se ha propuesto que el prisionero, simplemente, habría logrado fabricar tinta simpática, es decir, tinta invisible con la que transmitir algún mensaje. Pero lo cierto es que para elaborar esa tinta tampoco es que sea necesario emplear “drogas”. Basta, por ejemplo, con un poco de leche y zumo de cebolla. 

Mi hipótesis es que tal vez intentó suicidarse. Había muerto Fouquet y al no tener ya a quien servir volvía a quedarse aislado, en las mismas penosas condiciones de un principio. Debió de hacérsele insoportable en aquel momento. Parece un hombre desesperado que ha renunciado a toda idea de libertad y que incluso podría temer lo que hay fuera. Louvois no necesitaría preguntarse acerca del motivo, demasiado evidente; solo le inquietaría, y con razón, cómo pudo hacerlo. 

Porque esto nos lleva a considerar que, se trate de lo que se trate, Dauger sabía muy bien qué drogas se necesitaban para conseguirlo, y además era capaz de obtenerlas incluso incomunicado en una prisión de alta seguridad como Pignerol. Aun en el caso de que fuera Colbert quien se las hubiera proporcionado, este debía de tener fundados motivos para ocurrírsele que podría emplear a Dauger en tales cometidos. La cuestión es que se ve al prisionero bastante suelto con ese asunto, ¿no creen? 

Con esto termina el repaso a los prisioneros de Pignerol, pero aún no están todos los candidatos a ser el Hombre de la Máscara de Hierro. El próximo día examinaremos otros nombres importantes que se han propuesto, y una vez terminemos con ellos se abrirán las votaciones para que elijan a su candidato. Después de que cada uno haya elegido, expondré mi propia teoría acerca de quién y por qué.



martes, 19 de junio de 2012

Dubreuil y la Máscara de Hierro


El rey preguntó a Fouquet si su servidor, La Rivière, sabía lo que Eustache Dauger había hecho antes de llegar a Pignerol. Reflexionando sobre su pregunta, resulta sumamente curioso que solo le inquietara si el valet era conocedor del secreto, pero no se plantea si también lo era el propio Fouquet. Es más: parece dar por hecho que él está al tanto de todo. De no haber sido así, Fouquet tendría que indagar sobre ello para poder responder cabalmente al rey, y de ese modo, aun en el caso de no haber tenido conocimiento previo, se enteraría al interrogar a su valet. Pero eso no parece inquietar a Luis, lo que confirma que en realidad no tenía intención de liberar a Fouquet, y que la única duda era acerca de La Rivière. 

Es curioso que a partir de ese instante Fouquet incluso es autorizado a recibir visitas, lo que podría hacer peligrar más cualquier secreto. A menos que se tratase de algo de lo que de todos modos el superintendente tuviera conocimiento previo y siempre hubiera comprendido la necesidad de guardar silencio. En tal caso, nada habría variado para él. 

También anima a la investigación un mensaje de Louvois a Saint-Mars de 1680: 

“Decidme cómo es posible que Dauger haya hecho lo que me contáis, y cómo consiguió las drogas necesarias, pues doy por hecho que vos no se las habéis proporcionado.” 

Por el momento les dejo que hagan sus propias conjeturas sobre ese mensaje. 

Pero entre cuantos prisioneros ocuparon Pignerol durante aquellos años, nos falta por presentar a Dubreuil, un espía doble al que nadie le hace el honor de sospechar de él. En la correspondencia entre Louvois y Saint-Mars aparece como un tipo de poca monta, un personaje secundario que daba muestras de desequilibrio mental y a quien se refieren escasas veces y siempre por su nombre. Y parece incuestionable que murió en 1697. 


A finales de 1675 Dubreuil, con el nombre de Samson, vivía en Bâle, Suiza. Había ofrecido al jefe del ejército del Rhin tenerlo al corriente de los movimientos que hicieran las tropas alemanas, entonces a las órdenes de Montecuculli. Los franceses se apresuraron a aceptar, y Louvois le escribió animándolo a servir fielmente al rey y prometiéndole grandes recompensas si transmitía alguna información de utilidad. Pero lo mismo que Dubreuil había ofrecido a Francia, se lo ofrecía también al enemigo. Descubierto el doble juego, Louvois emitió una orden de arresto el 25 de febrero de 1676. Por fin lograron capturarlo el 24 de abril y lo encerraron en la fortaleza de Brisach. 

“El rey está muy satisfecho de ver que finalmente el señor Dubreuil ha sido arrestado, y Su Majestad desea que se haga entrega de mil doscientos escudos a cada uno de los oficiales que han contribuido a prenderlo… Escribo al mismo tiempo al arzobispo de Lyon para hacer que sea conducido con toda la seguridad a Pignerol, donde quedará en manos de Saint-Mars para que sea custodiado en la torre de la ciudadela.” 

Y Louvois así se lo comunicaba al propio Saint-Mars: 

“Os será enviado, por trece guardias del arzobispo de Lyon, un prisionero llamado Dubreuil, que ha sido arrestado en Alsacia, y que es importante que sea custodiado con medidas de seguridad. El rey desea que vos lo recibáis en la torre de la ciudadela de Pignerol, donde podréis ponerlo con el último prisionero que os ha sido enviado. De vez en cuando me enviaréis noticias suyas.” 

Por tanto, no hay nada especial con respecto a este prisionero, y ni siquiera es preciso aislarlo. Basta con unas razonables medidas de seguridad para evitar intentos de fuga, sin ninguna especificación en particular. El contraste con la carta mediante la cual era entregado Eustache Dauger es notable. 

Pero… ¡Oh, casi lo olvido! Resulta que había también por allí un personaje misterioso cuyo nombre nos es desconocido…

domingo, 17 de junio de 2012

Eustache Dauger y la Máscara de Hierro


Matthioli llegaba a Pignerol en 1679. Pero diez años antes la fortaleza recibía a otro misterioso prisionero con unas inquietantes instrucciones de Louvois. Ampliaremos hoy la información que proporcionaba aquella carta: 

“Monsieur de Saint-Mars, me manda el rey que conduzca a Pignerol al llamado Eustache Dauger. Es de la máxima importancia para el servicio de Su Majestad que sea custodiado con grandes medidas de seguridad y que no pueda dar información a nadie de ninguna manera ni por carta. Os aviso con antelación para que podáis apercibir un calabozo en el que nadie pueda comunicarse con él. Haced de modo que el lugar donde se encuentre no tenga acceso a otros en los que pueda entrar gente, y que todas las puertas estén bien cerradas para que los centinelas no puedan escuchar nada. Será necesario que vos mismo le llevéis a ese miserable, una vez al día, el sustento para toda la jornada, y que nunca escuchéis, bajo ningún pretexto, lo que quiera deciros. Lo amenazaréis con matarlo si alguna vez abre la boca para hablaros de otra cosa que no sean sus necesidades. Haced preparar los muebles necesarios, observando que solo se trata de un valet, por lo cual los gastos no han de ser considerables…” 

Por tanto, parece que el hombre al que buscamos es un prisionero más antiguo que Matthioli, y se llama Eustache Dauger. 

¿Quién era ese tal Dauger al que se refería Louvois en agosto de 1669? Al parecer era un simple servidor, pero es obvio que preocupa al ministro más que todos los demás prisioneros juntos. Nunca se mencionará su crimen. 

Saint-Mars

Eustrache Dauger pasaba la mayor parte de su tiempo recluido en solitario. Solo hablaba con Saint-Mars y su teniente, con un confesor y un médico al que se le permitía examinarlo únicamente en presencia del gobernador. 

Pero el 20 de febrero de 1672 Saint-Mars, por hacer economías, quiso emplear a Dauger como valet del marqués de Puyguilhem. Esto, por una parte, demuestra que el gobernador de la fortaleza no veía la necesidad de aislar tanto al prisionero, seguramente porque desconocía los detalles —desde luego, Louvois trataba de ocultárselos por todos los medios— o pensaba que los temores eran infundados. Y, cosa curiosa, opinaba que Dauger no deseaba ser liberado: “Nunca pediría la libertad”, algo que nos deja perplejos. 

Louvois rechazó la propuesta de colocar al valet junto al marqués. Es más: las órdenes eran que Puyguilhem nunca entrara en la habitación de Fouquet si Dauger estaba presente. 

Sin embargo tres años más tarde, cuando a Fouquet se le muere uno de sus servidores, sucede algo inaudito: Louvois autoriza que le sirva Dauger junto con el otro valet que quedaba con vida —y que era La Rivière, como vimos en su momento—, aún con la condición de que no viera jamás al marqués de Puyguilhem. 

Creo que esto demuestra que Luis tenía intenciones desde un principio de dejar en libertad al marqués, pero no a Fouquet. Los secretos a los que el superintendente pudiera tener acceso en la prisión no le inquietaban, porque morirían allí con él. Puyguilhem, en cambio, regresaría y podría difundirlos. 

Antoine Nompar de Caumont, Marqués de Puyguilhem y Duque de Lauzun

Lo gracioso es que nuestro marqués había logrado hacer un boquete en el conducto de la chimenea entre su aposento y el de Fouquet, y los veía cada vez que le apetecía. Louvois escribía a Saint-Mars tras haber recibido tan inquietante información por parte de unos espías: 

“Veréis por la memoria que os adjunto el aviso que me dan del modo en que vuestros prisioneros se comunican sin que vos os enteréis; os ruego que verifiquéis si contiene algo de verdad, y mandadme respuesta de lo que descubráis.” 

Saint-Mars registró las celdas y descubrió el agujero, que de todos modos para entonces ya no tenía ninguna utilidad porque ambos prisioneros habían recibido autorización para verse y conversar. Pero el permiso no incluía entrevistarse también con Dauger, y eso era lo que había sobresaltado al ministro. 

A pesar de todo, Puyguilhem obtuvo su libertad. 

Tal vez lo más inquietante sea la carta sellada que en diciembre de 1678 Saint-Mars entrega a Fouquet, con el sello intacto. Su respuesta debía ir también en documento sellado, sin que fuera leído por el gobernador. El ministro le decía que el rey deseaba saber algo antes de concederle una más amplia libertad a Fouquet: ¿Su valet Dauger le había contado a su otro servidor a qué se había dedicado antes de llegar a Pignerol? (de ce à quoi il a été employé aupavarant que d’être à Pignerol). “Su Majestad me pide que os haga esta pregunta, y espera que respondáis sin considerar otra cosa que no sea la verdad, para que pueda saber qué medidas tomar”. 

La Rivière nunca obtuvo la libertad...

viernes, 15 de junio de 2012

El Conde Matthioli y la Máscara de Hierro

Carlos Gonzaga, Duque de Mantua

El registro de la parroquia de Saint-Paul, donde fue inhumado el hombre de la máscara, ofrece un dato acerca de su edad. Esa información seguramente no es correcta, como veíamos en el capítulo anterior; pero, y esto es lo más importante, lo que aún no habíamos dicho es que también nos proporciona un nombre. Y, por cierto, se parece bastante al que aparecía escrito al margen en el certificado de defunción. El texto dice exactamente: 

“El día 20, Marchioly, de unos 45 años de edad, falleció en la Bastilla, siendo inhumado su cuerpo en el cementerio de la parroquia de Saint-Paul, el 20 del actual, en presencia de M. Rosage, principal de la Bastilla, y de M. Reghle, cirujano mayor de la Bastilla, que han firmado.” 

Vimos en el último capítulo que el teniente du Junca, que redactó el acta de defunción, escribía en el margen el nombre de Marchiel. Tenemos, entonces, que Marchiel y Marchioly son la misma persona, un nombre extranjero con el que el teniente no se manejó bien. No es sorprendente que le sonara extraño, porque a su vez Marchioly no es más que una corrupción fonética de Matthioli

Y es que, en efecto, sí había en Pignerol un prisionero llamado Matthioli. 

El conde Ercole Antonio de Matthioli (o Mattioli) era un italiano nacido el 1 de diciembre de 1640, hijo de un reputado jurista. Fue secretario de Estado del duque de Mantua, en cuya posesión estaba la fortaleza estratégica de Casale Monferrato. La plaza era vital para los intereses de Luis XIV, quien decidió comprarla. Pero como el cambio de dominio resultaría impopular, las negociaciones se llevaron a cabo en secreto. 

Castillo de Casale Monferrato

El encargado de las mismas era precisamente Matthioli, por lo que fue generosamente recompensado por el rey de Francia. Pero una vez firmado el tratado, recibido el dinero y a punto de llevarse a cabo la ocupación del castillo, Matthioli lo traicionó vendiendo el secreto a Saboya y Venecia. Luis tuvo que dejar en suspenso el proyecto, a pesar de que dos años más tarde lograba apoderarse de Casale de todos modos, pero no dejaría impune la traición del italiano: lo raptó fuera de su reino y lo encerró en Pignerol. La última frase de la orden de encarcelamiento decía: 

“Y que jamás se sepa lo que ha sido de él.” 

Ahora vamos a ver cómo encajar la información de la que disponemos con este candidato: 

Nació a finales de 1640, lo que significa que a su muerte tendría 62 años, y 46 cuando aparece en la isla Sainte-Marguerite. Es una edad a la que la mayoría de la gente no tiene aún el cabello blanco, pero tampoco resulta tan sorprendente y distintivo. El dato se acomodaría bien con tener el pelo blanco estando aún en la flor de la edad, es decir, sin ser un anciano. Y al mismo tiempo no resultaría demasiado extraño o identificativo. Recordamos, también, que Voltaire también le adjudica unos 60 años en el momento de su muerte, aunque él tenía otro candidato. Encontramos más razonable esta edad que la que aparece en el registro, evidentemente imposible tras tan prolongado encierro en diversas fortalezas. 

La hipótesis acerca de Matthioli argumenta que Luis XIV tendría que ocultarlo para que no se supiera el acto tan irregular que había cometido al ordenar el secuestro, fuera de sus propios dominios, de un súbdito del duque de Mantua. Sin embargo, hay que precisar que su deseo no se vio cumplido, porque todas las cortes de Europa tuvieron conocimiento de ello a través de las gacetas de Amsterdam. Entonces, si todo el mundo lo sabía ya y el secreto no pudo llegar a ser tal secreto, ¿a qué venía mantener enmascarado al conde durante décadas? ¿Para qué? 


Y hay algo más que no termina de resultar comprensible: ¿Quién se molestaría en ponerle una máscara a un secretario de un duque extranjero con cuyo rostro no podían estar familiarizados los franceses? ¿Cómo se hubiera podido reconocer a quien no se conocía? Nada podían temer en ese sentido por parte de los habitantes de una pequeña isla de la Costa Azul. 

Recientemente veíamos cómo Saint-Mars era nombrado gobernador de Exiles el 12 de mayo de 1681: 

“Su Majestad tiene a bien concederos el gobierno de Exiles… adonde hará trasladar a esos dos prisioneros que están bajo vuestra custodia, y que estima de suficiente importancia para no ponerlos en otras manos que las vuestras.” 

No se mencionan los nombres de los prisioneros. Y veíamos, también, un fragmento de la carta de Saint-Mars a d’Estrades desde Pignerol, con fecha de 25 de junio de 1681, en la que hablaba de su nombramiento. En ella decía 

“Estaré a cargo de dos mirlos que tengo aquí, y que no tienen otro nombre que messieurs de la Tour d’en Bas…”. 

Pues bien, resulta que esta última carta continúa del modo siguiente: 

“…Matthioli se quedará aquí con otros dos prisioneros. Uno de mis tenientes, llamado Villebois, los custodiará, y tiene un brevet para gobernar la ciudadela en mi ausencia…” 


¡Oh, qué lástima! ¡Matthioli se quedaba en Pignerol! ¡No era él! Y nosotros creyendo que lo habíamos encontrado ya. 

Vemos también que Saint-Mars no se molesta en ocultar en su carta el nombre de Matthioli, precisamente porque hacía tiempo que había dejado de ser un secreto. El italiano no supone un peligro ni es objeto de especiales precauciones. En cambio guarda celosamente la identidad de los dos prisioneros que va a trasladar. 

El acta de defunción de la parroquia llama Marchioly al enmascarado fallecido en la Bastilla, con lo que parece evidente que se quiere decir Matthioli. No deja de ser significativo que después de tantos años aparezca ese nombre en una parroquia de París, un nombre que nadie en la Bastilla había conocido excepto Saint-Mars. Resulta fácil suponer que Saint-Mars se ocupó de que se registrara con un nombre falso, uno que se le ocurrió al recordar a otro de sus prisioneros, que había coincidido en aquella primera prisión con el enmascarado; un extranjero sin familia ni amigos en Francia que pudieran reclamar su cuerpo o interesarse por él. Nadie se daría cuenta. 

Esto no era, por cierto, una práctica poco usual. Según Néstor Luján, en el plazo de dos años (entre 1703 y 1705) tres prisioneros de Estado, encerrados en la Bastilla, fueron enterrados con nombres prestados; nombres que habían pertenecido a reos de pequeños crímenes, desconocidos sobre los que nadie iba a indagar. Y sería lógico que en el caso que nos ocupa se optara por no revelar en un registro una identidad que con tanto celo se había guardado durante décadas.

¿Entonces hemos perdido el rastro del enmascarado? No; solo hay que retroceder de nuevo unos años. Todo comenzó diez años antes del asunto de Casale Monferrato...

miércoles, 13 de junio de 2012

Fouquet y la Máscara de Hierro (III)

Prisión de Fort Royal, isla Sainte-Marguerite

Fouquet había nacido en 1615. Eso significa que tenía 88 años en la fecha de la muerte del enmascarado en la Bastilla, y entre 72 y 83 durante su estancia en la isla Sainte-Marguerite. 

Quienes habían visto al hombre de la máscara en la isla dijeron que su cabello era blanco. Formanoir, seguramente al considerar la fecha de su muerte, expresa en su carta la opinión de que aún no podía ser anciano por entonces. Teniendo en cuenta la esperanza de vida a comienzos del siglo XVIII, calculó que sería más joven, y que sus canas tenían que ser prematuras. ¿Pero lo eran? 

No. No podían serlo. 

Un joven de cabello blanco hubiera sido un rasgo distintivo en extremo, como un faro entre la niebla. Seguramente no habría muchos cuyo físico ofreciera una característica tan llamativa y que lo hiciera fácilmente identificable. Siendo así, ¿cómo es posible que en lugar de ocultarle el cabello le tapen el rostro con una máscara que solo serviría, en este caso, para llamar más la atención sobre él? ¿Le cubren el rostro y dejan así que lo único que se vea sea precisamente lo que mejor lo identifica? Absurdo. Si tal hubiera sido el caso, le habrían puesto una peluca, aprovechando, además, que era cosa corriente llevarlas. 

Por otra parte, el acta de defunción de la Máscara de Hierro de 1703 habla de una muerte inesperada, acaecida sin enfermedad previa, una redacción que ciertamente no casa bien con un hombre de esa edad en una época en la que la esperanza de vida no era la misma que ahora, y que además no debía de estar muy en forma después de vivir tantas décadas anquilosado en una prisión. El superintendente no parecía gozar de tan buena salud en 1680. 

Celda del Hombre da la Máscara de Hierro

No es imposible, por supuesto: Puyguilhem, el que fuera durante años compañero de prisión de Fouquet, falleció con casi 91, aunque él no sufrió tantos años de encierro; pero hay que tener en cuenta que el enmascarado no ocupó ninguna miserable mazmorra, sino aposentos cómodamente amueblados, y que estuvo bien cuidado; que contaba con atención médica, y que se le concedían cuantos caprichos se le podían conceder a un prisionero. 

Pero resulta que existe la fotocopia del acta del entierro de la Máscara de Hierro, que poseyó la parroquia de Saint-Paul, ¡y el documento dice que el enmascarado tenía aproximadamente 45 años cuando falleció! 

Lamentablemente la persona que hizo la anotación debió de cometer un error o bien se limitó a escribir la información falsa que se le proporcionó. Si el prisionero tenía alrededor de 45 años en 1703, entonces sería solo un niño cuando entró en Pignerol en 1669. Pero nadie menciona a un niño, lo que hubiera sido verdaderamente remarcable. Es un dato que no se corresponde con la identidad de ninguno de los prisioneros, y que los estudiosos consideran imposible. 

En cuanto a Voltaire, atribuye a la máscara en torno a 60 años, pero eso es solo porque pretendía hacer coincidir su identidad con un hermano de Luis XIV, como vimos en su momento. No se basa en nada, excepto en la edad del propio rey. 

Gourville

Ahora bien, el asunto de Fouquet se embrolla aún más cuando un amigo suyo, Gourville, afirma en sus memorias que el superintendente había sido liberado poco antes de morir, una afirmación que también habría realizado en alguna ocasión la condesa de Vaux, nuera del propio Fouquet. Es curioso, porque el esposo de la condesa, a través del cual debía ella de conocer toda la historia, es la persona que estaba presente en Pignerol cuando su padre murió. Parece ser que quien estuvo allí fue quien menos convencido se mostró de esa muerte. Y pongamos este dato en relación con la frase que dejó escrita el hermano del superintendente: “No todos los hombres que se cree muertos lo están”. 

Por si tuviéramos la situación poco complicada, nos encontramos con que Robert Challes cuenta en sus memorias que, según confidencias de un colaborador de Colbert, Fouquet había sido liberado debido a la intercesión de la Delfina, pero unos tres meses después fallecía en Chalon-sur-Saône. La causa de la muerte habría sido probablemente una indigestión, aunque Challes apunta a un posible envenenamiento por parte de agentes de Colbert. 

Demos o no crédito a estos relatos, nos encontramos con un nuevo obstáculo en el propio certificado de defunción de la Máscara de Hierro, el documento con el que comenzamos esta serie: 

Tal vez los más observadores no hayan pasado por alto que en el margen hay una anotación hecha con posterioridad. Ampliando la imagen, puede leerse lo siguiente: 

“Después me he enterado de que en el registro le habían puesto el nombre de M. de Marchiel, y que se pagaron 40 libras por el entierro.” 


¡Vaya, pero si teníamos un nombre! ¿Y quién podrá ser el tal Marchiel? Partiremos en su busca.