miércoles, 30 de mayo de 2012

Los papeles de la Bastilla


La noche del 14 de julio de 1789, los manuscritos relativos al asunto de los venenos fueron recuperados de los fosos de la Bastilla por un personaje bastante peculiar: se trataba de Restif (o Rétif) de la Bretonne, el gran rival del Marqués de Sade. Digamos que Restif fue a Sade lo que Salieri a Mozart. En su obra Noches de París, nos cuenta: “Yo iba a ver cómo comenzaba el sitio de La Bastilla, y ya todo había terminado. La plaza había sido tomada, los enfurecidos arrojaban los papeles, papeles preciosos para la Historia, desde lo alto de las torres a las zanjas…” 

Pero la Historia tiene sus propios designios, y sucedió que pasaba por allí este hombre culto, un escritor que se entretuvo en ir recogiendo las hojas para hacerlas regresar al lugar del que habían salido: el castillo del Arsenal, a dos pasos de la Bastilla y que era el mismo lugar en el que se había instalado la Cámara Ardiente en su momento. Ahora esos documentos están en la Biblioteca Nacional de Francia, a disposición de investigadores y curiosos. A mediados del siglo XIX un bibliotecario tuvo la idea de publicarlos casi todos. 

Sobre la inocencia o la culpabilidad de la Marquesa de Montespan, el estudioso George Mongrédien, posiblemente el mejor especialista en el asunto de los venenos, la considera inocente de los cargos criminales. Es decir, su conclusión es que nunca intentó envenenar al rey ni a la duquesa de Fontanges, ni otorgó en ningún momento su consentimiento para que fueran sacrificados niños en las misas negras. De los documentos aportados por La Reynie, parece que el jefe de policía era de la misma opinión, y que tampoco el rey ni Madame de Maintenon creyeron en tales atrocidades a las que, sin embargo, sí dio crédito Liselotte. En cuanto a Colbert, al tener conocimiento de las declaraciones de Marguerite Monvoisin, exclamó: 

—¡Fantasmas, fantasías de visionaria! 

Gabriel Nicolas de La Reynie

Y nosotros consideramos que todo eso de los guantes y los venenos, referido a Athenaïs, no puede sostenerse en pie. Pensamos, en cambio, que si era tan conocida por estas personas era porque, efectivamente, había acudido con frecuencia en busca de afrodisíacos para Luis, y seguramente productos de belleza para sí misma, cosas que pensaba que la ayudarían a conservar su juventud. 

La razón de que todas esas personas coincidieran en acusarla pudo haber sido que, mientras estuvieron encerrados en la prisión de Vincennes, se cometió la imprudencia de tenerlos hacinados, en contacto unos con otros, y lo más probable es que se pusieran de acuerdo para convertirla en el blanco de sus declaraciones. Pensaban seguramente que si se creía que Madame de Montespan estaba implicada en el asunto, ellos nunca serían llevados a juicio: si comparecían ante el tribunal, la implicación de la marquesa se haría pública, y eso era algo que el rey no podía desear. Y, en efecto, así fue, aunque no tuvieron un destino mucho mejor. 

¿Y ustedes que opinan? ¿Cuál es su veredicto?

lunes, 28 de mayo de 2012

El Secreto del Rey


Eran muchas más las personas involucradas, y muy abultada la carpeta que el ministro Louvois le presentó al rey. De pronto todos habían comenzado a denunciar a la marquesa de Montespan como principal cliente de brujas y adivinas. Afirmaron con muchos detalles que La Voisin había acudido reiteradas veces al castillo de Clagny y a Versalles para entrevistarse con ella. Las acusaciones se hicieron cada vez más espeluznantes: La Voisin iba a poner en manos del Rey una solicitud extendida en papel saturado de veneno, el mismo día que la arrestaron, y había dado a la duquesa de Fontanges, rival de la marquesa, un par de guantes igualmente impregnados de veneno... 

Las acusaciones eran suficientes para que Luis se sintiera aterrorizado. No podía dar crédito a toda aquella sarta de atrocidades. Se produjo entonces una crisis de gobierno: Luis XIV convocó a sus ministros en un consejo extraordinario cuyas sesiones duraron largos días, al objeto de deliberar acerca de las medidas que convenía tomar al respecto. 

Pidió una pausa para reflexionar. La situación era de una gravedad extrema, porque atañía directamente a la mismísima persona del monarca y a su amante oficial. Si se llegaban a difundir las acusaciones, la cosa podría agravarse aún más. Los enemigos de Francia no debían llegar a saber que había estado unido a una criminal, envenenadora y bruja, porque entonces “no quedaría nada de la radiante fama de majestad que poseía”. Y no sólo eso, sino que Athenaïs, además, era la madre de varios de sus hijos, unos niños a los que tenía que proteger a toda costa. Decidió que era preciso evitar el escándalo, y que los papeles comprometedores no debían ser publicados. Había que solucionar aquello de modo más discreto. 

Al día siguiente suspendió las sesiones de la Cámara Ardiente y después ordenó a La Reynie que guardara en su casa, en lugar secreto, todos los papeles donde fuera mencionado el nombre de la marquesa. A continuación él mismo hizo proseguir la encuesta discretamente. 


Mademoiselle Des Oeillets, la camarera de Athenaïs, aseguró que quienes la habían identificado mentían, que no la conocían de nada, que nunca la habían visto siquiera, y exigió un careo con ellos. Se le concedió. Tuvo lugar en el castillo de Vincennes, y resulta que todos la reconocieron. 

Esto ya era muy complicado para Luis, que también había tenido algo que ver con esta mujer. Primero Olimpia, después Athénaïs y ahora esto. ¿Pero es que de pronto todas se le habían vuelto brujas? ¡Hombre, no, tres envenenadoras entre sus amantes era demasiado! 

Eliminados los pasajes comprometedores, que permanecían a buen recaudo en casa del jefe de policía, Luis restableció la Cámara Ardiente. Este tribunal condenó a algunas personas a la hoguera, pero aquellos que habían acusado directamente a madame de Montespan no llegaron a comparecer jamás ante los jueces. Esto no significaba que quedaran impunes, sino que, mediante órdenes secretas, fueron conducidos al Jura y al Franco Condado, donde terminaron sus días encerrados en fortalezas. Esto se hizo mediante una “lettre de cachet” que era una carta sellada por el rey en la que se ordenaba prisión sin juicio de la persona nombrada en ella. 

Louvois estimó prudente tomar algunas precauciones, así que al enviar a doce de las mujeres a Belle-Isle, entre ellas Chapelain y la propia Monvoisin, ordenó al intendente Chauvelin: 

“Cuidado, atención, todas estas mujeres son muy osadas. Su Majestad os ordena que las hagáis vigilar con muchas precauciones, y que se las trate severamente. Sobre todo tratad de impedir que se escuchen las tonterías que pueden llegar a gritar. Haced de modo que no tengan contacto alguno con el exterior” 

Para Guigoug, Coeuret y Gallet, enviados a Besançon, las mismas órdenes: que guarden silencio. 



El 21 de julio de 1682 se disolvió finalmente la Cámara Ardiente. Había condenado a muerte a 36 personas, torturadas y quemadas vivas; 4 enviadas a galeras; 36 desterradas y multadas y 36 absueltas. Los 81 afortunados que se beneficiaban de las cartas selladas, pasaron el resto de sus vidas encerrados e incomunicados en los varios calabozos de las prisiones francesas. Si hablaban era azotados. Treinta y siete años más tarde aún vivían algunas de estas personas. 

Mademoiselle des Oeillets nunca fue arrestada, sino que continuó viviendo en París hasta su fallecimiento el 1 de mayo de 1687. Al morir expresó su deseo de que el sacerdote de su parroquia dijese todas las noches la oración por la salud y la prosperidad de Su Majestad el rey Luis XIV. 

El único aspecto positivo es que a partir de entonces se reguló de manera muy estricta la venta de venenos en toda Francia mediante el Real Decreto del 31 de agosto de 1682. Quedaron terminantemente prohibidos los laboratorios privados, así como el ocultismo y las prácticas supersticiosas que tanto habían proliferado. 

Pero la participación de madame de Montespan en el asunto de los venenos no será conocida hasta el siglo XIX, al ser recuperados los archivos de la Bastilla. 

¿Quieren saber cómo se salvaron de la Revolución esos papeles?

sábado, 26 de mayo de 2012

Los testimonios contra Madame de Montespan (IV)


MARC ANTOINE GALLAUP DE CHASTEUIL es uno de los personajes más interesantes de esta trama. Nacido en noviembre de 1625 en el seno de una familia de la nobleza provenzal, era hijo del procurador general en la Corte de las cuentas de Aix-en-Porvence. Su hermano Pierre, poeta, era amigo de la famosa Madame de Scudéry, de La Fontaine y de Boileau. Gallaup era doctor en Derecho, y a los 20 años se hizo caballero de la Orden de Malta. Aventurero sin escrúpulos, sirvió a Condé durante la Fronda. 

En 1659 había tomado parte en una revuelta contra el Primer Presidente del Parlamento de Provenza, símbolo de la autoridad real, algo que estaba castigado con pena de muerte, pero logró escapar y refugiarse en Malta. Luego se cubrió de gloria combatiendo contra los piratas berberiscos, de los que permaneció prisionero durante dos años. Al cabo de ese tiempo su madre pudo rescatarlo pagando el rescate. 

A su regreso conoció al Caballero de Vanens. Chasteuil era entonces prior del convento de los Carmelitas en Marsella. Allí asesinó a su amante, que había tenido la desgracia de quedarse encinta, y la enterró en la capilla con la ayuda de un cómplice sin saber que un peregrino estaba observando toda la escena. Chasteuil fue arrestado y condenado a la horca, pero cuando el verdugo se disponía a ponerle la soga alrededor del cuello, una banda de forajidos dirigida por Vanens lo rescató de la muerte. 

Desde entonces trabajó con él en la piedra filosofal. Ambos compartieron los secretos de la alquimia y de otros preparados mucho más peligrosos. Años más tarde Chasteuil aparece en Turín, donde los duques le deparan un buen recibimiento y le confían la educación de su hijo y heredero. Fallecía en 1678, sin que se sepa a ciencia cierta cómo y en qué momento, ni si alguno de sus cómplices no juzgaría más prudente hacerlo desaparecer. 


MARGUERITE MONVOISIN era la hijastra de la Voisin y el testimonio definitivo para la policía. Confesó varios meses después de la muerte de su madre que la Montespan había tenido frecuentes tratos con las hechiceras: 

“Cada vez que veía que su favor disminuía, iba a buscar a mi madre para que le diese algún remedio. Mi madre, entonces, hacía decir misas sobre polvos destinados al rey. Eran polvos para el amor. Los había negros, blancos y grises. Mi madre los mezclaba. Algunos eran pasados bajo el cáliz por el sacerdote. Sí, a veces yo misma le llevé los polvos a la dama. La primera vez, si recuerdo bien, fue hace dos años y medio. La dama había ido a ver a mi madre, y después de haber conversado juntas mi madre me hizo presentarme ante la dama y le dijo: “Señora, ¿reconoceríais a esta niña?” La dama respondió: “Sí, siempre que reciba alguna señal.” Ese día se convino, creo que era un jueves, que la dama iría el lunes a los Petits Pères, y que yo iría con un antifaz, que me lo quitaría y fingiría escupir cuando viese a la dama, cosa que se hizo; y de paso, sin detenerme, le puse en la mano un paquetito de polvos cerrado que me había dado mi madre. Otra vez, entre Ville-d’Avray y Clagny, en la llanura, tuve la cita con la dama, para poner en sus manos un poco de polvos pasados bajo el cáliz.” 

Y su declaración siguió y siguió con todo ese lujo de detalles que ya conocemos : misas negras con el cuerpo de Athenaïs como altar, hechizos contra La Vallière, niños asesinados, filtros de amor, venenos contra el rey, contra Mademoiselle de Fontanges… 

“He visto a la dama acostada, completamente desnuda, sobre el colchón, con la cabeza colgando, una toalla sobre el vientre, y en la toalla una cruz, a la altura del estómago, el cáliz sobre el vientre, y el sacerdote… 

“—¿El nombre de ese sacerdote? 

“—El abate Guibourg. En la misa de la dama, él fue quien presentó un niño que parecía nacido antes de término. Fue él quien lo puso sobre la jofaina, quien lo degolló, quien derramó la sangre en el cáliz y lo consagró con la hostia. “ 

¿Por qué hizo esto Marguerite? Parece ser que no conseguía perdonar a Athenaïs que hubiera permitido que a su madre la quemaran viva, cuando en otros casos eran decapitadas antes de llevar su cuerpo a la hoguera. 

¿Mintió? No necesariamente, y sin que eso convierta en culpable a Athenaïs. Cabe señalar que la dama a la que vio completamente desnuda en esa misa negra, llevaba cubierta la cara y la mitad del pecho. A Marguerite le dijeron que se trataba de madame de Montespan, y ella lo dio por cierto, pero en ningún caso pudo comprobarlo con sus propios ojos. 


Las declaraciones de los implicados que hemos expuesto aquí no son, ni mucho menos, la totalidad de las que la policía había ido reuniendo en relación a este asunto. La Reynie se siente confundido, sobrepasado, sin saber en muchos casos dónde está la verdad: 

“Confieso que mi espíritu se confunde en la discusión de todas las razones que he tratado de examinar, como súbdito y como juez, y por más esfuerzos que hago por no tener ante los ojos otra cosa que mi deber, no puedo entender cuáles son las acciones más seguras y justas que proponer. Reconozco que no me es posible penetrar, por medio de mis opiniones particulares, la densidad de las tinieblas por las cuales me hallo envuelto. Pido tiempo para pensar más, ¡pero tal vez ocurra que después de haber pensado vea menos aún que en este momento! Todo lo sucedido hasta ahora me hace esperar, y lo espero con mucha confianza, que Dios terminará por descubrir este abismo de crímenes, y que por fin inspirará al rey todo lo que debe hacer en una ocasión tan importante.”

jueves, 24 de mayo de 2012

Los testimonios contra Madame de Montespan (III)


PHILIPPE GALLET. Un normando con gran reputación como fabricante de “polvos para hacer ganar en el juego, polvos para hacerse amar, polvos para hacer estornudar por última vez”. Este polvo para estornudar se podía echar en la sopa, en el vino o en perfumes, y la víctima moría al cabo de uno o dos días. Proporcionó varios paquetes destinados a la Filhastre y a Madeleine Chapelain, y afirmó que la Filhastre le había dicho que algunos de los afrodisíacos y venenos eran un encargo de madame de Montespan. 

Sin embargo, es probable que la bruja diera su nombre sólo para darse importancia, para impresionarlo y obtener así de él las mejores mezclas. 

ADAM COEURET. Apodado LESAGE (El Sabio), un normando comerciante de lana oficialmente, pero en realidad un terrible iniciado, vinculado al abate Mariette. Había sido condenado a galeras en 1668 por orden del propio rey, acusado de celebrar misas negras, pero extrañamente fue liberado cinco años más tarde gracias a la misteriosa intervención de alguien cuyo nombre no consta, pero que nos tememos que tuvo que ser Atehanaïs, quien había tenido tratos con él desde el año anterior de su condena. No parece haber nadie más con tanto poder y que también hubiera tenido alguna relación con él por entonces. 

Años más tarde, después de la declaración de la hija de La Voisin, y en contra de la opinión de La Reynie, el ministro Louvois ofreció a Lesage la libertad si hablaba, y vaya si habló. Fue el 26 de septiembre de 1680. Mencionó a la marquesa de Montespan, afirmando que La Voisin le había proporcionado con cierta regularidad unos "polvos" que le había encargado. Peor aún: supuestamente en 1667 había oficiado una misa negra con el abate Mariette, una ceremonia que La Voisin había dispuesto para Madame de Montespan, y en la que solicitaba la intercesión de Satanás para obtener el amor del rey. 

Los detalles que reveló eran tas escalofriantes que nadie lo creyó. Sin embargo, solo unos días más tarde eran confirmados por Françoise Filhastre. 

Lesage había prometido matrimonio a la Voisin. El problema es que ella estaba aún casada por entonces, por lo que se dijo que había tratado de asesinar al esposo para poder casarse con el amante. Sin embargo, más adelante se arrepintió y abortó el proyecto. 


El mago era experto en el arte de engañar a sus propios colegas. He aquí un testimonio de la bruja muy revelador sobre él: “Un día Coeuret, apodado Lesage, atrapó una paloma viva en el Valle de la Miseria [Muelle de los Curtidores, donde ya se vendían aves]. La quemó en un calentador, tamizó las cenizas y las guardó en su cuarto. Ese fue el comienzo de una cuarentena durante la cual recitaba todos los días la pasión de Nuestro Señor, en su habitación, con los pies en una tina de agua, aunque había una gran helada. Luego hizo poner un mantel blanco sobre una mesa y encender dos cirios. También le conseguí tres vasos de cristal, con los cuales hizo su misterio, que yo ignoraba. Me pidió que los guardase en un armario, con una rama de laurel, y que llevara la llave conmigo. Al día siguiente me pidió los tres vasos y la rama de laurel… y entonces abrí el armario: ¡Vacío! Coeuret me injurió, y me dijo que nunca más me daría nada para guardar. Estaba furioso. Una vez que se calmó, me mandó al retrete del jardín: ¡los tres vasos y el laurel se encontraban allí! Cuando le pregunté cómo hacía todo eso, respondió que era del apostolado y la compañía de las Sibilas.” 

Lesage pedía a la gente que escribieran en un papel sus deseos para ser presentados al diablo. Luego los metía en una bola de cera y la quemaba. La bola estallaba, porque en realidad él la sustituía discretamente por otra de salitre. El efecto resultaba espectacular. Al día siguiente devolvía a su cliente el papel intacto, diciéndole que el diablo ya lo había leído. 

En aquellos documentos no siempre había aspiraciones inocentes, sino que el mago encontraba en ellos mucho material para después extorsionar a los incautos que habían depositado su confianza en él 

CLAUDE DES OEILLETS. Ingresó como camarera al servicio de la Montespan en 1670. Esta es la mujer que de la que comentamos en su momento que tuvo una hija del rey. Comprometida en el asunto de los venenos por los mencionados Coeuret y Guibourg, habría servido de intermediaria entre la Montespan y la Voisin para transportar polvos y otros productos sospechosos. 

LA DUVERGER. Casera de Lesage. En la calle de los Curtidores ocupa una habitación en la que ha levantado un altar. Allí se habrían celebrado misas negras en el año 1667 con el objetivo de hacer morir a Luisa de La Vallière.

martes, 22 de mayo de 2012

Los testimonios contra Madame de Montespan (II)


El punto de partida de todas las investigaciones que la policía llevaba a cabo sobre Athenaïs lo había marcado unas enigmáticas declaraciones de un tal BARTHOMINAT, hombre de 35 años, alto, gordo, de rostro muy feo y picado de viruelas. Había servido hacía tiempo en el regimiento del conde de Guiche, pero en esos momentos era criado del caballero de Vanens, un alquimista que había inventado un nuevo veneno llamado la terminade y que además afirmaba que poseía el secreto para fabricar oro. Barthominat declaró: 

—El caballero de Vanens merecería ser descuartizado por cuatro caballos por los consejos que dio a Madame de Montespan. 

LOUIS, CABALLERO DE VANENS, era un hombre de porte altivo y buena planta. Había nacido en Arles, en Provenza, y al parecer sirvió en el regimiento de Artois. Él contaba que también había servido en la marina, y que fue capturado por piratas berberiscos que lo llevaron como esclavo a Argel. Se lo consideraba el responsable del fallecimiento del duque Carlos Manuel II de Saboya, al que habría envenenado. Fanfarrón, blasfemo, asesino a sueldo, falsificador, gozaba de casi total impunidad gracias a una importantísima dama de la corte con la que afirmaba mantener relaciones íntimas y a la que había dado los peores consejos. Aquí no se menciona el nombre, pero les ruego repasen la declaración de su sirviente Barthominat. ¿Qué les parece? 

Vanens fue arrestado por orden del ministro Louvois el 5 de diciembre de 1677. Otra de las personas arrestadas en relación con él declaró que se trataba de un envenenador a sueldo. Tras constatarse la relación de Vanens con Madeleine de La Grange y otros personajes tristemente conocidos, la policía comenzó a sospechar que era el jefe de una banda internacional de asesinos, y que formaba parte de una red de envenenadores en París. Lo que más les preocupaba era las enormes sumas de dinero que habían pasado a través del banquero Cadelan a manos de Vanens, algo que parecía indicar que tras ellas se ocultaba algún oscuro asunto de gran relevancia. 

Carlos Manuel II de Saboya

La policía sospechaba que Vanens, junto con el conde de Bachimont y su esposa, había envenenado al duque de Saboya en Turín. Marie, la esposa de Bachimont, era prima de Fouquet, y se decía de ella que había envenenado a su primer esposo, a su suegra y a su cuñada. 

El Caballero de Vanens se encontraba en Turín cuando fallecía Carlos Manuel, pero dos días después abandonaba la ciudad. Hacía una semana que el duque había regresado de una cacería empapado en sudor. Gozaba hasta ese momento de una excelente salud, pero ese día, tras cambiarse de camisa, comenzó a sufrir violentos vómitos y fuertes dolores de estómago, síntomas que podrían corresponderse con los de un envenenamiento por arsénico. 

A decir verdad la viuda, María Juana de Saboya, no mostró un gran duelo. De hecho la habían casado contra su voluntad, y tuvo una larga lista de amantes en la Corte. No tardó en abandonar los brazos del conde de Castelmelhor para refugiarse sin el menor recato en brazos del atractivo marqués de Saint-Maurice, diez años más joven que ella. El informe oficial de la muerte del duque fue llevado a Francia por el marqués, enviado por María Juana como embajador extraordinario. Y resulta que Saint-Maurice visitó a uno de los servidores de Vanens, precisamente a Jean Barthominat, durante su estancia en París. 

María Juana Bautista de Saboya-Nemours vestida de viuda

El alquimista estuvo prisionero en la Bastilla durante varios años mientras la policía esperaba reunir evidencias suficientes para poder demostrar sus crímenes, algo que no se consiguió. Tenía un perro consigo, y a medianoche recitaba oraciones sobre su cuerpo. 

Compareció ante el tribunal en abril de 1682. Para entonces su salud mental se había deteriorado. Solo pudo ser acusado de vender filtros amorosos y una lista de otros delitos menores, pero no se mencionó la muerte del duque de Saboya, y de ese modo no se le pudo aplicar la pena capital. Fue condenado a galeras, aunque se le conmutó la pena por la de prisión perpetua.


jueves, 17 de mayo de 2012

Los testimonios contra Madame de Montespan (I)


El sacerdote GUIBOURG era un anciano de mirada estrábica y cara carnosa y horrible que pretendía ser bastardo de la Casa de Montmorency. Servía ante el altar de Saint Marcel en la basílica de Saint-Denis, donde están enterrados los antiguos reyes de Francia. Este hombre confesó haber depositado en tres ocasiones un cáliz sobre el cuerpo desnudo de la marquesa de Montespan. El cáliz contenía, según él, la sangre de un recién nacido degollado instantes antes y mezclada con vino. Y afirmó haber celebrado una anti misa hacia 1667 o 1668 en el castillo de Saint-Germain, en las habitaciones de madame de Thianges, hermana de Athenaïs, una ceremonia en la que habría participado la marquesa recitando una extraña plegaria. 

Examinando esta declaración, el hecho de que no pueda precisar exactamente la fecha de esa ceremonia después de más de diez años le da cierta verosimilitud: si estuviera inventando toda la historia no tendría por qué dudar con el año, sino que elegiría el más conveniente. Ahora bien, esto no significa necesariamente que la marquesa tomara parte en esos ritos, tal como él afirmaba. 

MADELEINE CHAPELAIN era una joven y peligrosa envenenadora que confesó haber hecho celebrar en Saint-Séverin una misa durante el transcurso de la cual se puso una nota debajo del cáliz. La nota contenía el deseo de madame de Montespan de ser amada por alguien de categoría. 

Parece que su relación con la marquesa resultó probada. Sin embargo, Athenaïs podría acudir a ella simplemente en busca de un filtro amoroso. 

FRANÇOISE FILHASTRE era una gran proveedora de polvos envenenados. Pertenecía a una honrada familia del Borbonesado y tenía un hermano que era capitán de las galeras del rey. En París regentaba una casa de orgías cerca de la calle Berry. Era amante de Madeleine Chapelain. Esta mujer había ofrecido uno de sus hijos al abate Coton para que lo sacrificara al demonio, según su propia confesión. También declaró haber asistido a una de las misas negras sobre el cuerpo de madame de Montespan. 

Pero no fue tan sencillo. De hecho, comenzó negándolo todo: 

—Poned, si queréis, que he envenenado a la mitad de París. Ahorcadme, si queréis, será mejor que dejar que me consuma, como lo hacéis. Nunca he visto ni oído hablar de venenos, ni de ninguna de las cosas que me preguntan.

Se la acusaba de muchos crímenes, inclusive de utilizar la grasa de los ahorcados, que le proporcionaba el verdugo de la capital de su Estado. Y se decía de ella que a menudo se había ofrecido al príncipe de las Tinieblas en misas orgiásticas que celebraba el abate Coton, su cómplice y también amante junto con Madeleine. 


El 30 de septiembre de 1680 el abate y ella fueron condenados a ser quemados vivos, después de haber sufrido el interrogatorio extraordinario, aquel que incluía la tortura. La bruja, al borde de la muerte, dijo cuanto pensó que sus jueces desearían escuchar. 

La instalaron en la silla del interrogatorio. Le ataron fuertemente las manos y los pies y le ajustaron los borceguíes, cuatro planchas gruesas entre las cuales se apretaban las piernas con cuerdas y cuñas de hierro, de forma que llegaban a quebrar los huesos. Las cuñas, por cierto, eran hundidas a martillazos. 

Nicolás de La Reynie nos ha dejado el informe del interrogatorio: 

“A la primera cuña martillada, confesó: 

“—Sí, hice el tráfico de polvos para el amor. Me los proporcionaba Gallet. Eran los mismos que llevaba madame de Montespan para el rey… 

“A la tercera cuña, al borde del desvanecimiento, murmuró: 

“—Madame de Montespan hizo dar venenos a mademoiselle de Fontanges, y polvos de amor para mantenerse dentro de las buenas gracias del rey. Con la Chapelain, madame de Montespan quería envenenar a mademoiselle de Fontanges.” 


Y luego, con el dolor, sus frases se van volviendo más inconexas: 

“—Guibourg ha trabajado por el pacto… también se intentó envenenar al señor Colbert… Gallet es un hombre malévolo…” 

Después de cuatro cuñas, la desatan y la acuestan sobre un colchón. La Reynie quiere una nueva confirmación libre ya de la tortura. 

“—Sí, sí, fue la Chapelain quien me dijo que Madame de Montespan la había visitado y le había pedido algo para hacer morir a mademoiselle de Fontanges sin que se notara, y también para volver a gozar de la buena gracia del rey…” 

Y entonces se desvaneció en brazos de su confesor. Al día siguiente fue quemada en la plaza de Grève. Pero antes de que el verdugo cumpliera con su labor, el policía quiso volver a visitarla. Y dicen que esta última visita amargó la vida del policía porque tuvo que escuchar lo siguiente: 

“—Sabed, señor, que todo lo que declaré es falso. Sólo lo hice para librarme del sufrimiento y el dolor de los tormentos, y en el temor de que se me volviera a torturar. Os digo esto porque no quiero morir con la conciencia abrumada por una mentira.”


¡Hasta la próxima semana!

martes, 15 de mayo de 2012

La Cámara Ardiente


En tiempos de Luis XIV el Arsenal, a dos pasos de la Bastilla, era un depósito de armas, y a veces cámara de justicia. En 1664 había sido sede del proceso contra Fouquet, y ahora se había convertido en la llamada Cámara Ardiente, en la que un tribunal especial, a semejanza de los que en otros tiempos se habían ocupado de los herejes, se encargaba de juzgar el asunto de los venenos. El curioso nombre parece derivar del hecho de que la sala aparecía toda cubierta de negro e iluminada con antorchas.

El 10 de abril de 1679 se reunía por vez primera en el Arsenal la Cámara Ardiente. Para impedir que se difundieran los detalles de las investigaciones, la sesión fue secreta.

El procedimiento consistía en arrestar a los sospechosos e interrogarlos ante el procurador general, quien podía ordenar el careo con otros acusados si lo estimaba pertinente. En tal caso, se enviaba un informe de la confrontación a los jueces, y estos decidían si quedaban en libertad o continuaba el interrogatorio. De continuarse, habría un nuevo informe para los jueces, que deliberarían entonces si absolvían al detenido o continuaba el proceso. Los que no resultaban absueltos se enfrentaban a un tercer interrogatorio que recibía el eufemístico nombre de “la Cuestión”, y que consistía en una sesión de tortura. Si se conseguía hacer hablar al acusado, se dictaba sentencia, una resolución con carácter definitivo e inapelable.

En realidad poca validez puede darse a unas declaraciones en las que se denunciaban unos a otros para tratar de evitar la tortura, y mucho menos credibilidad inspiran aquellas arrancadas mediante la aplicación del tormento. Hubo muchas invenciones, y la calumnia se mezclaba indisolublemente con la verdad. 


Todo el mundo en la corte tenía miedo a ser señalado, y según Primi Visconti, “puedo aseguraros que muchas damas pasaban las noches desveladas, y muchos hombres estaban aún más preocupados, pues parecía que ahora iban a ir a por los homosexuales”.

Bajo tortura, La Voisin había acabado confesando que la cuñada de Athénaïs, Antoinette de Mesmes, duquesa de Vivonne, había hecho pactos con el diablo. Antoinette le entregaba el alma a cambio de recibir una determinada cantidad de dinero durante un periodo de tiempo, y de adquirir el poder de enamorar a cualquier hombre que eligiera. Peor aún: Antoinette había solicitado sus servicios para asesinar a su esposo, y se la acusaba de encargar misas negras para que el rey abandonara a Madame de Montespan y volviera sus ojos hacia ella. Durante una de esas ceremonias habría permitido que fuera sacrificado uno de sus propios hijos. 

Al mismo tiempo el primo de Athénaïs, el marqués de Thermes, buscador fanático de la piedra filosofal, había secuestrado al amante de La Voisin y lo retuvo durante meses en un laboratorio en la torre de su castillo.

A finales de julio de 1680 Louvois ordenaba a La Reynie que no se juzgara a los prisioneros en ausencia del rey. Dos meses más tarde escribía al procurador general de la cámara del Arsenal:

He leído al rey las cartas que me escribisteis ayer y hoy, y las memorias que las acompañan. Su Majestad ha visto con desagrado, en cuanto a su contenido, la apariencia de que Madame de Vivonne ha tenido comercio criminal con la Filastre y otros prisioneros de Vincennes; pero como la prueba aún no está completa, ha estimado mejor asegurarse más…


Pero no todo eran invenciones. La Reynie topó con suficiente horror en el transcurso de las investigaciones como para declarar que había perdido la fe en la naturaleza humana: “Las vidas humanas están a la venta y se negocia con ellas a diario como con cualquier artículo; se tiene al asesinato como único remedio cuando una familia atraviesa dificultades; se practican hechos abominables en todas partes: en París, en los suburbios y en provincias.”

Colbert se encontraba aprensivo. Existen numerosos testigos que se muestran convencidos de que se estaba atentando contra su vida. En una carta a uno de sus hermanos, el ministro parece confirmar este punto. Se queja del estómago, y es algo que da que pensar a La Reynie. El policía dejó escritas instrucciones para investigar la enfermedad que había padecido Colbert.

Los papeles de Colbert y La Reynie durante ese periodo están llenos de alusiones a la marquesa de Montespan en relación con el asunto de los venenos desde aquella declaración de Marguerite Monvoisin, si bien procuraban omitir su nombre en las transcripciones de los interrogatorios:


“Cada vez que le ocurría algo nuevo a la Dama, y esta temía que disminuyesen las buenas gracias del Señor, visitaba a mi madre para que le llevase algún remedio. Mi madre entonces hacía decir misas sobre polvos destinados al Señor. Eran polvos para el amor. Los había negros, blancos y grises. Mi madre los mezclaba. Algunos eran pasados bajo el cáliz por el sacerdote. Sí, a veces yo misma llevé los polvos a la Dama.”

Resultaba evidente quién era la Dama, y quién el Señor, y también que Madame de Montespan acudía a solicitar afrodisíacos a la Voisin, filtros amorosos con los que esperaba retener al rey. Pero a partir de ahí comenzaron a multiplicarse las declaraciones que trataban de complicarla en toda clase de asuntos de cariz más siniestro.

El rey estaba prevenido en todo momento acerca de lo que los detenidos iban declarando sobre Athénaïs. Para finales de agosto de 1680 estaba francamente preocupado. 

Nosotros iremos examinando aquí esos testimonios para decidir cuánta credibilidad podemos dar a cada uno.

sábado, 12 de mayo de 2012

La acusación contra Madame de Montespan

Madame de Montespan

Un día La Reynie, teniente general de la policía, entró en el despacho del ministro Louvois con un importante dossier en sus manos, algo que iba a hacer temblar los cimientos de la Corte. 

—Leed esto —pidió con apremio al ministro, sin más preámbulos. 

Louvois se inclinó sobre los papeles y dejó que sus ojos recorrieran con asombro aquellas líneas. No levantó la cabeza hasta que hubo leído suficiente para compartir la alarma de La Reynie. 

—Esta vez no hay duda posible. Debemos advertir al rey.

Los dos intercambiaron una significativa mirada. Jamás habían tenido entre sus manos un documento tan comprometedor. El dossier contenía la transcripción completa de la confesión de Marguerite Monvoisin, la hijastra de la Voisin, y esta declaración era una acusación directa contra madame de Montespan. La madre nunca había mencionado su nombre, pero, curiosamente, la hija sí. 

Desde la muerte en la hoguera de la Voisin y sus compinches, los bajos fondos de París eran registrados en busca de otros hechiceros, traficantes de venenos, falsificadores, alquimistas y demás siniestros personajes que continuaban siendo arrestados. El asunto adquiría tan grandes proporciones y eran tantos los personajes a los que se trataba de implicar que tarde o temprano alguien tenía que mencionar el nombre de la marquesa.


Durante los interrogatorios, algunos de los brujos y hechiceras mencionaron un complot para asesinar a la duquesa de Fontanges. Marguerite fue la primera en dar testimonio de ello, implicando a su vez a otras personas. Bertrand y Romani, amantes de Marguerite, fueron arrestados como sospechosos en 1681. 

Según la declaración de la joven, el plan era hacerlos entrar a ambos en casa de Angélique disfrazados de mercaderes para venderle mercancías envenenadas: tejidos, sedas, guantes y cuantos productos ofrecían habían sido tratados con sustancias tóxicas. Sin embargo, en el último momento Madame de Montespan, advertida seguramente de que La Reynie vigilaba a todos aquellos que habían estado relacionados de un modo u otro con la Voisin, supuso que seguirían a los dos hombres y, por precaución, dio orden de aplazar la visita. 

Pero la más grave de las afirmaciones era que Athénaïs había planeado con la Voisin y la Trianon no solo la muerte de Angélique, sino también la del rey. 

Supuestamente Madame de Montespan habría contratado los servicios de Françoise Filastre, cómplice de la Voisin. La Filastre, de quien se decía que había sacrificado a uno de sus propios hijos en una misa negra, era la mujer que le proporcionaba los afrodisiacos que la marquesa administraba al rey. Esta hechicera se habría desplazado fuera de París para hacerse con un veneno que no dejara ninguna señal. 


Cuando la Filastre fue interrogada acerca de la extraña muerte de la duquesa de Fontanges, admitió que Madame de Montespan le había encargado su asesinato, pero más tarde se retractó y afirmó que lo había declarado para librarse del tormento. La mujer había intentado entrar al servicio de la duquesa, aunque fue arrestada antes de conseguirlo. Ella declaró entonces que su intención había sido, simplemente, colocarse como empleada doméstica. 

Siempre de acuerdo con la declaración de Marguerite Monvoisin, el rey iba a ser envenenado primero. La Voisin y sus cómplices pensaron en poner alguna sustancia tóxica en la ropa del rey o en algún lugar por el que fuera a pasar, lo que Mademoiselle des Oeillets, a la que también implicaron, dijo que podría hacerse fácilmente. Pero después de reflexionar, la Voisin optó por otro plan: según una antigua costumbre de los reyes de Francia, durante determinados días Luis solía recibir en persona las peticiones presentadas por sus súbditos. Todo el mundo era admitido a su presencia, sin distinción de rango. Se decidió aprovechar la ocasión para impregnar con veneno el papel en el que redactarían la petición. La Trianon iba a preparar la mezcla y la Voisin sería la encargada de entregarlo en manos del rey. 

Los compañeros de la hechicera se asombraban de su audacia al desear entregar personalmente el papel al rey. La mayoría de ellos temían las horribles torturas reservadas a los regicidas, y para asustarla elaboraron su horóscopo. El documento fue encontrado entre los papeles que fueron examinados por el tribunal, y en él la Trianon había predicho que su colega resultaría implicada en un crimen contra el Estado. 

—¡Bah! —replicó la Voisin—, se pueden ganar cien mil escudos. 


El policía La Reynie dejó sobre este asunto una serie de notas apresuradas, a veces con frases sin terminar:

"Según las declaraciones de la joven Voisin, se demuestra que el viaje de la Voisin a Saint-Germain fue para presentar la petición: Bertrand la escribió, fue a enterarse de qué había hecho la Voisin, supo que estuvo allí desde el domingo sin haber podido entregarla, que había dado la vuelta e iba a regresar. De acuerdo con esto, es evidente que la finalidad del viaje de la Voisin a Saint-Germain fue entregar la petición.

"La Trianon y La Vautier están de acuerdo en ese viaje. La Trianon anotó en su horóscopo el asunto de Estado, el crimen de alta traición…"

jueves, 10 de mayo de 2012

La extraña muerte de la duquesa de Fontanges


A su regreso a la Corte, Angélique de Fontanges aún se sentía débil. Aunque parecía estar casi recuperada de su dolencia, poco después su salud volvía a empeorar. Algunos cortesanos, como Madame de Caylus, parecían creer que su nueva indisposición se debía a otro nacimiento prematuro, pero difícilmente hubiera podido ser así, puesto que las pérdidas que tenía desde hacía largos meses no se lo habrían permitido. 

Al volver a padecer fiebres muy altas, le fue preciso retirarse de nuevo. El 23 de marzo de 1681 partía hacia la abadía de Port-Royal de París. 

Luis enviaba al duque de la Feuillade tres veces por semana para llevarle noticias sobre su salud. Pero presintiendo su próximo final, Angélique lo hizo llamar para verlo por última vez. 

El rey se presentó en la abadía y se sentó en un sillón que le prepararon junto al lecho de la moribunda. 

—Un poco más cerca —pidió ella, intentando sonreír—. Os esperaba. Habéis venido, y con eso olvido todos mis padecimientos. 

Luis no era capaz de articular una palabra. Cuando ella le tendió su mano, se la llevó a los labios sin poder contener las lágrimas. Ver su emoción confortó a la duquesa de Fontanges. 

—Doy las gracias a Vuestra Majestad —le dijo—. Muero feliz, pues he visto llorar a mi rey en mi lecho de muerte. 
Abadía de Port Royal, hoy un hospital

Fallecía en la madrugada del 28 de junio de 1681, con apenas veinte años de edad. Angélique era enterrada en la iglesia del convento, en presencia de su hermano y del duque de Noailles. Su corazón fue trasladado a la abadía de Chelles, donde su hermana era abadesa. 

Sus últimas palabras habían conmovido a toda la corte, excepto a Madame de Montespan, que, eligió mal momento para despojarse de su habitual hipocresía. Incurriendo en el enojo del rey, manifestó una alegría indecente por su muerte y siguió mostrando aversión hacia la que había sido su rival. 

—Si habló bien, es porque iba a morir —dijo—. Nunca tuvo una palabra que decir en toda su vida. 

“No creo que haya un ejemplo parecido de una persona tan feliz y tan desdichada”, escribió Madame de Sévigné, que hizo su epitafio con pocas palabras: “La bella Fontanges ha muerto. Sic transit gloria mundi”. 

En la Corte los poetas recordaron estos versos de Malherbe: 

Mais elle était du monde où les plus belles choses 
Ont le pire destin, 
Et rose, elle a vécu ce que vivent les roses, 
L’espace d’un matin.

Pero ella era del mundo donde las más bellas cosas 
Tienen el peor destino 
Y como rosa, vivió lo que viven las rosas, 
Tan solo una mañana.

Angélique de Fontanges

Tras su muerte se creó una leyenda romántica. Cuenta la historia que en 1695 el fantasma de Angélique se apareció al rey cuando acababa de acostarse. Venía a pedirle que se apartara de la marquesa de Maintenon y se volviera únicamente hacia Dios. La duquesa de Fontanges le recordó todas las veces que en vida le había jurado que era ella la mujer que más amaba. Ahora se sentía desolada al ver que la había olvidado tan pronto en brazos de otra. Le dijo que separarse de Madame de Maintenon era el único modo de aliviar su futuro castigo en el Purgatorio, pues allí era donde ella se encontraba, y adonde él iría después de la muerte. Le anunció, también, que sus años de reinado estaban contados —algo en lo que evidentemente el espíritu se equivocó— y que pronto se reuniría con ella. Por último, declaró que había sido Madame de Montespan quien la hizo envenenar. 

Liselotte también se muestra convencida, y no vacila en acusar directamente a Madame de Montespan. “Era la mujer más malvada del mundo. Sé de tres personas a las que ha envenenado: Mademoiselle de Fontanges, su hijito y una señorita próxima a la Fontanges, sin contar aquellos a los que no conozco”. Y en otro párrafo vuelve a la carga: “No cabe duda de que Fontanges murió envenenada. Ella acusó a Montespan de ser la causa de su muerte. Un sirviente al que había sobornado aquella favorita la mató a ella y a otras personas de su entorno con leche envenenada. Dos de esas personas murieron con ella, y se dijo públicamente que habían sido envenenadas.”

Eran, sin embargo, rumores que la historia no reconoce como ciertos. Como alguien dijo una vez, “si Madame de Montespan hubiera deseado matar a alguien, habría puesto el veneno en la taza de Madame de Maintenon”. 

Madame de Montespan

En realidad la desdichada Angélique no necesitaba veneno para terminar pronto sus días. Según la autopsia, había padecido una tuberculosis; el pulmón derecho aparecía lleno de materia purulenta y había “agua en la membrana que envuelve el corazón”. Sin embargo, no quedaban bien explicadas las pérdidas que había continuado teniendo desde que diera a luz. Al parecer los doctores pensaban que había interrumpido sus embarazos intencionadamente, cuando en realidad nada había deseado más Angélique que tener un hijo del rey que consolidara su posición como favorita. 

A lo largo del siglo XX diversos médicos se interesaron por la causa de su muerte. Según una opinión, Angélique falleció a consecuencia de una pleuroneumonía causada por la tuberculosis que padecía. Hace unos años un especialista en ginecología, Yves Malinas, concluyó que había fallecido a consecuencia de un cáncer de la membrana fetal, mientras que otra teoría plantea que al dar a luz, un trozo de placenta quedó alojado en la matriz, causando las hemorragias. Sin embargo, todo el mundo en la Corte estaba convencido de que la duquesa de Fontanges había sido envenenada, y, en cualquier caso, fuera cual fuese finalmente la causa de su muerte, podría ser cierto que en la abadía se produjera un intento de envenenamiento.

domingo, 6 de mayo de 2012

La Duquesa de Fontanges (V)


“Madame de Fontanges es duquesa con veinte mil escudos de pensión. Hoy recibió las felicitaciones en la cama. El rey apareció allí públicamente… Ella va a pasar la Pascua a una abadía que el rey ha donado a una de sus hermanas. He ahí una separación que hará honor a la severidad del confesor. Hay quien dice que este arreglo parece sugerir una despedida… El tiempo lo dirá.”. Así se hace eco de la noticia Madame de Sévigné en su correspondencia. 

El confesor al que se refiere es el padre La Chaise, quien encontraba preferible que, ya que el rey no podía evitar pecar, lo hiciera con Mademoiselle de Fontanges en lugar de con Madame de Montespan, porque al ser Athénaïs también casada, en su caso el adulterio era doble. La Montespan solía hacer un juego de palabras diciendo que el padre La Chaise estaba en una chaise de commodité. El apellido del jesuita significa “la silla”, y en la corte se llamaba eufemísticamente “silla de comodidad” a la que utilizaban como excusado. 

Las relaciones de Athénaïs con Luis alcanzaban su máximo grado de tensión. Bussy escribe el 18 de mayo que el rey, “al entrar en su carruaje con la reina, cruzó algunas palabras airadas con Madame de Montespan acerca de los perfumes que usa siempre y que enferman a Su Majestad. Al principio el rey le habló con cortesía, pero como ella replicó con suma acritud, Su Majestad se acaloró. Por mi parte, no creo que ella vaya a permanecer mucho tiempo en la Corte. Cuando los amantes, después de haber roto, no consiguen mantener una amistad, generalmente se van al otro extremo”. Y el día 25 Madame de Sévigné informa de “una terrible pelea el otro día entre el rey y Madame de Montespan."

Madame de Montespan

Pero a Angélique no le va mucho mejor. Se da cuenta de que el amor de Luis disminuye de día en día, o que tal vez ya ni existe. Era una linda muñeca, pero el rey no compartía con ella gustos ni aficiones, y ni siquiera podía mantener una conversación interesante. Madame de Caylus nos dice que Luis nunca había visto en ella otra cosa que un bonito rostro, y que “incluso se avergonzaba cada vez que ella abría la boca en presencia de una tercera persona. Uno se acostumbra a la belleza, pero no a la estupidez, especialmente cuando se ha vivido con una persona del ingenio y el carácter de Madame de Montespan”. Y Touchard-Lafosse cuenta que “a Mademoiselle de Fontanges le cuesta mantener una conversación; el rey sufre al oírla hablar, y parece apurado cuando está con ella en público.” 

El 17 de junio Madame de Sévigné escribía: “Madame de Fontanges llora todos los días por no ser amada”. Madame de Caylus afirma que Angélique amaba realmente al rey, y la duquesa de Orleáns dice de ella que era “furiosamente romántica”. Touchard-Lafosse añade que “su carácter tiene un fondo de sensibilidad romántica que la hace llorar ante la menor contrariedad”. 

Liselotte dice que Mademoiselle de Fontanges había tenido un sueño en el que se le revelaba todo su porvenir, y que contó a su confesor: antes de convertirse en la amante del rey soñó que había subido a una montaña muy alta, y al alcanzar la cima un gran resplandor la había deslumbrado. De pronto se hizo de noche y, al sumirse en la oscuridad más absoluta, sintió miedo y se despertó. El capuchino le dijo que no hacía falta ser adivino para interpretar ese sueño: la montaña era la corte, el brillo que la deslumbró era el rey y las tinieblas el pecado. 

La duquesa de Fontanges, muy enferma, solicita permiso para retirarse una temporada a una abadía, lo bastante próxima a la Corte como para poder regresar fácilmente en cuanto se recupere con el reposo. El 17 de julio Madame de Sévigné comunica su partida: 

“Madame de Fontanges ha salido hacia Chelles. Seguramente iré a verla si estoy en Livry… Todas sus hermanas estaban con ella; pero es todo tan triste que daba lástima verla… Pálida, cambiada, abrumada por la tristeza, despreciando cuarenta mil escudos de renta y un taburete* que tiene y queriendo salud y el corazón del rey, que no tiene.” 


Retirada en el convento, Angélique languidecía con cada día que pasaba. Por la corte comenzaron a difundirse rumores de que creía que estaba siendo envenenada y que iba a solicitar guardias para su protección, según cuenta Madame de Sévigné a su hija en una carta del 1 de septiembre. Se dijo también que había sido encontrado veneno en unas botellas de agua que afortunadamente no había llegado a beber. 

Sin embargo, su salud pronto mejoró. El reposo en la abadía le sentó bien y, recuperada la belleza que la enfermedad le había hecho perder, regresó a la Corte en agosto. Pero Para entonces encuentra que el rey pasa demasiadas horas conversando con Madame de Maintenon, cuya compañía parecía habérsele hecho indispensable. 

Esto mortificaba igualmente a Athénaïs. Madame de Sévigné escribe que “Madame de Montespan sufre en su orgullo, y se siente aún más ultrajada por el alto favor del que goza Madame de Maintenon. Su Majestad pasa dos horas en sus aposentos con mucha frecuencia, hablando con una amistad y confianza que los convierte en el lugar más deseable del mundo.” 


*El derecho de taburete es el derecho que tienen las duquesas a sentarse en presencia de la reina. En cuanto a la renta, Madame de Sévigné comete aquí un error o una exageración. Eran 22.000 escudos.


La próxima semana seguramente no podré asomar mucho por aquí. Espero que sea por pocos días. Muchas gracias a todos.

jueves, 3 de mayo de 2012

La boda del Gran Delfín

Luis de Francia, el Gran Delfín - The Lost Gallery

Poco después de la boda de Mademoiselle de Blois con el Príncipe de Conti, fue el tiempo de ocuparse del matrimonio del Delfín, que ya contaba 18 años. Lo habían prometido con María Ana Cristina Victoria, hija del Elector de Baviera, una joven de la que se decía que no era muy bella, pero que en cambio poseía una gran inteligencia. 

—Monseigneur nunca amará a esa mujer —había sentenciado Athénaïs al ver el retrato. 

El rey había enviado a uno de sus cortesanos, al que estimaba por hombre honesto y alejado de toda adulación, para traerle informes sobre el aspecto de María Ana. La respuesta fue: 

—Sire, después del primer golpe de vista, quedaréis contento. 

Liselotte iría más allá al afirmar directamente que la encontraba “horriblemente fea”. En cuanto a Madame de Sévigné, reconocía que no era bonita, pero en su opinión la falta de belleza resultaba compensada por su mucho encanto. 

El 26 de enero los reyes y el Delfín se dirigen a su encuentro con la Corte, y con todos ellos también va Angélique de Fontanges entre extraordinaria pompa. Si el carruaje de Madame de Montespan contaba con seis caballos, ella exigía que el suyo tuviera ocho. Además estaba recubierto de oro y adornado con blasones igual que el del propio rey, y escoltado por un perfecto ejército de servidores y pajes. Su séquito era impresionante. Madame de Sévigné, que la llama “el Gato Gris”, por el color con el que hacía vestir a sus lacayos, nos cuenta maliciosamente cómo vio en el patio del château de Saint-Germain “un espléndido carruaje, completamente nuevo, con ocho caballos, todo cubierto de blasones; muchos carros y vagones, 14 mulas, muchos sirvientes con librea gris. Y dentro del carruaje se sentaba la persona más bella de la Corte. Es probable que Alguien visite por las noches a esta persona. ¡Qué cambio de escenario!”. 

María Ana de Baviera

La Delfina llegó a Estrasburgo, donde fue recibida por muchos altos dignatarios que se dirigieron a ella en su lengua materna. 

—Señores, habladme en francés —les pidió ella, con un ánimo de integrarse en su nuevo país que no iba a lograr mantener. 

Entre las personas que habían acudido a su encuentro se hallaba Madame de Maintenon, a la que el rey, deseoso de conocer su impresión, había despachado por delante para que examinara a la novia y juzgara sus cualidades. A su regreso la marquesa no hizo ningún comentario acerca del físico de María Ana, sino que alabó su dignidad. 

El cortejo, encabezado por el rey y el Delfín, se encontró con la Delfina a dos leguas de Vitry y luego se dirigieron todos juntos a Villers-Cotterêts, donde se habían preparado grandes fiestas en el castillo de Francisco I. Madame de Maintenon y la mariscala de Rochefort tuvieron el honor de viajar en el carruaje real con el rey y María Ana. 

María Ana de Baviera recibió la visita privada del rey y del Gran Delfín. María Ana se arrojó a los pies de Luis, que la alzó y la abrazó. Luego le dirigió unas palabras de bienvenida. 

—Madame, es a mi hijo a quien os entrego —añadió, y ella prometió hacer cuanto fuera posible por merecer ese honor. 

En cuanto al Delfín Luis, siempre tímido, se conformó con darle a su esposa el abrazo protocolario. 

Luis de Francia, el Gran Delfín

La ceremonia se celebró en Châlons, donde fue recibido el cortejo por la reina María Teresa. Por la tarde, en el palacio episcopal el cardenal de Bouillon dio la bendición a los esposos. Después ambos se retiraron a la alcoba, seguidos, como ordenaba la etiqueta, por la familia real y los cortesanos. Luis XIV tendía la camisa de noche a su hijo, y la reina hacía otro tanto con su nuera. Después se corrieron las cortinas del lecho, dejando a los recién casados en la intimidad. 

Según costumbre, a la mañana siguiente se despacharon misivas a las cancillerías de las diversas cortes europeas para comunicar que el matrimonio había sido consumado. 

Una gran misa en la catedral de Châlons cerró las celebraciones. Después la corte regresó a París. 

Pero, contrariamente a lo que imaginaba Madame de Sévigné en su carta, Luis no había pasado las noches en los apartamentos de Mademoiselle de Fontanges, sino en los de la recién llegada Delfina. Y no por ella, cuyo humor era melancólico y taciturno, sino por disfrutar de la compañía de Madame de Maintenon. 

María Ana de Baviera

La viuda subía imparable en la estima de Luis. Los cortesanos comenzaban a hacer apuestas acerca del tiempo que le quedaba a Angélique, seguros de que el rey ya había comenzado a aburrirse de ella. Sin embargo, como si quisiera acallar esos rumores, el 6 de abril Luis la convierte en duquesa de Fontanges. Angélique recibía, al mismo tiempo, una pensión de 20.000 escudos y el nombramiento de su hermana Catherine como abadesa de Chelles. 

La rapidez con la que había conseguido el título enfurece aún más a Madame de Montespan. Ella llevaba doce años al lado del rey; le había dado siete hijos; era más su esposa que la propia reina y, sin embargo, por culpa de su marido, que se negaba a divorciarse, seguía siendo tan solo marquesa. Mientras estuviera casada, el título debía ser otorgado al esposo, lo que dificultaba y hacía inoportuna una concesión que, en cualquier caso, no hubiera sido aceptada por el gascón de rudos modales. 

¡Y aquella boba insípida que no tenía conversación, apenas llegaba se convertía en duquesa! 

No pensó que se trataba de un honor que para Luis solía ser un regalo de despedida.

martes, 1 de mayo de 2012

Carta de Liselotte a Luis XIV


Saint-Cloud, jueves 24 de mayo de 1685

He sabido con mucho dolor y sorpresa, Sire, que Vuestra Majestad había dicho al padre La Chaise que os ponía mala cara. Sé que sois mi rey, y por tanto mi señor, y no osaría jamás poneros mala cara. Pero confieso que lo que Vuestra Majestad llama enfado es una profunda tristeza que se ha apoderado de mí, y con ello no pensaba desagradaros […] Pues, Sire, ¿podéis creer que pueda escuchar con sangre fría que se me haya faltado ante Vuestra Majestad? ¿Que se hayan usado atroces patrañas para perderme en vuestra consideración, y que las hayáis creído de tal modo que, lejos de examinar los hechos y dejarlos en suspenso un momento, me condenáis y ordenáis que se me diga de vuestra parte que, si no fuera vuestra cuñada, me habríais expulsado de la Corte? Palabras que me causan más sorpresa por cuanto nunca me habría creído nacida para oírlas. Pero, como os he dicho, sois mi rey, y soy yo quien ha de sufrir; y aunque ello me haya dolido hasta lo más profundo, siempre he estado convencida, os lo confieso, de que teníais aún suficiente bondad hacia mí para escuchar mi justificación y darme ocasión.

Sin embargo, solo he visto a Vuestra Majestad rodeada de tanta gente que no me ha sido posible deciros nada, lo que ha aumentado mi tristeza y el aspecto taciturno que Vuestra Majestad ha visto. Confieso que he sentido cólera, pero contra los crueles enemigos que me han calumniado ante vos, y no contra Vuestra Majestad. Mi dolor no ha nublado mi entendimiento para cometer tal extravagancia. Hasta este momento siempre he esperado que tuvierais la bondad de darme los medios de justificarme. Pero al ver que en vez de eso Vuestra Majestad interpreta mi silencio en mi contra, no podría callarme más, y es necesario que Vuestra Majestad me permita poner mi justificación por escrito. Vuestra Majestad no ha negado jamás la justicia al más insignificante de sus súbditos, de modo que doy por seguro que la maldad de mis enemigos no habrá tenido fuerza suficiente para preveniros de tal forma contra mí que podáis juzgar mal que intente justificarme y recobrar asi vuestra gracia, sin la cual me sería muy difícil vivir.

Se me ha dicho de vuestra parte que diferentes cosas encendían vuestra cólera contra mí, Sire: que decía tales suciedades que las mujeres no podían oírlas y los hombres se horrorizaban; que corrompía al Delfín hablándole demasiado libremente; que había puesto la galantería en la cabeza de la reina de España* y que la mantenía en esa actitud con mis cartas; que corrompía también a la princesa de Conti hablándole de sus amantes y que le había hecho los cuernos en plena comedia con mis dedos para indicar que ella se los ponía a su marido; que no me preocupaba de mis damas de honor y que dos de ellas habían contagiado a algunos hombres.

[…] No hay nadie que pueda sostener en mi cara, ante Vuestra Majestad, que se me haya oído decir jamás tales indecencias como las que se os ha dicho, y que por respeto a Vuestra Majestad no repito aquí; es una invención de principio a fin y nunca en mi vida he dicho tal cosa.

Por lo que respecta al Delfín, confieso que le contado tonterías e historias para divertirle, pero no le he dicho nada de lo que no haya oído hablar a la misma reina, que era la persona más virtuosa del mundo. Y si Vuestra Majestad quiere acordarse de que yo os he oído decir que no había que ser mojigata, y que en la familia se podía hablar de todo, y no sabiendo que Vuestra Majestad hubiese cambiado de idea desde entonces, creía que podía hablar sin consecuencias. Pero de ahora en adelante no lo volveré a hacer, porque ya estoy instruida y advertida.

En lo que concierne a la reina de España, se me acusa sin razón de que sea yo quien le haya metido la galantería en la cabeza, cuando yo no me habría dado cuenta si Monsieur no me lo hubiese advertido entonces. Él mismo sabe que, cuando le hablaba seriamente a la reina, su hija, no le enseñaba nada malo, y ¡ojala hubiese seguido mis consejos! Pero es verdad también que después de su marcha, cuando ya no había nada que temer, le he hecho algunas bromas, pero muy ligeras y que Monsieur no encontraba inapropiadas entonces al leer mis cartas. Pero desde que cambió de opinión he dejado esas bromas, y puesto que Monsieur a día de hoy aún lee con frecuencia mis cartas, y puesto que está contento con ellas, no he creído poder ser regañada por ese particular.

En lo que concierne a la princesa de Conti, ignoro de dónde han sacado las familiaridades de las que me acusan, sobre todo porque con toda seguridad hace como dos años que no la veo si no es con la Delfina o en lugares públicos. Si he bromeado con ella sobre la cantidad de enamorados que tiene, no he creído cometer un crimen, y mucho menos cuando he oído muchas veces en los paseos que Vuestra Majestad le hablaba en los mismos términos. En cuanto a los cuernos, en mi vida se los he hecho y no puedo entender de dónde lo han sacado.

En cuanto a mis damas y a su conducta, Vuestra Majestad sabe bien que nunca me he metido en los asuntos de mi servicio y que sigo sin hacerlo [...] Pero me siento obligada a decir en conciencia que creo que es una pura calumnia lo que han dicho a Vuestra Majestad, pues para contagiar tendrían que estar enfermas […]

Esto es, Sire, de cabo a raro, lo que os puedo decir para justificarme. Deseo de corazón que pueda satisfacer a Vuestra Majestad y me estimaré muy desgraciada si no es así. Pero de ahora en adelante, puesto que mis modales, aunque inocentes, os han desagradado […]; y puesto que si Vuestra Majestad quisiera reflexionar un poco sobre mi vida, no me encontraría una mujer perdida y con un lenguaje como han dicho a Vuestra Majestad que tenía y, puesto que no tengo deseo más fuerte que el de complaceros, no puedo sino suplicaros, Sire, que olvidéis el pasado y me prescribáis la conducta que queréis que tenga a partir de ahora y la ejecutaré con toda exactitud, y aseguraros, Sire, que en esto y en todo lo que os plazca ordenarme seréis obedecido.

Y os suplico otra vez que no tengo menos respeto, y, si me atrevo a decirlo, verdadera amistad por Vuestra Majestad que la gente que cree ganar en vuestra estima calumniándome […]

Firma de Liselotte

Pero es tiempo de volver al camino del que nos habíamos apartado para asistir a la boda de Mademoiselle de Blois. Regresaremos con la duquesa de Fontanges.


*María Luisa de Orleáns, sobrina de Luis XIV, hija de Minette y de Monsieur. María Luisa se casó con el rey Carlos II de España.