domingo, 29 de abril de 2012

La Princesa de Conti

Mademoiselle de Blois, Princesa de Conti

Mademoiselle de Blois, convertida en Princesa de Conti, tras los desastrosos comienzos de su matrimonio fue bastante desatendida por su esposo. El cardenal Dubois cuenta con mucha ironía que el príncipe de la Roche-sur-Yon “consideró un deber reparar las omisiones de su hermano”. 

La duquesa de Orleáns describe al hermano de Conti como un hombre valeroso y poseedor de “tantas cualidades agradables para hacerse amar por todos. Pero su carácter también tenía algunos puntos débiles, pues era falso, y solo se amaba a sí mismo.” 

La princesa era admirada tanto por su belleza como por su ingenio. La gente la amaba más que a sus hermanastras por ser hija de Luisa de La Vallière y no de la odiada Montespan. Pero la joven agradaba mucho más allá de las fronteras de Francia, y, cuando enviudó, el rey de Marruecos quiso casarse con ella y envió un embajador a pedir su mano, lo que dio lugar a estos versos: 

L’Afrique avec vous capitule; 
Et les conquêtes de vos yeux 
Vont plus loin que celles d’Hercule. 

África se rinde ante vos 
Y las conquistas de vuestros ojos 
Llegan más lejos que las de Hércules.

Francisco Luis de Borbón, Príncipe de la Roche-sur-Yon

Era previsible, pues, que pronto los galanes de la Corte comenzasen a rondar a su alrededor, y sucedió que el primer joven osado fue precisamente su cuñado, Francisco Luis de Borbón, príncipe de La Roche-sur-Yon. Durante el transcurso de un baile, Francisco no pudo evitar exclamar con admiración al ver bailar a María Ana: 

—¡No tiene pies, sino alas! 

El príncipe de Conti, que conocía las canciones que tenían por tema las excesivas atenciones que su hermano menor dedicaba a su mujer, respondió al comentario propinándole una furiosa patada. El Caballero de Lorena, favorito de Monsieur, se encontraba cerca de ellos y, al ver la patada, exclamó sin temor a ser escuchado: 

—¡Pero bueno! ¡Como si no hubiera suficiente para los dos! 

Al día siguiente Conti abofeteaba al Caballero en los jardines de Versalles y le retaba a batirse con él. 

—Con mucho gusto, monsieur —respondió Philippe—. Os agradezco el honor que me hacéis. Enviad vuestro segundo a mi hermano, el Caballero de Marsan; pero que no sea vuestro hermano, os lo ruego. Sería una tragedia para Madame la princesa si perdiera la vida. 

El Caballero de Lorena

Marsan se aproximó al oír su nombre y aceptó sin vacilar. Propuso que Monsieur de Soissons, el hijo de Olimpia, fuera el segundo de Conti, por tratarse desde hacía tiempo de un enemigo de su familia. Fijaron una fecha y acordaron el lugar secreto de la cita, pero el Caballero “que no estaba tan loco para desenvainar su espada contra un príncipe de la sangre, fue a contárselo todo a Monsieur, que se lo repitió al rey”. 

Luis llamó a su yerno y mantuvo con él una conversación de dos horas, haciendo valer su autoridad. De ese modo el asunto quedó zanjado y fue impedido el duelo. 

El Caballero de Lorena no quedó en muy buen lugar. La gente murmuraba que, si no había tenido intención de batirse, debería haberse negado cuando recibió el desafío, en lugar de aceptar para luego traicionar el secreto. 

Philippe de Lorena era desterrado en 1682, dos años después de la boda de Conti, acusado de haber seducido al hermano de Mademoiselle de Blois, el conde de Vermandois, cuando solo contaba trece años. Se decía que el Caballero y su camarilla habían iniciado al hijo del rey en “el vicio italiano”, como denominaban entonces a las relaciones homosexuales. 

El conde de Vermandois

Monsieur y el Caballero de Lorena habían fundado una “cofradía de italianizantes” y el niño fue utilizado para hacer proselitismo y captar nuevos adeptos entre los cortesanos. Fueron muchos los que respondieron de modo favorable a la llamada del hijo del rey, y uno de ellos fue precisamente Francisco Luis, el hermano de Conti. 

La cólera del monarca al enterarse fue tremenda. El joven Luis de Vermandois recibió una severa reprimenda y fue obligado a denunciar a sus “condiscípulos”. Después también él fue condenado a abandonar la Corte. Las más destacadas familias de Francia —Gramont, La Tour d’Auvergne, Créqui— recibieron la orden de alejar a alguno de sus miembros. Incluso un príncipe de la sangre, como era el hermano de Conti, fue enviado a su hogar en Chantilly. 

Al año siguiente la duquesa de Orleáns intercedía por el joven Vermandois y obtenía del rey el permiso para que acudiera a combatir en Flandes, como modo de expiar su falta e intentar obtener el perdón de su padre. 

El muchacho fallecía poco después allá en Flandes, el 18 de noviembre de 1683, a consecuencia de una enfermedad contraída durante el asedio a Courtrai. Solo hacía un mes que había cumplido 16 años. 

Sus padres no parecieron lamentar mucho su pérdida. Luisa de La Vallière, ahora religiosa, continuaba con su vida de penitencia y comentó que más debería haber llorado su nacimiento. Pero la duquesa de Orleáns, que lo había querido mucho, estaba desolada, y no menos la Princesa de Conti. María Ana adoraba a su hermano por encima de todas las cosas, y su muerte fue para ella un golpe terrible. 

La Princesa de Conti

En cuanto a la duquesa de Orleáns, nuestra inefable Liselotte, no extendía sus simpatías hacia la hermana del conde de Vermandois. En realidad disfrutaba pinchando a María Ana con el asunto de los cuernos con los que adornaba la noble cabeza de su esposo, como veremos en una carta de la propia Liselotte el próximo día, unas palabras con las que trata de justificarse ante el rey. 

María Ana enviudó siendo muy joven, con tan solo 19 años. En 1685 la princesa había contraído la viruela, y su estado era muy preocupante. Su esposo la atendió personalmente hasta lograr su recuperación. El matrimonio se había reconciliado entonces, pero lamentablemente él se contagió de la enfermedad y al cabo de cinco días fallecía en Fontainebleau a consecuencia de ella. Como no tenía hijos, fue su hermano quien heredó el título de Príncipe de Conti. 

La Princesa de Conti tenía un carácter autoritario y amaba su independencia, por todo lo cual se negó a volver a casarse. Marie Anne tuvo numerosos amantes a lo largo de su vida, que alcanzó una edad respetable para la época. Dicen que mantuvo su belleza hasta el fin de sus días.

viernes, 27 de abril de 2012

La boda de Mademoiselle de Blois

María Ana de Borbón, Primera Mademoiselle de Blois

La posición de la nueva favorita parecía haberse consolidado al esperar un hijo del rey. Madame de Montespan no tenía otra alternativa que doblegarse, al menos en apariencia, y así, Primi Visconti, que describe la Corte francesa como “la más bella comedia del mundo”, nos hace un perfecto resumen de la situación: 

“El rey vive con sus favoritas, con cada una separadamente, como en una familia legítima. La reina recibe sus visitas y las de sus hijos naturales como si se tratase de un deber, porque es necesario que todo se haga conforme al rango de cada cual y de acuerdo con la voluntad del rey. Cuando asiste a misa en Saint-Germain, se colocan a la vista del rey, Madame de Montespan y sus hijos en la tribuna izquierda, delante de todos, y la otra a la derecha, mientras que en Versalles Madame de Montespan está del lado del Evangelio y Mademoiselle de Fontanges del lado de la Epístola, en unos escalones elevados. Ellas rezan, rosario o misal en mano, con expresión extática, como santas.” 

El hijo de Angélique fue prematuro y nació muerto a finales de 1679 o comienzos de 1680, sin que se pueda precisar la fecha. Sin embargo, según algunas versiones la criatura vivía al nacer pero murió poco después, cuentan que envenenada por Madame de Montespan. A partir de ese momento la salud de Mademoiselle de Fontanges resultó muy quebrantada: sufría serias hemorragias y frecuentes episodios de fiebre. Los cortesanos se referían a ella como “herida en acto de servicio”

Mademoiselle de Blois

Fue por entonces, en enero de 1680, cuando se celebró el matrimonio entre el príncipe de Conti y Mademoiselle de Blois, la hija que había tenido el rey con Luisa de La Vallière. Los novios eran muy jóvenes: ella, a menudo considerada la hija favorita de Luis, solo tenía trece años, y él dieciocho. La ceremonia tuvo lugar en Saint-Germain-en-Laye, digna de una princesa de nacimiento legítimo. María Teresa no solo asistió, sino que cumplió con la tradición de dar el camisón a la novia para pasar su noche de bodas, y el rey hizo lo mismo con su yerno. 

Luis XIV deseaba casar a su hija con un príncipe de la sangre. Había pensado primero en el Príncipe de Orange, nieto de Carlos I de Inglaterra, una alianza que además habría sido muy ventajosa para Francia. Pero Guillermo de Nassau replicó altivamente que los príncipes de Orange estaban acostumbrados a casarse con las hijas legítimas de los reyes. La respuesta hirió tan profundamente al rey que nunca perdonó ni olvidó el insulto. 

Guillermo había terminado por casarse con su prima María Estuardo, que un día alcanzaría el trono de Inglaterra y reinaría como María II. Se hizo preciso buscar un nuevo candidato para María Ana, y el elegido fue Luis Armando de Borbón, príncipe de Conti, sobrino del Gran Condé e hijo de Ana María Martinozzi, una de las sobrinas del cardenal Mazarino. 

Guillermo de Orange

Al parecer el compromiso había resultado muy del agrado de ambos jovencitos, como recoge una carta de Madame de Sévigné de finales de diciembre de 1679: “La Corte está muy contenta por el próximo matrimonio del príncipe de Conti con Mademoiselle de Blois. Están verdaderamente enamorados, y al rey le divierte mucho el ardor de su pasión. Habló cariñosamente con su hija y le aseguró que la amaba tanto que no soportaba la idea de separarse de ella. La criatura estaba tan emocionada y feliz que lloraba. El rey le dijo que ya veía que lloraba por la aversión que le producía el esposo que le había elegido, y ella estalló en lágrimas por segunda vez, incapaz de contener su alegría… En cuanto al príncipe de Conti, estaba fuera de sí; no sabía lo que hacía ni lo que decía. Tropezaba con todos los que encontraba por el camino mientras iba a visitar a Mademoiselle de Blois. Madame Colbert quiso impedirle que la viera hasta la noche, pero él se abrió paso, se arrojó a sus pies y le besó la mano. Ella lo abrazó sin ninguna ceremonia y luego ambos lloraron. Esta princesita es tan cariñosa y tan linda que todos queremos comerla.”. 

Y es que María Ana era la debilidad de toda la Corte debido a su gran encanto. Había algo en ella que recordaba mucho a su madre. El cardenal Dubois dice que “Era de una belleza perfecta, a la vez noble e interesante. Se parecía a su madre, aunque carecía de esa dulzura en la mirada y esa sonrisa angelical que no he vuelto a ver en otra mujer, y que tiene algo de celestial.” 

Pero en la noche de bodas algo salió mal. Luis Armando abandonó la alcoba gritando que jamás volvería a compartir lecho con ella. El cardenal continúa narrando que “en la cámara de la recién casada se escuchaban sollozos y llanto que atrajeron a la gente. Se dijo que la princesa se había sentido súbitamente indispuesta. De hecho, permaneció en su habitación durante algunos días, con convulsiones y fuertes dolores. Lo que se transmitía de boca en boca no decía mucho en favor del marido.” 

Luis Armando de Borbón, Príncipe de Conti

El esposo, que resultó un joven de moral sumamente disoluta, no iba a atenerse a su resolución, pero lo cierto es que nunca tuvieron hijos, y que ella escandalizó a la corte al declarar abiertamente que su esposo no era ningún prodigio en el lecho. Mademoiselle de Blois mostró una abierta preferencia por su cuñado, que se convertiría en su amante.

miércoles, 25 de abril de 2012

La Duquesa de Fontanges (IV)


Antes de conocer a Angélique, las miradas del rey se habían posado sobre una joven belleza de 24 años. Se trataba de otra de las damas de su cuñada, Uranie de la Cropte de Beauvais, de la que algunos decían que era aún más bella que Mademoiselle de Fontanges. La Palatina nos cuenta que “tenía una dama de honor que se llamaba Beauvais… El rey se había encaprichado; pero ella resistió sus avances, y entonces él se volvió hacia su compañera, Fontanges, que también era muy guapa, aunque poco sensata”. 

Uranie tenía otro amor: Louis-Thomas de Saboya-Carignan, con el que se casó en secreto el 12 de octubre de 1680. Él era el hijo mayor de Olimpia. La familia del novio tuvo un gran disgusto al conocer la noticia de la boda, y Louis-Thomas fue desheredado por su abuela. Olimpia, desde su exilio, mostró también su disconformidad por esa unión, que tardó dos años en hacerse pública. Luis XIV, por el contrario, se mostró indulgente con el matrimonio y concedió una pensión al joven para que pudiera mantenerse en la Corte después de serle retirada la ayuda de su familia. 

Parece, pues, que Angélique había sido simplemente la segunda opción del monarca. Sin embargo, logró llegar muy alto en su estima. Ella se convirtió en “la soberbia amazona en la caza, el hada en los jardines de Versalles y la sultana en la Corte”. 

El obispo de Nantes se unió a aquellas voces que le representaban al rey el peligro “de atravesar el infierno de las pasiones”. Él interrumpió su discurso diciéndole que le complacería mucho si en el futuro limitara su celo a su propia diócesis. 


Luis no estaba dispuesto a permitir que nadie interfiriera en sus placeres. Siempre asfixiado por la rigidez del protocolo, le agradaba la frescura de Angélique, el modo en que ella rompía sistemáticamente la etiqueta que oprimía a la Corte. Sin embargo, en muchas ocasiones Mademoiselle de Fontanges rebasaba el límite de lo tolerable, como cuando entraba en los apartamentos de la reina y se dirigía a Luis sin hablarle primero a María Teresa 

Pero no iba a librarse tan fácilmente de la marquesa de Montespan, cuyo alejamiento solo duró una semana. Para Pascua estaba de regreso, como consta en una carta del marqués de Trichateau a Bussy. 

“El rey ha ayunado durante tres días, ha cumplido con sus devociones y tocado a los enfermos. Madame de Montespan ha tenido muchas conversaciones con el Padre César. El miércoles regresó a Saint-Germain, donde asistió al Tenebrae y estuvo todo el tiempo detrás de la silla del rey. La reina envió a pedirle que la asistiera en la comunión. El viernes volvió a París y el sábado fue hasta Maintenon, volviendo al siguiente martes a Saint-Germain-en-Laye, donde todo fue como de costumbre, excepto que el rey solo la vio en presencia de Monsieur…” 

Athénaîs trataba de poner al mal tiempo buena cara y escribía a su amigo el mariscal de Noailles: “Todo está muy tranquilo por aquí. El rey solo viene a mis apartamentos después de misa y después de cenar. Es mucho mejor vernos poco pero con agrado, que vernos con frecuencia y sentirnos violentos”. 


Luis llevaba su nueva relación con la mayor de las discreciones aún ese verano. Durante meses apenas se vio a Mademoiselle de Fontanges o se oyó hablar de ella. Bussy escribe el 3 de agosto de 1679: “Nunca los amores del rey han sido llevados más en secreto que este asunto de la Fontanges. Ni siquiera se sabe dónde está alojada, aunque se cree que sea encima de los apartamentos del rey”. Pero semanas más tarde ya es un secreto a voces, y Bussy vuelve a tomar la pluma para escribir que se empleaban trabajadores día y noche en la preparación de los apartamentos destinados a recibir a la nueva sultana. 

Y precisamente allí, una noche en que los pintores, al salir, dejaron las puertas abiertas, fue donde entraron los dos osos de Madame de Montespan. Al día siguiente se decía en la corte que los osos habían vengado a su dueña. 

Como si de una venganza contra Athénaïs se tratara, no tardó en saberse que Angélique esperaba un hijo. La cólera de la marquesa de Montespan era inmensa. Se dirigió a Madame de Maintenon y le dijo: 

—El rey tiene tres amantes: yo de nombre, esa joven de hecho y vos de corazón. 

Con lo que hace un análisis perfecto de la situación: la posición de Athénaïs era ya meramente honorífica. Ostentaba el título de favorita, pero no ejercía. Ese había pasado a ser el papel de Angélique. Pero, y esto es lo más importante, no se engañaba con respecto a quién tenía en realidad el corazón de Luis. 


Madame de Maintenon, por su parte, no cejaba en su empeño por apartar del rey a Mademoiselle de Fontanges a base de sermones. Sus palabras eran generalmente acogidas con una sonrisa de complacencia por parte de Angélique, un recordatorio de que aquellos que desearan compartir sus triunfos y su esplendor debían estar dispuestos a compartir también su pecado. 

En una ocasión la marquesa de Maintenon le dijo: 

—O amáis al rey, o no lo amáis. Si lo amáis, deberíais hacer un esfuerzo por salvar su honor y el vuestro. Si no lo amáis, ¿qué sentido tiene jugar a este peligroso juego? No os costaría entonces ningún esfuerzo retiraros de la Corte. En ambos casos sería una noble y prudente acción separaros del rey. 

A lo que ella respondió: 

—¿Creéis que abandonar a un rey es tan fácil como cambiar de camisa? 

Lo que vuelve a poner en entredicho la opinión acerca de su ausencia de intelecto, igual que cuando acudió con la Corte a la consagración de su hermana en la abadía de Chelles y alguien entre los presentes exclamó, deslumbrado por la magnificencia de la ceremonia, la música y la luz: 

—¡Oh! ¿Es esto el Paraíso? 

—¡No! —respondió ella—, si lo fuera, no habría tantos obispos.

lunes, 23 de abril de 2012

La Duquesa de Fontanges (III)


El rey había retirado a Angélique del Palais Royal, donde acompañaba a la Princesa Palatina, para instalarla en un pabellón del Château-Neuf de Saint-Germain. A la conquista siguió un mes de fiestas, acerías, ballets de Lully, comedias de Molière, conciertos en el agua, representaciones alegóricas… No se omitía nada para distraer a la nueva favorita, que hacía que la cola de su vestido fuera sostenida por duquesas. Frívola, egoísta y vanidosa, Angélique se volvió también ambiciosa, avara, ingrata con quienes habían sido amables con ella e insolente con la reina. En una ocasión pasó por delante de María Teresa fingiendo no verla. El ceño de la reina se frunció por un instante, al cabo del cual acalló los murmullos de quienes la rodeaban comentando que era evidente que aquella joven estaba perdiendo el juicio, o nunca lo había tenido. 

Y, desde luego, fue arrogante con Madame de Montespan, a la que trataba con profundo desprecio y cuyo alejamiento de la Corte no dejaba de procurar con encomiable tenacidad. El asunto se le había escapado de las manos a Athénaïs. Claramente había sido “despedida”, y el hecho de que se le concediera el gran honor de ser nombrada superintendente de la Casa de la reina —un puesto que había ocupado Olimpia—, significaba que Luis tenía intención de que la ruptura fuera definitiva, o de lo contrario no la habría colocado tan cerca de María Teresa. 

La marquesa, sin embargo, se aferraba a su posición como favorita. Cuando comenzó a extenderse el rumor de la relación, Athénaïs trató de mantener las apariencias y rogó al rey que acudiera a visitarla como había sido su costumbre. De ese modo esperaba hacer creer a todo el mundo que aún gozaba de su favor, que la Fontanges no era más que un capricho pasajero y que él volvería más enamorado que nunca, como había ocurrido otras veces. Pero la Corte tenía un instinto especial para tales asuntos, y sabían reconocer una estrella destinada a elevarse. 

Athénaïs lanzaba sus ataques al modo acostumbrado, criticando sin medida a su rival. Decía que el rey no amaría nunca a una joven que ya había tenido sus amoríos allá en el campo. Además la Fontanges no tenía inteligencia ni educación, y, para definirla con propiedad, no era más que un hermoso cuadro. Como si quisiera remarcar las diferencias y hacer resaltar la ignorancia de Angélique, más que nunca comenzó a rodearse en sus apartamentos de filósofos e intelectuales. Mientras tanto la alegría y la juventud galante se refugiaba en los apartamentos de Mademoiselle de Fontanges. 

Villers-Cotterêts

Angélique tenía la inteligencia suficiente para comprender los sarcasmos que le dirigía Madame de Montespan, pero no para responder a ellos. Sin embargo, ninguna de las pataletas de la marquesa servía de mucho. Así como en el pasado Luisa de La Vallière había tenido que cederle su puesto a Athénaïs y actuar como una asistente, ayudándola a ataviarse y prendiendo lazos y rosas en sus vestidos, ahora era la marquesa de Montespan quien debía humillarse adornando a su rival. Madame de Sévigné escribía: “Una buena fuente me ha contado que hubo un baile de máscaras en Villers-Cotterets. Mademoiselle de Fontanges brilló allí, vestida por las manos de Madame de Montespan”. 

Sin embargo, ese día Athénaïs obtuvo su pequeña revancha. La marquesa bailaba magníficamente, y conservaba su agilidad a pesar de su gran aumento de peso. Angélique, en cambio, se mostraba torpe; no acertaba con los movimientos y acabó por pisarse el vestido y desgarrarlo. Finalmente hizo una reverencia y se retiró, incapaz de otra cosa. En palabras de Touchard-Lafosse, “no saber bailar es un crimen de lesa majestad a los ojos de Luis XIV”. A sus 40 años, el rey es aún y “sin ninguna duda el mejor bailarín entre los soberanos de Europa”. 

La relación entre ambas mujeres era tan penosa que Luis visitó a Madame de Maintenon para pedirle que mediara entre ambas, pues los celos que se tenían no lo dejaban vivir en paz. La tensión alcanzó su cúspide el día en que Athénaïs soltó a dos osos domesticados que tenía en la casa de fieras de Versalles y los hizo encerrar en los apartamentos de la Fontanges, que quedaron destrozados. El episodio sirvió de risión a toda la Corte. 

Ménagerie de Versalles. El proyecto de este pequeño parque zoológico fue confiado por Luis XIV al arquitecto Le Vau, que emprende las obras en 1663. El lugar contaba con colibríes, picaflores, loros, avestruces, un elefante y un dromedario, entre numerosos animales exóticos que, por encargo del rey, el ministro Colbert hacía traer de todo el mundo mediante compras de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Fue la primer ménagerie construida en estilo barroco, algo que pronto copiaron muchos otros monarcas europeos. En 1698 Luis hizo ampliar y restaurar el lugar para ofrecérselo a María Adelaida de Saboya, la esposa del Delfín. Fue Jules Hardouin-Mansart quien llevó a cabo el proyecto de ampliación.

Como no era mujer que se rindiera sin luchar, Madame de Montespan encargó al duque de Mazarino, el lunático esposo de Hortensia Mancini, que abogara por su causa. Para persuadir a Luis de que debía abandonar a Angélique, el duque solicitó una audiencia privada y le dijo, adoptando el tono profético de un iluminado, que Dios le había anunciado en un sueño que en Francia estallaría una revolución si no renunciaba a su última conquista. 

—Pues yo, estando bien despierto —replicó el rey—, me veo obligado a anunciaros que es hora de que arregléis esa cabeza vuestra. 

Luis estaba acostumbrado a las extravagancias y manías religiosas del duque de Mazarino, y las tomaba con filosofía. Hortensia había abandonado a su esposo años antes. Una noche, no pudiendo soportarlo por más tiempo, huyó de su hogar, y él, ni corto ni perezoso, hizo que despertaran al rey a las tres de la madrugada para rogarle que persiguiera a su mujer. 

—¡Mi pobre esposa! —se lamentaba— ¿Qué le habrá ocurrido? 

—Ah, pero ¿el asunto os es desconocido? —preguntó Luis— ¿No os lo ha contado el ángel ese que os dice todo?

sábado, 21 de abril de 2012

La Duquesa de Fontanges (II)


Angélique creó una nueva moda en el peinado un día en que participaba en una cacería en Fontainebleau. Su cabello se soltó mientras cabalgaba y lo recompuso improvisadamente, atándolo con una cinta. El resultado contenía tanto gusto y elegancia en su sencillez que al rey le encantó el aspecto que ofrecía y le pidió que lo mantuviera así durante el resto de la jornada. 

Al día siguiente todas las cortesanas habían adoptado el estilo. A excepción, claro está, de la marquesa de Montespan, que declaró que le parecía de mal gusto. El peinado a la Fontanges, que pronto se fue haciendo más complejo y elaborado, causó furor también en otras cortes europeas, y se mantuvo en boga durante muchos años. Madame de Sévigné, como la mayoría, se resignó a seguir la moda, aunque en sus cartas se quejaba de lo complicado que resultaba. 

Bussy, con su pluma afilada, anotó lo siguiente sobre esta cacería: “El temor que tenía su amante de que esta nueva cazadora sufriera algún accidente, lo obligaba a permanecer siempre a su lado; no la abandonaba, y después de haberle dado el placer de hacer pasar ante ella el ciervo que perseguían, se apartó en su compañía al lugar más abrigado del bosque para que se refrescara. Tenemos razones para creer que el fruto que nacerá de esos pasatiempos no será más salvaje por haberse originado en los bosques.” 

Cortesana con peinado a la Fontanges

Entonces, el 12 de marzo de 1679, era arrestada La Voisin. Tres días más tarde Madame de Montespan abandonaba bruscamente Saint-Germain en dirección a París debido a una discusión con el rey a causa de la nueva favorita, cuya relación con Luis se hizo oficial esa primavera. El marqués de Trichateau escribía en una carta a Bussy-Rabutin: 

“Madame de Montespan abandonó Saint-Germain de improviso el 15 de este mes. Dicen que hay desavenencias familiares debidas a los celos de una joven llamada Fontanges, con quien el rey se ha satisfecho”. 

Sin embargo, más adelante sus enemigos pretenderían relacionar la precipitada partida de Athénaïs con la detención de La Voisin. Se decía que por aquella época la marquesa se había puesto en contacto con Françoise Filastre y Madeleine Chapelain, las dos involucradas gravemente en actividades de magia negra, y que había pretendido asesinar a Angélique con unos guantes envenenados de fina piel de Grenoble. 

Cuando la Montespan regresó a la Corte se encontró con que ya había sido sustituida por completo: Mademoiselle de Fontanges estaba instalada en un apartamento que comunicaba directamente con el rey. La Montespan, pues, quedaba reducida al pobre papel que había representado La Vallière junto a ella durante tanto tiempo, con la diferencia de que Athenaïs ahora ya tenía cuarenta años y la belleza que había sido su arma se apagaba ante la frescura de esta joven novedad. Angélique tenía apenas unos meses más que el hijo mayor de Luis, el Gran Delfín. 

"Cabinet Fontanges", regalo de Luis XIV a Mademoiselle de Fontanges

Decían que la propia Athénaïs había hecho que el rey de fijara en ella, para así apartarlo de Madame de Maintenon, a la que se estaba aficionando demasiado. 

—¡Mirad, Sire, qué majestad! ¡Qué frescura! ¡Qué escultura maravillosa! —había exclamado la marquesa abriendo el vestido de Angélique para descubrir un poco más de su hermoso busto. 

—Sé ver una obra perfecta incluso mejor que vos misma, madame —repuso el rey, y la hermosa estatua enrojecía hasta las orejas. 

La marquesa de Montespan comprendía el peligro que representaba la inteligente Maintenon, pero no pensó que debiera inquietarse por aquella jovencita tan tonta, que sería solo un instrumento en sus manos. En una ocasión se había lamentado ante el propio Luis de que las jóvenes damas de honor que correteaban por los palacios eran una especie de hidra sexual: en cuanto el rey lograba deshacerse de una, ya tenía a otra haciéndole guiños. La tímida Angélique, una flor del campo boba e ignorante que se sonrojaba bajo la mirada del monarca sería, según sus cálculos, simplemente una más, como nos confirman las palabras de Madame de Caylus: 

“Desde que se fijó en ella, estuvo tranquila: era una estatua de mármol muda, nada más. […] Su carácter, más ambicioso que tierno, había hecho que contemplara con indiferencia las infidelidades de su amante”. 

Jean Rigaud de Scoraille, marqués de Roussille, padre de Mademoiselle de Fontanges

El rey cayó bajo su hechizo. Se mostraba atento, la colmaba de regalos y la invitaba a desplazarse en su carruaje. No tardó en enviarle al príncipe de Marcillac, hijo del duque de La Rochefoucauld, para hablarle en su nombre y tantear la disposición de la dama. Ella, desde luego, lo acogió con alegría. De hecho solo veía un problema: ¿podría tomar en consideración los sentimientos de Luis mientras Madame de Montespan estuviera aún en su gracia? Ella era de un natural celoso, y temía que el rey no experimentara una verdadera pasión hacia su persona, sino un fuego pasajero que se extinguiría apenas encenderse. Si Luis la amaba de veras, lo que no se atrevía a creer por temor de abandonarse a una alegría infundada, le daría pruebas de ello amándola solamente a ella, como Angélique estaba dispuesta a amarlo solo a él. 

Se concertó una primera entrevista entre el rey y Mademoiselle de Fontanges en los jardines de las Tullerías. La pasión de Luis resultó ser más fuerte de lo que la astucia de Athénaïs había sido capaz de calcular, y con ella desapareció la timidez de la joven, que cobró una súbita osadía al ver al rey a sus pies...

jueves, 19 de abril de 2012

La Duquesa de Fontanges (I)


Por aquellas fechas Luis volvía sus ojos hacia una joven sumamente peligrosa para los intereses de la marquesa de Montespan, cuyo puesto de favorita había comenzado a tambalearse. Se trataba de una criatura deliciosa de dieciocho años, carácter dulce y melancólico, cabello rubio rojizo y ojos grises, una belleza que no se destacaba por su aguda inteligencia. Era, en suma, Mademoiselle de Fontanges, de quien el abate de Choisy decía que era “bella como un ángel y más vacía que un cesto.” 

Marie Angélique, futura duquesa de Fontanges, era la sexta hija de Jean Rigaud de Scoraille, conde de Roussille. Había nacido en Auvernia en julio de 1661. Su belleza hizo que un primo de su padre propusiera llevarla a la corte de Versalles, donde sin duda triunfaría y encontraría su lugar. Sus padres, en vista de que tenían otras cuatro hijas y tres hijos a educar, aceptaron la propuesta, y así entró Angélique en la corte en 1678 de la mano de la duquesa de Arpajon. 

La joven estaba destinada a ser una de las damas de la Princesa Palatina, la segunda esposa de Monsieur. La princesa amaba la compañía de su cuñado el rey, y para atraerlo a su casa procuraba rodearse de notables bellezas. Ella nos transmite la siguiente opinión sobre Angélique: 

“La Fontanges era buena persona; yo la conocía bien. Fue una de mis damas de honor. Era hermosa de los pies a la cabeza. También tenía el mejor carácter del mundo, pero no más cerebro que un gatito”. 

Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse

Por esas fechas Athenaïs daba a luz a su séptimo hijo con el rey: Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse, el único que no tuvo ningún defecto físico. Pero su declive en el corazón de Luis ya era evidente, y no podía engañarse. 

A pesar de la belleza de Angélique —algunos cortesanos afirmaban que era la mujer más hermosa que jamás se había visto en Versalles—, la marquesa de Montespan no hubiera podido imaginar en ella una seria rival. Por eso en realidad fue ella quien la señaló a su atención un día en que le dijo que había por allí una jovencita de provincias que era un verdadero “ídolo de mármol”. 

No podía pensar que acabaría despertando tal pasión en él. En realidad Angélique poco tenía en común con el rey, aparte de su pasión por la caza. El propio Luis XIV, al oírla hablar, había comentado: 

—He ahí un lobo que no me comerá. 

De hecho las aptitudes intelectuales de la joven eran tan escasas que la llamaban “la hermosa estatua”, lo cual hizo exclamar un día al rey: 

—¡Quién fuera su Pigmalión! 

Esa noche el duque de Saint-Aignan, confidente habitual de los amoríos de Luis, le decía a Madame d’Arpajon mostrándole el cielo de Versalles: 

—Mirad bien, duquesa: allá arriba tenemos una hermosa estrella. 

Duque de Saint-Aignan

Y, en efecto, el rey no tardó en concebir un violento deseo por Angélique. Una noche de febrero, no pudiendo contenerse más, abandonó Saint-Germain escoltado por algunos guardias y se dirigió al Palais-Royal, donde residía la Palatina. Esa noche el príncipe obispo de Estrasburgo ofrecía un baile de máscaras. Luis llamó a la puerta de los apartamentos de las damas según una señal convenida, y una de ellas, que era su cómplice, le condujo hasta el apartamento de su compañera. De este modo comenzó su relación. 

Luis pretendía mantenerlo en secreto, pero eso no fue posible. Al cabo de unas semanas optó por mostrarla a la Corte una mañana al salir de misa, junto a la reina y la que aún era la amante oficial. 

Angélique, lejos de guardar discreción, empezó a alardear. El asunto se le subió a la cabeza de tal modo que parecía considerarse la reina de Francia. Ninguno de los regalos que le hacía el rey bastaba para satisfacer sus extravagantes caprichos, como el de tener un carruaje tirado nada menos que por ocho caballos; tenía numerosos servidores que vestía con uniformes gris perla y le gustaba llevar ropas cuyos colores fueran siempre a juego con las del rey. Pero a Luis aquella relación parecía devolverlo a los primeros años de su juventud. Se lo veía feliz, como si hubiera recuperado la alegría perdida, aunque al mismo tiempo nunca dejó de sentirse algo avergonzado de su nueva amante. 

Madame de Maintenon, tan inquieta como la propia Montespan por el nuevo capricho del rey, sermoneaba a la joven, instándola a abandonar su vida de pecado. Y una vez se encontró con una respuesta que denotaba que tal vez no fuera tan tonta como la juzgaban: 

—Cuando tenga vuestra edad, pensaré en arrepentirme.

martes, 17 de abril de 2012

El Duque de Luxemburgo


La Voisin y sus cómplices erraron sus cálculos al pensar que habría nombres intocables a los que podrían unir su destino, como demuestra la carta de Louvois al teniente general de policía de 16 de octubre de 1679:

He rendido cuenta al rey de todas las cartas que os habéis tomado la molestia de escribirme en los últimos siete u ocho días, la última de las cuales recibí ayer, y de las memorias y procesos verbales que las acompañaban y que yo os reenvío.

Su Majestad, que ha escuchado la lectura con horror, desea que se instruyan todos los asuntos de los que se hace mención, y que se reúnan todas las pruebas posibles contra las personas que aparecen nombradas. Su Majestad tiene la convicción de que no omitiréis nada de cuanto sea preciso.

Por tanto, nadie quedaba exceptuado de la investigación, y durante un tiempo cualquier cosa servía para convertir a una persona en sospechosa. Un cortesano fue arrestado después de enviar a uno de sus sirvientes a comprar unos polvos para los insectos de la biblioteca, y los parientes de Madame de Sévigné en Provenza se preocuparon en exceso cuando sufrieron un trastorno gástrico colectivo. La marquesa se echa las manos a la cabeza:

¿De dónde diantres habéis sacado la idea de que habéis sido envenenados? ¡Es ridículo!

El propio François-Henri de Montmorency, duque de Luxemburgo y uno de los militares con mejor reputación de Francia, fue enviado a la Bastilla en enero de 1680. Allí iba a permanecer durante cuatro meses para, a continuación, ser desterrado de la corte por un año, hasta que finalmente el asunto se resolvió favorablemente para él.

Charlotte de Montmorency, Princesa de Condé - (The Lost Gallery)

El duque era hijo de un hombre que acabó sus días de forma trágica cuando Richelieu lo hizo decapitar por haberse batido en duelo con el marqués de Beuvron en la Place Royal a plena luz del día, desafiando así la prohibición del cardenal y al lado de su propia residencia.

François nació seis meses después de morir su padre, y fue su tía Charlotte, princesa de Condé, quien lo educó junto a su propio hijo, el que llegaría a ser el Gran Condé. Ambos jóvenes permanecieron unidos durante el periodo de la Fronda, y ambos obtuvieron finalmente el perdón por su participación en las revueltas de aquellos años. Poco después se casaba con la princesa de Tingry, heredera del ducado de Luxemburgo. François no tardó en destacar por su valentía y sus habilidades militares, que le valieron su nombramiento como mariscal de Francia.

La denuncia contra él se basaba en que había querido recuperar unos documentos perdidos, y Bonard, su ayudante, recurrió al mago Lesage para que los ayudara con sus supuestos poderes a averiguar dónde se encontraban. Los conjuros, naturalmente, no dieron resultado, y a través de Bonard, Lesage solicitó una autorización escrita del duque para hacer cuanto fuera menester por recuperar los papeles. En esta nota, que Montmorency puso imprudentemente en sus manos, entre el texto y la firma había dos líneas, escritas con una caligrafía que no era la del duque, mediante las cuales se entregaba al diablo.

 François Henri de Montmorency, duque de Luxemburgo

Hasta ahí el cargo que había contra él. Pero, como no tenía mucha consistencia, Lesage contó entonces una rocambolesca historia: juró que el duque le había solicitado un veneno para administrárselo a una joven apellidada Dupin, que estaba en posesión de los documentos que deseaba recuperar y que se negaba a entregarlos. Sus cómplices testificaron que, en efecto, la habían envenenado y después cortaron su cuerpo en pedazos que arrojaron al río, todo lo cual se había hecho a instigación del duque.

Se sospechaba que la caída en desgracia del duque de Luxemburgo se había debido a los manejos del propio Louvois. La reputación militar de Montmorency era enorme, lo que despertaba muchos celos y rivalidades. El duque era muy supersticioso: tenía un astrólogo personal y se sabía que se había reunido con un mago. Cuando surgió el asunto de los venenos, Louvois recordó todo eso junto con sus viejos experimentos de alquimia, y parece que no cejó en su empeño hasta conseguir un testimonio que lo acusara de tentativa de asesinato y de pactos con el diablo.

 “Seguro de mi inocencia, me negué a seguir el pérfido consejo que se me dio, de asegurar mi vida emprendiendo una pronta fuga”.

 François Michel Le Tellier, marqués de Louvois

El ministro lo hizo encerrar en una celda inmunda. Poco después comparecía ante el tribunal y era confrontado con Lesage y uno de sus cómplices. Reconoció entonces que en una ocasión le había encargado al mago que confeccionara su horóscopo. A la absurda acusación de haberse entregado al diablo a cambio de que se arreglara el matrimonio entre su hijo y la hija de Louvois, su respuesta fue contundente:

“…Y como yo no soy más humilde en la adversidad que en cualquier otra época, dije que aquel malvado (Lesage), al asegurar una cosa semejante, no sabía que soy de una Casa en la que no compramos los enlaces por medio de crímenes; que hubiera sido un gran honor para mí que mi hijo se hubiera casado con Mademoiselle de Louvois, pero que para lograrlo no hubiera hecho nada de lo que pudiera avergonzarme; y que cuando mi antepasado, Mathieu de Montmorency, se casó con una reina de Francia*, madre de un rey menor de edad, no se había dado al diablo para contraer aquel enlace, sino a los Estados Generales de Francia, los cuales declararon que, a fin de asegurarle al rey, durante su menor edad, los servicios de los Montmorency, era preciso hacer aquel casamiento. Y aún empleo por cortesía la palabra “servicios”, porque creo que en el documento al que me refería decía “protección”.”

Al cabo de unos meses fue absuelto de los graves cargos que se le imputaban, pero Louvois tenía poder suficiente para, a pesar de todo, desterrarlo de la corte y confinarlo en sus propias tierras. Cuando por fin pudo regresar a la corte, nunca veía a Louvois. El rey, que nunca le hablaba del pasado, le demostraba que seguía gozando de su estima. Las brillantes campañas militares que el duque de Luxemburgo llevó a cabo a partir de ese momento terminaron por silenciar a sus enemigos.

En cuanto a Bonard, no salió tan bien librado. Hubo de hacer penitencia descalzo, con una cuerda alrededor del cuello y una antorcha en la mano, tras lo cual la cámara lo envió a galeras a perpetuidad.


*Adela de Saboya, viuda de Luis VI el Gordo y madre de Luis VII.

lunes, 16 de abril de 2012

La alargada sombra de La Voisin


La detención de La Voisin llevó a la de sus cómplices. El asunto resultaba cada vez más complejo a medida que, con motivo o sin él, iban surgiendo nuevos nombres en los interrogatorios. Parecía que los detenidos se sentían más seguros al tratar de unir su destino al de importantes personajes de la Corte, y La Reynie se da cuenta de ello. En tales circunstancias, era muy difícil distinguir quién estaba siendo acusado por mera conveniencia. Era un juego que merecía la pena poner en práctica por parte de quien ya nada tenía que perder.

Era difícil que una casa que contara con un buen número de servidores se librara de tener a su servicio a alguien que se hubiera entregado a prácticas mágicas. La propia prima del rey, Mademoiselle de Montpensier, contaba con un limosnero que hacía pactos con el diablo, y un médico que intercambiaba recetas de venenos con una de esas mujeres que hacían hechizos.

Esta presencia en los hogares de gente de calidad no solía ser casual, sino buscada por los propios interesados que, deseando refugiarse a la sombra de un gran nombre intocable, se infiltraban entre los poderosos. La Vigoureux, por ejemplo, se dedicaba a colocar en casas importantes a jóvenes que presentaba como hijos o sobrinos suyos. A veces eran muchachas que introducía para ocuparse de labores de costura o cocina. Una de sus amigas incluso había sido la nodriza de los hijos de la duquesa de Bouillon. 


A través de esos contactos conseguían clientela a la que podían pedir un buen precio. Generalmente ofrecían servicios inofensivos, productos de belleza que ellas mismas fabricaban, polvos para conservar blanca la piel o elixires para alargar la vida. La Voisin alardeaba de fabricar unos cosméticos que iba a vender a las damas de honor de la duquesa de Orleáns.

Pero es la adivinación lo que les atrae más clientes. Son muchísimas las personas, de todo extracto social, que acuden por la curiosidad de conocer qué les pueden decir acerca de su futuro, aunque las más de las veces no sea más que un juego. Después, con mucha cautela, los magos van eligiendo a aquellos que les parecen mejor dispuestos para ser iniciados en actividades más peligrosas.

Lesage, el amante de La Voisin, ocultaba bajo la apariencia de un inofensivo mago un personaje terrible, mentiroso incorregible, que aturde al magistrado instructor con un torrente de palabras capaces de causar asombro al propio ministro Louvois. En una carta a Luis XIV de 8 de octubre de 1679, el ministro le informa de su inquietante conversación con el teniente general de policía:


Ayer tuve una conversación con Monsieur de La Reynie, quien me contó que los crímenes de las personas detenidas en Vincennes parecían cada día más extraordinarios. Había trece o catorce testimonios del crimen de Madame Le Féron. Luego me remitió el original de dicho Lesage, que por deseo suyo no he enviado a Vuestra Majestad, porque al ser largo y estar mal escrito, os habría costado mucho descifrarlo. Estuve de acuerdo con él en guardarlo hasta poder tener el honor de leerlo a Vuestra Majestad en Saint-Germain.

Todo cuanto Vuestra Majestad ha visto contra Monsieur de Luxemburgo y Monsieur de Feuquières no es nada comparado con la declaración que contiene este interrogatorio, en la cual Monsieur de Luxemburgo está acusado de haber pedido la muerte de su esposa, la del mariscal de Créqui, el matrimonio de mi hija con su hijo, entrar en posesión del ducado de Montmorency y de lograr grandes hazañas en la guerra para hacer olvidar a Vuestra Majestad la falta cometida en Filisburgo.

Monsieur de Feuquières aparece como el hombre más malvado del mundo, que ha aprovechado las ocasiones de entregarse al diablo para lograr que demoiselle Voisin envenenara al tío o al tutor de una joven con la que deseaba casarse…

La dama mencionada en la carta, Madame Le Féron, era la esposa de un presidente del Parlamento, acusada de haberlo envenenado. Al no poder probarse ese cargo mayor, fue condenada a una pena de destierro por diez años.


En cuanto al marqués de Feuquières, hombre de humor difícil, intratable, no respondió a las acusaciones con menos insolencia de lo que había hecho la duquesa de Bouillon. Calificó a La Reynie de loco que recorría todo París en busca de gente a la que encarcelar. 

Para entonces el teniente general de policía era el personaje más odiado de toda la corte. El duque de Bouillon había jurado venganza por el modo en que su esposa había sido conducida ante el tribunal, y Madame de Sévigné no parecía tener mejor opinión de él, a tenor de estas líneas que escribió a Madame de Maintenon:

La reputación de Monsieur de La Reynie es abominable. Tenéis razón al decir que el mero hecho de que él esté vivo demuestra que no hay envenenadores en Francia.

El marqués de Feuquières admitió conocer a Lesage y a la Vigoureux, pero negó cualquier trato con la Voisin, como refleja esta carta suya:


Jamás he visto a la Voisin; las acusaciones vertidas contra mí no son más que tonterías sin fundamento que ya os contaré con detalle… Consisten principalmente en dos cargos, a saber: por qué había recurrido a una mujer, llamada Madame Vigoureux, para casarme. Esta mujer murió hace casi un año. Era una de las envenenadoras. Yo no la había visto nunca excepto una vez, hace unos dos años, cuando vino a mi casa a decirme que su marido era modisto, que había servido a mi difunta madre, y que le haría una gran merced si aceptara tomar por lacayo a un chiquillo que tenía consigo, y que decía que era hijo suyo y ahijado de mi madre. Pero, afortunadamente para mí, lo encontré demasiado joven y no lo quise… El otro es la historia de una nota quemada en presencia de Monsieur de Luxemburgo, del difunto La Vallière y de mí, y de la que un hombre llamado Lesage, sin haberla leído, dijo que nos daría respuesta en tres días, de lo cual nos burlamos. La Vallière llenó un papel con tonterías y luego lo quemamos; aquel granuja dijo después que contenía cosas de gran importancia, y se me preguntó cuáles eran…

Finalmente, por más que buscó e interrogó La Reynie, no se encontró ninguna prueba en su contra, por lo que al cabo de un tiempo recuperó la confianza del rey y su brillante carrera militar no se resintió.

sábado, 14 de abril de 2012

Olimpia Mancini y el asunto de los venenos

Olimpia Mancini

Los interrogatorios de La Voisin sacaron a la luz nombres muy importantes. La bruja declaró que Olimpia Mancini, condesa de Soissons, desesperada al ver fracasar todos los sortilegios para separar al rey de Luisa de La Vallière, había llegado a decir:

—Si él no vuelve conmigo y no puedo desembarazarme de esa mujer, llevaré mi venganza al límite y me desharé de ambos.

Madame de Sévigné se hace eco de estas confesiones en una carta a su hija del 31 de enero de 1680, en la que cuenta que en una ocasión La Voisin había dicho a ciertas damas que habían ido a visitarla que “Madame de Soissons pregunta si no podría recuperar a un amante que la había abandonado. Ese amante era un gran príncipe, y se asegura que ella dijo que si no volvía con ella, se arrepentiría…”

Olimpia era por entonces viuda de Eugenio Mauricio de Saboya-Carignano, descendiente por su madre de la Casa de Borbón, general en jefe de los regimientos suizos al servicio del rey y gobernador de Champaña. Como esposa de un príncipe, su posición en la corte era espléndida y, aunque había perdido el amor de Luis XIV, conservaba su amistad. El rey era una visita frecuente en sus apartamentos, en los que se daba cita la flor y nata de la sociedad parisina. Pero no se conformaba con eso, y no había dejado de intrigar para recuperar el corazón de Luis y minar la influencia que sobre él habían tenido primero Luisa de La Vallière y después Madame de Montespan. Al no poder conseguirlo por sus propios medios, había decidido solicitar la ayuda de los poderes sobrenaturales, para lo cual se puso en manos de La Voisin.

Las intrigas de Olimpia ya le habían valido el destierro en 1665, cuando se implicó en un complot para lograr que la reina María Teresa tuviera conocimiento de la relación de su esposo con La Vallière. Posteriormente regresó a la Corte, aunque, dada la trayectoria de la dama, era inevitable la sospecha de haber envenenado a su propio esposo. Esto no podía demostrarse, pero lo que la policía consideraba probado era que Olimpia y su hermana María Ana Mancini, duquesa de Bouillon, habían mantenido trato con La Voisin, que ésta recibió dinero de ellas y que ambas habían tomado parte en ritos mágicos.

 María Ana Mancini, duquesa de Bouillon

Olimpia sabía que no iba a tener fácil hacer frente a las acusaciones, puesto que se había granjeado la enemistad del todopoderoso Louvois al negarse a casar a una de sus hijas con un hijo del ministro. Fue él quien, tras las declaraciones de La Voisin, dio orden de arrestar a la condesa de Soissons. La situación se complicaba, de modo que Olimpia no encontró mejor salida que huir y refugiarse en Bruselas para no ser interrogada.

Su hermana, en cambio, compareció ante el tribunal reunido en el Arsenal, y fue desterrada a Nérac a consecuencia de ello. Sin embargo, parece que la duquesa nada tenía que ver con venenos, sino que acudía a la bruja impulsada por la curiosidad de ver al diablo, y también deseosa de conocer el porvenir. Cuando uno de los presidentes del tribunal le preguntó si había conseguido ver al demonio, ella respondió, mirándole directamente:

—¡Oh, sí! Lo estoy viendo en estos momentos. Tiene el aspecto de un feo ancianito malhumorado, y viste las ropas de un Consejero del Estado.

María Ana Mancini pasó varios meses en la Bastilla, pero al no poder probarse nada contra ella, fue finalmente liberada. En una carta de Madame de Sévigné, leemos lo siguiente:

Mesdames de Bouillon y de Tingry fueron interrogadas el lunes en la cámara del arsenal. Sus nobles familias las esperaban a la puerta. Sin embargo, no parece que haya nada muy negro en las tonterías de las que las acusan, ni siquiera un poco gris. De no descubrirse nada más, esto es un escándalo que bien podría haberse evitado, especialmente a familias de tan alto rango…

Una sentencia de destierro se pronunció para Olimpia en su ausencia, lo que la obligó a vivir en el exilio durante el resto de su vida.

 María Luisa de Orleáns, reina de España

La condesa pasó a España, y nuevamente la persiguieron los rumores. Se sentaba por entonces en el trono español el rey Carlos II, quien se había casado con María Luisa de Orleáns, hija de Minette y de Monsieur. La joven reina falleció de modo inesperado, probablemente a consecuencia de una apendicitis, pero las miradas se volvieron hacia Olimpia. Se dijo que María Luisa había sido lo bastante imprudente para beber una taza de leche que ella le ofrecía. Los rumores fueron más allá y afirmaron que el rey había mandado prenderla, pero que la condesa de Soissons lo había dispuesto todo de antemano para poder escapar a tiempo.

Olimpia abandonaba la corte española y regresaba a Bruselas proclamando su inocencia. Las sospechas la persiguieron toda su vida; en los Países Bajos la gente rodeaba su carruaje con gritos e insultos. Sin embargo, seguramente fue inocente de todo cargo de envenenamiento, aunque no de sus tratos con La Voisin. Es probable que pretendiera simplemente filtros amorosos y un poco de ayuda del más allá para recuperar a su amante.

miércoles, 11 de abril de 2012

Cien mil brujos en el reino


“El siglo XVII era un siglo de gran religiosidad, y por lo tanto un siglo de gran superstición. Lo sobrenatural aparece por cualquier motivo, y muy a menudo sin motivo alguno. Se cree en Dios, no se duda del diablo, y la bruja medieval de Michelet, que continúa frecuentando los tugurios de París, no se priva de ir a trotar por los jardines de Saint-Germain y Versalles. Es el siglo del clasicismo, por cierto, pero las generaciones que lo pueblan no han llegado aún a exorcizar los grandes miedos, los fantasmas que atenazan a la humanidad desde la noche de los tiempos”. (M. de Decker)

Marie Bosse, a quien llamaban La Bosse, era la viuda de un tratante de caballos. Se dedicaba al mismo oficio que La Voisin, es decir, ponía a disposición de sus clientes toda clase de venenos, además de sus supuestas artes adivinatorias.

A finales de 1678, la mujer asistió a una fiesta en casa de su amiga Marie Vigoreaux. Su afición por la bebida era tan inmoderada como la de la propia La Voisin, de quien decían que siempre estaba ebria. Durante la fiesta La Bosse se embriagó hasta el punto de perder toda cautela, y comenzó a alardear de la enorme fortuna que había hecho vendiendo venenos a miembros de la nobleza.

—¡Qué hermoso oficio! —exclamó— ¡Y qué hermoso mundo el de mis clientes! ¡Marqueses y duquesas! Tres buenos encargos más y me retiro con la fortuna hecha.


Entre los invitados a aquella velada se encontraba el abodado Perrin, uno de los informadores del policía Desgrez. Perrin habría tomado aquellas palabras por incoherencias propias de una persona borracha de no haber sido porque la anfitriona regañó a La Bosse con especial furia, todo lo cual le persuadió de que lo mejor era contar a la policía lo que había escuchado.

Desgrez envió a la esposa de uno de sus subordinados a entrevistarse con La Bosse. La mujer debía exponerle sus sufrimientos a manos de un marido insoportablemente cruel y preguntarle si no habría algún modo de librarse de él. Interpretó tan bien su papel que la hechicera mordió el anzuelo y le pidió que regresara otro día. Fue en esa nueva visita cuando le proporcionó un veneno, y con él la prueba que la policía andaba buscando.

El 4 de enero de 1679 Desgrez llegaba con sus hombres al domicilio de Marie Bosse, echaba la puerta abajo y la arrestaba con su hija Manon y sus hijos, uno de los cuales era miembro de la guardia real. Ese mismo día se procedía también al arresto de Marie Vigoreaux, la anfitriona en aquella fiesta. La Vigoreaux, esposa de un modisto, había sido nodriza de varios miembros de la aristocracia antes de ganarse la vida con sus habilidades para leer las palmas de las manos.


Sometida a interrogatorio por el mismísimo La Reynie, se descubre que está en conexión con la viuda de la Grange y con La Voisin. Según su confesión, es esta última la que fabrica y vende el veneno, pero no es la única. ¡Había más de 400 personas relacionadas con el tráfico de venenos en París!

Como nos cuenta M. de Decker, “en el siglo XVII la demonología reinaba soberana”. Un brujo condenado a morir en la hoguera en la plaza de Grève, antes de ser devorado por las llamas exclamó:

—¡Tengo cien mil colegas en el reino!

Y probablemente no exageraba.

Marie Vigoreaux no resistió la tortura y falleció durante los interrogatorios, el 9 de mayo de 1679. Ese mismo mes La Bosse era condenada a morir en la hoguera.

El domingo 12 de marzo de 1679 François Desgrez arrestaba a La Voisin cuando salía de misa. 

lunes, 9 de abril de 2012

Caza de brujas

La duquesa de Foix

Una de las muchas damas investigadas por sus tratos con La Voisin fue la duquesa de Foix. El teniente general de policía, La Reynie, estaba convencido de su implicación debido a una misteriosa nota de puño y letra de la duquesa dirigida a la bruja. La nota decía, en esencia, “cuanto más froto, menos crecen”.

El concienzudo policía, verdadero azote de los criminales de su tiempo, se puso a investigar a fondo y acabó descubriendo que la inquietante nota era tan solo una receta, al parecer poco eficaz, para desarrollar los pechos de la duquesa.

No todos los cortesanos albergaban intenciones tan inocentes en sus tratos con La Voisin. El arresto de la bruja provocará el de otras 441 personas relacionadas con el asunto, de los cuales 281 recibirán alguna clase de condena.

Curiosamente, Madame de Montespan no se encontraba entre los nombres que ella mencionó. Fue Lesage quien la implicó durante el interrogatorio, diciendo que había acudido a La Voisin cuando creyó que estaba perdiendo el amor del rey. Aparte de algunas pócimas para estimular el interés de Luis, afirmó que la marquesa había participado en misas negras. Los acusadores de Athénaïs fijaban el comienzo de sus tratos con La Voisin en 1667, el año del último embarazo de Luisa de La Vallière, a quien estaba decidida a suplantar por cualquier medio.

En su momento repasaremos los testimonios y debatiremos cuánta credibilidad puede darse a cada uno. Ustedes se formarán así su propia opinión sobre la inocencia o culpabilidad de la marquesa de Montespan.


¿Pero cómo llegó la policía a descubrir a La Voisin?

Como habíamos visto, a raíz de los crímenes de la marquesa de Brinvilliers, la policía investigaba el asunto de la fabricación y distribución de venenos en París. Al año siguiente había ido a parar a manos del ministro Colbert una carta anónima redactada en términos muy misteriosos. Colbert la trasladó a La Reynie, y éste, al recibirla, recordó un dossier que le había enviado Louvois meses antes.

Los documentos se referían a Madeleine Gueniveau, viuda del señor de la Grange, ejecutado por vender mercancía robada. La mujer se ganaba la vida como adivina. Convencía a sus clientes de que estaban siendo envenenados y les ofrecía antídotos para escapar a la muerte. Pero su principal fuente de ingresos, gracias a lo cual podía llevar una vida de lujos, era su amante, un abogado parisino entrado en años y poseedor de una enorme fortuna. El anciano falleció repentinamente y ella se apoderó de inmediato de todos sus bienes, para gran sorpresa de los sobrinos del difunto. Madeleine mostró entonces un certificado de matrimonio y un contrato previo firmado ante notario. En él aparecía como única heredera.

Los sobrinos, sospechando el fraude, presentaron una denuncia que acabó llevando a la cárcel a Madeleine y sus cómplices. Durante la investigación, los servidores del abogado expresaron su convicción de que la mujer no se habría limitado a falsificar los documentos, sino que además lo había envenenado.


En enero de 1677 Madeleine pide hablar con el ministro Louvois para revelarle la existencia de un supuesto complot para asesinar al rey. Esperaba que la importancia de sus declaraciones pudiera conseguirle la clemencia de los jueces.

Era inevitable que La Reynie relacionara esa confesión con la carta recibida por Colbert, y que decía:

Este polvo blanco, que queréis poner en la toalla de quien vos sabéis, ¿puede reconocerse al hacer el efecto al que está destinado? Pensad en lo que sucedería… Temo mucho que puedan ver nuestras cartas y me consideren culpable, aunque soy inocente. Porque en todos los demás crímenes uno tiene que ser cómplice para ser castigado, pero en este, basta con tener conocimiento del mismo.

Esas palabras dejaban pocas dudas acerca de quién podría ser “quien vos sabéis”, puesto que solo el crimen de lesa majestad llevaba aparejada la pena capital de cualquiera que tuviera conocimiento del delito sin haber informado de inmediato a las autoridades.


Pero La Reynie no se deja engañar. Sospecha que la carta ha sido fabricada por Madeleine, que inventa un complot mientras se esfuerza al mismo tiempo por aclarar su propia inocencia. La manipulación no logra el éxito que la mujer esperaba y no la salva de la pena de muerte.

A raíz de los interrogatorios, el policía comienza a descubrir la intrincada trama de cómplices y relaciones entre hechiceras y alquimistas que fabrican y venden venenos. En diciembre de 1677 Desgrez detiene en París a Louis de Vanens, miembro de un gremio de alquimistas con ramificaciones internacionales. Desgrez no era un policía corriente; en realidad era el hombre al que Nicolas de La Reynie encomendaba las misiones especiales.

Encargado de seguir esa pista, Desgrez tiene informadores por todo París, y a finales de 1678 su labor comenzará a dar sus frutos, como veremos el próximo día.