viernes, 30 de marzo de 2012

El ocaso de Madame de Montespan

Luis XIV

Durante el tiempo que Luis permaneció en Flandes, no había podido dejar de pensar en Madame de Montespan. Escribía incesantemente a Colbert instándole a ocuparse de los intereses de la marquesa, para que el château de Clagny, que le había regalado, continuara convirtiéndose en un paraíso en la tierra. No omitía detalle a tal fin, e incluso hizo traer naranjos del sur de Europa para que adornaran el lugar. 

Mientras tanto Athénaïs se consolaba de su abandono jugando a las cartas en Clagny. “El demonio del juego era tan fuerte dentro de ella que era incapaz de visitar un convento sin organizar una lotería entre las monjas”. 

A su regreso de Flandes, Luis no pudo ocultar las vivas emociones que le producía volver a ver a Madame de Montespan. Puesto que había prometido a su confesor que se apartaría de ella, la primera entrevista entre ambos debía de estar perfectamente reglamentada. Madame de Caylus, sobrina de la marquesa, nos cuenta que “para no dar a la maledicencia el menor motivo para desatarse, se había convenido que estarían presentes varias damas respetables, y que el rey vería a Madame de Montespan en compañía de ellas”. 

Athénaïs se presentó con actitud perfectamente recatada y pudorosa. Luis la esperaba con expresión grave y comenzó a dirigirse a ella en el tono que hubiera podido emplear el propio Bossuet. 

—Es inútil hacerme un sermón —lo interrumpió ella. 

La marquesa comprende que su tiempo ha terminado, y “ella, que jamás lloraba, supo encontrar ese día la elocuencia de las lágrimas”. No pudo haber nada más eficaz para favorecer sus propósitos. 

“El rey llevó a Madame de Montespan hacia el hueco de una ventana, hablaron en voz baja durante bastante tiempo, lloraron y se dijeron lo que se acostumbra a decir en estos casos. Y entonces hicieron una profunda reverencia a las respetables matronas y pasaron a otra cámara...” 

Madame de Montespan

Seguramente la marquesa abandonó la estancia clavando su mirada triunfal en la asamblea de censoras allí congregadas. En palabras de Michele de Decker, “con eso se vengaba de su cuarto de hora de humillación”

Como consecuencia de esa jornada iba a nacer Mademoiselle de Blois, destinada años más tarde a casarse con el Regente. 

Como Madame de Sévigné comenta en sus cartas, cuando la marquesa de Montespan recuperó el favor real, la relación pareció cobrar fuerza. Y, naturalmente, había otra persona en la corte a la que le hizo menos gracia que a nadie enterarse de esa reconciliación. Era Madame de Maintenon, que escribió por entonces: “Sabía muy bien que el señor obispo de Meaux representaría en este asunto el papel de tonto. Tiene mucha inteligencia, pero no para la Corte. ¡Con todo su fervor, quería convertirlos, pero los acercó!” 

Contaban que en una ocasión, durante una revista a los mosqueteros en la que el rey había mostrado gran satisfacción, Madame de Maintenon tuvo la audacia de preguntarle: 

—¿Qué haríais, Sire, si os dijeran que uno de esos jóvenes vive públicamente con la mujer de otro como si fuera la suya? 

Madame de Maintenon

Lo que no impidió que al mismo tiempo quisiera quedar bien con su supuesta amiga, Madame de Montespan, a la que escribía lo siguiente durante la ausencia de Luis: 

“El rey va a venir a colmaros de gloria, y yo participo infinitamente de vuestra alegría”. 

A pesar de ese triunfo momentáneo, al poco tiempo comenzó a ponerse de manifiesto que la pasión del rey por Athénaïs ya no era la misma. Madame de Sévigné lo advierte en una carta fechada el 11 de septiembre de 1676: “Todos creen que la estrella de Quanto* se apaga; hay lágrimas, momentos de tristeza, otros de alegría fingida… En verdad, querida, está acabada”. 

No se equivocaba mucho. Sin embargo, la marquesa de Montespan aún logró retener su puesto durante dos años más, un tiempo en el que continuó siendo de facto la verdadera reina de Francia. Todos querían agradarle. Los regalos que el rey, su esposa y toda la corte se esforzaban por hacerle el día de su cumpleaños y en Año Nuevo eran de incalculable valor, aunque no existen pruebas de que Athénaïs hiciera regalos a su vez, excepto en una ocasión a la princesa de Harcourt, bastante más modesto que los que ella recibía. Su poder era tan absoluto que la propia reina se sentía satisfecha de ser admitida en sus apartamentos, y Madame de Montespan jugaba con ella a las cartas vestida informalmente con su bata. Cuando entraba el rey y deseaba quedarse a solas con su amante, bastaba una significativa mirada a una de las damas de la reina para que se dispusiera que María Teresa abandonara los aposentos. 


*Madame de Sévigné llama Quanto o Quantova a Athénaïs en sus cartas, según L’intermédiaire des chercheux et curieux, vol. XVIII, en alusión a su pasión por el juego y a su costumbre de preguntar en italiano “cuánto” o “cuánto va” durante las partidas.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Mademoiselle de Ludres (III)


Escenas terribles explotaban frecuentemente entre Madame de Montespan e Isabelle de Ludres. Bussy cuenta que “una mañana, cuando el rey regresaba de misa, vio a Mademoiselle de Ludres y le dijo algo al pasar. Durante el día, esta dama fue a casa de Madame de Montespan y la marquesa pensó en estrangularla allí mientras le daba una acogida rabiosa”. 

En el transcurso de este duelo singular entre ambas damas, el 5 de enero de 1677 se representó en Saint-Germain una tragedia-ópera de Lully, con libreto de Quinault, que llevaba por nombre Isis. La obra causó una grave ofensa a Madame de Montespan, por verse identificada con la cruel y celosa Juno. A partir de ese momento Madame de Sévigné, en sus cartas, llamaba Isis, o Io, a Isabelle. Sin embargo hubo alguno que, jocosamente y con muy mala idea, achacó el disgusto de la marquesa de Montespan a haberse reconocido no en Juno, sino en los rasgos de Isis, pues Júpiter la había convertido en una vaca. Como habíamos mencionado, Athénaïs había ido perdiendo la línea con los sucesivos embarazos. 


Luis pronto regresaba a sus brazos. El 4 de mayo de 1677 la marquesa daba a luz una niña que fue bautizada como Françoise-Marie de Bourbon, y que sería conocida como Mademoiselle de Blois. Parecía que finalmente había triunfado sobre su rival, aunque la bella Ludres no se rendía tan fácilmente. Según Primi Visconti, “Madame de Montespan, que antes había perseguido a Madame de Ludres, creyendo el favor de esta enteramente perdido, la había vuelto a llamar junto a ella. Pero este retorno volvió a despertar los deseos del rey”. 

Isabelle tuvo la peregrina ocurrencia de hacer creer a toda la corte que estaba encinta y que también ella esperaba un hijo de Luis, quien por entonces se encontraba en plena campaña contra los españoles. Primi Visconti nos cuenta: “Mademoiselle de Ludres, con poses estudiadas, deseaba que la corte creyera en su embarazo. Por el solo hecho de ser amada del rey, todas las princesas y duquesas se levantaban en su presencia, incluso estando presente la reina, y no se sentaban nada más que cuando Mademoiselle de Ludres les hacía una señal. Como todo esto ocurría en casa de Madame de Montespan, esta tenía motivos para su rabieta”. Para entonces la reina María Teresa ya había aprendido a tomarse con filosofía esos asuntos, y declaró, con gran presencia de ánimo, mucha flema y no poco sentido del humor, que “el problema concernía a Madame de Montespan”


Isabelle se jactaba de haber desbancado a Athénaïs y de ser la nueva favorita, todo lo cual terminó por irritar enormemente a Luis. Disgustado por sus intrigas y manejos, el rey rompió definitivamente toda relación con ella. 

Madame de Sévigné se hace eco de esta victoria de la antigua favorita: “¡Ah, hija mía, qué triunfo en Versalles! ¡Qué rápido desquite! ¡Qué consolidación del poder!”. Y poco después comenta: “Madame de Montespan estaba el otro día cubierta de diamantes; el brillo de tan deslumbrante divinidad era más de lo que se podía soportar. El lazo parece más fuerte que nunca; solo tienen ojos el uno para el otro…” 

Athénaïs comenzó a mostrarse entonces más despiadada que nunca con Mademoiselle de Ludres. Sus sarcasmos y humillaciones eran intolerables, y la posición de Isabelle en la corte resultaba insostenible. A comienzos de 1678 la joven toma la decisión de abandonar su puesto junto a la duquesa de Orleáns y retirarse al convento de la Visitación de Santa María, después de haber tenido la dignidad de rechazar una cantidad que el rey le ofrecía para su mantenimiento. Bussy insinúa, con una buena dosis de cinismo, que su rechazo de la generosidad real se debía a una estratagema para convencer a Luis de su total desinterés, y así tratar de recuperarlo aún. 


Mademoiselle de Ludres había comunicado a Monsieur su intención de retirarse al convento, y él se lo transmitió así al rey. 

—Ah, pero ¿no estaba allí ya? —se limitó a comentar Luis. 

Isabelle nunca profesó como religiosa, pero tampoco se casó. Acabó retirándose a su casa de Nacy, en su Lorena natal. Tuvo una larga vida, por lo que sus recursos se agotaron y acabó endeudada, viéndose obligada a aceptar finalmente una pensión del rey al cabo de los años. 

En 1720, durante los comienzos del reinado de Luis XV, era elevada al rango de marquesa. Isabelle de Ludres fallecía en Nancy el 28 de enero de 1726, con casi ochenta años. Quienes la conocían comentaban que incluso siendo una anciana había conservado su belleza. Cuando contaba 72 años alguien le dijo que estaba más hermosa que nunca. 

—Qué bien —replicó ella—. Me alegro. Es un ridículo menos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Mademoiselle de Ludres (II)


Según Primi Visconti, “el rey estaba cansado de Madame de Montespan. Ella había adquirido sobre él un ascendiente que se había convertido en una especie de dominio”. Además, a sus 35 años la marquesa había ido perdiendo su envidiable figura con los sucesivos embarazos, y sus atractivos ya no eran los mismos. Durante la época en la que Athénaïs hubo de apartarse de la corte para vivir una temporada de retiro en Clagny, la distancia hizo que el lazo terminara de aflojarse lo suficiente para que Luis XIV comenzara una discreta relación con Mademoiselle de Ludres. 

Aparecieron por entonces unos versos anónimos que decían: 

La Vallière era del pueblo, 
La Montespan de la nobleza, 
La Ludres era canonesa. 
Las tres son para uno solo: 
Es el mayor de los potentados 
Aquel que reúne los tres estados. 

Desde que Athénaïs supo que Luis había puesto sus ojos en la hermosa joven, no se privó de hacer circular toda clase de rumores acerca de ella. Sabemos por la Princesa Palatina que “la Montespan hizo advertir al rey que Ludres tenía escamas en el cuerpo, secuela del veneno que Madame de Cantecroix le había hecho tomar durante su adolescencia, cuando no tenía más que doce o trece años, porque el viejo duque de Lorena estaba tan enamorado de esa niña que quería casarse con ella. El veneno le causó una erupción y la cubrió de manchas de la cabeza a los pies. El matrimonio logró así ser impedido”. Según Bussy, llegó a decir que tenía “la sarna, la lepra y todas las enfermedades imaginables”. La llamaba “harapo”, y cualquier ocasión era buena para burlarse de ella y criticarla, especialmente delante del rey. Todo en vano, porque para entonces seguramente Luis había tenido ya ocasión de comprobar por sí mismo la falsedad de las acusaciones. 

Madame de Montespan

Athénaïs debía de mesarse los cabellos cada vez que recordaba que en realidad había sido ella misma quien, sin proponérselo, la había expuesto en exceso a los ojos de Luis. Se daba la circunstancia de que Vivonne, el hermano de Madame de Montespan, rivalizaba con el Caballero de Vendôme, con el hijo de la marquesa de Sévigné, con el conde de Marsan y el cardenal de Bouillon por conseguir el favor de Isabelle. “Los más brillantes, los más ricos, los más nobles de la corte formaban el cortejo de sus admiradores”, y el poeta Benserade cantaba en rendidos versos su belleza. Vivonne encargaba a Corneille y a Racine que escribieran sonetos en honor a Isabelle, y el asunto llegó a tal punto que el principal de sus rivales, el Caballero de Vendôme, incluso quería batirse con él por el amor de Mademoiselle de Ludres. 

El duelo no pudo llevarse a cabo debido a que el hermano de Athénaïs había resultado herido de consideración en 1672, durante la invasión de Holanda, y no se encontraba en condiciones de batirse. En el famoso paso del Rin, su caballo, llamado Jean Le Blanc, lo derribó en medio del río. 

—Muy bonito, Jean Le Blanc —reprochó entonces el duque a su caballo—. ¿Pretendías hacer morir en agua dulce a un general de las galeras? 

En ese momento resultó alcanzado por fuego enemigo en el lado izquierdo de la espalda, algo que le dejaría secuelas permanentes. En adelante habría de llevar el brazo en cabestrillo, pero siempre soportó esta desgracia con buen ánimo. 

Philippe de Vendôme

El joven Philippe de Vendôme, Caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, era hijo de Laura Mancini, una de las sobrinas del cardenal Mazarino, mientras que por línea paterna descendía del rey Enrique IV y su amante Gabriela d’Estrées. Mejor dotado para las letras que para las armas, llevó en su palacio de París una vida licenciosa. Según Saint-Simon, “tenía una figura perfecta y un rostro singularmente hermoso”, pero no se destacaba por su valor. Se sugirió que había desafiado al duque de Vivonne porque sabía que en su estado ya no podría responderle con la espada. 

El duque se hallaba en sus aposentos, recibiendo visitas, cuando le comunicaron las intenciones de Vendôme. 

—¡Yo, señores! —exclamó desenfadadamente— ¡Batirme yo! Puede batirse conmigo si quiere, pero le reto a hacerlo en mis mismas condiciones: que le hieran en la espalda, que le hagan 18 incisiones, y luego veremos. ¿Qué burla es esa de que quiere medirse conmigo? ¡Hermosa intención! Me arrepiento de haberle salvado la vida al cruzar el Rin. No quiero volver a hacer nada semejante por nadie sin antes mandar hacer su horóscopo. 

Isabelle no cedía a su pasión, más deseosa en aquel momento de asegurarse un esposo que de tomar un amante. Conocedora de estas inclinaciones sentimentales de su hermano, Athénaïs intentó ayudarlo. En una carta de Madame de Montmorency a Bussy, la dama cuenta que Vivonne “amaba apasionadamente a Madame de Ludres*; Madame de Montespan, que quería reconciliarse a toda costa con su hermano, hizo cuanto le fue posible por Madame de Ludres, e incluso se ocupó de que el rey le ofreciera regalos, lo que fue malinterpretado por muchos”. 


*A pesar de ser soltera, Isabelle solía recibir el tratamiento de Madame como canonesa laica de la abadía de Poussay.

Continuará.

sábado, 24 de marzo de 2012

Mademoiselle de Ludres (I)

Mademoiselle de Ludres representada como María Magdalena

Una de las más peligrosas rivales de Madame de Montespan fue la marquesa de Ludres, cuyos atractivos no podían dejar de ser percibidos por el rey. Isabelle de Ludres unía a su belleza un sugerente acento lorenés que causaba estragos entre los caballeros de la corte de Francia, pues se consideraba muy sensual. Una opinión, por cierto, no compartida por la alemana Princesa Palatina, que nos dice de ella que “tiene los rasgos más hermosos que se puedan contemplar, pero una voz desagradable: cecea horriblemente”

Isabelle pertenecía a una noble familia de Lorena que descendía de los duques de Borgoña allá por el siglo XII. Nacida en Ludres en 1647, se educó en la abadía de Poussay, en la que había sido admitida como canonesa* en atención a su linaje. Contaba tan solo 15 años cuando el duque Carlos IV de Lorena visitó Poussay y se fijó en ella. La diferencia de edad entre ambos era enorme: el duque había cumplido 58, pero se empeñó en casarse con la jovencita sin dejarse detener por dicha consideración. 

El duque Carlos IV de Lorena, a quien ya habíamos presentado en la Corte, era un hombre de elevada estatura y ojos felinos, con mucha destreza en toda clase de ejercicio físico, infatigable en la guerra, imprudente, ligero y poco fiel a su palabra. Pero, a pesar de todas las calamidades que atrajo sobre sus súbditos, fue para ellos un ídolo durante mucho tiempo. Tenía gustos bastante groseros, tanto como sus modales y su conversación, y sus incontables amoríos eran la comidilla de Europa. 

Carlos IV de Lorena

Carlos tenía un pasado sentimental complicado: Primero se casó con Nicole, hija del anterior duque de Lorena, y fue a través de ella como alcanzó la corona ducal. Pero anuló su matrimonio y se casó con Béatrix de Cusanze, princesa de Cantecroix, con quien tuvo dos hijos. El problema es que sólo después de consumar este matrimonio apeló Carlos al Vaticano para confirmar la nulidad del primero, debido a lo cual Nicole, por su parte, solicitó la nulidad del segundo. El Papa falló a favor de ella y excomulgó al duque, quien de todos modos ignoró la bula y siguió conviviendo con Beatrix. 

Nicole falleció en 1657, y entonces Beatrix comenzó a presionarlo para que ratificara su unión con ella, pero Carlos ya no la amaba y la acusó de infidelidad para eludir sus compromisos. 

Mencionar sus restantes amoríos sería una tarea demasiado exhaustiva. Baste decir, por ejemplo, que también pretendió a María Mancini y quiso casarse con Marianne Pajot, la hija de un boticario. Llegó a redactarse un contrato matrimonial en el que se estipulaba que los hijos habidos de esa última unión no podrían sucederle como duques de Lorena y de Bar, esperando con esa cláusula apaciguar toda oposición. Pero no logró salirse con la suya, y al final Marianne fue enviada a un convento. 

María Mancini

Durante un año estuvo prometido a Isabelle de Ludres, pero al cabo de ese tiempo cambia de idea y acaba casándose con su amante, que fallece poco después. 

El viejo duque vuelve entonces sus ojos hacia otra joven damisela, Marie-Louise d’Apremont. Mademoiselle de Ludres se opone e intenta hacer valer el compromiso que Carlos ha contraído con ella, en lo que encuentra el apoyo de la Iglesia de Lorena. El duque la amenaza con acusarla de un crimen de lesa majestad y se casa con Marie-Louise en 1664, ignorando cualquier palabra dada previamente a Isabelle. 

Mademoiselle de Ludres, aconsejada por su madre, decide retirar su reclamación. Dos años más tarde llegaba a la corte de Francia, donde iba a ocupar un puesto de dama de honor al lado de la duquesa de Orleáns, cuñada del rey. Cuando esta fallece, Isabelle pasa al servicio de la reina María Teresa, y posteriormente al de la Princesa Palatina, la nueva esposa del duque de Orleáns. 

La Princesa Palatina

Durante la Pascua de 1675 la marquesa de Montespan sufrió una pasajera pérdida de favor cuando Luis XIV cedió ante los sermones de Bossuet. Madame de Caylus nos cuenta: “El rey tenía un fondo religioso que se expresaba incluso en sus mayores desarreglos con las mujeres. Tras una noche de meditación, atormentado por la idea de incumplir sus deberes cuaresmales, acabó por rendirse. Pálido y deshecho, envió a madame de Montespan la orden de abandonar la corte.” 

Era demasiado pedir que, en ausencia de Athénaïs, Luis no acabara por fijarse en otra. Sucedió, por supuesto, y la elegida por la atención real fue Isabelle. En realidad había reparado en ella a su llegada a la corte, cuando la vio participar en el ballet de las Musas. 

—Estoy seguro, madame, de que esos ojos han causado mucho daño —le dijo una vez. 

—No tanto como yo desearía, Sire —le respondió ella con toda la intención. 

Sin embargo, por entonces el rey aún estaba demasiado enamorado de Luisa de La Vallière y no hizo ningún intento de acercamiento. Ahora, en cambio, se lanzó al asedio. Bella, inteligente y ambiciosa, Isabelle cedió ante el cerco del rey con la esperanza de ganar la plaza de amante titular. 


Continuará. 


*Mujer que en las abadías flamencas y alemanas vivía en comunidad, pero sin hacer votos solemnes ni obligarse a perpetua clausura. 



Muchas gracias a monsieur Tolya, de Civilización o Barbarie, por su relato-felicitación de cumpleaños. Siempre es agradable encontrarse con viejos amigos como el barón Yanáyev. Tolya, usted y Yanáyev están invitados a la fiesta de esta noche en mi château, donde espero la presencia de todos los miembros de la Orden.

jueves, 22 de marzo de 2012

Mademoiselle des Oeillets


Según Madame de Sévigné, si el gabinete del rey era difícil de guardar para sus ministros, su lecho se veía amenazado en forma más constante aún. 

Había muchas mujeres en la corte que envidiaban la posición de Madame de Montespan y estaban dispuestas a todo con tal de sustituirla. Otras se conformaban con aventuras más breves e intrascendentes, y él no tenía por costumbre ofrecer demasiada resistencia. Athénais tenía motivos para desconfiar de cuantas la rodeaban. No sería tarea fácil hacer un catálogo de amantes de Luis XIV. Después de “haber demostrado su estima” por varias damiselas, el rey puso sus miras en una doncella de la propia marquesa de Montespan: Claude de Vin des Oeillets

La dama había nacido en Provenza en 1637, hija de actores muy reconocidos en su tiempo. Sus padres tenían un teatro que llevaba por nombre "Des Oeillets", y ella misma había comenzado su carrera como actriz, debutando en el papel de Hermione en la Andrómaca de Racine. Fue Madame de Thianges quien la recomendó a su hermana, Madame de Montespan, y esta la tomó a su servicio.

Claude daría mucho que hablar, no solo por haber sido madre de una de las hijas del rey, sino por su implicación en el asunto de los venenos, que pronto pasaremos a tratar. 

Nunca fue algo más que un pasatiempo para él: se decía que la niña que tuvo con el rey había sido engendrada una noche mientras esperaba a Athénaïs, que se demoró demasiado. Luis, mientras tanto, se entretenía en la antecámara jugando con la camarera. La puntualidad no era el fuerte de la marquesa. Le gustaba hacerse rogar, pero en esta ocasión le costó caro. 


Primi Visconti escribió en sus memorias: “Mademoiselle des Oeillets, camarera de confianza de Madame de Montespan, daba a entender que el rey había tenido comercio con ella varias veces. Incluso sugirió haber tenido hijos. No es bella, pero el rey la encontraba a solas cuando su amante estaba ocupada o enferma. La Des Oeillets me dice que el rey no se encontraba bien, y que a veces pasaba horas enteras cerca del fuego, profundamente ensimismado y dejando escapar suspiros”. 

La niña, Louise, nació en París en 1676, pero no fue reconocida oficialmente, sino que se la hizo pasar por hija del capitán de la guardia Philippe de Maisonblanche y de su esposa Gabrielle de La Tour. Se dice que, puesto que Claude tenía numerosos amantes entre los propios valets del rey, Luis siempre dudó de su paternidad, a pesar de que numerosos testimonios de la época hablan del parecido entre ambos. Aunque probablemente pesó más en el ánimo del rey el temor a que Athënaïs conociera su desliz.

Durante un tiempo Louise vivió en el château de Suisnes con su madre, pero al morir esta fue François Le Seignerre y su esposa Catherine quienes la tomaron bajo su custodia. Con ellos permaneció hasta cumplir 20 años. El 17 de abril de 1696 contrajo matrimonio con el joven Bernard de Prez, teniente del regimiento de Borgoña. Luis, a pesar de no haberse decidido a reconocerla oficialmente, ante las dudas se hizo cargo de la dote para que pudiera casarse. 

Desde su matrimonio la joven se hizo llamar Dame Louise de Bourbon-Maisonblanche, hija natural del rey, y así consta en las actas de nacimiento de sus hijos. 

Louise tuvo un total de once, de los cuales solo seis sobrevivieron a la infancia. Dos de sus hijas se educaron en la escuela de Madame de Montespan para jóvenes aristócratas. 

Falleció a consecuencia de la viruela el 12 de septiembre de 1718.


Se cree que Claude de Vin des Oeillets pudo haber sido la amante esporádica del rey durante un periodo de cuatro años, entre 1673 y 1677, y que recurría a ella cuando Madame de Montespan se encontraba indispuesta o encinta. De esas relaciones podrían haber nacido otros dos hijos, si bien nada se sabe de ellos.

En 1677 abandona el servicio de la marquesa.  Gracias a la protección del rey y de Colbert, salió bien librada del asunto de los venenos, y pudo morir tranquilamente en 1687 en París, donde llevaba una vida lujosa en su mansión de la rue Montmartre.


lunes, 19 de marzo de 2012

El juego en la Corte del Rey Sol


“Todas las pasiones, como suspendidas, ceden ante una sola: el cortesano ya no es suave, ni adulador, ni complaciente, ni siquiera devoto.” (La Bruyère – Des biens de la Fortune) 

Las deudas de juego de Madame de Montespan eran considerables. El rey casi siempre —no siempre— las pagaba sin rechistar. Se trataba de desembolsos grandes para el Tesoro real, porque Athénaïs era una jugadora empedernida y perdía con mucha frecuencia. 

La marquesa organizaba loterías con elevados premios, y también se dedicaba a la baceta, el revesino, el sacanete o la oca, un juego de azar italiano que a veces se ha dicho que fue introducido en Francia por Mazarino. Para jugarlo se empleaba una tabla dividida en treinta casillas y treinta billetes numerados mezclados en un saco. Si el billete extraído correspondía a la casilla elegida, se cobraba veintiocho veces lo apostado. 

El bisbís era muy parecido, pero con 70 compartimentos. Se ganaba 68 veces lo apostado. 


Según el teniente general de policía, La Reynie, la oca era el más peligroso de todos los juegos. “La prueba es que los italianos, que son capaces de juzgar los refinamientos de los juegos de azar, han reconocido en este tantos medios distintos de hacer trampa, que se vieron obligados a prohibirlo en su país. Incluso dos Papas, después de haber conocido las bribonadas que se habían cometido en Roma, lo prohibieron bajo penas rigurosas. En París causa tales desórdenes que habría que conseguir su prohibición”. 

Y se consiguió, aunque La Reynie no viviría para verlo, porque ocurrió en 1837. En la corte del Rey Sol continuó estando de moda. Los apartamentos del rey en Versalles se abrían tres veces por semana para que los cortesanos disfrutaran de estos entretenimientos; la reina María Teresa era la anfitriona en un juego nocturno, y Monsieur era otro de los grandes jugadores. El propio Mazarino había sido durante toda su vida un apasionado de los juegos de azar, en los que fue muy afortunado. Se dice que fue él quien introdujo tan desmedida pasión en una corte en la que no se jugaba, pues Luis XIII no había sido aficionado. 

Encontramos en las crónicas fragmentos que nos hablan de las desorbitadas cantidades de dinero que movían los juegos de azar. El cardenal de Retz nos cuenta en sus memorias cómo en 1650 el magistrado más antiguo del Parlamento de Burdeos, y uno de los que pasaban por más sensatos, no se avergonzó por jugarse una noche todas sus propiedades y sin arriesgar por ello su reputación. 


En París se jugaba en las ferias, en las embajadas y en las casas de juego, además de en un gran número de garitos clandestinos. Los burgueses copiaban las modas de la corte, y los predicadores eran conscientes de la gravedad de este mal que invadía el reino. Bourdaloue, en sus sermones, no cesaba de arremeter contra los jugadores. “Amáis el juego… que no es para vosotros una diversión, sino una ocupación, sino una profesión, …sino, me atrevería a decir, una rabia y un furor”. 

Uno de los placeres de Madame de Sévigné cuando iba a la corte era admirar a Dangeau mientras jugaba. En una carta del 29 de julio de 1676 cuenta lo siguiente: 

“El sábado fui con Villars a Versalles. No hace falta que os cuente la toilette de la reina, la misa, la cena; todo eso ya lo conocéis. Pero a las tres el rey se levantó de la mesa, y él, la reina, Monsieur, Madame, Mademoiselle, todos los príncipes y princesas, Madame de Montespan, todo su séquito, todos los cortesanos, todas las damas y, en suma, lo que llamamos la corte de Francia, se reunieron en ese bonito apartamento que ya conocéis. Está divinamente amueblado; todo es magnífico… ¡Vi jugar a Dangeau! Qué tontos parecemos todos comparados con él… Gana cuando todos los demás pierden; no olvida nada, saca partido a todo, nunca se distrae; en una palabra, su habilidad desafía a la suerte…” 

Philippe de Courcillon, Marqués de Dangeau

La mayoría de estos juegos eran tremendamente simples. Para jugar al sacanete, a la baceta o al revesino, solo hacían falta naipes y buena suerte. El revesino, de origen español, gozaba de la preferencia del rey. Era parecido al póker, y se jugaba entre cuatro. La figura más sólida era el cestillo, formado por tres ases y la sota de corazones. Esta última era el naipe más fuerte. Se pueden consultar las reglas en este link

El sacanete era en realidad un enorme revesino que se disputaba con seis juegos de 52 naipes. 

La baceta hacía serios estragos en las arcas reales. La reina dejó a su muerte una deuda de 100.000 coronas debido a este juego. Se podía ganar o perder más de cincuenta veces en un cuarto de hora. Una noche de febrero de 1679 Athénaïs organizó en sus propios apartamentos un juego que duró toda la noche. Perdió 400.000 pistolas contra la banca —y una pistola valía diez libras—, suma que recuperó de madrugada. A las ocho de la mañana Bouyn, el acaudalado financiero que dirigía la banca, quiso detener el juego, pero Madame de Montespan no se dio por satisfecha y declaró que no se iría a la cama hasta haber ganado otras cien mil pistolas. Continuó jugando, con lo que contrajo nuevas deudas. El rey perdió la paciencia y no pudo refrenar un estallido de cólera. 

—¡Madame, las mujeres que aman el juego, solo aman el juego! —exclamó. 


A partir de entonces la baceta quedó prohibida en todo el reino, lo cual no frenó la afición de la marquesa por los juegos de azar. Athénaïs continuó aprovechando la generosidad del rey para perder pequeñas fortunas en las partidas de tresillo o de boliche.

sábado, 17 de marzo de 2012

La edad de oro de Madame de Montespan

Madame de Montespan en Clagny – Henri Gascar 

El rey hizo locuras por Madame de Montespan. Una vez hizo erigir para ella una mansión en Clagny. El edificio no resultó del agrado de la marquesa, quien no se privó de manifestar su mordaz desprecio hacia lo que consideraba poca cosa para ser ocupado por su persona. 

—¿Qué es esto? Solo puede servir para una cantante de ópera —se había burlado. 

Y bastó con eso para que la casa fuera derribada y sustituida por un palacio. Luis llamó a Mansart y le encargó los planos, un proyecto que Athénaïs modificó hasta quedar enteramente a su gusto. El rey así se lo comunicó a Colbert: 

“He ordenado a vuestro hijo que os envíe el plano de Clagny, y que os diga que después de haberlo visto con Madame de Montespan lo aprobamos los dos, y que es preciso comenzar a trabajar sin perder un instante. Madame de Montespan tiene grandes deseos de que el jardín se encuentre en condiciones de ser plantado este otoño [1674]. Haced todo lo necesario para que ella sea satisfecha, y comunicadme las medidas que hayáis tomado para ello”. 

Clagny

El castillo de Clagny no existe hoy, pero Madame de Sévigné nos dejó una maravillosa descripción de esos jardines en una de sus famosas cartas: 

“¿Qué puedo deciros?, esto es el palacio de Armida. El edificio se eleva a ojos vistas; el jardín ya está hecho. Ya conocéis el estilo de Le Nôtre; ha dejado un bosquecillo sombrío que queda muy bien; hay un bosque de naranjos en grandes cajones; una se pasea por allí y son avenidas sombreadas, y para ocultar los cajones hay a los lados empalizadas a la altura del hombro, floridas de tuberosas, rosas, jazmines, claveles. Es sin duda la más asombrosa, la más bella y la más encantadora novedad que se pueda imaginar; este bosque es adorable…” 

Clagny se componía de dos alas que formaban un ángulo, un gran patio en forma de media luna, cinco escalinatas, una gran galería adornada de cuadros, un amplio vestíbulo, una escalera de honor “de osada elegancia”, una capilla y un naranjal embaldosado de mármol. 

Clagny

También para ella modificó Luis XIV el viejo castillo de Saint-Germain de modo que luciera más alegre, con jardines colgantes ante sus ventanas para que la marquesa viese flores y pájaros al despertar. 

El lujo del que hacía gala Madame de Montespan era tal que Madame de Sévigné relata haberla visto un día con un vestido “de oro sobre oro, recamado en oro, y encima un oro rizado mezclado con cierto oro que constituye, todo, la tela más divina que nunca se haya imaginado”. Y sobre sus cabellos “cintas negras cubiertas de perlas… y embellecidas con pendientes de diamantes”. 

El rey llegó al extremo de ofrecerle uno de los mejores barcos del arsenal de Brest, dejarle enarbolar un pabellón y armarlo y tripularlo a su gusto. Eso sin olvidar cómo protegía y pensionaba a cuantos artistas, pintores, músicos o escritores de los que la marquesa gustaba rodearse, “porque no podía negar nada a los bellos ojos de la descendiente de los duques de Aquitania”. 

Mademoiselle d'Alençon

Athénaïs era poderosa y temida. Endiosada, no vacilaba en dar muestras de su arrogancia, a veces con el peor de los gustos. Le gustaba mofarse y humillar a cuantos le rodeaban. Encontramos un ejemplo el día en que el duque de Guisa se casó con Mademoiselle de Alençon. La novia era una princesa de sangre real, hermanastra de la Gran Mademoiselle y nieta de Enrique IV. En el último momento el maestro de ceremonias advirtió que faltaban dos cojines para que los novios pudieran arrodillarse, y Madame de Montespan se ofreció entonces a proporcionárselos. Hizo que le entregaran los cojines de sus perros a la nieta de Enrique el Grande.

viernes, 16 de marzo de 2012

El Trianón de Porcelana


“Este palacio fue considerado mágico por todo el mundo, pues habiéndose comenzado a finales de invierno, estuvo terminado en primavera, como si hubiera surgido de la tierra con las flores de los jardines que lo acompañaban… Se podría decir de Trianón que las Gracias y los Amores que conforman lo más perfecto que pueda hallarse en las más bellas y magníficas obras de arte… han sido los únicos arquitectos de este lugar que quisieron convertir en su residencia”. (Félibien) 

En 1670 Luis XIV encargó a Le Vau que construyera en Versalles el Trianón de Porcelana para Madame de Montespan. El arquitecto falleció sin ver terminada su obra, y fue François d’Obray quien la continuó. 

El edificio era un conjunto de cinco pabellones donde Luis solía cenar en compañía de la marquesa, lejos de la etiqueta de la corte. Se hallaba todo decorado en azul y blanco, con pequeños toques de amarillo y verde claro. Estaba recubierto de azulejos de cerámica que, sin ser verdadera porcelana, recordaban el arte de la dinastía Ming. Procedían sobre todo de Holanda, pero también se traían de Ruán, Nevers y otros lugares de Francia. 


Lo oriental estaba de moda en la corte, en parte gracias a los relatos de los misioneros que regresaban describiendo la famosa Torre de porcelana de Nankin, una pagoda considerada en aquel tiempo como la octava maravilla del mundo; pero el capricho por lo chino se debía más especialmente a las crónicas del viajero Johan Nieuhof, cuya obra había sido publicada en francés cinco años antes. 

El pabellón del rey constaba de un salón que daba a dos apartamentos: el de Diana y el de los Amores. Este último, reservado a la intimidad de Luis, disponía camas de madera esculpida y dorada, con un gran espejo veneciano. Los pabellones que rodeaban el principal estaban destinados a los preparativos culinarios, y cada habitación tenía un nombre relacionado con la gastronomía. Había, por ejemplo, una estancia para preparar dulces, otra para preparar asados, otra para fruta, etc. Dos de ellas estaban reservadas para las mesas en las que se sentaban los invitados. 

Torre de Porcelana de Nankin

El Trianon de porcelana contaba con sus propios jardines de plantas exóticas que perfumaban milagrosamente el aire incluso en invierno. Pasear por ellos era como encontrar el paraíso en la tierra. Llegaban narcisos de Constantinopla, castaños de la India, jazmines de España, limas de las Indias Occidentales, tuberosas de México y granadas de Oriente.  

Los jardines estaban divididos en tres partes: la terraza que bordeaba el pabellón central, la suave pendiente con naranjos que descendía hacia el Gran canal y el Jardin bas. En 1670 había más de 26.000 plantas. Bajo la terraza se diseñaron dos grandes parterres adornados con una fuente de loza. También contaba con un Cabinet des parfums, situado en el actual Salón de los jardines del Trianón y destinado a las flores de esencias mejores y más raras.  

Madame de Montespan en el Trianón de Porcelana - Pierre Mignard, 1674

Esta bella construcción cautivó a la aristocracia de la época. En 1673 el Mercure galant publicaba que “casi todos los grandes señores que tienen casas de campo están haciendo construir un Trianon en sus parques”. 

El edificio presentaba el problema de que el material resistía mal el paso del tiempo. Habían comenzado a aparecer fisuras en los muros. Para entonces la marquesa había caído en desgracia, y el lugar traía a Luis XIV unos recuerdos que no deseaba conservar. Por todo ello fue demolido en 1687 y reemplazado por el Gran Trianón o Trianón de Mármol, más adecuado para que un mayor número de personas pudiera participar en fiestas y bailes. 


Hoy no queda más memoria de aquel de porcelana que el trazado de los jardines y unos cuantos muebles.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La Corte abre de nuevo


Ante las numerosas peticiones que sigo recibiendo en mi correo para obtener acceso a la página, tengo el placer de anunciarles la reapertura de los salones en la Corte del Rey Sol

He decidido que resultará más práctico tenerla abierta al público en general que ir atendiendo las peticiones. Y ya que vuelve a abrirse y yo tengo por delante una temporada más tranquila —al menos en principio—, no resisto la tentación de continuar con los relatos. Es posible que no pueda actualizar con la frecuencia con la que hacía antes, pero procuraremos estar por aquí. 

Y lo haremos con la historia Madame de Montespan

Muchas gracias a todos por el interés que han continuado mostrando durante todo este tiempo. Significa mucho para mí que este saloncito que tanto quiero no haya caído en el olvido tras su cierre. 

¡Mis queridos cortesanos, vuelve la fiesta! Nos veremos pronto.