domingo, 22 de enero de 2012

Richelieu y las mujeres


Marion Delorme era la más famosa cortesana de su época. Su salón era el centro en el que se reunía la flor y nata de la sociedad parisina. 

Cuando todo el mundo dormía en Saint-Germain, el joven marqués de Cinq-Mars, favorito de Luis XIII, se deslizaba sin hacer ruido hasta los establos, montaba sobre su caballo y salía a galope hacia París para verla. 

Así lo cuenta Montglat en sus memorias: 

“A menudo hacía estas solitarias galopadas por miedo a que el rey se enterase; y así no tenía hora para dormir, porque era preciso que todo el día estuviese junto al monarca. Y este trabajo, unido al que le procuraban las noches junto a la damita, lo debilitó hasta tal punto, que siempre estaba de mal humor; lo que hacía creer al rey que se aburría con él, y esto renovaba sus querellas, en las que el cardenal siempre era mediador”. 

Marqués de Cinq-Mars 

La pasión del marqués por la bella Marion era tal que incluso se afirmaba que ambos se habían casado en secreto. Richelieu, al enterarse de estos amoríos, se alertó al punto. Su Eminencia consideraba con horror cómo las relaciones femeninas de Cinq-Mars corrían el riesgo de tener unas consecuencias lamentables para la política del reino. Desde hacía unos meses el rey había emprendido la conquista del Artois, en posesión española, y él mismo dirigía las operaciones. Se había apoderado ya de Hesdin, Mezières, Ivoy, Saint-Quentin… Pero Arras, capital de la provincia, aún resistía y estaban en curso durísimos combates. El cardenal, que conocía la sensibilidad de Luis XIII, comprendió que era de temer un desastre militar si Cinq-Mars no rompía con la cortesana. Hizo llamar a Marion Delorme a su palacio y, como no tenía otro medio para separarla del favorito, se “sacrificó” por el bien del Estado y se convirtió en su amante. 

Este es el relato que hace el descarado Tallemant des Réaux: 

“El cardenal de Richelieu no pagaba mejor por las mujeres que por los cuadros. Marion Delorme estuvo dos veces en su casa. En la primera visita la recibió con un traje de satén gris, con bordados de oro y plata, con botas y plumas. Ella confesó que aquella barbita en punta y los cabellos por encima de las orejas causaban un gran efecto. Oí contar que una vez ella entró disfrazada de hombre y dijo que era un correo. Ella misma lo contó. Tras estas dos visitas, le hizo entregar cien pistolas por Bournais, su ayuda de cámara, que era el intermediario…” 

A pesar de la avaricia del cardenal, Marion se sentía halagada por haber sido elegida por aquel hombre poderoso y temido, y aceptó no volver a ver a Cinq-Mars. El marqués se reconcilió con el rey y Richelieu, satisfecho, decidió, para recompensarse, seguir siendo por algún tiempo el amante de Marion Delorme. Pero ¡ay!, la bella era muy habladora, y no tardó en ufanarse de sus relaciones con el cardenal, de modo que las malas lenguas comenzaron a llamarla “la cardenala”

Marion Delorme 

A veces sus amigos le preguntaban cómo podía acostarse con un príncipe de la Iglesia. 

—Un cardenal es muy poca cosa cuando no lleva ya su manto escarlata y el bonete rojo —sonreía ella, y luego añadía con toda desfachatez que esos amores ciertamente le valdrían una indulgencia plenaria. 

Richelieu incluso tuvo la audacia de invitar a la bella Marion a su palacio al mismo tiempo que al rey, con ocasión del compromiso de esponsales de una de sus sobrinas, mademoiselle de Maillé-Brezé, con el duque de Enghien, futuro Gran Condé. Hubo entonces muchos rumores y comentarios, ya que era la primera vez que un prelado recibía oficialmente a una cortesana. 

Todo París estuvo pronto al corriente de tan extraordinario idilio. Y es que el cardenal, en efecto, gustaba de las mujeres. 

"Una vez quiso divertirse con la princesa María de Gonzaga, ahora reina de Polonia. Ella le había pedido audiencia. Él estaba en la cama, y la hicieron entrar sola, mandando el capitán de la guardia retirar a todo el mundo. 

"—Caballero —empezó ella—, he venido para… 

"Él la interrumpió: 

"—Madame, os prometo lo que queráis; no quiero saber de qué se trata, pero me complace veros. Jamás estuvisteis tan bella. Siempre he sentido una inclinación particular por serviros. 

"Y diciendo esto tomó su mano; ella la retiró y quiso contarle el asunto. Él repitió la maniobra, pero ella se levantó y se fue.” 

María Luisa Gonzaga 

Poco después se enamoró de Madame de Brissac, esposa de su primo el mariscal de la Meilleraye, gran maestre de artillería. 

“Su esposa era bonita y cantaba bien. El cardenal de Richelieu se prendó de ella; siempre tenía algo que hacer en el arsenal. El gran maestre cayó en una deplorable melancolía. La mariscala podía, de quererlo, hacer rabiar impunemente al cardenal. Y como no le faltaba inteligencia, se percató de ello, y un día, por una resolución bastante rara en su edad, fue a ver al gran maestre y le manifestó que el aire de París no le sentaba bien y que estaría mucho mejor, si él lo aprobaba, en Bretaña, en casa de su madre…” 

Pero las empresas amorosas de Richelieu no siempre terminaban mal. Guy Patin, en una carta de noviembre de 1649, escribía: 

“El cardenal, dos años antes de morir, todavía tenía tres amantes, la primera de las cuales era su sobrina [Madame de Combalet]; la segunda era la Picarda, o sea la esposa del mariscal de Chaulnes, y la tercera una bella joven de París, llamada Marion Delorme; de modo que ya ves cómo esos señores del bonete colorado son muy golosos. Vere cardinales isti sunt carnales”.* 


*Verdaderamente los cardenales son muy sensuales


Este será, por el momento, el último de los textos procedentes de mi otro espacio y que guardan relación con alguno de los personajes a los que ya nos hemos referido aquí en la Corte. En este caso vuelve a aparecer el imponente cardenal de Richelieu, fallecido unos meses antes de que Luis XIV subiera al trono.

martes, 17 de enero de 2012

Mazarino, el Diablo Rojo


A propósito de un supuesto diálogo entre Colbert y Mazarino que ha tenido la gentileza de enviarme Madame Carmen, del magnífico blog Pinceladas de Historia Bejarana, y como veo que anda circulando por ahí y alguien podría caer en la tentación de darlo por auténtico, he estimado oportuno contarles a ustedes la verdadera historia de esa conversación, tan relacionada con nuestra Corte. 

Supongo que para algunos resultará decepcionante lo que voy a decirles, pero el diálogo pertenece a la ficción, y está extraído de una obra de teatro de Antoine Rault, titulada Le Diable rouge (el diablo rojo). La obra, una comedia, no fue escrita hace cuatro siglos, sino hace tan solo unos pocos años, y se estrenó en el 2008. Trata, naturalmente, sobre el cardenal Mazarino, y más concretamente sobre la última etapa de su vida. Es la época de los amores entre Luis XIV y María Mancini. Fue un gran éxito en Francia. 


Aquí les reproduzco el diálogo: 


Colbert: Para conseguir dinero, hay un momento en que engañar al contribuyente ya no es posible. Me gustaría, Señor Superintendente, que me explicara cómo es posible continuar gastando cuando ya se está endeudado hasta al cuello... 

Mazarino: Si se es un simple mortal, claro está, cuando se está cubierto de deudas, se va a parar a la prisión. ¡Pero el Estado...! ¡Cuando se habla del Estado, eso ya es distinto! No se puede mandar el Estado a prisión. Por lo tanto, el Estado puede continuar endeudándose. ¡Todos los Estados lo hacen! 

Colbert: ¿Ah sí? ¿Usted piensa eso? Con todo, precisamos de dinero, ¿y cómo hemos de obtenerlo si ya creamos todos los impuestos imaginables? 

Mazarino: Se crean otros. 

Colbert: Pero ya no podemos lanzar más impuestos sobre los pobres. 

Mazarino: Es cierto, eso ya no es posible. 

Colbert: Entonces, ¿sobre los ricos? 

Mazarino: Sobre los ricos tampoco. Ellos no gastarían más y un rico que no gasta, no deja vivir a centenares de pobres. Un rico que gasta, sí. 

Colbert: Entonces, ¿cómo hemos de hacer? 

Mazarino: Colbert, ¡tú piensas como un queso de Gruyere o como un orinal de enfermo! Hay una cantidad enorme de gente entre los ricos y los pobres. Son todos aquellos que trabajan soñando en llegar algún día a enriquecerse y temiendo llegar a pobres. Es a esos a los que debemos gravar con más impuestos..., cada vez más..., ¡siempre más! A esos, ¡cuánto más les quitemos, más trabajarán para compensar lo que les quitamos! ¡Son una reserva inagotable! 


Todas las imágenes que ilustran el texto pertenecen a una representación de Le Diable Rouge

Muchísimas gracias a mi estimada Madame Carmen Cascón Matas.

domingo, 15 de enero de 2012

La Condesa de Carlisle, espía de Richelieu


Lucy Percy nació en 1599, segunda de las hijas del noveno conde de Northumberland. El caballero, un erudito, poseedor de una de las mayores fortunas del reino durante la época isabelina, cayó en desgracia posteriormente. En palabras de Roger MacDonald, a lo largo de los siglos “los Percy habían escuchado una y otra vez silbar sobre sus cabezas el hacha del verdugo”, y no se libró el conde del sino de su familia. Durante casi 17 años permaneció encerrado en la Torre, acusado de tomar parte en la conspiración de la pólvora, cuyo propósito era hacer volar el Parlamento. Northumberland no fue liberado hasta que pudo comprar su libertad por  30.000 libras.

La madre de Lucy fue Dorothy, la menor de las hijas de Essex y Leticia Knollys. Apenas cumplidos los quince años, Dorothy presentó a su hija en la corte de Whitehall. Con la belleza y el ingenio de los que hacía gala la jovencita, el éxito estaba garantizado, y pronto los poetas comenzaron a prodigarle sus elogios.

Leticia Knollys, la abuela

Entre sus pretendientes se encontraba Sir James Hay, un noble escocés casi 20 años mayor que ella, viudo y padre de dos hijos. Tal vez no fueran cualidades que una joven de 18 años apreciara especialmente, pero todo resultaba compensado, a ojos de Lucy, con el favor que Jacobo I dispensaba al caballero. Esto inclinó definitivamente la balanza del lado de las pretensiones de Sir James. Lucy concluyó que era un esposo muy conveniente, puesto que el matrimonio con él le permitiría lo que más deseaba: permanecer en la corte. Además, calculaba que, al estar su padre encerrado en la Torre, difícilmente hubiera podido aspirar a un partido mejor. El 6 de noviembre de 1617 se casó con él a pesar de la oposición paterna y aprovechando la escasa autoridad que le otorgaba a Northumberland su condición de prisionero. El rey honró a los contrayentes asistiendo a la ceremonia.

Northumberland suavizó más adelante la aversión que le inspiraba su yerno, puesto que al fin y al cabo terminó por recuperar la libertad debido a su influencia.

Lucy no se había equivocado al augurar un futuro prometedor para su marido, que en 1622 recibía el título de conde de Carlisle. Sin embargo, el carácter derrochador de Sir James y sus numerosas extravagancias hacían que siempre estuviese endeudado, hasta el punto de ser objeto de mofa por las sátiras de su tiempo. Fue el inventor del doble banquete: cuando llegaban los invitados encontraban todos los platos dispuestos sobre la mesa para que pudieran apreciarlos, pero luego, en el momento de la cena, eran sustituidos por otros idénticos y recién preparados. Cuando murió, solo dejó deudas. Sus tierras y casas tuvieron que venderse para hacerles frente, y la viuda se vio obligada a residir en casas prestadas.

James Hay, conde de Carlisle

Desde muy temprana edad, la condesa mostró una inclinación natural hacia la intriga y un enorme talento para la misma, algo que tendría múltiples ocasiones de desarrollar. Su propia familia no desconocía este rasgo de su carácter, como se desprende de algunas cartas. En una de ellas Lord Lisle, el suegro de su hermana, avisaba a su esposa de una visita de Lucy a Penhurst en 1617, y terminaba con estas significativas palabras: “Dios nos proteja de todo mal”.

Pronto tuvo un hijo, pero la maternidad no torció ni alteró en lo más mínimo este gusto por las conspiraciones. Lucy comenzó a centrar sus esfuerzos en buscar la caída del duque de Buckingham. El rey Jacobo lo había convertido en su favorito y parecía que se hubiera enamorado de él, algo que el duque alentaba, a juzgar por las cartas que le escribía y en las que se pueden leer frases como esta: “Amo a vuestra persona y amo todas vuestras partes”. George Villiers, duque de Buckingham acaparaba todas las dignidades y llegó a ser primer ministro.

George Villiers, duque de Buckingham

La preocupación de Lucy fue en aumento al ver cómo el ambicioso duque lograba también ganarse la amistad de Carlos, Príncipe de Gales. Buckingham lo acompañó en 1623 durante el impulsivo viaje de Carlos a España con el propósito de negociar su matrimonio con la infanta María. La negociación fue un fracaso, pero el viaje sirvió para estrechar lazos de amistad entre ambos.

La condesa de Carlisle encontró un fabuloso aliado en Richelieu, quien a su vez deseaba la caída de Ana de Austria por considerarla desleal para con los intereses de Francia. Parece probado que ambos conspiraron contra Buckingham, y que se trató de atribuirle a la reina una relación amorosa con él. La ocasión surgió cuando el duque regresó a Francia para conducir a Inglaterra a la prometida de Carlos, la princesa Enriqueta María. Ríos de tinta corrieron durante mucho tiempo acerca de ese encuentro entre Buckingham y la reina.

Richelieu

Según algunas versiones, recogidas en memorias de la época, la principal razón de Lucy para empeñarse en la caída del duque, y al parecer el detonante, no fue la rivalidad ni la preocupación por su meteórico ascenso, sino ese rumor acerca de una aventura galante en suelo francés. De acuerdo con estos relatos, Lucy se había convertido en la amante de Buckingham al cabo de cinco años de matrimonio, y no le hizo ninguna gracia la infidelidad. De hecho le molestó lo bastante para intentar poner freno a una carrera demasiado brillante.

Se cree que la condesa de Carlisle continuó siendo espía de Richelieu durante mucho tiempo. El cardenal le pagaba muy bien por sus servicios, y esto era fundamental para ella al enviudar y verse agobiada por las deudas de su marido. Pero su actividad no quedaba reducida a los intereses de Francia. La guerra civil inglesa supuso para la condesa un magnífico campo de operaciones en el que desplegar sus habilidades. Primero apoyó al partido presbiteriano moderado, que se reunía en su casa y recibía su apoyo económico. Lucy llegó a empeñar su collar de perlas para financiar sus actividades. Pero a ella le gustaba ser espía, no importa para qué bando. Fue amante de Thomas Wentworht, conde de Strafford, y posteriormente, a la muerte de este, también lo fue de su rival político, John Pym, líder del partido puritano, a quien revelaba los planes más secretos del rey. La dama jugaba a dos bandas, porque al mismo tiempo traicionaba a los partidarios de Pym sin ningún pudor. Manejó los hilos a su antojo, y gracias a ella su primo el conde de Essex pudo huir y ponerse a salvo cuando estaba a punto de ser arrestado.

La condesa de Carlisle

Fue al estallar la guerra civil cuando comenzó a mostrar un gran celo en la defensa de la causa realista. Hizo una mala apuesta, y como el suyo resultó ser el bando perdedor,Cromwell ordenó su arresto. El 21 de marzo de 1649, poco después de la ejecución de Carlos I, fue encerrada en la Torrebajo los cargos de conspiración y espionaje. Allí iba a permanecer durante año y medio.

Una vez en prisión, y con la ayuda de su hermano, se las arregló para seguir manteniendo correspondencia cifrada con el príncipe de Gales, entonces en el exilio.

Lucy viviría aún diez años, suficientes para contemplar la caída de Ricardo Cromwell. Ella falleció el 5 de noviembre de 1660 y recibió sepultura junto a su padre en Pertworth, Sussex. Apenas hacía seis meses que los Estuardo habían recuperado el trono de Inglaterra.

Fue algo repentino. Había comido, y dos horas después, hacia las cinco o las seis, estaba cortando una cinta cuando pidió que prepararan su silla de manos para dirigirse a la corte, pues la reina Enriqueta, que le guardaba un gran afecto desde su juventud, se encontraba allí por entonces. Fueron las últimas palabras que pronunció antes de fallecer víctima de una apoplejía. Según registra su cuñado, Lord Leicester, Lucy “contaba 61 años y algo más de un mes”.  

lunes, 9 de enero de 2012

Los herretes de la reina



Existe un curioso relato en las memorias del conde de Brienne. El pasaje se refiera a una tal condesa Clarik, y cuenta una historia que parecería extraída de Los Tres Mosqueteros si no fuera porque Louis-Henri de Loménie, conde de Brienne, vivió entre 1635 y 1698, lo que significa que falleció 150 años antes de que Alejandro Dumas escribiera la novela. Sin embargo, esto es lo que nos dice:

 «…Llegó el día en que, concluidos los asuntos de Estado, el duque de Buckingham tuvo el honor de desposar, en nombre del rey su señor, a Enriqueta de Francia, hija de Enrique el Grande y hermana de Luis XIII. Las ceremonias se celebraron con todo el esplendor posible, y en toda ocasión la reina recibió testimonio de la pasión viva y respetuosa de Buckingham, a quien ciertamente ella hubiera deseado poder retribuir su amor; y si en algún momento flaqueó, también es cierto que su virtud la sostuvo, y que Buckingham partió colmado de toda la hospitalidad que un extranjero puede aspirar a recibir en una gran corte, con la única espina de cruzar el mar sin haber conseguido otro fruto de su amor que el de haber sido escuchado con agrado. Una sola cosa se le escapó a la reina, y fue enviarle en secreto, la víspera de su partida, por medio de Madame de Chevreuse, los herretes de diamantes que llevaba el día de su primer encuentro; y este regalo, que podía ser muestra de la magnificencia de la reina, se convirtió, por las circunstancias, en una galantería con la que Buckingham quedó encantado.

 »Durante el viaje de Buckingham, la condesa de Clarik… había encontrado el modo de mantener secreta correspondencia con el cardenal de Richelieu… El regalo que la reina había hecho con su juego de herretes de diamantes no podía permanecer tan en secreto como para que la condesa de Lannoy, su dama de honor, no tuviera conocimiento de ello, y que no acabara llegando algo del asunto al cardenal de Richelieu. Este ministro buscaba el modo de desgraciar a la reina a ojos del rey, sobre el cual gozaba de una autoridad en verdad muy grande, pero que a veces quedaba equilibrada por la influencia de la reina. Escribió a la condesa de Clarik que hiciera cuanto estuviera en su poder por reconciliarse con Buckingham, y que, si en una de las fiestas que deberían celebrarse en Londres durante los próximos carnavales, él llevaba puestos los herretes, buscase el medio de cortar discretamente algunos y enviárselos…


»Una tarde en que se organizaba un gran baile en Windsor, Buckingham apareció con un jubón de terciopelo negro bordado en oro, a cuya espalda, para sujetar el tahalí, utilizaba un gran nudo de cinta azul del que pendían doce herretes de diamantes. Al retirarse Buckingham después del baile, sus valets se dieron cuenta de que le faltaban dos herretes, y le hicieron notar que habían sido cortados... A la mañana siguiente despachó correos a todos los comandantes de los puertos de Inglaterra ordenando que fueran cerrados, y que no se dejara partir ni siquiera al barco que transportaba de ordinario la correspondencia ni nada que saliera en dirección a Francia. Por entonces los hugonotes del reino habían solicitado la protección de Inglaterra, y los rocheleses rebeldes esperaban los socorros que les había prometido el Parlamento inglés…

 »La noticia de esta interrupción del comercio y de la correspondencia hizo mucho ruido en Francia, y dio lugar a mil rumores de que iba a desencadenarse la guerra entre ambos reinos. Mientras tanto el duque de Buckingham empleaba secretamente todo su crédito y la habilidad del mejor joyero de Londres para encontrar unas piedras que fueran tan parecidas a los diez herretes que le restaban que se pudieran hacer otras dos como las que faltaban. En efecto, cuando esta obra estuvo terminada, volvió a enviar correos para hacer abrir los puertos, y despachó a Francia uno que le llevó en secreto a Madame de Chevreuse los doce herretes de diamantes; le contó su aventura, participándole sus sospechas de la condesa de Clarik, …con la que había bailado; y rogándole, en suma, que devolviera a la reina el presente que había recibido de su munificencia, suplicaba a Su Majestad que creyera que no se deshacía de él más que por el temor de que hubiera algún misterio oculto que podría perjudicar a la reina.

»Esta precaución no fue en vano, porque desde que el cardenal de Richelieu había recibido los dos herretes que la condesa de Clarik le había enviado, el ministro, que buscaba por todos los medios perder a la reina,… persuadió al rey de que rogara a la reina que se pusiera los herretes de diamantes que le había dado, añadiendo que había recibido avisos secretos de que les había prestado tan poca atención que los había regalado o bien hecho vender, y que un joyero inglés le había ofrecido dos de ellos. Fue un crimen terrible que recayó sobre sí mismo, porque el rey, tras haber exigido a la reina con gran urgencia que le mostrara los doce herretes, … la reina, sin afectación y con inocencia, hizo que le trajeran su arqueta, que el rey abrió personalmente, y vio el juego completo… Ella tuvo incluso la satisfacción de saber que el rey había reprochado al cardenal su desconfianza ».


Pero lo más curioso de todo es que esta historia se encuentraconfirmada en las memorias del duque de La Rochefoucauld (1613 – 1680), donde se afirma que la dama robó dos herretes de diamantes a Buckingham durante un baile y se repiten los mismos detalles.

Resulta significativo que el nombre que se le da en estas memorias a la agente de Richelieu es el de “condesa de Carlille”. La identidad de “Milady” parece así coincidir con Lucy Percy, condesa de Carlisle. Lucy fue la dama que tal vez con más derechos podría reclamar haber sido en la literatura la malvada Milady de los Tres Mosqueteros, incluso por encima de Madame d’Aulnoy, en la que también pudo haberse inspirado Dumas.

El personaje de Milady aparecía ya en una novela del ex mosquetero Courtilz de Sandras, publicada en 1700, y que llevaba por título Mémoires de Monsieur d’Artagnan, si bien de modo muy diferente al creado por Dumas y sin tanta relevancia. En la obra de Courtilz, Milady era una de las damas de la reina Enriqueta María en el exilio, y no guarda relación con el cardenal. El ex mosquetero mezclaba realidad y ficción, situando a su héroe en tiempos de Richelieu, cuando en realidad d’Artagnan fue un agente de Mazarino. 


Indudablemente fue en esta novela en la que se basó Alejandro Dumas. En cualquier caso, parece evidente que fue la condesa de Carlisle y el episodio de los herretes, mencionado en las  memorias de La Rochefoucauld y del conde de Brienne, la fuente de inspiración para ambos autores, y que existe un tercero,Pierre-Louis Roederer, que también cayó bajo el hechizo de los herretes: en su comedia Les Aiguillettes d'Anne d'Autrichepublicada antes de que Dumas escribiera su novela,relata las peripecias de una joya parecida, un argumento que envuelve a la reina, al cardenal y al duque de Buckingham.

En cuanto a la condesa de Carlisle, un repaso a su biografía confirma que encaja a la perfección con Milady de Winter, como veremos el próximo día.


Seguimos trasladando desde el otro espacio los textos relacionados con personajes de la Corte del Rey Sol, en este caso con su madre.

martes, 3 de enero de 2012

La Corte de los Milagros


Las Cortes de los Milagros eran los lugares de París en los que vivían los pobres, los mendigos, los delincuentes y las prostitutas. Estas sociedades ya existían durante los reinados de Francisco I y Enrique II, pero con el discurrir del siglo XVII habían prosperado de tal modo que llegó a haber un total de doce puntos con ese nombre. Todos los criminales de París se daban cita allí, en un mundo que tenía sus propias leyes, usos y costumbres, su propio gobierno y su propio argot. Los mendigos elegían a su rey, al que llamaban el Gran Coësre. Sus lugartenientes en las diversas provincias se llamaban cagous, y tenían a su cargo la instrucción de los nuevos pordioseros. 

La más importante de todas, la Gran Corte de los Milagros, fuente de inspiración para Victor Hugo, se localizaba entre la rue Montorgueil, el convento de las Hijas de Dios y la rue Neuve-Saint-Sauveur, una zona que el cronista Henri Sauval describe como maloliente, embarrada y sin pavimentar. 

Los ladrones salían de allí para ocupar las calles de París. Había mendigos que pedían limosna con la espada al costado y la mano sobre la empuñadura. Estaban en los mercados, en las iglesias, en los espectáculos públicos; por todas partes se veíanpersonas con lesiones y enfermedades simuladas: hombres y mujeres fingían ser ciegos, sordos o minusválidos para pedir limosna, pero durante la noche, de regreso a la corte, en un instante todos se curaban de sus supuestas deficiencias de un modo, como Sauval describe irónicamente, milagroso. De ahí el nombre que se dio al lugar. Como cuenta Paul Bru: 

“Desde hacía muchos siglos, París y sus alrededores estaban infestados de una multitud de vagabundos y de pobres. La mayoría, gente sin oficio conocido, mendigos de profesión, tenían su cuartel general en la corte de los milagros. Se denominaba así a sus guaridas porque al entrar en ellas se despojaban de las vestimentas propias del papel que representaban. Los ciegos veían con claridad, los paralíticos recuperaban el uso de sus miembros, los jorobados enderezaban su espalda”. La Corte de los Milagros era así una especie de“inmenso vestidor, en una palabra, donde se vestían y desvestían en esa época todos los actores de esta eterna comedia que el robo, la prostitución y el asesinato representan sobre el suelo de París”. 


Dentro de ellos había diferentes rangos: los narquois, falsos soldados veteranos que fingían haber quedado mutilados por haber combatido al servicio del rey; los malingreux o falsos enfermos; los falsos epilépticos, que caían al suelo mordiendo un trozo de jabón para producir espuma con la que hacer creer que estaban sufriendo un ataque, y que eran capaces de engañar hasta a los médicos que acudían en su auxilio; los hubains, que mostraban un certificado demostrando que San Huberto los había curado de la rabia después de haber sido mordidos por un perro; piètres (falsos cojos), marfaux (proxenetas), a los que se sumaban los falsos peregrinos, los huérfanos que recorrían las calles en grupos de tres o cuatro, casi desnudos y temblando de frío y muchas otras categorías de pícaros que al mismo tiempo hacían de espías para los encargados de perpetrar los robos. 

Para ser admitidos en la hermandad de ladrones, cada uno de estos individuos debía demostrar la pericia adquirida sometiéndose a una doble prueba ante los “Maestros”. Primero debía cortar una bolsa a la que se le habían atado unos cascabeles, y lograrlo sin hacerlos sonar. Si fallaba, era molido a golpes, y si lo lograba, se le reconocía como maestro. Durante los días siguientes, aunque superara con éxito la prueba, con el objeto de endurecerle y aumentar su resistencia se le golpeaba repetidamente hasta que resultara insensible a los golpes. Finalmente llegaba la prueba de fuego: el aspirante tenía que conseguir robar un monedero en un lugar público, como por ejemplo el cementerio de Saint-Innocent. “Si ven una mujer arrodillada a los pies de la Virgen con la bolsa colgando a un costado, o a otra persona con una bolsa fácil de cortar, o cualquier otra cosa aparentemente sencilla de robar, le ordenan que cometa el robo en su presencia y a la vista de todo el mundo. Cuando se dispone a hacerlo, dicen a los viandantes señalándolo con el dedo: “Ahí está un ladrón que va a robarle a esa persona”. Ante esta advertencia todo el mundo se detiene y le mira… Apenas cometido el robo, los transeúntes y los delatores lo agarran, lo insultan, le golpean, lo interrogan sin que ose confesar quiénes son sus cómplices ni dar muestras de conocerlos. Mientras tanto mucha gente se reúne y avanza para enterarse de lo que ocurre. ..” Los ladrones aprovechan entonces para cortar sus bolsas y registrar sus bolsillos, y entre el revuelo desaparecen llevándose consigo al nuevo maestro y un buen botín. 

A los niños se los iniciaba desde la más tierna edad en la hermandad de los carteristas y rateros; las niñas y las mujeres,“las menos feas se prostituían por dos liards, otras por un doblón, la mayoría a cambio de nada”. Las gentes que venían del campo en busca de trabajo y veían defraudadas sus esperanzas, a menudo se unían a ellos, de modo que la corte aumentaba alarmantemente. 


Durante el reinado del Rey Sol, las historias sobre aquel misterioso lugar y las extrañas metamorfosis que allí se producían, estaban tan de moda que el 26 de febrero de 1653 se representó un ballet de Benserade ante Luis XIV, Ana de Austria y el cardenal Mazarino. Se trataba del famoso ballet de la Nuit. En una de las escenas, los mejores bailarines y los más distinguidos personajes entre los cortesanos —uno de ellos el propio Lully, que incluso podría haber compuesto la música para esa parte— interpretaban papeles de habitantes de la Corte de los Milagros. El título era Concierge et les locataires de la Cour de miracles. La escena termina con mendigos, tullidos y ciegos curados milagrosamente y bailando juntos una gallarda. 

Los ballets de la corte demostraban al mismo tiempo el miedo y la fascinación que el tema provocaba en los cortesanos. Para el temor había sobrados motivos: desde comienzos de ese siglo la delincuencia alcanzaba proporciones alarmantes, como se aprecia en este pasaje del diario de Pierre de l’Estoile que describe el año nuevo de 1606: 

“Crímenes, asesinatos, robos, excesos, pillajes y toda clase de vicios e iniquidades han imperado de modo especial esa temporada. La insolencia de los lacayos en París llegó incluso al asesinato, por lo cual algunos fueron colgados; se descubrió y arrestó a falsificadores; dos asesinos que pretendían matar al barón d’Aubeterre en su propia casa, fueron condenados a la rueda en la Place de Grève; un soldado de la guardia fue ahorcado por haber asesinado a su anfitrión para robarle diez francos; un mercader que venía a la feria fue apuñalado con un cuchillo que le dejaron en la garganta, y así lo encontraron en las zanjas del faubourg Saint-Germain; eso aparte de otros 19 asesinados este mes en las calles de París sin que se haya podido encontrar aún a los criminales. Un pobre comienzo de año que nos amenaza con un final incluso peor”. 


Ni policías ni soldados se atrevían a poner un pie en la zona controlada por el Gran Coësre. Cuando en 1630 Luis XIII ordenó la construcción de una nueva calle que la atravesaba de lado a lado, todos los obreros fueron asesinados, lo que obligó a cancelar el proyecto. 

La Corte de los Milagros había llegado a ser en una sociedad secreta peligrosa para el poder real. Esas gentes podían convertirse en cualquier momento en tropas sediciosas pagadas por personas de calidad. A partir de 1660, después de una oleada de crímenes especialmente horribles, Luis XIV decidió ponerle fin y ordenó su destrucción. Durante la primavera de 1668, el recién nombrado teniente general de la policía,Gabriel Nicolas de La Reynie, envió sucesivamente tres comisarios a la Gran Corte de los Milagros tan solo para cosechar tres fracasos. La Reynie tuvo que presentarse personalmente, haciendo creer que acudía con unas fuerzas muy superiores a aquellas de las que realmente disponía. Entonces comunicó que, por orden del rey, el lugar debía ser evacuado, y que las doce últimas personas en abandonar el lugar serían colgadas o enviadas a galeras. Eso provocó una desbandada general. 

Después se empleó a fondo en la destrucción de las demás guaridas del crimen en París. Al cabo de 30 años, miles de delincuentes habían sido enviados a galeras y marcados con un hierro candente. Sin embargo, esto no acabó con el problema. Aunque la Corte de los Milagros no volvió a representar nunca la misma amenaza de antaño, ladrones y mendigos fueron progresivamente retomando el lugar hasta que a finales del siglo XVIII se ordenó la demolición de todos los tugurios con la intención de establecer allí un mercado.


Texto extraído de mi otro blog. Continuamos recopilando.