lunes, 31 de diciembre de 2012

PRUEBAS DE ADN AVALAN LA LEGITIMIDAD DE LUIS XIV

Luis XIV era definitivamente un Borbón

Terminamos este año con una noticia de especial relevancia para esta corte: un equipo de veinte científicos franco-españoles, bajo la dirección del doctor Philippe Charlier, patólogo forense del hospital Raymond Poincaré de París, han encontrado un perfil genético común entre la cabeza momificada de Enrique IV y sangre seca de su descendiente, el guillotinado Luis XVI. 

La confirmación del parentesco entre ambos por línea paterna parece cerrar al mismo tiempo la discusión acerca de la legitimidad de Luis XIV, puesta en ocasiones en tela de juicio. El hecho de que los genes de Enrique IV llegaran a Luis XVI implica que tuvieron que ser transmitidos por todos los monarcas anteriores, incluyendo al Rey Sol. El hallazgo, publicado en la revista Forensic Science International, confirma para Charlier "la veracidad del árbol genealógico entre Enrique IV y Luis XVI", y por tanto Luis XIV sería hijo de Luis XIII. 

La cabeza de Enrique IV desapareció en 1793, durante el llamado Régimen del Terror, cuando su tumba fue profanada, y reapareció en el siglo XIX en una colección privada. En 1919 fue adquirida por un anticuario, que a su vez la revendió a un matrimonio de jubilados. Estos la cedieron a la casa de Borbón. La cabeza fue autentificada en 2010 por un equipo de especialistas, al frente de los cuales se encontraba el propio Charlier; pero la autentificación se había hecho sobre la base de diversos estudios históricos, faltando aún el estudio de ADN que acaba de llevarse a cabo. En cuanto a la sangre de Luis XVI, se obtuvo de un pañuelo que había sido empapado en su sangre el día en que murió guillotinado y que permanecía en posesión de una familia de aristócratas italianos. 

Cabeza de Enrique IV

Cuando comenzamos a relatar la historia de la corte del Rey Sol, en el año 2009, dedicamos al tema un capítulo titulado “paternidad cuestionada”, en el que nos decantábamos por la legitimidad de Luis. Nos complace que el hallazgo avale en gran medida nuestra opinión. Al mismo tiempo, los seguidores de la serie de nuestros capítulos acerca de la Máscara de Hierro, observarán que el estudio del equipo de Charlier reduce las hipótesis. En concreto hace trizas la de Marie-Madeleine Mast, que atribuía la paternidad de Luis XIV a François de Cavoye, así como las de algún novelista, que seguían la misma línea. Deja también fuera del juego al candidato más propuesto como posible padre: el cardenal Mazarino. 

Pero hago notar que aún encuentran defensa a su teoría los partidarios de Beaufort, puesto que el duque, al fin y al cabo, era nieto de Enrique IV. 

Muchísimas gracias a la persona anónima que me dejó precisamente en uno de esos capítulos la noticia que apareció en el diario Le Parisien. Ha sido un hermoso detalle y una gran aportación.

Después de la fiesta continuaremos con las aventuras del marqués de Puyguilhem.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Feliz Año Nuevo


La Corte se viste de gala una vez más para celebrar la fiesta que dará la bienvenida al año nuevo, que, si mis cómputos son correctos, será el de 1663.

La mayoría de los invitados me han confirmado ya la asistencia a mi château. Contaremos con la reina Ana de Austria, el cardenal Mazarino, Philippe, Minette, Péguilin, Mademoiselle de Montpensier, Guiche y su hermana la Princesa de Mónaco, el marqués de Vardes, Olimpia Mancini, Luisa de la Vallière y, por supuesto, el Rey Sol. La comitiva vendrá escoltada por una compañía de mosqueteros al mando de Monsieur Charles de Castelmore, conde d'Artagnan.

No se pierdan la fiesta: Molière estrenará una obra para la ocasión. Aún estamos a tiempo de cursar más invitaciones si lo desean; no tienen más que sugerir algún nombre.

Y después de las celebraciones, continuaremos con las aventuras del marqués de Puyguilhem.

¡Feliz Año Nuevo a todos!

Diana de Méridor

martes, 25 de diciembre de 2012

Un joven prometedor


Péguilin se crió con los cuatro hijos del mariscal de Gramont como si fuera su hermano. Tenía cuatro años más que el mayor, Armand, conde de Guiche. Armand, compañero de juegos del rey, era muy apuesto, galante y valeroso en el combate, pero también era sumamente vanidoso y afectado, defectos que ensombrecían sus buenas cualidades. Sobre él nos ocupamos en su momento como amante de la desdichada Minette, primera esposa de Monsieur. 

El menor de los varones, conde de Louvigny, se convirtió en duque de Gramont a la muerte de su padre, y, de creer a Saint-Simon, era un ser cobarde y avaro, con un carácter un tanto apático. La mayor de las hijas del mariscal, Catherine-Charlotte, amó y fue amada por Péguilin. Catherine fue duquesa de Valentinois y posteriormente princesa de Mónaco, mientras que su hermana menor se casaba con el marqués de Raffetot e ingresaba en un convento al quedarse viuda. 

Según nos cuenta Mademoiselle de Montpensier en sus memorias, Péguilin solo iba a la escuela en invierno, porque cuando contaba unos 15 años ingresó en la academia militar y durante los veranos tomaba parte en campañas bélicas con los dragones, entre los que se distinguió desde tan temprana edad. No es de sorprender, por tanto, que su educación fuera un tanto deficiente. Se consideraba primordial su formación física: montar a caballo, disparar o manejar la espada eran más importantes que la aritmética o la gramática, aunque también aprendió historia y matemáticas. Y el chico, desde luego, estaba bien dotado para toda clase de ejercicio físico, lo que incluía la danza. Cuentan de él que incluso cuando era un anciano de 89 años montó un caballo que no había sido domado. 


Para situar al resto de los personajes en esta época en la que Péguilin llegaba a casa del mariscal, digamos que Luis XIV era un niño cinco años menor que él; Luisa de La Vallière, con solo tres, jugaba apaciblemente en Turena, ajena al destino que un día se abriría para ella; Madame de Montespan se educaba en un convento de Saintonge, y el otro gran personaje en esta historia, Mademoiselle de Montpensier, seis años mayor que Péguilin, iba ya por su quinto proyecto matrimonial y soñaba con casarse con el emperador. 

El hogar del mariscal era uno de los centros donde se reunía lo más brillante de la sociedad de su tiempo. Gramont era uno de los grandes seductores de la corte, y tanto Armand como Péguilin, criados en ese ambiente cortesano, supieron asimilar bien las lecciones y resultaron alumnos aventajados en materia de seducción. 

Fue precisamente Armand quien un día, andando el tiempo, iba a presentar a Péguilin en casa de una de las sobrinas del cardenal Mazarino: Olimpia Mancini, condesa de Soissons. El rey solía visitar ese hogar entre la rue Coquillère y la rue des Deux-Écus. Lo frecuentaba más de lo debido, puesto que por entonces mantenía una relación con Olimpia, y de ese modo llegó a trabar amistad con el joven gascón. Guiche, el marqués de Vardes y Puyguilhem fueron allí testigos de la pasión del joven rey; pero el asunto no duró mucho, porque a partir del otoño de 1658 los ojos de Luis ya no buscaban a otra que no fuera la hermana de Olimpia, María Mancini. 


Péguilin pronto comenzó a destacar por su ingenio, la seguridad que mostraba en sí mismo y su capacidad para hacerse estimar. Su temperamento era apasionado, orgulloso y también vengativo. Esto le hizo tirar por la borda grandes oportunidades, porque cuando aparecía ese rasgo de su carácter, desaparecía la diplomacia y el deseo de agradar. Pero el humor sombrío que le hacía a veces rehuir la compañía y los estallidos de rabia durante los cuales parecía casi un loco aún no habían aparecido en su juventud; fueron producto de la desesperación y la soledad durante los diez años que permaneció encerrado en Pignerol. En su adolescencia era muy alegre; trabajaba con inagotable energía, planeaba cosas, intrigaba y sentaba las bases sobre las que construiría su prometedora carrera. 

Nada escapaba a su perspicacia, y su rapidez y coraje parecían destinarlo a ocupar un puesto importante en el ejército, tal vez mariscal. Las crónicas están repletas de relatos que hablan de su valentía en el combate. En 1655 lo encontramos como capitán en el ejército de Gramont. El 23 de enero de 1658 era nombrado coronel de los dragones extranjeros del rey. 

El mariscal no era el único pariente poderoso de Antonin: su prima, la condesa viuda de Fleix, era dama de honor de la reina madre, y gozaba de gran consideración en la corte. Otro de sus familiares era el conde de Lude, primer gentilhombre de la cámara del rey y caballero de excelente reputación. Y Turenne, considerado el más grande de los generales franceses de su época, era primo hermano de su padre. Él solía escribir su nombre como “M. de Peguilain”, una variante más de Puyguilhem, el título que se le dio en la corte hasta que en 1669 el propio Antonin comenzó a utilizar el de su padre: Lauzun. 


Turenne nunca hizo nada deshonroso por favorecer de modo indebido a su pariente, pero tenía en alto concepto sus dotes militares. No dejó de elogiar su valentía en la batalla de las Dunas y durante el sitio de Dunkerque. Al final de la campaña relató a Mazarino el destacado papel que había tenido Péguilin. Ni siquiera hubiera sido necesario, porque el cardenal tenía sus propios motivos para estar agradecido al joven militar: dos meses antes, cuando Luis XIV se encontraba gravemente enfermo en Calais y se temía su muerte, Péguilin había avisado a Mazarino del plan urdido por sus enemigos para arrestarlo una hora después de morir el rey…


sábado, 22 de diciembre de 2012

Felices Fiestas


El palacio ya está listo para celebrar estas fiestas, aunque no encontrarán aquí árbol de navidad. Aún no forma parte de la decoración. De hecho habrá que esperar a 1738, cuando María Leczinska, la esposa de Luis XV, decida traer uno. 

Sean bienvenidos. Pero tengan cuidado: puede aparecer le Père Fouettard (algo así como “el padre látigo”), que además de traer carbón reparte azotes entre los que se han portado mal. Esperemos que no venga por la Corte, porque me temo que por aquí abundan las travesuras, y el molesto personaje iba a tener mucho trabajo.

Felices fiestas a todos. Regresaremos el día 26, una vez pasada la Navidad.


Diana de Méridor

sábado, 15 de diciembre de 2012

El Mariscal de Gramont

Antoine de Gramont

La familia de Péguilin se había arruinado. Dos de sus cuatro hermanas no tuvieron otra alternativa que el claustro, y las otras dos, al no tener dote, en palabras de Saint-Simon se casaron “como pudieron”. En cuanto a los varones, él era el tercero. El mayor murió durante la infancia; el segundo vivió en el campo hasta su muerte en 1677; el cuarto tuvo una vida gris como capitán de galeras, y murió soltero en 1692. El quinto, el Caballero de Lauzun, fue un hombre inteligente y valeroso, con algo de filósofo. Durante un tiempo sirvió en la Gendarmerie de la Garde y luego siguió al príncipe de Conti a Hungría, donde luchó en el bando del emperador. A su regreso a París protagonizó continuas peleas con Péguilin, quien prácticamente lo mantuvo hasta su muerte. 

La menor de sus hermanas casadas era Madame de Belsunce, cuyos hijos debieron su fortuna a nuestro marqués. La mayor, Diane-Charlotte, era la más parecida a él en el carácter, y siempre permaneció muy unida a su hermano. Llegó a ser dama de honor de la reina y en 1663 se casó con Armand de Bautru, conde de Nogent, que ganó el derecho a la mano de su enamorada tras dar muerte a otro de sus pretendientes durante el transcurso de una pelea. 

De los nueve hijos de Gabriel de Caumont, Péguilin era el más prometedor, y por eso fue el seleccionado por su poderoso pariente, el mariscal Antoine de Gramont. Antoine debía su fortuna al difunto cardenal Richelieu, que apreciaba enormemente su ingenio. El mariscal, por aquel entonces conde de Guiche, había sido condenado por Luis XIII al exilio por haber tomado parte en un duelo, y a su regreso un día fue a ver al cardenal. Para su sorpresa, lo encontró en camisa y dedicado a ejercitarse físicamente saltando contra la pared. Era una situación sumamente embarazosa, pero Antoine no se arredró, sino que se despojó de sus ropas hasta quedarse también en camisa. 

—Apuesto a que puedo saltar tan alto como Vuestra Eminencia — dijo, y procedió a intentarlo. 


Desde ese momento se convirtió en uno de los favoritos del cardenal, que en 1635 lo casó con una de sus sobrinas: Françoise-Marguerite du Plessis-Chivré. Fue una tripe boda en la que Richelieu casó al mismo tiempo a dos sobrinas más, una con el duque de Épernon y otra con el de Puylaurens; pero el único de los tres matrimonios que resultó un acierto fue el de Antoine. 

Durante la Fronda el mariscal se mantuvo leal a la reina y a Mazarino. Su lealtad era tan inconmovible que cuando la familia real huyó de París en 1649 Mazarino le confió a él la custodia de Luis XIV. 

En cuestiones políticas, en cambio, no era ninguna lumbrera. Aunque a juzgar por sus memorias parece que él mismo se consideraba un astuto diplomático, otros no comparten su opinión: el mariscal de Retz, por ejemplo, afirma que todo el mundo lo engañaba. Y es posible que el caballero fuera un poco ingenuo, tal como demuestra una anécdota recogida en una carta de Madame de Sévigné: 

“Un día Luis XIV le dijo: 

"—Señor mariscal, os ruego que leáis este pequeño madrigal y me digáis si alguna vez habéis visto semejante tontería. Porque ya sabéis que he comenzado a interesarme por la poesía, y me la traen de todas clases. 

"El mariscal, tras leerlo, dijo al rey: 

"—Vuestra Majestad todo lo juzga admirablemente; es cierto que se trata del madrigal más bobo y ridículo que jamás he leído. 

"El rey comenzó a reír y le dijo: 

"—¿No os parece que la persona que lo compuso es un mequetrefe? 

"—Sire, no se le podría dar otro nombre. 

"—Pues me encanta que me hayáis hablado con tal candidez —dijo el rey—: soy yo quien lo ha escrito. 

"—¡Ah, Sire, qué traición! Ruego a Vuestra Majestad que me lo devuelva. Lo leí demasiado deprisa. 

"—No, señor mariscal. Las primeras impresiones siempre son las mejores. 

"El rey se rió hasta más no poder con esta broma, pero todos piensan que fue una crueldad hacerle eso a un viejo cortesano.” 

Françoise-Marguerite du Plessis-Chivré

Antoine había dejado atrás su pasado como militar y vivía ahora entregado a los placeres de la corte. Cuando decidió hacerse cargo de Péguilin, hizo que se lo enviaran a París para ser educado junto con sus cuatro hijos, el mayor de los cuales fue Armand de Gramont, conde de Guiche, otro de los personajes más populares de nuestra corte. Y la hermana de Armand fue Catherine-Charlotte, princesa de Mónaco y protagonista de algunos divertidos episodios. Ella fue, además, el gran amor de Péguilin. 

Así un día de invierno de 1647, el mariscal vio entrar en su casa a un jovencito “delgado y de muy buena planta, con las piernas más hermosas del mundo, bellos ojos…”.


sábado, 8 de diciembre de 2012

El castillo de Lauzun


“Su vida es una novela; no, carece de verosimilitud. No vivió aventuras, sino que vivió hermosos sueños y vivió pesadillas. ¡Pero qué digo! La gente no soñaría siquiera lo que él ha vivido.” 

Así es como La Bruyère describe a Antonin Nompar de Caumont, Marqués de Puyguilhem, posteriormente conde de Lauzun y por último Duque de Lauzun; Conde de Saint-Fargeau, Capitán de la guardia del rey y Coronel General de Dragones. Pero para nosotros siempre será simplemente Puyguilhem. O Péguilin, que era como lo llamaban en la corte (recuerden que deben pronunciar “Peguilén”). 

El pequeño gascón, de cuerpo menudo y cabello pajizo, tenía una gran habilidad para derrotar a sus adversarios. Era astuto, valeroso, donjuanesco, y con algo de caballero andante. No es sorprendente que sirviera de inspiración a Alejandro Dumas para algunas de sus novelas, ni que Saint-Simon dijera de él que "es uno de esos prodigios de la fortuna, tan singular que despertó la curiosidad tanto en sus contemporáneos como en las generaciones posteriores”. 

Péguilin estuvo implicado en la mayor parte de los asuntos importantes de su época: fue amigo del rey, y también lo fue de Madame de Montespan antes de convertirse en su acérrimo enemigo; planeó y llevó a cabo la huida de Inglaterra de la reina María de Modena y el pequeño Príncipe de Gales, que después sería conocido como el Viejo Pretendiente de los jacobitas; fue capitán general de los ejércitos de Luis XIV en Irlanda; enamoró a la prima del rey y a buena parte de las mujeres de la Corte, y conoció al Hombre de la Máscara de Hierro en la prisión de Pignerol. 

Château de Lauzun

Nuestro marqués vino al mundo en la localidad de Lauzun, un pueblo de Aquitania situado al norte del inmenso valle del río Garona y dominado por un viejo castillo. La historia del castillo se remonta al siglo XIII, cuando el menor de los hermanos Caumont, Nompar I, se estableció allí. El hermano mayor, Bégon, permaneció en Caumont, a orillas del río, y fue origen de la rama familiar conocida desde el XVI con el nombre de La Force, mientras que Nompar originaba la rama de Lauzun. 

El castillo medieval, con su torre del homenaje, iba siendo reformado de siglo en siglo. Tras la Guerra de los Cien Años, una contienda en la que la población se distinguió por su resistencia a los ingleses y su lealtad a la Corona, la fortaleza perdió en parte su carácter defensivo y se convirtió en un lugar más habitable. Fue allí donde el 5 de agosto de 1565 Catalina de Médicis y su hijo Carlos IX apadrinaron en la ceremonia del bautismo a la nieta del señor de Lauzun. No muchos años después, el rey Enrique IV pernoctaba allí. Era entonces el castillo un hermoso edificio adornado con ventanas geminadas, y había una campana de plata que al sonar convocaba a los vasallos del conde. 

Era el hogar en que nació Antonin en mayo de 1633. Hacía tres años que su padre, Gabriel de Caumont, conde de Lauzun, había desposado en segundas nupcias a su prima Charlotte de Caumont La Force, hija del marqués de Castelnau, posteriormente duque de La Force. Aunque Gabriel había combatido a los calvinistas en los ejércitos del rey, Charlotte era, al igual que su padre, ferviente hugonote. 

Desde la paz de Montpellier, que reconocía a los calvinistas el libre ejercicio de su culto, el caballero residía en el castillo de Lauzun. Allí pasaba su tiempo ocupándose de su familia numerosa y llamando a los mejores artistas del reino para decorar las capillas. 

Jacques Nompar de Caumont, el legendario bisabuelo

Antonin (o Antoine) tuvo ocho hermanos. No le faltó compañía durante sus años de infancia, ni tampoco dejó de recibir con frecuencia la visita del abuelo La Force, de cuya boca boca salían relatos fascinantes; historias del bisabuelo de Péguilin durante aquella desdichada noche de San Bartolomé, cuando, siendo tan solo un niño, salvó la vida gracias a que el enemigo lo dio por muerto mientras yacía en la rue des Petits-Champs. Antonin debió de escuchar muchas veces cómo había luchado después junto e Enrique, a cuyo lado se encontraba aún cuando el rey fue asesinado por Ravaillac. Con el rostro surcado de arrugas, ojos de mirada enérgica y cabellera rizada, el bisabuelo se resistía a abandonar la vieja moda que había imperado en tiempos de Enrique IV, y llevaba aún el bigote y la barba a la antigua usanza. Rebelde en tiempos del duque de Luynes, había sido después leal a Richelieu, y se había convertido en una leyenda viviente. No tenía intención de morirse; no lo haría hasta después de haber cumplido 94 años, en 1652. 

Péguilin decidió pronto que él quería seguir los pasos del famoso bisabuelo, pero Gabriel cometió el error de seguir los de Condé durante la rebelión de la Fronda, debido a lo cual cayó en desgracia. Con una familia tan numerosa, le iba a ser difícil acomodar a toda su descendencia. La muerte le arrebató pronto al primogénito, y el segundo de sus hijos, protestante como la madre, apenas abandonada el castillo, contento ante las perspectivas de heredar la totalidad de las posesiones de su padre. 

Era costumbre que los miembros más jóvenes de la familia tuvieran que partir en busca de fortuna, y ese fue el caso de Antonin. El mariscal de Gramont, primo de Gabriel, se comprometió a facilitarle la entrada en la corte y ocuparse de su porvenir. Péguilin tenía 14 años, pero apenas representaba 12…

martes, 6 de noviembre de 2012

El hombre tras la máscara


Por las mismas fechas en las que Eustache Dauger era apresado en Calais, un misterioso personaje desaparecía de París. Se trataba de alguien íntimamente relacionado con el asunto de los venenos y los ritos satánicos, una especie de curandero que se hacía llamar Cirujano Auger

Auger, que formaba parte de la organización de misas negras, fue finalmente denunciado por sus cómplices. Además se sospecha que estaba en contacto con conspiradores, sirviendo de enlace entre Francia y el extranjero. Y, por supuesto, había ejecutado toda clase de trabajos sucios para encumbrados personajes de la corte. 

Cuando Maurice Duvivier propuso su teoría de que Eustache Dauger era en realidad Eustache Ogier de Cavoye, compañero de la infancia del rey, lo hizo convencido de que Cavoye y el cirujano Auger eran la misma persona, y que el cortesano llevaba una especie de doble vida: supuso que, al verse privado de ingresos y de todo apoyo familiar, se habría introducido en el lucrativo negocio de la venta de venenos, un mundillo en el que se habría hecho popular con el nombre de Cirujano Auger. Recuerden que Ogier y Auger tienen la misma pronunciación, e igual ocurre con Dauger, d’Auger y d’Ogier. Recuerden, también, que en aquel tiempo aún no se habían fijado las reglas ortográficas, y un mismo apellido suele ofrecer variantes. 

Parece que Duvivier mezcló dos personas diferentes en una sola. Cavoye, a pesar de una larga serie de coincidencias, a veces verdaderamente asombrosas, estuvo encerrado en otro lugar y falleció mucho antes que nuestro enmascarado. Eso lo descarta a él, aunque no a Auger. 

Plano de la Bastilla

Habíamos visto cómo estos individuos relacionados con la trama de los venenos buscaban frecuentemente colocarse al servicio de damas y caballeros de la corte, para así estar bien relacionados y procurarse una clientela selecta y dispuesta a pagar bien. No sería imposible, pues, que Auger hubiese trabajado como valet para alguna clase de importante personaje que apreciaría sus habilidades para curar ciertas afecciones a base de remedios de su cosecha. 

Recordemos que el hombre que buscamos tenía un sorprendente conocimiento acerca del manejo de drogas: “Decidme cómo es posible que Dauger haya hecho lo que me contáis y cómo consiguió las drogas necesarias, pues doy por hecho que vos no se las habéis proporcionado”. 

Esto es un dato que no podemos ignorar. No era precisamente habitual que un ciudadano cualquiera tuviera esos conocimientos y se desenvolviera con tal soltura incluso encerrado en prisión. No a menos que hubiera pertenecido a ese mundo. Saber qué drogas se precisan para lo que sea, poder conseguirlas y saber manejarlas y mezclarlas presupone unos conocimientos de medicina o cierta experiencia con los venenos. Todo lo cual encaja como un guante con alguien al que llaman “Cirujano Auger”. 

El secreto del que estaba en posesión guardaba relación con “lo que hacía antes de entrar en Pignerol”, una actividad que nunca se menciona expresamente. Podría referirse a haber estado al servicio de un personaje demasiado relevante y al que no le gustaría ver su nombre relacionado con el prisionero, o a haber hecho algún trabajo sucio para él, proporcionándole un veneno o de cualquier otra forma. O tal vez Auger descubrió algo de enorme importancia mientras trabajaba como valet y trató de obtener beneficio de ello. 

La Bastilla

En cualquier caso, hay una razón por la que resulta difícil encajar con esta trama la idea de que el secreto estuviera directamente relacionado con la persona de Luis XIV. Por una parte la información debe guardarse tan celosamente que Dauger no podía comunicarse con nadie. Cuando se supo que había hecho partícipe del secreto a La Rivière, este fue también incomunicado de por vida y ya nunca pudo quedar en libertad. Fouquet conoció el secreto, pero eso no importaba, porque se sabía desde un principio que no sería liberado. El marqués de Puyguilhem también llegó a ser informado: “El rey ha sabido, por la carta que me enviasteis el 23 del mes pasado, la muerte de Monsieur Fouquet, así como la opinión que os habéis formado acerca de que Monsieur de Puyguilhem está enterado de la mayor parte de las cosas de importancia de las que Monsieur Fouquet tenía conocimiento, y que el llamado La Rivière tampoco las ignora”. Pero, y aquí está la aparente incongruencia, parece que Louvois considera eso es solo un contratiempo enojoso, molesto y muy inconveniente, pero que no impide la puesta en libertad del marqués. Es de notar, además, que Louvois habla de “cosas de importancia”, en plural, por lo que Dauger parece estar en posesión de más de un secreto. 

Es decir, ¿Luis tomaría tan exageradas precauciones para proteger su secreto y luego dejaría en libertad a quien más deseoso estaría de propalarlo? Puyguilhem había sido encarcelado injustamente, tan solo por pretender casarse con la prima del rey y tras un brusco cambio de opinión de Luis, que en un principio había autorizado la boda. Era de esperar que guardara resentimiento y albergara sed de venganza. El imprevisible, indomable y osado marqués no era de los que se quedaban quietos y callados, y ya le había jugado alguna mala pasada al rey con menos motivos (recordemos el famoso episodio del armario). Ponerlo en libertad y esperar que no terminara por divulgar algo que perjudicaría directamente a la persona del monarca era como jugar a la ruleta rusa con cinco balas en la recámara, y al mismo tiempo casa mal con las excesivas medidas de seguridad que se tomaban por otro lado. 

Sin embargo Puyguilhem nunca habló. Ni siquiera después de fallecer el rey, a quien sobrevivió ocho años. Tampoco en unas memorias, cartas o documento para ser publicado tras su propia muerte. Parece que el secreto no serviría a sus propósitos. Tenía que tratarse de algo que Luis estaba completamente seguro de que él no revelaría, puesto que en este asunto no parece que se dejase nada al azar. Tal vez la información se refería a alguien a quien el marqués nunca dañaría 


Hay muchas cosas capaces de inquietar gravemente al poder, asuntos susceptibles de debilitarlo o contribuir a su caída. Si logramos alejar de nuestra mente por un momento las clásicas ideas preconcebidas, veremos que las posibilidades son casi infinitas. Por ejemplo, imaginen que en tiempos de la reina Victoria un servidor hubiera descubierto que Jack el Destripador era un miembro de la familia real. ¿No creen que se lo hubiera hecho desaparecer de algún modo? Pues igualmente si alguien del entorno de Luis XIV había matado o intentado matar a alguien, se trataría de proteger el secreto a toda costa. ¿Y si el secreto tuviese algo que ver con el misterio de la Monja Negra, que vimos aquí en su momento? ¿Y si ese valet hubiera hallado pruebas de que existió un vergonzoso matrimonio entre Ana de Austria y el cardenal Mazarino? Es sorprendente lo que alguien que se mueve en el entorno doméstico puede llegar a conocer, como demuestra este párrafo de una carta que Henri de Grave, al servicio de Monsieur, escribe a Fouquet: 

“Hace poco el rey le ha dicho que el cardenal, al morir, le dijo, hablando contra la propia Ana de Austria, que ella jamás podría estar sin un hombre, que tuviera cuidado con ella, y que seguramente haría un matrimonio de conciencia con alguien.” 

Y así podríamos seguir haciendo docenas de propuestas. 

Puyguilhem conoció a Eustache Dauger. Durante años vio su rostro en Pignerol, pues por entonces Dauger aún no llevaba máscara. El marqués seguramente nunca llegó a saber que el hombre que servía a Fouquet en prisión pronto se convertiría en la legendaria Máscara de Hierro. 

Nuestro marqués tiene la clave de todo. Conoció al hombre y conoció el secreto que guardaba. ¿Es posible que nunca hablase con sus amigos, con su esposa, con sus parientes, de aquellos años pasados en prisión? ¿Nunca recordaría en sus conversaciones a aquel Dauger y las cosas que le había contado? Resulta difícil de creer. Seguramente en la intimidad habló muchas veces de aquellos tiempos, y tal vez algo ha quedado registrado en las memorias de algún amigo, o en su correspondencia. Algo que no hayamos relacionado hasta ahora y de cuyo hilo podamos tirar. Estoy convencida de que el marqués es la línea a seguir en la investigación de este enigma aún por resolver en muchos puntos. 

Y ya que hablamos de Puyguilhem, ¿qué les parece si pasamos a ocuparnos de él? El próximo día abordaremos el relato de su vida. Aunque antes me tomaré un pequeño descanso.

lunes, 29 de octubre de 2012

La tragedia del valet (II)


Había muchas clases de valets, y no todos tenían la misma categoría. Algunos eran para sus señores el criado de confianza, casi un secretario que en determinado momento intempestivo podía incluso escribir una nota por ellos. Sin embargo no era el caso de Martin, un simple ayuda de cámara que ni siquiera tenía un puesto fijo en calidad de tal, ya que hubo de trabajar para un extranjero de paso en Inglaterra. 

Pero el prisionero de Pignerol sabía leer y escribir. Louvois incluso contaba con la posibilidad de que pidiera libros, y autorizaba a proporcionárselos. Parece que Dauger se entendía en francés con todo el mundo desde su llegada, que leía en francés y que, además, en el caso de que fuera inglés se trataría de un hombre perfectamente bilingüe, pues recordemos que el sobrino de Saint-Mars, cuando se le planteó la cuestión de la nacionalidad del prisionero, dejó escrita la siguiente frase: “Nunca oí que tuviera acento extranjero”. Pretender que en el siglo XVII un simple sirviente que se ganaba la vida limpiando las botas de su amo supiese leer y escribir y además hablara idiomas, es situarse fuera de la realidad de su tiempo. 

Es muy probable que fuera un valet al fin y al cabo, puesto que parece que Louvois nunca mentía a Saint-Mars en su correspondencia, y además no había ninguna necesidad de hacerlo en este caso. Cuando estimaba más prudente que el carcelero no se enterase de algo, simplemente lo omitía y se lo ocultaba, pero no le proporcionaba datos falsos a su hombre de confianza. En cualquier caso, tenía que tratarse de un valet de más categoría que Martin, y tal vez al servicio de un alto personaje. 

Otra de las razones que inclinan a aceptar que no se trataba de alguien de mucho más rango que un valet es que el ministro autorizó que Dauger sirviera a otro preso, y más concretamente a un plebeyo como era Fouquet. La mentalidad de la época, la férrea estratificación social, el orgullo de estirpe y todas las consideraciones a ello asociadas, sitúan la posibilidad de que se tratara de un aristócrata tan fuera de la realidad como la idea de que un simple ayuda de cámara de un oscuro caballero de Nîmes fuera un hombre instruido. 


Ningún dato sobre el Hombre de la Máscara de Hierro encaja con Martin. Todo indica que Dauger era francés. Y con respecto al cambio de nombre, resulta extraño que Louvois vea la necesidad de darle un nombre falso a una persona totalmente desconocida. Ni siquiera ha llegado hasta nosotros el apellido de Martin, ni su verdadero nombre resultaría revelador para nadie en la prisión. 

Además hay un dato muy importante que inclina a considerar que el nombre de Dauger era el verdadero: en los documentos originales de la correspondencia que el ministro Louvois mantuvo con Saint-Mars, las palabras Eustache Dauger aparecen escritas con una caligrafía diferente a la del resto de la carta. Esto indica que Louvois dictaba los mensajes a un secretario, pero, por razones de seguridad, dejaba un espacio en blanco que después rellenaba él personalmente con el nombre del prisionero, una precaución totalmente innecesaria de haberse tratado de un nombre falso. 

Otra cuestión a examinar es la de la religión. Martin era protestante. Pero los protestantes no van a misa. En el acta de defunción del enmascarado leíamos que “tuvo una ligera indisposición ayer al salir de misa y falleció ese día hacia las diez de la noche sin haber estado seriamente enfermo…”. Y el padre Griffet dejó escrito que “numerosos testigos oculares lo habían visto pasar por el patio para acudir a misa.” 

Podríamos pensar que tal vez lo obligaban a asistir a los servicios religiosos si no fuera porque días después de la llegada de Dauger a Pignerol, Louvois escribe a su carcelero: “Podréis hacerle escuchar, los domingos y festivos, la misa que se dirá para Monsieur Fouquet, aunque sin estar en el mismo lugar, y os ocuparéis de que se le custodie bien durante la misa para que no pueda evadirse ni hablar con nadie; también podréis hacer que se confiese tres o cuatro veces al año si lo desea, y no más, a menos que le sobrevenga alguna grave enfermedad.” 

Es decir, solo si Dauger lo deseaba. El ministro incluso suponía que el prisionero desearía confesarse más veces, algo que no se autorizaba a menos que se encontrase en riesgo de muerte. Obviamente Eustache Dauger era católico. 


Pero resulta que existe una última propuesta, y era la que iba a presentarles hoy. Solo que al final decidí extenderme más rebatiendo la hipótesis de Monsieur Lang. Por tanto, tendré que hacer un capítulo más de los previstos, y revisar la última candidatura el próximo día. ¡No ha sido intencionado esta vez! 

Verán, por las mismas fechas en las que Eustache Dauger era apresado en Calais, se daba la curiosa circunstancia de que un misterioso personaje desaparecía de París. Nunca más se supo de él…


jueves, 18 de octubre de 2012

La tragedia del valet

Exterior de la celda de la Máscara de Hierro en Sainte-Marguerite

En 1903 Andrew Lang publicó un trabajo sobre el Hombre de la Máscara de Hierro. En su libro La tragedia del valet, Lang propone la hipótesis de que Eustache Dauger era en realidad un nombre falso tras el que se ocultaba Martin, el hombre que había servido como ayuda de cámara al conspirador Roux de Marsilly durante su estancia en Inglaterra. 

La propuesta, sin embargo, parece incapaz de sortear una larga serie de objeciones e interrogantes. Sabemos que Dauger, según consta en una carta de Louvois a Saint-Mars, era un valet; pero creo que ahí termina toda coincidencia demostrable, y ello si es que el dato que aporta Louvois acerca de la profesión del prisionero es cierto y no se trata de otra cortina de humo. 

Lang parte de la base de que resulta demasiada coincidencia que haya dos valets, Martin y Dauger, relacionados con importantes secretos de Estado casi por las mismas fechas, por lo que en su opinión ambos son el mismo hombre. 

Eustache Dauger es apresado en Calais un mes después de la ejecución de Roux de Marsilly. El hecho de que se encontrara en Calais le sirve a Lang para extraer la conclusión de que venía de Inglaterra. Pero en realidad es más probable que se encontrara allí aguardando a que zarpara un barco para huir de Francia, sabiéndose perseguido. La hipótesis de Lang encaja mal con el hecho de que, según se desprende de la correspondencia de Colbert, Martin se había negado a acudir a declarar contra Marsilly, por temor a que acabaran por pensar que tenía algo que ver con las conspiraciones de su antiguo amo. Es decir, que todo parece indicar que nunca llegó a desplazarse a Francia, o al menos no nos consta que haya sido así. Tampoco parece que el pobre diablo supiera gran cosa en realidad, y los agentes de Colbert tuvieron que darse cuenta pronto. 

Isla Sainte-Marguerite

Pero supongamos que Martin sí sabía algo y que unas semanas después cambió de opinión y decidió viajar a París para declarar voluntariamente sobre los manejos de Marsilly en Inglaterra. En tal caso, lo más lógico por parte de Luis XIV hubiera sido escoltarlo para asegurarse de que llegaría sano y salvo con su información —una información que en realidad podría haber proporcionado a Francia igualmente desde Londres—. Una vez en suelo francés, el procedimiento normal no habría sido arrestarlo, sino interrogarlo en calidad de testigo que acudía a prestar su colaboración sin estar obligado a ello. A partir de ahí ya podrían tomarse otras medidas si se llegaba a la conclusión de que Martin había emprendido absurdamente el viaje de modo voluntario para no decir nada de cuanto sabía, o no decirlo todo. 

Pero es que curiosamente el hombre arrestado en Calais no solo no fue interrogado, sino que se le hizo trasladar de inmediato a Pignerol, la fortaleza en la que debía quedar totalmente incomunicado. Resulta extraño que si lo que se pretendía era obtener de él alguna información, no le preguntaran nada e incluso le prohibieran comunicarse con nadie, perdiendo así la ocasión de descubrir algo en su correspondencia o de que se sincerase con algún confidente. En principio parece un contrasentido impedirle que hable después de haberse esforzado tanto por conseguir que acudiera a Francia precisamente para hablar. 

Podría ser, desde luego, que cuando Martin es atraído a territorio francés ya se conociera cuál era el importante secreto del que había llegado a enterarse, y se tratara de uno sobre el que el rey no necesitaría preguntar nada, porque lo conocía mejor que Martin. En tal caso lo habrían hecho acudir para apoderarse de él y ponerlo a buen recaudo, de modo que no pudiera comunicar a nadie más lo que sabía. 

Costa de Sainte-Marguerite

Es extraño que el rey de Francia se preocupara tanto por lo que pudiera contar en otro país un simple sirviente. La propuesta es que el valet tuvo conocimiento del tratado secreto que Luis XIV preparaba con el rey de Inglaterra, en el que uno de los asuntos a tratar era la conversión de Carlos II al catolicismo. Era preciso que eso no se supiera antes de tiempo, porque previsiblemente sus súbditos se sublevarían ante una decisión que no podían contemplar con agrado. 

Pero esta hipótesis no topa con menos obstáculos que la propia candidatura de Martin. No solo es una mera especulación sin apoyo documental de ningún tipo, sino que desafía al sentido común. En primer lugar, resulta desconcertante que Luis estuviera tan preocupado por el tema y en cambio Carlos no lo estuviera en absoluto. En realidad el más interesado en impedir la difusión del secreto tendría que ser el inglés, pero él nunca se ocupó de Martin, que vivía tranquilamente en Londres sin ser molestado y, de haberlo deseado, pudo difundir el secreto a los cuatro vientos en docenas de ocasiones durante esos meses. Casi resulta surrealista que fuera el Cristianísimo quien tuviera que hacer malabarismos para atraerlo a su reino y encerrarlo de por vida. 

Además, sabemos que Carlos II dio marcha atrás en su intención de convertirse, consciente de la temeridad de profesar públicamente una fe diferente a la de la mayoría de sus súbditos. El rey no se convirtió hasta que estuvo en su lecho de muerte, en 1685. 

Interior de la celda de la Máscara de Hierro

Una vez fallecido Carlos, ya no había secreto que guardar. Sin embargo Dauger no solo no fue puesto en libertad, sino que continuó siendo custodiado con las mismas precauciones durante 18 años. Lang es consciente de este fallo en su hipótesis, e intenta explicarlo mediante un “error burocrático”: se habría dado la orden de ponerlo en libertad, pero el documento se traspapeló; el funcionario encargado de cursar la orden no lo hizo, y Eustache Dauger cayó en el olvido. 

Pero tampoco podemos concederle a monsieur Lang ese punto. Eustache Dauger nunca cayó en el olvido, sino todo lo contrario. Cuando en 1691 moría Louvois, su hijo Barbezieux le sucede en el puesto, y en adelante es él quien se ocupa de comunicarse con Saint-Mars. La primera carta que escribe al tomar posesión de su cargo se refiere precisamente a Eustache Dauger: “Cuando tengáis que comunicarme algo acerca del prisionero que lleva veinte años bajo vuestra custodia, os ruego que utilicéis las mismas precauciones que cuando escribíais a Monsieur de Louvois.” 

El único prisionero que llevaba veinte años bajo la custodia de Saint-Mars era Eustache Dauger. Y el hecho de que la primera carta que escribe Barbezieux sea para ocuparse de él indica que, lejos de haber caído en el olvido, lo seguían teniendo muy presente.

lunes, 8 de octubre de 2012

La conspiración de Roux de Marsilly

Carlos II de Inglaterra

En mayo de 1668, Rubigny, embajador en Londres, avisa de la llegada de un individuo que trae malas intenciones. Se trata de Roux de Marsilly, un hugonote natural de Nîmes, que había sido militar al servicio del rey en Cataluña, pero que, descontento por el trato que recibían los protestantes en Francia, había concebido el osado proyecto de asesinar a Luis XIV. 

Marsilly fue perseguido por agentes de Francia, primero a través de Inglaterra y posteriormente por Holanda, Flandes y el Franco-Condado, mas no conseguían atraparlo. El rey decidió encomendar entonces a Turenne la misión de capturarlo, y este envió a sus hombres al extranjero en una búsqueda que se prolongó durante cuatro meses. Al cabo de ese tiempo el fugitivo fue descubierto en Suiza. Allí se apoderaron de él cuando iba camino de Berna, junto con un monje y un servidor que resultó muerto durante la operación. No se le incautó ningún papel, pero Marsilly solicitó a sus captores que se dirigieran a casa de su amigo el general Balthazar para recoger un documento que le acreditaba como enviado del rey de Inglaterra, esperando sin duda que eso le procuraría la inmunidad de un puesto diplomático oficial. 

Al parecer Carlos II lo había enviado con la misión de atraer a los suizos a la Triple Alianza contra Francia, formada en enero de 1668 para frenar el avance de Luis XIV en Flandes. Inglaterra, naturalmente ofrecía otra explicación: según su versión, a Marsilly se le había confiado la tarea de conseguir de los cantones suizos que expulsaran a los regicidas de Carlos I allí refugiados. 

Roux de Marsilly fue conducido a suelo francés para ser juzgado y condenado por crímenes contra el Estado y contra el rey. Sería ejecutado públicamente en junio de 1669, si bien mantuvo su inocencia hasta el final, asegurando no saber siquiera por qué se le condenaba. Aparentemente no tenía cómplices, ni en el país ni en el extranjero. 

Minette

En todo París no se hablaba de otra cosa que no fuera de aquel supuesto agente del rey Carlos II encerrado en la Bastilla, aunque en la corte, por razones diplomáticas, fingían no estar al tanto de tan embarazosa circunstancia. Era un grave inconveniente justo en aquellos momentos en los que Luis negociaba un tratado secreto con su primo de Inglaterra, un importante asunto en el que empleaba como mediadora a Minette. Durante el proceso se prefirió no mencionar la traición de los ingleses y limitarse a acusar a Marsilly de conspirar contra la vida de Luis XIV. 

El 24 de junio, tres días después de la ejecución, el ministro Colbert, enviado por Luis a Inglaterra, informaba acerca de una conversación con Carlos II. Según la entrevista que mantuvo con el monarca, y a pesar de que las pruebas del plan de Marsilly para asesinar al rey de Francia eran escasas o nulas, se sabía que había discutido el asunto con el embajador español. 

Mientras Marsilly estuvo en Inglaterra, tuvo a su servicio un secretario, dos lacayos y un valet. Colbert escribe que permanecía “en Inglaterra un tal Martin, que había sido el valet de ese miserable y que lo abandonó por estar descontento”. El valet vivía en Londres con su propia familia desde que dejó de servir a Marsilly. Entendemos, por tanto, que probablemente era inglés. 

Colbert propone interrogar a Martin, que puede conocer mucho del asunto, y enviarlo a Francia. La intención era averiguar si las maniobras de Marsilly comprometían al ministro Arlington o tal vez incluso al propio Carlos II, pues las explicaciones de Arlington habían sido demasiado vagas, y hacían sospechar. 

Henry Bennet, Lord Arlington

Pero Colbert no pudo persuadir al valet para desplazarse a suelo francés con ninguna promesa de recompensa ni de un salvoconducto. Martin respondió que no sabía nada en absoluto. Temía que si iba a Francia la gente pensaría que tenía algo que ver con los manejos de Roux, y que lo encerrarían para hacerle confesar cosas que él ignoraba. Más adelante, sin embargo, y tal vez por vanidad, admitió que algo sabía de ese tema...

domingo, 30 de septiembre de 2012

Resumen de las investigaciones


En julio de 1669 el comandante de la guarnición de Dunkerque recibe orden de arrestar en Calais a un tal Eustache Dauger, cuyo delito no se menciona. El arresto no se lleva a cabo en secreto, pero el prisionero no es interrogado ni procesado, sino conducido directamente a la fortaleza de Pignerol, en el Piamonte. Su traslado se efectúa como el de cualquier otro preso. No hay instrucciones especiales al respecto ni se oculta su identidad de ningún modo. 

Una vez en Pignerol, el carcelero Saint-Mars recibe órdenes de no escuchar lo que el prisionero quiera decirle, así como de impedir que cualquier otra persona lo escuche. Dauger no debe comunicarse con nadie, de viva voz ni por escrito. Siguen sin ocultar su identidad, pues en todas las cartas del ministro Louvois aparece como Eustache Dauger. En ningún momento se cursan instrucciones dirigidas a evitar que sea visto, pero sí hay una insistencia en que no sea oído. 

Recibe el trato de cualquier servidor, y de hecho por un tiempo sirve como valet a Fouquet. El marqués de Puyguilhem coincidió con Dauger durante su estancia en prisión. Él tuvo conocimiento del secreto que guardaba el prisionero. 

En abril de 1680, casi once años después de su llegada a Pignerol, Saint-Mars recibe instrucciones de hacer creer que el prisionero ha sido liberado. Para ello el carcelero debe sacarlo de su celda y mudarlo a una situada en otra de las torres. Una vez allí instalado, se simula que se trata de otro preso. Para que no se descubra el engaño, se hace preciso ocultar su rostro tras una máscara, de modo que no sea reconocido al cruzar el patio, al ser trasladado o en cualquier otra circunstancia en la que pueda encontrarse con centinelas, con otros prisioneros o con cualquier persona que hubiera visto a Dauger anteriormente. 

A partir de ese momento, y como es lógico, el nombre de Eustache Dauger jamás volverá a ser mencionado. En adelante Saint-Mars se referirá al prisionero como “Monsieur de la tour d’en bas” (el señor de la torre de abajo). 


El historiador Maurice Duvivier creyó que Eustache Dauger era en realidad Eustache Ogier de Cavoye, antiguo compañero de infancia del rey y hermano del marqués de Cavoye. Sin embargo, posteriormente a la publicación de su valiosa obra, se descubrieron documentos que acreditan que el hermano del marqués estuvo encerrado en Saint-Lazare por los mismos años en los que Dauger se encontraba en Pignerol. Parece, pues, que no se trataba del mismo hombre, y que debemos seguir buscando a Eustache Dauger. 

Existe otra propuesta para averiguar su identidad, y parte de la base de que no fuera ese su nombre verdadero. Examinaremos dicha posibilidad y viajaremos, en esta ocasión, en busca de Martin.


Muchas gracias, Katy

Como ustedes saben, esta corte cuenta con una sección especial para depositar los regalos que recibimos de amigos como mi querida Katy, de Pasitos Cortos, que siempre tiene algún detalle cariñoso con esta dama. Así ha sido en esta ocasión, en la que me hace entrega del Versatile Blogger Award. Pero quién sabe por qué no logro colocarlo en la vitrina, así que he decidido mostrarlo aquí, al lado del Hombre de la Máscara de Hierro.

Muchísimas gracias, Katy, por acordarse siempre de esta corte.


sábado, 22 de septiembre de 2012

El prisionero de Saint-Lazare


Tenemos dos prisioneros con el mismo nombre: Esutache Dauger. Bien, no resulta extraño encontrar en Francia dos hombres que se llaman igual, desde luego. Tampoco lo es que ambos estén en prisión al mismo tiempo, ni que fueran apresados en fechas parecidas. Ni lo es el hecho de que, según hemos podido colegir, sus edades sean, como poco, bastante aproximadas. Pero que uno de ellos sea el misterioso prisionero enmascarado y el otro un compañero de infancia de Luis XIV, y hermano del mejor amigo del monarca, obliga a pensar que a veces el azar tiene muy buena puntería. 

La tentación de reducir los dos a uno solo es irresistible, pero nuestro intento toparía con todos los obstáculos del mundo. 

Comparando las instrucciones relativas al prisionero de Saint-Lazare (Eustache Ogier de Cavoye) con las que se refieren al encerrado en Pignerol (nuestro Eustache Dauger), se aprecian algunas diferencias que resultan significativas: vimos el último día que el rey se dirige al primero llamándolo Monsieur de Cavoye, un apellido mucho más aristocrático que Ogier o Dauger. Si lo llamaban Cavoye, y no Dauger, parece lógico suponer que el prisionero de Pignerol y el de Saint-Lazare son dos personas diferentes. 

Observamos, además, que las condiciones de ambos en prisión eran muy distintas: Cavoye podía recibir visitas y comunicarse con el exterior. Incluso podía dirigirse al rey. Es al cabo de diez años cuando Luis XIV imparte las curiosas instrucciones acerca de colocar siempre un testigo cuando Cavoye se entreviste con alguien. Pero ni siquiera entonces prohíbe la comunicación. Da la impresión de que el rey simplemente quiere estar informado sobre las conversaciones. La razón podría ser aquella carta que el prisionero envió a su hermana. En ella denunciaba haber sido engañado por su hermano el marqués y por su cuñado en el acuerdo al que habían llegado respecto a la percepción de una compensación económica a cambio de su renuncia a la herencia de su padre. 


No parece posible que Saint-Lazare fuera una tapadera, y que se fingía que Cavoye se encontraba allí prisionero mientras en realidad había sido conducido a Pignerol. Cavoye no estaba incomunicado, y por tanto su presencia en Saint-Lazare era fácil de constatar. 

Tampoco parece posible una sustitución de un prisionero por otro en ningún momento. Revisando las fechas, recordamos que Dauger había sido apresado en 1669. Y en 1678 Cavoye escribía aquella carta a su hermana, en la que menciona que lleva diez años prisionero. Eso nos da el año 1668 como fecha de su ingreso en Saint-Lazare, pero también podría ser 1669. Hay que tener en cuenta que tendemos a redondear las cifras, y que es normal convertir nueve años en diez cuando el sujeto trata de victimizarse y exagerar su infortunio. Pero a partir de ahí sus caminos se separan. 

Si Dauger hubiera surgido al desaparecer Cavoye, podríamos tomar en consideración la hipótesis de que se trataba del mismo hombre. Por el contrario, tenemos dos prisioneros que van a parar a lugares muy distantes por la misma época. 

Por último, conviene recordar que las instrucciones del rey para que siempre hubiera alguien de confianza presente durante las entrevistas de Cavoye, llevaban la firma de Colbert, mientras que toda comunicación relativa a Dauger corría a cargo de Louvois, el principal enemigo de Colbert. En principio no casa bien tenerlos a ambos trabajando codo con codo en un mismo secreto. Si Cavoye y Dauger formasen parte de una misma trama, habría sido más lógico, eficaz y seguro que fuera el propio Louvois quien se ocupara también del prisionero de Saint-Lazare. 

Entonces, si Dauger no era Cavoye… ¿Quién diantres era Dauger?

Cuando un prisionero entraba en la Bastilla se redactaba un acta de ingreso. Esta que les muestro, fechada el jueves 18 de septiembre de 1698, es la que corresponde al Hombre de la Máscara de Hierro. He subrayado las líneas donde dice que el gobernador Saint-Mars siempre le hace llevar una máscara.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cabos sueltos


“Si hallas un camino sin obstáculos, desconfía. Lo probable es que no conduzca a ninguna parte”. 
(Constancio Vigil) 


Antes de continuar adentrándonos en el enigma de la máscara de hierro, haremos un alto para repasar los avances que hemos hecho hasta ahora, y revisaremos qué es lo que a la luz de la documentación oficial puede considerarse demostrado y lo que no. 

1- Nos consta que hubo un enmascarado. 

2- Nos consta que la máscara no era de hierro, sino de terciopelo. 

3- Nos consta que el hombre de la máscara era Eustache Dauger. No nos consta que dicho Eustache Dauger y el hermano del marqués de Cavoye sean una misma persona. Eso sigue siendo una hipótesis, ya que podría tratarse de una simple coincidencia en el nombre. 

4- No tenemos constancia del motivo exacto por el que fue encarcelado, pero sí sabemos que era algún tipo de secreto en cuya posesión había entrado el prisionero durante el desempeño de cierta actividad poco confesable. Basándose en esto, y sin descartar cualquier otra opción lógica que se pueda proponer, hemos reducido a dos el abanico de posibilidades: 

a) Espionaje. 

b) El asunto de los venenos. 

5- Nos consta que en 1680 se hizo preciso ocultar la identidad y el rostro de Eustache Dauger para intentar hacer creer que había sido puesto en libertad. 


Hasta ahora hemos visto de qué manera encajaría con la historia el Eustache Dauger que encontró el historiador Maurice Duvivier. Pero ha llegado el momento de examinar los cabos sueltos, los obstáculos, aquellas piezas que no terminan de encajar. 

El 31 de agosto de 1669, Saint-Mars comenta en una carta que aunque no ha hablado con nadie ni una palabra acerca del prisionero, había mucha gente en la fortaleza que creía que se trataba de un mariscal de Francia. Por tanto, bien pudiera ser que el apellido Dauger hubiera comenzado a correr de boca en boca, e inmediatamente se relacionó con Louis, el hermano menor de Eustache, Gran Mariscal de la Casa del Rey desde hacía dos años. Además precisamente Louis había estado en prisión por las mismas fechas a causa de haber desafiado el edicto que prohibía los duelos en suelo francés. 

Es natural que todo el mundo asociara el apellido Dauger al personaje más famoso entre cuantos lo llevaban, pero eso no significa que el Eustache que buscamos tuviera que ser en realidad un miembro de esa familia, a menos que antes seamos capaces de resolver algunos puntos. 

En primer lugar, cuando el prisionero llega a Pignerol, Louvois escribía: “Haced preparar los muebles necesarios, teniendo en cuenta que solo se trata de un servidor, por lo cual los gastos no han de ser considerables, y se os reembolsarán tanto los que hagáis en el mobiliario como los que estiméis adecuados para su alimentación.” 

En cualquier caso, las instrucciones acerca de proporcionarle libros, así como la preocupación por lograr que el prisionero “no pueda dar información a nadie de viva voz ni por escrito”, indican que se trataba de alguien que sabía leer y escribir, algo poco común para un simple valet en una época en la que la mayoría de la población era analfabeta. Si se trataba de un servidor, no era, desde luego, alguien cuya misión fuera limpiarle las botas a su señor o atenderlo a la mesa. Su labor podría ser más bien la de secretario de algún príncipe o gran señor. ¿Podría tratarse realmente de nuestro Dauger? ¿Habría entrado al servicio de algún personaje importante al quedarse en la ruina y sin ayuda familiar? 



En el caso de un aristócrata o persona acomodada, cuando ingresaba en prisión era su familia quien se hacía cargo de los gastos, pudiendo así contar con algunos lujos y comodidades extra. Cuando el prisionero, en cambio, no disponía de medios, el Estado hacía el desembolso. El hermano del marqués de Cavoye pertenecía a este segundo grupo: había sido desheredado; su familia había renegado de él y no podía contar con que sufragaran ahora sus gastos. No era un alto personaje, no gozaba de privilegios y se veía reducido a la misma condición de cualquier valet. Louvois habría mencionado que lo era, fuese cierto o no, simplemente para que Saint-Mars no se excediese en el gasto y pudiese calcular correctamente, ya que pagaba el Estado. 

Al mismo tiempo, vuelvo a incidir en la importancia de esta carta, que hace trizas la leyenda de que el prisionero recibía un trato especial y principesco. 

El asunto del valet no resulta un obstáculo imposible de salvar, pero contamos con otro dato mucho más desconcertante, y que puede parecer incontestable: se ha hallado documentación que apunta a que Eustache Dauger de Cavoye falleció en realidad en la prisión parisina de Saint-Lazare, una especie de asilo dirigido por sacerdotes en el que muchas familias solían encerrar a sus “ovejas negras”. 

Según esta información, Dauger habría sido encerrado allí mediante una lettre de cachet a petición de su propia familia. Las evidencias incluyen una carta dirigida a su hermana la marquesa de Fabrègues, con fecha del 20 de junio de 1678 en la que Eustache se queja del trato que recibe en la prisión, donde ha permanecido durante 10 años. Un año después escribía al rey planteándole las mismas quejas y pidiendo su libertad. Curiosamente la respuesta fue una carta firmada por Luis XIV y por Colbert, dirigida al director de la institución. En ella se decía que “Monsieur de Cavoye no debería mantener comunicación con nadie, ni siquiera con su hermana, si no es en vuestra presencia o en la de uno de los sacerdotes de la Misión”. 


Parece que Eustache Dauger de Cavoye falleció a finales de la década de 1680, o eso se deduce de un manuscrito de las obras inéditas del memorialista conde de Brienne, en el que se menciona que Dauger fue encerrado en el hospital de Saint-Lazare y que murió allí de una apoplejía “por haber bebido sin moderación”. 

¡Oh, qué disgusto! Ahora que ya casi teníamos a Eustache Dauger. Era todo perfecto y de pronto aparecen estos documentos que nos lo desbaratan todo. ¿O no? Bueno, parece que vamos a tener que darle un par de vueltas más a esto. ¿No es terrible?

Continuamos...


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Eustache Dauger y el Marqués de Puyguilhem


Aparecía en escena el marqués de Puyguilhem, alguien que conoce a Eustache Dauger: al igual que el hermano de Eustache, Puyguilhem, cuya presencia había sido habitual en la corte, fue otro de los mejores amigos del rey hasta que incurrió en su desagrado al concebir el osado el proyecto de desposar a Mademoiselle de Montpensier. Y mucho más que eso: recordemos que Puyguilhem era el enemigo número uno de Madame de Montespan, la instigadora de su propio encarcelamiento. 

A comienzos de 1672 Saint-Mars tiene dificultades para encontrarle un valet, por lo que el 20 de febrero hace la siguiente propuesta a Louvois: 

“Es tan difícil encontrar aquí servidores que quieran encerrarse con mis prisioneros que me permito la libertad de proponeros uno: ese prisionero que está en la torre… sería, me parece, un buen valet. No creo que le diga nada a Monsieur de Puyguilhem después de que yo se lo haya prohibido. Estoy seguro de que tampoco le comunicaría ninguna noticia…” 

Louvois rechaza tajantemente la propuesta de colocar a Dauger junto al marqués. Sin embargo tres años más tarde, cuando a Fouquet se le muere uno de sus servidores, el ministro autoriza que le sirva Dauger junto con el otro valet que quedaba con vida, aún con la condición de que no viera jamás al marqués de Puyguilhem, como refleja la carta del 30 de enero de 1675: 

“He recibido vuestra carta del 19 de este mes y he rendido cuenta al rey de lo que contiene. Su Majestad aprueba que deis por valet a Monsieur Fouquet, al prisionero que os ha llevado Monsieur de Vauroy; pero debéis absteneros de ponerlo en contacto con Monsieur de Puyguilhem bajo ninguna circunstancia, ni con ningún otro que no sea Monsieur Fouquet. Es decir, que podéis concederle dicho prisionero a Monsieur de Fouquet solo cuando no pueda asistirle su valet.” 


Observamos que se menciona a Puyguilhem de modo específico, como si la posibilidad de que Dauger hable con él sea aún más inconveniente que si se entrevista con cualquier otro prisionero. 

Pero es que Louvois aún insiste en el tema, según vemos en su mensaje del 11 de marzo: 

“He recibido vuestra carta del pasado 26. Si podéis encontrar un valet adecuado para servir a Monsieur de Puyguilhem, podéis dárselo; pero es preciso que bajo ninguna circunstancia ni por ningún motivo le deis al prisionero que os ha llevado Monsieur de Vauroy, que no debe servir más que a monsieur Fouquet en caso de necesidad, como ya os lo he mandado.” 

¿Termina ahí la obsesión de Louvois? Ni mucho menos. El 20 de enero de 1679 retoma el asunto con desconcertante insistencia: 

Siempre que Monsieur Fouquet baje a la cámara de Monsieur de Puyguilhem, o que Monsieur de Puyguilhem suba a la cámara de Monsieur Fouquet, o cualquier otro, Monsieur de Saint-Mars tomará la precaución de retirar al llamado Eustache, y no volverá a dejarlo en la cámara de Monsieur Fouquet hasta que no se encuentren en ella más que él y su antiguo valet… 

Tal es la voluntad de Su Majestad. 


De nuevo aparece específicamente el nombre del marqués. Y aún hay más, algo sumamente inquietante, un dato que aparece en una carta del 8 de abril de 1680 y que resulta una de las piezas fundamentales para avanzar en este enigma: 

“El rey ha sabido, por la carta que me enviasteis el 23 del mes pasado, la muerte de Monsieur Fouquet, así como la opinión que os habéis formado acerca de que Monsieur de Puyguilhem está enterado de la mayor parte de las cosas de importancia de las que Monsieur Fouquet tenía conocimiento, y que el llamado La Rivière tampoco las ignora. Por ello Su Majestad me manda comunicaros… que persuadáis a Monsieur de Puyguilhem de que los llamados Eustache Dauger y dicho La Rivière han sido puestos en libertad, y que así se lo digáis a todo aquel que os pida noticias suyas; que no obstante los encerraréis a ambos en una habitación en la que podréis responder ante Su Majestad de que no tendrán comunicación con nadie, ni de viva voz ni por escrito, y que Monsieur de Puyguilhem no podrá enterarse de que están encerrados allí.” 

La carta ha sido objeto de intenso análisis. Por mucho que se estudie a Luis XIV, hay ocasiones en las que no resulta fácil bucear en su mente, y esta es una de ellas. Buscando un motivo por el cual el rey querría convencer al marqués de que ambos prisioneros habían sido puestos en libertad, se ha propuesto como lo más lógico que trataba de restar importancia a las revelaciones que Dauger hubiera podido hacer. Si lo liberaba, entonces es que seguramente todo lo que había contado era una patraña sin ningún valor. 

Saint-Mars, en efecto, trasladó a los prisioneros a otro lugar de la fortaleza, pero hubo de ocultar sus rostros tras una máscara para impedir que se descubriera el engaño. Es decir, en un principio habría probablemente dos enmascarados, pero La Rivière muere pronto, y cuando Saint-Mars acude a ocupar su nuevo destino en Sainte-Marguerite, tan solo le acompaña uno, que es justamente Dauger, aquel al que se refieren los testimonios de la gente de la isla. Nadie, ni los soldados que lo escoltaban ni ningún otro prisionero con el que pudiera coincidir, debía saber que en realidad Eustache Dauger nunca había sido puesto en libertad. 


Y así como Fouquet obtuvo mayores comodidades y pudo recibir visitas a cambio de mantener informado al ministro acerca de las cosas que Dauger hablaba, también fue tramada toda esta cortina de humo con el objetivo de engañar a Antoine Nompar de Caumont, marqués de Puyguilhem. La otra alternativa era encerrar también a Antoine de por vida, pero eso estaba descartado. Desde un principio existía la intención de ponerlo en libertad tan pronto como las circunstancias lo permitieran, o, para ser más precisos, los intereses de la marquesa de Montespan. 

Athénaïs pensaba extraer pingües beneficios de la prisión de Puyguilhem: era su intención alcanzar un trato con Mademoiselle de Montpensier, que no tenía descendencia. La idea era que Mademoiselle nombrara heredero al duque de Maine, hijo de la marquesa de Montespan y Luis XIV. Tan pronto como lo consiguiera, Athénaïs se ocuparía de que Antoine quedara en libertad. En efecto, fracasado todo otro intento de lograr la liberación de su amado, Mademoiselle cedió finalmente y pudo así reunirse con él. 

La insistencia de Louvois al tratar de apartar de Dauger al marqués podría deberse a que Puyguilhem era el único de los prisioneros de Pignerol que iba a ser liberado tarde o temprano, pero también podría ser causa del nerviosismo del ministro el hecho de que el secreto de Dauger estuviera relacionado con Madame de Montespan. Louvois tal vez temió que la información fuera depositada precisamente en manos del mayor enemigo de la marquesa. 


Sin embargo, si Athénaïs tenía algo que ver con el secreto, ¿osaría cerrar el trato y se arriesgaría a dejar al marqués en libertad después de que este hubiera estado en contacto con Dauger? Bien, eso depende del peso de su ambición, que era mucho. Pero la maniobra parece arriesgada. Incluso me inclino a creer que el rey nunca hubiera enviado al enemigo de la Montespan a la misma prisión en la que se encontraba Dauger si es que era realmente a ella a quien deseaba proteger. 

Y ahora el relato está a punto para recibir un golpe de efecto, una de esas sorpresas que nos asaltan en esta misteriosa senda.