miércoles, 9 de noviembre de 2011

DESPEDIDA


El final de la historia de la marquesa de Brinvilliers, para los que no lo recuerdan, fue narrado ya el jueves 1 de septiembre: 

“La carreta llega a la plaza de Grève entre las exclamaciones de la multitud. Trae a una mujer de unos 45 años…” 

Y nos detuvimos entonces a contar quién era esa mujer y cómo y por qué había llegado hasta allí. 

El pasado domingo terminó la parte dedicada a la marquesa de Brinvillers. Era llegado el momento de abrir la caja de Pandora y hablarles de hasta qué punto estaba extendido el uso de venenos y el recurso a la brujería, escándalo que alcanzó a algunos importantes personajes de la corte. Era llegado el momento de presentarles al jefe de la policía, Nicolas de la Reynie y sumergirnos en las investigaciones policiales. Era llegado el momento de examinar las pruebas y testimonios que acusaban a Madame de Montespan, a la condesa de Soissons y a otros cortesanos, de modo que ustedes mismos emitieran su veredicto. 

Lamentablemente no podrá ser. Me es preciso asumir que no me es posible seguir llevando los dos blogs y pasar asiduamente por todos los que me gusta leer, que ya son muchos. La familia bloguera aumenta, y la tarea requiere un tiempo del que últimamente no dispongo, de modo que debo renunciar a una de las dos páginas. Cerraré esta, que me supone un mayor esfuerzo, aunque también es cierto que me divierte más. 

Quisiera poder anunciarles, como otras veces, cuándo será abierta de nuevo, pero me temo que no puedo aventurar una fecha. Supongo que entraré alguna vez, cuando me atenace la nostalgia, y tal vez entonces regresaré con una nueva historia sobre la Corte del Rey Sol. 

Hemos pasado buenos ratos juntos. Hemos fundado una Orden y escrito una novela entre trece miembros de la misma. Nos hemos reído y hemos hecho buenos amigos a los que no pienso renunciar, así que seguiré en contacto desde De reyes, dioses y héroes. 

Muchas gracias a todos los que se han detenido aquí alguna vez, un abrazo a quienes lo han hecho asiduamente… 

Y hasta siempre.


Diana de Méridor

domingo, 6 de noviembre de 2011

El tormento de Madame de Brinvilliers


Vinieron a comunicar a la marquesa de Brinvilliers que debía estar dispuesta para escuchar la lectura de su sentencia. Fue preciso leerle dos veces el documento, porque, como ella misma declaró después, se había desconcertado al oír que sería conducida en un carro. Su orgullo se rebelaba. No era la parte en la que se la declaraba culpable de haber envenenado a su familia lo que la impresionaba, sino la humillación de verse tratada de ese modo, lo cual prueba que no había en ella verdadero arrepentimiento. Lo único que lamentaba en realidad era que la hubieran atrapado. Negó los hechos mientras pensó que de ese modo podría salvarse, y ahora que estaba condenada, calculaba que la única forma de que tal vez hubiera para ella un indulto de última hora, o aunque solo fuera de librarse de la tortura, sería confesarlo todo. Quemaba su último cartucho a la desesperada. 

Pero había algo más: curiosamente temía al más allá; se mostraba inquieta sobre su salvación, y hacía muchas preguntas al respecto al abate Pirot. Una duda en concreto la asaltaba y la atormentaba enormemente. 

—Monsieur, ayer me disteis algunas esperanzas de salvación, pero no puedo alentar la presunción de que eso sería posible sin antes pasar largo tiempo en el purgatorio. ¿Cómo sabré que estoy en el purgatorio y no en el infierno? 

Pero el abate siempre acertaba a sosegar sus temores. 


Después de que fuera leída la sentencia, el verdugo se acercó a ella. La marquesa lo miró de arriba abajo sin decir nada, y al ver que tenía una cuerda en la mano, le presentó las suyas unidas para que las atara. Luego la llevaron a la cámara de tortura. Fue entonces cuando anunció su confesión. 

—Señores, esto es inútil. Lo diré todo sin necesidad de interrogatorio. No es que pretenda evitarlo. Mi sentencia me condena a sufrirlo y creo que no se me dispensará de ello, pero lo declararé todo antes. Lo había negado hasta ahora porque había creído defenderme mejor de ese modo, y no estar obligada a confesar nada. Se me ha persuadido de lo contrario, y me conduciré conforme a los consejos que se me han dado. Y puedo aseguraros que si hace tres semanas me hubiera entrevistado con la persona que ahora me habéis enviado, hace ya tres semanas que tendríais cuantas respuestas buscabais. 

Luego, en voz alta y clara, hizo una declaración completa de todos los crímenes que había cometido a lo largo de su vida. En cuanto a los cómplices, aparte de Sainte-Croix y de los lacayos afirmó no haber tenido nunca otros. 


De nada sirvió tan radical cambio de actitud, porque, tal como se temía, sufrió igualmente el tormento del agua. Querían asegurarse de que había denunciado a todos cuantos habían participado en sus crímenes. Enormes cantidades de agua fueron introducidas en su estómago a través de un embudo que le colocaron en la boca. El agua, al acumularse tan rápidamente en el interior del cuerpo, producía horrible tormento. La sensación de asfixia era muy intensa, acompañada de fuerte dolor de estómago. Bajo tortura, Madeleine acusó a Briancourt de falso testimonio, y a Desgrez, el policía que la había detenido en Lieja, de haber sustraído algunos de los documentos del dossier. 

El abate Pirot la encontró después tendida en un colchón junto al fuego. Nuevas dudas la asaltaban; se indignaba con las circunstancias infamantes que rodearían su muerte, y principalmente con el hecho de que sus cenizas serían dispersadas al viento. 

—Madame, es indiferente que vuestro cuerpo sea enterrado o arrojado al fuego. Surgirá glorioso de entre las cenizas si vuestra alma está en gracia de Dios. 

Poco después confesaba las calumnias que había lanzado contra Briancourt y Desgrez. 


Antes de ser conducida al patíbulo, se detuvo a rezar por unos instantes en la capilla de la Conciergerie, como era habitual. Al salir, unas cincuenta personas, todas de alto rango, se empujaban unos a otros en su afán por verla bien. 

Una de ellas era Olimpia Mancini, condesa de Soissons. 

La marquesa les devolvió la mirada con altivez, y luego dijo a su confesor en voz alta, para ser escuchada por todos: 

—Monsieur, he ahí una extraña curiosidad. 

Caminaba con los pies descalzos, vestida con la camisa de los condenados. En una mano portaba el cirio de los penitentes, y en la otra un crucifijo. De ese modo fue subida al carro que la conduciría al patíbulo.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 4 de noviembre de 2011

El último día de Madame de Brinvilliers


El 15 de julio de 1676 Madame de Brinvilliers compareció ante sus jueces por última vez. Fue interrogada durante tres horas y nuevamente lo negó todo. Nada de lo que le decían parecía hacer mella en la marquesa. Alegó no saber nada de venenos ni de antídotos, y dijo que la confesión que había confiado al papel era un puro desvarío. 

Al terminar la sesión se le comunicó que, a instancias de su hermana carmelita, se le enviaba a una persona de gran mérito y virtud para consolarla y salvar su alma. Se trataba del abate Edmond Pirot, teólogo y profesor de la Sorbona. El tribunal contaba con que su palabra dulce y persuasiva lograría arrancarle las confesiones que no había obtenido la justicia, ni siquiera bajo tortura. Deseaban que revelara quiénes eran sus cómplices y cuál era la composición de los venenos y de los antídotos a emplear. 

A través de este abate tenemos conocimiento minuto a minuto del último día de vida de la marquesa de Brinvilliers. Nos cuenta cómo fue introducido en la Conciergerie y conducido hasta lo más alto de la Torre Montgomery. Allí entró en una gran cámara al fondo de la cual encontró a Madeleine en compañía de tres guardianes. 


—Vos debéis de ser la persona que monsieur el Primer Presidente me envía para consolarme —le recibió la marquesa—. Es con vos con quien deberé pasar lo poco que me resta de vida. Hace tiempo que estaba impaciente por veros. 

—Vengo, madame, a prestaros todo el auxilio espiritual que pueda. Ojala fuera en otras circunstancias. 

La marquesa se volvió hacia otro sacerdote que le acompañaba y le dijo: 

—Padre, os agradezco que lo hayáis traído hasta mí, y también todas las visitas que vos me habéis hecho. Rogad a Dios por mí, os lo suplico. En adelante solo hablaré con monsieur. Debo tratar con él asuntos muy confidenciales. Adiós, padre. 

En cuanto se quedó a solas con el abate, volvió a dirigirse a él. 

—Mi muerte es segura. No debo albergar esperanzas. Tengo que haceros una gran confidencia sobre toda mi vida —dijo, pero la conversación derivó hacia otros asuntos: Madeleine estaba interesada en saber qué era lo que se decía de ella en París. Sus ojos brillaban al pensar en la notoriedad que habría alcanzado—. Me figuro que se habla bastante de mí, y que hace tiempo que soy el principal tema de conversación. 


El abate trató de reconducir la situación diciéndole que si era culpable, su deber era denunciar a sus cómplices y revelar la composición de los venenos. La marquesa le interrumpió. 

—¿No hay, monsieur, algunos pecados imperdonables en esta vida, bien por su gravedad o por su cantidad? ¿No los hay tan enormes o en tan gran número que la Iglesia no puede conceder la absolución? 

—Sabed, madame, que no hay pecados imperdonables. 

—Monsieur, estoy persuadida de lo que decís. Creo que Dios puede perdonar todos los pecados; creo que a menudo ha ejercido ese poder. Pero me pregunto si querría ejercerlo con una criatura tan miserable como yo. 

—Es preciso confiar en la misericordia divina. 

La marquesa comenzó entonces a confesar su vida entera. “Y desde ese momento, vi su corazón conmovido, fundido en lágrimas ante su desdicha”. Luego encargó al abate que una misa en Notre-Dame, y dijo que a su regreso le contaría con detalle todo aquello que apenas había comenzado a esbozar. 


Poco después Pirot conocía la noticia de que se había dictado sentencia. Volvió a verla, y Madeleine le recibió haciendo gala de una gran serenidad. 

—Solo podía salvarme muriendo a manos del verdugo —le dijo—. Si hubiera muerto en Lieja antes de ser arrestada, ¿dónde estaría yo ahora? Y si no me hubieran atrapado, ¿qué fin habría tenido? Confesaré mi crimen ante los jueces. Pretendo reparar mañana, en mi último interrogatorio, el mal que he hecho en los otros. Os ruego, monsieur, que me excuséis ante el primer presidente. Por favor, id a verlo después de mi muerte, y decidle que le pido perdón, y a todos los jueces, pero yo creía que mi actitud serviría a la defensa de mi causa, y que no había pruebas suficientes para condenarme sin escuchar mi propia confesión. 

Al cabo de hora y media le trajeron la cena. La marquesa solo tomó dos huevos y un caldo. Hablaba con el abate mostrando una sorprendente tranquilidad, como si él fuera su invitado y lo recibiera en su casa de campo. 

Luego tomó la pluma y escribió una carta a su esposo, el cual, por cierto, no parecía conmovido por la suerte de la marquesa. 


“A punto de entregar mi alma a Dios, he querido aseguraros mi amistad, que será vuestra hasta el último momento de mi vida. Os pido perdón por todas las cosas en las que os he faltado. Muero de una muerte honesta a la que mis enemigos me han conducido. Los perdono de todo corazón y os ruego a vos que los perdonéis. Espero que me perdonéis también a mí por la ignominia que podrá recaer sobre vos. Pero pensad que solo estamos aquí temporalmente, y que tal vez en breve vos mismo tendréis que rendir a Dios cuenta exacta de todas vuestras acciones… Cuidad de nuestros asuntos y de nuestros hijos: educadlos en el temor de Dios y dadles ejemplo. Consultad con monsieur Marillac y madame Cousté. Haced que se recen por mí tantas oraciones como sea posible y quedad convencido de que muero siendo toda vuestra.” 

Por dos veces vino el procurador general a preguntar si la prisionera estaba preparada para confesar sus crímenes ante el tribunal, a nombrar a sus cómplices y explicar la composición de sus venenos. La marquesa respondió que lo diría todo, pero al día siguiente, y que ese día no quería ser interrumpida en su preparación para la muerte. En esa resolución persistió a pesar de la insistencia de Pirot, que hubiera deseado una confesión inmediata. 

Madeleine de Brinvilliers se dispuso entonces a pasar la noche más larga de su vida. Su última noche.


En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El proceso


Pennautier se encontraba en su despacho escribiendo una carta a su primo cuando la policía irrumpió bruscamente. Acababa de ser acusado de envenenamiento por Marie Vosser, viuda del hombre a quien había sucedido en su cargo. La viuda se mostraba ahora convencida de que había envenenado a su esposo siete años atrás para poder sucederle. 

La reacción de Pennautier al ver entrar a la policía fue meterse el papel en la boca, y eso fue lo único que se pudo esgrimir en su contra. 

“Se me acusa de haber envenenado a Saint-Laurent, pero ¿realmente se ha demostrado que haya muerto envenenado? Es, cuando menos, singular, que se me considere culpable de un crimen que no ha sido cometido, pues los informes médicos, así como las circunstancias de la muerte, demuestran que fue natural”. 

En París no se hablaba de otra cosa que de Madame de Brinvilliers y de Pennautier. La marquesa, por ser una aristócrata, tenía el privilegio de comparecer ante la más alta jurisdicción del reino. Solicitó un abogado para su defensa, pero le fue denegado, al menos temporalmente. 


Entre el 29 de abril y el 16 de junio de 1676 se celebraron 22 sesiones. Madame de Brinvilliers dio pruebas de una fuerza de voluntad y una energía que no dejaba de asombrar a sus jueces. Negaba obstinadamente los cargos y los refutaba con tono altivo, pero sin perder nunca el respeto debido al tribunal. 

—¿No es cierto que fuisteis a Offémont en 1666 con vuestro padre, y que él estaba muy enfermo durante el viaje? 

—Creo que en Offémont gozó de la misma salud que en París a su regreso. 

—¿No tomó vuestro padre una sopa en Offémont y después de eso estuvo siempre enfermo hasta su muerte? 

—No lo sé. 

—¿Conocíais a Egidio Exili? 

—Sí. Estuvo preso en la Bastilla con Sainte-Croix, y después se alojó durante unos cuatro o seis meses en casa de Sainte-Croix. 

—¿Acaso no le dijisteis a monsieur de Laune, tras la negativa de Pennautier a prestaros un dinero, que si Pennautier os perjudicaba iba a derramar muchas lágrimas? 

—No recuerdo haberlo dicho. 

—¿Conocisteis a Bressière en La Cabeza del Moro, en la calle de los Viejos Agustinos? 

—No. 

—¿Qué interés tenía Pennautier en aconsejaros? 

—Yo no le pedí consejo. Le propuse que interesara a alguno de sus amigos en mi caso. Pero cuando una persona se encuentra en mi situación, busca consejo donde sea. Se lo pediría hasta a un mendigo. 

—¿Por qué le dijisteis a Pennautier que esos asuntos eran tan importantes para él como para vos? 

—Si escribí esas frases debía de estar fuera de mí. Nunca he tenido nada que ver con él 

—¿Conocíais a Martin, llamado Breuille, y no era servidor de Sainte-Croix? 

—Nunca lo he visto. 

—¿Entonces por qué escribisteis a Pennautier diciendo que era absolutamente necesario ocultar a Martin? 

—No tenía ningún verdadero interés en ocultar a Martin. Lo puse en la carta porque sabía que el sargento que prometió entregarle la carta a Pennautier era un rufián, y quería ver de qué era capaz. Sabía muy bien que Barbier, el sargento, se la entregaría a mis jueces. El sargento me preguntó si deseaba escribir a mi esposo. Respondí que no, y que quería escribir a unos hombres que no tenían ninguna relevancia. Lo que le escribí a Pennautier fue simplemente para comprobar la lealtad del sargento. 


Las dos cartas fueron leídas y admitidas como evidencias en su contra. 

El día 13 se escuchó la declaración de Briancourt, que contó detalladamente la vida de su amante. Ella le contradijo con voz fría, impasible y altiva. 

“Es un espíritu que nos espanta. Ayer trabajamos en su caso hasta las ocho de la tarde. Tuvo un careo en la cámara con Briancourt durante trece horas, y hoy otras cinco, y ha sostenido ambas confrontaciones con una fuerza sorprendente”.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno