viernes, 14 de octubre de 2011

La confesión de la Marquesa


El rey no encontraba aconsejable demorar los interrogatorios hasta que la marquesa de Brinvilliers hiciese su entrada en París. No era conveniente arriesgarse a que ella pudiera ponerse antes en contacto con sus poderosas amistades y acogerse a su protección. Algunos de sus contactos eran tan influyentes que existía el temor de que al final, si lograba manejar bien los hilos, quedaría sin castigo. Para tratar de impedir tal eventualidad, el consejero Denis Palluau fue enviado a su encuentro con la misión de interrogarla. 

Palluau llegó a mediados de abril de 1676. Lo primero que hizo fue romper los sellos que precintaban la arqueta donde la marquesa guardaba su confesión:

Envidiaba a mi hermano. 

Me acuso de envenenarlo. 

Me acuso de haber proporcionado veneno a una mujer que deseaba envenenar a su marido. 

Me acuso de no honrar a mi padre y no ofrecerle el respeto que le debía. 

Me acuso de haber escandalizado gravemente. 

Me acuso de haberme perdido por un hombre casado, y de haberle dado mucho dinero. 

Me acuso de que este hombre, a quien mi padre hizo encarcelar, era el padre de dos de mis hijos. 

Me acuso de que un primo mío es el padre de uno de mis hijos. 

Me acuso de haber envenenado a mi padre. Un sirviente le dio el veneno. Me preocupaba que apresaran a ese hombre. Hice envenenar a mis dos hermanos, y el servidor fue ejecutado por ello. 

He negado muchas veces ser la autora de la muerte de mi padre y mis hermanos. 

Quise envenenar a mi hermana, que estaba enfadada conmigo por la mala vida que llevaba. 

Me acuso de haber drogado cinco o seis veces a mi esposo. Luego me arrepentí y lo atendí hasta que se curó. 

Me acuso de haber tomado veneno, y de dárselo a uno de mis hijos. 

Me acuso de haber incendiado una casa. 


El primer interrogatorio tuvo lugar el 17 de abril en Mézières. Cuando se le preguntó a la marquesa por el documento en cuestión, declaró no recordarlo en absoluto. De hecho, continuó negando recordar casi cualquier cosa, y su interrogador no pudo sonsacarle ningún dato de importancia. 

El 26 de abril llegaba a París, debidamente custodiada, y era conducida a la Conciergerie. Allí Desgrez la dejó bajo la custodia de Barbier, y, como había intentado suicidarse en varias ocasiones, dos mujeres la acompañaban en todo momento para asegurarse de que no volvería a suceder. 

Madeleine no dejaba de escribir notas que entregaba a Barbier, pensando que él se ocupaba de hacerlas llegar a sus destinatarios. Ignoraba que todas ellas iban a parar directamente a manos de los jueces. 

Tres días después de su llegada, la marquesa escribía a Pennautier recomendando que se comprara el silencio de la viuda de Sainte-Croix. 


“Mis amigos me dicen que tratáis de ayudarme en este asunto, y podéis estar seguro de que eso es para mí un motivo más de agradecimiento entre todas vuestras bondades. Por tanto, monsieur, si tal es vuestra intención, os ruego que no perdáis tiempo […] Creo que convendría que no os dejarais ver mucho, pero vuestros amigos han de saber dónde estáis, pues el consejero me hizo muchas preguntas sobre vos en Mézières”. 

Las notas que escribía al caballero eran tan comprometedoras que acabó siendo arrestado y encerrado también él en la Conciergerie, en la misma celda que había ocupado Ravaillac, el asesino de Enrique IV. Sin embargo, madame de Brinvilliers no tenía ninguna constancia de que en realidad estuviera implicado en el asunto de los venenos, como ella misma reconoció posteriormente: 

“No me consta que Monsieur Pennautier haya sido alguna vez cómplice de Sainte-Croix en lo de los venenos, y no podría acusarlo sin traicionar mi conciencia. Pero como en la arqueta se ha encontrado una nota que le concernía, y como yo le había visto mil veces con Sainte-Croix, creo que la amistad había podido llegar al comercio con venenos, y, ante la duda, me aventuré a escribirle como si lo supiera todo, razonando para mí misma: si ha habido entre ellos dos algún entendimiento en cuanto a los venenos, Monsieur Pennautier creerá que conozco el secreto, y eso le comprometerá a ocuparse de mi asunto como si se tratara del suyo propio, por temor a que le acuse; y si es inocente… no arriesgo nada excepto la indignación de una persona…”


***

Tras los ajetreos de los últimos meses, me estoy tomando unas vacaciones. Volveré el día 2 de noviembre, aunque posiblemente asome antes por aquí de vez en cuando, y tal vez entonces deje algún nuevo capítulo.

Muchas gracias y hasta pronto.


sábado, 8 de octubre de 2011

Planes de fuga


—Si me ayudáis a escapar, haré vuestra fortuna —susurró la marquesa de Brinvilliers al policía Antoine Barbier, quien la vigilaba mientras se sentaba a la mesa. 

—¿Y cómo lo haríais? 

—Cortándole el cuello a Desgrez. 

Barbier, naturalmente, rechazó su propuesta, pero, como era hombre cortés, añadió que para cualquier otra cosa estaba a su servicio. 

Madeleine interpretó sus palabras al pie de la letra, así que tomó papel y pluma, escribió una carta y le pidió que la hiciera llegar a su destinatario. 

“Mi querido Thiéria, estoy en manos de Desgrez, que me lleva de Lieja a París. Venid rápido a rescatarme”. 


Se desconoce la identidad de esta persona a la que solicitaba ayuda. Lo más probable es que se tratara de un antiguo servidor, aunque también se ha apuntado la posibilidad de que fuera uno de sus amantes. Sea como fuere, no llegó a recibir la carta, porque Barbier se la entregó a Desgrez. 

La marquesa escribió una segunda en la que informaba que la escolta se componía tan solo de ocho personas. Su cálculo era que bastarían cuatro o cinco hombres resueltos para hacerles frente. Y aún escribió un tercer mensaje. En él decía que si Thiéria no se sentía lo bastante fuerte para atacar a la escolta, al menos debería matar a dos de los cuatro caballos del carruaje. En medio de la confusión, aprovecharía para robar la arqueta y quemarla. De lo contrario, ella estaría irremisiblemente perdida. 

Todos los mensajes fueron a parar a manos de Desgrez, que redobló sus precauciones. El carruaje avanzaba por una región devastada por la guerra, pesadamente pero inexorable. Los ocho guardias que lo escoltaban llevaban los mosquetes cargados, preparados para disparar en cualquier momento. Desgrez no sabía si la marquesa había logrado finalmente enviar algún mensaje sin su conocimiento, de modo que permanecía alerta durante todo el trayecto, esperando toparse con una emboscada en cada recodo del camino. En el interior del carruaje, las cortinas de cuero se apartaban de vez en cuando y asomaba el rostro demudado de Madeleine, ansiosa por ver aparecer a los hombres que vendrían a liberarla. 


A pesar de que Thiéria no llegó a recibir las cartas, alguien se había puesto a trabajar para conseguir su liberación. En Maastricht un hombre ofreció a algunos policías diez mil libras si daban a la prisionera la oportunidad de escapar. Así consta en una carta de d’Estrades al ministro Louvois: 

“Desde mi última carta, un francés de clase media, casado, de Lieja, ha venido a Maastricht con la intención de buscar el modo de salvar a Madame de Brinvilliers. Lo he arrestado y encarcelado”. 

En París las autoridades eran conscientes de que la marquesa podría intentar escapar. El rey no dejaba de enfatizar lo importante que sería contar con una escolta lo suficientemente numerosa. Louvois también contaba con que se haría un intento por rescatarla. 

El 3 de abril el ministro pide a España un salvoconducto para poder trasladar a la prisionera a través de territorio español en Flandes. La escolta había pasado a ser desmesurada: cien soldados de la guarnición de Huy iban a conducir a la marquesa desde Maastricht a Dinan. El mariscal d’Estrades en persona iría al frente del convoy. 


Mientras tanto Madeleine no permanece inactiva. Habla con los guardias, e incluso con su odiado Desgrez. Además, escribió a Pennautier, afirmando que él tenía muchos motivos para estar preocupado, y que la mitad de la aristocracia francesa estaba implicada. 

—Pero no diré nada —añadió—. ¡No diré nada!



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jueves, 6 de octubre de 2011

Atrapada


La delicada situación económica de la marquesa de Brinvilliers había empeorado desde la muerte de su hermana. Estando en Cambrai, la necesidad la hizo acordarse de que tenía un esposo y le transmitió su ruego de que se reuniera allí con ella. Pero, al parecer, él se limitó a responder: 

—Me envenenaría como a los otros. 

Desgrez tenía órdenes de apresurar el arresto de la marquesa, porque las tropas francesas estaban a punto de rendir Lieja a los españoles, y en breve Francia dejaría de tener jurisdicción allí. El relato de lo que sucedió a continuación resulta tan novelesco que es difícil discernir a ciencia cierta cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda. 

Se supone que el policía llegó a Lieja disfrazado de abate joven y galante, curioso por todo aquello que encontraba en su camino. Fingiéndose intrigado por la historia de la marquesa, logró una entrevista con ella en el convento y rápidamente se puso a hacerle la corte. Ella, aburrida de una existencia tan insoportablemente tranquila, acogió con sumo agrado al atractivo abate. 


Las maniobras de Desgrez encontraron tanto éxito que convenció a Madeleine para que lo acompañara a dar un paseo por las orillas del río Ourthe. Cuando se hallaban a suficiente distancia de la ciudad, apareció un carruaje. A una señal de Desgrez, unos policías salieron de él y se apoderaron de la marquesa. Madame de Brinvilliers fue así conducida a prisión. El arresto había tenido lugar “el último día en que la autoridad del rey era reconocida en la villa de Lieja”. 

Al día siguiente Descarrières escribe a Louvois. “Ayer os comunicaba, Monseigneur, por correo ordinario, que vuestro enviado había llegado. Hoy tengo el honor de informaros que la dama en cuestión ha sido arrestada y permanece custodiada en la ciudadela, y que he enviado un correo urgente al mariscal d’Estrades pidiéndole que mande una buena escolta. Fue una suerte que yo me encontrara aquí y que las tropas aún no hubieran evacuado la ciudadela, pues de otro modo hubiera sido imposible. No hubo necesidad de emplear la fuerza, lo cual hubiera resultado muy inconveniente en las actuales circunstancias, próximos a partir… Supuse que el rey querría ser informado de esta noticia lo antes posible, y por eso hago uso de este correo”. 

Mientras tanto Desgrez se dirigía al convento y registraba la habitación de la marquesa. Hizo algunos importantes descubrimientos que Descarrières comunicó a Louvois. 


“Os envío, Monseigneur, un duplicado de la carta que tuve el honor de escribiros ayer… A esa carta debo añadir que se le ha incautado a la dama una pequeña arqueta con papeles y cartas, de la cual ella tiene la llave y que no ha sido aún examinada. Dijo… que contenía su confesión, y rogó que le fuera devuelta. El policía presente durante el arresto y yo hemos precintado la caja con mi sello, y él también ha puesto el suyo. La llevaremos a Maastricht para devolvérsela o hacer como el rey indique. Estamos esperando la escolta del mariscal d’Estrades para conducirla a Maastricht. Sin embargo, puedo aseguraros que está bien custodiada por Monsieur Dreux, la persona al mando al estar ausente Monsieur de Montfranc. Aunque Monsieur Dreux está emparentado con ella, muestra una especial cautela con la prisionera…” 

De Lieja fue conducida a Maastricht. Poco después de su arresto, y al enterarse de que su confesión había caído en manos de Desgrez, la marquesa de Brinvilliers se sintió desfallecer e intentó suicidarse tragando los trozos de vidrio de un vaso que había roto entre sus dientes. El guardia anduvo rápido y se abalanzó sobre ella para impedírselo. Más adelante Madeleine lo intentó con una horquilla del cabello, pero igualmente sin resultado gracias a la intervención de los guardias. 

El soldado Resne la reconvino. 

—¡Sois una mujer malvada! Después de haber dado muerte a vuestra propia familia, queréis acabar también con vuestra vida. 

—Si hice eso fue por seguir malos consejos —respondió ella. 


Este argumento vuelve a emplearlo poco después, cuando es Desgrez quien le hace reproches tras una tercera tentativa de suicidio. 

¿Significaba esto que la marquesa de Brinvilliers se había resignado a su suerte? Ni mucho menos. Mientras permanecía encerrada en Maastricht, propuso a uno de los guardias, Antoine Barbier, que le consiguiera una mordaza y una escala de cuerda. Amordazaría a Desgrez y huiría con la ayuda de la escala, a cambio de lo cual le prometía pagarle mil pistolas. Otras veces trataba de persuadirlo para que degollara a Desgrez, matara al valet, desenganchara los dos caballos del carruaje, se apoderara de la arqueta que contenía su confesión y lo quemara todo.



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martes, 4 de octubre de 2011

Policías y agentes secretos

Euston Hall, propiedad de Lord Arlington

De Croissy cae enfermo y pasa un tiempo en la residencia del embajador portugués, esperando que el cambio de aires beneficiaría a su salud. Allí se encuentra con Lord Arlington y ambos discuten el asunto de la marquesa de Brinvilliers. 

Madeleine se había adelantado a sus planes, abandonando Londres rumbo a la seguridad de Holanda. No cabía duda de que recibía información muy precisa acerca de las negociaciones entre Francia e Inglaterra con respecto a su persona. En cambio, la que el embajador tenía sobre ella era más deficiente, puesto que Charles Colbert de Croissy no fue capaz de averiguar dónde se encontraba exactamente la dama. 

La marquesa iba a permanecer oculta durante tres años, con la única compañía de Geneviève Bourgeois, una viuda que había sido su servidora durante muchos años. En ese tiempo Madeleine residió en Cambrai, Valenciennes y Antwerp, para acabar instalándose como huésped en un convento de Lieja. Por entonces Lieja era un territorio neutral bajo el gobierno de un príncipe arzobispo, pero el ejército francés tomaba la ciudadela en 1675. 

Madame de Brinvilliers vivía en la más absoluta pobreza, con la única ayuda de las 400 libras anuales que recibía de su hermana. Probablemente hubiera permanecido oculta en el convento hasta que se hubiese olvidado el escándalo de sus fechorías, pero su implacable enemiga en París, la viuda de su hermano, no renunciaba a la venganza, ni estaba dispuesta a permitir que la muerte de su esposo cayera en el olvido. 


El 16 de marzo de 1676, Louvois escribía desde el palacio de Saint-Germain a un tal monsieur Descarrières. Louvois era el todopoderoso ministro de la guerra, entonces en la cúspide de su poder, y Descarrières era un agente secreto. El agente había comenzado su carrera como empleado de Fouquet, pero cuando este fue encerrado en la fortaleza de Pignerol, Descarrières huyó a Bélgica para evitar correr el mismo destino. Más tarde recuperó el favor real actuando como espía en la conspiración del Caballero de Rohan durante la guerra franco-holandesa. 

Ahora el agente secreto se encontraba con el siguiente mensaje de Louvois: 

“El rey desea arrestar a una persona que se encuentra ahora en Lieja. Esta persona os será indicada por un hombre que os presentará una carta mía fechada hoy mismo. La conduciréis a la ciudadela de Lieja hasta que pueda ser trasladada sana y salva a Maestricht, y la custodiaréis hasta nueva orden de Su Majestad. Acordad con el alcaide, Goffin, los medios a emplear para arrestarla… Si vos no podéis, el rey desea que el oficial a cargo de la fortaleza se apodere de ella por la fuerza… Cuando hayáis cumplido esta orden, escribid al mariscal d’Estrades solicitando una escolta para acompañarla hasta la prisión de Maestricht.” 

El 22 de marzo el agente responde: 

“El hombre portador de vuestra carta llegó esta mañana, y solo espero sus indicaciones para cumplir la orden del rey”. 


El hombre al que ambos se referían era el policía Desgrez, ya familiarizado con el asunto de la marquesa de Brinvilliers. En 1663 se le había encomendado la misión de conducir al envenenador Exili a Calais para su deportación. Desgrez tenía una edad comprendida entre los 36 y los 38 años, era atractivo y elegante en todos los aspectos. 

Se decidió que fuera él quien finalmente se encargara de arrestar a la marquesa, y sus muchos dones iban a venirle muy bien para desempeñar su cometido.



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domingo, 2 de octubre de 2011

Fugitiva


Refugiada en Londres, la marquesa de Brinvilliers llevaba una existencia miserable que soportaba a duras penas. El propio Luis XIV se había tomado un interés personal en este proceso desde un principio. Decidido a perseguir y atrapar a todos los cómplices, por encumbrados personajes que fueran, deseaba que la instrucción se hiciera de forma completa y eficaz. No estaba dispuesto a permitir que la pieza fundamental en aquel siniestro entramado lograra huir y ponerse a salvo allá donde su largo brazo no alcanzaba. 

El 27 de marzo, tres días después de la ejecución de La Chaussée, se publicó el siguiente decreto: 

“El tribunal, habiendo considerado el informe del interrogatorio y la ejecución el 24 del presente mes de marzo de 1673, que contenía la declaración y confesión de Jean Amelin, llamado La Chaussée, ordena que las siguientes personas: Belleguise, Martin, Poitevin, Olivier, el padre Verron, la esposa de Guésdon el peluquero, comparezcan ante el tribunal para ser interrogados sobre el caso. También dispone que la orden de arresto emitida contra Lapierre, y la que requiere la presencia de Pennautier, ambas emitidas por el teniente de asuntos criminales, sean ejecutadas de inmediato”. 


No se pudo encontrar a Lapierre, y el interrogatorio de Martin se ha perdido. Madame Guésdon dijo al tribunal que Martin le había traído a casa de su esposo en la rue de Grenelle una caja perteneciente a Sainte-Croix. Martin se levantó y negó los hechos. Cuando hubo un receso, se oyó que le decía a la mujer: 

—Sobre todo, no mencionéis para nada la caja. 

Se encontraron testimonios de que La Chaussée se reunía con frecuencia en la plaza Maubert con los demás implicados, en casa de la viuda Brunet. Más tarde, ese mismo día, el tribunal interrogó a Pennautier. Admitió que conocía a Sainte-Croix, a quien en alguna ocasión había prestado dinero. Tampoco ocultó que conocía a la marquesa, si bien no íntimamente, sino simplemente como persona de rango que vivía en su vecindario. 

—¿Por qué visitasteis a madame de Brinvilliers inmediatamente después de haberse encontrado la arqueta? —preguntó un magistrado— Hacía diez años que no la visitabais. 

—No la creía culpable. A mis ojos, era una dama de alcurnia a la que había conocido en mejores circunstancias y que ahora se veía golpeada por la calumnia. Consideré mi deber presentarle mis respetos. Es mi costumbre en tales ocasiones. Fui a Picpus. No la encontré en la casa. Por mera cortesía escribí una tarjeta y ya no regresé. 

—¿Conocíais a La Chaussée? 

—Nunca había oído ese nombre. 

—¿Conocéis a Martin? 

—Recuerdo haber visto en mi oficina a un hombre llamado así, pero apenas sé nada sobre él. Los papeles encontrados en la caja demuestran claramente que lo que a mí me incumbe se refiere solo a un préstamo. 


El 24 de abril interrogaron a Belleguise. Admitió haber conocido bien a Sainte-Croix, con quien había coincidido en casa de Pennautier. También le había visitado varias veces en sus habitaciones secretas de la Plaza Maubert, donde Sainte-Croix trabajaba para descubrir la piedra filosofal. 

En julio se anunció que Pennautier quedaba libre de cargos. El mismo día se emitía una orden de arresto contra Martin, pero también él había desaparecido. En cuanto a Belleguise, fue convocado de nuevo. Su comportamiento había sido de lo más sospechoso durante el proceso de La Chaussée, y el día de la ejecución iba muy agitado preguntando a todo el mundo: 

—¿Ha hablado La Chaussée? ¿Ha dicho algo? 

Mientras tanto el esposo de la marquesa de Brinvilliers se había instalado tranquilamente y sin ningún sonrojo en el château d’Offémont, que había pertenecido a su suegro y sus cuñados. Tomó posesión de las tierras de los alrededores con tal decisión que fueron necesarias dos cartas del rey ordenándole abandonar el lugar y mantenerse alejado a una distancia nunca inferior a tres leguas. Solo entonces pudo la viuda de su cuñado acudir a disfrutar del château. 

Château d'Offémont

El 24 de mayo de 1673 se solicitó la extradición de la marquesa. Meses antes Colbert había mantenido un abundante intercambio epistolar con su hermano el marqués de Croissy, embajador en la corte de Inglaterra. Le mortificaba pensar en el escándalo que se organizaría si crímenes de tal naturaleza quedaran impunes, de modo que empleó todas sus dotes de persuasión para lograr el regreso de madame de Brinvilliers. 

Carlos II accedió a la extradición, pero había un inconveniente: ningún inglés podía proceder al arresto. Era Francia quien debía encargarse de ese asunto. El plan era que Madame de Brinvilliers sería raptada por los servidores del embajador de Francia, que la conducirían a Calais. 

De Croissy tragó saliva al enterarse. “Haré lo posible por ejecutar las órdenes que me habéis dado respecto a madame de Brinvilliers. Pero, a pesar de la libertad de acción que me permite el rey de Inglaterra, no me resultará tan fácil como pensáis concluir con éxito este asunto”.



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