jueves, 29 de septiembre de 2011

Arresto de La Chaussée


El 22 de agosto Madame de Brinvilliers y Pennautier fueron citados para el examen de los documentos encontrados en la arqueta. Ninguno de los dos compareció personalmente: Pennautier estaba en el campo, y Madeleine se hizo representar por su procurador. 

Quien tuvo la osadía de presentarse fue el siniestro La Cahussée, el valet del que la marquesa se había servido para envenenar a sus hermanos. Venía a reclamar una suma que supuestamente se le adeudaba y algunos documentos. El conocimiento que demostró tener acerca del laboratorio de Sainte-Croix despertó las sospechas, y, para terminar de labrar su propia ruina, cuando el comisario Picard le dijo que la arqueta acababa de abrirse, La Chaussée se dio a la fuga con poco disimulo. 

El comisario sabía que residía en la rue de Grenelle, de modo que más tarde envió en su busca para interrogarlo acerca del modo tan precipitado en que había salido de su despacho. No encontró ni rastro de él. Ese mismo día La Chaussée abandonaba subrepticiamente la casa en la que servía. Pasó la noche vagando por París embozado en su capa, hasta que un policía llamado Thomas Regnier lo arrestó a las seis de la mañana del 4 de septiembre de 1672. 


En cuanto a la marquesa, las sospechas e indicios contra ella eran ahora abrumadores, pero debido a su rango aún vacilaban antes de arrestarla. No podían permitirse cometer el menor desliz. 

Regnier se presentó entonces en su residencia de Picpus. Le dijo que habían encontrado a La Chaussée, y que el comisario le había contado muchas cosas. Pensó que la noticia causaría en ella alguna alteración, pero no fue así.

—¿Y bien, madame? ¿No decís nada? 

La dama, reuniendo toda su sangre fría, le pidió, simplemente, que la acompañara a misa. 

Al no obtener de ella lo que buscaba, Regnier se dirigió al encuentro de Briancourt. Le dijo que había arrestado a La Chaussée y aguardó su reacción. 

—¡Esa mujer está perdida! —exclamó Briancourt. 

—¿Quién? 

—La marquesa. 

Entonces comenzó a soltar la lengua. Habló del veneno con el que Madeleine se había entretenido a menudo, y aseguró que en su casa guardaba diferentes tipos de venenos. 


Mientras tanto madame d’Aubray, la cuñada de Madeleine, recibía la noticia de que su esposo había muerto envenenado, tal como sospechaba. Era lo que llevaba esperando durante años. Al fin tenía suficiente para dirigirse sin pérdida de tiempo a París y presentar una querella contra la marquesa y La Chaussée. 

La querella fue admitida, y por tanto acabó por emitirse la orden de arresto contra Madeleine, pero cuando la policía llegó a Picpus con la misión de cumplir la orden, se encontraron con que el pájaro había volado. Madame de Brinvilliers había conseguido huir a Inglaterra con todo el dinero que pudo reunir y acompañada únicamente de una de sus servidoras. 


El proceso, instruido en el Châtelet contra La Chaussée, concluyó el 23 de febrero de 1673. Sometido a tortura, el servidor mostró un inusitado valor, resistió el tormento y negó todos los cargos. 

En el momento de su arresto se le había incautado una cantidad de vitriolo que llevaba consigo. Dijo que se lo había dado un cirujano del Hôtel Dieu, y justificó su tenencia alegando que servía al propósito de detener el flujo de sangre cuando se producía un corte durante el afeitado. Le preguntaron entonces quién lo había colocado en la casa del hermano de la marquesa. 

—Yo mismo solicité el puesto. 

—¿Cuándo comenzasteis a conspirar para envenenar a los hermanos d’Aubray? 

—No hubo ningún complot para envenenarlos. Nunca estuve en posesión de ningún veneno, ni he dicho nunca nada que no fuera la verdad. 

—¿Teníais conocimiento de que madame de Brinvilliers le dio a monsieur de Sainte-Croix, en abril de 1670, un pagaré por 30.000 francos? 

—No sé nada de eso. Nunca fui a casa de madame de Brinvilliers excepto por orden de monsieur d’Aubray. Un día vino un caballero cuando estaba con ella, y como no deseaba que me viera, me hizo esconderme a un lado de la cama. Nunca vi a monsieur d’Aubray padre. No envenené a monsieur d’Aubray d’Offémont. No le di a beber veneno, y no puse ningún vaso en su mesa. 


La Chaussée continuó negándolo todo, incluso tener conocimiento de la intimidad entre la marquesa y Sainte-Croix. A pesar de la destreza con la que se defendió, sus torturadores se mostraron inasequibles al desaliento. Finalmente confesó todos sus crímenes. 

Se conservan algunas notas del interrogatorio: 

—Soy culpable. Madame de Sainte-Croix dio veneno a Sainte-Croix. Él me lo contó. 

—¿Qué fue lo que os dijo? 

—Sainte-Croix me dijo que era para envenenar a sus hermanos. 

—¿Eran polvos o líquido? 

—Líquido. Se echaba en el vino y en la sopa. 

—¿Qué pusisteis en el plato en Villequoy? 

—Un líquido claro de la caja de Sainte-Croix. Administré veneno a los dos hermanos. Sainte-Croix me prometió cien pistolas. 

—¿Informabais a Sainte-Croix del efecto del veneno sobre monsieur d’Aubray? 

—Sí, y me daba más veneno. 

—Os conmino a decir la verdad. ¿Quiénes eran vuestros cómplices? 

—Sainte-Croix siempre me decía que madame de Brinvilliers no sabía nada del asunto. Pero yo creo que lo sabía todo. 

—¿Qué os hace pensar eso? 

—Que ella solía hablar de venenos. 

—¿La visteis alguna vez en Picpus? 

—Sí. Hablamos sobre la caja, y le pregunté si sabía dónde estaba. 

—¿Se sugirió alguna vez que madame d’Aubray debería ser envenenada? 

—Sainte-Croix no pudo meterme en su casa. Unos días antes de la muerte de Sainte-Croix, Belleguise cogió dos cajas de sus aposentos, pero ignoro qué es lo que había dentro. Conozco a Belleguise desde que estuve al servicio de Sainte-Croix. Madame de Brinvilliers me pedía que le dijera dónde guardaba la arqueta, y si sabía qué contenía. Yo no creía que estuviera en los aposentos de Sainte-Croix, porque durante mucho tiempo fue confiada a la custodia de una mujer llamada Guédon, que había trabajado conmigo en la rue de Grenelle. No sé si Guédon conocía cuál era el contenido. 

Volvieron a preguntarle si Sainte-Croix había administrado veneno a la cuñada de la marquesa. 

—No —respondió—. Pero si hubiera podido introducir a alguien en su casa, lo habría hecho. 


La Chaussée fue condenado a muerte el 24 de marzo. Le condujeron en una carreta hasta la place de Grève, donde le rompieron los brazos y las piernas con una barra de hierro. 

Su muerte no cerró la investigación. Por el contrario, durante los interrogatorios había mencionado varios nombres, y el jefe de policía seguía todas las pistas.



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martes, 27 de septiembre de 2011

La arqueta roja


Fue la viuda de Sainte-Croix quien previno a la marquesa de Brinvilliers el 8 de agosto, revelándole que había sido encontrada una arqueta con objetos que le pertenecían y que la policía había sellado. 

—¡Cómo! ¡Han encontrado una cajita! —exclamó— ¡Pero si hace ya más de seis meses que Sainte-Croix me dijo que tenía que entregársela a su confesor, monsieur Dulong, canónigo de Notre-Dame!

La marquesa, alarmada, envió de inmediato a solicitar su entrega, pero la caja ya no se encontraba en la casa. Madame de Sainte-Croix despachó entonces a uno de sus servidores para informar al comisario Picard que la Brinvilliers deseaba hablarle urgentemente. La embajada no tuvo éxito: Picard respondió que estaba muy ocupado. 

Madeleine, totalmente entregada a la desesperación, se presentó personalmente en casa de la viuda a las nueve de la noche. Reclamaba con insólita insistencia la arqueta, y ofrecía dinero a cambio de la misma. Incluso propuso romper el precinto, extraer el contenido y sustituirlo por otro; todo en vano, puesto que el objeto que con tanto afán buscaba no estaba en poder de madame de Sainte-Croix. 

—¿Cómo ha podido el comisario Picard llevarse una caja que me pertenece a mí? —exclamaba fuera de sí. 


Madeame de Brinvilliers se dirigió a casa del sargento Cluet, a quien hizo bajar a su encuentro para hablarle desde el interior de su carruaje. Le dijo que monsieur Pennautier había venido a verla y le había dicho que ofrecía 50 luises de oro por el contenido de la arqueta. Cluet respondió que no podía hacer nada sin el consentimiento del comisario Picard. 

La marquesa corrió a ver a Picard. Eran las 11 de la noche, así que el comisario, ante lo intempestivo de la hora, se negó a recibirla hasta la mañana. 

Al día siguiente, 9 de agosto, Picard recibió la visita de un abogado, Delamarre, a quien madame de Brinvilliers había confiado sus intereses. El abogado declaró que si se encontraba un pagaré firmado por ella por la suma de 30.000 libras, se trataría de un documento fraudulento y sería impugnado. Luego rogó la devolución de los contenidos, afirmando que eran de la máxima importancia para su representada. A cambio de la entrega, el procurador le prometió que se le concedería cualquier cosa que desease. También Briancourt se personó ante el comisario para tratar de persuadirlo con las mismas pretensiones y ofrecimientos.


Picard se mantuvo inconmovible. La marquesa comprendió al fin que no iba a obtener la caja, de modo que comenzó a hacer sus preparativos para emprender la huida. Mientras tanto hizo acudir a su residencia de Picpus a los sargentos Cluet y Creuillebois. Le dijo a Creuillebois que Sainte-Croix era capaz de haber falsificado unas cartas, pero que ella lo arreglaría, puesto que tenía buenos amigos. 

Los papeles comprometían también a Pennautier, un hombre muy influyente, de hecho uno de los ayudantes más activos y más inteligentes del mismísimo Colbert. Madeleine confiaba en que eso la beneficiaría, puesto que su compañero de desdichas se encargaría, con sus riquezas y su poder, de allanar el camino. “Si gotea sobre mí, lloverá sobre Pennautier”, decía. Y a una mujer que le habló de los rumores sobre venenos que ya comenzaban a circular, le dijo: “Eso se solucionará y quedará en nada; hay un hombre que está acusado conmigo, y que dará cuatro o seis mil libras para librarse. No es persona de calidad, pero es muy rico”

Los sellos de la caja fueron retirados el 11 de agosto. Los contenidos de las ampollas fueron analizados y experimentados con animales, todos los cuales resultaron muertos. El asunto comenzaba a presentar muy mal cariz para la marquesa de Brinvilliers.



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domingo, 25 de septiembre de 2011

Muerte de Sainte-Croix


El marqués de Brinvilliers era presa del mismo terror que Briancourt. Las horas de las comidas representaban una especial tensión, porque nunca se sabía cuándo podían contener una dosis de veneno por cortesía de la marquesa. 

"La marquesa de Brinvilliers hacía colocar a su derecha a Sainte-Croix; el marqués se hacía servir muy atentamente por un servidor especialmente dedicado a su persona, diciéndole:  "No cambiéis mi vaso y aclaradlo cada vez que me lo deis a beber."

Después de la velada, el marqués se retiraba a su habitación, Sainte-Croix y madame de Brinvilliers se dirigían a la de ella mientras Briancourt subía con los niños. Así fue hasta que finalmente el preceptor logró librarse de permanecer al servicio de tan siniestro personaje. Viajó entonces a Aubervilliers, donde llevaba una existencia solitaria y tranquila. 


Al cabo de unos siete u ocho meses la marquesa vino a visitarle, y después mandaba frecuentemente a alguien para que le llevara noticias suyas. La tarde del 31 de julio de 1672, Briancourt recibió una nota en la que Madeleine le suplicaba que acudiera inmediatamente a Picpus, donde ella se encontraba residiendo. Decía que tenía que comunicarle una noticia importante. Acababa de ocurrir algo cuyas consecuencias eran imprevisibles: Sainte-Croix había fallecido el día anterior en su domicilio de la rue des Bernardins. 

La leyenda que se propagó pretendía que había muerto durante uno de sus experimentos de alquimia en el laboratorio que tenía en la place Maubert, a unos pasos de su residencia, en casa de la viuda Brunet. Los rumores decían que se había intoxicado al romperse la máscara de vidrio con la que se protegía contra las emanaciones de los venenos. No fue así; en realidad murió de muerte natural tras una enfermedad que duró algunos meses. 

Se decía que Sainte-Croix había estado obsesionado por encontrar un veneno que fuera capaz de producir la muerte con solo aspirar sus emanaciones. Conocía la historia de la toalla envenenada con la que el joven Delfín, hermano mayor de Carlos VII, se había enjugado el rostro mientras jugaba al tenis, y también la de los guantes de la reina de Navarra, Juana d’Albret, preparados por uno de los perfumistas de Catalina de Médicis. Se habló mucho entonces de que Juana había sido envenenada, aunque el crimen nunca pudo ser demostrado. Él buscaba algo parecido, pero ya nunca llegó a encontrarlo. 


Tan pronto como Madeleine tuvo noticias de la muerte de su amante, su primera reacción fue exclamar: 

—¡La caja! 

El temor la sobrecogía al pensar que se hallaría la caja en la que él había guardado las cartas que la comprometían tan gravemente. Y la marquesa de Brinvilliers tenía todas las razones para estar preocupada: el temido objeto apareció. Contenía ampollas llenas de líquido y las 34 cartas que hubiera deseado no escribir jamás. Sainte-Croix adjuntaba una nota para que todo le fuera entregado a Madeleine llegado el momento: 

“Suplico muy humildemente a aquellas personas a cuyas manos irá a parar esta caja, que me hagan la merced de entregarla en propia mano a madame la marquesa de Brinvilliers, en la rue Neuve-Saint-Paul, puesto que cuanto contiene se refiere únicamente a ella y le pertenece, y, por otra parte, no es de utilidad para nadie más; y en caso de que ella hubiera muerto antes que yo, deberá quemarse la caja y todo cuanto contenga sin abrir ni tocar nada; para que nadie pueda pretextar ignorancia, juro por el Dios que adoro y todo lo más sagrado, que no expongo nada que no sea verdadero. En caso de que se contravinieran mis designios, todos justos y razonables, apelo en este mundo y en el otro a las conciencias en descargo de la mía, y afirmo que esta es mi última voluntad. En París, la tarde del 25 de mayo de 1670. Firmado: Sainte-Croix”. 

Y debajo, estas palabras: “Hay solamente un paquete dirigido a monsieur Pennautier que es preciso entregarle”. 

El comisario Picard precintó la caja y confió su guarda a dos sargentos, Cluet y Creuillebois.




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viernes, 23 de septiembre de 2011

Tentativa de asesinato


Cuando Briancourt tuvo conocimiento de los planes de la marquesa de Brinvilliers para deshacerse de su hermana y su cuñada, trató de disuadirla, con lo cual atrajo el peligro sobre sí mismo. Madeleine decidió en ese instante deshacerse de un amante que respondía tan mal a sus confidencias. 

“Sainte-Croix había hecho entrar en casa de la Brinvilliers un portero pariente de La Cahussée y un lacayo llamado Bazile que no dejaba de ofrecerme comida y bebida; pero encontrando excesiva su atención y adivinando cierta malicia en este lacayo, le di tan mal trato que Madame de Brinvilliers se vio obligada a despedirlo”. 

Dos o tres días después de que Bazile abandonara la casa, la marquesa concertó una cita con su amante a medianoche. Briancourt acudió lleno de temor, consciente de que en esa ocasión era el peligro y no la pasión lo que le aguardaba en aquel lecho. Madeleine se acostó y le instó a él a desvestirse y apagar la luz. El caballero, poco dispuesto, hacía ademán de descalzarse mientras la observaba atentamente. 

—¿Qué tenéis que os veo tan triste? —dijo ella. 

Entonces él se apartó de la cama y exclamó: 

—¡Ah, qué crueldad la vuestra! ¿Qué os he hecho yo para que queráis apuñalarme? 


La dama saltó de la cama y se abalanzó sobre él desde atrás, pero Briancourt se liberó y corrió hacia la enorme chimenea. Allí le aguardaba una nueva sorpresa: Sainte-Croix, que había permanecido oculto, salía con intención de atacarlo. 

—¡Ah, villano, habéis venido vos a apuñalarme! —gritó el amante acorralado. 

Como la antorcha continuaba encendida, Sainte-Croix se dio cuenta de que había sido reconocido y optó por emprender la huida. La marquesa, mientras tanto, viendo sus planes frustrados se derrumbaba sobre el suelo de la alcoba diciendo que no quería seguir viviendo. Buscó la caja en la que guardaba el veneno, la abrió y quiso tomarlo. Briancourt se lo impidió y le dijo: 

—Quisisteis hacerme envenenar por Bazile, y ahora queréis que Sainte-Croix me apuñale. 


La dama se arrojó a sus pies asegurando que eso no sucedería jamás, y que ella pagaría con su propia muerte lo que acababa de hacer, puesto que nunca podría sobrevivir a algo semejante. Él le dijo que la perdonaba y que no volvería a pensar nunca en lo que le había hecho, pero que se iría por la mañana. Luego le hizo prometer que no tomaría el veneno, la obligó a acostarse y permaneció con ella hasta las seis de la mañana, sentado en un sillón junto a la cama. 

Briancourt se hizo con unas pistolas para su seguridad y luego pidió consejo a un profesor experto en leyes, monsieur Bocager, la persona por quien había entrado al servicio de la marquesa. El joven entró en su despacho y le dijo: 

—Monsieur, tengo un gran secreto que comunicaros. Creo, monsieur, que me aconsejaréis bien, y que contaréis lo que ocurre al Primer Presidente, a quien visitáis con frecuencia, para que se ocupe de este asunto. 


Monsieur Bocager se puso muy pálido, sin decir nada excepto que debía guardar el secreto. Le dijo que él se ocuparía de todo, pero que Briancourt no debería abandonar tan pronto la casa de la Brinvilliers, sino que lo mejor era que esperara un poco mientras él le buscaba empleo. 

Briancourt iba de asombro en asombro. Se preguntaba cuántos cómplices más tendría la marquesa y hasta dónde habría llevado sus crímenes. 

“Dos días después la Brinvilliers me dijo que monsieur Bocager no era el hombre honesto que yo imaginaba, y que un día me daría cuenta. Y por la tarde, al pasar por la calle frente a Saint-Paul, hicieron dos disparos contra mí sin que pudiera saber de dónde procedían. Uno de ellos me atravesó el traje. Al verme perseguido, me presenté al día siguiente en casa de Sainte-Croix, con dos pistolas, tras dejar a un hombre en la puerta de la calle para tenerla despejada. Le dije a Sainte-Croix que era un villano y un malvado … que había dado muerte a muchas personas de calidad. Sainte-Croix me dijo que nunca había matado a nadie, pero que si yo quería presentarme detrás del Hospital General, armado con pistolas, me daría toda clase de satisfacciones; a lo que respondí que yo no era hombre de armas, pero que cuando se me atacara me defendería”.



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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Arsénico y encaje antiguo


El marqués de Brinvilliers tenía conocimiento aproximado acerca de lo bien que se manejaba su esposa con el veneno, pero hacía la vista gorda. Al fin y al cabo le venía bien entrar en posesión de las cuantiosas herencias que Madeleine se procuraba por ese medio. Aunque la de la marquesa era una afición que también resultaba peligrosa en exceso para su persona, puesto que él mismo sufrió varios intentos de envenenamiento. Madame de Sévigné escribió lo siguiente al respecto: 

“Madame de Brinvilliers quería casarse con Sainte-Croix. Con esa intención solía darle veneno al esposo. Sainte-Croix, que no deseaba por esposa a una mujer tan malvada, le daba antídotos al pobre marido”. 

El marqués vigilaba sus comidas e ingería enormes cantidades de leche. Además, tenía su propio valet para servirlo en la mesa y llevaba siempre teriaca consigo, un compuesto a base de 60 drogas que se suponía eficaz contra el veneno. 


En determinado momento la marquesa se arrepintió, e incluso llamó a un doctor para que le recetara algún remedio. Ya no debía de desear casarse con su amante, con quien la relación se había enrarecido. Sainte-Croix guardaba celosamente 34 cartas que la marquesa de Brinvilliers le había escrito, documentos sumamente comprometedores con los que esperaba seguir obteniendo dinero de ella a perpetuidad. La marquesa, desesperada, amenazaba con apuñalarlo si no le entregaba la caja en la que guardaba las pruebas que podrían perderla, y otras veces el terror que la asaltaba era tal que pensaba incluso en tomar ella misma el veneno, como se desprende de esta nota que termina en un tono claramente amenazante: 

“Pensé poner fin a mi vida, y para ello he tomado esta tarde lo que vos me habéis dado con tanto cariño: es la receta de Glaser; y veréis que os sacrifico gustosa la vida, pero os prometo que antes de morir os esperaré en algún lugar para daros mi último adiós”. 

Un día Sainte-Croix le suministró una dosis de arsénico, pero ella se dio cuenta al sufrir los primeros efectos y bebió grandes cantidades de leche caliente, lo que le salvó la vida. A consecuencia del arsénico estuvo enferma durante muchos meses. 


Poco a poco la marquesa se iba confiando a otro de sus amantes, Briancourt, a quien confesaba cada vez más detalles escabrosos de sus crímenes. Durante esas conversaciones Madeleine nunca mostraba el menor remordimiento por la muerte de sus hermanos, pero lloraba frecuentemente al recordar a su padre. Según declaración del propio Briancourt, al día siguiente de una de esas confidencias, la marquesa entró en su habitación presa de la furia y le dijo que le había confiado cosas de la máxima importancia, asuntos de los que dependía su vida. Él le aseguró que nunca hablaría de las cosas que le había contado, pero le rogaba, con lágrimas en los ojos, que si no estaba satisfecha de su conducta, le permitiera regresar a París. La dama le respondió: 

—No, no, a condición de que seáis discreto haré vuestra fortuna, y estoy segura de que lo seréis. 

Briancourt se encontraba en una posición muy delicada. Era un hombre honesto que sentía horror por las confesiones que le hacía su amante, pero demasiado cobarde para denunciarla. Temía a Madeleine, que lo dominaba por completo. 


Tras envenenar a su padre y sus hermanos, la marquesa de Brinvilliers se disponía a desembarazarse también de su hermana, mademoiselle Thérèse, y de su cuñada. Esta última había llegado a concebir sospechas, por lo que era demasiado peligrosa. La dama abandonó prudentemente París para ocultarse en la seguridad del campo, lejos de los venenos de la marquesa. Allí aguardaría pacientemente a que llegara su momento. 

El motivo de Madeleine para desear la muerte de su hermana fue, según propia confesión de la marquesa, bastante más trivial: pretendía, simplemente, vengarse de las observaciones que Thérèse había hecho sobre su conducta.



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martes, 13 de septiembre de 2011

Doble fratricidio


Sirviéndose de dos asesinos a sueldo, la marquesa de Brinvilliers intentó matar a su hermano Antoine en el camino a Orleáns, plaza en la que el caballero era intendente. Para su frustración, el golpe resultó fallido, posiblemente porque, contra lo que esperaba, en esa ocasión Antoine iba acompañado.

Madeleine no estaba dispuesta a desistir, sino que resolvió entonces recurrir nuevamente al veneno. Propuso el plan a su amante. Sainte-Croix estuvo de acuerdo, siempre y cuando se le concedieran ciertas sumas a cuenta de la herencia a percibir. 

En 1669 la marquesa consiguió introducir a un hombre llamado Jean Hamelin, apodado La Chaussée, como lacayo en casa de sus hermanos. Un día la dosis de veneno que este cómplice le sirvió a Antoine fue tan fuerte que la víctima, al sentirse indispuesto, se percató de que había sido intoxicado. 

—¡Ah, miserable! —exclamó incorporándose— ¿Qué me has dado? ¡Creo que quieres envenenarme! 


Antoine ordenó a su secretario que probara la bebida. Este tomó una muestra con una cuchara y al acercarla a la nariz declaró que desprendía un fuerte olor a vitriolo. Pero La Chaussée no perdió su sangre fría. Con toda naturalidad, explicó y logró persuadir a Antoine de que sin duda se trataba del vaso que se había utilizado esa mañana para administrarle una medicina que solía tomar, y que la bebida debía de haberse mezclado de modo accidental con los restos de de la misma. A continuación arrojó arteramente al fuego el contenido del vaso. 

Durante la Pascua de 1670 ambos hermanos se encontraban juntos en Villequoy. La Chaussée los atendía ayudando a los cocineros, a pesar de que dicha tarea no formaba en modo alguno parte de sus deberes. El 6 de abril algunos miembros de la familia comieron un pastel y al día siguiente se sintieron muy enfermos, mientras que los demás continuaban gozando de perfecta salud. Antoine fue quien enfermó más gravemente, por ser mayor la dosis de veneno que contenía su ración. 


El día 12 regresaron a París. La Chaussée, siempre a su lado, no dejaba de administrarle nuevas dosis de veneno. Los síntomas eran los mismos que había padecido su padre: pérdida de apetito, rigidez en brazos y piernas, tensión en la mandíbula, dificultad para respirar y orina oscura, dolores intensos y vómitos constantes. Mientras enflaquecía alarmantemente, el hedor que desprendía era tan nauseabundo que apenas se podía entrar en la alcoba. 

El calvario de Antoine se prolongó durante largas semanas hasta fallecer el 17 de junio de 1670, en medio de convulsiones y dolores insoportables. Se le hizo una autopsia cuyas conclusiones no fueron claras. El hermano de Madeleine dejaba una viuda, Marie-Thérèse Mangot de Villarceau, con la que había contraído matrimonio no hacía mucho. 

La marquesa de Brinvilliers tenía también una hermana carmelita que acompañó al enfermo durante sus últimas horas mientras ella se encontraba lejos, en sus tierras de Picardía, donde no podía ser relacionada con el crimen. Pero cometió el error de contarle a uno de sus amantes, Briancourt, el preceptor de sus hijos, sus planes para envenenar a Antoine. Le explicó que lo hacía por el bien de su Casa, porque quería que su hijo mayor ocupara un día el puesto de su hermano Antoine. 


Madeleine tenía sueños muy ambiciosos para su descendencia, aunque no para todos sus hijos: en realidad había comenzado a envenenar también a su hija mayor porque la encontraba tonta, y, como además era fea, no esperaba nada brillante de ella; pero finalmente se arrepintió e hizo que bebiera leche como antídoto. Tal vez se impuso a duras penas el instinto maternal sobre su psicopatía, o tal vez volvió a hacer sus cálculos y terminó por considerar que si sus otros hijos lograban situarse bien y elevar el rango de la familia, podría acomodarla también a ella con un buen matrimonio a pesar de su falta de atractivos. 

El otro hermano, François, permanecía soltero y ya no tendría tiempo a casarse. Envalentonados por el éxito de sus planes, la marquesa y su amante decidieron deshacerse de él del mismo modo. Madeleine se encargaría de que muriera tres meses después tras presentar idénticos síntomas a los de su padre y su hermano. Nuevamente La Chaussée fue el enfermero perfecto, sin apenas separarse del enfermo. Tan bien representó su papel que François le legó cien escudos en su testamento, en recompensa a sus buenos servicios. 


Pero esta vez los médicos que realizaron la autopsia no se dejaron engañar. El doctor Bachot, médico ordinario de Antoine y que había asistido a ambos hermanos, los cirujanos Duvaux y Dupré y el boticario se mostraron convencidos de que se había tratado de veneno, si bien no podían demostrarlo con una prueba fehaciente. Además, estaban lejos de sospechar quién habría sido el autor del doble crimen. 

Madeleine velaba bien por la protección de su secreto. Una sirvienta de la que sospechaba que sabía suficiente como para acudir a la policía, tuvo una extraña muerte repentina. 

Mientras tanto la marquesa recibía en su salón “al lacayo en cuyas manos tenía su honor y su vida”. Allí le daba dinero y decía acariciándolo: 

—Es un buen muchacho. Me ha servido bien.



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jueves, 8 de septiembre de 2011

Parricidio


En junio de 1666, Antoine Dreux d’Aubray, el padre de la marquesa de Brinvilliers, partió hacia sus tierras de Offémont, a unas leguas de Compiègne. Tenía 66 años y hacía meses que su salud se resentía de algún mal que los médicos no acertaban a precisar. Antes de partir rogó a la marquesa que fuera a pasar con él dos o tres semanas y llevara consigo a sus hijos. 

Los aires del campo no lograron mejorar el estado del caballero. Por el contrario, al día siguiente de la llegada de Madeleine su salud comenzó a empeorar. Tuvo fuertes vómitos, que continuaron siendo muy violentos hasta la fecha de su muerte. D’Aubray falleció el 10 de septiembre en París, adonde se había hecho transportar para poder recibir las mejores atenciones médicas. Su hija no se separaba de él; lo colmaba de caricias y abrazos mientras, con la más dulce sonrisa, le administraba los brebajes fatales. 

Madeleine de Brinvilliers confesó más tarde que lo había envenenado unas 28 o 30 veces, en ocasiones con sus propias manos y otras a través de un lacayo que Sainte-Croix le había proporcionado. Explicó que todo fue llevado a cabo durante un largo proceso que duró ocho meses. 


Los médicos que se encargaron de la autopsia atribuyeron vagamente la muerte a causas naturales, pero ya entonces comenzó a extenderse de modo imparable el rumor de que había sido envenenado. 

La marquesa entraba así en posesión de una suculenta herencia con la que podría seguir manteniendo su alocado tren de vida y sus diversiones. Al mismo tiempo se vengaba de su padre por aquella lettre de cachet que había supuesto la prisión de su amante. Las lettres de cachet eran gracias concedidas por el rey para proteger a una familia contra la deshonra a la que les exponía algún miembro de la misma. Los padres las solicitaban frecuentemente. Consecuencia de la concedida a monsieur d’Aubray, Sainte-Croix fue arrestado de un modo público y sin ninguna delicadeza, mientras atravesaba el Pont Neuf en el carruaje de Madeleine. La escena fue presenciada por numerosas personas, una humillación que ella no iba a ser capaz de perdonar. Todos pudieron ver cómo un policía trataba de abrir la portezuela mientras los ocupantes del vehículo daban orden al cochero de que continuara a todo galope. Dos policías sujetaron la brida de los caballos para impedir la huida, y de ese modo los otros dos pudieron arrestar a Sainte-Croix. Tras un tira y afloja, se vio descender a un joven con su uniforme de capitán de caballería. Todos llegaron a atisbar la figura de una mujer que permanecía sentada en el interior, velada y envuelta en una capa. Era evidente que la dama temía ser reconocida. 


Se oyó entonces a Gaudin de Sainte-Croix dirigirse al oficial al mando: 

—Monsieur, si no me equivoco es solamente a mí a quien buscáis. Decidme con qué autoridad detenéis el carruaje en el que viajo. Y ahora que lo he abandonado, ordenad a vuestros hombres que le permitan continuar su camino. 

—En primer lugar —respondió el oficial, sin dejarse intimidar por el tono altivo del oficial—, tened la amabilidad de responder a mis preguntas. 

—Os escucho —respondió Gaudin, tratando de mantener su autocontrol. 

—¿Sois el caballero Gaudin de Sainte-Croix? 

—Lo soy. 

—¿Capitán del regimiento de Tracy? 

—Sí. 

—Entonces quedáis arrestado en nombre del rey. 

—¿Por orden de quién? 

—En virtud de esta lettre de cachet —respondió mostrándosela. 

—Muy bien, pero esta carta solo menciona mi nombre. No tenéis derecho a exponer a la curiosidad pública a la persona con la que viajaba. Os pido que ordenéis a vuestros hombres que permitan continuar a este vehículo. Luego llevadme donde deseéis. Estoy dispuesto a seguiros. 

Así se hizo, y la marquesa de Brinvilliers pudo desaparecer de la incómoda escena sin ser molestada, pero hirviendo de furia en su interior. Furiosa, comenzó a maquinar la venganza encerrada en su casa de la Rue Neuve Saint Paul, unos planes despiadados que concluían tres años más tarde con la muerte de su padre. 


Una vez liberada de tan molesto censor, la marquesa no ponía ya ningún freno a sus excesos. Tenía muchos amantes a la vez, aparte de Sainte-Croix, del que tuvo dos hijos. Fue amante del marqués de Nadaillac, capitán de caballería ligera y primo de su esposo, e inició también una relación con un primo de ella, de quien tuvo otro hijo. De igual modo concedió sus favores a un joven que era el preceptor de sus niños. 

A pesar de todo ello, se mostraba sumamente celosa e irritada cuando era Sainte-Croix quien le era infiel. Es más: al enterarse de que su marido tenía por amante a una tal mademoiselle Dufay, su cólera fue tan grande que quiso apuñalarla. Y es que el orgullo de Madeleine era descomunal, no toleraba los insultos, las ofensas ni las humillaciones. 

La marquesa continuó gastando el dinero a manos llenas. Pronto dilapidó la herencia paterna, y las dificultades económicas del matrimonio eran tales que en 1670 tuvo que ser subastada una propiedad para satisfacer las demandas de los acreedores. Eso era una auténtica bofetada para Madeleine, quien, arrebatada por la cólera, le prendió fuego. 

Pero no era imposible conseguir más dinero. Ella tenía dos hermanos a los cuales había ido a parar la mayor parte de la herencia paterna. Por tanto, ellos también debían morir.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 4 de septiembre de 2011

El amante de la marquesa


Al marqués de Brinvilliers no le importó demasiado que su esposa iniciara una relación con Gaudin de Sainte-Croix: él se mantenía ocupado con sus propias amantes, así que dejó el camino despejado. 

En cambio, al padre de Marie-Madeleine le molestó bastante más. El caballero, hombre de la vieja escuela, decidió tomar cartas en el asunto y solicitó una lettre de cachet contra el amante de su hija. El 19 de marzo de 1663 Sainte-Croix era arrestado en el interior del carruaje de la marquesa y enviado a la Bastilla, donde permaneció encerrado durante algunas semanas. 

Posiblemente el galán trabó conocimiento allá en prisión con el célebre Egidio Exili, un italiano al servicio de Cristina de Suecia. Esto ha llevado a veces a suponer que Exili le habría enseñado los secretos de los venenos de su tierra natal, y que la marquesa habría pagado una fuerte suma a través de su amante para hacerse con la fórmula del italiano. Las fechas en las que ambos hombres ocuparon la Bastilla coinciden: Exili estuvo encerrado del 2 de febrero al 1 de julio, y Sainte-Croix del 9 de marzo al 2 de mayo. Es más: posteriormente encontramos al italiano en el hogar del amante de la marquesa, donde pasó una temporada. Sin embargo, Sainte-Croix no era precisamente neófito en cuestión de venenos. De hecho, su experiencia con los mismos permite suponer que era él quien hubiera podido dar lecciones a Exili. 

Jardin des Plantes - París

Sainte-Croix había adquirido estos conocimientos a través de un alquimista suizo de nombre Christophe Glaser, un hombre establecido en París, en el faubourg Saint-Germain. Glaser, que impartía lecciones en el Jardín de las Plantas, había adquirido gran renombre tras la publicación en 1665 de un tratado de química, y ostentaba el título de boticario ordinario del rey y de Monsieur. En la correspondencia de Sainte-Croix con la marquesa, consta que ellos mismos llamaban a los venenos de los que se servían “la receta de Glaser”

Sainte-Croix era joven, seductor y muy hipócrita. Fue “el demonio que trajo la tormenta”. De él se decía que había escrito libros religiosos, y en opinión del abogado Vautier, “hablaba divinamente de un Dios en el que no creía, y, asistido por esa máscara de piedad que nunca se quitaba excepto ante sus amigos, parece haber participado en buenas acciones mientras en realidad estaba inmerso en la perversión”. 

Los hermanos de la marquesa no estaban más conformes que su padre con aquella peligrosa relación, y no se privaban de hacer amargos reproches a su hermana por el escándalo que estaba dando. Sus palabras, sin embargo, nunca eran tomadas en consideración por Marie-Madeleine. 


Apenas salir de la Bastilla, Sainte-Croix retomó su relación con la marquesa con renovada pasión. Ella guardaba resentimiento a su padre por haber hecho encerrar a su amante. El odio se hacía fuerte, y el deseo de venganza se aliaba con otro no menor: el de entrar cuanto antes en posesión de la herencia familiar. 

Comenzó a verse con frecuencia un misterioso carruaje que se detenía en algún lugar del faubourg saint-Germain. De ella descendían un joven oficial y una dama elegante que continuaban a pie hasta la rue du Petit-Lion, donde residía el boticario. 

La misma mujer comenzó a frecuentar los hospitales; acudía al lecho de los enfermos con palabras dulces y amables; les llevaba vino, dulces, galletas. Curiosamente, los enfermos a los que se acercaba no tardaban en sucumbir entre horribles dolores. El policía Nicolas de la Reynie, que se les llegará a hacer muy familiar en esta corte, nos cuenta de ella: 

“¿Quién hubiera dicho que una mujer educada en el seno de tan buena familia, de figura y rostro tan frágiles y aspecto tan dulce, se divirtiera acudiendo a los hospitales para envenenar a los enfermos y observar los efectos del veneno que les suministraba?” 


También envenenaba a sus sirvientes para ensayar y asegurarse de que producirían los resultados deseados llegado el momento. “Françoise Roussel dijo que había estado al servicio de la señora de Brinvilliers. Esta le dio a comer un día unas grosellas confitadas con la punta del cuchillo, e inmediatamente se sintió mal. Luego le dio una loncha de jamón, que comió, y después de algún tiempo le dio un fuerte dolor de estómago, sintiéndose como si le hubieran aguijoneado el corazón. La desdichada estuvo enferma durante tres años”. 

Cuando la marquesa hubo experimentado la fuerza de “la receta de Glaser”, y cuando hubo constatado la impotencia de los médicos para descubrir restos del veneno en los cadáveres, estuvo preparada para envenenar a su padre.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 1 de septiembre de 2011

La Marquesa de Brinvilliers

Antigua Place de Grève - Actual Place de l'Hôtel de Ville

La carreta llega a la plaza de Grève entre las exclamaciones de la multitud. Trae a una mujer de unos 45 años. La hacen bajar para conducirla al cadalso allí levantado, y el verdugo Guillaume le venda los ojos. El abate Pirot nos cuenta el resto: 

“La condenada tenía la cabeza muy erguida, el verdugo se la seccionó de un solo golpe, que cortó con tanta limpieza que siguió durante un momento sobre el tronco, sin caer. Pasé inclusive un momento de dolor creyendo que había fallado el golpe y que debería intentarlo por segunda vez.” 

El cuerpo fue llevado luego a la hoguera. Las llamas lo consumieron, y después se dispersaron las cenizas. Esas cenizas eran las de Marie-Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers, declarada culpable de haber envenenado y asesinado a su padre a lo largo de ocho angustiosos meses durante los cuales había simulado cuidarlo abnegadamente. 

Pero ese fue, simplemente, uno de sus crímenes.


La perversión de sus actos, su alto rango y la fuerza de su carácter, junto con las circunstancias que rodearon el juicio y la ejecución, hacen de la marquesa de Brinvilliers uno de los personajes más celebres en los anales criminales de Francia, razón por la que nos detendremos a conocerla en los próximos capítulos. En el proceso al que fue sometida Marie-Madeleine hay mucho de interés, puesto que se trata del primero de los terribles casos de envenenamiento que tanta sensación causaron en la época y en la corte, unos escándalos en los que, como veremos, llegaron a verse envueltos algunos de los grandes apellidos de Francia. 

Madame de Brinvilliers había nacido el 22 de julio de 1630. Era hija de Antoine Dreux d’Aubray, señor de Offémont y Villiers, quien le proporcionó una esmerada educación, aunque no una sólida formación moral. Cuando tenía tan solo siete años fue violada por uno de los servidores de la familia, y, según su propio testimonio, tres años más tarde inició una relación incestuosa con uno de sus hermanos. 

La joven marquesa era bonita, encantadora, con unos grandes ojos muy expresivos. Era de carácter alegre, y no pensaba en nada que no fuera el placer. Un sacerdote que la conoció nos la describe de este modo: 

Era intrépida por naturaleza, y muy valiente. Parecía haber nacido con inclinación hacia el bien, con un aire de completa indiferencia, intelecto agudo y penetrante que se forma opiniones claras sobre las cosas y es capaz de expresarlas con pocas palabras y precisas; maravillosamente hábil para salir de situaciones difíciles y rápida en decidir sobre las cuestiones más embarazosas; frívola, cambiante e inconstante, se impacientaba si se hablaba con frecuencia del mismo tema. 

Tenía una hermosa mata de cabello castaño, con facciones bonitas y bien delineadas; los ojos azules, dulces y de una perfecta belleza, su piel extraordinariamente blanca, la nariz bien formada. Nada en su rostro resultaba desagradable... Su figura era muy pequeña y menuda.


En 1651, contando 21 años, se casó con un militar llamado Antoine Gobelin, marqués de Brinvilliers, barón de Nourar e hijo de un presidente de la cámara de cuentas. La familia del marqués procedía de Reims, donde se habían asentado hacía tiempo desde su Flandes de origen. En un principio habían sido tintoreros, pero con tanto éxito que pronto amasaron una enorme fortuna con la que compraron tierras y honores y pudieron abandonar el negocio. Ella aportaba una dote importante, y como él también disfrutaba de una posición desahogada, el matrimonio disponía de una gran fortuna. 

Durante la infancia del marqués se había esperado de él que se convirtiera en un hombre de toga, pero al no mostrar la menor aptitud para el estudio, no se encontró opción mejor que hacerle ingresar en el ejército siendo aún muy joven. 

El ejército de la época no era precisamente una escuela de virtudes. Fruto de aquellos tiempos era el proverbio que decía que “el honor sin dinero es una enfermedad”. El marqués de Brinvilliers no aprendió a llevar una vida ejemplar precisamente. Se había habituado al lujo. Le gustaba jugar grandes sumas, y el matrimonio no supuso el fin de estas costumbres. 

En 1659 hizo amistad con un tal Gaudin de Sainte-Croix, un apuesto caballero iniciado en el arte de la alquimia y el veneno, capitán de caballería oriundo de Montauban y que se decía bastardo de una buena familia de Gascuña. Se trataba de un joven brillante y muy galante que solía resultar irresistible para las mujeres. 

No iba a dejar de serlo para nuestra ardiente marquesa de Brinvilliers.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno