domingo, 28 de agosto de 2011

Mamá Montespan

El duque de Maine

Madame de Montespan no era muy afectuosa con sus hijos. Generalmente prefería dejarlos en manos de la institutriz, Madame de Maintenon, pero hay que decir que durante los seis días que duró una grave enfermedad de su pequeño conde de Vexin, no se separó ni un momento de la cabecera de su cama. El niño no podía soportar la luz y ella pasó a oscuras los días y los meses, a pesar de que le aterraba la oscuridad. 

La pobre criatura, frágil y con su espalda encorvada, superó aquella enfermedad, pero su salud era muy mala y sólo se consiguió prolongar su vida ocho años más. Los cinco últimos los padeció a duras penas sin poder abandonar el lecho. Cuando falleció, nadie era capaz de arrancar a Athenaïs del lecho de su hijo. 

El conde de Vexin

El mayor, el duque de Maine, a quien primero se llamó “el hermoso pequeño” y luego “el cojo”, tampoco era muy robusto. Madame de Caylus nos explica sobre él: 

“Este príncipe había nacido derecho y bien formado, y lo fue hasta los tres años, cuando le salieron los dientes más grandes, causándole convulsiones tan terribles que una de sus piernas se contrajo más que la otra. En vano se probaron todos los remedios de la Facultad de París, después de lo cual se lo llevó a Amberes, para hacerse ver por un hombre cuya sabiduría y remedios se alababan. Pero, como no se quiso que Monsieur de Maine fuese conocido como lo que era [es decir, como hijo del rey], Madame de Maintenon hizo el viaje bajo el nombre supuesto de una señora distinguida de Poitou, quien llevaba su hijo a ese matasanos cuyos remedios eran en apariencia muy violentos, ya que estiraron la malhadada pierna mucho más que la otra, sin fortalecerla; y los intensos dolores que sufrió el señor de Maine sólo sirvieron para postergar las cosas, como se ve. A pesar de ese mal resultado, no dejó de hacer dos viajes más, tan inútiles como el otro.” 

Y entonces, en el año de 1676, el peligro comenzará a cernirse sobre Athenaïs. El 16 de julio de ese año, a las seis de la tarde, un carretón rodaba por París rumbo a la plaza de Grève. En esa plaza, repleta de gente, se había levantado un cadalso….



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

jueves, 25 de agosto de 2011

La institutriz

Madame de Maintenon

La institutriz de los hijos del rey, la viuda de Scarron, había pasado a residir con ellos en la corte desde el momento en que fueron legitimados, y en 1674 Luis recompensó sus buenos servicios con la concesión del dominio de Maintenon. Françoise d’Aubigné se convertía así en marquesa de Maintenon. 

En ese momento Athenaïs y el rey habían tenido seis hijos, aunque no todos vivían. Quedaban con vida Luis Augusto, duque de Maine, al parecer el preferido, aunque madame de Maintenon decía que “nadie es tan tonto como para amar en exceso a este niño que no es dueño de sí mismo”. Las piernas del pequeño duque estaban extrañamente atrofiadas, habiendo quedado una de ellas más corta que la otra. De hecho, ninguno de los hijos habidos de esa unión resultaba un cúmulo de perfecciones: después estaba Luis César, conde de Vexin, cuyos hombros encorvados no estaban a idéntica altura, y que no vivirá muchos años; Luisa Francisca, Mademoiselle de Nantes, que cojeaba, aunque fue una belleza con una agitada vida sentimental; Francisca María, Mademoiselle de Blois, atractiva, pero de hablar lento y vacilante; y Luisa María Ana, Mademoiselle de Tours, que bizqueaba un poco y fallecería al poco tiempo con tan solo siete años de edad. Esta última, a quien sus padres llamaban cariñosamente Toutou, estaba considerada muy bonita a pesar de su pequeña imperfección.

Madame de Montespan con sus hijos

La Montespan comienza a inquietarse por la presencia de la institutriz, y para deshacerse de ella incluso pretende hacerle el honor de casarla con un duque, el de Brancas. Cuál no sería su sorpresa al ver que la viuda rechaza esos planes: 

“Ese señor es un hombre muy deshonesto y muy pobre. Viudo de sus dos primeras esposas, no posee otro mérito que su título de duque. Es una fuente de desagrado y de molestia en la cual sería imprudente arrojarme. Pero, si lo rechazo, es sobre todo a causa de mi gran ternura por los príncipes, a quienes no podría abandonar.” 

Así que la institutriz no quería alejarse de los niños. Ni del padre de los niños, claro está. 

Athenaïs forzó una sonrisa y mostró sus deliciosos y pequeños dientes tan blancos. La perspicaz Madame de Sévigné nos cuenta: 

“Esa hermosa amistad de Madame de Montespan y su amiga es una verdadera aversión… es una acritud, es una antipatía.” 

Mademoiselle de Blois y Mademoiselle de Nantes

En realidad la viuda, tras algunos pecadillos de juventud, había pasado a ser una mujer muy honesta y virtuosa. No había nada entre el rey y ella; lo cual no significaba que Luis le fuera indiferente, o que él no fuera modificando aquella penosa impresión que le había causado al principio, cuando le caía tan mal. Ahora, sumida en sus profundas devociones, soñaba con la conversión del rey, con su salvación, con rescatarlo de las garras de una mujer que ella veía claramente que acabaría por arrastrarlo al infierno. 

¡Ah, cuántas cábalas comenzaban a cruzar por la mente de la viuda!



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domingo, 21 de agosto de 2011

Por el poder de la cantárida


Madame de Montespan no permanecía inactiva en París, por supuesto. Por el contrario, veía llegado el momento de hacer otro pequeño pacto con el diablo para conseguir recuperar al rey y combatir la nefasta influencia que los eclesiásticos ejercían sobre él. Su amiga bruja, Catherine Monvoisin, conocida como la Voisin, estaba dispuesta a facilitarle mucho las cosas. A tal fin la puso en contacto con una de las numerosas sectas diabólicas que existían por entonces. 

Estas sectas estaban formadas principalmente por gente de la corte que deseaban librarse de rivales molestos. Damas y caballeros se reunían en lugares secretos para implorar a Satán en ceremonias que terminaban con orgías espantosas con muy poco glamour, si se nos permite la observación. Resulta curioso constatar cómo a lo largo de los siglos esta clase de personas parece haberse comportado siempre conforme a la creencia de que el demonio tiene un gusto deplorable para las fiestas. Nuestra marquesa, sin embargo, y de creer un montón de testimonios, se encontraba en su salsa cuando se sumergía en estas actividades. Más adelante examinaremos cuánto crédito podemos dar a estas lenguas viperinas.

De momento, independientemente del grado de participación que Athenaïs haya podido tener en ciertos asuntos, baste decir que el proceso incoado contra la Voisin cinco años más tarde nos revela que en el jardín de esta amiga de la marquesa se encontraron los cuerpos de más de dos mil niños asesinados. El dato, cuando menos, parece indicar que madame Voisin disfrutaba de un jardín enorme.


La Montespan, pues, según las malas lenguas volvió a asistir regularmente a misas sacrílegas, a ponerse desnuda sobre el altar y a participar en sacrificios espeluznantes. Algunas noches de luna llena, fase muy inspiradora en esta clase de ajetreos, se dirigía a jardines cerrados en compañía de brujas y sacerdotes malditos para invocar a las fuerzas del mal. Además, frecuentemente enviaba a Saint-Germain polvos de amor que cómplices suyos tenían instrucciones de mezclar con los alimentos o la bebida del rey. 

Los polvos contenían, entre otros afrodisíacos, cantárida. Este fue, por cierto, el utilizado posteriormente por el marqués de Sade, debido al cual llegó a ser acusado de envenenamiento por haberse excedido mucho en la dosis en una ocasión en que se lo proporcionó a unas prostitutas. Los Borgia, de hecho, lo utilizaban como veneno. Todo dependía de la cantidad.

Al producir una erección espontánea, la cantárida se convirtió en el afrodisíaco de referencia hasta el siglo XVII, cuando cayó en desuso dado precisamente el número de envenenamientos con consecuencias mortales que produjeron tales prácticas. Solo a mediados del siglo XVIII volvería a estar de moda, cuando en Francia se la conoció como los caramelos Richelieu (“pastilles Richelieu”), y no por aquel famoso cardenal, sino porque el duque de Richelieu de la época era muy aficionado a ellos. También fue usada como abortivo, como estimulante (ya que otro de sus efectos es el de producir insomnio y una cierta agitación nerviosa), y directamente como veneno. En polvo, mezclada con la comida, puede pasar desapercibida. Y no es que estemos dando ideas.



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jueves, 18 de agosto de 2011

Vade retro, Montespan

Château de Saint-Germain-en-Laye

La tarde del 10 de abril de 1675, Athenaïs salía del château de Saint-Germain en su carruaje para dirigirse a Versalles, donde mil doscientos obreros se empleaban en la construcción de una residencia para ella próxima al palacio real. Muy complacida al ver lo adelantadas que iban las obras, la favorita se dirigió a continuación a la capilla. Buscaba un confesor indulgente con sus pecadillos, y llegó a la conclusión de que un pobre cura de aldea no osaría abochornarla negándole la absolución. Así que se dirigió al confesonario, y, para que no hubiera equívocos, murmuró su nombre al sacerdote, de forma que él supiera desde el principio que tenía que estar preparado para perdonar lo que fuera.

El anciano sacerdote se sobresaltó:

—¿Cómo? ¡Vos sois esa marquesa de Montespan que escandaliza a toda Francia! Marchaos, madame, renunciad a vuestras culpables costumbres y solo entonces podréis volver a comparecer ante este tribunal.

Ella, furiosa, volvió a montar en su carroza y regresó a Saint-Germain para quejarse al rey. Su ira debió de aumentar mucho al ver que él pensaba que, en conciencia, no podía contradecir a aquel confesor, y que no estaba dispuesto a hacer nada al respecto. Es más: desde el principio de la cuaresma, y gracias a los elocuentes sermones de Bossuet, el rey sentía remordimientos que lo tenían muy desazonado. Y fue a Bossuet precisamente a quien comentó aquel asunto. El clérigo aprovechó para insistir en la conveniencia de que terminara con aquella relación.


Con mucha delicadeza, digamos que le hizo notar que al paso de la marquesa de Montespan siempre quedaba un cierto olor a azufre que todos sus perfumes no lograban enmascarar. Madame de Caylus nos cuenta: “El rey tenía un fondo religioso que se expresaba incluso en sus mayores desarreglos con las mujeres. Tras una noche de meditación, atormentado por la idea de incumplir sus deberes cuaresmales, acabó por rendirse. Pálido y deshecho, envió a madame de Montespan la orden de abandonar la corte.” 

Más furiosa que nunca y después de destrozar algunos muebles, Athenaïs convocó a Bossuet y le prometió las más altas dignidades si lograba que el rey cambiara su decisión. El prelado ni siquiera se molestó en responderle.

La favorita tuvo que admitir su derrota y abandonó Saint-Germain para ir a esconder su humillación a París, en una casa de su propiedad en la calle Vaugirard. Luis, mientras tanto, podía comulgar tranquilo en Pascua y prometía a su director espiritual no regresar con madame de Montespan.

Una mañana, mientras supervisaba la educación su hijo el Delfín, por entonces de catorce años, asistiendo a una de las clases que estaba recibiendo por parte de Bossuet en esos momentos, oyó que el prelado le decía al niño:

—Desconfiad de los atractivos del placer. Algunas debilidades han perdido a grandes príncipes.


No era muy sutil por parte de Bossuet decir eso en su presencia, pues era obvio adónde apuntaba; pero Luis se emocionó y, abrazando al Delfín, le dijo:

—Hijo mío, guardaos de los entretenimientos culpables y protegeos bien contra mi ejemplo.

El rey parecía realmente cambiado. Su voluntad era firme… pero Athenaïs no estaba dispuesta a perder la batalla.



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viernes, 12 de agosto de 2011

La Princesa de Soubise

Anne-Julie de Rohan-Chabot, Princesa de Soubise

Luis conquistaba el Franco-Condado en seis semanas, y para celebrarlo hubo seis días de fiesta en Versalles. Athenaïs está alerta, porque sabe que tiene muchas rivales dispuestas a tratar de usurparle el puesto junto al rey. Una de ellas es la pelirroja Anne-Julie de Rohan-Chabot, princesa de Soubise, descendiente del más antiguo linaje de Bretaña. 

Anne-Julie había crecido huérfana de padre, a ojos de todos como una joven virtuosa, comedida y tranquila, con una excelente educación proporcionada por su autoritaria madre. Esta la casa a los quince años de edad, en 1663, con un primo perteneciente a otra rama del poderoso clan Rohan: François de Rohan, Príncipe de Soubise, doce años mayor que ella. De ese matrimonio nacerían diez hijos, o, según se haga el cómputo, once. 

En 1665, la joven princesa de Soubise es una hermosa joven de 17 años, ojos almendrados y sonrisa cautivadora que no deja indiferentes a los hombres de la corte. El rey, aunque aún enamorado de La Vallière por aquel entonces, repara en ella y muestra interés. Pero en ese momento interviene la madre de la princesa, que no desea que su hija vea su reputación comprometida cayendo en las redes del monarca. Para impedirlo se la llevó lejos de la corte durante un tiempo. 


Sin embargo no podía mantenerla alejada eternamente, y así, años más tarde, la bella princesa de Soubise se dejó conquistar por el rey y el escándalo estalló públicamente en 1669, durante una estancia de la corte en Chambord, cuando se hizo público el rumor de que había compartido cama con el soberano después de resistir varios asaltos. 

Pero un nuevo astro subía en el firmamento cortesano, eclipsando a la princesa de Soubise: eran los tiempos de madame de Montespan, las fechas en las que Luis, totalmente deslumbrado por ella, la convertía en la nueva favorita oficial. La princesa no tenía nada que hacer comparada con Athenaïs. 

Château de Chambord por Bruno Morandi

Luis XIV volvió a reencontrarse con la princesa de Soubise en 1673. A pesar de que ya llevaba seis partos, había conservado milagrosamente la figura y su lozanía gracias a un régimen que consistía en una alimentación sana y equilibrada de frutas, legumbres, verduras y carnes hervidas, además de ejercicio físico y de mucho aire puro. 

La princesa de Soubise recurrió entonces a un ingenioso sistema para proteger el secreto de sus encuentros con el rey: solía utilizar un código visual para comunicarse con él. Así, por ejemplo, para avisarle de cuándo podían reunirse porque su marido estaba fuera, se ponía un par de pendientes de esmeraldas en las orejas. 

Las esmeraldas pronto fueron notadas y comentadas por el resto de la corte, y se comenzó a hablar de días y ocasiones esmeralda, o simplemente verdes. Los guisantes, que eran un vegetal muy apreciado y del agrado del rey, se pusieron ahora de moda, y en las cenas los comensales jugaban a arrojárselos unos a otros disimuladamente, de modo que no se supiera de quién partía el proyectil. El juego tenía a veces connotaciones amatorias. 


Pero a la larga, el Príncipe de Soubise se enteró de la relación entre su esposa y el soberano. Y no le molestó, no, al contrario, pues comenzó a hacer sus cálculos sobre los beneficios que podría proporcionarle el adulterio de su mujer. “Complaciente y honrado por aquella real cornamenta”, hizo todo lo posible para allanarles el camino a los dos. 

En enero de 1674, Anne-Julie de Rohan-Chabot fue nombrada dama de palacio de la Reina Maria-Teresa. El 26 de junio del mismo año daba a luz a un hijo varón que fue inmediatamente reconocido por el Príncipe de Soubise. Más tarde ese hijo, Armand-Gaston de Rohan-Soubise, que llegó a ser cardenal, príncipe-obispo de Estrasburgo, miembro de la Academia Francesa y Gran Limosnero de Francia, se rumoreaba que tenía un sospechoso parecido físico con Luis XIV. Sin embargo, como la paternidad era dudosa y el príncipe tal vez se creía también con motivos para considerarlo suyo, el bebé nunca llegó a figurar en la cuenta del rey.

 Armand-Gaston de Rohan-Soubise

La Princesa de Soubise no era la única dama con la que la Montespan debía tener cuidado. Había otras, por ejemplo Lidia de Rochefort-Théoben, dama de honor de la Princesa Palatina, con la que Luis acabaría teniendo un affaire sin importancia. O incluso una preciosidad de dieciocho años llamada Marie Angelique de Scoraille de Roussille, duquesa de Fontanges. ¡En esta, en esta era donde acabaría por estar un día el mayor peligro, y Athenaïs sin adivinarlo, con lo bruja que dicen que era!



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martes, 9 de agosto de 2011

El divorcio de Madame de Montespan


Madame de Montespan tardó algunos años en obtener la separación legal de su esposo, pero finalmente consiguió que todo quedara resuelto a su gusto y conveniencia. Se decidió que ambos cónyuges quedaban “separados de habitación y bienes por culpa del esposo, convicto de disipación de bienes, mala administración, y sevicias cometidas contra su mujer.”

El marqués quedaba casi reducido a la miseria con una decisión que lo obligaba a devolver la dote, con los intereses a contar desde el momento de la separación de hecho en 1668. Y además debía pagarle a Athenaïs 4.000 libras anuales en concepto de pensión alimentaria, que ella iría percibiendo cada tres meses y por adelantado. Ella, por su parte, se veía liberada de todas las obligaciones y antiguas deudas de la familia.

Monsieur de Montespan estaba desesperado y sin saber cómo hacer frente a aquellos desembolsos. Athenaïs envió a los alguaciles a la vivienda que tenía su esposo en la calle del Cloître-Saint-Benoît, para que se llevaran sus muebles o lo que quedara de ellos. Más bien lo que quedara, porque el marqués, que preveía que ella haría justamente eso, había comenzado a deshacerse de todo, de modo que apenas quedaba una tapicería y poco más.


—¿Pero cómo podré criar a nuestros hijos? —protestó él— Si vendo mis tierras, perderé completamente la Casa, y el porvenir del heredero del nombre quedará comprometido.

Esto surtió su efecto en Athenaïs, que se avino a firmar un acuerdo mediante el cual se estipulaba que la devolución de la dote sólo se haría exigible después de la muerte del marqués, y que la cantidad que le correspondía a ella en concepto de pensión alimentaria debía destinarse a la educación de los niños. Además, aceptaba pagar una parte de las deudas de su esposo. 

El marqués desea educar a su hijo en un colegio de París, pero ella se niega, seguramente por temor a que el padre aproveche la circunstancia para aparecer con demasiada frecuencia por allí. Louis-Antoine acaba educándose con los jesuitas en Moulins. Hasta entonces había estado en manos de un preceptor: el abate Anselme.



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domingo, 7 de agosto de 2011

La decisión de La Vallière


Un último trago amargo iba a obligar a Luisa de La Vallière a tomar la decisión definitiva de entrar en religión: el rey dispuso que fuese la madrina de la niña que Madame de Montespan acababa de dar a luz, y que fue bautizada en la iglesia de Saint-Sulpice el 18 de diciembre de 1673. 

El día 20 Luis firma ante el Parlamento las cartas que legitiman a los hijos habidos con la marquesa de Montespan, igual que en su día había hecho con los de Luisa: “Queremos y deseamos que sean nombrados duque de Maine, conde de Vexin y mademoiselle de Nantes, y por nuestro poderío y autoridad los declaramos legítimos, queremos y ordenamos que puedan ocupar en nuestro reino todos los cargos, posiciones, dignidades, beneficios, y disponer de todo, como si hubiesen nacido en verdadero y fiel matrimonio.” 

La viuda de Scarron, encargada del cuidado de los niños, exclamó entonces: 

—¡Hasta este momento eran del rey, ahora son de Francia! 


Días más tarde La Vallière emprendía el camino del convento de carmelitas del faubourg Saint-Jacques. La puerta se abre y la priora aparece ante ella. 

—Dios mío —murmura Luisa—, hasta hoy he hecho tan mal uso de mi voluntad que vengo a ponerla en vuestras manos para no recuperarla jamás. 

Después de informarse sobre las reglas de la orden, solicitó ingresar. La superiora no quiso admitirla, porque la orden estaba reservada a jóvenes de reputación intachable, mientras que la vida de Luisa estaba unida al escándalo por haber sido durante años la amante del rey. 


Luisa regresó a su casa con la cabeza baja, pero regresó al día siguiente, y al otro, y al otro, y cada día para rogar su admisión. Al cabo de dos meses la superiora se conmovió por su insistencia y decidió aceptarla. 

Feliz y como si se hubiera quitado de encima el peso que llevaba años oprimiéndola, ese día regresó a sus apartamentos llevando el cilicio debajo de la ropa. Lo único que faltaba era anunciarle al rey su decisión. 

Por fin se decidió a hablar personalmente con él. La entrevista fue breve y emotiva. Luis comprendió y accedió al fin a separarse de ella. Después La Vallière se despidió de la reina y el 18 de abril de 1674 cenó por última vez en la corte, precisamente con madame de Montespan. 


El 19, después de asistir a misa junto a un rey lloroso, subió a su carroza y se dirigió al convento. Nunca más abandonaría ya sus hábitos de monja. Su habitación en adelante sería una celda con un catre formado por tres tablas, un saco de paja, un taburete, una mesa de trabajo, una palangana y un cubo de agua. Cada día se levantaba a las 5 y se acostaba a las 11, dedicada a la oración y llevando una vida piadosa a la que jamás faltó y de la que nunca se arrepintió.

“Por fin me voy del mundo, y lo hago sin pena, pero no sin dolor: mi debilidad me ha retenido sin placer, o, para hablar con exactitud, con mil congojas.”

El 2 de junio de 1674, faltando dos meses para su trigésimo cumpleaños, tomó oficialmente el hábito y fue la hermana Luisa de la Misericordia, nombre que llevó hasta su muerte 37 años más tarde. Había pasado más de la mitad de su vida en aquel convento.



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