domingo, 31 de julio de 2011

Guerra contra Holanda


Athenaïs era todopoderosa por esas fechas del segundo matrimonio de Philippe. Su influencia sobre el rey era inmensa. El 6 de enero de 1672 Madame de Sévigné escribe a su hija: “La corte repite que no habrá guerra porque el rey no podría vivir lejos de Madame de Montespan.”

Craso error. 

El 6 de abril de 1672 se decidió la guerra contra Holanda. Luis estaba molesto por la participación holandesa en la Triple Alianza, formada junto a Inglaterra y Suecia para frenar la expansión francesa. Pero, sobre todo, esperaba que España interviniera en el conflicto en apoyo de los holandeses, para así poder retomar su proyecto de arrebatarle los Países Bajos. España así lo hizo al año siguiente. La guerra iba a durar 6 años y costaría la vida a Turenne en julio de 1675, debido al impacto de un cañonazo, y también a d’Artagnan, que cayó durante el sitio de Maastricht en 1673.

El 28 de abril Luis sale de Saint-Germain rumbo a Charleroi, pero las damas no hacen el viaje con él. Deja a Luisa pensando aún en retirarse a un convento y a María Teresa de luto por su hija, la pequeña de su mismo nombre, que había fallecido no hacía ni dos meses, con apenas 5 años de edad. Para Luis también fue una gran tragedia. Quería mucho a la niña, y se había pasado horas y horas inclinado sobre su cunita, desesperado porque todo su poder no era capaz de retenerla en este mundo. Unos días antes de eso también Athenaïs había perdido a la primera de las hijas que tuvo con el rey.

María Teresa de Francia

Las dos mujeres esperaban de nuevo un hijo, María Teresa por sexta vez. El suyo nacería el 4 de junio y recibiría el título de duque de Anjou, pero también iba a morir cinco meses más tarde. El de Athenaïs nacería el 20 de junio, recibiría el título de conde de Vexin y conseguiría vivir once años. El pueblo comenzaba a murmurar, cada vez en voz más alta, que era un castigo divino. Dios se llevaba a los hijos del rey para castigarlo por sus pecados.

Y así partió Luis XIV hacia una guerra que iba a costar muy cara y llevar al déficit. Para tratar de paliarlo se llegaron a tomar algunas medidas como prohibir todo galón de oro y plata en los uniformes de los oficiales. Se intentó todo antes de tener que recurrir a aumentar los impuestos.

A pesar de haber sido acusado de empujar al rey a invadir Holanda, Colbert se siente molesto con esa guerra. No le cuadran las cuentas, y llega a pensar en abandonar su puesto. De hecho hizo falta una orden del rey y la insistencia de su familia para hacerlo regresar a la corte.


Los holandeses aguardan con una inesperada estrategia: abren las puertas de las esclusas y el país se inunda. Amsterdam se convierte en una isla y Luis se encuentra detenido por el agua. En esas condiciones prefiere retirarse, dejar allí a sus generales a la espera y regresar a Saint-Germain. 

A comienzos del año siguiente fallece Molière, el 17 de febrero de 1673, mientras interpretaba El enfermo imaginario. Luis no había podido asistir a esa representación: la guerra lo impedía.

El nivel de las aguas no había bajado en Holanda, pero había que continuar la guerra de alguna forma, así que a finales de abril el rey vuelve a partir a la cabeza de sus regimientos desde Saint-Germain y deja a una Athenaïs casi a punto de dar a luz.

Luis cayó enfermo en Soissons. Llegó a hablarse de veneno, pero parece que fue una inflamación del hígado que remitió tras una purga y una sangría.

El 1 de junio nace en Tournai Louise-Françoise, la hija de Athenaïs y el rey. Esta niña sí vivirá para ser ancianita, y será conocida como Mademoiselle de Nantes.

El pintor Adam Frans van der Meulen acompañó a Luis XIV durante la invasión de Holanda. Aquí lo representa llegando ante el sitio de Maastricht. Se considera que posiblemente D’Artagnan aparece representado en la pintura, en la figura a caballo junto al árbol de la derecha, aquí ampliada:

Charles de Batz-Castelmore d'Artagnan


En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

domingo, 24 de julio de 2011

Una alemana en París

Liselotte

Cuando Liselotte tenía seis años, su padre repudió a su esposa, Carlota de Hesse-Kassel, y contrajo un nuevo matrimonio, esta vez morganático, con María Luisa von Degenfeld. Esta unión le daría al caballero 13 hijos, ocho de los cuales iban a alcanzar la edad adulta. 

Por esas fechas Liselotte fue enviada a Hanover, donde vivió con su tía Sofía durante cuatro años. Fue una época que iba a recordar como la más feliz de su vida. Después regresó a Heidelberg para ser educada junto a su hermano y sus hermanastros. 

Tía Sofía

En 1671 su padre concertó su matrimonio con el hermano del rey de Francia. Philippe era por entonces un viudo, padre de dos hijas, y buscaba un heredero varón. Era un buen partido, así que a Carlos Luis del Palatinado poco le importaron los rumores que circulaban por Europa, algunos de los cuales implicaban a uno de los amantes de Monsieur en la muerte de su primera esposa el año anterior. 

La novia, que nada había escuchado aún de estos rumores, partió hacia Francia dejando atrás para siempre su tierra natal. Lo que encontró a su llegada iba a ser para ella motivo de decepción: 

A mi llegada a Saint-Germain me sentí como si me hubiera caído de las nubes… Puse la mejor cara que pude, pero vi claramente que no agradaba mucho a mi esposo, y realmente no me sorprendió, teniendo en cuenta mi fealdad; sin embargo, decidí comportarme de tal modo hacia Monsieur que él pudiera acostumbrarse a mí a través de mis atenciones, hasta que finalmente fuera capaz de llegar a soportarme. 

Tan pronto como llegué el rey vino a verme al Château Neuf, donde vivíamos Monsieur y yo; trajo consigo al Delfín, entonces un niño de unos diez años. Cuando terminé mi toilette el rey regresó al viejo château, donde me recibió en el salón de la guardia y me condujo hasta la reina, susurrándome al mismo tiempo: 

—No temáis nada, Madame; ella estará aún más asustada que vos. 

El rey percibió tan claramente lo desconcertada que me encontraba que no me abandonó; se sentó a mi lado, y cuando era necesario que me levantara, es decir, cada vez que un duque o un príncipe entraba en la estancia, me daba un suave empujoncito en el costado sin que nadie se diera cuenta. 

Carlota de Hesse-Kassel, madre de Liselotte

Liselotte no tardó en lograr un buen entendimiento con su esposo. “Toda mi vida, desde los años de mi infancia, me he considerado tan fea que no me gustaba que me mirasen. Por tanto me preocupaba poco por mi atuendo, dado que joyas y ornamentos son cosas que atraen la atención. Como a Monsieur le encantaba cubrirse de diamantes, fue una suerte que yo no los apreciara, pues, de lo contrario, nos habríamos peleado por llevarlos. En las grandes ocasiones Monsieur solía hacerme vestir de rojo; yo lo hacía así, pero contra mi propia inclinación… Siempre encargaba él mis vestidos, e incluso solía dar colorete a mis mejillas personalmente”. 

Antes de que hubieran transcurrido cuatro años desde la fecha de su matrimonio, Monsieur había tenido tres hijos con Liselotte. Consideró entonces que era suficiente sacrificio y regresó con sus amigos, lo que causó en su esposa un gran alivio. Ella misma nos lo cuenta:

“Me sentí aliviada cuando, tras el nacimiento de mi hija, mi esposo surgió que tuviésemos camas separadas pues, a decir verdad, jamás hallé demasiado placer en tener niños. Cuando me lo propuso le contesté: "Sí, Monsieur, seré muy feliz con el acuerdo, a condición de que no me odiéis y de que sigáis tratándome con cierta consideración". Así me lo prometió, y nos quedamos muy satisfechos el uno con el otro. Además, era muy desagradable dormir con Monsieur, pues no soportaba que nadie le tocase cuando estaba dormido, lo cual me obligaba a acostarme justo en el borde de la cama, de la que a veces caí al suelo como un saco. Así, cuando Monsieur me propuso amistosamente y sin animadversión, dormir en alcobas separadas, vi la propuesta con agrado." 

Liselotte con sus hijos

Liselotte continúa diciendo que obedeció a Monsieur “no molestándolo con mis abrazos, y comportándome siempre hacia él con respeto y sumisión. Era un buen hombre, a pesar de su debilidad, que en realidad solía despertar más mi piedad que mi enojo. Debo confesar que alguna vez expresé cierta impaciencia, pero cuando me pedía perdón todo quedaba olvidado”.

No obstante, en una ocasión Liselotte se quejó amargamente al rey de que su hermano había fundido toda la platería que ella había traído consigo del Palatinado y había distribuido el producto entre sus favoritos. Y cuando en 1689 Monsieur designó a uno de sus compañeros de cama, el marqués d’Effiat, como tutor de su hijo (que tenía entonces 15 años) Liselotte protestó, como relata en una de las muchas cartas que escribió a parientes y amigos en Alemania.

Liselotte niña

A pesar de todo, Liselotte fue fiel a su marido hasta el final. Cuando Philippe murió en 1701, ella quemó inmediatamente las cartas de los amantes que él había tenido, para que otros no las leyesen:

“Si se pudiese saber en el otro mundo lo que ocurre en éste, Monsieur estaría muy satisfecho de mí, pues busqué todas las cartas que sus favoritos le habían escrito y, sin leerlas, las quemé para que no cayesen en manos ajenas.” 

En cuanto al rey, siempre la quiso mucho, y también ella a él. Fueron lo más parecido a dos hermanos el uno para el otro.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

miércoles, 20 de julio de 2011

Liselotte

Liselotte

El 21 de diciembre de 1671 Monsieur se casaba por segunda vez. La novia era la Princesa Palatina Isabel Carlota Wittelsbach von Pfalz. Philippe, el “afortunado” novio, iba a tener tres hijos con ella: el mayor fallecido en la infancia, después otro niño que llevó el nombre de su padre y llegaría a ser regente de Francia, y finalmente una niña que llamaron como su madre y fue la abuela paterna de María Antonieta.

La pobre Isabel Carlota, a la que conoceremos en adelante como Liselotte, fue obligada a contraer ese matrimonio en contra de su voluntad. Nunca llegó a acostumbrarse del todo a la vida en la corte de Francia, debido tanto a su rotunda personalidad como a su educación provinciana y protestante. “Si mi padre me hubiera amado tanto como yo a él, nunca me habría enviado a un país tan peligroso como este, al que acudí por pura obediencia y contra mi propia inclinación. Aquí la duplicidad pasa por ingenio, y la sinceridad está considerada una tontería”. Sobre la religión nos cuenta: “A mi llegada a Francia me hicieron entrevistarme con tres obispos. Todos diferían en sus credos, de modo que, quedándome con la quintaesencia de sus opiniones, formé mi propia religión”.

Había nacido en Heidelberg el 27 de mayo de 1652. Por tanto, tenía 19 años cuando llegó a la corte para contraer matrimonio. No se trataba de un destino capaz de hacerla feliz, pero en medio de sus desdichas Liselotte era capaz de encontrar el sentido del humor necesario para afrontar su nueva vida. Tenemos un ejemplo en la siguiente anécdota:

Resulta que su esposo, con el fin de que su miembro viril funcionase lo mejor posible para cumplir con su deber y lograr descendencia legítima, tenía la curiosa costumbre de colgar de él medallas de la Virgen María, sin duda en la creencia de que esto favorecería el asunto. Ella, al tener conocimiento de tal peculiaridad, le dijo:

“Perdonadme, señor, pero no me haréis creer que honráis a la Virgen paseando su imagen colgada de las partes que están destinadas a eliminar la virginidad.” 

El comentario, desde luego, es Liselotte en estado puro. 

Carlos Luis del Palatinado, padre de Liselotte

En cuanto a su físico, fue tan delgada durante su juventud que cuesta reconocerla en la mujer obesa que posó después para los retratos de su madurez. Ella misma cuenta en sus memorias cómo en una ocasión su delgadez provocó un incidente que, aunque involuntario, le valió una reprimenda: “Yo iba en el carruaje con mi padre que en paz descanse, el cual llevaba consigo a un enviado del emperador, el conde de Konigseck. Por entonces era tan delgada y ligera como ahora gorda y pesada. Las sacudidas del coche me arrojaron de mi asiento, y caí encima del conde; no fue culpa mía, pero fui severamente reprendida, pues mi padre no era un hombre que admitiera bromas, y siempre era necesario mostrar gran circunspección en su presencia”. 

Liselotte no tenía muy buena opinión sobre su propio aspecto. Se describe de modo despiadado como “incuestionablemente muy fea; no tengo facciones; mis ojos son pequeños, mi nariz corta y gruesa, mis labios largos y planos… tengo grandes mejillas colgantes y rostro alargado; soy de escasa estatura y corpulenta; mi cuerpo y mis muslos son también cortos, y en conjunto soy ciertamente una cosa bien fea. Para saber si mis ojos reflejan alguna inteligencia, hay que examinarlos con un microscopio o será muy difícil juzgar. Manos más feas que las mías tal vez no se encuentren en toda la tierra. El rey me lo ha dicho con frecuencia, y me ha hecho reír con ganas, porque al no poder presumir de poseer ni una sola cosa que pueda ser considerada bonita, decidí ser la primera en reírme de mi propia fealdad”. 

No cabe duda de que a Liselotte no le faltaba autocrítica. Sobre sus hábitos continúa diciendo: “Tiendo un poco a la melancolía… No me gusta estar acostada en la cama; tan pronto como despierto tengo que levantarme. Casi nunca desayuno, y cuando lo hago sólo como pan y mantequilla. No tomo chocolate, ni café, ni té, porque no puedo soportar esas drogas extranjeras. Soy alemana en todas mis costumbres, y no me gusta comer ni beber nada que no se adecue a nuestros viejos usos… Nunca adopté los modales franceses, ni pude nunca asumirlos, porque siempre consideré un honor haber nacido alemana y siempre aprecié las máximas de mi propio país…” 

Monsieur

Y luego nos hace la siguiente confesión: “Durante mi juventud me gustaban las espadas y las pistolas más que los juguetes. Deseaba ser un niño, y este deseo casi me cuesta la vida, pues habiendo oído que Marie Germain se había convertido en un chico de tanto saltar, me puse a dar unos saltos tan terribles que es un milagro que no me haya roto el cuello en cien ocasiones”. 

Monsieur no fue el primer novio propuesto para Liselotte. “Mi hermano me hubiera casado con el Margrave de Dourlach, pero yo no sentía la menor inclinación hacia él porque sus modales eran afectados, cosa que nunca he podido soportar… Él encontró adecuado enviarme a un Doctor de Dourlach con el propósito de preguntarme si debería obedecer a su padre y casarse con la princesa de Holstein. Respondí que no podría hacer nada mejor que obedecer a su padre…” 

Después quisieron casarla con el duque de Curlandia, pero Liselotte nos cuenta que él salió corriendo al verla: “ Fue mi tía d’Hervod quien deseaba ese enlace. Él estaba enamorado de Marianne, la hija del duque Ulrico de Wurtemberg; pero sus padres no le permitían casarse con ella porque habían puesto sus miras en mí. Sin embargo, cuando regresó de Francia camino de su hogar, le causé tal impresión que no quiso ni oír hablar de un matrimonio conmigo, y solicitó permiso para alistarse en el ejército”. 

Esta era la mujer que por un capricho del destino se convertía en la segunda esposa de Monsieur.




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

sábado, 16 de julio de 2011

Las cuitas de Mademoiselle


El arresto del marqués de Puyguilhem sumió a Mademoiselle de Montpensier en la más absoluta desolación. Cuando se enteró de la noticia, Mademoiselle se asombró “de no estar muerta”. Aturdida, en lo único en que podía pensar era en que debía sobreponerse lo suficiente para encontrar el modo de interceder por él. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de liberarlo, y sabía que para ello lo primero era reprimir sus impulsos de manifestar cualquier tipo de queja hacia lo injusto de aquella medida. 

Al cabo de poco tiempo acudió a Saint-Germain para estar presente en la cena del rey. “Me miraba con un aire bastante triste y avergonzado. Yo lo miraba a él con lágrimas en los ojos; no le dije nada…Hablar hubiera sido muy imprudente por mi parte, puesto que él estaba preparado para escuchar cuanto yo hubiese podido decir”. 

Anne-Marie decidió que la mejor postura que podía adoptar era asistir a todas las festividades de la corte, con la esperanza de que Luis se conmoviera al encontrarla siempre dispuesta a complacerle a pesar de todo, y que al verla a ella tal vez recordaría a su viejo amigo y el afecto que le había tenido renaciera de nuevo. 

La corte estaba muy animada por aquellas fechas, puesto que Monsieur acababa de volver a casarse, esta vez con Isabel Carlota de Baviera, princesa Palatina. Liselotte, como la llamaban familiarmente, era una personalidad poco común. El rey se mostraba encantado con su cuñada y se complacía en organizar fiestas para ella. Mademoiselle se propuso asistir al ballet que se representaba en su honor, pensando que eso ayudaría a sus propósitos. Poco vio del espectáculo, porque su mente no se apartaba de Puyguilhem. Para ella fue una noche triste en la que sólo fue capaz de “pensar que él ya no estaba, y que hacía un frío terrible y estaba nevado, y que él iba por esos caminos hacia la prisión… Todo el consuelo que podía encontrar era que la continuación de los sacrificios que yo hacía sin cesar ante el rey podría, por mi perseverancia, despertar su piedad… No podía creer que ya no sintiera ningún afecto por él”. 


Los enemigos de Puyguilhm, mientras tanto, no perdían ocasión de tratar de indisponerla contra él, sabiendo que el punto débil de Mademoiselle de Montpensier eran los celos. Cuando apareció aquella especie de museo de conquistas del marqués, a base de retratos y recuerdos cuidadosamente etiquetados de todas las mujeres que había seducido, vieron en ello una ocasión de lograr sus fines. Por más que el rey se dio buena prisa en destruir los retratos que comprometían a ciertas damas, no fue lo bastante rápido para impedir que fueran vistos por muchas personas que no tuvieron ningún empacho en soltar su lengua. Fue el gran escándalo de aquel invierno, y pronto hubo quien fue a contárselo a Mademoiselle. Ella, sin embargo, no les prestó oídos ni quiso saber nada. Para Anne-Marie aquello formaba parte del pasado de Puyguilhem, y no tenía derecho a pedirle cuentas por lo que había ocurrido antes de que ella entrara en su vida. 

Esas gentes la atormentaban repitiéndole de la mañana a la noche que era tiempo de que abriera los ojos y se diera cuenta de que había entregado su corazón a un hombre que no quería más que sus riquezas. 

—Él no os ama; cuando se le prometió recompensarlo con bienes y cargos, no tuvo inconveniente en dejaros plantada; el día que el rey rompió vuestro compromiso, estuvo jugando toda la tarde con una gran tranquilidad. No se preocupó por vos. 

Mademoiselle cuenta en sus memorias que su corazón “combatía contra ella misma” y la vencía, puesto que cada nuevo año la encontraba tan entregada a él como el anterior, y tan infatigable en sus esfuerzos por verlo en libertad. 

Pero por el momento debemos abandonar las cuitas de Mademoiselle, porque hora es ya de presentar a Liselotte. Esta mujer peculiar les hará pasar más de un buen rato.



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lunes, 11 de julio de 2011

Un prisionero rebelde


La orden de arresto del marqués de Puyguilhem había sido firmada por el rey y Le Tellier el 25 de noviembre de 1671 en el château de Saint-Germain. Fue Nallot, uno de los oficiales de confianza de Louvois, quien al día siguiente despachó la orden hacia Saint-Mars, el gobernador de Pignerol, con instrucciones relativas a la custodia de tan importante prisionero. No satisfecho con esas precauciones, Louvois escribía cartas a Saint-Mars continuamente, aconsejando, advirtiendo, dirigiéndolo todo. 

Tal parecía que la prisión del marqués no era simplemente un asunto de Estado, sino una cuestión de rencor personal de Louvois, “su más mortal enemigo, que convirtió su prisión en la más cruel imaginable”, en palabras de la Fare. Y es que Puyguilhem, además de ser un intrigante peligroso, también había seducido a su hermana Madeleine, Madame de Villequier, cuando ésta contaba tan sólo 17 años. Había que asegurarse de que no escaparía, de que sufriría horriblemente y, de ser necesario, moriría en la siniestra fortaleza. Las instrucciones eran mucho más severas que de costumbre. Ni Puyguilhem ni el valet asignado a su servicio podían abandonar bajo ningún pretexto la habitación que les habían destinado. La puerta nunca podría abrirse si no era en presencia del propio Saint-Mars. En una carta, Louvois advertía de que había que había que tener mucho más cuidado con este prisionero que con Fouquet, “porque es capaz de hacer mucho más por escapar mediante fuerza o astucia, o sobornando a alguien”. 

Durante los primeros cinco años las condiciones fueron terribles. Se le podía enviar libros desde Turín, pero no se le proporcionaría ni papel ni pluma a menos que obtuviera permiso del rey. La ropa blanca se sumergía en un cubo de agua antes de ser enviada a la lavandería, por temor a que el marqués pudiera escribir en ella algún mensaje. Los domingos y días festivos debía acudir a misa, pero a diferente hora que Fouquet para que no pudieran comunicarse. La única concesión fue que al menos la habitación fuera bien amueblada con una buena cama. Pero Louvois, obsesionado con la idea de la fuga, preguntó cuántos hombres extra serían necesarios para su guardia, puesto que “la custodia de este prisionero es muy importante”. Finalmente se decidió que se requerían nada menos que 30. 


Se le asignaron dos habitaciones bajo las que ocupaba Fouquet, con ventanas provistas de barrotes de hierro, lugares desde los que “no podía escucharse la voz de ningún ser humano”. Para poder vigilar mejor hasta el menor de sus movimientos, Saint-Mars colocó junto a él a un valet con la misión de espiarlo e informar de todo. 

El prisionero llegó el 13 de diciembre. D’Artagnan esperó allí con sus mosqueteros hasta que todo estuvo completamente en orden, y entonces despachó a su sobrino hasta Louvois, para comunicarle que la misión había sido llevada a cabo con éxito. El ministro aguardaba ansioso. Pidió a Saint-Mars que le escribiera regularmente al respecto y le informara no sólo de cuanto hacía o decía Puyguilhem, incluso los detalles más insignificantes, sino que mantuviera la comunicación aunque fuera para decirle que no había ninguna novedad. 

Puyguilhem se hallaba sumido en una profunda tristeza. Lloraba continuamente. Se lamentaba de que estaba siendo castigado sin juicio alguno, y sin saber siquiera cuál era su delito. Apenas comía; se sentaba junto al fuego como si siempre tuviera frío. Decía que se estaba volviendo loco, y sus guardianes se temían que fuera así. 

—¡Pignerol! ¡Pignerol! Tendréis esa satisfacción —le dijo a Saint-Mars—. Mi prisión será el escenario de una tragedia, y vos seréis el primero en presenciarla. 


Saint-Mars escribía: 

“…No se ha afeitado desde que llegó aquí; dice que el valet que le he asignado le desagrada tanto que por nada del mundo permitiría que lo tocara. Por el modo en el que se expresa, evidentemente esperaba que le permitieran tener consigo a uno de sus propios servidores”. 

Pero en marzo de 1672, al cabo de tres meses de estancia en la prisión, Puyguilhem salió de su letargo decidido a examinar el entorno y ver qué podía hacerse para preparar con éxito una fuga. Para obtener una mejor perspectiva de sus posibilidades, prendió fuego a uno de los tablones que formaban el suelo de la estancia y logró quemar un trozo del tamaño de un plato. Durante toda la noche intentó levantarlo, y, para sorpresa de su carcelero, finalmente lo consiguió. Al descubrirse que faltaba aquel trozo, Antoine afirmó con toda desfachatez que el incendio había sido accidental, y que no se había dado cuenta antes porque comenzó mientras él estaba absorto en sus oraciones, de cara a la pared. Naturalmente su versión no fue creída. Saint-Mars lo amenazó con dejarlo abandonado a su suerte si se le ocurría volver a prender fuego a sus aposentos. Le recordó que los muros eran lo bastante gruesos para que nadie lo oyera gritar si las llamas lo envolvían. 

El 16 de marzo, Louvois escribía a Saint-Mars: 

“Cuando quemó el suelo de su habitación, no cabe duda de que lo hizo para ver qué es lo que había debajo, y si vuelve a suceder algo así debéis hablarle muy seriamente y decirle que no lo perderéis de vista. Además deberíais visitarlo con frecuencia y mirar bajo su cama para aseguraros de que no ha levantado los tablones para intentar escapar de ese modo…”

domingo, 3 de julio de 2011

Camino de Pignerol

Pignerol

El marqués de Puyguilhem hizo el camino que conducía al fuerte de Pignerol sumido en el abatimiento. Durante mucho tiempo no pronunció ni una palabra, y d’Artagnan, con quien no mantenía buenas relaciones, no hizo gran cosa por arrancárselas. El marqués se mostró correcto y cortés en todo momento, y cuando le preguntaban cosas tales como a qué hora deseaba cenar, él se limitaba a responder “cuando gustéis”, demasiado desmoralizado para preocuparse por algo.

Al llegar la noche d’Artagnan le preguntó al fin si le agradaría conversar, y Antoine respondió afirmativamente. Pero su único tema resultó ser Mademoiselle de Montpensier. 

Él no sabía a dónde se dirigían. Cuando el carruaje se aproximaba a la vieja fortaleza de Pierre-en-Scise, Puyguilhem pensó que había llegado a su destino y comenzó a hacer un cortés discurso de despedida a d’Artagnan, pero entonces le comunicaron que continuaría viaje hasta el Piamonte. No se despedirían hasta haber alcanzado la población que los italianos llamaban Pinerolo y los franceses Pignerol. Su prisión iba a ser la misma en la que estaba encerrado Fouquet.

Para el marqués fue como recibir un mazazo.

—Estoy perdido —murmuró con un suspiro.


Mientras el carruaje, bien guardado por los mosqueteros que lo flanqueaban, se detenía en las poblaciones del camino, la gente corría a enterarse de quién era el prisionero. Todos sentían lástima por el favorito caído.

In secula seculorum —sentenció Puyguilhem al entrar en la sombría fortaleza.

Tal vez no siglos, pero iba permanecer casi diez años prisionero en aquel lugar que desde hacía décadas se encontraba bajo soberanía francesa.

Mientras tanto el rey descubría, seguramente no sin asombro, aquella especie de museo que guardaba el marqués; las cartas de amor, mechones de cabello y la amplia galería de retratos femeninos del que antes había sido su amigo. Tal vez ni él mismo le había calculado tantas conquistas. Lo que es seguro es que Luis no tendría necesidad de preguntarse por qué Puyguilhem había sacado los ojos al retrato de la princesa de Mónaco. De entre todos los hombres de la Corte, él era quien mejor conocía la razón.

Los cortesanos murmuraban y reían sin rebozo cuando algunos nombres comenzaron a trascender, pero después, pasado el regocijo, pronto dejaron de recordar al marqués. Como decía Madame de Sévigné, “este es un buen país para olvidar a los infortunados”.

Encerrado en el fuerte de Pignerol, Puyguilhem hubo de hacer frente a condiciones más duras de las que solía conocer un aristócrata como él, aunque nada de eso logró domeñar sus cualidades de seductor, que continuó ejerciendo cada vez que tuvo ocasión. Así, por ejemplo, aprovechó las visitas de mademoiselle de Fouquet a su padre para convertirla en su amante.

***

Disculpen que me sea preciso espaciar mi presencia en la Corte. Se me han complicado un poco las cosas.