domingo, 26 de junio de 2011

Arresto de Puyguilhem


El marqués de Puyguilhem continuaba demostrando públicamente la escasa simpatía que le inspiraba Madame de Montespan. Se expresaba abiertamente sobre ella con estudiada insolencia, sin importarle que estuviera presente o que el rey pudiera escucharlo. Los cortesanos asistían al espectáculo con aliento contenido. El hecho de que Luis no hiciera nada al respecto los persuadía de que el marqués se había casado con Mademoiselle, emparentando así con la realeza, lo que justificaría que el rey pasara por alto lo que no hubiera tolerado a cualquier otro de sus cortesanos. 

El 15 de noviembre de 1671 moría Madame de Montausier, dama de honor de la reina, y las noticias de la vacante causaron gran excitación en la corte. Comenzaron las intrigas en todas direcciones para conseguir colocar en el puesto a diferentes candidatas. Al final quedaron reducidas a dos: las duquesas de Créqui y de Richelieu, o, lo que era lo mismo, las candidatas de Puyguilhem y de Madame de Montespan respectivamente. 

Por entonces la viuda de Scarron cuidaba de los hijos del rey y de Athénaïs en su casa de la rue de Vaugirard. Sus relaciones con la Montespan eran excelentes. Françoise la había apoyado cuando se posicionó contra el matrimonio del marqués con Mademoiselle, y ahora también favorecía a la candidata de su amiga. Naturalmente Puyguilhem perdió aquel pulso, gracias, sobre todo, al peso que tenía la opinión de la viuda. 


No eran estas dos damas las únicas enemigas del marqués. Louvois lo detestaba; deseaba su caída tanto o más que Madame de Montespan. La alianza de ambos enemigos constituía una fuerza demasiado poderosa. Para hacerles frente, Puyguilhem sólo contaba con el apoyo de Mademoiselle, siempre presta a lanzarse a intrigas cortesanas y demasiado incontrolable en sus pasiones. Anne-Marie no era buena consejera ni mediadora. Él había descubierto hacía tiempo que el modo más seguro de tratar los asuntos con ella era mantenerla en la más absoluta ignorancia. 

Puyguilhem tenía la batalla perdida de antemano. El día 25 de noviembre fue arrestado. 

Se ignora cuáles fueron los argumentos con los que el rey logró ser finalmente persuadido. Voltaire opina que podría ser que el rey hubiera llegado a tener conocimiento de aquel matrimonio secreto, algo que él no habría autorizado en realidad. Pero contra esta opinión están los testimonios de cortesanos como Bussy, Madame de Sévigné o Mademoiselle de Scudéry, que cuentan cómo Luis permitía cierto grado de intimidad entre ambos, lo que prácticamente equivale a reconocer la existencia de una unión aprobada por él. 

D’Anquetil va mucho más lejos y propone algo que parece más bien adentrarse en lo novelesco: dice que cuando en 1744 visitó Tréport, encontró allí a una anciana que guardaba una extraña semejanza con los retratos de Mademoiselle. La anciana vivía en la mejor casa de la ciudad, no pagaba renta y recibía de mano desconocida una generosa pensión. Todos los habitantes de la ciudad estaban convencidos de que era hija de Mademoiselle de Montpensier. De acuerdo a su edad, habría nacido en torno a 1670 o 1671. La imaginativa suposición de Anquetil es que Luis habría insistido en que el nacimiento se mantuviera oculto, puesto que esperaba que fueran sus hijos con Madame de Montespan quienes heredaran las propiedades de su prima. Según esta fantasía —pues no puede calificarse de otro modo—, Puyguilhem habría sido encarcelado a consecuencia de ello. 


El día del arresto parecía que el marqués y Athénais estaban haciendo un esfuerzo por alcanzar una reconciliación. Ella le había enviado a París por la mañana con la misión de comprar algunas piedras preciosas, por ser él un experto en cuestión de joyas. A su regreso esa noche Rochefort, capitán de la guardia del rey, lo arrestó cuando entraba en su habitación. Puyguilhem, sorprendido, quiso conocer el motivo. Solicitó ver al rey o bien a Madame de Montespan, pero su petición le fue denegada. 

Antoine fue conducido a la Bastilla. Dos días más tarde una escolta de la que formaba parte d’Artagnan con un destacamento de 200 mosqueteros, lo trasladó a la fortaleza de Pignerol, donde se encontraba encarcelado el superintendente Fouquet. Allí se tomaron unas precauciones excesivas para asegurarse de que no tendría la menor oportunidad de emprender la fuga. Ello no impidió que el indomable marqués lo intentara. 

En el momento de la detención de Puyguilhem se le habían encontrado millares de cartas de amor, mechones de cabello y otros recuerdos amorosos de una larguísima lista de damas, todos cuidadosamente etiquetados. Guardaba, también, sus retratos en una especie de museo secreto. Por cierto que el descubrimiento dio mucho que hablar en algunas casas, pues no todos los maridos habían tenido conocimiento en su momento de que sus esposas habían participado en las aventuras del duque. Algunos no lograron encajar sus cuernos con la elegancia debida a su linaje.



En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

viernes, 24 de junio de 2011

Los vapores de Mademoiselle


Toda la corte comenzaba a profetizar la caída del marqués de Puyguilhem, dadas las malas relaciones que mantenía con la favorita. Resulta revelador este relato del marqués de La Fare al respecto: 

“Recuerdo que, al regresar del Languedoc, unos días después de la ruptura del compromiso, encontré a Monsieur de Puyguilhem en Saint-Germain en casa de uno de mis parientes, de quien él era íntimo amigo; y después de preguntarme si no me compadecía de él por la desdicha que le había sobrevenido, fue tanta la indignación y el desprecio con el que habló de Madame de Montespan, y tan poco el control que demostró sobre sí mismo, que cuando regresé a París para ver a una de las amigas de Monsieur de Puyguilhem de la que yo estaba locamente enamorado, le dije: “Vuestro amigo Puyguilhem está acabado; no durará seis meses más en la corte”. 

Mademoiselle de Montpensier, mientras tanto, lloraba de continuo por la cancelación de su boda, y cada vez que veía a Puyguilhem redoblaba sus incontrolables sollozos. El único lugar en el que se encontraba cómoda en público era el palco de la reina en la ópera, porque allí podía sentarse en la penumbra y observar a placer al marqués sin ser notada. 


No lograba mantener la compostura ante la corte. Durante un baile de máscaras en Vincennes al que se vio obligada a asistir, se detuvo de pronto en mitad del salón mientras danzaba con el duque de Villeroy y comenzó a llorar de nuevo. El rey se acercó de inmediato a ella y, poniendo el sombrero ante su rostro, explicó a la concurrencia: 

—Mi prima sufre de vapores.*

Puyguilhem se sentía muy mortificado por estos berrinches de Mademoiselle. En aquella ocasión él también se encontraba en el baile. Cuando tuvo lugar el incidente, Antoine desapareció para quitarse el disfraz y regresó vestido de calle. Después permaneció todo el rato junto a ella dándole conversación, pobre consuelo a tanta desdicha como había venido a abatirla. 

Por esas fechas tenía lugar el episodio de la huida de la Vallière al convento. Luisa había dejado una carta para el rey explicándole las razones de su partida, y en la corte se decía que era Puyguilhem quien la había redactado. Existía la teoría de que había sido idea del marqués que la Vallière diera aquel golpe de efecto, esperando así hacer reaccionar al rey. El objetivo era reavivar su amor, debilitando con ello poder de Madame de Montespan. Sin embargo, esto no es muy probable, puesto que cuando Antoine fue enviado a buscarla Luisa se negó a volver, y de hecho no regresó hasta que posteriormente Colbert la persuadió. 


Esa primavera murió Anne Hyde, esposa del duque de York. Jacobo quedaba viudo, y por tanto disponible para un nuevo matrimonio. Puyguilhem calculó con alarma que tal vez Luis considerara apropiado resolver la delicada situación casando a Mademoiselle con el viudo y despachándola hacia Inglaterra, así que decidió adelantarse a los acontecimientos para saber a qué atenerse. Se presentó ante ella y le dijo: 

—Vengo a comunicaros que si deseáis casaros con el duque de York, rogaré al rey que mañana mismo me envíe a Inglaterra para concertar vuestro matrimonio; lo único que deseo en este mundo es vuestra grandeza y felicidad. Mi única voluntad es serviros. Sería el más miserable e ingrato de los hombres si pensara en otra cosa. Disponed de mí y decidme honestamente lo que pensáis. 

—Yo sólo pienso en vos —respondió ella—. No me preocupa nada más. Pienso constantemente en malgastar mi tiempo hablando con el rey para explicarle que si me permitiera desposaros nadie podría decir que me ha sacrificado a vos, sino que, por el contrario, si no lo hace le reprocharán su crueldad; dirán que me retiene para apoderarse de mis tierras, y que su equidad y su sentido de la justicia exigen que me deje en libertad. Eso, señor, es lo que pienso. 

Puyguilhem se arrojó a sus pies y permaneció mucho tiempo sin hablar. Mademoiselle cuenta que estuvo tentada a levantarlo, pero que se contuvo.

—Aquí es donde me gustaría pasar el resto de mi vida —dijo él—, pero no soy lo bastante afortunado. No debemos pensar en nada que disguste al rey. En cuanto a mí, no tengo nada que desear excepto la muerte. 

Cuando la corte emprendió un viaje hacia Flandes, la Gazette de Hollande publicó que Mademoiselle y el marqués habían contraído un matrimonio secreto en París antes de partir. 



* Durante los siglos XVII y XVIII, en el lenguaje médico se denominaba “vapores” a la enfermedad cuyos síntomas típicos eran depresiones nerviosas. Hoy en día se llama neurosis. A las personas que padecían de vapores los médicos les recomendaban un cambio de aires, o placenteros viajes al campo. Era frecuente en esa época que los aristócratas y personajes de la realeza afirmaran padecer de vapores.

miércoles, 22 de junio de 2011

La Vallière abandona la Corte


Los ecos de las fiestas de carnaval del año de 1671 se apagaron de pronto ante una noticia que dejó a todos estupefactos: mientras se divertían en un baile de máscaras en las Tullerías, La Vallière había abandonado secretamente la corte para dirigirse, al amanecer, al convento de las Hijas de la Visitación de Chaillot. 

Luisa ya no podía seguir afrontando una situación que le resultaba humillante en extremo y era para ella causa de enorme sufrimiento. Le era preciso aceptar que ahora era la marquesa de Montespan quien mandaba en el corazón de Luis, pero ése era un pensamiento que le resultaba insoportable. Tenía que irse. Hacía tiempo que necesitaba buscar consuelo en la religión y retirarse del mundo. 

El rey recibió las noticias cuando se disponía a abandonar las Tullerías. Subió a la carroza aparentemente impasible en compañía de su prima Mademoiselle de Montpensier y de Madame de Montespan, pero cuando el vehículo emprendió el camino de Versalles, la propia Mademoiselle nos cuenta cómo unas lágrimas comenzaron a arroyar por las mejillas de Luis. Ella misma no pudo evitar acompañarlo en su llanto, y, dadas las circunstancias, la Montespan, campeona de la hipocresía, no quiso quedar por menos y tuvo que forzar unas lagrimitas también. 


Luis envió a buscar a La Vallière. La misión fue encargada al marqués de Puyguilhem y a Colbert, y finalmente lograron traerla de regreso. Pero Luisa no se engañaba. 

—En otro tiempo él hubiera venido personalmente a buscarme —se lamentó. 

“Todo el mundo dijo que había obrado con gran necedad; que debió quedarse o bien imponer sus propias condiciones, pero regresó como una tonta”, nos dice Mademoiselle de Montpensier. “Aunque el rey llorara, en el fondo se hubiera quedado muy a gusto al desembarazarse entonces de ella”.

Sin embargo a su regreso La Vallière quiso convencerse de que, al menos, aunque otra tuviera esclavizados sus sentidos, Luis aún la quería y necesitaba retenerla a su lado.

Como era previsible, las humillaciones de la Montespan continuaban. Athenaïs parecía hallar un gran placer en mortificarla y demostrarle su dominio. Inesperadamente, Luisa encontró una aliada en la reina María Teresa, que para entonces hacía algún tiempo que se había dado cuenta de que era a Madame de Montespan a quien debía odiar. La reina acudió una tarde a tenderle una mano a Luisa. Ambas hablaron y lloraron juntas durante largo rato.


Pero Athenaïs no sólo seguía haciendo daño a Luisa de La Vallière, sino también tratando de impedir la unión entre Mademoiselle y Puyguilhem. Le incomodaba aquel arreglo que en nada solucionaba su problema, y resolvió que tenía que librarse del marqués por cualquier medio. 



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domingo, 19 de junio de 2011

El hermano de Madame de Montespan

Louis-Victor de Rochechouart, duque de Vivonne

Luis XIV apreciaba realmente a los Rochechouart, la familia de Madame de Montespan. Se trataba de un antiguo linaje del Poitou cuyas raíces se remontaban al siglo XI. En cuanto a la rama de los Mortemart, con quienes se habían unido dos siglos más tarde, podían alardear igualmente de rancio abolengo. 

El padre, íntimo amigo de Ana de Austria, fue Primer Caballero de la Cámara de Luis XIII, gozó de la confianza del cardenal Richelieu y más tarde, en 1669, obtuvo el título de gobernador de París. Fruto de su matrimonio con Diane de Grandseigne fueron Athenaïs, la abadesa Marie-Madeleine, la marquesa de Thianges y otra hija que llevó por nombre Marie Christine y profesó como religiosa en el convento de las Hijas de Santa María de Chaillot. 

Madame de Montespan tuvo también un hermano varón: Louis-Victor, duque de Vivonne. Louis-Victor nació en París el 25 de agosto de 1636. Apenas había cumplido 19 años cuando contrajo matrimonio con Antoinette de Mesmes, hija del presidente del Parlamento. Antoinette, con quien tuvo seis hijos, iba a dar mucho que hablar en un futuro por sus relaciones con La Voisin y el asunto de los venenos. 

Vivonne tenía merecida reputación de ser uno de los caballeros más valientes de la corte, y de hecho su fulgurante carrera había comenzado en 1663, cuando el rey ni siquiera se había fijado aún en Madame de Montespan. Diez años antes ingresaba en el ejército como capitán de la caballería real, a las órdenes de Bussy-Rabutin. Sirvió en Flandes con Turenne, donde ya se distinguió por su valor, según los informes de sus superiores. Llegó a ser general de las galeras y preciso es decir que realmente desempeñó su cargo de forma meritoria. 

Cruz de comendador de la Orden de Saint-Maurice y Saint-Lazare. La cruz blanca es la de Saint-Maurice, y la verde la de Saint-Lazare.

Sin embargo, no terminaban ahí las ambiciones del duque, sino que también se dedicó a idear un modo de sanear su economía: restablecer en Francia la antigua Orden Hospitalaria de Saint-Lazare, fundada en la época de las Cruzadas para atender a los leprosos. Expuso el asunto del modo siguiente: 

La Orden de Saint-Lazare había estado vinculada con la de Saint-Maurice. El duque de Saboya era su gran maestre. Pero los caballeros franceses nunca habían admitido esa transformación, y se incorporaron a la Orden de Mont-Carmel. Sería bueno volver a la antigua Orden Hospitalaria. Se la establecería, por ejemplo, en Porquerolles, donde se fundaría una ciudad, se dragaría un puerto, habría una escuadra, se construirían hospitales… Y él, Louis-Victor de Rochechouart, duque de Vivonne, podría ser el gran maestre. Obtendría allí derechos ordinarios y señoriales anuales, y muchísimos otros beneficios. Y las islas de Hyères se convertirían en las islas de Mortemart. 

La Orden de Mont-Carmel fue creada en febrero de 1608 por el papa Pablo V a petición de Enrique IV. Tras la conversión al catolicismo del rey en 1593, la Orden, destinada a extirpar la herejía, sellaba la reconciliación de Enrique con la Santa Sede.

El rey hizo como que no había oído nada. Ni siquiera tomó en consideración el proyecto. 

Su hermana tampoco colaboró mucho por sacarlo adelante, porque resulta que había una cierta tirantez entre ellos dos a causa de que Vivonne tenía un gran cariño a su cuñado, monsieur de Montespan. Ambos habían combatido juntos, y eso había consolidado su amistad con un lazo indestructible. El duque no estaba de acuerdo en el trato que le había dado su hermana a aquel esposo molesto, y aún no la había perdonado. 

De cualquier manera, años más tarde, en 1679, Vivonne resolvería sus problemas financieros al conseguir casar a su hijo mayor con la hija de Colbert, Marie-Anne, que aportaba una de las dotes más fabulosas que se habían visto.



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viernes, 17 de junio de 2011

Las hermanas de Madame de Montespan

Abadía de Fontevraud

En 1671 Athenaïs asiste a la bendición de la trigésimo tercera abadesa de Fontevraud. La razón es que esa nueva abadesa era Marie-Madeleine de Rochechouart, su hermana menor y la más hermosa de todas ellas. Allí se encuentra también el rey, la reina María Teresa, Monsieur y los más notables personajes de la Corte. 

No hay testimonio de la época que no alabe especialmente la belleza de Marie-Madeleine. Saint-Simon escribió:

“Madame de Fontevraud era, de las tres hermanas, la que más ingenio tenía; y tal vez era también la más hermosa; a ello unía unos conocimientos muy poco comunes y muy amplios… se destacaba en todo tipo de escritos y hablaba hasta arrobar a quien la escuchaba cuando trataba cualquier materia. Poseía un don muy particular para el mando, y para hacerse adorar por toda su Orden… Sus temporadas en la corte, en la cual no se separaba de sus hermanas, nunca afectaron a su reputación…”

Marie-Madeleine era una mujer cultísima. Ya durante su infancia se había dedicado al estudio de la filosofía y de varios idiomas sólo por el placer del conocimiento. A la reina María Teresa le agradaba mucho, apreciando el hecho de que pudiera expresarse con soltura en otras lenguas que no fueran la francesa, cosa poco común en la corte. El propio rey la tenía en gran estima y le gustaba disfrutar de su compañía siempre que era posible. Incluso, para tenerla cerca de París, llegó a ofrecerle la abadía de Montmartre, pero ella la rechazó porque prefería el clima suave de Anjou y el Poitou. 

Marie-Madeleine de Rochechouart

Con Marie-Madeleine como abadesa, Fontevraud se convirtió en foco de la vida cultural francesa. Tradujo los tres primeros libros de la Ilíada, y también, junto con Racine, el Banquete de Platón. Los mejores escritores del reino se disputaban el favor de ser admitidos a su presencia. Desde allí ella siguió manteniendo frecuente correspondencia con el rey. Madame de Montespan también la amaba mucho, y gustaba de acudir de vez en cuando a la abadía para ver a su hermana.

Y Luis también quería mucho a la otra hermana, la marquesa Gabrielle de Thianges, a la que madame de Caylus describe como “una obra maestra de la naturaleza”. Había heredado el sentido del humor y el carácter de la familia, por lo que a menudo el rey, que disfrutaba con su ingenio, le pedía que viajase en su calesa para escuchar su conversación. 

La marquesa había llegado a la Corte durante los tiempos de la Fronda, en 1651, contando 18 años. Pronto fue colocada entre el séquito de Monsieur, con quien entabló una estrecha amistad que habría de durar toda la vida. 

Cuatro años después de su llegada se casó con Claude Leonor Damas de Thianges, un esposo que no era de su agrado. Por desgracia, Gabrielle nunca cambió de opinión con respecto a él. Claude era un hombre excesivamente piadoso y estricto para el gusto de la vivaz marquesa, que se sentía prisionera dentro de su matrimonio. Por complacerle hubo de dejar de frecuentar a algunos de sus amigos, entre los cuales se contaban Louvois y la Rochefoucauld. 

Supuesto retrato de la marquesa de Thianges

Cada carta que escribía era leída por el esposo, quien debía dar su visto bueno antes de que las misivas fueran despachadas. Un día Gabrielle tuvo la osadía de enviarle en secreto una carta a su hermana Athenaïs, pero el mensaje no llegó nunca a su destino, debido a que el mensajero se había apresurado a denunciar su tentativa ante el marqués. Contaban que Claude le había hecho pagar muy cara su desobediencia marcando el sello de los Thianges el interior de su muñeca derecha con un hierro al rojo vivo, algo que ella disimulaba con sus guantes en invierno o con puños de encaje en verano. 

Gabrielle y Athenaïs discutían frecuentemente; se irritaban por naderías, pero pronto hacían las paces. Claro está que por entonces la favorita aún no sabía que años más tarde Gabrielle iba a planear convertir a su hija mayor, madame de Nevers, esposa del sobrino de Mazarino, en la amante oficial del rey. 

Se da la circunstancia de que Gabrielle es la antepasada del actual príncipe de Mónaco.




En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno

miércoles, 15 de junio de 2011

Las armas de Madame de Montespan


Madame de Montespan veía llegado el momento de vengarse del marqués de Puyguilhem obstaculizando su boda con Mademoiselle de Montpensier. La intrigante dama pronto se aplicó con placer a la tarea. Los argumentos contra ese matrimonio comenzaron a brotar de labios de Athenaïs como dardos certeros dirigidos a la mente del rey: ¿Acaso pretendía Luis contrariar a todos sus nobles sólo por complacer a su prima? ¿Quería otra Fronda como la que sus príncipes organizaron contra él cuando era un niño? Oh, eso por no mencionar la reacción de las potencias extranjeras ante semejante desatino. Todos opinaban que se le hacía un insulto a una princesa de la sangre al entregarla a semejante hombre, y que esto se hacía porque Luis quería favorecer a su amigo por encima de otros con más méritos. Sería el pretexto que muchos andaban buscando para intrigar en su contra. ¿Pondría en peligro a Francia para alimentar a los pájaros que aquella vieja solterona tenía en la cabeza? Tendría suerte si, en caso de que estallara una nueva sublevación, Mademoiselle no se ponía a la cabeza como había hecho en el pasado, cuando disparó los cañones contra él. Y todo para nada, porque lo único que conseguiría el rey cediendo a sus pretensiones sería hacerla desdichada, puesto que era evidente que Puyguilhem, el único beneficiado en realidad con todo aquello, no la amaba y sólo buscaba su fortuna y su poder. Cuando ella se diera cuenta, ya sería tarde. 

Entre las dotes de persuasión de la marquesa y los afrodisíacos que, según se decía, tenía por costumbre administrarle en secreto, allá en el lecho obtuvo la promesa del rey de prohibir el matrimonio.

En realidad Luis tenía sus propios motivos para estar descontento con el díscolo marqués, teniendo en cuenta que cuando Puyguilhem estalló contra Madame de Montespan por haber intrigado en su contra a la hora de obtener el puesto que esperaba en el ejército, también reservó una de sus protestas especiales para él. Cuando se le comunicó la negativa en aquella ocasión, el marqués dio la espalda al rey, rompió su espada y juró que nunca más volvería a servir a un monarca que quebrantaba su palabra. Eso le valió una breve estancia en la Bastilla, algo que no había servido para corregir su carácter.


La boda había sido fijada para el 21 de diciembre de 1670, pero tres días antes Luis llamó a su prima y le habló al respecto: 

—Me han dicho que os sacrifico para favorecer a Puyguilhem. Esto me incomoda con los países extranjeros. 

Mademoiselle de Montpensier se sintió naufragar ante este repentino cambio de actitud. Se arrojó a los pies del rey y dijo: 

—Oh, señor, sería mejor matarme. 

Arrodillada ante él, sollozó y rogó. Luis también lloró, pero se mantuvo inflexible. 

—Los reyes deben de obedecer a la opinión pública —le dijo, aunque debía de referirse solamente a los asuntos de los demás, nunca a los propios. 

Mademoiselle regresó a su casa sumida en la más absoluta desolación. Se metió en cama y permaneció acostada durante 24 horas en un estado de semiinconsciencia. 

En la corte se pensaba que el rey acabaría por ablandarse ante el malestar de su prima, y no andaban muy errados. Lo que sucedió fue que, según parece, Luis buscó la manera de complacerla al tiempo que quedaba bien con todo el mundo y evitaba que sus enemigos se lanzaran contra él. Se decía que los novios habían pactado un acuerdo con el rey mediante el cual los dos podían contraer un matrimonio secreto, pero nunca hacerlo público. Ella nos dice esto en sus memorias, lo que pensamos que viene a confirmarlo:


“Continuaba diciéndose que estábamos ya casados… Nosotros no añadíamos nada, incluyendo a los amigos particulares que intentaban saber algo. Siempre se les respondía: “El rey sabe lo que ocurre”…”

Por tanto algo ocurría, algo que ellos no podían confirmar ni a sus más íntimos, pero que tampoco desmentían; algo que Luis conocía y aprobaba. 

La situación era demasiado inquietante, y Madame de Montespan se propuso que la suerte de Puyguilhem empeorara.

lunes, 13 de junio de 2011

"Mentirosa, coqueta, estúpida y tirada"

Antoine Nompar de Caumont, Marqués de Puyguilhem

La persona a quien más había enfurecido el proyecto de boda entre Mademoiselle de Montpensier y el marqués de Puyguilhem era Madame de Montespan. Ciertamente debía de resultarle difícil de digerir que aquel don nadie fuera a emparentar con el rey casándose con la más rica heredera de Europa, mientras que ella no podía aspirar a ocupar una posición legítima junto a Luis. Athenaïs tenía que conformarse con ser tan sólo una favorita que mañana él podía decidir cambiar por otra. Además, ese matrimonio de la prima del rey daba al traste con uno de sus ambiciosos proyectos: ella había calculado que el condado de Eu, perteneciente a Mademoiselle, podría pasar algún día a la Corona si ella fallecía soltera, y a través de la Corona esperaba obtenerlo para su hijo. Pero si Mademoiselle de Montpensier se casaba, la cosa variaba sustancialmente, porque en tal caso el viudo podría quedarse con la herencia; y ello si es que, a pesar de una edad algo avanzada, Anne Marie no dejaba sucesión. 

La Montespan, por tanto, preparó toda su artillería para impedir los deseos de Mademoiselle. Indignada, llegó al extremo de reprocharle a Luis esa misma noche su indulgencia para con semejante desatino y solicitarle la prohibición del matrimonio. 

No era la primera vez que trataba de indisponer al rey con Puyguilhyem. Algún tiempo atrás había impedido que se le concediera un cargo importante en el ejército. El marqués no había sabido en aquel momento quién era la persona que había estado intrigando en su contra, pero se propuso averiguarlo. Según el relato de Saint-Simon, alguna sospecha debía de tener:

“No pudiendo adivinar de dónde provenía su mala fortuna, tomó una decisión que nos parecería increíble si no hubiera sido corroborada por la corte de la época. Sedujo a una camarera favorita de madame de Montespan, y así… realizó la astucia jamás imaginada. 


»A pesar de todos sus amores, el rey no faltó jamás a sus deberes conyugales con la reina. Bien que con retraso, nunca los olvidaba. Para encontrarse más cómodo, se acostaba con sus amantes recién terminada la cena. Puyguilhem aprovechó la ayuda de la camarera para esconderse bajo en lecho en el que debían acostarse el rey y madame de Montespan. A través de su conversación conoció por qué Louvois había obstaculizado la concesión de su cargo militar: era a causa de la cólera real, que viendo sus amores descubiertos por Puyguilhem [Saint-Simon se refiere al episodio en el que el marqués frustra el encuentro del rey con la princesa de Mónaco], había mostrado su despecho negándole todo honor. Madame de Montespan, que le había prometido previamente todos sus buenos oficios, utilizaba los peores que pudieran encontrarse. Si una tos, o un movimiento hubiera, por azar, descubierto al temerario, ¿qué hubiera ocurrido? … 

»Fue más afortunado que prudente, y no se encontró descubierto. 

»Cuando el rey y la favorita dejaron la habitación, salió de su escondrijo y fue al encuentro de madame de Montespan, que se dirigía a la repetición de un ballet. 

»Le tomó la mano y preguntó con aire dulce y respetuoso si podía creerse recordado por ella ante el rey. Ella respondió que, efectivamente, no había olvidado hacerlo, y añadió, a su gusto, los servicios que le había proporcionado. Mientras madame de Montespan hablaba, él la interrumpía inocentemente con objeto de confirmar sus palabras. Por fin, acercándose a ella y en un susurro, la llamó mentirosa, coqueta, estúpida y tirada, repitiendo a continuación, palabra por palabra, toda su conversación anterior con el rey… 


»Madame de Montespan se turbó de tal modo que no pudo responder una sola palabra y penosamente, escondiendo el temblor y debilidad de sus piernas, llegó al lugar donde se representaba el ballet. Allí se desmayó. Toda la corte estaba presente, y el rey, asustado, acudió presuroso a socorrerla. Se recuperó difícilmente. 

»Por la noche el rey supo lo ocurrido y no puso en duda la intervención del diablo como informador inmediato y fiel de Puyguilhem. Se irritó, además, por las palabras duras que había escuchado Madame de Montespan. Difícilmente podía imaginar cómo Puyguilhem había sido puesto al corriente. 

Por osado que fuera el marqués, no resulta fácil creer que haya sido capaz de esconderse bajo el lecho del rey. Es de suponer que la camarera de madame de Montespan podría espiar mucho más cómodamente las conversaciones de su señora y mantenerlo a él bien informado sin necesidad de tanta acrobacia. 

Fuera cual fuese el medio por el que Puyguilhem había llegado a averiguarlo, era evidente que Athenaïs no iba a dejar así las cosas, sino que maquinaría su venganza y aguardaría su momento. 

sábado, 11 de junio de 2011

La cosa más sorprendente


El silencio de Puyguilhem no arredró a Mademoiselle de Montpensier. Anne Marie simplemente consideraba que, dadas las circunstancias, era ella quien tenía que tomar la iniciativa y seguir adelante con el proyecto de boda.

Días más tarde, tras conseguir finalmente el consentimiento expreso de él, escribió al rey para obtener también su autorización. La carta era ésta:

“Vuestra Majestad se sorprenderá por el permiso que debo solicitar: es para casarme… Es el caballero de Puyguilhem en quien me he fijado. Sus méritos y la fidelidad que siente por vos son los atractivos que más me han cautivado.”

Claro, no era eso precisamente lo que más la cautivaba en realidad, pero, ¿qué iba a decirle a Luis, verdad? 

Había que dorarle un poco la píldora, porque resulta que últimamente el rey no veía con los mejores ojos a su antiguo amigo, desde que se rumoreaba que hubo un tiempo en que había sido amante de Athenaïs. 

Ante la sorpresa de que Mademoiselle, a estas alturas, manifestara sus deseos de casarse, Luis debió de atragantarse esa mañana con la nueva bebida que llamaban café, y después seguramente echaría una cucharada más de azúcar para endulzar el hecho de que hubiese elegido nada menos que a aquel sinvergüenza. 

Pero, por otra parte, su prima ya tenía demasiada edad para que sirviera a la política de Francia concertándole un matrimonio con un príncipe extranjero, ya que no era probable que le fuera a procurar descendencia. Si antes no había logrado acomodarla, menos aún ahora. No tenía sentido, pues, que le prohibiera casarse con quien deseara, aunque aquel advenedizo, que estaba seguro de que no la amaba, le pareciera el menos adecuado. 


Entonces, según nos cuenta Mademoiselle en sus memorias, el rey la llamó y le dijo: 

—Estáis ya en edad de conocer lo que os conviene, y me sentiría molesto si tuviera que contrariaros en algo. No deseo, respetando vuestro interés, ni contribuir a la fortuna del caballero de Puyguilhem ni molestarlo. Yo no os aconsejo ni prohíbo nada, sólo os ruego que reflexionéis. Puyguilhem no es querido por muchos. Tomad por encima de todo vuestras medidas. 

Pero ella estaba decidida a casarse con el marqués, y así el 15 de diciembre los duques de Montausier y de Créqui, el mariscal de Albret y el marqués de Guitry acudieron conjuntamente a pedir la mano de Mademoiselle de Montpensier para el gascón. 

Todo París se asombró de la noticia. La famosa Madame de Sévigné escribió a su hija que se trataba de “la cosa más sorprendente, maravillosa, milagrosa, triunfante, aturdidora, inesperada, singular, extraordinaria, increíble, imprevisible…” 


Soplaban nuevos vientos, nuevas costumbres, nuevas modas. Todo iba cambiando y llevaba el sello personal del rey, que, para distinguir a los principales cortesanos, había inventado unas casacas azules bordadas de oro y plata. Conseguir permiso para llevar una suponía una gran merced, casi como si fuera un collar de la Orden del Toison, o algo así. Pero no todas las novedades eran bien vistas por los más altos aristócratas. De hecho, los príncipes y princesas de la sangre, en cambio, consideraban esta boda una ofensa. Monsieur sugirió que Mademoiselle merecía ser encarcelada, y Condé habló de arrojar a Puyguilhem por una ventana. ¡No podían permitir que esa clase de matrimonios se convirtieran también en moda!

jueves, 9 de junio de 2011

Mademoiselle y Puyguilhem


Mademoiselle de Montpensier no sólo permanecía soltera, sino que no se le conocía ninguna relación y nunca había tenido un amante. La llamaban “la Doncella de Orleáns”, comparándola irónicamente con Juana de Arco, puesto que Anne era hija del duque de Orleáns y en su juventud había demostrado también su ardor guerrero disparando personalmente los cañones de la Bastilla contra su primo el rey. Para mayor analogía, también se había empeñado en conservar su virtud. La razón es que, al ser extremadamente orgullosa, siempre había pensado que alguien de su rango sólo podía aspirar a casarse con un príncipe o un rey. Durante largos años se guardó para tal acontecimiento, que nunca se produjo: los príncipes de Europa no se mostraron locos por pedir su mano, y así había ido pasando el tiempo. 

Pero con la edad fue viendo las cosas de otro modo; con la edad y con el marqués de Puyguilhem, del que se enamoró perdidamente. Hacía unos años que aquel notable seductor se había adueñado de su corazón, pero ahora ya no podía callarlo más; necesitaba vivir aquel amor, y hacerlo sin tener que ocultarse. 

Poco contaba Luis XIV con algo así, dada la trayectoria de su prima hasta entonces. Cuando Mademoiselle rechazó a Monsieur, Luis continuaba sin conocer la principal razón, dado que ella no le mencionó sus planes. No podía hacerlo, ya que Puyguilhem aún no le había propuesto matrimonio. 


El siguiente paso para Anne era regresar junto a su galán e informarle de la conversación que tuvo con el rey para comunicar su decisión de no casarse con el duque de Orleáns. 

—El asunto de Monsieur está concluido, a Dios gracias —le dijo Anne escuetamente—. No deseo entreteneros más. 

No sabía qué más podía hacer para darle a entender que era a él a quien había elegido por marido. Había hecho mucho ya, y esperaba que Antoine tomara ahora el relevo y diera el siguiente paso. Pero él no lo daba. 

Entonces esta impetuosa amazona, con más ánimo del que jamás había logrado reunir su padre, se lanzó a la carga con toda su artillería, igual que aquel día en que disparó los cañones de la Bastilla. Allá en el castillo de Chambord, le comunicó: 

—Caballero, deseo haceros una confidencia: mientras el rey planeaba casarme con Monsieur, yo ya había elegido esposo. 

—¡Oh, eso está muy bien! 

—¿No me preguntáis su nombre? 

—No me atrevería. 

Ella sonrió, cada vez más nerviosa. 

—Os autorizo a formular la pregunta. 

—Es que me da reparo la idea de penetrar de ese modo en vuestra intimidad. 

—Ya que vos no osáis preguntarlo, yo os lo diré. Es… 

—¿Es…? 

—No me atrevo. 

—Me lo diréis mañana, entonces. 

—No puede ser, pues mañana será viernes —dijo ella, que era supersticiosa y, al parecer, el viernes no era un día propicio para esos asuntos—. Acercaos, voy a escribir su nombre sobre este espejo empañado. 

Y entonces echó su aliento sobre el cristal y empezó a escribir: “Es…” 

Pero inmediatamente lo borró diciendo: 

—¡No puedo! 

Y así estuvieron dos horas, ella atacando por todos los flancos y el marqués sin rendirse. 

A medianoche él se retiró, y ella, lamentándose por no haber dejado concluido aquel asunto, tomó osadamente una hoja de papel y escribió: "Sois vos”. Luego cerró el sobre con dedos nerviosos. 


Al día siguiente le entregó el papel. Puyguilhem lo leyó, adoptó una expresión a medias de enojo y le preguntó si se estaba burlando de él. Pero Anne le juró que en su vida había hablado más en serio. 

Puyguilhem la observó con atención. Era varios años mayor que él. Desde luego, nunca había tenido muchos atractivos, y menos tenía ahora con 42 años no muy bien llevados, pero, eso sí, su fortuna era más que considerable, y su rango superior al de cualquier otra dama, como princesa que era de la Casa de Borbón. Eso, a su vez, significaba que si Luis llegaba a la conclusión de que era él quien la había perseguido y seducido buscando ese matrimonio, lo mataría. Ahora sí. Y, desde luego, dada la reputación de Puyguilhem, sería lo primero que el rey pensaría.

Se quedó sin habla. No quería decir nada. No quería parecer un cazafortunas dispuesto a aprovechar la situación ni que se le pudiera responsabilizar por aquel loco empeño de Mademoiselle. No es que no se diera cuenta de los esfuerzos de ella durante los últimos tiempos; no es que fuera tonto o inexperto en esas lides —¡él precisamente, entre todos los caballeros de la corte!—. No es que fuera tímido: estamos hablando del hombre que osó frustrar un encuentro de Luis con la princesa de Mónaco mientras se reía de todo escondido en un armario. No, no era nada de eso. Era, simplemente, que sabía muy bien lo que hacía.